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sábado, 23 de noviembre de 2019

SECRETOS DE ESTADO

En 2015, el director Gavin Hood demostró que después de haberse hecho cargo de películas tan fallidas como X-Men Orígenes: Lobezno o El juego de Ender, era capaz de dar lo mejor de sí mismo si se ponía serio con la talentosa Espías desde el cielo. En la misma línea se encuentra Secretos de estado, donde vuelve a centrarse en la intriga política en lugar de desarrollar su faceta más palomitera para relatar la historia real de Katharine Gun, una traductora británica que trabajó para la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno donde tuvo acceso a un memorando sobre un espionaje ilegal orquestado por los gobiernos de Estados unidos y Gran Bretaña con el fin de conseguir apoyos para orquestar la guerra de Irak y decide filtrarlo la prensa.
Sin entrar en hacer demasiadas valoraciones morales (uno podría debatir sobre si es lícito traicionar a su país -incumpliendo un contrato que ella firmó voluntariamente- por subsanar su propia conciencia), Hood opta por hacer un relato bastante sobrio, limitándose a plasmar una realidad (ya se sabe que en esto de las historias reales nunca se es completamente objetivo) para que cada uno se quede con su versión. Para ello, divide la narrativa en dos subtramas que confluyen entre ellas, la del juicio por traición a la que someten a Katherine y la que corresponde a la investigación periodística. Es quizá esta segunda propuesta la que resulta más estimulante, recordando en ciertos momentos a films como Spotlight o Los archivos del Pentágono, reflejos de una época en la que el periodismo era serio y comprometido.
Para la realización de la película, Hood se ha rodeado de un gran reparto, encabezado por la siempre solvente Keira Knightley a la que rodean bien nombres tan importantes como Matthew Goode, Ralph Fiennes, Matt Smith o Rhys Ifans entre otros.
Con todo, la película no es del todo redonda, quedando algo por debajo de la mencionada Espías desde el cielo, quizá porque está historia se dilata más en el tiempo (era increíble la tensión que la otra transmitía sin salir apenas de una habitación), lo que provoca un ritmo más irregular que en ocasiones decae ligeramente.
Con todo, no deja de ser una propuesta interesante aparte de una denuncia sobre como los gobiernos manipulan a su antojo, quedando generalmente inmunes por ello.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 20 de abril de 2019

EL DÍA QUE VENDRÁ

Se podría pensar que las películas sobre la Alemania nazi empiezan a amenazar con saturar. Aún siendo un periodo histórico que me atrae y cuyo horror conviene recordar (no ya para tratar de evitarlo, que visto lo visto no parece muy factible, pero sí al menos para estar avisados de ello), llevamos un tiempo en el que tenemos casi un estreno sobre el tema por semana, lo cual hace que uno se pregunte si realmente quedan historias interesantes que contar sobre ello.
El día que vendrá, aparte de utilizar la victoria aliada sobre los alemanes como paralelismo a la historia de amor de sus protagonistas, sirve para reflejar un punto de vista algo menos trillado sobre el desenlace de la guerra. Estamos acostumbrados a ver a los nazis como los perfectos villanos, mientras que los aliados, con sus inevitables claroscuros, suelen ser los salvadores del mundo. No es que aquí sea diferente, `pero sí resulta interesante comprobar como tras la resolución de la guerra, y siguiendo un símil futbolístico, no solo hay que saber perder, sino también saber ganar. Y no parece que todos los ganadores sepan hacerlo ni entender que no todos los alemanes fueron nazis.
Es en este momento de deconstrucción germánico en el que nos encontramos con una mujer arrastrada a una Hamburgo arrasada por los bombardeos cuya percepción de los derrotados, a la par que la del propio espectador, irá cambiando a la par que se moleste en conocer mejor a las personas que la rodean y sea capaz de descubrir que, al final, los dramas personales durante una guerra son tan terribles en un bando como en el otro. Esa simetría entre los inocentes de un conflicto, las consabidas bajas colaterales, es lo que debe unir a las personas por encima de sus diferencias y con ella alcanzar la comprensión y el perdón.
Esto es lo que oculta la historia de El día que vendrá, una película en la que sus tres pilares fundamentales (el triángulo amoroso, el relato histórico y el mensaje moralista) podrían molestarse entre ellos pero que el realizador James Kent consigue unificar con eficacia, consiguiendo un empaque muy interesante y merecedor de nuestra atención.
Resulta imprescindible, por ello, un buen cartel de actores que terminen por dar brillo a la propuesta, y en ello Keira Knightley (muy dada a estos tipos de dramas), Jason Clarke (al que también parece gustarle el conflicto nazi) y Alexander Skarsgård están a la altura de las circunstancias.
Interesante e intensa, no es que nos muestre nada nuevo, pero lo que refleja lo hace con convicción y buen tino, siendo un film histórico sobre la II Guerra Mundial que sabe mirar hacia delante en vez de hacia atrás.


Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 30 de noviembre de 2018

COLETTE

Amparándose en un gran trabajo interpretativo de Keira Knightley (por otra parte, algo habitual en ella), Colette es la narración, algo convencional y carente de riesgo, de la vida de la escritora Sidonie-Gabrielle Colette, una de las autoras más importantes de la literatura francesa.
Wash Westmoreland es un director correcto aunque sin una personalidad demasiado marcada, como ya se vio en su último trabajo, Siempre Alice, donde de nuevo todo el peso de la película recaía sobre el trabajo de su protagonista, en esa ocasión la oscarizada Julianne Moore. En Colette, Westmoreland realiza un biopic al uso, muy propio de los dramas británicos de época, en el que quizá se da más importancia a la vida sentimental de la protagonista que a su propia obra.
El punto de partida es tan interesante como prolífico en el cine más reciente, donde el ponderamiento femenino se está convirtiendo en una causa a defender: una artista que, por el mero hecho de ser mujer, ve relegado su mérito en favor al de su marido, un impostor deseoso de la fama que su falta de talento no le puede otorgar. Algo de lo que se habla en la reciente La buena esposa con la apariencia de Glenn Close o Big Eyes, con Amy Adams, aunque también comparte ciertas similitudes con otras películas en las que se quiere destacar la presencia de la mujer en el mundo de la literatura (ahí están las agradables Su mejor historia o La sociedad literaria y el pastel de piel de patata). Por último, tiene ese toque siempre interesante de descubrir las interioridades del mundo editorial y de los propios escritores, como sucediera con El editor de libros, Paterson o El autor. Sin embargo, Westmoreland desaprovecha estos tres elementos para insistir en exceso en la historia de un matrimonio infeliz debido al carácter libertino de él y al descubrimiento de la bisexualidad de ella.
Con todo, Colette es una agradable película que se ve con gusto y es fiel reflejo de la locura y los excesos del Paris de principios del siglo XX, aunque da la sensación de que se desaprovecha la ocasión de hablar más de la Colette escritora (de hecho, la película bien podría haberse titulado Claudine, ya que la saga que supuso sus comienzos literarios ocupa gran parte del interés del film) en lugar de hacer tanto hincapié en la Colette mujer, pues si bien las interioridades de su vida sentimental pudieron ser claves en su obra, la película lo refleja más como excusa para liberarse del yugo de un marido opresor y una sociedad machista que como cimientos a una larga carrera literaria, hasta el punto de que, quien no conozca a la autora, sabrá de su grandeza porque la película lo dice, no porque lo muestre, ya que en ese aspecto el gran protagonismo recae más en la figura de su esposo, “Willy”, que desde un punto de vista histórico no merecería una película por sí mismo.
De manera que, por un lado, oportunidad perdida. Por otro, una historia típica y tópica pero que se deja ver con corrección, si llegar a aburrir pese a su ritmo algo irregular, que tiene en Knightley y en Dominic West sus mejores armas y que, al menos, ponen en relevancia a una figura literaria que no todo el mundo conoce como debe. Menos es nada.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 11 de noviembre de 2018

