domingo, 16 de agosto de 2026
NOVEDADES CALENTITAS (Y MUSICALES)
miércoles, 23 de octubre de 2024
El Vals más triste del mundo es también el último.
La estrofa de uno de los clásicos de Sabina, incluido en su disco más extraño y de premonitorio título, Enemigos íntimos, rezaba así: «El primero en sacarte a bailar un vals, el vals de la tristeza más triste del mundo».
Eso fue en 1998, un año antes de que, con cuarenta y diez años, escribiera una canción donde detallaba su funeral y testamento. Aclaraba, eso sí, que lo hacía sin prisas, y «que el traje de madera, que estrenaré no está siquiera plantado». Después de eso, aún tendrían que llegar más discos, una depresión, otra colaboración (esta vez con final feliz) junto a «su primo, el Nano», una aparatosa caída, muchos conciertos y continuas demostraciones de su «mala salud de hierro».
Hasta ahora.
Esta semana, en la que parecía que todo iba a girar alrededor de la ruptura entre Leyre y el resto de componentes de La Oreja de Van Gogh (creando un debate casi violento entre los defensores de Leyre y los de Amaia Montero que a punto estuvo en dividir a las dos Españas, un enfrentamiento a la altura del que hay entre seguidores de La Revuelta y El Hormiguero), va el bueno de Don Joaquín y nos obsequia por sorpresa con un tema nuevo, presentado en forma de videoclip que, según ha asegurado, va a ser el último de su carrera. No solo eso. Además, va acompañado por la noticia de que va a iniciar una potente gira llamada «Hola y… Adiós» que supondrá su despedida definitiva de los escenarios.
Sería fácil pensar que Sabina iba a ser uno de esos
artistas que no se iba a retirar nunca (y estoy convencido de que como
compositor no lo podrá hacer, aunque lo pretenda) pero el genio de Úbeda se ha
propuesto marcarse su propio destino y decidir cuándo y cómo despedirse de su
gente. Y lo ha hecho por lo grande, con una maestría en forma de canción de
despedida que, junto con unas imágenes maravillosamente filmadas por Fernando
León de Aranoa (quien ya llevara parte de la historia de Joaquín a los cines
con su documental Sintiéndolo Mucho), logran emocionar hasta límites
insospechados.
En El último vals, Sabina habla, con el corazón en la
mano, directamente a su público, mirándolo a los ojos y haciendo un rápido
balance de su historia, disfrazándolo todo en forma de conversación de bar
(¿qué mejor lugar para despedirse de la música o, en definitiva, de la vida?) y
rodeado por algunos de los amigos que han marcado sus últimos años.
El último vals no es, en fin, una canción triste, sino
un inventario de recuerdos y sentimientos que da una lección de vida a todo
aquel que la escucha. Lo triste no es envejecer y morir. Lo triste es no saber
cómo enfrentarse a ello. Sabina ya ha bailado varias veces con «la pálida dama» y sabe que no debe temer
nada de ella. Es mejor, en su lugar, coger el toro por los cuernos y decirle a
la cara que cuando «se encapriche con él
y lo lleve a dormir siempre con ella» no estará solo. Y es por ello por lo
que vivirá por siempre en nuestros recuerdos y en el de sus grandiosas,
insuperables canciones.
Ya lo dijo en sus comienzos. « Aquí he vivido, aquí quiero quedarme». Pues eso, maestro, aquí te
quedarás para siempre. No en Madrid, sino en nuestros corazones, que es mejor
lugar que «a mitad de camino entre el
infierno y el cielo».
viernes, 8 de marzo de 2024
CASI UNA EXPERIENCIA RELIGIOSA...
Los
que me conocen podrían confirmar que soy un hombre al que le gusta el comer. El
buen comer, añadiría yo. Eso se traduce en que tengo unos baremos de exigencia
razonables, aunque no necesariamente exquisitos. El otro día, sin ir más lejos,
callejeando por Madrid, caí en un restaurante de menú donde me sirvieron un
solomillo con salsa de cabrales para chuparse los dedos. Una delicia, vamos, que hace que se me salten las lágrimas solo con recordarlo.
Siempre he desconfiado (me he burlado, incluso) de lo que yo llamaba cocina de postureo.
Hasta la semana pasada...
Pues
resulta que la comida me dio, directamente, una bofetada en la boca, y aquellos
a los que consideraba yo pomposos y abusivos con las florituras son los que me
dieron una completa cura de humildad que invita a que, a partir de ahora, vea
de forma diferente a este tipo de establecimientos.
Debo empezar diciendo que el cheff Dabiz Muñoz es, literalmente, un mago. Sus platos se basan en una composición imposible de ingredientes de diversas culturas (en Ravioxo predomina la pasta oriental) que de forma milagrosa casan con un virtuosismo asombroso.
