martes, 30 de noviembre de 2021

Visto en Netflix: UN PADRE POR NAVIDAD

Ya estamos apurando el mes de noviembre, lo cual implica que la cuenta atrás para las Navidades está a punto de comenzar. En Netflix, sin embargo, ya hace tiempo que pensaron en ello. Y es que, si algo hay que identifique a la plataforma de streaming es su predilección por las películas navideñas.

Una de las primeras en llegar este año ha sido la de Un padre por Navidad. Trata sobre cuatro hermanas y sus respectivas familias que cada año se reúnen en busca de las navidades perfectas con el recuerdo de haber sido abandonadas por su padre precisamente un veinticinco de diciembre. Como puede imaginarse por el título, este año toca reencuentro familiar, con los equívocos y tropiezos que ello debería provocar. Y digo debería porque esta supuesta comedia bienintencionada lo único que provoca es apatía y bostezos.

“Es una película navideña de Netflix, ¿qué esperaba encontrar?”, preguntaréis algunos. Bueno, si os digo que el susodicho padre y su hermano están interpretados por los geniales Kelsey Grammer y  John Cleese entenderéis mi interés. Pero nada, ni ellos logran salvar un despropósito de película donde el pretendido conflicto no alcanza como para aspirar a un desenlace emotivo. No hay diálogos aprovechables, ni situaciones suficientemente divertidas capaces de superar la media sonrisa ni tampoco los personajes obran siguiendo un mínimo de lógica. De hecho, uno de los problemas que tengo con el filme es que ninguna de las protagonistas me cae nada bien, con lo que suceda en su familia me trae bastante sin cuidado. Y eso que hay algún rostro conocido más, como el de la apergaminada Liz Hurley o Kris Marshall, interpretando a un pobre desgraciado, el único capaz de provocar un mínimo sentimiento de afecto. Por cierto, que viendo a este actor por aquí daban ganas de dejar la peli a medias y reencontrarse con él en Love Actually, una comedia romántica navideña de las de verdad.

 

Valoración: Tres sobre diez.

Cine: ÚLTIMA NOCHE EN EL SOHO

Última noche en el Soho, la nueva película de Edgar Wright tras Baby driver, es una película extraña, una mezcla incoherente de estilos y géneros que, en manos de cualquier otro autor, podría acabar en desastre pero que en manos del realizador británico es casi una obra maestra, un cuento de terror que no reniega de las muchas influencias de las que bebe el director y en las que no se encuentra ni un ápice del humor que definía la celebrada «trilogía del cornetto».

Arranca el film con Eloise, magistralmente interpretada por Thomasin McKenzie (Jojo Rabbit, Tiempo), una joven dulce y encantadora que se traslada desde un pequeño pueblo hasta Londres para estudiar moda y cumplir su sueño de ser diseñadora, aunque pronto encontrará diversos tropezones en su camino, algo que la enlaza a planteamientos como Cisne Negro, Showgirls o The Neon Demon, aunque cuando la cosa se vuelve turbia con quien más paralelismos hay es con la Supiria de Dario Argento. Por motivos que nunca se llegan a explicar (ni falta que hace), la chica –que ya nos habían advertido de que podía llegar a ver al fantasma de su madre muerta-, al caer la noche e irse a dormir, se aparece en la Londres de 1960, encarnándose en la figura de Sandie, una aspirante a cantante a la que da vida, de manera totalmente arrebatadora Anna Tylor-Joy. A partir de entonces, Eloise vivirá dos vidas en paralelo, alimentándose la una de la otra, hasta que la fantasía del pasado se empieza a oscurecer y los límites entre realidad y fantasía se empiezan a quebrar.

Así, lo que empieza como un drama de superación y sueños se torna en una historia de fantasmas, con un terror propio del giallo italiano en el que Wright no escatima en sangre cuando el guion así lo requiere.

Sin llegar a ser una película de marcado tono feminista, Última noche en el Soho se engloba en esas películas capaces de denunciar la toxicidad del patriarcado sin recurrir al lenguaje panfletario, consiguiendo Wright una colección de secuencias alucinógenas que, en ocasiones, rompen con el canon académico para establecer sus propias reglas.