EL CASCANUECES Y LOS CUATRO REINOS

Disney sigue buscando desesperadamente un éxito en su departamento de imagen real que la devuelva a épocas doradas del pasado, pero parece que cada vez que se distancia de las adaptaciones de sus clásicos de animación la cosa se torna en patinazo (está en proyecto un reboot de Piratas del Caribe después de la tibia acogida de la última entrega, veremos qué pasa con ella). El Cascanueces y los Cuatro Reinos la cosa no va a ser, ni de lejos, ese éxito, pues no ha convencido ni a público ni a crítica, o cual es un reflejo de la propia falta de audacia en su puesta en escena.
Uno de los recursos que más está explotando Dinsey en estos proyectos es la de apostar por directores de renombre, algunos de ellos que a priori no parecían tener cabida en este mundo de fantasía y cuentos de hadas, y en el caso de esta película, la apuesta es por partida doble. El Cascanueces y los Cuatro Reinos está dirigida a cuatro manos por Lasse Hallström, autor de títulos entrañables como Chocolat, Las normas de la casa de la Sidra, Siempre a tu lado (Hachiko) o Un viaje de diez metros, y Joe Johnston, que debutó precisamente para Disney con Cariño, he encogido a los niños y Rocketeer y que es también responsable de Jumanji, Parque Jurásico III o Capitán América: el primer Vengador. Una pareja que tampoco parece que peguen muy bien entre ellos y de cuyo sello personal apenas queda nada en el film. No obstante, no hay ningún pero que poner a la puesta en escena de la película, impecable, aunque funcional. De hecho, no hay ningún pero a nada de El Cascanueces y los Cuatro Reinos, aparte de resultar un compendio de mil películas ya vistas con anterioridad. Parece como si existiera una fórmula matemática para realizar estas películas y que nadie se atreviese a salirse ni un ápice de la misma, con lo que tenemos una recreación maravillosa del Londres victoriano, de los bailes palaciego y, por supuesto, de los cuatro reinos imaginarios. Cuenta, además, con una buena protagonista, Mackenzie Foy (Interstellar), y unos reconocibles secundarios (Keira Knightley, Eugenio Derbez, Morgan Freeman, Helen Mirren y Matthew Macfadyen), y tiene como base el cuento de Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann y que ya había dado pie a una versión menos oscura de la mano de Alejandro Dumas y al célebre ballet de Piotr Ilich Tchaikovsky.
Es en la conversión a cuento de hadas en lo que la película se desdibuja, adaptando lo que, en todo despectivo se suele definir como “el toque Disney” y que la convierten en una fotocopia de cualquier otra película moderna de cuento de hadas, con su heroína femenina enfrentándose a su destino, malos que no lo son tanto (y viceversa), el típico alivio cómico, y la moralina de unión familiar siempre precediendo a una tragedia (si es la muerte de una madre o un padre, o de ambos, mejor).
No es El Cascanueces y los Cuatro Reinos un desastre a la altura de Un pliegue en el tiempo, llegando a ser incluso entretenida y momentáneamente emotiva, pero al final queda todo en un espectáculo pirotécnico demasiado artificioso, un bonito conjunto de luces de colores y paisajes maravillosamente digitalizados que no tienen aroma ni sabor, tan agradables de contemplar como de olvidar. Ya he dicho que no hay nada realmente malo en esta película, pero de igual manera, no hay nada especialmente reseñable, nada que merezca la condición de clásico inmediato que antaño tenía las películas Disney y que servían para contradecir a todos aquellos que aseguraban que las películas solo servían para vender muñequitos y otros juguetes. En este caso, mucho me temo que habrá que darles la razón. Aunque tampoco parece que vayan a vender demasiados.
El Cascanueces y los Cuatro Reinos pueden ser agradable de ver estas navidades (si aguanta en cartel, cosa que dudo), pero no da para mucho más que una tarde familiar en el cine para compensar el estrés de las compras navideñas.

Valoración: Cinco sobre diez.

lunes, 26 de diciembre de 2016

BELLEZA OCULTA: manipulación estéril

Las Navidades son unas fechas propicias para los buenos sentimientos y los deseos de felicidad, y en Hollywood suelen aprovecharlo para realizar películas sentimentales que nos acaricien el alma y traten de hacer temblar nuestro férreo lagrimal. Cada año hay alguna película de estas características, pero algo debe fallas cuando tras más de un siglo de cine sigue habiendo una única película navideña por definición: Qué bello es vivir, aunque muchos aceptarían poner en segundo lugar a la más actual Love Actually.
En el 2014, sin ir más lejos, se estrenó una película que la crítica machacó pero que a mí, que soy más bueno que el pan, logró enternecerme: Canción de invierno, que al menos contaba con la ventaja de que renunciaba por completo a la realidad y se dejaba llevar por la locura emotiva con ángeles de por medio. En el caso de Belleza oculta, sin embargo, se pretende jugar al sentimentalismo barato, casi pornográfico, dándole unos toques de magia navideña que lo único que hacen es hacerla caer en el ridículo más espantoso y otorgando a la cinta un final que empobrece su ya de por sí triste desarrollo.
Allan Loeb y David Frankel son, respectivamente, el guionista y el director de esta tontería que a priori resultaba llamativa pro su impresionante reparto. Entre los dos perpetran una historia de supuesta amistad empresarial en la que un desconsolado padre lleva dos años perdido en su propio mundo tras la muerte de su niña de seis años. Para tratar de hacerle reaccionar (o, en el mejor de los casos, confirmar su demencia y poder vender la empresa sin necesitar su permiso), sus amigos y socios deciden contratar a tres actores de teatro para que se le presenten en forma de fantasmas, representando a la Muerte, al Amor y al Tiempo. Todo muy coherente, vamos.
No es extraña la participación de Will Smith en el proyecto, ya que continua en su caída libre desde que está empeñado en hacer solo papeles familiares de llorón empedernido (lo de Escuadrón Suicida debió ser solo por sacarse una pasta, y aun así mantiene este rol), y es por ello que quizá sea el único que se esfuerza en tomarse la cosa en serio. Del resto, lo mejor que se puede decir es que simplemente pasaron por allí el día de rodaje y soltaron sus frases, aunque eso solo es una forma suave de decir que están horribles y que dan hasta lastimica verlos, sobretodo en el caso de un Edward Norton al que es cada vez más difícil verlo en un buen papel. Naomi Harris, Kate Winslet, Michael Peña, Keira Knightley, Jacob Latimore y Helen Mirren completan el elenco, siendo esta última la única que, al menos, tiene algún momento de inspiración, con un leve toque de humor.
La teoría dice que la película ha cosechado críticas espantosas, siendo bodrio lo más suave que se ha dicho de ella. La realidad es que ha sido el peor estreno en la carrera de Will Smith (y el avispado que hiciera coincidir el estreno americano con Rogue One tampoco es que ayudara mucho). Personalmente, una vez visto el planteamiento inicial y aceptando que estaba ante un telefilm de lujo donde lo único que se busca es manipular al espectador a base de pedantería y desgracias varias, decidí dejarme llevar y traté de interesarme al menos por ver a donde me conducía semejante tontada, pero el previsible giro final y el intento de dotar de cierta magia espiritual al asunto terminaron por sacarme definitivamente del film.
Quizá algún día Will Smith acepte sus limitaciones y decida volver a hacernos reír. Mientras, lo único que conseguirá es seguir dando pena. En el mal sentido…