Y
para beber, olvidaos de vinos caros ni, por supuesto, agua, que es necesaria
pero no para saciar la sed sino para limpiar el paladar tras cada plato y así
degustar sin inconvenientes el siguiente. Y es que casi al mismo nivel de
genialidad que la comida se encuentran los cócteles, también creaciones del
galardonado cheff, que enmascara de genialidad bebidas clásicas, como la
Kaipirinha bola de nieve, o reinventa el propio concepto de bebida, como Bola
de Dragón Z, sin olvidar sabores imposibles como el cóctel Melón con Jamón.
Una
vez sentados a la mesa y rendidos ya al arte del creador, es hora de
disfrutar del arte de los camareros, de la presentación de los platos, de la
exclusividad del hielo de las bebidas (ejemplo sencillo de cómo se cuida hasta
el último detalle) y del descubrimiento de algún que otro secreto, como el tiempo
de elaboración de algún plato (que puede llegar a ser de varios días) o las
veces que se ha cocinado determinada carne para encontrar el punto exacto de
ternura.
Como
cantaría Enrique Iglesias, la visita a Ravioxo fue casi una experiencia religiosa,
y como tal lo quería reflejar aquí, en homenaje a todos los implicados en el
local que tanto me hicieron disfrutar a la par que me abrieron los ojos ante un
mundo nuevo al que tenía muy estigmatizado.
Cierto
es que la cuenta no está al alcance de todos los bolsillos (aunque tampoco es
algo exagerado, menos en proporción a lo que ofrecen), pero es una experiencia
que recomiendo a todo el mundo, algo que debe probarse al menos una vez en la
vida. Yo soy de esos que ni siquiera sabría decidirme si alguien me preguntara por mi
comida favorita, aunque podría recordar algún plato concreto que me haya marcado a lo
largo de mi vida (que puede ser desde algo tan básico como una taza de consomé
en un una refugio de montaña en medio de la nieve, los nachos con carne de mi
amada esposa o el solomillo con cabrales que mencioné al principio de mi
escrito), pero si hablásemos de una comida en general, desde la bebida que
hacía de aperitivo hasta el último postre, no creo exagerar si digo que la de
Ravioxo fue la mejor comida de mi vida. Así de rotundo me muestro: La mejor comida de mi vida. Y así lo quería transmitir aquí, como modesta forma de agradecer a los culpables de semejante deleite su dedicación.
Si
algún día soy condenado a muerte, ya sé a quien encargaré mi última cena.
Buen
provecho.
miércoles, 1 de noviembre de 2023
Simplemente... Chloe
Siendo yo erudito de la literatura de terror, desde el clasicismo de Poe al hiperactivismo de King, pasando por las demencias alucinógenas de Lovecaft, y a fin de cuentas de que mi primogénito ya me había obsequiado concediéndome el capricho de nacer precisamente en el día del libro, se me vino el antojo carpenterniano de que para mi segundo vástago la noche de Halloween sería la más idónea. Quiso, por tenerme contento más que nada, la buena de la madre sufrir sus primeras contracciones reales en tan alegre fecha, mas el parto no se concretó hasta entrada la ya mañana. Así fue como mi pequeña, frágil, delicada Chloe me dio mi primera lección de vida, rechazando la artificiosidad de un evento hollywoodense que mancillaba una tradición de origen celta para sustituirla por el mucho más patrio día de Todos los santos ( que precede a la noche de difuntos), haciéndome rememorar aquella adolescencia injustamente olvidada en la que bebía los vientos (o me cortaba las venas, según correspondiese) por los textos de Becker.
Así, cambiando los machetes de Michael Myers por los espectros del monte de las animas y las calabazas macabras por las castañas y boniatos humeantes, mi muñequita le ha llorado por primera vez al mundo un uno de noviembre a las ocho y treinta y seis minutos, con casi tres kilos con seiscientos gramos de peso y una estatura de cincuenta centímetros. Rebosante de salud, es un nuevo ángel en mi inmerecido séquito, una musa más dispuesta a guiar mis textos pese a mi absoluta vagancia literaria.
Chloe es hija del deseo, del amor y de la ilusión, y la bendición que supone tenerla ya conmigo es tan solo equiparable al regalo que recibí hace apenas treinta meses con su hermano Noah o unos años atrás con la llegada de su madre, mi musa primigenia.
Y con ellos, y gracias a ellos, puedo comprobar también el regalo que supone los amigos y la familia que tengo alrededor. Y eso me convence de que, pese a todo, este mundo al que Chloe acaba de llegar puede ser maravilloso.
sábado, 26 de agosto de 2023
DE MACHIRULOS Y FEMINAZIS...
Está
a punto de cumplirse una semana exacta de lo que debería haber sido un
acontecimiento inolvidable, algo digno de celebrar y recordar con los años y
por lo que, ¿por qué no?, presumir al salir de nuestras fronteras. Y en lugar
de eso, tenemos otro episodio de vergüenza ajena, con el mundo entero
mirándonos con un dedo acusador en una mano mientras con la otra tratan de
ocultar una mal disimulada sonrisa de sorna.
