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miércoles, 16 de enero de 2019

EL VICIO DEL PODER

Después de dejar atrás un currículo plagado de comedias tontas, con La gran apuesta Adam Mckay se ganó el derecho de ser considerado un autor serio y políticamente comprometido. Esa podría ser una buena definición de su siguiente película, El vicio del poder, una sátira sobre los tejemanejes de Dick Cheney desde que es un simple becario en la era Nixon hasta llegar a ser el amo del cotarro como vicepresidente de George Bush Jr. 
Para ello, McKay juega a mezclar el batiburrillo de estilos narrativos que hicieran grande a El lobo de Wall Street de Scorsese (hay mucho de Scorsese en la película) con la crítica política antirrepublicana de Michael Moore. Incluso repite trucos que él mismo había inventado para tratar de hacer comprensible la reciente crisis económica en La gran apuesta, con personajes hablando directamente a cámara y metáforas visuales acompañando a la historia (en esta ocasión, una pila formada por tazas de café en precario equilibrio). Sin embargo, la principal diferencia entre ambas películas es su sentido del humor. Pese a tratar temas tan dramáticos como el 11S o la Guerra de Irak, McKay se las apaña para construir unos personajes que rozan la caricatura sin llegar nunca a traspasar la línea de la verosimilitud y compone, a base de resaltar la parte más terriblemente surrealista de la propia realidad, una comedia que, sin ser tan disparatada como ojos ejemplos de historias reales como la que se narraba en Dolor y dinero, de Michael Bay, o la ya mencionada El lobo de Wall Street, suponen un alivio muy refrescante anta la gran cantidad de datos y referentes políticos que ofrece, que pueden llegar a agotar (e incluso despistar) al espectador no estadounidense.
Con una caracterización impresionante y una gran labor actoral, los cuatro principales cómplices de Mckay (Christian Bale, Amy Adams, Steve Carrell y Sam Rockwell), junto a Brad Pitt como productor, ayudan al director (que también firma en solitario el guion) a narrar la descabellada ascensión al poder de Cheney, logrando incluso que empaticemos con personajes totalmente negativos sobre el papel y que lleguemos a sentir incluso cierta admiración. No es descabellado, de hecho, considerar que sus metas, por detestables que puedan llegar a ser, son a la vez muy meritorias.
El tono de la película viene marcado desde el primer momento, tanto con el propio título del film (un chista, el doble juego con la palabra Vice que se pierde en su traducción al español) como con el rótulo inicial advirtiendo que esto es una aproximación a la realidad, pese a lo hermético que ha sido siempre Cheney, por lo cual han tenido que “currárselo como cabrones”.
Más allá de la supuesta fidelidad ante los hechos reales descritos, no hay duda de que la película no puede considerarse imparcial, aprovechando la ocasión para dar un rapapolvo a la américa más republicana, ridiculizando a Bush hijo y convirtiendo a Cheney en un genio de la manipulación y un conspirador en las sombras. Pero esa imparcialidad la aborda McKay con un ejercicio de sinceridad tan brutal que no se puede más que perdonarlo por ello. Incluso cede al protagonista, en una entrevista final que recuerda ligeramente a la que cierra el film El reino, de Rodrigo Sorogoyen, la oportunidad de justificar sus actos mirando directamente a la cámara y dirigiéndose al propio espectador, al cual convierte en juez y parte de la historia.
Es, quizá, ese toque de árbitro moral, que se permite incluso burlarse del propio público al acusarlo de ponerse una venda en los ojos y mirar hacia otro lado más trivial en lugar de preocuparse por las cosas verdaderamente importantes, lo que más me chirría de la película, en un ejercicio de ligera soberbia por parte de McKay, creedor de tener en su poder la verdad absoluta.
Esta es, en definitiva, la primera gran película del año y una firme candidata a los Oscar del mes que viene, un ejercicio imprescindible para comprender el porqué de algunos acontecimientos de la historia más reciente, mínimamente manipuladora, que resulta tan educativa como divertida.
Es una gran película, señor McKay, desde luego. Pero decir esto no me impide decir también que espero con muchas ganas la nueva de Fast&Furious. Y quien se quede hasta la brillante escena postcréditos entenderá mis palabras.

