viernes, 25 de mayo de 2018

MI FAMILIA DEL NORTE

Dany Boom vuelve a la carga, y lo hace reciclando planteamientos de la que sin duda es su mayor éxito como director: Bienvenidos al norte.
Desde entonces, su carrera ha despegado hasta convertirse en el cómico más popular del país galo, haciendo que su nombre resuene internacionalmente y que cada nuevo estreno suyo sea sinónimo de éxito, aunque posiblemente sea todavía su faceta como actor lo más destacable (recuerden lo flojito que resultó su ultimo trabajo, Una policía en apuros).
Bienvenidos al norte era una divertida comedia que se burlaba de los tópicos entre los habitantes del sur de Francia y los del norte, que aparte de arrasar en la taquilla nacional (sigue siendo la película francesa con mayor recaudación y la segunda en general solo superada por Titanic) y cuenta con un remake italiano (Bienvenidos al sur) y una adaptación no oficial en nuestro país como fue Ocho apellidos vascos y su secuela.
Mi familia del norte no es, en contra a lo que algunos han insinuado, una secuela de aquella, pero sí toma ciertos elementos en común para narrar la historia de Valentin, un prestigioso y glamuroso diseñador de muebles parisino que guarda un terrible secreto: finge ser huérfano para no revelar al mundo que su familia son un puñado de paletos descerebrados de un pueblucho del norte. Pero claro, la verdad no tarda en salir a la luz o no tendríamos comedia… Tan poco original es la trama (con accidente del protagonista por en medio), que incluso me trajo a la memoria la reciente La tribu, que a su modo jugaba más o menos a lo mismo.
Danny Boon no se ha roto la cabeza con su planteamiento y se mueve por lugares comunes y muy previsibles, alternando el humor pretendidamente inteligente de unos diálogos ágiles y centrados en la confusión lingüística con otros de puro slapstick. No creo desvelar ningún secreto si digo que, tras esa capa de humor algo facilón se esconde un mensaje sentimental y moralista en favor a los valores familiares y la aceptación de las raíces, siendo todo una farsa para terminar ridiculizando a los teóricos ridiculizadores, esos snobs de clase alta que se sienten por encima del bien y del mal, y en ese trasfondo se encuentran algunos de los mejores gags, sobre todo los que se burlan de ese supuesto “arte” que, bajo el calificativo de “diseño” se convierte en inútil y hasta ridículo.
Mi familia del norte no siempre consigue provocar la carcajada que busca, pero sí es capaz de mantener al espectador con una sonrisa permanente en la cara, gracias a un trabajo muy eficaz de sus protagonistas, con Dany Boon y Laurence Arné, con quien ya compartió pantalla en Manual de un tacaño, liderando el reparto.
Comedia al uso, pues, eficaz y simpática, que con un corte muy francés propio del sello Boon es capaz de alegrar una tarde sin más pretensiones que la de pasar un buen rato y al salir, quizá, llamar a ese familiar lejano al que tenemos olvidado para enviarle un saludo. Tampoco es necesario buscar mucho más.

Valoración: Seis sobre diez.

OPERACIÓN: HURACÁN


Muchas veces puedes conocer la calidad de una película sólo con ver su campaña promocional. Que Operación: Huracán se anuncie como “del director de The fast and the furious” no es de entrada nada halagüeño. Y no porque A todo gas fuese una mala película, ni mucho menos, ni porque su director, Rob cohen, no haya sido el responsable de unos cuantos títulos interesantes, como Dragonheart o Pánico en el túnel, sino porque si lo más llamativo de una película es recordar el trabajo de hace diecisiete años pues apañados estamos.
Y como se podía prever, Operación: Huracán es una peli correcta, con buen ritmo e interpretaciones correctas, pero totalmente olvidable. No hay nada memorable ni en su guion, estúpido por momentos, ni en las escenas de acción, y la gracia de conjugar el cine de atracos con el de catástrofes se difumina a los pocos minutos de metraje.
La destrucción gratuita es algo que siempre atrae a un público determinado, pero ello no significa que sea tan fácil destruir cosas de manera satisfactoria. Si Roland Emmerich y Michael Bay llevan décadas viviendo de ello, por algo será. Y Cohen, pese a estar acostumbrado a las escenas de acción (cuya es también la primera xXx), no logra imprimir el ritmo adrenalítico suficiente como para que un huracán de categoría cinco resulte tan espectacular en pantalla como debería.
La cosa va de un pueblo a punto de ser arrasado por el susodicho huracán y el plan de una banda de atracadores de aprovechar la evacuación para cometer un atraco a una sede del Tesoro de Estados unidos. Hay, por ello, todos los tópicos previsibles, con giros argumentales increíbles y persecuciones ridículas, pero ni los giros sorprenden tanto como deberían ni el caos es tan absurdo como para convertirse en una gran fiesta como si en algún momento alguien pensara en que esto merecía ser tomado en serio. Para remate, tampoco ayuda que los protagonistas sean tan poco reconocibles, dejando toda la empatía en manos de Toby Kebell (que, acostumbrado a trabajar bajo máscaras de captura de movimientos, su momento más reconocible es como el Doom de la horrenda Los 4 Fantásticos) y Maggie Grace, que pese a ser la hija de Liam Neeson en la saga Venganza, siempre será más recordada por su trabajo en la serie Perdidos (Lost). Poco renombre para levantar una película demasiado gris que solo logra ser algo entretenida cuando se vuelve totalmente inverosímil.