Sé
que mis opiniones pueden resultar polémicas y que a lo mejor me gano algún que
otro enemigo con ellas, pero a estas alturas poco me importa ya. No voy a
meterme, eso sí, en el charco de criticar o defender al señor Rubiales. Lo que
hizo me pareció feo y su reacción más fea todavía, pero es que este hombre
carga con un currículo detrás que poco nos puede sorprender ya. Por otro lado,
los cambios de opinión de Jenni Hermoso tampoco me parecen muy sensatos,
mientras que definir lo que pasó (muy reprobable, insisto) como agresión me
parece algo exagerado. Su reacción en el momento, al menos, no tuvo punto de
comparación a la cara de incredulidad y asco de Halle Berry tras la entrega del
Oscar a Adrien Brody. Aquello si habría sido un escándalo de haber sucedido en
esta época. Pero insisto, no quiero opinar más sobre el tema porque nadie más
que la implicada sabe lo violento que le resultó o no, y cada minuto que pasa
hay declaraciones o acusaciones nuevas que dan giros propios de una peli mala
inspirada en Agatha Christie.
Inciso: ¿Qué pasaría si alguna jugadora de sentimientos republicanos o independentistas se hubiese sentido violentada por los efusivos abrazos no consensuados de la Reina de España? ¿Sería más o menos lo mismo?. Fin del inciso.
El
caso es que, más allá del beso, todo lo que vino después del levantamiento de
la copa me dio mucho asco, desde las feminazis sacando pecho por méritos ajenos
hasta los machirulos que van a aprovecharse de todo esto para sacar los colores
a los que de verdad luchan por la igualdad.
Me
explico: lo de Rubiales pudo estar mal, muy mal, ser delito incluso. Pero,
¿había tanta prisa por condenarlo y ejecutarlo? (¿sospechas de que tiene muchos
enemigos en las sombras afilándose los dientes?). En Tailandia todavía están
buscando celda para Daniel Sancho y aquí ya se ha dictado veredicto. Así, tras
cinco minutos hablando de deporte, todos los telediarios (cada vez más
parecidos a programas del corazón) se han volcado en ondear banderas feministas
y machacar al agresor, olvidando a quién deberían apuntar los focos. Casi desde
el minuto uno personajes como Irene Montero han errado el tiro y han empezado a
aprovecharse de la situación para colgarse una medallita a todas las mujeres y
una condena a todos los hombres muy fuera de lugar. Y luego, viviendo en
tiempos de un correccionismo político absurdo, han salido cientos de palmeros
acusando al villano, indignados y heridos en su honor, aunque apuesto a que
hasta anteayer no sabían ni quien era la Hermoso en cuestión.
Ojo,
que nadie me malinterprete. Apoyo el feminismo como el que más, si es que esto
se traduce en luchar por una igualdad salarial y laboral y luchar por defender
unos derechos que no deberían distinguir
entre sexos, razas o religiones. Pero no el feminazimo en el que todo vale por
el bien de la causa. Lo del domingo, lo miren por donde lo miren, no fue un
éxito del feminismo. Fue un éxito de un equipo de fútbol (femenino en este
caso) que ha ganado muy merecidamente un campeonato. Recuerdo, por si alguien
lo había olvidado, que ganase quien ganase el título lo iban a levantar unas
mujeres, ¿o es que las inglesas no tenían derecho a demostrar su feminismo?
Otra cosa es que con el título se aproveche para dar más visibilidad al fútbol
femenino y dar un paso más para echar del mundo del fútbol (por algo se
empieza) a esos energúmenos que iban a los campos solo a insultar. Mucho se ha
avanzado desde la época del mítico anuncio de Guaraná, ¿lo recordáis? Y aún
queda camino por recorrer.
¿Y
por qué me molesta que sean las mujeres y su empoderamiento quienes se estén llevando
todos los méritos y elogios? Os daré once razones: Cata Coll, Ona Batlle, Irene
Paredes, Laia Codina, Olga Carmona, Aitana Bonmatí, Teresa Abelleira, Jenni
Hermoso, Alba Redondo, Salma Paralluelo y Mariona Caldentey. ¿Queréis más
razones? Ahí van alguna más: Misa Rodríguez, Enith Salón, Ivana Sanz, Oihane
Hernandez, Rocío Gálvez, Irene Guerrero, Alexia Putellas, María Pérez, Claudia
Zorzona, Esther González, Eva Navarro y Athenea del Castillo. ¿Os suenan? Las
once titulares y las suplentes que el domingo ganaron la copa del Mundo de
Fútbol y de las que poco o nada se habla ya. Y no, no me las quiero dar de
listo. Yo, como la mayoría de vosotros, no conocía a casi ninguna. Pero lo triste
es que va a seguir siendo así. Era inevitable que su gloria durase un puñado de
días. O hasta que a Barça y Madrid les tocase jugar sus partidos de liga, pero
gracias a las feminazis y los machirulos ni siquiera eso se han podido llevar.
