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domingo, 13 de diciembre de 2015

KRAMPUS, MALDITA NAVIDAD (7d10)

Todo el mundo sabe que, según la leyenda, cuando un niño se ha portado bien a lo largo del año en Navidad recibe la visita de Santa Claus (o Papá Noel, o San Nicolás, llámenlo como quieran) y este les recompensará con regalos. Pero existe otra leyenda oriunda de Los Alpes menos conocida que hacer referencia a un espíritu demoníaco que es el reverso tenebroso del simpático gordito al que todos conocemos y que en navidad se dedica a castigar a los niños que han sido malos, llegando incluso a llevarse con él a los niños más conflictivos.
Cuando con semejante premisa se anunció una película Made in Hollywood resultaba inevitable pensar en ese experimento excesivo y grotesco que fue El Grinch de Ron Howard sobre otro personaje navideño negativo, pero afortunadamente, las diferencias entre ambos son abismales. Cierto es que los americanos han adaptado ligeramente la tradición del Krampus para extrapolarlo a aquellos niños que han perdido su espíritu navideño (algo mucho más ambiguo y espiritual, propio de tierras yanquis), pero la esencia final de este Krampus es bastante fiel a las leyendas austríacas y que la iglesia trató de censurar.
Otro detalle que a priori puede desconcertar es el reparto: con Adam Scott y Toni Collete a la cabeza y David Koechner , Allison Tolman y Conchata Ferrer secundándolos, era fácil pensar que estábamos ante la típica comedia navideña de cada año, aunque los carteles y algunas imágenes previas invitaban a pensar en un film de terror. ¿Qué nos podemos encontrar, pues, en este Krampus americano?
Pues no lo voy a negar, el tema va de comedia. Pero una comedia muy muy negra, aterradora por momentos. Casi una gamberrada perpetrada por Michael Dougherty, director de Truco o trato y coguionista de varias películas de Superman y X-men, que se inspira directamente en el cine más ochentero ara ofrecernos una película para toda la familia pero con muy mala baba que puede recordar a títulos como Gremlins o Poltergeist.
Además, para rematar la faena, Dougherty evita el uso de efectos digitales, recurriendo a marionetas y animatronics de toda la vida, con lo que ofrece un tono intencionadamente cutre pero delicioso a la película, un delirio con galletas de jengibre asesinas, cajas sorpresa amenazantes o payasos aterradores (bueno, en el fondo todos los payasos son aterradores, ¿no?)
En definitiva, una broma macabra muy bien concebida que arranca como aparente (y tópica) denuncia al capitalismo navideño (esas peleas en las jugueterías remiten, por ejemplo, a Un padre en apuros) para derivar en un festival del terror muy cachondo y gamberro. Recomendable, pues, para todos los públicos excepto niños demasiado impresionables.
Y el final, lo que más miedo me daba mientras disfrutaba de la proyección, redondo.

sábado, 31 de octubre de 2015

BLACK MASS (5d10)

Aunque mucho se ha hablado del retorno de Johnny Deep al “cine serio”, quiero empezar mi comentario dejando clara una cosa: el verdadero protagonista del film es  el personaje de Joel Edgerton. Es sobre él sobre quien más se mueven las miradas y quien lleva el peso de la trama, por más que el gánster al que da vida Deep sea el objetivo final.
Lo que sucede es que Deep (con ayuda del maquillaje y, sobre todo, esas inquietantes lentillas) hace una interpretación soberbia, de esas que nos recuerdan porqué nos gustaba a todos tanto este actor antes de que dejase que su carrera estuviese definida por personajes estrambóticos y ridiculescos, siempre a caballo de los delirios de su amigo Tim Burton o las payasadas de su otro colega Gore Verbinski (y las pocas veces que se salía de ese esquema era para tomar decisiones completamente equivocadas que amenazaban con hundir definitivamente su carrera). No sé si es exagerado hablar de Oscar por su recreación de James 'Whitey' Bulger pero no hay duda de que él es lo mejor de la película, consiguiendo transmitir una imagen de terror y repulsión con una mirada fría y una sonrisa amenazante que evoca levemente a una amenaza casi vampiresca.
Black Mass es la historia real de John Connolly, un joven agente del FBI en el Boston de los años 70 que tiene la genial ocurrencia de aliarse con un gánster de poca monta de su viejo barrio al que conoce de toda la vida para, gracias a sus informaciones, conseguir derrotar a la mafia italiana. Bulger, el gánster en cuestión, acepta a regañadientes, pero lo que en realidad hace es beneficiarse de la carta blanca que le ofrece su colaboración con el  FBI para crear un imperio criminal a la par que librarse de sus más inmediatos rivales en las calles, lo que pronto lo convierte en uno de los criminales más buscados del país.
Lo más destacado de la película es un reparto, lleno de caras reconocibles, que cumple a un gran nivel. Sin embargo, el guion está demasiado lastrado por tener que delimitarse a la historia auténtica lo que le impide, por ejemplo, tener un climax destacable, a la altura de Bonnie & Clyde, Los intocables de Eliot Ness, etc. Además, la ausencia de un verdadero héroe que se contraponga al villano dificulta una posible implicación del espectador de la historia, que deberá aceptar la película más como un documental sobre una parte de la historia reciente de América que como un espectáculo de ficción. Como mucho, deberíamos conformarnos con el personaje del hermano de Bulger, el senador Billy Burger, al que da vida con su solvencia habitual Benedict Cumberbatch, uno de los pocos protagonistas íntegros y de buenas intenciones pero demasiado secundario como para que nos sirva de referente, mientras que Charles McGuire (supervisor en el FBI de Connolly) o el nuevo fiscal Fred Wyshak (a los que dan vida Kevin Bacon y Corey Stoll, respectivamente) tienen unos personajes demasiado poco aprovechados y que son olvidados en la recta final. Más grave si cabe es lo que sucede con la mujer de Bulger, interpretada por Dakota Johnson, que desaparece a mitad de la historia (aparentemente lo abandona) sin que ello tenga consecuencias ni nada por el estilo.
Tampoco es que la labor del director aporte demasiado. Scott Cooper es un realizador de escasa experiencia (aunque su debut con Corazón Rebelde fue ciertamente prometedor) al que el evento parece venirle grande. Quizá acomplejado por la sombra que en este tipo de películas proyectarán siempre Martin Scorsese y Francis Ford Coppola, su película carece de alma, limitándose a colocar siempre la cámara en el lugar más adecuado pero sin imprimir de estilo o personalidad en ningún momento. Se podría decir de su dirección que es tan correcta e impecable como sosa y apática, y eso termina contagiando a la película, que está llena de altibajos rítmicos y cuyas más de dos horas de duración se hacen algo aburridas.
Así que estamos ante un retrato del Boston de fin de siglo lleno de claroscuros, donde Deep es el rey en las sombras de una función tan coral como deslavazada en el que falta garra y sentimiento y que por querer abarcar demasiado se queda corto en muchos aspectos. Ni las personalidades de Bulger y Connelly terminan de estar bien definidas ni las acciones del gánster consiguen hacernos creer que fuese uno de los diez tipos más buscados por el FBI, justo por detrás (hasta el momento de su muerte) de Osama Bin Laden.
Una lástima, pues Deep se merecía mejor suerte en su retorno al buen camino con un género en el que (aunque cueste recordarlo) se mueve como pez en el agua pero cuya experiencia puede terminar resultando tan estéril como en el Enemigos Públicos de Michael Mann. 