Valoración: Cuatro sobre diez.

HAN SOLO

La maquinaria Disney no para, y mientras en las oficinas continúan desgastándose las yemas de los dedos contando los billetes que les están reportando Vengadores: Infinity War ya tienen un nuevo estreno con aspiraciones a pelotazo en cartel: Han Solo: una historia de Star Wars.
Han Solo pertenece a esa colección de spin-off que, bajo el subtítulo de “Una historia de Star Wars” recorren diversos momentos o personajes del pasado de la saga sin ser un capítulo propio de la misma. Ello significa que no estamos ante un capítulo más de la saga familiar de los Skywalker ni cabe esperar a que la Fuerza, los Jedi o cualquier otro icono referencial de la obra creada por George Lucas tenga presencia en el film, aunque las referencias y los guiños a las películas clásicas son inevitables.
Posiblemente ese sea uno de los lastres de Han Solo. No voy a entrar en comparaciones entre Alden Ehrenreich y Harrison Ford porque me parece un ejercicio estéril. Todos tenemos claro, incluido el propio Ehrenreich, que Han Solo ha sido, es y será siempre Harrison Ford y es inútil tratar de imitarlo, por lo que la única manera de disfrutar de esta película es olvidándonos de las imágenes que tenemos en el recuerdo y disfrutar del trabajo del joven protagonista de ¡Ave, César!, que por otro lado lo hace bastante bien, como si realmente fuese la primera vez que nos encontramos con el pícaro contrabandista, algo similar a lo que ocurre con el Lando Carlissian de Donald Glover (aunque en su caso lo tiene más fácil, ya que pese a su juventud, su carrera ya es más prolífica que la del original Billy Dee Williams).
Así, aunque Han Solo no sea una gran película, si es posible disfrutar de ella aceptándola como el buen entretenimiento que es, con sus giros más o menos esperados y sus escenas de acción bastante logradas. Sin embargo, es la propia película la que nos impide realizar semejante ejercicio, recordándonos constantemente que estamos en una película de Star Wars y ofreciendo demasiados guiños gratuitos que obligan al espectador a hacer, precisamente, lo que debería evitar: comparar. 
Al guion tenemos a Lawrence Kasdam, que posiblemente sea el que mejor conoce el mundo de Star Wars pero quien ya firmó el libreto de El despertar de la Fuerza, que muchos acusaron de vivir demasiado anclada en el recuerdo hasta el punto de ser prácticamente un remake de Una nueva esperanza (aunque luego los palos, curiosamente, fueron solo para el director J.J. Abrams) y su hijo Jon, y parece como si tuviesen miedo de despegarse demasiado de la mitología y que el espectador se tragara la película como una cinta más de ciencia ficción del montón, buscando contantemente la nostalgia hasta el punto de repetir una vez más situaciones ya vistas con anterioridad. No es Han Solo, desde luego, una película tan valiente como fue Rogue One, que pese a sus problemas finales de edición consiguió, partiendo de unos personajes nuevos, tener un tono y un fondo suficientemente alejado del canon más clásico como para ser un estupendo entretenimiento, y permitiendo así que se disfrutara aún más ese momento postclimax donde sí se permitieron dar rienda suelta al homenaje más descarado con ese Darth Vader tan imponente. Incluso se pretende copiar aquí la jugada con otro personaje que no voy a revelar, pero ni es un momento tan glorioso ni la puesta en escena es tan competente como para impresionar como debería (hay un momento incluso ridículo referente a la acción que dicho personaje está haciendo, cuando la veáis lo comprenderéis), siendo más una excusa para sugerir una secuela que otra cosa.
Cuenta esta película con el mismo hándicap que contó en su momento La Liga de la Justicia. Los directores contratados en primera instancia, Phil Lord y Christopher Miller (los responsables de Infiltrados en clase y su secuela y La Lego Película), fueron despedidos cuando los productores vieron el tono exageradamente cómico del film (¿y qué se esperaban, viendo el trabajo anterior de semejantes directores?), contratando al eficiente Ron Howard (artesano de oficio, capaz de mezclar sin problemas estilos como demuestran sus últimos trabajos: RushEn el corazón del mar o Inferno). Howard es un buen director, acostumbrado al éxito de público y crítica (ganó el Oscar por Una mente maravillosa), pero quizá no la elección más adecuada para un blockbuster de grandes efectos visuales. 
Con todo, la ha quedado una película compacta y donde no se notan los re-rodajes o parches, pero uno no puede dejar de preguntarse cómo habría sido la película di él hubiese estado al mando desde el principio o qué habría pasado si Lord y Miller hubiesen terminado la suya, exactamente lo mismo que muchos fans de DC se preguntan alrededor de Snyder y Whedon.
Rogue One ampliaba el universo con la creación de nuevos personajes, pudiéndose permitírselo gracias a su dramático final, ya que ninguno de ellos es nombrado siquiera en las películas colocadas cronológicamente a continuación. En Han Solo se ha pretendido enriquecer también la galería de personajes con nuevos bichejos y, sobre todo, con algunos personajes que tampoco van a significar nada relevantes para el futuro, pero que, como ya he comentado, invitan a pensar que va a ser inevitable una continuación de las aventuras de este joven Han Solo. Entre ellos, quizá lo mejor es la Qi’ra de Emilia Clarke, una actriz que pese a lo que me rechina fuera de la serie Juego de Tronos (patinó con su versión de Sarah Connors y me pareció insufrible en aquella bobada llamada Antes de ti), me resulta convincente como la protagonista del film, mucho mejor aprovechada que la fugaz Thandie Newton.
Con todos estos elementos, la película termina por funcionar en su apartado más nostálgico, permitiéndonos ver la famosa proeza de Han con el Halcón Milenario en el corredor Kessel, la relación entre Han y Lando y, sobre todo, cómo se sumó Chewbacca al grupo, pero fracasa bastante en el campo emotivo. No es que los personajes no consigan transmitir emociones, es que ellos mismos parecen carecer de ellas, y si los momentos de drama mostrados en pantalla (y hay unos cuantos) no parecen afectar al personaje implicado, mucho menos va a lograr calar en el público. Y menos cuando la trama gira alrededor de un correcalles de Han y Chewie sin un oponente de suficiente empaque como para sentirse como a la amenaza que toda película de Star Wars necesita.
En fin, película simpática y divertida, muy disfrutable si uno ignora que forma parte del universo Star Wars, que no contiene grandes errores debido a su falta de riesgo (algo que sí sucedía en la trilogía de precuelas o en Los últimos Jedi), pero que precisa de recurrir (y en muchas más ocasiones de lo que cabría esperar) a las eternas notas musicales de John Williams para conseguir emocionar lo más mínimo.
Producto de consumo en su máxima expresión.