Un día, a lo sumo, duraron las alabanzas. Los medios las han vuelto a condenar
al ostracismo. Y todo por no saber disfrutar, por una vez, de una sufrida y
meritoria victoria y, una vez homenajeadas como es debido, ponerse a limpiar la
casa. Y entonces sí habría aplaudido a quien quisiera ejecutar a Rubiales, si
es lo que al final merece.
Porque
a la postre, lo que han conseguido Irene Montero y compañía, en su absurda
exaltación del feminismo y la justicia, es que tras la victoria más grande de
la historia de un grupo de mujeres sólo se hable de un hombre.
Y
así no vamos bien.
domingo, 13 de agosto de 2023
(CASI CUATRO MESES) SIN NOTICIAS DE DIOS
Sin noticias
de Dios es una película Hispano-mejicana
de Agustín Díaz Yanes escrita por él mismo sobre la llegada de un ángel a la
Tierra y la posterior reacción a ello desde el Infierno.
Desconozco si en la vida real hay emisarios del más
allá entre nosotros, pero si aceptamos la definición de Dios cono la del ser
superior que mueve los hilos de nuestro destino lo cierto es que yo también
estoy sin noticias de dios (con minúscula, eso sí). De un dios llamado Ricard
Pérez Braña y que, siguiendo con el símil religioso, ha tomado el rol de Ángel
caído al convertirse de editor amigo a empresario desaparecido.
Un escritor, uno auténtico, al menos, lo que más desea
es escribir. Pero también ser leído y saber que sus ideas son capaces de llegar
a la gente e influir en sus ánimos. Y para lograrlo debe vender. Así que no es
una cuestión de dinero. No sólo eso, al menos. El escritor necesita vender para
conseguir que le publiquen más libros y con ello seguir escribiendo.
Pero, por lo visto, el editor Ricard Pérez Braña no lo
entiende igual.
Conocí a Ricard en el maravilloso año del señor del
2020, meses antes de esa plaga bíblica llamada Covid, y todo eran alabanzas y
pensamientos optimistas hacia Mundo
Muerto, una novela que «lo iba a petar» y de la que se hizo una edición y
distribución algo desproporcionada. Luego llegó la pandemia y Sanguijuelas y con El hombre de trapo mataba por amor, la primera novela original que
me publicaba Célebre Editorial, hubo
que rezar a la Virgen de los milagros para conseguir ejemplares suficientes
para la presentación del libro (spoiler: no hubo).
El hombre de
trapo iba a ser mi consagración, pero
se vendió muy poco. O mucho, según como se mire, pues la edición (partida en
dos tandas) se agotó (sin contar con una tirada que sigue pérdida en los
almacenes de una imprenta porque nadie los quiere pagar).
Cuando entré en la familia de Célebre Editorial esta era una empresa pequeña que resurgía, bajo la mano autoritaria de Ricard Pérez, de un proyecto anterior del que dos socios salieron huyendo. Pese a la juventud de la empresa, eran tiempos de bonanza, con Jesús Vera organizando presentaciones y eventos, Carolina Bensler haciendo portadas maravillosas e incluso con la inauguración de una librería en la que dar visibilidad a las novelas.
Pero los buenos tiempos duraron poco. La pandemia y el
encarecimiento de los materiales a raíz del conflicto ruso-ucraniano
influyeron, desde luego, pero fue una pésima gestión lo que arruinó el sueño.
El mío, el de Ricard Pérez y el de cientos de escritores que colgaban sus
ilusiones en la editorial.
Al final, la calidad de las portadas (con Carolina
Bensler fuera de la ecuación) brillaba por su ausencia, las correcciones eran
inexistentes y había que cumplir penitencia para conseguir libros que vender. Jesús
Vera, otra víctima del célebre desastre, huyó con más pena que gloria cuando
vio que no había nada que pudiera hacer por defender al autor, convirtiéndose
en el injusto blanco de las iras, justificadas por otro lado, de los escritores
abandonados. Ricard se convirtió en un predicador en el desierto, empeñado en
huir hacia delante, aumentando su deuda con la esperanza, quizá, de que un
golpe de suerte arreglara lo que con su trabajo no era capaz de solucionar.
Puede que, siguiendo el instinto del friki que sé que es, lo dejara todo en
manos del mítico «lo ha hecho un mago».
No es mi intención crucificar al editor Pérez, pues no
es cuestión de convertirlo en mártir, pero tampoco me apetece demonizarlo como otros
escritores han hecho llevándolo a juicio. Primero, porque de donde no hay, no
se puede sacar nada. Y seguro, porque sigo pecando de buena fe y creyendo que
mi editor (¿puedo seguir llamándolo así?) no es un estafador, simplemente un
mal gestor y, a raíz por su reacción, algo cobarde.
