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lunes, 26 de diciembre de 2016

BELLEZA OCULTA: manipulación estéril

Las Navidades son unas fechas propicias para los buenos sentimientos y los deseos de felicidad, y en Hollywood suelen aprovecharlo para realizar películas sentimentales que nos acaricien el alma y traten de hacer temblar nuestro férreo lagrimal. Cada año hay alguna película de estas características, pero algo debe fallas cuando tras más de un siglo de cine sigue habiendo una única película navideña por definición: Qué bello es vivir, aunque muchos aceptarían poner en segundo lugar a la más actual Love Actually.
En el 2014, sin ir más lejos, se estrenó una película que la crítica machacó pero que a mí, que soy más bueno que el pan, logró enternecerme: Canción de invierno, que al menos contaba con la ventaja de que renunciaba por completo a la realidad y se dejaba llevar por la locura emotiva con ángeles de por medio. En el caso de Belleza oculta, sin embargo, se pretende jugar al sentimentalismo barato, casi pornográfico, dándole unos toques de magia navideña que lo único que hacen es hacerla caer en el ridículo más espantoso y otorgando a la cinta un final que empobrece su ya de por sí triste desarrollo.
Allan Loeb y David Frankel son, respectivamente, el guionista y el director de esta tontería que a priori resultaba llamativa pro su impresionante reparto. Entre los dos perpetran una historia de supuesta amistad empresarial en la que un desconsolado padre lleva dos años perdido en su propio mundo tras la muerte de su niña de seis años. Para tratar de hacerle reaccionar (o, en el mejor de los casos, confirmar su demencia y poder vender la empresa sin necesitar su permiso), sus amigos y socios deciden contratar a tres actores de teatro para que se le presenten en forma de fantasmas, representando a la Muerte, al Amor y al Tiempo. Todo muy coherente, vamos.
No es extraña la participación de Will Smith en el proyecto, ya que continua en su caída libre desde que está empeñado en hacer solo papeles familiares de llorón empedernido (lo de Escuadrón Suicida debió ser solo por sacarse una pasta, y aun así mantiene este rol), y es por ello que quizá sea el único que se esfuerza en tomarse la cosa en serio. Del resto, lo mejor que se puede decir es que simplemente pasaron por allí el día de rodaje y soltaron sus frases, aunque eso solo es una forma suave de decir que están horribles y que dan hasta lastimica verlos, sobretodo en el caso de un Edward Norton al que es cada vez más difícil verlo en un buen papel. Naomi Harris, Kate Winslet, Michael Peña, Keira Knightley, Jacob Latimore y Helen Mirren completan el elenco, siendo esta última la única que, al menos, tiene algún momento de inspiración, con un leve toque de humor.
La teoría dice que la película ha cosechado críticas espantosas, siendo bodrio lo más suave que se ha dicho de ella. La realidad es que ha sido el peor estreno en la carrera de Will Smith (y el avispado que hiciera coincidir el estreno americano con Rogue One tampoco es que ayudara mucho). Personalmente, una vez visto el planteamiento inicial y aceptando que estaba ante un telefilm de lujo donde lo único que se busca es manipular al espectador a base de pedantería y desgracias varias, decidí dejarme llevar y traté de interesarme al menos por ver a donde me conducía semejante tontada, pero el previsible giro final y el intento de dotar de cierta magia espiritual al asunto terminaron por sacarme definitivamente del film.
Quizá algún día Will Smith acepte sus limitaciones y decida volver a hacernos reír. Mientras, lo único que conseguirá es seguir dando pena. En el mal sentido…

Valoración: Tres sobre diez.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

BIRDMAN (O LA INESPERADA VIRTUD DE LA IGNORANCIA) (8d10)