Valoración: Ocho sobre diez.

jueves, 8 de marzo de 2018

LA ÚLTIMA BANDERA


El tema de los veteranos de guerra y su reinserción a la vida civil es un tema recurrente en Hollywood. Hace apenas un par de semanas Clint Eastwood lo trató en 15:17, tren a París sin demasiado acierto y esta vez ha sido el reputado Richard Linklater quien ha probado suerte.
Es curioso el caso del autor de Boyhood o de la trilogía de Antes de…, ya que cada una de sus películas difiere mucho de las otras, casi como si careciera de un estilo personal definido, sin embargo, casi siempre acierta en sus trabajos, consiguiendo películas, como poco, muy interesantes.
En La última bandera Linklater reúne a tres excombatientes que no se habían vuelto a ver desde Vietnam y a los que une un oscuro secreto. Los años han pasado, cambiando sus vidas y llevándolos por caminos bien dispares, pero cuando el hijo de uno de ellos muere en Iraq, los tres se reunirán de nuevo para acudir a su funeral.
A simple vista se podría intuir que estamos ante un dramón lacrimógeno, pero aunque Linklater se muestra muy crítico con su gobierno y totalmente reflexivo, la película está repleta de diálogos brillantes y de gran ironía que dotan al film de un humor mordaz y muy negro que, en boca de tres monstruos de la interpretación como son Steve Carell, Bryan Cranston y Laurence Fishburne logran componer una película maravillosa capaz de hacernos reír a la vez que nos retuerce el alma y nos deja con un mar cuerpo terrible.
Resulta casi redundante destacar que La última bandera se apoya mucho en sus actores, un trío en estado de gracia con un Branston desatado y un Carell cada vez más adaptado al cine “serio”, lejos de su faceta como comediante a la que nos tenía tan acostumbrados y de la que ya empezó a deshacerse en papeles como el de Foxcatcher. Entre los tres dan forma a una película melancólica y extrañamente triste que no llega a ser un panfleto de moralina antimilitar pero que expone con claridad sus dudas no solo sobre el sentido de la guerra sino también sobre el del propio honor. ¿Merece la pena mantener una mentira para salvaguardar el secreto de un supuesto héroe? Esto es algo que los tres compañeros de viaje deberán resolver mientras se enfrentan a sus propias diferencias y a un mundo que ha avanzado sin esperarlos.
Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 11 de noviembre de 2017