Tenemos en la editorial un grupo de wasap donde se
supone estamos todos los autores (y digo se supone porque cada poco tiempo van
eliminando números, quizá por no ser muy afines al régimen), en el que sólo
pueden publicar los administradores. Sirve para anunciar novedades editoriales,
ferias, eventos, etc. ¿Última publicación? El dieciocho de marzo. Casi cinco
meses. Durante ese tiempo, tras insistentes llamadas y correos he conseguido
que un tal David Martínez, la aparente mano derecha actual (y única, creo yo,
aunque hay quien llega a dudar de su existencia) me diga, al fin, mi cifra de
ventas y las regalías pendientes de cobrar (una pista: no he cobrado ni un duro
de los tres libros publicados). Eso fue el 26 de abril y quedó pendiente que me
indicara cómo se realizaría el pago. No ha habido más respuesta desde
entonces. Ese mismo día 26 me escribí con Ricard. Me confirmó que ha aceptado
las regalías calculadas por David Martínez. Le pregunté cómo fueron las ventas
de Sant Jordi y su respuesta fue que estaba en el médico y que al salir me
llamaría.
Silencio.
Nada más.
No contesta al teléfono. No responde wasaps. No le
entran los correos. No hay actualizaciones en Instagram ni Twitter y las escasas
aportaciones en Facebook son para promocionar una nueva línea editorial
destinada a reeditar clásicos libres de derechos de autor (última actualización:
18 de mayo).
Ante esta situación, las dudas son claras: ¿Existe aún
Célebre Editorial? ¿Está Ricard Pérez
Braña en activo y dispuesto a afrontar sus deudas? (Al menos sé que sigue vivo
y sano, y no secuestrado por algún cárter colombiano, pues desde hace unos días
le ha dado por actualizar mucho su Instagram; el personal, me refiero) ¿Hay
futuro para los escritores con contrato en vigor?
Para un escritor, el editor es como un dios. Y, como
Jesucristo en la cruz, no puedo evitar preguntarme: «Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?
sábado, 1 de julio de 2023
CUANDO LOS UNIVERSOS SE EXTINGUEN
Es maravilloso el metalenguaje que se puede producir en ocasiones en algunas películas. La reciente Flash, de Andy Muschietti, es el mejor ejemplo. Más allá de analizar su calidad (que se puede resumir diciendo que es tan entretenida y divertida como vergonzosamente estúpida y ridícula), lo interesante está en su fondo. Adaptando muy a su manera dos clásicos del cómic como son Flashpoint y Crisis en Tierras Infinitas y volviendo al tema del multiverso (que tras Spiderman: No way Home, Dr. Strange en el Multiverso de la Locura, Spider-man: Un nuevo universo, Spider-man: cruzando el multiverso, la oscarizada Todo a la vez en todas partes y la propia versión de Crisis en Tierras Infinitas de las series de CW, ha resultado que la famosa burbuja del cine de superhéroes era, en realidad, la burbuja del cine sobre el multiverso), la película trata sobre la posibilidad de que el universo que describía el CDEU pueda desaparecer, recurriendo para ello a multitud de fan services tan resultones como cafres (y es que pocas veces he visto una película tan irregular como esta Flash). Sin embargo, tras su fracaso en taquilla (y van…) la situación ficticia se ha traducido a la vida real, pudiendo anticipar el fin del universo de DC en cines, un universo que, en su nueva variante, ni siquiera había llegado a nacer.
Warner se encontraba enfrascada en la tormenta perfecta. La solución parecía pasar por hacer borrón y cuenta nueva, pero Wonder Woman había funcionado suficientemente bien como para ignorarla y las previsiones de Aquaman también eran bastante optimistas, por no olvidar que todos querían tener a la Harley Quinn de Margot Robbie haciendo lo que sea. A eso se sumaba las progresivas marchas de Ben Affleck de su hipotética película de Batman (primero dejó el cargo de director, luego el de actor y al final se rechazó también su guion en un proyecto que derivó en el film de Matt Reeves con Robert Pattison ajeno al canon del DCEU) y, sobretodo, la inminente llegada de AT&T, que iba a adquirir Warner con la idea de, tras fusionarla a Discovery, convertirla en un gigante de la comunicación. Eso, en lugar de traer algo de calma, revolucionó aún más el mundillo, que señalaba a Walter Hamada, presidente de DC, como culpable de todos los males. Hubo, en esos días, un par de alegrías para el directivo, ya que Aquaman finalmente resultó ser un éxito y a Shazam, teniendo en cuenta que sus aspiraciones eran más pequeñas, tampoco le fue nada mal, pero eso no hacía más que aumentar el interrogante: ¿Cómo avanzar en un Universo donde los comparsas tenían más éxito que las estrellas principales?
Como
en Warner parecen aficionados a
apagar fuegos con gasolina, durante el parón obligatorio por la pandemia no se
les ocurrió mejor idea que, fingiendo que escuchaban al fan (aunque la realidad
es que estaban dispuestos a cualquier cosa por lanzar la plataforma de streaming de HBO), confirmaron la existencia de ese montaje casi definitivo de
Zack Snyder y soltaron un buen puñado de billetes para rodar nuevo metraje y
estrenar la ansiada cinta en la susodicha HBO.
El resultado, como no podía ser de otra manera, dividió al aficionado, que se
debatía entre los que opinaban que era la misma bazofia de Joss Whedon pero con
más cámaras lentas y más egocentrismo y los que la consideraban una obra
maestra y exigían la restauración del canon del Snyderverso.
