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miércoles, 2 de noviembre de 2016

YO, DANIEL BLAKE: cine de denuncia de calidad.

Yo, Daniel Blake es la nueva película de Ken Loach tras la interesante Jimmy’s Hall y que supone una nueva colaboración con guionista habitual, Paul Laverty, después de que este se tomara un respiro para escribir la estupenda El Olivo.
Siguiendo con coherencia el estilo habitual de estos dos colegas, Yo, Daniel Blake se engloba dentro del cine de denuncia en el que tan bien se desenvuelven ambos, con la historia de un veterano carpintero que debe dejar de trabajar tras un infarto y al que el gobierno de niega el subsidio por enfermedad por no tener el grado de gravedad necesario según los resultados de un test escrito. Su única posibilidad para conseguir dinero es acogerse a la prestación de desempleo, pese a saber que no está en condiciones de trabajar. Pero su vida dará un vuelco tras conocer a Katie, una madre con dos hijos sin trabajo y en la más completa miseria con quien forjará una gran amistad.
Yo, Daniel Blake es una película amarga en la que Loach reflexiona con sarcasmo sobre la estupidez de una burocracia compleja y ridícula y la falta total de empatía de unos trabajadores gubernamentales incapaces de salirse del camino estipulado y ofrecer soluciones que no sean contempladas por los formularios y los programas informáticos. Pese al dolor y la desesperación que rezuma la película no todo está perdido, y Loach y Laverty esparcen pequeñas pinceladas de optimismo en forma de los diferentes secundarios que van apareciendo a lo largo de la película y que permiten pensar que no todo está perdido en esta sociedad consumista y digitalizada en la que vivimos.
Sin caer en el sentimentalismo barato, Loach consigue conmover a la vez que indignar con una historia sobre el sufrimiento humano y la fuerza del espíritu, personificados en la figura de un hombre que, pese a las adversidades, se niega a perder la escasa dignidad que le queda y aspira a luchar contra el sistema, por más que las nuevas tecnologías sean una más de las muchas barreras del camino.
Una película conmovedora pese a que contiene momentos ligeramente previsibles y no llega a sorprender en ningún momento, quizá porque estamos ya demasiado acostumbrados a ver injusticias como las del film a nuestro alrededor. No es cuestión de revelarnos y alzarnos contra el sistema, pero sí es reconfortante que alguien alce la voz de vez en cuando, y para eso Loach es único.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 19 de enero de 2015

JIMMY'S HALL (6d10)

No voy a realizar ninguna gran revelación si digo que ken Loach ha sido siempre un director caracterizado por los mensajes sociales con los que inunda sus películas, marcadas por su influencia trotskistas. Así, poco puede sorprendernos de su nueva película, un nuevo canto a la libertad en el más puro sentido de la palabra, simbolizada en forma de un viejo granero que regenta el Jimmy del título.
Jimmy Gralton es un joven que regresa a un pueblecito de su Irlanda natal tras diez años en los Estados unidos en plena época de la Gran Depresión. Aunque ha regresado con la sabiduría y el sosiego que dan los años, su pasado idealista y revolucionario termina por seducirlo de nuevo, y se deja convencer por la Juventud del pueblo para volver a poner en funcionamiento una especie de centro social que había montado en el pasado en un granero, donde la gente podía ir a bailar, a tocar música o a tomar clases de dibujo. Pero ese granero no es visto con buenos ojos por las clases más institucionales del poder, empezando por la iglesia, que lo tachan de comunista y de corromper al pueblo con sus ideas sacrílegas.
Con una narrativa tan eficaz como de costumbre, Loach consigue conmover con una de las historias más antiguas del mundo, el poderoso que se siente amenazado, tildando casi con fanatismo como de malvado todo aquello que le es mínimamente desconocido.
Loach cumple en su misión de reflejar las dos posturas, consiguiendo incluso que el radicalismo eclesiástico quede suficientemente humanizado gracias a las posturas dispares de dos párrocos, falsos villanos de una época donde el mal se encontraba en una sociedad cegada por sus propios miedos. Solo cuando Loach roza temas más políticos la película pierde un poco de fuelle, corriendo el peligro de caer en el partidismo, pero enseguida se recompone y termina definiéndose como lo que pretende ser, un canto a la libertad de pensamiento y de ideales que, aunque se sitúa en la década de los años 30 bien podría servirnos para reflexionar con lo que hoy mismo está pasando a raíz de ciertas viñetas ofensivas para algunos y sus dramáticas repercusiones.
El mundo a veces parece haberse vuelto loco. Y películas como esta nos recuerdan porqué.