LA BATALLA DE LOS SEXOS, la dignidad en juego

Jonathan Dayton y Valerie Faris abandonan momentáneamente el cine más independiente para abordar la historia real del duelo tenístico entre Billie Jean King y Bobby Riggs en 1973 en una película bastante convencional y más amoldada a los estándares del Hollywood más conservador.
La batalla de los sexos narra los días previos al gran partido, cuando Billie Juean era la número uno del tenis femenino y estaba más preocupada en su cruzada por la igualdad de la mujer en el deporte que en su próximo partido. Por aquel entonces Bobby tenía ya 55 años y aunque había sido también una figura importante de la raqueta ahora se tenía que conformar con vivir de su adinerada esposa, ganarse unos dinerillos con ridículas exhibiciones donde destacaba su espíritu payaso y fingir que trataba de controlar su problema de ludopatía. En aquella época una tenista femenina, aun llenando las pistas igual que un hombre, ganaba una octava parte en premios que ellos, por lo que Billie jean decide retar a la federación y crear, con el apoyo de otras tenistas, su propia competición con premios más acordes a sus méritos. En este mar revuelto, Bobby ve la gran oportunidad para volver a los candeleros y desafía a cualquier mujer a un partido donde demostrar qué sexo es más fuerte.
Filmada en tono de comedia ligera, la película aprovecha este enfrentamiento entre un machista declarado cuyos mejores años quedaron en el pasado y una feminista en la cresta de la ola para hacer un retrato de la época en el que hablar no solo de la igualdad de sexos, sino también de la identidad sexual y el derecho al respeto.
Hay que reconocer que quizá Dayton y Faris pecan un poco de “buenismo” y edulcoran demasiado una historia donde todo el mundo termina cayendo bien, sin que ni siquiera el excesivo y machista Riggs resulte molesto ni haya daños morales alrededor de cierto triángulo amoroso que acompaña a la historia principal. Con todo, la película resulta altamente eficaz por ese humor ácido que permite que seamos aleccionados de una manera amena e incluso divertida sobre tan importante debate. Además, han sabido ser fieles a su estilo e incluso el duelo final, en vibrante partido de tenis, se muestra desde la distancia, sin lucimientos de cámara que finjan una falsa épica y haga que la dirección priorice sobre la interpretación.
Y así legamos al verdadero punto fuerte del film. La interpretación. Emma Stone y Steve Carell están soberbios. No es que sea nada fuera de lo normal, ya que ambos han demostrado en diversas ocasiones su gran solvencia, pero en este film ambos parecen en estado de gracia y son los grandes valedores de la historia, los que la manejan a su antojo y permiten que seamos capaces de comprender a unos personajes que en cualquier otro caso podrían resultar hasta odiosos. Stone y Carell lo dan todo y la película sabe rodearlos de tal modo que no sería de extrañar que alguno de ellos (sino los dos) estuviese presente en la próxima ceremonia de los Oscars.

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 30 de agosto de 2016

CAFÉ SOCIETY, pequeño gran Allen

El estreno de un Woody Allen siempre es una buena noticia para las carteleras, por más que su cine sea más apetecible con el dorado de las hojas del otoño que sufriendo el último empujón del calor veraniego, donde apetece más refrescarse al amparo de estupideces palomiteras de rápido olvido.
Café Society no está entre lo mejor de la filmografía del Sr. Allen, que en lo que llevamos de siglo solo ha hecho dos películas realmente memorables: Match point y Midnigth in Paris (Blue Jasmine no estaba nada mal, pero eso era más mérito de Cate Blanchett que de él), pero tampoco está entre lo peor. Se mueve más bien en un terreno intermedio, marcado por la comodidad, en la que el neoyorquino parece estancado desde hace muchos años.
Café Society, como la mayoría de sus títulos recientes se limita a realizar un copia y pega de sus tics más habituales, configurando una comedia triste donde la genialidad de los diálogos sólo asoma muy esporádicamente y en la que la cámara se mueve acompasadamente pero sin grandes virtuosismos. Eso sí, es la primera vez que Allen filma en digital y eso embellece la fotografía, sobretodo en la parte correspondiente al Hollywood clásico.
Leí una vez que muchos autores (el artículo comparaba demencialmente a Allen con Stephen King) escribían sobre perdedores a los que les pasaban grandes cosas hasta que la vida sonreía a estos autores y entonces se dedicaban a hablar sobre triunfadores a los que les pasaban malas cosas. En ese término, Café Society nos enseña como un don nadie, Bobby, vuelve escaldado de su intento por comerse el mundo en el Hollywood de los años 30 para terminar regentando el local más cool de todo Nueva York, pero, como suele suceder en el cine de Allen, el amor se cruzará en su  camino y será ese amor, imposible por definición, lo que marcará el ritmo de la historia, una historia, eso sí, regada de lujo y glamour por doquier.
Con toques humorísticos más dedicados a las tramas paralelas que a la principal, Café Society es una historia triste y reflexiva que deja un regusto amargo tras su visualización y desaprovecha las muchas posibilidades que la mítica meca del cine podía ofrecer.
Nuevamente es en el reparto donde se encuentran las mejores bazas de la película mostrando Eisenberg y Stewart la gran química que hay entre ellos (es su tercera película juntos) y lo que han evolucionado como actores. Ella, con un papel intencionadamente comedido y sensual que la acercan más a la Valentine de Viaje a Sils Maria que a la Bella de la saga Crepúsculo, mientras él consigue que superemos las pesadillas que su Luthor nos provocó en Batman V. Superman. Por el contrario, la magnífica Blake Lively apenas tiene tiempo ni frases para lucirse mientras que Steve Carrell, un gran actor de comedia a la que cada vez lo vemos en más películas serias, no parece en su mejor momento, haciendo que nos preguntemos cómo habría cambiado la película si su papel lo hubiese realizado el inicialmente previsto Bruce Willis.
Allen acierta en muchas de sus propuestas, con escenas bastante icónicas (el encuentro de Bobby con la prostituta Candy) o las falsas apariencias que el personaje de la Stewart debe mostrar según en qué momento de su vida se encuentre, pero al final la cosa sabe a poco como si esta hubiese podido ser una gran película que queda algo desleída y Allen no hubiese sabido (o querido) retorcer a sus personajes en el último momento. A Jasmine la trató tremendamente mal: con otros personajes como  la Sophie Baker que Emma Stone interpretó en Magia bajo la luz de la luna supo ser más amable. En Café Society prácticamente abandona a la joven pareja a su antojo para que ellos mismos purguen sus errores y deja pie al espectador para juzgar por sí mismo quien gana y quién pierde a raíz de las decisiones tomadas.
Café Society no es una gran película, pero en manos de Woody Allen ninguna película es tampoco demasiado pequeña.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 15 de mayo de 2016

