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domingo, 10 de diciembre de 2017

EL GRAN DESMADRE: de todo menos desmadrada

El gran desmadre (Malas madres 2) es el creativo título que han puesto en España a A bad moms Christmas, continuación de aquella comedia justita sobre tres amigas que se rebelaban contra las convicciones de ser madre. Otra pretendida comedia gamberra que al final resulta ser muy blandita y edulcorada.
Esta secuela, no solo sigue el mismo camino, sino que lo empeora, mostrando una falta de ideas terrible y resultando tan previsible como facilona. Trasladando la acción a Navidad, ya desde el comienzo aspira a presentar sus credenciales con el recurso que tan bien funcionaba en Resacón en Las Vegas, es decir, mostrar una situación desastrosa y hacer marcha atrás para explicar cómo se ha llegado hasta allí. Claro que en esta ocasión, la situación desastrosa es algo tan liviano como un árbol de Navidad volcado y cuatro adornos esparcidos por el suelo.
Englobada dentro de la categoría de comedia navideña, de esas que sabes que al final va a terminar con toda la familia reunida alrededor de una mesa en paz y armonía, la película repite la excusa del conflicto con la otra apuesta de la temporada: Dos padres por desigual. Como en aquella, también ahora el problema asciende generacionalmente, limitándose a cambiar el sexo de los protagonistas. Si allí los copadres tenían que soportar la intromisión de los abuelos, aquí el grupito de mamás amigas se deben enfrentar a sus respectivas madres. Y, como en aquella, lo mejor cabe encontrarlo en la aportación de estas abuelas, nombres ilustres que aportan algo de calidad al invento, como es el caso de una Susan Sarandon ácida y divertida.
Poco más se puede rascar de esta comedia que a la que uno sigue buscando ese gran desmadre que promete el título y que nunca llega, donde los chistes son rutinarios y poco inspirados y, por más que logre arrancar alguna sonrisa, nunca llega a poder ser considerada una buena comedia.
Previsible, insustancial y rutinaria.

Valoración: Cuatro sobre diez.

lunes, 24 de octubre de 2016

CAPTAIN FANTASTIC: Viggo, el padre del año.

El debut como director del actor Matt Ross no podría ser más prometedor, planteando una utopía familiar donde el padre de una manada de niños los aleja de la sociedad y enseña a vivir lejos de los prejuicios y la corrupción de la vida moderna en la profundidad de los bosques de noroeste americano. Casi una suerte de Robinsones Crusoes en tierra firme.
No vamos ahora a descubrir el gran talento de Viggo Mortensen, acostumbrado a elegir papeles arriesgados y comprometidos bastante alejados del Aragorn del Señor de los Anillos que le dio la fama, pero aun así sigue sorprendiendo comprobar la fuerza interpretativa y el carácter de un actor capaz de soportar sobre sus espaldas el peso de toda la película y salir casi siempre airoso del esfuerzo. En Captain Fantastic es el cabeza de familia que debe liderar a sus hijos tras la muerte de la madre, enfrentándolos (y enfrentándose él mismo) al resto del mundo, familia incluida.
Tiene la película un mensaje adoctrinador que se sostiene gracias al buen trabajo del director, que alterna con sabiduría pinceladas de humor con situaciones bastante dramáticas, y a su trabajo con las criaturas. Resultaría fácil pensar a priori que con tanto niño por ahí suelto alguno terminaría por resultar empalagoso o irritante, pero lo cierto es que aun dotándolos de personalidades bien diferentes el conjunto es perfecto y equilibrado.
Me surge la duda de si Ross ha flojeado en cuanto a su idealización del sueño de un padre por tener unos hijos con libertad intelectual y de pensamiento o si es un ejercicio intencionado en busca del debata y de dotar de pies de barro a este héroe contracorriente cuando la doctrina libertaria que ofrece a los niños se contradice con los métodos dictatoriales que él mismo emplea con ellos, obligándolos a seguirle como ovejas de un rebaño. Una paradoja que demuestra, quizá, que no existe un mundo perfecto por más que uno mismo se encargue de construirlo.
Hay alguna laguna en la historia, desde luego, como la inverosimilitud de que el hombre sea tan experto en todos los temas académicos como para ser capaz de enseñar por sí mismo a sus hijos desde literatura hasta física o historia, pero son pequeñas licencias que se deben perdonar a una historia tierna y amable que invita a reflexionar sobre el mundo en el que vivimos y conmueve con el mantenimiento de la ingenuidad en los chavales protegidos del consumismo desmedido de una sociedad a la que no han pertenecido nunca.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 3 de agosto de 2016