Valoración: Seis sobre diez.

AMOR A MEDIANOCHE


Recuerdo que comenté hace un par de años, con motivo al estreno de la aburrida Antes de ti, que cada generación tiene su propio drama romántico, esa película que pretenda retorcer nuestros corazoncitos con historias de amor imposibles con enfermedades mortales por medio. Pero parece que la sombra de Love Story y (en menor medida) Elegir un amor es alargada y, por tanto, insuperable.

El mérito de Amor a medianoche, de Scott Speer, director dedicado hasta ahora a los videoclips musicales o películas de la saga Step Up, es que pese al tono de tragedia que desprende su trama (y que, dejémonos de miedo a los spoilers, desde el primer momento se sabe que la cosa va a terminar mal), tiene un aroma optimista y de buen rollo que ayuda a simpatizar con sus protagonistas. No tenemos aquí, como en los ejemplos antes mencionados, a familiares impasibles opuestos a ese amor abocado al fracaso sino que el mensaje es, desde el primer momento, el de vive al máximo y disfruta lo que puedas, lo que dota a la película de una frescura que se agradece y que prepara mucho más al espectador de cara al inevitable momento de la lágrima desbordada.
Katie es una chica condenada a vivir encerrada todo el día en su casa debido a una extraña enfermedad que le impide tener el más mínimo contacto con el sol. Huérfana por parte de madre, su cariñoso padre y su única amiga, Morgan, son los únicos apoyos que la muchacha, entusiasta de la música y compositora ocasional, tiene, aparte de observar al chico que cada día pasa por delante de su casa sin reparar en su presencia. Hasta que una noche el destino los une y el amor aflora entre ellos.
Convincentemente protagonizada por Bella Throne (vista hace poco en Amityville: el despertar) y con la correcta aportación de Patrick Schwarzenegger (actor algo lastrado por el físico heredado de papá Arnold), quizá quien más lame la atención es Rob Riggle interpretando al padre de Katie, un actor principalmente centrado en la comedia (y en papeles bastante odiosos, como el agente artístico de El séquito) y que aquí está brillante, en un papel dramático pero muy entrañable y cercano (curiosamente esta misma semana aparece en otro trabajo serio aunque mucho más breve, 12 valientes).
Amor a medianoche no es nada más de lo que uno se pueda imaginar, un drama juvenil con momentos algo empalagosos y un punto de irrealidad (el momento radio) pero que está tan bien hecha que resulta imposible no emocionarse con ella, logrando incluso resultar cruelmente divertida en algunos pasajes concretos y sin que la sensiblería llegue a resultar cargante, lo cual pro sí solo ya es todo un mérito.

