sábado, 26 de septiembre de 2020

Visto en Netflix: ORÍGENES SECRETOS

Nunca me cansaré de decirlo (y no cobro comisión, que conste; más bien la pago): desde que la pandemia ha obligado a cambiar las reglas del juego y poner en jaque a los cines Netflix se está erigiendo como la gran salvadora del cine español. Más que nada porque, independientemente de los beneficios que pueda aportar a las productoras (dato que desconozco), está permitiendo que películas condenadas a quedar sepultadas en una lista de espera aparentemente interminable puedan tener una visibilidad mayor incluso que la que le habría permitido un estreno en cines.

Es el caso, sin ir más lejos, de Orígenes secretos, película que merecería haberse podido disfrutar en pantalla grande pero que, de haber sido así (en circunstancias normales, me refiero), seguramente habría tenido que conformarse con un puñado de salas minoritarias con una campaña promocional más bien discreta.

Y es que, en cierto modo, la película de David Galán Galindo tiene algo de cine de autor (en el sentido más literal de la palabra), ya que el propio director se ha escrito el guion adaptando su propia novela. Todo queda en casa.

¿Y qué nos ofrece Orígenes secretos? Pues una mezcla impecablemente perfecta entre comedia e intriga con un argumento que no reniega de sus referentes (los llega a mencionar, incluso) y que se ve reflejada en la magnífica Seven, de David Fincher, para su punto de partida (el otro gran referente lo obviaré por no caer en el spoiler).

Un asesino en serie está aterrando Madrid, pero lo peculiar del caso es que cada muerte es una suerte de perfomance que parece imitar el nacimiento de algún superhéroe de comic. Para tratar de resolverlo, el detective de la policía David Valentín debe colaborar a su pesar con el hijo del anterior inspector, recién jubilado, un experto en la materia.

Así, tenemos una película de detectives, muy siniestra en algunos momentos, una buddy movie y una comedia que, en el fondo, sirve como vehículo para rendir tributo al mundo del noveno arte y que oculta en su interior centenares de guiños y referencias que, no obstante, no entorpecerán al espectador profano.

España nunca ha tratado bien a los superhéroes. La propia película lo critica en uno de sus diálogos: «mientras en Gran Bretaña escribían sobre el Rey Arturo, nosotros hacíamos el Quijote», y el cine es buena prueba de ello. Lo más digno que teníamos en la patria (y soy muy generoso con la palabra digno) era el SuperLópez perpetrado por Dani Rovira, pero David Galán Galindo pretende cambiar las cosas y dignificar la figura del héroe español, ya sea en la figura de un policía, un bombero o un tipo con capa y mallas.

Javier Rey y Antonio Resines no son Brad Pitt ni Morgan Freeman, y en algún momento pretenden parecerlo, pero la comparativa tiene un punto de acertada y la sombría ambientación que rodea los asesinatos son un eco perfecto y retorcido de la sombra de Fincher. Brays Efe, por su parte, es el representante de ese submundo cultural llamado (con un deje de desprecio por los profanos, pero con un toque de orgullo por los aficionados) frikismo. Es cierto que se le puede reprochar un exceso de cliché en el personaje, pero para eso está el papel interpretado por Verónica Echegui, que normaliza al aficionado al comic y los «muñequitos».

La gran virtud de la película es la de que, pese a tomarse muy en serio a sí misma, consigue ser muy divertida sin caer en el ridículo, resultando efectiva como comedia, como cine negro e incluso en su vertiente más dramática.

Invitando al aplauso con cada referencia oculta (algunas más que otras) y enriqueciéndose de un magnífico reparto, Orígenes secretos solo peca en una ligera falta de originalidad, casi calcando en concepto (que no en estilo) a los dos referentes ya mencionados, pero se le puede perdonar teniendo en cuenta lo magnífica que es en todo lo demás, aspirando a ser, a mi entender, de lo mejor del año en cine español.

 

Valoración: Ocho sobre diez.

Visto en Netflix: FREAKS. 3 SUPERHÉROES

Una de las cosas que más he escuchado a David Galán Galindo en entrevistas a raíz del estreno de su estupenda Orígenes secretos son los lamentos porque en España sea impecable hacer cine de superhéroes así, tal y como hacen en otras filmografías aparentemente inferiores.

Puede que esa sea precisamente la clave, la falta de complejos que no se puede permitir el cine español actual. Al fin y al cabo, en épocas pasadas (y olvidables) también nos seguimos con cosas como Supersonic man, por ejemplo.

Ahora, sin embargo, gracias plataformas como Netflix es muy fácil acceder a películas de otros países que en otras circunstancias no habrían llegado a los circuitos comerciales. Y viendo Freaks: 3 superhéroes uno no puede más que dar las gracias de que, si este es el modelo a seguir, aquí no hayamos apostado por ello.