MALAS MADRES: una nueva muestra del gamberrismo más mojigato.

Malas Madres es la nueva película del dúo formado por Jon Lucas y Scott Moore, que debutaron con la insuficiente Noche de marcha pero que serán siempre recordador por haber escrito aquella gamberrada tan aplaudida que fue Resacón en Las Vegas, aunque en honor a la verdad no han vuelto a hacer nada memorable desde entonces.
Muy por debajo de la película que consagró a Bradley Cooper, Malas Madres sigue la estela de la clásica comedia americana llena de gamberradas y chistes de mal gusto pero que, en el fondo, esconde un mensaje edulcorado y bienintencionado. Esa falta de mensaje es lo que distinguía a Resacón en Las Vegas, que junto a una narrativa bastante original prometía diversión y solo diversión (sí, podía verse oculto un canto a la amistad pero…). En ese sentido, Malas Madres se encuentra en el lado opuesto, y por mucho que su punto de partida (tres madres que renuncian al compromiso de actuar con la impecable responsabilidad que se les supone) promueva la libertad y la felicidad que puede conseguirse con solo dar un portazo en las narices a los maridos y los hijos, la conclusión final es justo lo contrario, y junto al tufillo exageradamente feminista que desprende el film la conclusión final es que la maternidad es lo más bonito del mundo, que no hay nada como los hijos y que cualquier sacrificio es poco. Y que no existen, en realidad, las malas madres. Solo las malas expectativas.
Desconozco que le está pasando a la comedia actual que, pese a regar sus guiones con chistes obscenos y escatológicos, terminan resultando más moralistas que un telefilm de Disney (recuerden el reciente caso de Hermanísimas), como si la mala baba que se gastaban los Reitman, Landis y compañía y que solo lograron rozar en sus primeros films Judd Apatow o los hermanos Farrelly se hubiese agotado ya. O quizá es producto de una nueva corriente de puritanismo y conservadorismo en la sociedad americana. El caso es que lo que se promete como una gamberrada rompedora y desafiante termina siendo una comedia blandita y moralizadora, casi panfletaria. Y si no, atentos a las escenas que acompañan a los títulos de crédito finales.
Con todo, la peli cuenta con un reparto femenino bastante apañado, encabezado por una Mila Kunis que después de su descalabro con El destino de Júpiter ha demostrado sentirse más cómoda en la comedia que en cualquier otro campo. A su lado están nombres como Kathlyn Hahn, Kristen Bell, Christina Applegate o Annie Mumolo, todas unas expertas en estos inventos. La guerra de sexos habitual ha sido sustituida aquí por una guerra de lobas (también con final feliz, no vaya a ser que alguien se nos ofenda), y el desmadre viene de la mano de tres improbables amigas que amenazan con romper (por poco tiempo) con las reglas de la sociedad.
La película es divertida, no lo voy a negar, y los personajes logran que empatices con ellos, mostrando un variado repertorio de filias y fobias (algunos rozando el tópico más clasicista), pero ese regusto a mensaje buenrollero impide disfrutar del todo del show, casi como si a uno le obligaran a quedarse a barrer y limpiar después de la fiesta.
La vida se ha edulcorado, y aunque aquí encontremos malas madres, malos hijos, malas esposas, malos maridos y malos profesores, la irreductible unión fraternal entre las bunas amigas (¿qué importa que nos acabemos de conocer?, que diría Sabina) podrá con todo.
Comedia de carcajadas contadas y sonrisa estable, algo más simpática que la media habitual pero muy poca cosa para ser obra de quien es. Y es que la sombra del Resacón es alargada…