FREEHELD: Amor e igualdad

Escasas semanas antes del estreno de Freeheld la joven actriz Ellen Page decidió realizar un comunicado de prensa comunicando su condición homosexual. Ahí puede estar la respuesta a porqué la protagonista de Juno ha decidido iniciarse como productora y hacerlo precisamente con una película con un claro alegato en favor del derechos de los homosexuales a ser tratados igual que los heteros. En favor de la igualdad, como diría el personaje que interpreta Julianne Moore.
Con la espléndida Carol tan reciente, uno podría esperar de Freeheld una nueva historia de amor entre dos mujeres que no aporte nada nuevo al panorama. Si añadimos a la ecuación la presencia de una enfermedad terminal la cosa ya apunta al melodrama más insoportable, con la endeble Siempre Alice, también protagonizada por Moore, en el recuerdo. Sin embargo, con el guion de Ron Nyswaner y la dirección de Peter Sollet la historia consigue ser más que un simple panfleto televisivo para convertirse en una película muy emotiva, que toca la fibra cuando es preciso sin renunciar a sutiles puntos de humor y cuyo principal acierto es en saber repartir el protagonismo entre varios personajes, de forma que el foco no está constantemente pendiente en la relación entre Stacie y Laurel, las mujeres a las que dan vida Page y Moore, permitiéndose incluso incluir un caso policial como telón de fondo.
Freeheld es la historia real de Laurel Hester, una brillante sargento de policía enfrascada a mediados del 2002 en un caso de asesinato junto a Dan Wells, al que pone rostro Michael Shannon, su compañero y amigo de toda la vida al cual, sin embargo, nunca se ha atrevido a confesar sus inclinaciones sexuales, no sólo por el temor a sus posibles prejuicios sino por preservar sus derechos en una sociedad (y una profesión) donde si ser mujer ya representa un obstáculo por sí mismo, el ser lesbiana es casi una carga imposible de llevar. Sin embargo, cuando Laurel conoce a la joven Stacie Andree surge entre ellas un amor que la obligará a bajar sus defensas y confesar su verdad, más cuando deciden comprarse una casa juntas y constituirse como pareja de hecho. 
Sin embargo, cuando detectan en Laurel in cáncer incurable, la sargento empleará todas sus fuerzas en conseguir que a su muerte Stacie tenga derecho a cobrar una pensión que le permita mantener su casa, algo lógico si fuesen un matrimonio pero que la junta de Freeholder le niega repetidamente.
Puede que la película sea, finalmente, una declaración de intenciones en defensa de los derechos de los gays, representada sobretodo en la figura de Steven Goldstein, un abogado judío gay que convierte el caso de Stacie y Laurel en una cruzada personal, pero es mucho más que eso. Con el deterioro de Laurel en segundo plano (y sin pretender recrearse en exceso en la enfermedad), la verdadera lucha de las protagonistas es mucho más simple: quieren igualdad, quieren ser tratados como un matrimonio más, quieren una pensión. Sólo eso. Por eso Freeheld es además un relato de amor incondicional, de un amor de esos que sólo la muerte es capaz de romper. Y es, además, un relato de amistad centrado en el apoyo del compañero policía. Y de dignidad, en forma de Todd, otro policía homosexual incapaz de enfrentarse a su verdad. Y de cobardía, radicalismo o integridad, según a qué miembro de la junta echemos el ojo.
Por eso, por todas las miguitas que la historia va repartiendo, por ese protagonismo compartido que no llega a hacer de esta una película coral pero permite que la mirada vaya más allá de solamente la lucha aislada de ellas dos, es por lo que esta película es mucho más que una simple Love Story homosexual, como a simple vista podría parecer.
No es un film redondo, por supuesto, pero logra emocionar sin caer en la ñoñería, y con eso me vale.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 24 de enero de 2016

