sábado, 20 de octubre de 2018

MATAR O MORIR

Pierre Morell es un director especializado en thrillers de acción, como Distrito 13, Desde París con amor o Caza al asesino, pero cuyo trabajo más memorable fue Venganza, la película que abría la trilogía protagonizada por Liam Neeson. 
En Matar o morir sigue con un esquema parecido al ejemplo anterior, con un protagonista que se muestra imparable vengándose de aquellos que atentan contra su familia, pero cambiando el sexo del protagonista. En esta ocasión la vengadora es una mujer con el rostro y las maneras de Jennifer Gardner, actriz que se dio a conocer como la super espía de la serie Alias pero que tras el varapalo de Elektra se había mantenido alejada del cine de acción, centrándose en pequeños papeles de comedia romántica o como secundaria de lujo. 
Matar o morir recupera a la exmujer de Ben Affleck más guerrera, en un personaje que recuerda mucho a la Linda Hamilton de Terminator 2, dura, fuerte y despiadada  en lo que vendría a ser una contrapartida del personaje de Punisher, aunque mucho más contundente que las tres encarnaciones fílmicas del personaje de Marvel. También ella es testigo del asesinato de su familia y, tras cinco años desaparecida, dedicada a entrenarse en cuerpo y arma, regresa a Los Angeles para vengar la muerte de sus seres queridos y terminar con un cárter y todos aquellos a os que ha llegado corromper.
Por descontado, no voy a pretender que haya el más mínimo signo de verosimilitud en el film. Pese al pretendido tono dramático, la acción es tan espectacular como poco creíble, tal y como sucediera con cualquiera de los héroes vengadores de los ochenta a los que parece homenajear. Con una trama sencilla donde la mayor sorpresa consiste en descubrir antes de que nos lo revelen quien es un traidor y quien no, la película basa toda su fuerza en sus escenas de acción. Morell no busca mucho más, y jugando son habilidad sus cartas consigue lo que pretende. Matar o morir no es una película que vaya a ser recordada con el paso de los años, pero en la sencillez de su concepción obtiene los resultados requeridos: es sangrienta, espectacular y tiene mucha acción. Y nadie que se acerque a este film debería ir buscando mucho más.
Aunque, rascando un poco, quizá si se pueda encontrar algo más en forma del debate (superficial, eso sí) que propone al convertir a una asesina en una justiciera urbana aclamada por el pueblo, una especie de protectora que recuerda, aunque con menos humor y más contundencia a El justiciero de Eli Roth en la que Bruce Willis se disfrazaba de Charles Bronson.
Así, Matar o morir no es un gran film, pero cumple con los requisitos y se impone en esa corriente que dicta que, como decía la canción, “las chicas son guerreras”.

Valoración: Siete sobre diez.

PETRA

En Petra, Bárbara Lennie interpreta a una pintora que decide hospedarse en una casa de campo para realizar una especie de taller con un afamado artista local, pero en realidad lo que busca es averiguar su propia identidad, perseguir una verdad que se le niega de toda la vida. Ese es el arranque de una película aparentemente tranquila y reposada, en la que los actores apenas alzan la voz y la cámara se desliza con suavidad por los paisajes de la película.

Sin embargo, la película es en realidad como un remolino acechando en las profundidades de un río aparentemente en calma. Es un intenso drama familiar cargado de secretos y mentiras, con un tono de folletín que la pueden hermanar con Todos lo saben en cuanto a su trasfondo, pero totalmente opuesta a ella en cuanto a sus formas.
Se habla mucho de lo importante que es que una película tenga un arranque que enganche al espectador, y Petra lo hace con una genialidad asombrosa: divide la trama en siete capítulos numerados y empieza directamente por el segundo. Truco suficiente para desconcertar al espectador y mantenerlo alerta durante todo el metraje.
Jaime Rosales es un director complicado que firma aquí su obra más accesible. Sin renunciar a sus señas de identidad, propone un tríptico familiar impecable, con una colección de personajes de emociones a flor de piel pero con una gran contención. Para ello, consigue reunir a un grupo de grandes actores, como Marisa Paredes, Alex Brendemühl u Oriol Pla, aunque quien se lleva la palma es Joan Botey, quien a sus 77 años debuta aquí en el cine componiendo a un villano antológico, un marionetista que consigue mover los hilos de todos los personajes desde las sombras disfrazado de un artista que, tal y como él mismo reconoce, no tiene más interés que el dinero que le proporciona. Sin necesidad de histrionismos ni efectismos baratos, logra helar la sangre del espectadores de su primera aparición, una conversación postcoital aparentemente cotidiana y que sirve para sentar las bases de lo que es y lo que puede llegar a hacer.
De hecho, el uso de la fragmentación en capítulos define las intenciones de Rosales de fijarse más en los personajes que en la historia, ya que cada uno de los títulos con los que va decorando los episodios podrían considerarse pequeños spoilers de lo que va a suceder a continuación. Poco importa. Todo recurso vale si se consigue remover de esta manera os sentimientos del espectador, aunando la tragedia familiar con el arte y consiguiendo que su historia plagada de muertes y traiciones sea sórdida a la par que reposada y poética.

