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jueves, 30 de enero de 2020

LA MALDICIÓN (THE GUNGRE)

Nueva vuelta de tuerca a la historia creada por Takashi Shimizu para la película japonesa homónima de 2002. Con Sam Raimi volviendo como productor al terreno que mejor conoce, el del terror, y Nicolas Pesce como director y guionista, la historia se aleja lo suficiente del original (y de su anterior remake americano, aquí titulada El Grito, igualmente producida por Raimi y con Shimizu repitiendo como director) como para ofrecer una vertiente interesante en lugar de ser una simple repetición de elementos ya conocidos.
A medio camino entre la secuela (sería la cuarta entrega de la supuesta saga) y el remake, La maldición (the gungre) presenta la historia de una mujer policía y su hijo que se trasladan a un pequeño pueblo en busca de una nueva vida tras la muerte del marido y donde se topará con una cadena de terribles crímenes que la llevarán hasta una casa supuestamente maldita. Con un corte más policial de lo habitual (tiene incluso algo de buddy-movie gracias a su relación con el detective Goodman), la película no rehúye de los tópicos del género, pero tampoco se deleita en exceso con ellos. No abusa, por ejemplo, de los jumpscares y presta más atención de lo habitual en la historia y en el análisis de los personajes, lo que confirma esta tendencia del cine de terror más reciente por buscar la angustia a través del drama antes que mediante la sangre o los simples sustos.
Además, el juego de las historias paralelas a modo de flashbacks o lineas temporales alternas, ayuda a no sucumbir en la letanía.
No es que sea nada novedoso, pero sí hará pasar un buen rato (o malo, ustedes ya me entienden) a los aficionados del género.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 11 de noviembre de 2017

LA BATALLA DE LOS SEXOS, la dignidad en juego

Jonathan Dayton y Valerie Faris abandonan momentáneamente el cine más independiente para abordar la historia real del duelo tenístico entre Billie Jean King y Bobby Riggs en 1973 en una película bastante convencional y más amoldada a los estándares del Hollywood más conservador.
La batalla de los sexos narra los días previos al gran partido, cuando Billie Juean era la número uno del tenis femenino y estaba más preocupada en su cruzada por la igualdad de la mujer en el deporte que en su próximo partido. Por aquel entonces Bobby tenía ya 55 años y aunque había sido también una figura importante de la raqueta ahora se tenía que conformar con vivir de su adinerada esposa, ganarse unos dinerillos con ridículas exhibiciones donde destacaba su espíritu payaso y fingir que trataba de controlar su problema de ludopatía. En aquella época una tenista femenina, aun llenando las pistas igual que un hombre, ganaba una octava parte en premios que ellos, por lo que Billie jean decide retar a la federación y crear, con el apoyo de otras tenistas, su propia competición con premios más acordes a sus méritos. En este mar revuelto, Bobby ve la gran oportunidad para volver a los candeleros y desafía a cualquier mujer a un partido donde demostrar qué sexo es más fuerte.
Filmada en tono de comedia ligera, la película aprovecha este enfrentamiento entre un machista declarado cuyos mejores años quedaron en el pasado y una feminista en la cresta de la ola para hacer un retrato de la época en el que hablar no solo de la igualdad de sexos, sino también de la identidad sexual y el derecho al respeto.
Hay que reconocer que quizá Dayton y Faris pecan un poco de “buenismo” y edulcoran demasiado una historia donde todo el mundo termina cayendo bien, sin que ni siquiera el excesivo y machista Riggs resulte molesto ni haya daños morales alrededor de cierto triángulo amoroso que acompaña a la historia principal. Con todo, la película resulta altamente eficaz por ese humor ácido que permite que seamos aleccionados de una manera amena e incluso divertida sobre tan importante debate. Además, han sabido ser fieles a su estilo e incluso el duelo final, en vibrante partido de tenis, se muestra desde la distancia, sin lucimientos de cámara que finjan una falsa épica y haga que la dirección priorice sobre la interpretación.
Y así legamos al verdadero punto fuerte del film. La interpretación. Emma Stone y Steve Carell están soberbios. No es que sea nada fuera de lo normal, ya que ambos han demostrado en diversas ocasiones su gran solvencia, pero en este film ambos parecen en estado de gracia y son los grandes valedores de la historia, los que la manejan a su antojo y permiten que seamos capaces de comprender a unos personajes que en cualquier otro caso podrían resultar hasta odiosos. Stone y Carell lo dan todo y la película sabe rodearlos de tal modo que no sería de extrañar que alguno de ellos (sino los dos) estuviese presente en la próxima ceremonia de los Oscars.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 9 de agosto de 2017