La película, de nacionalidad alemana, es una historia alternativa de orígenes que no pretende, ni mucho menos, equipararse a las grandes propuestas de Marvel o DC, desde luego, pero es que ni siquiera aguanta la comparativa con obras más independientes como Super o El protegido, aunque sí pretende insinuar una posible continuación que, desde luego, a mi no me va a interesar nada.

La historia no tiene nada de novedoso, una narrativa de orígenes sin más, pero es que tampoco la puesta en escena es para echar cohetes. Con unas limitaciones económicas más que evidentes, la acción está filmada con torpeza y no hay ningún efecto virtual destacable.

Tampoco es que haya nada horrible en ella. No me estoy refiriendo a chromas espantosos ni a CGI ridículo. Es más bien la simpleza de sus pretensiones que no alcanza para interesar demasiado. Es todo muy plano y sin alma y ni siquiera el desarrollo de personajes, algo más trabajados que en una producción mainstream habitual, llega a enamorar, incidiendo el el cliché de ridiculizar al friki amante de los comics.

En cierto modo, me sentía como si se tratase de un telefilme con pretensiones, más oportunista ante la moda comiquera que verdaderamente ambiciosa.

 

Valoración: Tres sobre diez.

jueves, 24 de septiembre de 2020

Visto en Amazon Prime: GRETEL & HANSEL

Estrenada de aquella manera justo a las puertas de la pandemia, Gretel & Hansel es una de esas películas condenadas al olvido de no ser por la segunda vida que las plataformas les dan, en este caso a través de Amazon Prime Video.

Estamos ante una nueva versión del popular cuento de los hermanos Grimm, mucho más oscuro y macabro, si cabe, que la propia versión literaria, que nada que ver tenía con los cuentos endulzados a los que estamos acostumbrados. Con una estética sombría y desoladora que recuerda poderosamente a La bruja, de Robert Eggers, y un ritmo pausado heredero quizá de Ari Aster (con lo que tenemos elementos de dos de los gurús del terror actual más importantes),

La película cuenta la historia de dos hermanos que, deambulando por un bosque en busca de comida, se tropiezan con una cabaña cuya anciana propietaria obsequia con deliciosos manjares. Esto es, a través rasgos, lo único que tienen en común el guion con el cuento popular, ya que el director, Osgood Perkins, como se intuye ya con el cambio de orden de los nombres protagonistas, aprovecha la ocasión para lanzar unos cuantos mensajes feministas y hacer algo de crítica social velada que, no obstante, está realizada con el suficiente tacto como para lograr evitar caer en el panfletismo barato.

Para ello, Perkins hace que Sophia Lillis cargue con todo el peso de la película, ya que si bien Alice Krige esta magnífica dándole réplica debe compartir parte del mérito con la horrenda (en el buen sentido de la palabra) caracterización. No voy a descubrir ahora el talento de Lillis, que ya nos enamoró en las dos entregas de It (en especial en la primera) y que se hizo sin problemas con las riendas de la serie Está mierda me supera (de la que el Covid nos ha gustado la esperanza de una segunda temporada). Sin embargo, y sin que para nada sea culpa suya, tengo la sensación que la propia esencia del personaje, tan sobrio y frío, impiden que en esta ocasión pueda lucirse lo suficiente.

He leído alguna crítica que habla de la mejor película de terror del año (lo cual no voy a discutir en vista del año pobre de cine que llevamos), asegurando que es una propuesta para todos los paladares, y con eso sí que no puedo estar más en desacuerdo. Gretel & Hansel es una película difícil, muy lenta y sosegada, con una fotografía muy hermosa y una ambientación impecable, pero que puede llegar a sacar de quicio al espectador acostumbrado a un terror más convencional. Además, es una propuesta muy pequeña y Perkins parece tan consciente de ello que se enfrenta a la película con cierto complejo, cuidando más las formas que los fondos y evitando algún momento más de impacto que, en determinados momentos, la película necesita desesperadamente para poder avanzar. También es cierto que en los pocos instantes de juegos visuales el CGI demuestra lo precario del presupuesto.

Además, los efímeros giros de guion que pretenden despistar al espectador se ven lastrados por un final que, por ser heredero del cuento al que hace referencia el título, malogra la supuesta sorpresa final.

En resumen, curiosa película, de atmósfera turbia e insana, más desasosegante que aterradora y sin un solo toque de humor. Se deja ver, siempre teniendo claro que exige un punto de esfuerzo por parte del espectador. Por lo que a mí respecta, puestos a pedir, sigo a la espera de una secuela de esa locura que fue Hansel y Gretel, cazadores de brujas, con unos Jeremy Renner y Gemma Artenton molando mil.