Valoración: Tres sobre diez.

jueves, 24 de diciembre de 2015

La sugerencia del mes: LOVE ACTUALLY

Aunque tenía pensado terminar el año de comentarios con Fahrenheit 451, por aquello de cerrar el círculo y acabar con el mismo director con el que empezamos, preferí adelantarla al mes pasado para dar un toque navideño a la sección.
Esta no es exactamente una recomendación para el blog como tal, sino una insistencia constante por parte de mi amigo Sergio que no podía creer que no hubiese visto nunca esta comedia romántica de Richard Curtis que él mismo definía como el “Qué bello es vivir” de nuestra generación.
No creo que las comparativas con el clásico de Frank Capra sea válido ya que aquella era una película de claro espíritu navideño y revisionado obligatorio en estas fechas, mientras que, aunque la acción de Love Actually sea también en la previa de la Navidad, su mensaje está más centrado en el amor que en el sentimiento navideño y que, canciones aparte, podría haber funcionado igual de bien de haberse ambientado en cualquier otra época del año.
Escrita por el propio Curtis, Love Actually es una colección de historias, alguna más interesante que otra, que se entrecruzarán en ocasiones para ofrecernos diversas historias románticas con un toque humorístico muy británico. Curtis, que debutaba como director con esta película, tenía un amplio bagaje como guionista, principalmente en el terreno televisivo y para mayor gracia de Rowan Atkinson, habiendo elaborado también el libreto de Nothing Hill o El diario de Bridget Jones, lo cual hacía casi obligatorio que en su debut tras las cámaras contara con la presencia de Atkinson y de Hugh Grant, principales baluartes del humor absurdo y de la comedia romántica de Gran Bretaña, respectivamente.
Sin duda, lo que más destaca de Love Actually es su reparto, una colección de estrellas casi irrepetible que, además, ha ganado glamour con el paso de los años. Aparte de los ya mencionados el cartel destacaba la presencia de algunos clásicos del género como Alan Rickman, Colin Firth o Emma Thompson, además de a un Liam Neeson que todavía no era considerado un héroe de acción, Keira Knightley recién salida de Piratas del Caribe, Laura Linney o la menos conocida Martine McCutcheon. Hasta aquí los nombres que aparecían en el poster, pero mucha atención a los que nos podemos encontrar en papeles igual de destacados o más: Martin Freeman (uno de los actores de moda gracias a las series Sherlock y Fargo y a la trilogía de El Hobbit), Chiwetel Ejiofor (nominado al Oscar por 12 años de esclavitud y una de las nuevas caras para la Fase Tres de Marvel), Andrew Lincoln (protagonista principal de la exitosa The Walking Dead), Thomas Brodie-Sangster (uno de los protagonistas de la saga El corredor del laberinto aparte de haberse colado modo cameo en Star Wars: El despertar de la Fuerza), Rodrigo Santoro (mucho antes de convertirse en el Xerxes de 300 o de pasearse por Perdidos)… y eso centrándonos en personajes principales, que también están los simples cameos de gente como Billy Bob Thornton, January Jones o Elisha Cuthbert.
Estrellas aparte, la conjunción de historias funciona a la perfección, consiguiendo enternecer y emocionar sin abandonar nunca el toque cómico que impida que decaiga en la ñoñería. Cuenta con el típico inconveniente de que no todas las historias que se presentan funcionan igual de bien, pero al menos están suficientemente diversificadas para que ninguna llegue a desmerecer la obra.
Como comentario aparte, habría que destacar que esta película es, sin duda, la referencia más evidente para la reciente Barcelona, nit d´hivern, donde Dani de la Orden copia sin complejos el esquema y el espíritu (escena final en el aeropuerto incluida) aunque consiguiendo una obra final más divertida aún.
Con momentos impagables como los que protagoniza el rockero pasado de vueltas o el enfrentamiento entre los presidentes americano y británico hacen de esta película una joyita muy disfrutable que, aunque como ya he dicho, no sea obligatoria ver en navidad sí es muy recomendable revisionar en estas fechas.
Es una buena aportación a iluminar unos días donde apetece disfrutar de buenos sentimientos y finales felices, aunque algunos abusen del almíbar.