La
única alegría para la productora, por decirlo de alguna manera, era la satisfacción
de haberles robado a los de Disney a
James Gunn, despedido (y posteriormente recuperado) de Guardianes de la Galaxia, Vol. 3 por unos twits antiguos de dudoso gusto. Dejando de lado las cifras
(paupérrimas, por cierto) de Wonder Woman
1984, primera película del DCEU
estrenada tras la pandemia, las cosas no le fueron mucho mejor a El Escuadrón Suicida de Gunn, aunque a
alguien le debió gustar lo suficiente como para ofrecerle al realizador carta
blanca en una serie spin-off de El Pacificador para HBO.
Así
las cosas, aún quedaba un halo de esperanza en la figura del todo poderoso
Dwayne Johnson. El taquillero actor llevaba años tratando de levantar una
película sobre Black Adam, hecho que incluso propició que el personaje no apareciera
en Shazam como estaba previsto
inicialmente, y por fin lo había conseguido. Convertido en su máximo valedor (a
nadie parece importarle que el director de la misma sea el catalán Jaume
Collet-Serra), Johnson prometió que su película iba a cambiar para siempre el CDEU. El problema vino con la aparición
de un falso rumor que especulaba con la aparición de Superman en el film,.
Cuando en la ComicCon se mostraron
las primeras imágenes de la película y no había ni rastro del último hijo de Kripton
hubo abucheos para Johnson, que reaccionó rápido y acudió a la cúpula directiva
de Warner para exigir la
participación de Henry Cavill aunque sea a modo de cameo final. Cabe destacar
que por aquel entonces Cavill, sin comerlo ni beberlo, se había convertido en
un apestado, viendo cómo se recurría a un Superman «decapitado» en el final de Shazam y de quien Hamada llegó a decir
que jamás se pondría el traje de Superman de nuevo. En ese momento, había una
nueva tormenta en Warner Discovery, y
Michael De Luca y Pam Abdy acababan de ser contratados para dirigir la división
de cine de Warner. Aunque Hamada
seguía al frente de DC Films, debía
rendir cuentas a estos y Johnson decidió, no corto ni perezoso, saltarse el
escalafón y acudir directamente a ellos para solicitar el regreso de Cavill,
pese a que el estudio ya estuviese trabajando en una versión de un nuevo
Superman, esta vez de raza negra. Johnson lo consiguió, Cavill regresó y hasta
se habló de una secuela de El hombre de
acero.
Y
mientras, desde hace ya unos años, Flash
(que a estas alturas ya había dejado de llamarse Flashpoint) entre rodajes y reshoots.
Como colofón, el comportamiento de un Ezra Miller que se empeñaba en hacer de
todo y nada bueno: posesión de drogas, acusaciones de violencia y abusos
sexuales, robos, problemas mentales y hasta presunto líder de una secta. De
nuevo Warner monta y un circo y le
crecen los enanos.
En
esas, con todo lo que se relacione a Snyderverso
apestando a cadáver, el fracaso de Shazam
2 no fue nada sorprendente, pero todo apuntaba a que la polémica película
de Flash iba a ser, al fin, un punto
de inflexión. Pese a los escándalos de Miller, pese a que pertenece a una época
ya caduca, pese a los diversos cambios de su final (uno por cada directiva con
la que le ha tocado lidiar), los tráileres presagiaban algo bueno. Había cierto
hype tras las palabras de entusiasmo
de los primeros espectadores que la habían disfrutado (Tom Cruise y Stephen
King entre ellos, tal vez algún día sepamos la verdad tras esas alabanzas
desorbitadas). Y todo parecía indicar que el film de Andy Muschietti iba a
encargarse de cerrar el Snyderverso y
abrir las puertas al nuevo DCEU. De
nuevo regresaba Michael Keaton como el hombre murciélago, aparentando ser el
nuevo Batman oficial de este proyecto, y los cameos y las mil fiestas para los
fans que auguraban un verdadero deleite.
En
ocasiones se ha criticado al cine de género por no escuchar a los fans, pero
también ha habido otras muchas ocasiones en las que hacer una película pensando
solo en los fans es un peligro. Pasó con World
of warcraft, se repitió con Star
Wars: el ascenso de Skywalker y vuelve a suceder ahora con Flash. Unos efectos especiales ridículos,
una trama muy limitada y un exceso de cameos casi telegráficos es un pequeño
resumen de lo que el film de Muschietti ofrece (nada que ver con sus
estimulantes aproximaciones al terror con Mamá
e It), y el público ha reaccionado en
consecuencia.
La
que debía sentar la cátedra del nuevo proyecto, una estación de paso entre dos
universos (incluso se hablaba ya de la continuidad de Miller en el DCEU de Zafran y Gunn y de una posible
secuela), ha sido un rotundo fracaso, mayor aún que el de Black Adam. Incluso se especula que habría sido más rentable no
haberla estrenado, como se hizo con Batgirl
que hacerlo en estas condiciones. Warner
ya ha tirado la toalla y apenas dos semanas después de su estreno ya ha
anunciado la fecha en la que se podrá ver en HBO Max (de perdidos al río).