LA GRAN APUESTA: los días previos al apocalipsis financiero.

Desde que en el 2008 estallara la burbuja inmobiliaria que provocó una de las crisis económicas más devastadoras que se recuerdan, sobre todo por ser un problema prácticamente global, muchas han sido las películas que han llegado desde Hollywood tratando de explicar lo que pasó.
The Company men, Margin Call, el documental Inside Job o incluso El lobo de Wall Street pretendían dar pinceladas que ayuden a entender al ciudadano de a pie porqué los banqueros hicieron lo que hicieron y quién lo permitió.
La gran apuesta pretende ofrecer su granito de arena en tan complicado propósito, poniendo a los bancos en el punto de mira y tratando de esclarecer términos y conceptos casi imposibles de asimilar. Atravesando la cuarta pared en repetidas ocasiones, contando incluso con figuras internacionales (Selena Gómez, Margott Robbie o el cheff Anthony Bourdain, por ejemplo) hablando directamente a cámara para explicar algún palabro económico concreto, que en palabras del protagonista de la película (Jared Vennett, interpretado por Ryan Gosling), son un invento de Wall Street para que no entendamos una mierda.
La película es bastante coral, aunque el personaje de Gosling hace de narrador e hilo conductor. Junto a él se encuentran una serie de tipos fuera del sistema que detectan años antes el caos que va a acontecer y tratan de evitarlo, ya sea por cuestiones morales o con el fin de enriquecerse ellos mismos de la desgracia ajena. Creerse que las buenas intenciones de algunos en la vida real sean tal y como se describen en la película es decisión de cada uno.
La película adapta con ingenio el libro de Michael Lewis, una obra de no ficción, casi un manual de economía, que podría parecer imposible de adaptar y que Adam McKay hace francamente bien, consiguiendo aclarar muchas cosas con una punzante ironía que, sin llegar a recaer en la comedia pura, resulta cruelmente divertida. Y ya tiene narices que seamos capaces de divertirnos con una estafa tan enorme y que, de una manera u otra, nos llegó a afectar a todos (bueno, menos al presidente Zapatero, que quizá no se haya enterado aún de lo que pasaba).
Puede que una de las claves de la película sea la acertada elección de los actores, todos ellos a un excelente nivel, destacando el excéntrico y descontrolado Christian Bale, el ufano (cosa rara en él) Ryan Gosling, un renovado Steve Carrell (que parece querer volcarse en películas de carácter más serio, como demostró con Foxcatcher) o Brad Pitt, que acostumbra a reservarse un pequeño pero intenso papel en las películas que produce (aunque su aparición aquí es algo más generosa que su paseo por 13 años de esclavitud).
No está claro si la película simplemente aspira a ser un divertimento inspirado en lo que pasó o si tiene aspiraciones de panfleto acusador, pero el caso es que refleja bastante bien la sociedad de la época, los excesos, el mirar hacia otro lado y el silencio ante un escándalo que crecía hasta volverse imparable.
Siendo sincero (y quizá la culpa sea mía y sólo mía) no todo lo que explica me queda totalmente claro, y hay un momento que pierdo la perspectiva de la realidad con tantos bonos, emisiones de CDO, hipotecas subprime y triples A. Pero no importa. Donde no me llega la comprensión me llega la acción. Y al final, gracias al ritmo y a la interpretación, alcanzo a comprender el gran secreto de todo esto. Siempre pagan los mismos. Y, entre sonrisas y chascarrillos, el fondo de la película da mucho miedo. Porque la conclusión es que la culpa es nuestra y solo nuestra, porque no tenemos remedio.
La película no revela ninguna verdad oculta ni sirve para quitar ninguna venda de los ojos, pero señala con dureza y explica un desarrollo de acontecimientos previos a este profético “fin del mundo” que se digiere con la resignación con la que podemos recibir una patada en el estómago y encima sonreír.