Valoración: Seis sobre diez.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

LA VISITA (7d10)

Había mucha expectativa por ver el nuevo trabajo de M. Night Shyamalan como escritor y director después de sus últimos descalabros. Algunos lo esperaban con los cuchillos afilados dispuestos a darle la puntilla final mientras otros, entre los que me incluyo, manteníamos la esperanza de que la recuperación del indio fuese cuestión de tiempo.
Tras un debut en cine insuperable con El sexto sentido y continuar con dos títulos tan brillantes como fueron El protegido y Señales, la carrera de Shyamalan empezó a torcerse cuando la crítica despreció La joven del agua y el público El bosque, siendo El incidente la primera muestra del agotamiento de la creatividad del autor y Airbander (inicio de una frustrada saga) y sobretodo la insultante After Earth las que demostraron que los buenos tiempos del otrora idolatrado Shyamalan habían quedado atrás.
La visita es, posiblemente, de las últimas oportunidades que va a tener de revitalizar su carrera, y consciente de lo que hay en juego Shyamalan ha apostado por lo seguro, regresando a las historias sencillas y de giros argumentales sorprendentes que tan bien le habían funcionado antes de pretender embarcarse en grandes superproducciones en las que el exceso de efectos especiales y la presión de los estudios marcarán en exceso su trabajo.
Además, Shyamalan ha apostado por el estilo narrativo del found footage, decisión tan discutible como posiblemente necesaria, y un reparto poco conocido que le han permitido hacer una película pequeñita, de tan escaso presupuesto que era difícil un nuevo descalabro económico (tanto es así que en una semana ya ha recaudado el quíntuple de lo que costó).
La visita cuenta la historia de dos hermanos, versión moderna de Hansel y Gretel a la que no le faltan las constantes alusiones gastronómicas) que van a pasar una semana en casa de sus abuelos, a los que ni siquiera conocían debido a un conflicto familiar del pasado. Becca, la hermana mayor, aprovechará la estancia en la granja de los adorables ancianos para realizar un documental sobre su familia, la excusa necesaria para el mencionado found footage. Como sucedía en los buenos tiempos de Shyamalan, del resto mejor no contar nada.
Los seguidores de este Blog ya tendréis una idea aproximada de lo que opino sobre este insoportable y en ocasiones hasta molesto sistema de filmación, de las que salvo la aterradora REC y poco más, pero en esta ocasión Shyamalan demuestra que cuando se lo propone es un brillante realizados siendo capaz de revitalizar un género ya caduco y consiguiendo que el empleo de la cámara en mano sea un recurso narrativo (la primera persona permite identificar y empatizar a la perfección con los niños protagonistas) más que un simple truco para ocultar las carencias de un director y disimular los recortes presupuestarios mediante planos atropellados y mareantes en los que apenas se sabe lo que sucede en pantalla. Shyamalan, en cambio, huye de esos convencionalismos, abusando (para bien del espectador) del empleo del trípode o dejando simplemente la cámara apoyada sobre alguna estantería, e incluso se las ingenia para que el otro hermano consiga su propia cámara y juega a realizar planos/contraplanos y otros trucos visuales.
Producida bajo el amparo de Blumhouse, productora experta en eso de cosechar éxitos con cuatro duros, Shyamalan incorpora un macabro humor a su historia, permitiéndole burlarse de los tópicos del género y ayudándole a construir una insana sensación de desasosiego de forma lenta pero acertada hasta llegar a un final coherente, que no toma por estúpido al espectador como otros títulos de la compañía. Cierto es que algunas situaciones son algo forzadas (aún no tengo claro si en esa granja hay Internet o no) y algunas de las sorpresas se ven venir de antemano, más si uno es conocedor de la obra del autor (recuperas aquí algunos de los trucos empleados en El sexto sentido y Señales, por ejemplo), pero la ejecución es tan correcta que es fácilmente perdonable.
He comentado ya que el casting está compuesto por actores desconocidos, pero como ya demostrara en las mencionadas Señales y, sobretodo, El sexto sentido, Shyamalan tiene un buen ojo para los niños. Olivia DeJonge y Ed Oxenbould, que interpretan a los hermanos Becca y Tyler, están impecables, sabiendo mantenerse en la peligrosa línea entre el descaro juvenil y la insoportabilidad, sabiendo mantener el perfecto equilibrio y mostrando una personalidad propia de las edades que se les supone pero sin llegar a resultar cargante. Especialmente destacable es el caso de DeJonge, que con sus diecisiete años es capaz de aguantar sin problemas largos primeros planos transmitiendo sus sensaciones y sentimientos sólo con gestos y miradas, aunque las largas parrafada en forma de hip hop improvisado de Oxenbould (este puede sonaros algo de aquel rollazo llamado Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso) tampoco son para desmerecerlo.
Una sola película es poca cosa como para asegurar que hemos recuperado al mejor Shyamalan, pero comprobar que es capaz de hacer un found footage que está años luz por encima de lo que suelen ofrecer estas propuestas es desde luego un alivio. Queda la duda de saber qué habría hecho con esta historia y estos actores de haberse tratado de un film convencional, pero es posible que las imposiciones recaudatorias nos la hubiesen estropeado, así que mejor perdonarle las maneras y quedarnos con los modos, como esos planos casi fotográficos de los árboles al atardecer o los elementos más rutinarios de la vida rural.