En
los despachos ya dan las películas por perdidas y solo quieren mirar hacia el
futuro. Hacia «su» futuro. Ya se ha anunciado al nombre del actor que
interpretará al nuevo Superman y liderará el proyecto de Gunn y Zafran, pero
viendo cómo han gestionado el final de la etapa anterior hay pocas esperanzas
de que consigan devolver la ilusión a los fans.
Snyder
ha muerto. Sus nuevos universos aspiran a brillar (ya sea en forma de
apocalipsis zombi o de epopeya espacial) en Netflix.
Henry Cavill va a trabajar con Guy Ritchie, Chad Stahelski y Matthew Vaughn.
Margott Robbie suena mucho por las oficinas de Marvel… Nombres de grandes talentos que resurgirán de sus cenizas.
Pero el universo que compartieron, sin ningún superhéroe que luchase por
salvarlo, ha sido aniquilado. Ahora, la gran pregunta es si le espera un largo
recorrido al Universo planteado por Gunn (que recordemos que se pegó un
batacazo con El Escuadrón Suicida) o
si por el contrario nace ya moribundo.
El
tiempo dirá.
jueves, 15 de junio de 2023
EL MULTIVERSO DEL «CONTINARÁ»
Apenas unas pocas horas después de haber publicado mi reflexión sobre la situación actual del cine, los últimos grandes estrenos llegados de Hollywood han venido a confirmar mi teoría. Por un lado, las cifras internacionales de La Sirenita la confirman como un fracaso más para sumar en un año catastrófico (y eso que aún no hemos llegado al ecuador). Por otro, Spider-Man: cruzando el multiverso me ha dado la razón en eso de que, pese a explosión de la famosa burbuja, la falta de interés, la bajada de calidad y bla bla bla… el cine de superhéroes (y hago extensible el término a disparates hermanos, como los productos de Fast&Furious, Misión Imposible o John Wick) es (casi) el único que sigue dando algo de dinero.
El caso es que ya he podido ver la secuela de Spider-Man: un nuevo universo y, sin
atreverme a decir que es la mejor película de superhéroes de todos los tiempos
(para mi EndGame fue un hito que
supera lo estrictamente cinematográfico), si reconozco que la he disfrutado
mucho. Sólo hay dos detalles que me siembran la duda sobre si es mejor película
que su antecesora: la pérdida del factor sorpresa y el exceso de hype que ya
condiciona mucho su visionado. Para dictar sentencia habrá que esperar a verla
de nuevo, aunque ya adelantó que es difícil que con la animación pueda llegar a
emocionarme tanto como con el live action.
Pero sobre lo que quiero reflexionar hoy, más allá de
realzar las muchas virtudes del film (de eso ya se están encargando en no pocas
páginas y portales web), es en lo cansino que me empieza a resultar esta moda
de dejar una película a medias y obligarte a esperar meses o años para conocer
el desenlace. Un coito interrumpus en
toda regla.
No se trata de un invento de ahora, ni mucho menos, y
ya a principio de los ochenta se nos quedó cara de tontos al ver terminar El Imperio contraataca con Han Solo
apresado en carbonita y los malos campando a sus anchas y Robert Zemeckis ya
rodó del tirón la segunda y tercera entrega de Regreso al futuro mucho antes de que Peter Jackson se atreviera a
meterse con la Tierra Media. Peor aún
fue la moda de las sagas, que abusaban del «continuará» aún a riesgo de dejar
las historias inconclusas. Por culpa de querer estirar el chicle demasiado
estuvieron a punto de arruinar la saga de Harry Potter con una película (Las reliquias de la muerte, parte uno)
tan aburrida como innecesaria, pero nos dejó sin finalizar, después de tres
películas, la historia de Divergente.
No por estiramiento, pero sí por la manía de extender la trama por varias
películas, nos quedamos sin el desenlace de The
Amazing Spider-Man y los últimos intentos de reinventar a Terminator fracasaron precisamente por
no contentarse con hacer películas sueltas y pretender que todo forme parte de
un universo compartido más extenso y complejo.
En resumen, que mientras seguimos sumidos en el exceso
superheroico que tanto molesta a Tarantino, en el frenesí multiversal y en
guerras por visionados en streaming,
cada vez son más los que se apuntan a eso del «continuará…», convirtiendo el cine
en folletines televisivos. Una o dos veces puede tener su gracia, pero
convertirlo en la nueva moda me parece ya abusivo.
En fin, que habrá que ver cómo responde la taquilla a
esta especie de epidemia para poder sacar mejores conclusiones y comprobar si
es un error o soy yo el equivocado. O, dicho de otra manera, continuará…
miércoles, 7 de junio de 2023
A VUELTAS CON LA CRISIS DEL CINE
Puede que me repita un poco y si es así pido disculpas
de antemano, pero estoy francamente preocupado por el estado del cine hoy en
día y con el paso de los meses la cosa no tiene pinta de mejorar.