Valoración: 8 sobre 10.

jueves, 12 de febrero de 2015

FOXCATCHER (6d10)

Es Foxcatcher una de esas películas que invitan al debate.
Por un lado, ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre la influencia de los medios de comunicación en el cine. 
Si de algo se ha hablado estos días en referencia a la película de Bennett Miller ha sido de las notas de prensa y los resúmenes que algunos medios de comunicación han ofrecido de la misma, destripando completamente su final. Cierto es que estamos ante un caso real, y que una parte (relativamente pequeña, seamos sinceros) del público puede conocer ya el desenlace, pero eso no es excusa suficiente para violar el posible factor sorpresa que toda película puede reservarse para su tramo final (y ya avanzo que podéis estar tranquilos, aquí no voy a hacer ningún spoiler). Caso diferente es el de títulos como 127 horas o Capitán Philips, en las que el protagonista real ha formado parte de la campaña promocional, con lo que es indiscutible que iremos al cine sabiendo que, por lo menos, el prota sobrevive. En este caso es de rigor exigir a la prensa un poco más de formalidad y dejar que quien desconozca la historia real la descubra en pantalla y luego ya, si así lo decide, se dedique a indagar más por su propia cuenta.
Mi segunda reflexión es una vuelta al antiguo debate de si un actor debe “afear” su imagen para ser tomado en serio. Steve Carrell es un gran humorista y Mark Ruffalo un solvente actor con papeles tan destacados como el de Begin Again de este mismo año, pero han necesitado ocultar sus dotes interpretativas bajo capas de maquillaje para ser reconocidos y nominados al Oscar, como sucediera en su día con actrices como Charlize Theron o Nicole Kidman.
Hablando ya de la película en sí, estamos ante la historia de los hermanos Schultz, medallas de oro en lucha libre en los Juegos Olímpicos de Los Angeles’84, que son elegidos por el excéntrico multimillonario John Eleuthère du Pont para ser entrenados bajo su tutela con vistas a repetir éxitos en Seul’88. Con las lógicas licencias artísticas que tanto parecen haber ofendido al Mark Schultz real, la película es un drama deportivo muy en la línea del anterior largometraje de Miller, Moneyball, donde la profundidad de los personajes y el ambiente turbio que rodea al deporte son más importantes que las escenas deportivas en sí mismas.
Aunque el protagonista de la cinta es Mark Schultz, con un impresionante Channing Tatum que cambia su registro habitual (y cuyos méritos interpretativos se pueden apreciar mejor con el estreno este mismo fin de semana de El destino de Júpiter, donde da vida a un héroe totalmente en las antípodas de este deportista de élite), es el personaje de du Pont quien se lleva el gato al agua, con un inquietante (y por momentos terrorífico) Steve Carrell que bajo una prótesis algo artificial compone a una especie de vampiro mediático, un ser solitario y acomplejado que busca a toda costa el afecto y la admiración de los demás.
Y es que de eso va en realidad Foxcatcher, de unos personajes solitarios e introvertidos tan faltos de relaciones afectivas que viven encerrados en sí mismos, aislados de un mundo que, en circunstancias habituales, los admiraría por lo que son y lo que han conseguido en sus respectivas vidas.
Contenida y ambigua en algunos parajes, la película no es todo lo perfecta que pretende, con algunas lagunas argumentales que dificultan la total identificación con los protagonistas. Cierto es que se trata de un caso real, y como tal hay veces en que los vacíos y las reacciones ilógicas deben hacer acto de presencia, pero si el guionista se ha permitido alterar algunos momentos para mejorar la dramatización (cosa totalmente irreprochable, que para eso esto es cine), hay otros momentos en los que nos encontramos faltos de información, como el abrupto cambio de opinión de Dave Schultz (hermano de Mark) de entrar en el equipo de du Pont o las acciones que llevan a kos protagonistas al desenlace final.
Con todo, sin ser quizá la película del año que algunos quieren ver en ella, Foxcatcher es una interesante reflexión sobre la soledad y el aislamiento que el propio éxito (deportivo y económico) puede proporcionar y sobre el dolor y la incomprensión de aquellos que sólo buscan ser amados o admirados por encima de todo.
Y además, con intensas y sorprendentes interpretaciones.