viernes, 28 de agosto de 2015

LÍO EN BROADWAY * (7d10)

Por fin he conseguido ver esta película a la que le tenía muchas ganas desde su estreno y por la que he tenido que recurrir a métodos “poco convencionales”. O quizá debería reconocer que hoy en día, por desgracia, esto es lo convencional e ir al cine es lo raro para muchos.
Escrita y dirigida por Peter Bogdanovich (realizador, entre otras, de ¿Qué me pasa, doctor? O Luna de papel) la película es una muestra más de esta corriente tan de moda últimamente de reflejar las interioridades del mundillo teatral neoyorquino. Pero mientras Birdman, La sombra del actor o (a más distancia) Viaje a Sils Marie tenían una mirada crítica, Lío en Broadway apuesta abiertamente por la comedia al más puro estilo vodevil, con personajes que entran y salen constantemente de plano, puertas que se abren y los clásicos (y en ocasiones exageradamente forzados) enredos y malentendidos. Eso sin renunciar a algunos elementos de las películas citadas anteriormente como la dualidad entre cine y teatro o la mención satírica a la mal llamada burbuja del cine de superhéroes.
Arnold Albertson es un director teatral a dos meses de estrenar su última obra que tiene una peculiar obsesión: quedar con prostitutas jóvenes y ofrecerle generosas cantidades de dinero para ayudarles a dejar el oficio y empezar una nueva vida. Como no puede ser de otra manera, todo se complicará cuando la última chica alegre a la que ayuda termine siendo seleccionada como protagonista de su obra, en la que también interviene su propia esposa.
No tan similar como se podría creer a su otra película sobre el tema, ¡Qué ruina de función!, Lío en Broadway (como debió pensar la distribuidora cuando destacó al barrio neoyorquino en la traducción del título, cuyo original es algo así como Ella es graciosa, o algo parecido) bebe directamente del estilo de Woody Allen, siendo un fiel reflejo de las neuras y tics del genial autor de Manhattan y cuya mayor evidencia se encuentra en la forma de narrar la película, mediante una serie de flashbacks conducidos por la protagonista a lo largo de lo que parece ser una especie de entrevista (Allen habría utilizado un psicoanalista, probablemente, pero es que aquí la psicoanalista que aparece forma parte del meollo de la historia). 
En este sentido, cabe destacar el buen hacer de Imogen Poots, una cara bonita con algún papel interesante en su carrera como el de Mejor otro día junto a otros de puro adorno como Need for speed, a la que no creía capaz de sostener por sí sola una película, proeza de la que sale airosa en este film en el que debe lidiar con muchos primeros planos conformados simplemente por su cara y sus frases.
A su alrededor se encuentra Owen Wilson (al que más le valdría limitarse a hacer comedias serias como esta o, precisamente, el Midnight in Paris de Allen, en lugar de sus típicas payasadas de brocha gorda), Rhys Ifans, Will Forte, Jennifer Aniston, Debi Mazar y Kathryn Hahn, además de los veteranos Austin Pendleton y Graydon Carter y las colaboraciones de Richard Lewis y Cybill Shepherd. Bueno, y con una sorpresa final que no voy a desvelar.
 Lio en Broadway es una divertida pieza a la que hay que perdonarle los continuos actos de fe a los que obliga al espectador (demasiadas casualidades pueden llegar a sacarte un poco de la historia), muy disfrutable que sabe esquivar con su acertado ritmo las limitaciones de algunos personajes algo caricaturescos.