Valoración: Siete sobre diez.

ESCUELA PARA FRACASADOS

Kevin Hart es uno de esos cómicos afroamericanos que triunfan en Estados Unidos buscando cubrir el hueco que dejó Eddie Murphy cuando su estrella se apagó, aunque no ha llegado a ser un referente fuera de sus fronteras.
Por mi parte, lo encuentro algo irritante, aunque reconozco que como coprotagonista puede tener cierta vis cómica, como demostró en Un espía y medio o Jumanji: Bienvenidos a la jungla. No obstante, me cuesta soportarlo cuando todo el protagonismo recae en su figura, y Escuela para fracasados es un buen ejemplo de ello, por más que se intente dar a la película un ligero tono coral.
La historia es bastante simplona: por motivos X un grupo de adultos inadaptados deben apuntarse a una escuela nocturna para aprobar la secundaria y allí, entre risas y chascarrillos, vivirán intensas experiencias que les cambiará la vida, los hará más buenas personas y bla, bla, bla...
La mayor parte de la película, dirigida por Malcolm D. Lee, especialista en comedias hechas por y para afroamericanos, la mayoría inéditas en nuestros cines, es un compendio de recursos y situaciones que podrían intercambiarse con cualquier otra película del estilo, demostrando muy poca personalidad y cargada de chistes mucho menos graciosos de lo que se presupone, aunque por lo menos es de agradecer que no abuse del humor de mal gusto y tenga todo un tono bastante blanco (valga la expresión).
Además, quizá debido a un mal planteamiento de los personajes, la película va claramente de menos a más, consiguiendo así elevar su nivel a medida que el grupo de alumnos empieza a hacer piña y consiguen importar algo al espectador. Aún así, la mayoría de las situaciones son más de sonrisa que de carcajada, pero logra que el resultado final sea suficientemente simpático como para no considerar a la película un fracaso como su título en español parece vaticinar.
Pese a todo, los fans de Hart (que me costa que los hay) posiblemente queden encantados con la película, aunque para el resto de los mortales no pasa de ser una comedieta más del montón, muy justita, con algunos giros de guion ridículos y otros muy moñas, pero funcional en sus intenciones.

Valoración: Cinco sobre diez.

SLENDER MAN

Creepypasta: historia corta de terror recogida y compartida a través del Internet con la intención de asustar o inquietar al lector.
Una de estas historias más populares es la de Slender man, una creación de Victor Plume (seudónimo de Eric Knudsen), que ganó un concurso de fotografías retocadas con el objetivo de parecer elementos paranormales inspirado en elementos de La niebla, de Stephen King. Una vez en la red, otros usuarios añadieron al personaje de cualidades aterradoras, tentáculos y llegó a convertirse casi en una de las mayores leyendas urbanas que estuvo a punto de causar un asesinato en manos de dos niñas de doce años que aspiraban a ser sus “apoderadas”.

Sirva esta introducción para tratar de comprender el origen de esta película y el porqué lo que podría haber sido una interesante propuesta de terror ha terminado siendo un bodrio insoportable.
En su tráiler inicial, las escenas truculentas (una chica clavándose un bisturí en un ojo es uno de los ejemplos más contundentes) presagiaban algo angustiante y aterrador, pero en Sony, la productora principal del film, les preocupó las consecuencias que la película pudiera tener en la gente y, amparada por los hechos reales de las dos niñas, decidieron recortar escenas a lo loco hasta convertirla en una película PG13 en lugar de la R inicialmente prevista. Vamos, lo mismo que hicieron ya con Venom imitando a lo que Warner había hecho ya con Megalodón).
El resultado es una película insufriblemente aburrida, con saltos en el argumentos, cortes abruptos y situaciones incomprensibles. La película es tan aburrida que ni siquiera contiene los sangrantes jumpscares de turno para sobresaltar al espectador adormecido. Después de lo que me despaché con La monja, no esperaba en tan poco tiempo encontrarme con una película de terror peor que aquella (y eso que en Sitges se ve un poco de todo), pero esta Slender man es insultantemente sosa, incompleta y absurda.
No todo debe ser culpa del estudio. El despropósito es tal (solo alguna escena onírica aislada o el diseño visual del propio Slender man se pueden salvar de la quema) que cuesta pensar que la versión sin recortes pudiera ser mucho mejor, aunque imagino que por lo menos tendría algún susto o momento que excite las sensaciones del sufrido espectador. Pero es que la historia es la que es y las actrices tampoco dan para mucho más.
En fin, un desastre que ni ha gustado ni (a juzgar pos su taquilla) ha interesado y que demuestran que no todos pueden imitar a James Blumm y sacar provecho de la nada.