sábado, 19 de septiembre de 2015

EVEREST (4d10)

Dirigida por Baltasar Kormákur, ese director islandés que debutó en Estados Unidos con la normalita Contraband y se reafirmó con la bastante más recomendable 2 guns, Everest narra la tragedia acontecida en 1996 cuando varias expediciones de alpinistas trataron de criticar la cima del mundo. No voy a dar más datos por no entrar en spoilers pero el detalle de que esté basada (bastante fielmente, parece) en una historia real hace que no haga falta mucho esfuerzo para saber cómo van a producirse los acontecimientos.
La película cuenta con un director correcto, unos bonitos paisajes (algunas escenas están filmadas en el mismo Nepal) y un reparto tan espectacular como desaprovechado, pero todo ello no es suficiente, ni de lejos, para que Everest sea una buena película.
Lo primero que falla es la empatía con los personajes. A priori es fácil solidarizarse con la desgracia ajena, tanto en ficción como en la vida real, pero hay que profundizar un poco más en los personajes para conseguir la comunión necesaria para sentirse en su piel y sufrir como sufren ellos. En el caso de un accidente o desastre fortuito es diferente, y el espectador no debe conocer al detalle la vida de todos los ocupantes del Titanic o saberse el nombre de todos los habitantes de Pompeya (que pese a sus carencias y pretensiones más palomiteras la película de Anderson tiene mucha más alma que esta) para sufrir por ellos. Aquí el problema principal es que son los protagonistas los que ponen sus vidas en juego conscientemente sin más objetivo que el orgullo, el desafío personal o incluso el siempre lucro. Unos tipos van a la montaña más peligrosa del mundo y les sorprende un gran peligro... ¡Pues claro! Como diría el humorista José Mota: si hay que ir se va, pero ir por ir...
No, no estoy diciendo que por poner sus vidas en juego caprichosamente merezcan lo que les sucede, pero algo deberían tener para poder simpatizar con ellos y no ser meros maniquíes sobre los que, al principio de la película, puedes apostar sobre si viven o mueren. Y eso, más allá del hecho de ser una historia real, es culpa del guionista, que no sabe dar un toque de épica a la narración, como si tenía ¡Viven!, de Frank Marshall, ni la carga dramática que tenían otros personajes reales que sufrían las consecuencias de su propia imprudencia como el Ramón Sampedro de Mar Adentro o el Aron Ralston de 127 horas.
Everest arranca con un planteamiento similar al típico cine de catástrofes, lo que puede justificar su reparto estelar, pero olvida que una de las normas no escritas de ese género consiste en dar su minuto de gloria a todos los personajes. Everest, en cambio, se limita a seguir las andanzas de Rob Hall (Jason Clarke) como líder de la expedición y a Beck Weathers (Josh Brolin), escalador cuyos méritos se los ha dado más el dinero que la experiencia, quedando como tercer bastón argumental a Jon Krakauer (Michael Kelly), el periodista que a la postre escribirá el libro en que se basa la historia. De telón de fondo están los personajes femeninos que interpretan sin demasiado esfuerzo Emily Watson como mano derecha en el campamento base de Hall, Keira Knightley como su embarazada esposa y Robin Wright como la casi anecdótica mujer de Weathers. 
Todo lo demás es la nada más absoluta, desde un incomprensiblemente olvidado Jake Gyllenhaal cuya inicial rivalidad con el personaje de Clarke se diluye como la nieve bajo el sol o un Sam Worthington que, literalmente, pasaba por ahí. ¡Por Dios, que es el prota de Avatar y Terminator Salvación y se pasa la peli hablando por radio cómodamente sentado en su campamento!
Parece ser que la idea inicial de los productores, que llevaban diez años trabajando en la película, era centrar la trama sólo en Hall, que iba a protagonizar Christian Bale, pero cuando Bale se bajó del carro para ser sustituido por Clarke tuvieron tan poca fe en el actor de El amanecer del Planeta de los Simios y Terminator Génesis  que improvisaron está historia coral de forma tan chapucera.
Ciertamente, lo único que salva algo la película son sus maravillosos paisajes, por más que se note la parte filmada en estudio, pues no en vano fue concebida para estrenarse en Imax y los que la han visto en 3D dicen que vale la pena el formato.
En la cuneta queda lo que podía haber sido verdaderamente interesante si hubiesen querido tirar por ese camino, como es la transformación que el Everest ha sufrido en los últimos tiempos (por no decir prostitución) de manera que cualquiera puede ir a pasear por ahí como si fuesen Las Ramblas sólo con pagar un módico precio, convirtiendo el lugar en un estercolero de basura, bombonas abandonadas, campamento vacíos y, ¿por qué no decirlo?, cadáveres imposibles de rescatar, demostrando que la seguridad puede llegar a ser algo secundario ante la necesidad de conseguir llevar a un cliente hasta la cima por no perder la reputación, ya de por sí no muy destacable, del negocio. Pero la película no quiere tomar ese camino y prefiere desviarse por la vía fácil y cobarde de convertir a Hall (para mí el gran culpable de lo que pasa, que para algo su trabajo es mantener con vida a sus clientes) en un mártir, mereciendo la santificación por conseguir, pese al precio a pagar, cumplir el sueño de uno de los personajes.
Al final, la calidad del film es como el oxígeno a partir de los 4.000 metros de altura: muy escasa...