 

Valoración: Seis sobre diez.


Visto en Netflix: #VIVO

En el peor momento de la pandemia (mejorando lo presente), con casi todo el mundo encerrados en sus casas, se me ocurrió escribir un relato para compartir por las redes y poner mi granito de arena para aliviar el tedio de los presentes. 

La historia, que funcionaba a modo de spin off de Mundo Muerto, planteaba el confinamiento desde la perspectiva del apocalipsis zombi descrito en mi novela.

Casualidades de la vida, algo parecido es lo que propone #vivo, que sigue los pasos de un youtuber de Seúl tratando de sobrevivir a la epidemia desde la soledad de su apartamento.

Sirviendo como aperitivo a la llegada de Península, la esperada secuela de Tren a Busan (de la que, por cierto, no me llegan sensaciones demasiado positivas), la película es en realidad un remake conceptual de una propuesta americana. Sirviendo el guion como inspiración, se da la curiosidad de que la producción coreana ha sido más veloz que la original, estrenándose antes y logrando, gracia a su presencia en Netflix, una visibilidad mayor de lo habitual en una adaptación de estas características.

Tampoco es que importe mucho. Más allá de su planteamiento inicial, la historia tiene muy poco de original, cayendo en unos esquemas demasiado comunes y provocando al espectador cierta sensación de déjà vu algo molesta.

Por otro lado, casi todo el peso de la narrativa cae en su único protagonista (que me cuentan que es más o menos famosillo en su tierra), sin lograr transmitir demasiado y fracasando en el intento de hacerse querer lo suficiente. Por eso, una de las grandes contradicciones de la película es que cuando entra en escena, bien avanzada la trama, otro personaje importante el film gana en ritmo, pero pierde en originalidad.

Sin embargo, es su detalle técnico y la extraña lógica interna de la película lo que más me ha impedido disfrutar de ella. Quizá sea problema mío, por ser muy quisquilloso y fijarme en lo que no debo, pero mientras el maquillaje y la composición de los muertos está muy lograda (siempre siguiendo el lenguaje propio del cine coreano, que el k-zombie es casi un género en sí mismo) me desesperan escenas como la de un Seúl nocturno el vigésimo día de apocalipsis con coches circulando como si nada o el hecho de que se caiga Internet y se queden sin agua pero no haya problemas de luz (quizá sean edificios sostenibles, pero en tal caso sería necesaria una explicación mínima). Tampoco es que las acciones del protagonista me parezcan demasiado coherentes.

En resumidas cuentas, película entretenidilla, con ciertos momentos de intriga bien llevada, pero que no aporta nada nuevo al género y flojea en esa presunta crítica hacia la dependencia virtual que parece querer proponer. Sirve para pasar el rato, pero no ofrece mucho más.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Visto en Netflix: THE BABYSITTER. KILLER QUEEN

No estoy seguro de si el concepto de sleeper (un éxito en cines repentino e inesperado) es aplicable a las plataformas de streaming, pero el caso es que hace poco más de tres años, cuando parecía que Netflix triunfaba con algunas de sus series, pero aún tenía mucho que demostrar en el campo de las películas, un título pequeñito apareció de la nada y copó todas las miradas.

McG, ese director sin apellidos que se dio a conocer con Los Ángeles de Charlie y al que habíamos perdido la pista tras Terminator Salvation (a la que por lo menos hay que reconocerle el mérito de ser la única secuela de los dos filmes de Cameron que trataba de apostar por un camino diferente), presentaba The babysitter, una gamberrada muy divertida más propia del festival de Sitges que de otra cosa. Con mucha sangre y gore del más aparatoso, contaba la historia de un niño enamorado de su niñera y como debe enfrentarse a la amenaza de una secta satánica, mezclando las homme invasion (con Solo en casa como principal referente) con los slashers propios del Wes Craven más desatado.

Como siguiendo el paradigma que el maestro Craven asentó para las secuelas del cine de terror, The babysitter: killer queen, la esperada continuación, apuesta por multiplicar todo lo que funcionaba en la película original, sin miedo a caer en el exceso y coqueteando con el ridículo sin rubor.

Cole, el chaval protagonista, ha crecido, pero sigue traumatizado por los sucesos de la primera entera. Cómo nadie cree en su relato, todos (incluidos sus propios padres) lo toman por chiflado. Peo lo más puñetero de los fantasmas es que tienen la molesta manía de regresar, y esta vez lo hayan de la mano de quien Cole menos se podía esperar.

Aprovechando la mancha ancha que Netflix le ha dado, McG se ha desmelenado, pariendo una absoluta locura con todos los excesos imaginables. Una de esas películas que de ser estrenada en cines habría provocado aplausos y carcajadas en los festivales del género pero que la crítica habría vapuleado.