Muchas son las armas a las que el director recurre para firmar la que sin duda es su mejor obra, aparte de su propio talento, como es la utilización, una vez más, de una banda sonora brillante o el deslumbrante trabajo de sus protagonistas, con la turbia presencia de Matt Smith y las aportaciones míticas de Diana Rigg y Terence Stamp. Pero las que de verdad dan el do de pecho son las dos protagonistas, consiguiendo McKenzie contagiar con su mezcla de inocencia e ingenuidad y siendo Anna Taylor-Joy una fuerza de la naturaleza aparentemente imparable.

Con todo ello, Wright logra redondear una historia que nace en lugares muy comunes pero va desconcertando y retorciéndose para terminar de nuevo en tierras apacibles y conseguir una más que probable película de culto nostálgica y aterradora por igual.

 

Valoración: Nueve sobre diez.

Visto en Netflix: EL TIEMPO QUE TE DOY

Ideada por la actriz Nadia de Santiago junto a Pablo Santidrián e Inés Pintor, El tiempo que te doy es una serie que explora el dolor que se sienta tras una ruptura sentimental y explora en ese necesario tiempo de duelo hasta llegar a la conclusión de que el tiempo todo lo cura, algo que no siempre es fácil alcanzar a comprender.

Para ello, la serie propone un interesante juego narrativo al contar la historia de Lina y Nico en dos cronologías diferentes, el presente y el pasado. No contenta con ello, se juega al experimento midiendo milimétricamente el tiempo que se dedica a cada espacio temporal, variando a raíz de un minuto por episodio, de manera que comenzamos atrapados, como la propia Lina, en el pasado de la pareja para concluir prácticamente en un presente donde ya no hay espacio para el recuerdo.

Es este juego estructural uno de los elementos más interesantes de una serie triste, melancólica, en la que descubrir tanto el presente como el pasado de sus protagonistas ayuda a comprender los motivos de su separación y cuyo futuro no terminamos de atisbar por la sencilla razón de que no es de eso de lo que va la cosa. Con un tono que recuerda a las piezas más intimistas del cine de Dani de la Orden, con ayuda de una estimulante banda sonora, hay un verdadero esfuerzo interpretativo para crear unos personajes absolutamente terrenales y que pueden representar con facilidad a cualquiera de nosotros.

Es, por tanto, una propuesta que aboga por la sencillez y que gracias a sus escasos diez episodios de tan solo once minutos cada uno se puede ver en un suspiro, dejando una leve sensación de tristeza tras cada uno de ellos.

Sin embargo, hay algo en ella que me impide valorarla como una pieza redonda, un cierto regusto amargo que me dejó insatisfecho, como si la protagonista, aparte de contagiar al espectador su tristeza, llegara a transmitir también cierta apatía y desidia ante lo que le está sucediendo (ni siquiera se ve con ánimos de celebrar una mejora laboral porque no tiene con quien hacerlo), lo cual termina por hacer mella en ese espectador entregado que puede terminar con la misma desgana. Un juego peligroso que provoca un equilibrio muy precario y que podría llevar a más de uno a caer en una falsa sensación de aburrimiento.

Es, cuanto menos, una serie a descubrir. Una serie donde no hay que esperar nada más que ver la vida pasar  dejarse llevar por ello. Luego ya dependerá de cada uno hasta qué punto le haya llegado a tocar la fibra o no.

Visto en Disney+: POR FIN SOLO EN CASA

Cuando se anunció que Disney estaba preparando una nueva película de la franquicia Solo en casa destinada a potenciar su plataforma, no pude emocionarme menos. Es cierto que la película de Chris Columbus y John Hugles es todo un clásico navideño, incluso su secuela es bastante remarcable, pero una vez Macaulay Culkin fuera de la ecuación, la saga se convirtió en una sucesión de películas destinadas al formato doméstico totalmente olvidables.

Sin embargo, una vez vista esta nueva entrega (la recuperación del actor Devin Ratray repitiendo su personaje más de treinta años después demuestra que no se trata realmente de un reboot) lo cierto es que la cosa tiene su gracia.

Por fin solo en casa es una película menor, desde luego, pero también es cierto que estamos en otra época y la magia del cine de los ochenta y principios de los noventa no tiene cabida en el panorama actual, donde una película que merezca destacar en pantalla grande debe contener grandes explosiones, persecuciones y un final híper exagerado para aspirar a funcionar mínimamente. Pero en el cobijo de Disney+, la película que dirige Dan Mazer y protagoniza Archie Yates (el amigo del protagonista de Jojo Rabbit) encuentra fácilmente su sitio gracias a un guion simpático que consigue recurrir al factor nostálgico recorriendo elementos comunes del film de 1990 pero evitando la sensación de repetición. Así, por ejemplo, después de que el protagonista se haya quedado por error solo en casa en vísperas de Navidad, también hay dos sujetos que tratan de allanar su morada y a los que deberá hacer frente con todas las armas que sea capaz de imaginar, pero con un contexto completamente diferente, cambiando incluso los roles y pasando los invasores de villanos a víctimas de una forma muy natural y que provoca una empatía que no se sentía hacia los personajes a los que daban vida Joe Pesci y Daniel Stern.