sábado, 28 de diciembre de 2013

LA VIDA SECRETA DE WALTER MITTY (7d10)

Ben Stiller es un tipo curioso, un cómico de toda la vida que un buen día decidió pasarse periódicamente al otro lado de las cámaras y que, como le sucediera a su tocayo Affleck, conseguiría así sus mejores trabajos. Alabado por la crítica por Zoolander y por el público por Tropic thunder, era difícil a priori saber qué esperar de su tercera película en la que, además, abordaba un argumento a priori más serio y trascendental que en sus dos primeras obras: la búsqueda de la libertad. Pero no en un sentido literal, no. La libertad del alma, de la mente. Del espíritu.
Basada en un relato corto de James Thurber, que ya pasó a la pantalla grande en 1947 con Danny Kaye, Virginia Mayo y Boris Karloff como protagonistas, y adaptada en esta ocasión por Steve Conrad, experto en esto del trascendentalismo ya que es el firmante de En busca de la felicidad y el hombre del tiempo, la vida secreta de Walter Mitty explica como en plena transición de la revista Life del formato impreso al digital (con los consiguientes recortes de personal) Walter Mitty, dedicado durante 16 años a la recepción y procesamiento de negativos fotográficos con encuentra una pieza concreta del último envío de Sean O’Conell, fotógrafo estrella, la que se supone es su mejor trabajo y debe ser utilizada como portada del último ejemplar en papel ya que capta a la perfección la quintaesencia de la publicación.
Pero este no es el único problema de Walter. Por un lado, está enamorado hasta las trancas de una compañera de la oficina con la que no ha reunido nunca el valor suficiente para un simple Hola, mientras que por otro tiende a “evadirse”, a vivir fantasías en su imaginación que le permitan hacer lo que no es capaz de conseguir en la realidad.
Ahora, llega el momento en que debe decidir si luchar por aquello en lo que cree (el amor de su vida y recuperar el valioso negativo) o conformarse con vivir dentro de su imaginación.
Bajo esta premisa Stiller –total foco de atención de la película- realiza una propuesta interesante que invita al optimismo y manda un contundente mensaje muy acorde con estas fechas navideñas para no rendirse nunca y seguir luchando hasta el final. La lástima es que la fuerza que contiene el mensaje no es acorde con la fuerza de su guion, que comienza a desinflarse a mitad de la película, justo cuando los paralelismos entre las “dos vidas” de Walter empiezan a desaparecer y la realidad se descontrola hasta perder credibilidad.
No obstante, Stiller no se conforma con ser un narrador de buenas nuevas, sino que insiste en ser el protagonista de la cinta desde ambos lados de las cámaras, erigiéndose como un director prodigioso y componiendo una película cuya fuerza visual es tan arrebatadora que cabe perdonarle la flojera final del señor Conrad (que tampoco me gustó en los dos guiones ya mencionados). Acompañada por una banda sonora perfecta, la fotografía del film es hermosa e impactante, con contrastes de colores imposibles que iluminan esta historia de superación personal con una metáfora sobre la perdida de la inocencia y los valores de fondo en referencia a la invasión del mundo digital, arrasando no solo con montones de puestos de trabajo sino con la belleza y grandiosidad que caracterizaba a las míticas portadas de la revista y que desemboca en la escueta pero mesiánica aparición de Sean Penn interpretando al esquivo fotógrafo O’Conell.
A veces divertida, a veces emotiva, a veces exagerada, siempre majestuosa. Stiller se doctora, definitivamente, como uno de los grandes directores de este todavía imberbe siglo XXI.

Habrá que estar bien atentos a su siguiente paso.