Anunciada como uno de los platos fuertes del 2015, Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), es una nueva genialidad del mexicano Alejandro González Iñárritu después de que su último film, Biutiful, no terminara de estar a la altura de las expectativas.
Esto no significa que Iñárritu haya vuelto a sus orígenes, pues Birdman poco o nada tiene que ver con sus Amores perros, 21 gramos o Babel, todos ellos dramas profundos donde apenas había espacio para el humor. Birdman puede ser considerada un drama, por supuesto, pero está tan repleta de situaciones hilarantes y contiene un humor negro (muy negro) tan brutal que resulta imposible no reírse a menudo con ella, pese al camino autodestructivo que vemos emprender a su protagonista.
Michael Keaton renace de sus cenizas para interpreta a Riggan Thomson, un tipo que bien podría ser un reflejo de sí mismo, un actor que en los noventa triunfó encarnando a un superhéroe (cambien el Birdman del título por el Batman de Burton y todo arreglado) y que ve que ahora que el cine superheróico está más de moda que nunca (impagables las alusiones a los últimos éxitos de Marvel) se da cuenta que su tren ya ha partido, decidiendo refugiarse en Broadway, donde se enfrenta a una obra adaptada, dirigida e interpretada por él mismo (basada en el relato de Raymond Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor) que le supone una última oportunidad para demostrar su valía como actor.
Birdman habla, pues, de las últimas oportunidades. Últimas oportunidades como actor, últimas oportunidades como padre y últimas oportunidades como ex marido. Y se enfrenta a ello consciente de que Birdman no sólo es el personaje que más fama y riqueza le ha dado, sino también el que más le ha quitado. Como en el Fausto de Dante, Birdman es quien ha mercadeado con el alma de Thompson, dirigiendo sus pasos artísticos y corrompiendo incluso su propia cordura, con momentos que pueden evocarnos al Cisne negro de Aronofsky.
Quizá viéndose reflejado en el espejo, Keaton construye un personaje poderoso y débil a la vez, de tortuosos sentimientos, encerrado en sí mismo y en constante búsqueda de su propia identidad. Una interpretación magistral que, como con su alter ego Thompson, nos invita a preguntarnos cómo es posible que un solo personaje pueda absorber toda una carrera reduciendo su currículo (a nivel popular, me refiero) a sus dos películas del hombre murciélago y poco más.
A su alrededor, como en la también inminente Mapa de la estrellas de David Cronenberg, se encuentra una colección de personajes perdida en sus propios desvaríos: el actor de teatro mucho más valorado por la crítica pero casi desconocido para el gran público, la hija con problemas con la droga, la aspirante a actriz, el amigo y manager… Una gran familia, esta del teatro, de la que Iñárritu se burla con sutileza, aunque no con más dureza que sus chanzas hacia la familia del cine. 
Es, sin embargo, la crítica especializada contra quien realmente dispara a matar, con un discurso del personaje de Keaton acorralando a la crítica más influyente de Nueva York, que invita a levantarse en mitad de la sala para aplaudir.
Pero no sería justo alabar esta película quedándonos tan solo con su guion, pues Alejandro González Iñárritu parece emular a su colega y compatriota Cuarón en Gravity (película con la que comparte director de fotografía) al emplear el recurso del plano secuencia, alcanzando el más difícil todavía al ser capaz de realizar prácticamente toda la película en un único plano (a nivel visual, claro; técnicamente es evidente que hay varios cortes, aunque muy bien disimulados), con una sóla pausa, ya llegados al final, para separar la historia de su epílogo devastador.
Como para rematar la broma, el prodigioso reparto (todos ellos están estupendos) está conformado por dos actrices pertenecientes a la renovada moda superheróica de la que tanto se burlan, Edward “Hulk” Norton y Emma “Gwen Stacy” Stone (esta chica se las está apañando para estar en todas partes), a los que les compenetran Naomi Watts y un sorprendentemente formal Zach Galifianakis.
Con una música atronadora (y por momentos conscientemente molesta) y una imaginación desbordante, Birdman entremezcla con inteligencia las tesituras del cine y el teatro, desnudando sus intimidades y consiguiendo divertir, emocionar, soñar, sufrir y llorar. Todo a la vez. Y recordarnos, una vez más, que el glamour de Hollywood (o Broadway) no siempre es tan esplendoroso como parece.

jueves, 3 de enero de 2013

MOONRISE KINGDOM (6d10)

Nos encontramos de nuevo ante una película gafapasta dirigida por un tipo de esos a los que los del CSI (críticos sesudos intelectuales, ¿ya os lo sabéis, no?) elevan a los altares. Wes Anderson es autor de películas extrañas,  comedias poco convencionales como Los Tenenbaums, Live Aquatic o El fantástico Mr. Fox. Sin embargo, en el caso de Anderson, y con todo el dolor de mi alma, debo confesar que estoy totalmente de acuerdo con ellos. Quizá sea porque su cine es intencionadamente minoritario, porque sus historias son complejas pero entrañables o porque, como otros locos maravillosos como Terry Gillian (que maravilla ese cuento poético que es El Imaginario del doctor Parnassus), son alabados por la crítica pero ignorados por la academia.

Moonrise Kingdom narra la hermosa historia de amor por correspondencia entre dos niños: él, un huérfano que vive con unos padres de acogida y ella, perteneciente a una familia feliz pero por la que no se termina de sentir comprendida. Cuando él va a un campamento de boys scouts a la misma isla donde vive ella, ambos planean huir juntos,  siendo buscados por el sheriff local y sus propios compañeros scouts. Una historia extraña,  peculiar como poco, sobre la adolescencia y el amor,  las primeras experiencias, la inadaptación y, por encima de todo, la comprensión,  explicado con un sentido del humor muy peculiar,  tan surrealista como tierno.
Acompañando a la historia, Anderson refuerza esa sensación de fábula con unos paisajes imposibles, demasiado maravillosos para ser reales y a los que saca todo su jugo con su maestría con la cámara. 
Y por si todo esto no fuera suficiente,  Anderson se rodea de un elenco de actores sencillamente alucinante, amigos -imagino- más interesados en participar en este cuento mágico que en aumentar sus cuentas corrientes. Y eso, en la industria del cine, tiene un valor añadido. Tomen nota: Bruce Willis, Bill Murray, Edward Norton, Frances McDormand, Harvey Keitel...
Pero, ojo, podría estar alabando las virtudes de esta delicia de comedia hasta la saciedad, pero debo recordar que hablamos de un film de Wes Anderson,  con todo lo que ello comporta. Y es que para poder disfrutar de la película es necesario aceptar su juego, entrar en ella sin miramientos y dejarse atrapar por la magia. No es apta para todos los gustos, y quien busque aquí una comedia al uso, de las que nos tienen acostumbrados los Farrelly o los Apatow de turno se han equivocado de película.

No todos pueden disfrutar del humor sutil, a veces apenas insinuado,  de Anderson, siempre con mucho más que decir de lo que parece a simple vista, pero quienes no encuentren un mínimo de magia en Moonrise Kingdom es que, simplemente,  han perdido la capacidad de soñar. Y eso sí sería una pena.