Valoración: Dos sobre diez.

FIRST MAN

Lo primero que hay que reconocer al enfrentarse a First man es la valentía de su director, Damien Challeze, de alejarse de su zona de confort musical, después de haberse dado a conocer con Whiplash y deslumbrar con La Ciudad de las Estrellas (La la land). Por otro lado, esa valentía es a la vez una rémora para el film, que, teniendo en cuenta que el gran desenlace de la misma es de sobra conocida por todos (dejemos de lado a los escépticos), adolece de un ritmo tan lento y pesado que termina por condenar a la película al aburrimiento.
Estamos ante un retrato del astronauta Neil Armstrong, desde antes de ingresar en la NASA hasta su famoso alunizaje en 1969. No es la primera vez, ni será la última, en la que se conoce a la perfección el desenlace de una película (ahí están éxitos como los de Titanic, La Pasión de Cristo o incluso Rogue One), pero para ello debería estar la pericia del director para conseguir que pese a ello el film resulte emocionante. Sin salirnos del tema, el Apolo 13 de Ron Howard es un claro ejemplo de ello. Sin embargo, parece que Challaze no confíe demasiado en sus dotes para marcar el ritmo (algo contradictorio para tratarse de un director tan dotado para la música) y prefiere dejar todo el peso de la historia en el aspecto más intimista de la misma. Así, First man es una sucesión de primeros planos de Ryan Gosling y del interior de cabinas espaciales desde su punto de vista, recargando la narración en el drama personal del protagonista (la muerte de una hija) y dejando que su relación con su esposa tenga casi el mismo empaque que la propia carrera espacial.
Por otro lado, está el elemento Gosling. El protagonista de La la land es un gran actor, pero con una pasividad facial estudiada que puede resultar algo peligrosa si no se sabe controlar bien. Era una de las cosas que más lastraban a Blade Runner 2049 y lo mismo sucede en First man. Su cara de palo no hace sino amplificar esa sensación de aburrimiento y todos los que acudan a esta película en busca de contagiarse por el sueño de conquistar el espacio quedará decepcionado. No siquiera hay, hasta llegar el tramo final, planos en los que lucir el vuelo de las naves o los impresionantes paisajes espaciales. Es esta casi una versión pobre, aunque realista, de Intestellar, y lo único que puede sacarse de provecho es comprobar de primera mano la precariedad de los módulos espaciales, que parecen chatarra en comparación con las naves preparadas para surcar el hiperespacio que acostumbramos a ver en el cine de ciencia ficción, y se juguetea ligeramente con la dualidad hipócrita en las altas esferas del gobierno americano, que disfrazan con el sueño de conquistar el espacio la mera intención de vencer e algo a los soviéticos. Aunque para ver los entresijos de la carrera espacial desde un punto de vista mucho más interesante, e incluso divertido, me quedo mejor con la estupenda Figuras ocultas.
No negaré que la película remonta algo en su tramo final, cuando llegamos a la misión del Apolo 11, en la que Challaze se decide al fin a separar la cámara del casco de las naves y logra imprimir algo de emoción al film, consiguiendo que el conocimiento del espectador por lo que va a suceder se convierta ahora en complicidad (con el consiguiente enfado de los sectores más conservadores de los USA por negarles la escena en la que se planta la bandera americana sobre la superficie lunar), aunque quien más luce en estos momentos es el compositor de cabecera de Challeze, Justin Hurwitz, quien realmente aporta ese puntito emotivo que necesita la película para no condenarse definitivamente.
En resumen, un paso atrás en la carrera de Challaze, que quizá necesite regresar a donde más cómodo se mueve para recuperar energías, en una película correcta pero demasiado fría, que por querer ser muy intimista no consigue emocionar y que en ningún momento consigue transmitir la angustia y la presión que supone ser astronauta, casi carne de carnaza para el banco de pruebas que en aquel momento era la NASA, y cuyo principal interés es casi como documental sobre la figura de un hombre que, pese a haber pasado a la historia, no tenía una historia tan interesante como para ser resumida en una película.