Y es que, en el fondo (reconozcámoslo), la película podría describirse como una basura, excesiva, descreída y de un humor negro (o casi mejor rojo, vista la hemoglobina que se gasta) tan burdo que en ocasiones roza el cartoon. Pero le salva el hecho de ser tan autoconsciente, tan intencionadamente desvergonzada, que es imposible tomársela en serio en ningún momento, tal y como no lo hacen ninguno de sus autores. Esto es cachondeo puro y como tal se ha de interpretar, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva.

Está claro que no es una película del gusto de todo el público, pero aquel que comulgue con la casquería más banal, con los referentes cinematográficos frikis y con el aroma a serie B ligeramente añejo, podrá disfrutar de esta propuesta que, ojalá, tenga continuidad.

 

Valoración: Siete sobre diez.

Visto en Disney+: MULÁN

A priori, se podría decir que la nueva versión de Mulán tiene la virtud de no ser una simple fotocopia de la película animada original, como sucede con otras live actions, día de la que me he quedado amargamente en ocasiones anteriores. Sin embargo, en Disney parece no haber comprendido la raíz del problema, volviendo a fallar a la hora de adaptar uno de sus clásicos.

Puestos a hacer remakes (algo, por otro lado, sin ninguna justificación artística, más allá del deseo de ganar dinero sin demasiado esfuerzo), lo que deberían hacer es tratar de mantener la esencia de la historia y los personajes sin por ello estar limitados a repetir un guion de manera casi textual. Lo que la directora Niki Caro hace en esta nueva versión es alterar el concepto que rodeaba a la protagonista para crear un personaje nuevo que no consigue igualar la magia de la original para, al final, volver a contar casi la misma historia.

Puede que la culpa de ello sea esa mal entendida moda de remarcar el poder femenino y dar un tono de empoderamiento muy sano (incluso necesario) que cuando se hace de manera natural pero que roza el ridículo cuando se pretenden forzar las cosas. Qué se lo pregunten si no a Elizabeth Banks y sus Ángeles de Charlie. La Mulán animada ya era, efectivamente, una chica triunfando en un mundo de hombres, pero era mucho más. Representaba el triunfo del débil, la muestra de que con empeño y esfuerzo podía estar a la altura de cualquiera. En la película de Caro la protagonista, con la excusa del poder del Chi, es casi una super heroína, alguien fuera de lo común, cuya única preocupación es la de esconder sus poderes previamente como discurso contra las convicciones machistas que, dado la época y el lugar tampoco es fácil extrapolar a la sociedad actual.

Otra diferencia importante entre ambas versiones, y esta, a priori también debería haber sido positiva, radica en el intento de ser más realista. Por lo menos eso vendía su directora ante las preguntas sobre la ausencia del dragón Mushu o de los números musicales. Pero tampoco eso se traduce en acierto, ya que ese realismo choca con la escena de los villanos de la historia subiendo por las murallas como si la gravedad no existiese, los poderes mágicos de una bruja inventada para la ocasión o las propias piruetas imposibles en combate de Mulán. Puede que llegados a este punto alguno de vosotros pueda quejarse de que estoy cayendo demasiado en la comparativa, y que la Mulán de 2020 merece ser valorada por sí misma, pero es que tampoco así se salva completamente. Esa mezcla de magia y realismo que busca la directora nunca llega a funcionar del todo, provocando una irregularidad terrible, y el buen aporte interpretativo se ve empañado por el poco provecho que se saca de los actores más reconocibles, léase Jason Scott Lee, Jet Li o Donnie Yen.

Es en el apartado visual donde mejor luce el film, que sin llegar a las cotas de títulos como Tigre y dragón (en quien se quiere inspirar), al menos ofrece una hermosa plasticidad y un brillante colorido. Y aquí la pega es que Disney nos haya castigado quitándonos la posibilidad de ver el film en pantalla grande.

Dicho todo esto, no es que la película sea un horror, pues pese a lo plano de su protesta resulta entretenida y es fácil simpatizar con la protagonista, pero está claro que después de estar llamada a ser la gran producción Disney del año es innegable que el resultado final es decepcionante y que sus problemas pueden más que sus virtudes. Una propuesta extraña que no parece saber nunca a quien va dirigida, demasiado bélica para un público infantil, demasiado blanda para uno adulto.