Tras casi un año con los cines cerrados, la
recuperación se antojaba lenta, pero no tanto. Los grandes han caído y la
primera víctima de estos tres factores ha sido el cine de superhéroes. Tanto
preguntar cuando iba a estallar la burbuja que esta al fin lo ha hecho.
Si nos fijamos en Marvel,
todo esto coincidió con el inicio de la Fase
Cuatro, una fase que salvo honrosas excepciones (Spider-Man: no way home y Dr.
Strange en el multiverso de la locura) no ha tenido muy buena acogida. Y por
más que se quiera señalar a Kevin Feige y al agotamiento de la fórmula, lo
cierto es que no ha sido tan mala. Eternals
es una gran obra que apuesta por algo diferente y Shang Chi es un pasatiempo mucho más digno que Iron Man 2 o Thor, el mundo
oscuro, que para mí siguen siendo las dos peores películas del MCU hasta la fecha y Ant Man y la Avispa: Quantumanía (está
ya de la ase cinco) es tan divertida como las dos anteriores de Ant Man pero mucho más espectacular
(vamos a dejar fuera de la ecuación al Thor
de Waitiki que merecería un artículo aparte para si sólo, con sus defensores y
detractores). No es, aunque pueda parecerlo, un problema de calidad, sino de
cantidad. Cantidad y agotamiento.
Algo similar ocurre en lo que llevamos de año. Cerca
de llegar al ecuador, se han quemado ya muchos de los cartuchos ganadores y
pese a que Guardianes de la Galaxia vol.
3 ha reconciliado a Marvel con
sus fans sus números también están por debajo de lo esperado, siendo difícil
que logre superar lo conseguido por el Volumen
2. Algo similar está sucediendo con Fast&Furious
X, que pese a estar arrasando parece casi imposible que se acerque siquiera
a la barrera de los 1.000 millones que superaron las entregas siete u ocho. Sí
nos fijamos en el resto de estrenos, dejando de lado la burrada que está
recaudando Super Mario Bros, Creed III también ha quedado por debajo
de sus antecesoras, mientras que el gran éxito del año, John Wick 4, juega en otra liga, siendo un éxito y un fenómeno
mundial con taquillas que quedan muy lejos de los monstruos mencionados. Prueba
de ello es que ha conseguido superar los ansiados mil millones… pero a base de
sumar los números de las cuatro entregas.
Aún quedan unas cuantas balas en el cargador del 2023, como la despedida de Indiana Jones, la secuela de Spider-Man: un nuevo universo, Misión Imposible 7, The Meg 2, The Marvels, o la gran esperanza de DC Cómics para frenar la racha de fracasos con The Flash. Eso aparte del supuesto duelo que nos quieren vender de Oppenheimer contra Barbie. Vamos, que puede pasar cualquier cosa, pero sí la tónica va a ser repartirse el pastel entre cuatro y que el resto sean decepciones de taquilla como Dungeons & Dragons: Honor entre ladrones o directamente fracasos como Shazam: la furia de los dioses, Babylon o 65, mal vamos. Al final, parece que vamos a tener que seguir (mal) viviendo del cine de superhéroes.
Pero lo que habría que analizar, más allá de la falta de originalidad en los guiones de Hollywood y al agotamiento propiciado por los superhéroes, es porqué la gente ya no va al cine. Siguiendo con mi teoría de las tres causas, puedo entender que la gente se haya acomodado y prefiera consumir cine en el salón de su casa (algo que nunca compartiré por más pantalla grande o equipo Dolby Stereo que pueda tener y la ausencia de niñatos molestando con sus gritos o móviles), y podríamos sacar a relucir la teoría de la evolución. Los tiempos cambian y el casete sustituyó al vinilo para ser derrotado por el CD que ahora agoniza contra el formato digital. Los videoclubes desaparecieron y el VHS fue sustituido por el DVD y el Blu-ray. La radio resiste pero agoniza ante los podcast y casi todo el mundo prefiere leer la prensa en Internet que en papel. Las cosas cambian y hay que aceptarlas. Y si el cine debe morir en manos de streaming, que así sea. Sería la primera y dolorosa baja de la guerra de las plataformas. Pero hay una segunda lectura, una más catastrófica y que revela la realidad de esta guerra absurda y sin posibles ganadores:
Todo esto nos da la conclusión de que el cine está gravemente herido, ya que cada vez son menos los espectadores que llevan las salas, pero tampoco podemos decir que vaya a ser sustituido por el streaming. La nueva forma de consumir de los jóvenes no es necesariamente en plataformas y si no se encuentra una solución rápida podía ser el fin de todo. No es que el cine como tal se vaya a terminar, desde luego, pero en la dirección que vamos auguro un auge de Emule, Torrent y compañía a la vez que la verdadera competencia está en TikTok, Twich y bobadas similares…
Tiempos extraños (y tristes) nos tocó vivir…












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