Valoración: Siete sobre diez.

12 VALIENTES

Dirigida por el desconocido Nicolai Fuglsig, 12 valientes es la historia real de los primeros combatientes que Estados Unidos envió a Afganistán para hacer frente a los talibanes tras los crueles atentados del 11S.
Protagonizada por un solvente Chris Hemsworth, la película resulta interesante como documento acerca de un momento histórica donde la manera de afrontar una batalla cambió radicalmente. Hemsworth da vida a un capitán que, junto a su comando conformado por doce hombres, debe entrar en territorio enemigo de la mano de una frágil alianza con un señor de la guerra local para establecer las coordenadas precisas de la ubicación de los talibanes y así poder enviar aviones a bombardearlos.
Filmada con corrección, pero sin grandes alardes, la principal crítica que puede hacerse al film es su intencionado tono patriótico, exagerando quizá el sentido del deber y el sacrificio de esos soldados y retratando a los talibanes, en especial a su líder, con unos rasos claramente definitorios de villanía que casi rozan el esperpento, jugando a definir a los bandos protagonistas como los buenos muy bueno y los malos muy malos.
Más allá de eso, la película resulta suficientemente entretenida como para dedicarle las poco más de dos horas que dura su metraje, consiguiendo hacer al espectador partícipe de ese grupo de personajes reales y conviviendo con ellos como un camarada más al igual que sucedía recientemente con la también homenajeadora Héroes en el infierno. No deja de ser, en el fondo, una película de guerra más, con algún apunte crítico hacia ciertas decisiones gubernamentales (no todo va a ser azúcar), la curiosidad de ver en esta época a los soldados luchando a caballo y el carisma que tiene Hemsworth, bien acompañado por nombres como Michael Shannon, Michael Peña, William Fichtner o, incluso, Elsa Pataky, interpretando, como en la vida real, a su esposa.
Entretenido film de acción, más cercano a la aventura que al drama bélico, donde las buenas intenciones superan, en momentos, a los propios valores fílmicos.

Valoración: Seis sobre diez.

HACERSE MAYOR Y OTROS PROBLEMAS


Hacerse mayor y otros problemas es la nueva película de Clara Martínez-Lázaro, más conocida en su faceta de guionista y heredera de la vis cómica de su padre Emilio Martínez-Lázaro.
Sin embargo, en su última aventura cinematográfica parece no saber combinar demasiado bien las facetas de guionista y directora, ya que, aún partiendo de una historia simpática y divertida, el ritmo narrativo sufre terribles altibajos que dificultan la identificación del espectador con la protagonista.
Emma ha conseguido publicar su primer cuento infantil, pese a no tener absolutamente ninguna mano para los niños, y se siente emocionada, aparte de abrumada, cuando se entera de que Lola, su mejor amiga, está embarazada y confía en ella para ser, no solo la madrina del futuro retoño, sino también la tutora legal en caso de que sufriesen los padres un accidente. Esto provoca una crisis de responsabilidad en Emma, agravada con la competividad por la amistad de Lola tras la aparición de una tercera amiga de la infancia y el complicado romance con el elegido para ser el tutor legal masculino.
Típica comedia sobre el complejo de Peter Pan a la que al menos hay que agradecer no sea demasiado previsible en su desarrollo, la película está repleta de situaciones divertidas y bien resueltas por su protagonista, Silvia Alonso, aun cuando carece de un análisis demasiado profundo de los personajes y las acciones vayan de un lugar a otro sin una correcta continuidad. Además, el resto de actores que conforman el elenco no parecen estar demasiado inspirados, en especial un Vito Sanz que, pese a estar de moda tras su paso por la serie Vergüenza y la película Las leyes de la termodinámica, no deja de repetir siempre el mismo tipo de papel.
Hacerse mayor y otros problemas podría considerarse una de esas comedias “happy” que solo aspiran a alegrar un poco la vida con una moralina superficial y frases de calendario, algo así como fue No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas y que se dejan disfrutar si no se le exige demasiado al producto, que no pasa de ser una sucesión de chistes algo estereotipados y con unos actores que tienden a la caricatura.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 20 de mayo de 2018