En resumen, y dejando de lado polémicas políticas que no vienen al caso ni deben influir a la hora de valorar la calidad de un film, estamos ante un entretenimiento sin alma que, pese a los esfuerzos por ser diferente termina siendo como todas las demás live actions de Disney. Réplicas vacías de títulos inolvidables.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Reflexiones: YO CONFIESO

Hoy escribo una entrada nueva con el firme propósito de haceros dos confesiones. La primera corresponde a hace ya muchos años, y he tratado de purgar mi culpa desde entonces. Veréis, en una época algo primigenia de Internet, en la edad del emule y el megaupload, yo pirateaba mucho. Y cuando digo mucho me refiero a todo. Viéndolo en perspectiva me doy cuenta de que era más un comportamiento compulsivo que otra cosa, una obsesión por el coleccionismo llevado al extremo. Lo hacía, sin embargo, con la conciencia tranquila, justificándome a mí mismo con la certeza de que en el fondo no estaba perjudicando a nadie. Y así era. Sabía que con mis actos la industria no iba a dejar de ganar ni un céntimo, pues aun descargándome discografías completas de mis grupos preferidos yo continuaba comprando CD's originales, y pese a piratear todos los estrenos de vídeo yo continuaba acudiendo una o dos veces semanales al cine. Incluso me atrevería a afirmar que invertía más dinero en cine y música que la mayoría de mis amigos. Pero ello no es motivo para ocultar la cruda realidad: lo que había estaba mal.

Con el paso del tiempo las cosas cambiaron y un click en mi cabeza me hizo tomar conciencia de ello. La piratería pasó de alegal a ilegal y la excusa de que había cosas imposibles de ver de otra manera (estoy pensando sobre todo en series) están ahora disponibles en diversas plataformas de streaming que posiblemente cuesten menos de lo que yo (y muchos como yo) invertidos en bobinas de CD's Verbatim. Los estuches con cientos de películas que jamás veré (cuando me apetece revisionar algo acabo antes comprobando si está en alguna plataforma) están amontonados en altillos y he llegado incluso a comprar packs de series originales (Lost es un buen ejemplo de ello) que me han apasionado por limpiar mi conciencia de haberlas visto originalmente piratas (en este ejemplo concreto es probable que muera sin haber llegado a desprecintar los DVD's de Perdidos).

Ahora, como digo, he pasado página. La oferta de series y películas es casi infinita y Spotify y Amazon Music da acceso a todas las canciones del mundo. Y yo me he convertido en un firme enemigo de la piratería.

Y hete aquí que el estás viene Disney y, con la excusa de la pandemia, del miedo (infundado) a ir al cine y sobre todo (o eso sospecho yo) la rutina económica que le pregonan sus parques temáticos, ha decidido estrenar su gran apuesta del verano, Mulán, directamente en Disney+.

No es nada descabellado, ni mucho menos inédito. La propia Disney lo hizo ya con Artemis Fowl y Netflix está salvando a muchas películas españolas del ostracismo (casos de Ofrenda a la tormenta u Orígenes secretos, por ejemplo). La gracia del tema está en que hay que pagar un plus por ella. Es decir, uno está suscrito a Disney+ pagando religiosamente la cuota correspondiente (la plataforma con el catálogo más limitado del mercado, por cierto) y cuando aparece algo aparentemente interesante (y digo aparentemente porque ni las críticas ni los visionados corresponden a lo que ellos se esperaban, pero de eso ya hablaré en mi artículo de opinión correspondiente) toca pasar por caja.

Quienes justifican esto aluden al hecho de que tres entradas de cine (caso habitual de un estreno infantil: dos padres y al menos un niño) ya compensan el precio, pero no entienden que no es una simple cuestión económica. No es el caso de mi pataleta, al menos. Sería lo mismo si el precio a pagar fuese de un solo euro. Ya reniego de otras plataformas que lo tienen como práctica habitual, como Filmin, y no pienso ceder a esta especie de chantaje propuesto por la casa del ratón. Bastante triste es renunciar a ver en pantalla grande la película, cuatro su aspecto visual es uno de sus mayores atractivos, cono para encima pagar dos veces por verla. Así que, más allá de que sea merecido o no por sus cualidades artísticas, me alegro de la respuesta del público y del descalabro que el film ha supuesto para la compañía.

Disney ha cambiado las reglas del juego y el público ha respondido dándole la espalda. Y la mejor conclusión de ello ha sido que al menos La Viuda Negra tiene su estreno en cines garantizado. Cuando, ya es otra cosa.

Y así llegamos a mi segura confesión.

Sí, confieso haberme descargado Mulán. Y más por rebeldía que por verdadero interés en ella (al fin y al cabo, en unos meses se verá sin problemas en la plataforma). Y en un par de días, mi reseña...

sábado, 12 de septiembre de 2020

Lecturas: EL 2099 TIENE PROBLEMAS

En 1992, en Marvel comics, con el pretexto de ordenar un poco el sindiós de futuros alternativos existentes, se inventaron una nueva línea editorial, 2099, que se suponía iba a representar el futuro oficial del Universo tradicional (que por aquel entonces tenía la nomenclatura de 616). El problema es que pese a la calidad de productos como el Spiderman 2099 de Peter David y Rick Leonardi y algún apunte interesante (como Doom 2099), el resto no funcionó y, cuando terminó por ser cancelada, volvió a ser un nuevo futuro alternativo.