sábado, 3 de enero de 2015

THE IMITATION GAME (DESCIFRANDO ENIGMA) (8d10)

El debut en Hollywood del noruego Morten Tyldum es una interesante película sobre el descubrimiento científico más importante de la década de los cuarenta y que pudo suponer la inclinación de la balanza hacia el lado de los aliados durante la II Guerra Mundial.
Sin embargo, podría parecer también un vehículo destinado solamente al lucimiento de uno de los actores más en forma del panorama actual, un Benedict Cumberbatch que se hace dueño y señor del film y llena la pantalla en cada plano en que aparece, que –también es cierto- son la mayoría.
Emparentado a simple vista con su televisivo Sherlock, Alan Turing es un personaje de inteligencia extrema, calculador y extremadamente lógico, pero a la vez incapaz de mostrar cualquier síntoma de empatía con su entorno. Engreído, soberbio y cruelmente sincero, el problema de Turing no es que esté por encima de los demás, sino que es plenamente consciente de ello. Por eso el programa secreto en el que participa junto a otros matemáticos  para desvelar las claves de las comunicaciones encriptadas de los nazis (mediante el ingenio denominado Enigma) parece condenado al fracaso. Pero su dedicación absoluta y obsesiva, junto con la entrada en el proyecto de Joan Clarke (¡¡una mujer inteligente en un mundo de hombres!! ¡qué escándalo!), que logrará sacar el lado más humano de Turing hasta hacer que colabore con sus compañeros, propiciará que se invente una máquina (antecedente de los ordenadores actuales) que interprete los mensajes alemanes y permita a los aliados anticiparse a sus movimientos.
The imitation game (que es el nombre del primer estudio que publicó Turing sobre su invento, mucho antes de entrar en el equipo secreto del gobierno británico) es una drama basado en la historia real de este proyecto que había permanecido oculto hasta hace un par de años y de un hombre que realizó uno de los mayores avances científicos de la época y que, por su condición de homosexual, no fue reconocido hasta ahora como el principal causante del final de la guerra. Quizá el film no logra transmitir con acierto la construcción de la máquina definitiva, llamada Christopher (quien no sea matemático, informático o ingeniero seguramente no alcanzará a comprender como funciona exactamente el invento) pero sí ahonda a la perfección en la psique del matemático protagonista, empleando unos flashbacks para mostrar su infancia que, si bien al principio parecen estorbar a la historia principal, a medida que las dos tramas avanzan en paralelo lo sucedido en una termina influyendo en la otra, logrando un paralelismo armónico y consecuente.
El guion, obra del debutante Graham Moore a partir de un libro de Andrew Hodges, roza la perfección para un relato de ficción, pero se muestra demasiado preciso para tratarse de una historia real. Todo cuadra en su justa medida, todo se estropea y se arregla justo cuando se tiene que estropear y arreglar, y eso resta algo de verosimilitud a la historia que, por otro lado, se permite invitar a la reflexión en temas como la homosexualidad o el poder de decisión que, con el código Enigma descubierto, les permite decidir quién va a vivir y quien va a morir en una de las guerras más horribles de la historia de la humanidad (en cierto momento se dice, muy acertadamente, que están incluso por encima de Dios).
Es posible que, debido a la escasa experiencia de director y guionista para un proyecto de cierta envergadura, falte algo de alma en la historia, pero allí donde ellos no llegan se encuentra Cumberbatch, que si ya acostumbra a estar excelente en personajes aparententemente tópicos (me viene a la memoria su Khan de Star Trek: En la oscuridad y ardo en deseos en verlo interpretar al Doctor Extraño en el Universo Marvel) raya la perfección con interpretaciones más complejas como su versión de Julian Assange o el esclavista Ford de 12 años de esclavitud. Aquí está magistral, con unos matices que, como dije al principio, puede recordar mucho a su Sherlock pero al que dota de una humanidad y unas debilidades ocultas bajo su fachada de perfección que logra que veamos las diferencias en el personaje de ficción que es el detective de Baker Street y el personaje real que fue Alan Turing. Tanto es así que logra, incluso, minimizar la aparición de secundarios de renombre como la cada vez más excelente Keira Knightley, el enigmático Matthew Goode o las presencias siempre efectivas de Mark Strong o Charles Dance.
En definitiva, una interesante escenificación de un hecho que cambió la historia, una reflexión sobre el poder de decisión y la represión social de la época y una interpretación genial que debía llevar a Cumberbatch camino del Oscar.


