Desde
hace ya un tiempo tipos como Seth Rogen, Jonah Hill, James franco y un largo etcétera
de amiguetes gamberros han intentado abanderar la comedia macarra y
políticamente incorrecta con la pretensión de poner patas arriba al
convencionalismo puritano de yanquilandia. Sin embargo, resulta evidente que
todo debe tener unos límites, y en pos de una comercialidad apropiada la
mayoría de estas películas soeces y gamberras terminaban derivando en aquello
de lo que se pretendían burlar, con finales felices demasiado blancos pese al
culocacapedopis de los inicios.

El
punto de partida es una clara referencia de las películas Disney/Pixar, a las
que se les acusa últimamente de abusar de repetir el mismo esquema argumental:
responder a la pregunta de ¿qué pasaría si los
juguetes / insectos / monstruos / peces / coches / ratas tuvieran sentimientos? Rizando
el rizo, La fiesta de las salchichas
se plantea que sean los productos de un supermercado los que tienen
sentimientos y, como en Toy Story o Mascotas,
nos descubren a qué se dedican cuando no hay humanos a la vista.
Con
una inteligente metáfora sobre la supuesta divinidad de dichos humanos que a la
postre termina siendo la gran mentira que sustenta sus existencias, la película
es una adaptación apócrifa de Rebelión en
la granja, con una serie de matices interesantes que sirven como crítica al
consumismo americano, a la discriminación racial o incluso a la opresión de las
minorías.
Hay cabida para todo tipo de burlas, recibiendo su parte también
títulos de éxito reciente como La Legopelícula con esa cancioncilla incentivadora del inicio y ese final con
un ejercicio de metacine incluido. Por en medio, cientos de situaciones
absurdas, chistes sexuales de todo tipo (desde sadomasoquismo a relaciones
lésbicas), exaltación de la droga, mutilaciones, muertes violentas…

Al
final queda una broma de mal gusto de hora y media, una cachondada con un
reparto de lujo en inglés que mejora a películas de los mismos genios como Superfumados o Juerga hasta el fin pero que no logra ser tan rompedora ni
escandalosa como pretende. Es más una curiosidad para echarse unas risas con
los colegas que una verdadera película.
Y,
por encima de todo, termina siendo, de nuevo, una historia de amor. Con una
ducha vaginal como villana y chicles mascados emulando a Stephen Hawking, sí,
pero historia de amor de todas formas.
Valoración:
Cinco sobre diez.
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