No estamos, claro, ante un título que aspire a renovar el género, ni mucho menos, pero sí es una propuesta familiar navideña bastante más simpática de lo que cabría esperar a simple vista y que merece que se le dé una oportunidad, aunque solo sea como excusa para comer algún turrón o cualquier otro dulce a la hora de la sobremesa.

 

Valoración: Seis sobre diez.

Visto en Netflix: MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA

Jeymes Samuel, eL director y guionista detrás de Más dura será la caída, es un artista más vinculado hasta ahora en el medio musical (de hecho, él mismo se encarga de la banda sonora de esta película), siendo el film que nos ocupa su debut en el largometraje.

Más dura será la caída es un extraño western que arranca con un aire muy moderno, pareciendo casi un homenaje al Django desencadenado de Tarantino, para terminar derivando en un western más convencional. Inspirado en personajes reales, Más dura será la caída se sitúa en un punto bastante desconocido del viejo oeste, aquel en el que los pueblos estaban dominados por afroamericanos y que parecía pertenecer a un universo diferente al clásico panorama blanco de las películas de John Ford y compañía. Esto no se traduce, sin embargo, es un panfleto anti racial como podría parecer, más allá de algún ligero apunte nada molesto.

Protagonizada por Jonathan Majors, de moda por su intervención en Loki y por la importancia que su personaje tendrá en el futuro del MCU, y con secundarios de lujo como Idris Elba, Zazie Beetz, Regina King o Damon Wayans Jr., la película narra las andanzas de un forajido y su banda cuyo objetivo principal en la vida es vengarse de otro bandolero que, siendo él niño, asesinó a toda su familia.

Con un lenguaje moderno que podría desconcertar o incluso ofender a los más puristas, una acción muy bien filmada y nada recatada en cuanto a sangre se refiere y una puesta en escena elegante, la película es una rareza que, pese a terminar derivando en un convencionalismo algo decepcionante, funciona muy bien, resultando entretenida y muy estimulante.

Una propuesta curiosa y arriesgada que aprueba con nota siempre que uno esté dispuesto a aceptar las extrañas reglas que Samuel propone para su film.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Movistar: THE BITE

Durante el confinamiento del pasado año, el encierro provocó un desarrollo de la creatividad que fue desde sacar al cocinillas que todos llevamos dentro (aunque no lo supiéramos hasta entonces) hasta la proliferación de guiones y proyectos que en otra época no habrían tenido cabida. Se debe, sin embargo, saber diferenciar entre el disponer de tiempo libre para desarrollar proyectos almacenados en el armario en espera de disponer de algo de tiempo libre de los simples proyectos para matar el aburrimiento.

Michelle y Robert King son el matrimonio detrás de éxitos como The good wife y The good fight que ahora triunfan con su último invento: Devil. Quizá ese aburrimiento que comentaba fue lo que inspiro esta miniserie de apenas seis episodios llamada The bite que, por lo que leo por ahí, parece haber gustado bastante a según qué críticos pero que a mí me ha parecido un despropósito mayúsculo.

The bite está situada precisamente durante el mencionado confinamiento, estando narrada, por tanto, a través de conversaciones de zoom y con muy poco recursos. Rachel es una doctora que, atendiendo a sus pacientes mediante video llamadas, descubre que el virus del Covid ha sufrido una mutación que transforma a los infectados (¡oh, sorpresa!) en zombis.

Es curioso que sea precisamente yo quien critique tan drásticamente un producto con zombis por en medio, pero es que la serie es tan tremendamente aburrida que se hace duro terminarla, pese a ser solo seis capítulos. Es como si los propios King hubiesen concebido esto como mejo divertimento, sin prestarle demasiado interés, y eso se transmite al espectador. Por un lado, por la confusa comedia que no casa nada bien con los largos discursos científicos que tratan de convencernos de la posible verosimilitud del virus. Por otro, el aspecto técnico y visual de la serie, filmada con cuatro duros, es tan paupérrimo que hace daño a los ojos. Los efectos digitales, muy escasos, son de vergüenza, y tanto los diálogos como las interpretaciones son lamentables también. Poco hay que salvar en una propuesta que podría parecer algo interesante a lo largo del primer episodio pero que se va desinflando hasta llegar a la mediocridad más absoluta.