viernes, 8 de agosto de 2014

BEGIN AGAIN (8d10)

Resulta complicado encasillar esta deliciosa película en un simple género. Así, a bote pronto, podríamos clasificarla como comedia romántica, desde luego. No es que sea desternillante, pero sí contiene numerosos momentos en los que invita a sonreír de oreja a oreja. Y contiene romance, sin duda. Tres son las historias que se plantean aquí: la posibilidad de creer en las segundas oportunidades, la relación destructiva condenada al fracaso y el amago de lo que pudo ser y no fue. 
Sin embargo, no es menos cierto que sobrevuela a la película un puntito de realismo amargo que no suele encontrarse en la comedia romántica americana al uso, habitualmente edulcoradas hasta la saciedad. En Begin again los personajes son creíbles, los diálogos inteligentes y las situaciones lógicas. No es un cuento de hadas por mucho que se le pueda tildar de final feliz y, aparte del encuentro casual que une el destino de los dos protagonistas, las cosas suceden por algún motivo, no hay giros milagrosos ni casualidades mágicas que nos inviten a soñar con un amor onírico e inexistente.
Begin again cuenta, con un arranque ligeramente desordenado, la relación entre Gretta y Dan, dos desconocidos que coinciden en la vida en el peor momento de sus historias personales. Ella acaba de ser abandonada (traicionada) por su novio, recién ascendido al olimpo de la fama como el cantante del momento (y nadie parece reconocer que el verdadero valor de la pareja residía en las letras que ella componía) y él, antiguo fundador de una prestigiosa pero sencilla discográfica que lleva unos años arrastrándose por el lodo del alcohol y la autocompasión, lo han echado de su propia empresa. Juntos, esta pareja de desesperados condenados a entenderse, potenciarán el elemento común que los une, más allá de sus vidas rotas, la música.
Y ahí es donde entra el verdadero protagonista del film, una colección de canciones brillantes, tristes  y amargas unas, divertidas y potentes otras, que encandilan al público a medida que Gretta y Dan culminan un sueño casi imposible de autoproducirse su propio disco, grabado en directo en los lugares más pintorescos de Nueva York. Así, siguiendo el ejemplo de otras interesantes películas colmadas de canciones como Esa cosa llamada amor, Alabama Monroe o la reciente A propósito de Llewyn Davis, las composiciones musicales ayudan a poner voz a sus protagonistas y son el perfecto aderezo a una historia intensa y atractiva que reflexiona sobre el éxito y el fracaso, el precio de la fama y el poder de la familia, aunque no escatima críticas a la industria discográfica y su obsesión por crear productos de usar y tirar que proporcionen dinero rápido caiga quien caiga.
Para cerrar el círculo, el director y guionista John Carney ha tenido la suerte de contar con dos talentosos actores, Mark Ruffalo y Keira Knightley, acostumbrados a intercalar grandes superproducciones  (Los Vengadores, Piratas del Caribe…) con obras pequeñas y casi independientes como esta, pero que rallan la perfección con unas interpretaciones que podrían invitar al exceso pero que en sus manos resultan contenidas y conmovedoras.
Deliciosa y emotiva, es imposible contemplar Begin again sin acompañar el ritmo de sus canciones con los pies o soñar con encontrar algún día a alguien que, como Dan, sepa descubrir el talento que llevamos dentro y nadie parece querer ver.