Valoración: Cuatro sobre diez.

COLD WAR

Cold War significa Guerra Fría, y aunque la película no esté ambientada en la época en la que los Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaban prácticamente en todo, ya sea en la Carrera Espacial, en la nuclear o en la deportiva, sino en los años cincuenta, el concepto sirve como excelente metáfora de lo que es la historia de amor entre los dos protagonistas, el compositor musical Viktor y la artista Zula.

De entrada, Cold War es una película complicada para el espectador medio. No en vano se trata de un film polaco, filmado en blanco y negro, en formato 4:3 y que arranca con numerosos temas musicales del folclore local. Sin embargo, poco a poco, la historia de un amor de ida y vuelta, que por momentos roza lo enfermizo, se va apoderando del espectador, que se convierte en cómplice involuntario de una trama que se alarga en el tiempo durante dos décadas, utilizando la música como narrador de la misma (la música popular polaca deja paso al jazz, aunque se empiezan a ver los primeros pasos del rock’n’roll).
Aunque el argumento podría llevar a pensar en una nueva (y diferente) versión de Ha nacido una estrella, pronto comprobamos que, puestos a buscar un referente americano para reconocerla, Cuando Harry encontró a Sally estaría más cerca de su concepto base, si eliminamos el tono de comedia y lo sustituimos por un aroma trágico que nace con las penurias de la postguerra y se apodera de los protagonistas hasta su contundente (y dolorosamente poético) final.
Mención aparte merece el tratamiento de la fotografía, que con ese blanco y negro tan intenso y luminoso consigue que algunos planos posean una fuerza y una belleza desgarradora, ayudando así a integrarse en una historia que, desnuda de tanto adorno visual, resultaría casi el retrato de una obsesión. El amor, en este caso, es más un elemento de angustia que romántico, y el destino que parece empeñado en unir los caminos de los dos amantes cada vez que se distancian parece más un bromista cruel que un lazo de unión.
Cuesta entrar en ella, pero cuando se consigue, lo difícil es salir sin sentirse embriagado por su poderío.

Valoración: Siete sobre diez.

LA CASA DEL RELOJ EN LA PARED

Estrella de la comedia hace una década, Jack Black llevaba un tiempo pasando desapercibido por la taquilla hasta que protagonizó Pesadillas, esa aventura juvenil de terror en la que daba vida al escritor R.L. Stine y que no estaba nada mal. Está a punto de estrenarse su secuela (que tiene una pinta horrible) y Black ha pasado de ella para protagonizar una película distinta pero muy en la línea de aquella y también con aspiraciones a ser el inicio de una nueva saga.

La casa del reloj en la pared podría ser una especie de mezcla entre esa Pesadillas y el mundo de Harry Potter, con un niño inadaptado socialmente que descubre que hay brujos en su familia y una amenaza del pasado a la que hay que hacerle frente.
Quizá lo que más llame la atención de esta películas sea la elección de su director. Eli Roth debutó a la sombra de Tarantino y se convirtió en un gurú del cine de terror más sangriento y desagradable, aunque con el paso de los años cada película suya ha ido perdiendo fuerza a la vez que adeptos. Poco parece quedar ya en él de su amor por lo macabro de Hostel, y posiblemente el fracaso de títulos como Toc Toc (Knock knock en su título original, no confundir con la comedia protagonizada por Paco León) lo han llevado a renunciar definitivamente a sus instintos más primarios para buscar la reconciliación con el público, algo que, al fin y al cabo, no es muy diferente de lo que han hecho otros antaño ilustres realizadores como Tim Burton, Guy Ritchie o Kenneth Branagh.
Al menos, algo de oscuridad queda en este director que, aún haciendo una película para niños, consigue momentos ligeramente inspirados que pueden llegar a recordar en algo a ese terror infantil que disfrutábamos en los ochenta y que ahora parecería tan inadecuado.
Sin embargo, no hay que buscar más de lo que ofrece, y La casa del reloj en la pared no es más que un simple divertimento que destaca gracias a sus dos protagonistas, el mencionado Black y la siempre efectiva Kate Blanchet, y a unos efectos especiales de nivel. Con estos elementos, Roth se las apaña para componer un divertimento que podrá gustar (e incluso asustar) a los más jóvenes y que no molestará a los adultos, funcionando como cine de evasión familiar y poco más, aunque espero que esto sea solo un alto en el camino y el realizador recupere algún día su fuerza perdida.

Valoración: Cinco sobre diez.