sábado, 30 de mayo de 2015

TOMORROWLAND (8d10)

Decía Christopher Nolan cuando presentó Interstellar que quería rendir un homenaje a los soñadores espaciales, hablar sobre esa época en la que la gente miraba hacia las estrellas en lugar de hacia la tierra. Para ello, imaginó una fábula oscura y casi apocalíptica, con un planeta muriéndose y el espacio (con imposibles teorías cuánticas de por medio) como única esperanza.
Algo parecido quiere contar la película de Brad Bird, en un claro homenaje a esa época que Nolan añoraba donde ser astronauta era el sueño de todo niño y era factible que todo era posible en esta vida. Pero para ello Bird, mucho más optimista y colorido que su colega, prefiere empezar mirando al pasado, viajando precisamente a esa época dorada no sólo de la carrera espacial sino de los avances técnicos en general. Un viaje al pasado tanto argumental como estilístico (algo así había ya en su versión animada de los superhéroes en esa maravillosa película que es Los Increíbles), concibiendo una película que, toda ella, supone un homenaje a la magia que imperaba el cine de finales de los ochenta. Tanto es así, que toda la primera hora inicial desprende un aroma nostálgico que recuerda al mejor Spielberg, desde la mirada de fascinada inocencia que aporta el personaje de Frank Walker en su versión infantil como el regusto de aventura juvenil (nada que ver con el pretensioso y trágico trascendentalismo habitual en las sagas modernas tipo Los Juegos del hambre y demás) que supone la presentación de Casey. Es por eso que Tomorrowland, con sus excesos digitales y su gran despliegue tecnológico, esconde en su fondo un homenaje a clásicos como E.T., los Goonies o Regreso al futuro (en todas ellas estaba la mano de Spielberg, de una manera u otra), con lo que el visionado de esta Tomorrowland podría completarse en una magnífica sesión doble con la recuperación de Super8, de J.J.Abrams, que pretendía jugar, a su manera, a lo mismo. Incluso comparten ambas al mismo compositor musical, el gran Michael Giacchino que se rebela de nuevo como el más avanzado sucesor de John Williams.
Dice por ahí que la película no está arrasando en taquilla y que ya la califican como la “nueva John Carter” de Disney. Y con todo el pesar de mi corazón debo añadir que no me sorprende en absoluto. Y es que el espectador actual, tal y como la sociedad a la que la película acusa, está demasiado acostumbrada a la oscuridad como para aceptar un poco de luz. O quizá hayan olvidado incluso esa época (liderada por la propia Disney) donde era posible hacer un cine de entretenimiento sin realizar, necesariamente, un aparatoso y monumental blockbuster. Y es que no creo que Tomorrowland haya sido concebida para batirse en duelo con títulos como Los Vengadores, Mad Max o la inminente Jurassic Word (hombre, hacer dinero sí que quieren, claro, que son la Disney), sino más bien para hacer pasar un delicioso rato en familia con un puntito de mensaje de fondo. Una de las muchas y entretenidas superproducciones Disney alejadas de las franquicias Marvel o Star Wars, como fuera en su  momento (hasta que la convirtieron en saga y la estropearon) Piratas del Caribe. Nada más ni nada menos.
Tomorrowland cuenta la historia de un grupo de genios que un buen día decidió unirse para crear un mundo mágico, un prodigio tecnológico, una ciudad del futuro ubicada en una dimensión paralela que representara el resurgir de una nueva civilización. Hasta que un día Frank, uno de sus miembros más jóvenes, inventa algo que pondrá en peligro el futuro de todo.