sábado, 8 de noviembre de 2014

ALEXANDER Y EL DÍA TERRIBLE, HORRIBLE, ESPANTOSO, HORROROSO (3d10)

Terrible, horrible, espantoso y casi hasta horroroso es soportar esta película cuyos escasos ochenta minutos de duración se hacen eternos y tediosos, no sólo para mi sino también para la mayoría de niños a los que oía murmurar en la sala.
Vale que se trata de una película Disney (lo que no nos dicen es que estaba pensada para el Canal Disney y que en el último momento la decidieron estrenar en cines para ver si colaba) y destinada a un público infantil, pero la presencia de sus dos actores protagonistas, Jennifer Garner y, sobre todo, Steve Carell (que no es un actor al que admire demasiado por sus aportaciones al mundo del cine pero sí que soy muy fan de su papel en The Office), invitaba a pensar que se trataría, al menos, de una comedieta que, si bien trivial y previsible, sería al menos entretenida y con algún chiste que mereciera la pena.
Pero no, todo es tan estúpidamente infantil, tan absurdamente televisivo que ni las situaciones hacen gracia ni la resolución es apropiada.
La trama parte de un niño coñazo que se piensa el ombligo del mundo y que cree que todo le sale mal cuando está rodeado por unos padres y dos hermanos triunfadores y que, en la estela de títulos como Big o Mentiroso Compulsivo, aprovecha el día de su cumpleaños para pedir un deseo y cambiar las cosas. Al día siguiente, él será el que triunfe y el resto de la familia los que se verán abocados al desastre, si en ningún momento se entienda si es causa del azar o si hay algún elemento fantasioso en todo esto, porque cuando se aburren de tanta tontería la tortilla cambia sin más y sanseacabó.
El problema no es tanto en el contenido como en la forma. No encuentro nada divertido ver a cuatro personas sufriendo todo tipo de accidentes desafortunados que se van a terminar arreglando con una facilidad pasmosa, de manera que ni el conflicto es divertido ni lleva a ningún camino, pues si se debe encontrar alguna moraleja para instruir a los más pequeños yo no la he sabido ver.
Tonta, simple y edulcorada en exceso, es un film totalmente prescindible y rápidamente olvidable. Independientemente de la edad.