En fin, una propuesta que podría haber interesado a aquellos que no son amantes habituales del cine de zombis, pero que visto su desarrollo no recomendaría ni para tener de fondo mientras se hacen las tareas del hogar. Totalmente prescindible.

Cine: WAY DOWN

Pese al relativo traspiés que podríamos considerar Musa (aunque a mí tampoco es que me disgustara), sigo siendo un fiel defensor de Jaume Balagueró y su cine, estando Mientras duermes y [Rec] dos absolutas obras maestras del terror patrio (su entrada en el universo zombi es para mí una de las obras cumbres del género a nivel mundial y uno de los títulos más aterradores que he visto en una sala de cine).

Way Down es un extraño giro en su carrera (dejemos de lado su documental sobre Operación Triunfo), en la que abandona el misterio y el terror para adentrarse en el mundo de los ladrones de arte. Su propuesta presenta al clásico equipo de especialistas tipo Ocean’s Eleven que se atreven a plantearse un desafío aparentemente imposible (en este caso asaltar la cámara acorazada del Banco de España, en Madrid).

Existen dos maneras de analizar esta película, y por desgracia para Balagueró es muy difícil separar una de la otra. Por un lado, desde el punto meramente artístico, estamos a ante una propuesta estilísticamente perfecta, con un variopinto grupo de actores internacionales que funciona francamente bien (ahí noto quizá algo desaprovechado a Luis Tosar, mucho más secundario de lo que nos tiene acostumbrados), con el “good doctor” Freddie Highmore y el “Davos Seaworth de Juego de Tronos” Liam Cnningham liderando la función, aunque sin desmerecer lo divertidos que están, rozando la pantomima pero sin alcanzarla, José Coronado y Emilio Gutiérrez Caba. Todos ellos están impecables, la historia funciona como un tiro y el ritmo y manejo de las cámaras de Balagueró son envidiables. Así, analizada como película aislada en el tiempo, estamos ante una obra mayúscula del cine de entretenimiento.

El problema es que no se puede separar este estreno en cines del momento temporal que ocupa. Me estoy refiriendo (y quiero subrayar que esto es una coincidencia, no un ejercicio de oportunismo) con el final de La Casa de papel, que narra también un atraco imposible de la cámara acorazada del susodicho banco, mientras que tenemos también en la memoria a los atracadores de Ejército de los ladrones o Alerta Roja. Además, para más inri, Way down versa sobre el intento de recuperar parte de un tesoro que el buscador al que da vida Cunningham ha dedicado media vida a recuperar y que es requisado por el gobierno español, considerándolo a él como un mero pirata. Este sentido de la justicia algo difuso que convierte a los españoles en los aparentes villanos de la película (aunque tampoco es que el gobierno británico, al otro lado de la balanza, quede muy bien parado) se podría ver sobre una cara B del mismo caso que se plantea en La Fortuna, la serie de Movistar dirigida por Amenábar.

En resumidas cuentas, que estamos ante una película muy entretenida, que funciona a la perfección, y cuyo principal pero es que a nivel argumental estamos siempre en un terreno demasiado conocido, haciendo que pese a sus giros argumentales, el factor sorpresa no termine de funcionar como debería.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Netflix: FAUCES DE LA NOCHE

Dirigida por Adam Randall, Fauces de la noche es una extraña mezcla de terror, acción y comedia que nunca termina de funcionar del todo, quizá precisamente por esa indecisión que impide que se dirija claramente hacia algún lugar concreto.

Posiblemente el terror sea lo que menos interesa a su director, por más que el eje central de film sea el vampirismo. Estamos más bien ante un intento de dar una vuelta de tuerca a los mundos secretos y conspiratorios que proponía John Wick pero con chupasangres en lugar de asesinos, siendo el protagonista, Benny (interpretado correctamente por Jorge Lendeborg Jr.) quien sirve de conductor y principal implicación emocional del espectador, aunque su personaje parece un remiendo del de Jamie Foxx en Collateral.