Por otro lado, la joven y soñadora Casey, defensora de causas perdidas como la demolición de una planta de lanzamiento espacial de la NASA en Cabo Cañaveral, recibe un misterioso pin que, a su contacto, la transporta a ese misterioso y mágico lugar.
De personalidades opuestas (aparentemente) pero condenados a entenderse, Frank y Casey deberán formar equipo para cambiar el desolador futuro de la humanidad.
Con una sorprendente química entre George Clooney y Britt Anderson (pese a la diferencia generacional) y la tremenda revelación que supone el descubrimiento de la hipnótica Raffey Cassidy interpretando a un personaje que supone el nexo de unión entre ambos mundos, Bird (en colaboración con Damon Lindelof, uno de los guionistas bandera de Perdidos que firma la historia junto al propio director) propone una fábula futurista (supuestamente ambientada en la atracción homónima de los parques Disneyland, aunque apenas toma de ella el nombre y el concepto básico) con tintes pre apocalípticos, con la sana intención de advertir a la sociedad de los peligros de no rebelarnos contra nuestro propio futuro aciago y limitarse a esperar de brazos cruzados a que todo llegue al final. Con un planeta destinado a la oscuridad, Bird se refugia en la luz y el color para ofrecer un mensaje optimista a todo aquel que quiera escucharlo, aprovechando la ocasión para aderezarlo con trepidantes persecuciones, peleas frenéticas y constantes cambios de ritmo cual si de una montaña rusa se tratase hasta desembocar a la sorprendente revelación final, cargada de una profundidad poco dada en productos que podrían ser tildados a simple vista como puramente palomiteros.
No todo es perfecto en este mundo del mañana, pues la magia a la que me refería al principio se va desinflando a medida que avanza el metraje y se torna rutinaria en su acto final, en un desenlace demasiado atado a los convencionalismos del cine de acción que poco (aparte de una significativa escena “de lagrimita”) aportan al mensaje final. Con un agotador derroche de efectos visuales que, por exigencias argumentales, van también de más a menos en la película, la sensación al salir de la sala puede ser un poco descompensada, culpa de poner toda la carne en el asador en unos sesenta minutos iniciales completamente geniales que eclipsan al resto del film, provocando que incluso la supuesta importancia del papel de Robertson se nos quede algo desdibujada.
Pese a ello, la experiencia ha sido plenamente satisfactoria, y sólo la posibilidad de imaginar un futuro como el de Tomorrowland ya invita a creer de nuevo en la magia de que todo es posible. Rodada (e inspirada) en la Ciudad de las Artes y la Ciencia de Valencia, Tomorrowland es todo lo que una película apocalíptica actual no es. Y quizá por ello no es entendida por mucha gente, que echa en falta las muertes, los desastres o incluso los zombies. A todos ellos les digo que no se preocupen. En unas semanas llegará a las carteleras Sant Andreas y el mundo volverá a irse al carajo como la mayoría desea, con terremotos y destrucción. Yo, por mi parte, me he cansado un poco de tanta oscuridad amarga y prefiero disfrutar de un futuro como el de Tomorrowland.
¡Qué le voy a hacer si viví los ochenta…!


