Habitualmente
suelo defender la libertad que da poder ir a una sala de cine conociendo lo
menos posible sobre la película, adentrarse en ella sin haber soportado un tráiler
que destripe las mejores escenas y dejarse llevar por la propuesta de un director
y un guionista sin ningún tipo de prejuicio de antemano. Evidentemente, todo
eso no vale para Hardcore Henry, y si
no que le pregunten a la gente mayor que huía de la sala a la media hora de
haber empezado la sesión.

Sin
embargo, la verdadera clave de la película está en su realización.
Como si de
un videojuego tipo shooter se
tratase, toda la película está filmada en primera persona. Es decir, desde el
punto de vista del protagonista. Esto es algo bastante novedoso y original en
el mundo del cine y hasta pude tener su gracia si se entiende como una especie
de experimento. Entiendo la complicación de planificar algo así y llevarlo a
cabo dando algo de sentido a las imágenes y debo aplaudir por ello la valentía
de Ilya Naishuller en su aventura, pero lo cierto es que la cosa no funciona
como es debido.

Hardcore Henry puede tomarse como un experimento, y en ese sentido
es curiosa de ver. Pero como película de acción termina resultando insufrible,
al menos para el que escribe. Cierto es que es como estar inmersos en un
videojuego del que no tenemos el control, así que es posible que este nuevo
estilo narrativo sí tenga su público. Pero en tal caso se trataría de un
público muy concreto y preciso, y por ello insisto en que en esta ocasión sí
conviene saber qué es lo que uno va a ver.
Evidentemente,
quién sea este Henry del título es lo de menos, ya que apenas veremos su rostro
fugazmente en algún reflejo ocasional, pero para adornar un poquito el tema Ilya
Naishuller ha conseguido engatusar a algún actor reconocido para el evento,
como el omnipresente (y algo insoportable) Sharlto Copley, la parición fugaz de
Tim Roth y la aspirante a secundaria de moda Haley Bennet, a la que podemos ver
en las carteleras actuales por partida triple gracias a su participación en Los Siete Magníficos y La chica del
tren.
En
fin, el absurdo como base argumental, el exceso como elemento narrativo y el
desvarío visual como concepción fílmica. Eso es lo que hay. Ahora, que cada uno
acuda a verla (o no) bajo su propia responsabilidad.
Valoración:
Cuatro sobre diez.
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