Así, la acción arranca con nuestro protagonista sustituyendo a su hermano como chofer, llevando a dos atractivas jóvenes de una fiesta a otra sin sospechar de que se trata de dos vampiras sedientas de sangre (aunque no tarda demasiado en descubrirse la sorpresa) intentando una especie de golpe de estado en la sociedad secreta orquestada por los vampiros. Esto indica que podríamos estar ante una posible franquicia (insisto en las comparaciones con John Wick en este sentido), pero por desgracia a medida que la acción avanza el interés por la película comienza a decaer, siendo sus escenas de acción demasiado pobres para merecer seguir comparándola (aunque sea solo en espíritu) con la trilogía (de momento) protagonizada por Keanu Reeves. Por ello, es cuando abraza la comedia negra cuando mejor funciona la cosa, aunque en eso también queda corta, poniéndose demasiado seria en su tramo final y provocando más indiferencia que emoción. Es en Abierto hasta el amanecer, quizá, en quien debería haberse fijado Randall para su propuesta. No es que la película llegue a aburrir, pero es tremendamente fácil de olvidar una vez finalizado su visionado, dando la sensación de que el director está más pendiente de gustarse a sí mismo, con planos imaginativos pero artificiales, que de contar una historia redonda.

En fin, otra muestra más de ambición desmedida que, sin ser mala, termina por diluirse poco a poco.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Cine: ETERNALS

Cuando se anunció que Marvel había elegido a Chloé Zhao para dirigir Eternals, una realizadora de cine independiente que estaba empezando a dar mucho que hablar con su último trabajo, Nomadland (eso fue antes de que ganase el Oscar a la mejor dirección, entre otros muchos premios), estaba por ver si era uno de esos movimientos publicitarios en los que un autor de prestigio firma otra película prefabricada en el que apenas tienen margen de maniobra o si de verdad el MCU aspiraba a un film arriesgado y con señas diferenciales con el resto de sus películas.

Afortunadamente, el tiempo ha demostrado que se trataba de lo segundo, y si bien no sería del todo justo hablar de una película única y rompedora, es, desde luego, la más alejada de la fórmula habitual de películas Marvel que poblaban su Universo superheróico.

Narrando una ambiciosa (pero muy accesible) mitología de la que hasta ahora solo habíamos tenido ligeros apuntes, Eternals cuenta la historia de una raza cercana a la divinidad, llamada Eternos, que a lo largo de miles de años ha seguido las instrucciones de sus creadores, los Celestiales, se encargaban de proteger a los terrestres de una tercera raza, los Desviantes.

Una de las cosas que define a Eternals es su condición de coral, consiguiendo Chloé Zhao tener tiempo suficiente para dar entidad a cada uno de ellos. No es habitual, ya no en Marvel sino en cualquier película con aspiraciones a blockbuster, tener un tratamiento profundo de los personajes, y solo por eso Eternals ya merece una distinción especial.

Pero empezaba hablando de Chloé Zhao, y su huella se ve reflejada en la película en la composición de sus imágenes, más cercana al cine de Terrence Malick que de un film de superhéroes del montón. Por eso muchos han querido ver en Eternals un reflejo de La Liga de la Justicia de Zack Snyder, pudiendo asegurarse que representa lo que aquella quiso ser pero no lo consiguió por el batiburrillo de su argumento.

Pese a las diversas menciones al Universo Marvel, tales como el lapso provocado por el chasquido de Thanos o la pérdida de Iron man o el Capitán América, esta es también la película más independiente de la franquicia, no teniendo más vínculos con el MCU hasta llegar a las dos escenas postcréditos que, de nuevo, dejan los dientes largos ante lo que está por llegar a lo largo de esta Fase Cuatro o incluso Cinco.

Con un reparto de campanillas en la que destacan nombres ilustres como Angelina Jolie, Salma Hayeck,  Richard Madden o Kit Harington, es Gemma Chan quien sobresale con su magnetismo y personalidad.

Eternals es una película relativamente larga (más de dos horas y media), pero que no llega a aburrir en ningún momento, sabiendo esquivar los temidos valles argumentales pese a su carácter reflexivo e intimista. Cierto es que abundan los momentos de diálogos y los planos de atardeceres, remarcando la espiritualidad que reflejan estos Dioses modernos (y fuentes de inspiración de mitologías actuales, desde supuestas deidades mesopotámicas o griegas hasta personajes de comic de la editorial DC), pero eso no significa que la película carezca de las necesarias escenas de acción que, si bien en proporción a la duración del film podrían parecer menores que en otras películas del MCU, contienen una espectacularidad fuera de toda duda, evitando además caer en el exceso desproporcionado de otros clímax finales.

