No
voy a perder aquí el tiempo detallando los muchos valores del cine de Orson
Welles, cuya opera prima se sigue considerando una obra maestra indiscutible,
pero la película que os presento hoy por recomendación de mi amigo Yomi Salas
(y por extensión de toda La Maraña al completo) es Fraude, una rareza dentro de la filmografía de este autor que se sitúa
en el ocaso de su carrera, cuando sus esfuerzos se centraban casi
exclusivamente en documentales y cortometrajes.

Cine
y pintura se entremezclan en este curioso ejercicio de metalenguaje en el que
se rompe la cuarta pared al antojo del señor Welles, cuya presencia como
narrador tiene una potencia impagable, algo egocéntrica en algún momento.
Fraude no es, desde luego, una obra maestra, y puede resultar cansina en
algunas secuencias concretas, innecesariamente alargadas, como las que
protagoniza Oja Kodar, pero el conjunto resulta sumamente refrescante a la par
que reflexivo, incluso mordazmente cómico por momentos.
El
cine es una gran mentira, parece querer decirnos Welles en este documental, sin
necesidad de hablar para ello de cine. Una enmarañada red de secretos y
conspiraciones entre pintores y mecenas que termina por involucrar al mismísimo
Pablo Picasso y que sirve como inspiradora revelación de que en esta vida no
todo es lo que parece.
Al
principio de la película el propio Welles, mirando profundamente a cámara, nos
lo advierte: todo lo que veremos en los próximos sesenta minutos es totalmente
real. Pero, ¿debemos creer a un tipo que se nos presenta disfrazado de mago?
¿Acaso no es la propia película en sí un fraude por definición?
Estas
son algunas de las preguntas que se irán planteando a lo largo de este
documental protagonizado por los propios personajes reales (aumentando así la
bipolaridad entre realismo e impostura) y que se terminarán resolviendo al
final de la historia.
¿O
no?
Y
es que esto no es más que eso: un fraude. Un engaño. Y Orson Welles es un mago
de la escena en todos los sentidos.
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