GUARDIÁN Y VERDUGO, descafeinado alegato contra la pena de muerte

Oliver Schmitz es un director alemán nacido en Sudáfrica especializado en productos televisivos. Esto se aprecia demasiado en Guardián y verdugo, su trabajo más ambicioso hasta la fecha, con coproducción americana y un nombre de cierto reconocimiento en su reparto.
Steve Coogan interpreta a un idealista abogado popular por su lucha en contra de la pena de muerte al que obligan a aceptar un caso que nadie quiere: defender a un joven acusado de asesinar a sangre fría a siete deportistas en una solitaria carretera.
Ante la evidencia de los hechos y las pruebas irrefutables, no es la culpabilidad del muchacho lo que está en tela de juicio, sino la responsabilidad del chico en el acto. Con solo diecinueve años, ha trabajado durante los dos últimos como funcionario en una prisión, encargándose de acompañar a los condenados a muerte durante el periodo final de sus vidas, siendo testigo de todas las ejecuciones y llegando a participar directamente de muchas de ellas. Esta es la base de una película que más que un thriller judicial aspira a ser una reflexión sobre la pena de muerte y la crueldad del sistema penitenciario (la historia transcurre en Sudáfrica, pero podría extrapolarse a cualquier lugar con leyes similares), no solo hacia los reos sino hacia los propios penitenciarios.
Lo malo es que el estilo televisivo de Schmitz lastra demasiado la puesta en escena, que una vez eliminada de la ecuación la intriga sobre los actos del chico (en la primera escena de la película ya nos muestran lo que sucedió) dejando toda la intriga en el veredicto del jurado y en el trabajo interpretativo de Coogan y Andrea Riseborough (en el papel de la fiscal), que es bueno, pero tampoco suficientemente brillante como para destacarlo demasiado. Además, la película está basada en una historia real, lo cual anticipa en cierto modo la decisión final del juez, ya que un desenlace diferente posiblemente no sería propicio para un film de estas características.
Este es el problema de las historias reales, que en ocasiones son anécdotas interesantes, pero no siempre tienen suficiente fuerza como para dar pie a una película, y más si el guion es tan plano como este (la base argumental -ficticia, eso sí- de Algunos hombres buenos no era demasiado diferente de esta, pero cualquier intento de comparar aquella obra maestra con esta Guardián y verdugo es casi insultante) y la puesta en escena es de telefilm germano del montón.
Una lástima, más cuando uno es un gran aficionado al cine judicial. Pero no se puede sacar de donde no hay, y más allá del conflicto ideológico que se plantea, poco es lo que aquí hay.

