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lunes, 10 de octubre de 2016

Sitges 2016: SAFE NEIGHBORHOOD

Segunda película de Chris Peckover como director, Safe Neighborhood es una película que arranca rindiendo homenaje al cine familiar de los ochenta, con Solo en casa como principal fuente de inspiración (y por extensión, cualquier comedia de Chris Columbus
o John Hughes), aunque también con sutiles toques de Carpenter por ahí sembrados.
Luke es un chavalín que, con ayuda de su mejor amigo, orquesta una treta para tratar de seducir a su joven canguro una noche en la que los padres salen a cenar fuera de casa. Premisa sencilla y simpática en la que Levi Miller (el Peter de la innecesaria Pan) lleva la voz cantante junto a Olivia DeJonge y Ed Oxenbould, quienes ya trabajaran juntos haciendo de hermanos en La Visita, aquella interesante propuesta de M. Night Shyamalan) y a los que hay que añadir, como no podía ser menos, dos veteranas caras reconocibles como Virginia Madsen y Patrick Warburton. Hasta aquí todo bien, pero entonces uno recuerda que estamos en el festival de Sitges y que las cosas no son lo que parecen, y rápidamente los torpes flirteos infantiles son interrumpidos por un intruso que acecha la casa, girando las cosas hacia el “serial killer” de turno.
Pero ni siquiera este es el giro final, encontrándonos de repente en una película de “home invasion” en toda regla pero con mucho sentido del humor, muy gamberra y con continuas sorpresas.
Algo tiene que recuerda ligeramente al Know know de Eli Roth, sustituyendo la trama sexual por la ingenuidad infantil, pero Peckover, pese a su falta de experiencia, parece dominar mucho mejor los diálogos y las situaciones límites que su colega Roth, consiguiendo una pieza bastante redonda, que aun sin ser original en casi nada logra sorprender con lo bien colocados que están los giros argumentales, consiguiendo estremecer y divertir a la vez y con un trio protagonista que, pese a lo joven que es, cumplen a gran nivel.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

LA VISITA (7d10)

Había mucha expectativa por ver el nuevo trabajo de M. Night Shyamalan como escritor y director después de sus últimos descalabros. Algunos lo esperaban con los cuchillos afilados dispuestos a darle la puntilla final mientras otros, entre los que me incluyo, manteníamos la esperanza de que la recuperación del indio fuese cuestión de tiempo.
Tras un debut en cine insuperable con El sexto sentido y continuar con dos títulos tan brillantes como fueron El protegido y Señales, la carrera de Shyamalan empezó a torcerse cuando la crítica despreció La joven del agua y el público El bosque, siendo El incidente la primera muestra del agotamiento de la creatividad del autor y Airbander (inicio de una frustrada saga) y sobretodo la insultante After Earth las que demostraron que los buenos tiempos del otrora idolatrado Shyamalan habían quedado atrás.
La visita es, posiblemente, de las últimas oportunidades que va a tener de revitalizar su carrera, y consciente de lo que hay en juego Shyamalan ha apostado por lo seguro, regresando a las historias sencillas y de giros argumentales sorprendentes que tan bien le habían funcionado antes de pretender embarcarse en grandes superproducciones en las que el exceso de efectos especiales y la presión de los estudios marcarán en exceso su trabajo.
Además, Shyamalan ha apostado por el estilo narrativo del found footage, decisión tan discutible como posiblemente necesaria, y un reparto poco conocido que le han permitido hacer una película pequeñita, de tan escaso presupuesto que era difícil un nuevo descalabro económico (tanto es así que en una semana ya ha recaudado el quíntuple de lo que costó).
La visita cuenta la historia de dos hermanos, versión moderna de Hansel y Gretel a la que no le faltan las constantes alusiones gastronómicas) que van a pasar una semana en casa de sus abuelos, a los que ni siquiera conocían debido a un conflicto familiar del pasado. Becca, la hermana mayor, aprovechará la estancia en la granja de los adorables ancianos para realizar un documental sobre su familia, la excusa necesaria para el mencionado found footage. Como sucedía en los buenos tiempos de Shyamalan, del resto mejor no contar nada.
Los seguidores de este Blog ya tendréis una idea aproximada de lo que opino sobre este insoportable y en ocasiones hasta molesto sistema de filmación, de las que salvo la aterradora REC y poco más, pero en esta ocasión Shyamalan demuestra que cuando se lo propone es un brillante realizados siendo capaz de revitalizar un género ya caduco y consiguiendo que el empleo de la cámara en mano sea un recurso narrativo (la primera persona permite identificar y empatizar a la perfección con los niños protagonistas) más que un simple truco para ocultar las carencias de un director y disimular los recortes presupuestarios mediante planos atropellados y mareantes en los que apenas se sabe lo que sucede en pantalla. Shyamalan, en cambio, huye de esos convencionalismos, abusando (para bien del espectador) del empleo del trípode o dejando simplemente la cámara apoyada sobre alguna estantería, e incluso se las ingenia para que el otro hermano consiga su propia cámara y juega a realizar planos/contraplanos y otros trucos visuales.
Producida bajo el amparo de Blumhouse, productora experta en eso de cosechar éxitos con cuatro duros, Shyamalan incorpora un macabro humor a su historia, permitiéndole burlarse de los tópicos del género y ayudándole a construir una insana sensación de desasosiego de forma lenta pero acertada hasta llegar a un final coherente, que no toma por estúpido al espectador como otros títulos de la compañía. Cierto es que algunas situaciones son algo forzadas (aún no tengo claro si en esa granja hay Internet o no) y algunas de las sorpresas se ven venir de antemano, más si uno es conocedor de la obra del autor (recuperas aquí algunos de los trucos empleados en El sexto sentido y Señales, por ejemplo), pero la ejecución es tan correcta que es fácilmente perdonable.
He comentado ya que el casting está compuesto por actores desconocidos, pero como ya demostrara en las mencionadas Señales y, sobretodo, El sexto sentido, Shyamalan tiene un buen ojo para los niños. Olivia DeJonge y Ed Oxenbould, que interpretan a los hermanos Becca y Tyler, están impecables, sabiendo mantenerse en la peligrosa línea entre el descaro juvenil y la insoportabilidad, sabiendo mantener el perfecto equilibrio y mostrando una personalidad propia de las edades que se les supone pero sin llegar a resultar cargante. Especialmente destacable es el caso de DeJonge, que con sus diecisiete años es capaz de aguantar sin problemas largos primeros planos transmitiendo sus sensaciones y sentimientos sólo con gestos y miradas, aunque las largas parrafada en forma de hip hop improvisado de Oxenbould (este puede sonaros algo de aquel rollazo llamado Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso) tampoco son para desmerecerlo.
Una sola película es poca cosa como para asegurar que hemos recuperado al mejor Shyamalan, pero comprobar que es capaz de hacer un found footage que está años luz por encima de lo que suelen ofrecer estas propuestas es desde luego un alivio. Queda la duda de saber qué habría hecho con esta historia y estos actores de haberse tratado de un film convencional, pero es posible que las imposiciones recaudatorias nos la hubiesen estropeado, así que mejor perdonarle las maneras y quedarnos con los modos, como esos planos casi fotográficos de los árboles al atardecer o los elementos más rutinarios de la vida rural.