Sin embargo, la idea era buena y algunos personajes potentes, con lo que La casa de las ideas volvía a recurrir una y otra vez a ese futuro de nuevos héroes, siendo el propio Spiderman quien más se iba a dejar ver e incluso consiguiendo recientemente una nueva colección, de nuevo a los guiones de Peter David.

Y en esas que, un año después de celebrar el 80 aniversario de la existencia de Marvel, alguien se ha dado cuenta de que estamos exactamente a ochenta años del 2099, coincidencia que bien valía una saga con ínfulas de dar una segunda oportunidad a dicho futuro alternativo.

El hombre al mando ha sido Nick Spencer, aunque no está demasiado claro si por vocación o por obligación. El supuesto evento, englobado bajo el título de 2099 tiene problemas, se supone que transcurre en varios episodios de la colección regular que guioniza, Amazing Spider-man, y una serie de especiales, de los cuales él se ha hecho cargo de tres, el que abre la historia (Alpha), uno centrado en el Spiderman 2099 y el capítulo final (Omega), mientras que el resto son historias más o menos auto conclusivas de diversos personajes del 2099, reinvenciones de los ya conocidos en la extinta línea editorial, con un surtido de lo más variopinto de autores. En España, estos episodios aislados han sido recopilados en dos volúmenes, apropiadamente titulados 2099: Alpha y 2099: Omega.

El resultado ha sido una colección de historias deslavazadas, sin nada que ver unas con otras más que intentar sentar las bases de ese 2099 que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, ya no es el 2099 que se creó en 1992 pero que tampoco difiere tanto del mismo, imagino que con la esperanza (equivocada, ya os lo digo) de revivir ese futuro. Historias que en su mayoría no funcionan y que resultan vistazos planos y esquemáticos de personajes poco interesantes (de nuevo quizá Doom es el único que destaca un poco por su revelador final) que, para colmo, no tiene una unión demasiado concreta con lo que está sucediendo en la colección clásica del trepamuros.

En Amazing Spider-man, en concreto los números 32 a 36 (que Panini ha editado en los comics 14 a 16 de El asombroso Spider-man), Spencer plantea una historia en el presente en el que se produce un magnicidio contra el Dr. Muerte que puede provocar un conflicto internacional catastrófico si Spider-man, con ayuda de su recién descubierta hermana Teresa, no lo impide. Para ello, dispone de un artefacto capaz de predecir el futuro cuyo principal problema es ser capaz de crear la energía necesaria para ponerlo en marcha, y cuya aparición (totalmente gratuita y confusa) del Spiderman 2099 es crucial.

El evento estaba anunciado para España a lo largo del segundo trimestre del año, pero la crisis provocada por la pandemia del Covid19 y el posterior confinamiento lo han atrasado de manera que no ha sido hasta agosto en que se ha podido leer por completo, aunque se me han indigestado tanto los tomos de Alpha y Omega (que ahora sé que me podría haber ahorrado) que no es hasta esta misma semana que los he logrado terminar.

La conclusión que saco de todo esto es que o bien soy muy cortito de miras y no he entendido nada (y en vista de lo que me ha pasado con Tenet no es algo a descartar de manera inmediata) o el evento es una completa basura. Algo hay de interés en la aventurilla de Spidey con Muerte, pero todas las vinculaciones con el 2099 son tan gratuitas como confusas. Después de leer todos los episodios de la saga y los dos tomos especiales, sigo sin saber qué narices le sucede al 2099 y me mantengo a la espera de que alguien me lo cuente. Ni siquiera podría apostar si el Miguel O’Hara (la identidad civil de Spiderman 2099) de los episodios de Amazing es el mismo de su historia en el tomo Omega ni cual es su continuidad con respecto al creado por Peter David.

Y, como suelo decir siempre, lo peor de todo es que resulta tan confuso como aburrido. Una mezcolanza de ideas y conceptos que no van a ningún sitio y que al final no puede definirse más que como una inmensa tomadura de pelo, un sacacuartos que no tiene ni la épica ni el sentido de un evento Marvel tradicional.

Me quedad la duda de si es un nuevo patinazo de Spencer (que empezó bien como relevo de Dan Slott en Amazing Spider-man pero que ya empieza a desinflarse) o si es una imposición editorial para ver si es posible traer el 2099 de vuelta, pero sea como sea, conmigo que no vuelvan a contar. El 2099 tiene problemas, eso está claro, pero no por los eventos (sean cuales sean) causados por Doom, sino por la falta de ingenio y organización de sus guionistas.