Valoración: Cinco sobre diez.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

BIRDMAN (O LA INESPERADA VIRTUD DE LA IGNORANCIA) (8d10)

Anunciada como uno de los platos fuertes del 2015, Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), es una nueva genialidad del mexicano Alejandro González Iñárritu después de que su último film, Biutiful, no terminara de estar a la altura de las expectativas.
Esto no significa que Iñárritu haya vuelto a sus orígenes, pues Birdman poco o nada tiene que ver con sus Amores perros, 21 gramos o Babel, todos ellos dramas profundos donde apenas había espacio para el humor. Birdman puede ser considerada un drama, por supuesto, pero está tan repleta de situaciones hilarantes y contiene un humor negro (muy negro) tan brutal que resulta imposible no reírse a menudo con ella, pese al camino autodestructivo que vemos emprender a su protagonista.
Michael Keaton renace de sus cenizas para interpreta a Riggan Thomson, un tipo que bien podría ser un reflejo de sí mismo, un actor que en los noventa triunfó encarnando a un superhéroe (cambien el Birdman del título por el Batman de Burton y todo arreglado) y que ve que ahora que el cine superheróico está más de moda que nunca (impagables las alusiones a los últimos éxitos de Marvel) se da cuenta que su tren ya ha partido, decidiendo refugiarse en Broadway, donde se enfrenta a una obra adaptada, dirigida e interpretada por él mismo (basada en el relato de Raymond Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor) que le supone una última oportunidad para demostrar su valía como actor.
Birdman habla, pues, de las últimas oportunidades. Últimas oportunidades como actor, últimas oportunidades como padre y últimas oportunidades como ex marido. Y se enfrenta a ello consciente de que Birdman no sólo es el personaje que más fama y riqueza le ha dado, sino también el que más le ha quitado. Como en el Fausto de Dante, Birdman es quien ha mercadeado con el alma de Thompson, dirigiendo sus pasos artísticos y corrompiendo incluso su propia cordura, con momentos que pueden evocarnos al Cisne negro de Aronofsky.
Quizá viéndose reflejado en el espejo, Keaton construye un personaje poderoso y débil a la vez, de tortuosos sentimientos, encerrado en sí mismo y en constante búsqueda de su propia identidad. Una interpretación magistral que, como con su alter ego Thompson, nos invita a preguntarnos cómo es posible que un solo personaje pueda absorber toda una carrera reduciendo su currículo (a nivel popular, me refiero) a sus dos películas del hombre murciélago y poco más.
A su alrededor, como en la también inminente Mapa de la estrellas de David Cronenberg, se encuentra una colección de personajes perdida en sus propios desvaríos: el actor de teatro mucho más valorado por la crítica pero casi desconocido para el gran público, la hija con problemas con la droga, la aspirante a actriz, el amigo y manager… Una gran familia, esta del teatro, de la que Iñárritu se burla con sutileza, aunque no con más dureza que sus chanzas hacia la familia del cine. 
Es, sin embargo, la crítica especializada contra quien realmente dispara a matar, con un discurso del personaje de Keaton acorralando a la crítica más influyente de Nueva York, que invita a levantarse en mitad de la sala para aplaudir.
Pero no sería justo alabar esta película quedándonos tan solo con su guion, pues Alejandro González Iñárritu parece emular a su colega y compatriota Cuarón en Gravity (película con la que comparte director de fotografía) al emplear el recurso del plano secuencia, alcanzando el más difícil todavía al ser capaz de realizar prácticamente toda la película en un único plano (a nivel visual, claro; técnicamente es evidente que hay varios cortes, aunque muy bien disimulados), con una sóla pausa, ya llegados al final, para separar la historia de su epílogo devastador.
Como para rematar la broma, el prodigioso reparto (todos ellos están estupendos) está conformado por dos actrices pertenecientes a la renovada moda superheróica de la que tanto se burlan, Edward “Hulk” Norton y Emma “Gwen Stacy” Stone (esta chica se las está apañando para estar en todas partes), a los que les compenetran Naomi Watts y un sorprendentemente formal Zach Galifianakis.
Con una música atronadora (y por momentos conscientemente molesta) y una imaginación desbordante, Birdman entremezcla con inteligencia las tesituras del cine y el teatro, desnudando sus intimidades y consiguiendo divertir, emocionar, soñar, sufrir y llorar. Todo a la vez. Y recordarnos, una vez más, que el glamour de Hollywood (o Broadway) no siempre es tan esplendoroso como parece.