No quiero dejar de mencionar (por mucho que me duela dar voz a los tontos) la ridícula polémica que ha suscitado el film por la incursión de un personaje homosexual en sus filas. La realidad es que la película aboga por la integración y la diversidad, haciéndolo de una manera muy natural que no se siente para nada forzada y que corresponde más a la normalización que se debe hacer como reflejo de la sociedad actual que al simple postureo. Por eso, aplaudo especialmente a Disney no por la valentía del acto en sí sino por la negativa a censurar algunas escenas para permitir el estreno en países dirigidos por tipos de encefalograma plano. A veces, el dinero no lo es todo, cosa que parece sorprendente que defienda la casa del ratón y de lo cual me alegro.

En resumen, una magnífica película, muy criticada por aquellos que siguen prefiriendo los productos palomiteros vacíos e insulsos, que consigue unificar espectáculo con personalidad y que sube un peldaño la intensidad de una Fase Cuatro del MCU que ya con Shang Chi mostró su deseo de evolucionar pero a la que sigue faltando el espaldarazo definitivo, algo que sin duda sucederá en el siguiente capítulo, en el que nos dejaremos de precuelas póstumas y presentación de personajes para recuperar la grandeza de aquellos que sobrevivieron a Endgame.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

Visto en Netflix: ALERTA ROJA

No es este lugar donde poner en duda las cualidades interpretativas de Dwayne Johnson, pero o que está fuera de debate es que uno de los secretos de su éxito es su tremendo carisma, más cuando tiene a alguien a la altura para darle la réplica. Ya se demostró con el binomio que formó con Jason Statham en Fast & Furious 7 y que repitió en Hobbs & Shaw, película en la que, además, compartía algunos segundos con Ryan Reynols, dando pie a algunos de los momentos más divertidos del spin-off. Quién sabe, incluso, si esa fue la semilla de la presente Alerta Roja.

El caso es que la película más cara hasta la fecha de Netflix centra casi todo su interés en la química que desprenden Johnson y Reynols, dos auténticos reyes de la comedia de acción, que demuestran compenetrarse a la perfección, dejando aire, eso sí, para que Gal Gadot pueda brillar también como la tercera en discordia. Quizá a simple vista sea ella quien tenga menos papel con el que lucirse, pero se agradece también que su personaje esté más alejado de lo que nos tiene acostumbrado, siendo un soplo de aire fresco en su carrera. Johnson y Reynols funcionan muy bien, pero no dejan de hacer una réplica de sus personajes más estereotipados.

Puede que el punto más débil del film se encuentre en su director y guionista, un Rawson Marshall Thurber más dotado para la comedia que para la acción que ya demostró en El Rascacielos, aquella versión supe tecnológica de Jungla de Cristal que no terminaba de funcionar del todo.

Alerta Roja es una comedia de altos vuelos sobre el clásico juego del gato y el ratón que deben unir fuerzas contra un enemigo (enemiga en este caso) común con una serie de robos de por medio. Siendo su argumento lo más flojo del film, hay que reconocerle que tiene un ritmo trepidante, con lo cual resulta imposible aburrirse ni un segundo, y aunque los giros de guion no sean nada del otro mundo encajan a la perfección en una película que carece de las pretensiones artísticas suficientes para estar a la altura de su ambición presupuestaria pero que como puro entretenimiento resulta muy efectiva. A lo mejor la principal pega que se le pueda poner es algo ajeno a su producción: me refiero a la coincidencia en el tiempo de demasiadas producciones enfocadas en robos de cajas fuertes aparentemente inexpugnables, pues en medio del hype por la conclusión definitiva de La casa de papel tenemos muy reciente, también en Netflix, Ejército de los ladrones, mientras que en cines está triunfando Way Down, de la que hablaré en breve.

Como sea, el vehículo de lucimiento para estas tres estrellas, guapos, fuertes y simpáticos, es un éxito garantizado, y, como ya nos tiene acostumbrados Netflix, tiene la pretensión de funcionar como posible franquicia.

El tiempo dirá…

 

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 9 de noviembre de 2021

PRESENTACIONES DE EL HOMBRE DE TRAPO MATABA POR AMOR.