sábado, 28 de diciembre de 2013

LA VIDA SECRETA DE WALTER MITTY (7d10)

Ben Stiller es un tipo curioso, un cómico de toda la vida que un buen día decidió pasarse periódicamente al otro lado de las cámaras y que, como le sucediera a su tocayo Affleck, conseguiría así sus mejores trabajos. Alabado por la crítica por Zoolander y por el público por Tropic thunder, era difícil a priori saber qué esperar de su tercera película en la que, además, abordaba un argumento a priori más serio y trascendental que en sus dos primeras obras: la búsqueda de la libertad. Pero no en un sentido literal, no. La libertad del alma, de la mente. Del espíritu.
Basada en un relato corto de James Thurber, que ya pasó a la pantalla grande en 1947 con Danny Kaye, Virginia Mayo y Boris Karloff como protagonistas, y adaptada en esta ocasión por Steve Conrad, experto en esto del trascendentalismo ya que es el firmante de En busca de la felicidad y el hombre del tiempo, la vida secreta de Walter Mitty explica como en plena transición de la revista Life del formato impreso al digital (con los consiguientes recortes de personal) Walter Mitty, dedicado durante 16 años a la recepción y procesamiento de negativos fotográficos con encuentra una pieza concreta del último envío de Sean O’Conell, fotógrafo estrella, la que se supone es su mejor trabajo y debe ser utilizada como portada del último ejemplar en papel ya que capta a la perfección la quintaesencia de la publicación.
Pero este no es el único problema de Walter. Por un lado, está enamorado hasta las trancas de una compañera de la oficina con la que no ha reunido nunca el valor suficiente para un simple Hola, mientras que por otro tiende a “evadirse”, a vivir fantasías en su imaginación que le permitan hacer lo que no es capaz de conseguir en la realidad.
Ahora, llega el momento en que debe decidir si luchar por aquello en lo que cree (el amor de su vida y recuperar el valioso negativo) o conformarse con vivir dentro de su imaginación.
Bajo esta premisa Stiller –total foco de atención de la película- realiza una propuesta interesante que invita al optimismo y manda un contundente mensaje muy acorde con estas fechas navideñas para no rendirse nunca y seguir luchando hasta el final. La lástima es que la fuerza que contiene el mensaje no es acorde con la fuerza de su guion, que comienza a desinflarse a mitad de la película, justo cuando los paralelismos entre las “dos vidas” de Walter empiezan a desaparecer y la realidad se descontrola hasta perder credibilidad.
No obstante, Stiller no se conforma con ser un narrador de buenas nuevas, sino que insiste en ser el protagonista de la cinta desde ambos lados de las cámaras, erigiéndose como un director prodigioso y componiendo una película cuya fuerza visual es tan arrebatadora que cabe perdonarle la flojera final del señor Conrad (que tampoco me gustó en los dos guiones ya mencionados). Acompañada por una banda sonora perfecta, la fotografía del film es hermosa e impactante, con contrastes de colores imposibles que iluminan esta historia de superación personal con una metáfora sobre la perdida de la inocencia y los valores de fondo en referencia a la invasión del mundo digital, arrasando no solo con montones de puestos de trabajo sino con la belleza y grandiosidad que caracterizaba a las míticas portadas de la revista y que desemboca en la escueta pero mesiánica aparición de Sean Penn interpretando al esquivo fotógrafo O’Conell.
A veces divertida, a veces emotiva, a veces exagerada, siempre majestuosa. Stiller se doctora, definitivamente, como uno de los grandes directores de este todavía imberbe siglo XXI.

Habrá que estar bien atentos a su siguiente paso.