Una lástima, pero que le vamos a hacer. Como no vuelva David a arreglarlo…

Visto en Netflix: UNA NOCHE DE LOCOS

Viendo el panorama que nos presenta la cartelera española semana tras semana, con una infinidad de títulos menores y solo tres películas verdaderamente interesantes en los dos últimos meses (Tenet, Padre no hay más que uno 2 y Los Nuevos Mutantes), no hay más remedio que seguir rebuscando en los estrenos de las plataformas de streaming (y Netflix es la más prolífica de todas), aunque sea para conformarse con títulos menores como el Una noche de locos que nos ocupa.

Dirigida por Trish Sie, la película es tan poco ambiciosa que es fácil ver como simple pasatiempo, sin esperar de ella más que un rato distraído con aventurillas para toda la familia. Con un argumento que recuerda al Spy Kids de Robert Rodriguez, un grupo de chavales, capitaneado por Sadie Stanley, la heroína de las películas de Kim Possible, debe enfrentarse al secuestro del padre de dos de ellos, embarcándose en una peligrosa aventura que los llevará a descubrir el pasado secreto de uno de ellos.

Pocos nombres ilustres hay en el reparto, aunque la presencia de Ken Marino siempre es un aporte cómico efectivo, más allá de Joe Manganiello (quien estaba destinado a ser Deathstroke en la defenestrada continuación de La Liga de laJusticia) y Malin Akerman (todavía recordada por la ya lejana Watchmen), siendo los chavales quienes llevan el principal peso del film. En este aspecto, sin momentos verdaderamente memorables, lo mejor que se puede decir es que la combinación de acción y comedia funciona, y pese a la ridiculez de los planteamientos y la multitud de deux ex machina que hay que tragar, al final, teniendo en cuenta que estamos ante una película puramente familiar, el aprobado resulta merecido.

En resumidas cuentas, peliculilla del montó para ver en una tarde de aburrimiento que distrae siempre que se acepte sin demasiadas exigencias.

 

Valoración: Cinco sobre diez.

Visto en Netflix: MALDITA

Tras el éxito que en el pasado ha tenido Netflix con las adaptaciones de comics, y visto los buenos resultados de sus productos de espada y brujería al estilo The Witcher (o, incluso, Des Encanto), la posibilidad de aunar ambos géneros en uno parecía una apuesta segura.

Así, Maldita es la adaptación de un comic de corte artúrico en el que se reinventa el mito de la legendaria Excalibur y se explica la historia de la Dama del lago y de cómo Nimue llegó a convertirse en ella.

Pese a no haber podido leer el comic todavía, no dudo de lo fiel que la adaptación pueda ser al mismo, dado que sus dos máximos responsables están vinculados a la producción de Netflix, Frank Miller como productor y Tom Wheeler como showrunner. Sin embargo, el principal foco de atención recae en sus protagonistas, en especial en Katherine Langford y Gustaf Skarsgård, que parecen obligados a luchar constantemente contra el peso de sus interpretaciones anteriores. Por parte de Langford, que no tarda en hacerse dueña y señora de la serie, es evidente que consigue que uno se olvide de inmediato de la Hannah de Por 13 razones con la que saltó a la fama, mientras que Skarsgård lo tiene un poco más complicado para no comparar constantemente su Melín con el Loki de la serie Vikingos. No obstante, ambos elevan el nivel de la serie y hacen olvidar interpretaciones más pobres, en especial la de un Devon Terrell algo perdido en su papel de un Arturo muy iniciático.

Cabe decir que aquellos que sean muy amantes de las leyendas artúricas y quieran ver aquí poco menos que una precuela de Excalibur (que a día de hoy sigue siendo la mejor aproximación al mito que se ha hecho en cine, y eso que el film de John Boorman está cerca de cumplir los cuarenta años), tomándose muchas licencias en cuanto a los orígenes y relaciones entre personajes, pero esa es una de las ventajas cuando se juega con personajes mitológicos de tan diversa historia. Hay que recordar que no hay una obra original sobre el Rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda, sino que todo parte de diversas leyendas y poemas, muchas de ellas contradictorias entre sí.

Lo que no se le puede negar es una producción de nivel, muy por encima de la de The Witcher, con la que comparte no pocas semejanzas, y aunque haya algunas limitaciones que obligan a abusar en ciertos momentos de las escenas oscuras, en ningún momento hay nada que rechine o que invite al ridículo. Al fin y al cabo, hay momentos en los que parece querer jugar a ser Juego de Tronos con un presupuesto muy inferior.