Los nervios a flor de piel. Caras conocidas entre el público. Alguna desconocida también. Mi editor, a un lado. Mi última novela, de cara a la audiencia, al otro. Me aclaro la voz, sabiendo que no llevo notas ni nada especialmente preparado. Solo una idea vaga sobre lo que voy a decir. Y, por una vez, mi nueva novela no es el tema de la noche.

Ricard, mi editor, me presenta. Lo miro de reojo, sabiendo que no es la presentación literaria al uso que se podría esperar. Me disculpo y abro la boca. Y, simplemente, dejo que las palabras fluyan.

Todo va como la seda. No queda nada en el tintero. Explico una historia de dolor y sufrimiento, aquella que se oculta entre las entrañas de El hombre de trapo mataba por amor. Regreso a esos días de hospitales y salas de espera, pero también a las agradables caminatas por la ribera del Tajo, buscando cobijo a la sombra de Trillo y dejándome envolver por la soledad mágica, casi fantasmal, de Bañuelos.

Como si de un exorcismo se tratara, dejo que todo salga de mi interior, los fantasmas atrapados en mis recuerdos, las lágrimas contenidas, los miedos nocturnos a la fatídica llamada telefónica… y todo eso con el macabro escenario, muy cinematográfico, eso sí, de la pandemia, con ese toque de queda tan claustrofóbico que fue el marco perfecto para terminar el último borrador de la novela pero que supuso también el adiós definitivo al último pilar que me quedaba en esta vida.

No vino todo el mundo, pero sí los importantes. Los que uno necesita tener a su lado en momentos como este. Un público entregado, emocionado, que se fueron dejando atrás alguna lagrimilla y un atronador aplauso a la memoria del verdadero protagonista de la jornada. Y entre ellos, como la luz de un faro guiando mis pasos, dos personas que sobresalían sobre los demás: Arelys, la persona que sacó mi corazón de su enfermizo letargo, y Noah, el relevo generacional, la deuda pendiente que tenía con mis padres y que no ha llegado tarde, como se podría pensar, sino en el momento oportuno. Dos estrellas en la noche, dos latidos que impulsan mi corazón.

Y con el aplauso, termina la primera parte de la presentación. Y termina mi homenaje. Suena tan fuerte que nos aseguramos de que mi padre, esté donde esté en estos momentos (a me gusta seguir llamándole Cielo), lo pueda escuchar.

Llega a continuación el momento de hablar de la novela propiamente dicha, pero eso ya no me importa tanto. Es la parte fácil de la presentación, la que podría hacer con los ojos cerrados. Al fin y al cabo, es hablar de una parte de mí mismo, de mi pasión, de mis sueños…

Hablo de espantapájaros, de asesinos, de guionistas y de anécdotas de cine, de corazones rotos y matrimonios maltrechos. Y callo más que hablo por aquello de no hacer spoilers. Pero incluso cuando hablo de eso, incluso cuando callo lo otro, es mi padre quien sigue presente, flotando por el ambiento, impregnándolo todo con su recuerdo.

La ceremonia, largamente aplazada por algo llamado restricciones sanitarias, termina. Nos sonreímos bajo las mascarillas, enmascarando nuestras emociones. Saludamos con el puño, con algún que otro abrazo ilegal furtivo. Y toca despedirse firmando los libros que los presentes tienen a bien comprar. Es entonces cuando tengo tiempo para algún saludo más íntimo, más personal. Reencuentros insospechados después de años de ausencia, familias que han crecido desde nuestro último encuentro, más felicitaciones mezcladas con pesares…

Son dos fechas mágicas. La primera, en Maçanet de la Selva, mi segundo hogar. El refugio de mi padre cuando mi madre se adelantó para buscar una parcela libre en el Cielo para su último viaje juntos.  El lugar donde, curiosamente, hice mi primera presentación, en ese caso Sanguijuelas, precisamente tres años justos antes de la segunda presentación de El hombre de trapo mataba por amor. Esta vez en Barcelona. Dos fiestas parejas. Dos sueños hechos realidad.

Dicen los que la han leído que El hombre de trapo es una novela buena, muy buena. Que se evidencia una evolución ascendente en mi estilo y que va a ser un gran éxito. No sé si será verdad. Ahora mismo, tampoco me importa demasiado. El hombre de trapo es la novela que he dedicado, de todo corazón, a Benito Medina, mi padre. Y con eso, tengo bastante.