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sábado, 15 de octubre de 2016

Sitges 2016: OMG, I´M A ROBOT

¿Qué se puede hacer cuando uno es un friki de cuidado y pretendes hacer una película futurista homenajeando a todos tus ídolos de la infancia pero ni estás en Hollywood ni tienes un duro? La única salida es tirar de derroche imaginativo, y esa es la mejor arma de OMG, I´m a robot, un disparate orquestado por Tal Goldberg y Gal Zelezniak que debutan aquí como directores y guionistas al amparo del productor Amir Manor, que por lo visto y oído en la presentación de la película en Sitges es el verdadero mago que ha conseguido que exista algo como esto.
Siendo un raro ejemplo de la cinematografía israelí, OMG, I’m a robot es una carta de amor al fantástico americano, teniendo constantes guiños y referencias a lo largo de su absurdo argumento consiguiendo así una brillante simbiosis entre los directores y los espectadores, siendo casi imposible distinguir donde termina el profesional y empieza el fan.
OMG, I`m a robot no tiene ningún sentido. Es un batiburrillo de ideas donde cabe un robot que llora con el final de Solo e casa, un intento de suicidio al más puro estilo Terminator, villanos a lo RoboCop y unas batallas en plan manga que recuerdan mucho a Scott Pilgrim contra el mundo.
Evidentemente, Goldberg y Zelezniak no son ni Cameron ni Verhoeven, ni pretenden serlo. Son conscientes de sus limitaciones y las aceptan sin complejos, con mucho sentido del humor y afrontando las carencias digitales con valentía, evitando falsear la realidad de lo que son.
El problema está en que una vez superado el factor sorpresa, la cosa se torna algo repetitiva. Como pasaba con Kung Fury, la cosa podría haber sido brillante como mediometraje, pero pierde fuelle en su formato largo, convirtiendo las carcajadas iniciales en simples sonrisas. No obstante, es casi más de lo que se les puede exigir. Esta es una peli hecha con el corazón, y eso la salva de muchas de sus carencias. Incluso se atreve a tener algunas pinceladas de irónica crítica a la sociedad israelí.
Por supuesto, una película que arranca como una comedia romántica hasta que el prota descubre accidentalmente que es un robot, con ciborg ninjas, mafias corporativas, ejecutivos luchando con katanas y compañeras de piso que son asesinas letales no puede tener cabida más allá de los festivales más desmadrados como es este, pero ante una grada entregada termina siendo un festín para los sentidos, con sus amputaciones, disparos láseres y chicas guapas con pistolas enormes.

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 4 de julio de 2014

BIG BAD WOLVES * (5d10)

Que el principal reclamo de esta película sea que Quentin Tarantino la haya definido como la mejor del año tiene supone tanto un punto a favor como en contra. No es de extrañar que al autor de Pulp Fiction le haya apasionado una historia que está claramente  influenciada por su cine y que es a la vez heredera y homenajeadora de los retazos más negros y enfermizos del director de Tennessee.
Big bad wolves arranca con el secuestro de una niña y la posterior investigación y acoso policial sobre el único sospechoso, un reconocido pedófilo presuntamente reformado. Pese a la seriedad del tema, los realizadores Aharon Kershales y Navot Papushado apuestan por el humor negro  para contarnos una historia de venganza repleta de sangre y torturas que podría ser la versión gamberra e insana de la estupenda Prisioneros de Denis Villeneuve.
Si valoramos la película como lo que realmente es, una pequeña producción israelí sin más pretensiones que la de hacernos pasar un mal rato invitándonos a disfrutar del morboso, deleite de ver sufrir a alguien (luego ya se verá si merecidamente o no), la apuesta es sin duda interesante y atractiva, destacando sobretodo la escena inicial (la del secuestro), excelentemente bien filmada y cargada de belleza y poesía, pero si nos dejamos llevar por el hype levantado por el señor Tarantino (y que, no nos engañemos,  es lo que ha facilitado su estreno internacional en salas comerciales), la cosa ya se desinfla un poco, haciéndonos ver que se queda a medio camino en todas sus propuestas, sin ser tan enfermiza como, por ejemplo, Hostel, ni tan gamberra como el cine de los Coen ni tan dura como la mencionada Prisioneros.
No dudo que a Tarantino le haya gustado, pero si hubiese sido él el director estaríamos de acuerdo en que sería su película más floja.

Interesante y entretenida no arriesga más de la cuenta y no debemos esperar de ella más de lo que es, una broma de mal gusto con algún momento aislado ciertamente inspirado.