DEADPOOL 2


Hace apenas dos años Deadpool fue una de las mayores sorpresas de la temporada. Convencidos por el director Tim Miller y el actor Ryan Reynols, los directivos de la Fox, en vista de que sus licencias Marvel empezaban a flojear de la mano de los mutantes de Singer (del batacazo de Los cuatro Fantásticos mejor ni hablar), se arriesgaron a autorizar la realización de una película no apta para menores, muy gamberra, malhablada, políticamente incorrecta y con bastantes toques de sexo, escatología y gore. 
Pero, sobre todo, con un humor muy bestia y tremendamente ácido. El resultado fue un éxito abrumador, rompiendo récords y descubriendo al personaje (ya había aparecido brevemente en X-Men Orígenes: Lobezno, pero de eso mejor tampoco hablar) al gran público.
Era evidente que el Mercenario Bocazas debía volver más pronto que tarde, y en medio de la tormenta mediática que supone la inminente (aunque eterna) compra de la Fox por parte de Disney, Deadpool 2 se estrena con las expectativas por las nubes y un relevo en la silla del director.
Estos dos factores son los que más determinan el destino de este Deadpool 2. Por un lado, el factor sorpresa que tan bien jugó a su favor en el 2016 ya ha desaparecido, y todo el mundo espera esta secuela con ganas, quizá demasiadas, lo que sin duda es más fácil que provoque decepciones que aplausos.
Deadpool 2 es, en realidad, más de lo mismo, de manera que quien no disfrutara con el humor cafre de Wade Wilson y su alter ego Masacre (tal y como es conocido en España en el mundo del cómic), no debería ni acercarse a esta continuación. Por otro lado, en la Fox han puesto toda la carne en el asador y, aun sin contar con un presupuesto a la altura de colegas superheróicos como los liderados por Iron Man o el Capi, en Deadpool 2 hay muchos más personajes, más acción y una trama que, sin la lacra que supone hacer la presentación de un personaje, puede ir directa a la acción. Así que sí, tal y como dice la campaña publicitaria, Deadpool 2 es más larga y más dura, lo cual no quiere decir necesariamente que mejor.
El segundo aspecto a tener en cuenta, decía, era el cambio de director. Tim Miller debutó con Deadpool en el mundo de la realización de largometrajes, aunque ya había trabajado como director de segunda unidad en otros títulos Marvel, estando especializado en la confección de inolvidables títulos de crédito como los de Thor, el Mundo Oscuro o Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres, por lo que el aspecto visual era lo primordial del film. El director de la secuela, David Leitch, también surge de la parte más técnica de la industria (en su caso era especialista de escenas de acción) y ya había codirigido la primera parte de John Wick y, ya en solitario, Atómica. Con semejante currículo, las diferencias entre ambos realizadores parecían evidentes y, ciertamente, el estilo de cada uno es lo que define y diferencia las dos películas. Deadpool 2 no ha perdido su cachondeo y salvajismo, pero la espectacularidad proviene más de los momentos de acción ante las cámaras que de los virtuosismos tras ellas. Y es por ello que durante gran parte del metraje hay un aroma dramático muy heredero de la mencionada John Wick que rechina en algún momento.
Con todo, Deadpool 2 sigue siendo un estupendo divertimento, lo suficientemente diferente a la primera como para no resultar una simple copia, pero sin la frescura y originalidad de aquella, que sabe aprovechar el dúo que el protagonista forma con Cable, el personaje de Josh Brolin pero que tiene en la Domino de Zazie Beetz una de sus mejores bazas. La escena intercréditos, por cierto (y aprovecho para avisar que no hay escena al final de los mismos), es de lo mejor del film, tan hilarante que por sí misma ya merece el precio de la entrada, aunque quizá muchos no terminarán de pillar las referencias. Y lo mismo podría decirse de los cameos, tan hilarantes como fugaces, que hay que buscar casi con lupa.
Deslenguada, incorrecta y muy sangrienta (aunque, por contra, mucho menos sensual/sexual), Deadpool 2 es una buena secuela, que seguramente no supere a la original pero que tampoco la desluce.

Valoración: Siete sobre diez.