sábado, 8 de noviembre de 2014

ALEXANDER Y EL DÍA TERRIBLE, HORRIBLE, ESPANTOSO, HORROROSO (3d10)

Terrible, horrible, espantoso y casi hasta horroroso es soportar esta película cuyos escasos ochenta minutos de duración se hacen eternos y tediosos, no sólo para mi sino también para la mayoría de niños a los que oía murmurar en la sala.
Vale que se trata de una película Disney (lo que no nos dicen es que estaba pensada para el Canal Disney y que en el último momento la decidieron estrenar en cines para ver si colaba) y destinada a un público infantil, pero la presencia de sus dos actores protagonistas, Jennifer Garner y, sobre todo, Steve Carell (que no es un actor al que admire demasiado por sus aportaciones al mundo del cine pero sí que soy muy fan de su papel en The Office), invitaba a pensar que se trataría, al menos, de una comedieta que, si bien trivial y previsible, sería al menos entretenida y con algún chiste que mereciera la pena.
Pero no, todo es tan estúpidamente infantil, tan absurdamente televisivo que ni las situaciones hacen gracia ni la resolución es apropiada.
La trama parte de un niño coñazo que se piensa el ombligo del mundo y que cree que todo le sale mal cuando está rodeado por unos padres y dos hermanos triunfadores y que, en la estela de títulos como Big o Mentiroso Compulsivo, aprovecha el día de su cumpleaños para pedir un deseo y cambiar las cosas. Al día siguiente, él será el que triunfe y el resto de la familia los que se verán abocados al desastre, si en ningún momento se entienda si es causa del azar o si hay algún elemento fantasioso en todo esto, porque cuando se aburren de tanta tontería la tortilla cambia sin más y sanseacabó.
El problema no es tanto en el contenido como en la forma. No encuentro nada divertido ver a cuatro personas sufriendo todo tipo de accidentes desafortunados que se van a terminar arreglando con una facilidad pasmosa, de manera que ni el conflicto es divertido ni lleva a ningún camino, pues si se debe encontrar alguna moraleja para instruir a los más pequeños yo no la he sabido ver.
Tonta, simple y edulcorada en exceso, es un film totalmente prescindible y rápidamente olvidable. Independientemente de la edad.