Puede decepcionar que no todo quede solucionado en una temporada, algo que le habría ido muy bien dado el inevitable desenlace al que está condenada, pero tener que aguardar a una segunda temporada es un peaje que se puede pagar con gusto si la apuesta sigue siendo igual de válida e interesante.

No estamos ante la serie del año ni se puede hablar de obra maestra, pero es sin duda una producción muy interesante en la que ha sabido apostar por un punto de vista adulto, sin escatimar en sangre y violencia, evitando caer en la tentación de perderse en tramas juveniles y amoríos estériles que no habrían hecho sino entorpecer la historia.

Y mención aparte merecen, por cierto, las animaciones que sirven de transición entre secuencias que conectan directamente con los libros en los que se basa.

domingo, 6 de septiembre de 2020

Cine: TENET

En un momento de Tenet, durante su arranque inicial (ese en el que apenas pasa nada, más que gente hablando de cosas), una científica explica al protagonista: «No intentes entenderlo, solo siéntelo». Obviamente, se trata de meta cine, y con esa frase Christopher Nolan está hablando directamente al espectador.
Y es que pese a todos los esfuerzos del realizador por dar largas y pesadas explicaciones sobre como funciona su propia versión de viajes en el tiempo (amparada, eso sí, poro sesudas y complejas teorías cuánticas reales), lo cierto es que el argumento es un caos completo y, por momento, absurdo donde Nolan peca de lo de siempre, de querer ser demasiado complejo y trascendental. Querer dotar de un velo de realismo a algo así, en lugar de apostar por la diversión pura y dura de Matrix, por ejemplo, es su principal error. Esto provoca que, llegados al segundo acto, uno se sienta completamente desorientado y nada le importe demasiado. No siquiera resulta fácil cogerle cariño a un protagonista que, pese a estar tan perdido y desorientado como el propio público, nunca llega a generar suficiente empatía. Quizá la culpa de ello es que todo el mundo parece entender las leyes de la física cuántica a la primera, haciendo que uno se sienta más tonto todavía.
Solo en el tercer acto las cosas empiezan a reconducirse. Ahí, si el espectador acepta la regla de no tratar de entenderlo y deja el cerebro bajo la butaca, la película se convierte en un espectáculo interesante y adrenalítico, con giros de guion que, aunque menos sorprendentes de lo deseado, funcionan y con vueltas de tuerca muy divertidas e interesantes. Y así es como se con sigue salvar una película que, por otra parte, contiene todos los tics y defectos del cine de Nolan.
Quizá el problema sea mío, pues siempre he aceptado que no digiero bien el cine de este autor, o quizá sea una cuestión de Fe. La ciencia cuántica va, en cierto modo, de eso, ya que es, por definición, indemostrable. Y si hablamos de viajes temporales (un tema que por otro lado me apasiona), el caso de las paradojas imposibles (como la del abuelo, varias veces mencionadas en el film), me parecen un canelo. Algo parecido me sucedió con la cansina Interestellar. Yo soy más de la teoría (si queremos aceptar la posibilidad de los viajes temporales) de los universos paralelos, de lo que también habla el film. Y es que ras tanto parloteo que genera más confusión que respuestas (en el fondo se pasan casi una hora para explicar lo que en Endgame se aclara en una escena, mientras que la máxima de que «saber demasiado pude ser peligroso para tomar decisiones» es expuesta en esa misma película por el Dr. Extraño con un solo gesto.
Puede resultar irrisorio comparar la grandilocuencia de Tenet con la insuperable conclusión de la saga del Infinito de Marvel, pero si queremos ponernos realmente trascendentales con el tema, me quedo con La llegada de Denis Villeneuve. Al menos esa sí te sabía tocar el corazón.
En fin, que puede que sea demasiado tonto como para entender una película tan «inteligente» como esta (aún no sé qué pinta Michael Caine en todo esto, o los giros argumentales del tipo al que da vida Robert Pattinson), o a lo mejor es Nolan quien es tan listo que solo hace películas (el bodrio de Dunkerque es otra cosa) tan complejas para obligar al espectador a pasar dos veces (al menos) por caja para tratar de encontrarle el sentido a todo lo visto en pantalla. Al menos, eso sí, se puede confirmar que el director es fiel a sí mismo, realizando aquí un trabajo que es 100% Nolan, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva.
En mi caso, al menos, fui capaz de seguir el consejo del que hablaba al principio de mi comentario y, aceptando la realidad de que no iba a enterarme de nada, decidí entregarme al espectáculo palomitero y, gracias en parte a un Kenneth Brannagh al que, pese a cosas como Artemis Fowl, nunca dejaré de admirar, como gran villano de la función, conseguí pasármelo relativamente bien.
 
Valoración: Seis sobre diez.