lunes, 3 de febrero de 2014

JACK RYAN: OPERACIÓN SOMBRA (6d10)

Nueva adaptación al cine del célebre personaje de Tom Clancy, aunque con una importante salvedad: se trata de un guion escrito directamente para la gran pantalla por David Koepp y Adam Cozad, sin partir de ninguna novela concreta. Así, no hay que encuadrar esta película dentro de una hipotética saga de Jack Ryan, como pueda suceder con James Bond o Ethan Hunt, y la prueba más clara es que la película arranca con un Ryan universitario contemplando con estupor los atentados del 11 de septiembre, lo cual impide cualquier alineación cronológica con las otras versiones del personajes (todas ellas, esa vez sí, basadas directamente en novelas de Clancy), las interpretadas por Alec Baldwin en La caza del Octubre Rojo (John McTiernan, 1990), Harrinson Ford (Juego de Patriotas, 1992, y  Peligro Inminente, 1994, ambas de Phillip Noyce) y Ben Affleck (primer intento de renovar la supuesta saga con Pánico Nuclear, de Phil Alden Robinson, en 2002).
En esta ocasión es Chris Pine (quien ya consiguiera hacer olvidar a William Shatner reinventando al Kirk de Star Trek) quien pone rostro y carisma al popular analista de la CIA que empleando más el ingenio y la lógica que la fuerza y las armas (eso tampoco significa que la película carezca de escenas trepidantes y de gran acción), diferenciándolo de otros agentes secretos más al uso. Aun así, los guionistas no evitan hacer un guiño a los seguidores más exigentes del personaje respetando elementos icónicos como su relación con Cathy (descubrimos ahora como se conocieron y sus primeros años de convivencia antes de decidirse a pasar por el altar), interpretada en esta ocasión por Keira Knightley , así como las razones que lo llevaron a convertirse en analista (agradézcanselo a su mentor Thomas Harper, un Kevin Costner recuperado para el cine después de que su Jonathan Kent fuese de lo mejorcito de El hombre de acero, muerte estúpida aparte) y por qué un simple burócrata está tan preparado para la acción (el Ryan original fue veterano de la II Guerra Mundial, este estuvo en Afganistan, ¿ve lo que les decía de la cronología?).
Una característica de la obra de Clancy es ser muy respetuosa con el tiempo que le ha tocado vivir, y las películas no son una excepción. Si las intrigas de la Guerra Fría o el temor al terrorismo fueron temas importantes en los títulos anteriores, es este caso la amenaza que puede acabar con el estilo de vida americano se puede traducir en una demoledora crisis económica (no podía ser de otra manera).
El tercer eslabón de la cadena que garantiza el éxito de este film (tras los nombres de Pine y Clancy) es el de Kenneth Branagh, otrora brillante director reconvertido ahora en artesano eficaz que lejos de sus análisis de personajes reflexivos como corresponde a un fiel shakesperiano (aunque algo se mantuvo en su anterior película, Thor, al menos en la parte centrada en Asgard) se centra más en desarrollar correctamente una historia que en manos de un director menos diestro podría resultar confusa, demostrando que aun estando lejos de la maestría de sus mejores obras (como añoro al autor de Los amigos de Peter, Mucho ruido y pocas nueces y –sí, voy a atreverme a definirla como obra maestra- Frankenstein de Mary Shelley) sigue filmando extraordinariamente bien, midiendo bien el ritmo, dando el tiempo correcto a los diálogos (y es de agradecer encontrar buenos diálogos en un film de acción) y teniendo tiempo incluso para regalarnos la pasividad inquietante de su rostro en la confección del villano de la historia.
Pese a estar estrenada en este mes tan repleto de festivales y premios, Jack Ryan: Operación Sombra no es, ni pretende serlo, una película de Oscars, sino un simple entretenimiento, elegantemente filmado, con aroma clásico y buenas interpretaciones que no aburre en ningún momento aunque tampoco se atreve a arriesgar en su apuesta, por lo que pocas sorpresas se pueden hallar en ella.

Intriga, persecuciones, americanos heroicos y rusos malos. Y la sonrisa de chico travieso de Chris Pine. No pidan más y no serán decepcionados.

domingo, 24 de marzo de 2013

ANNA KARENINA (6d10)

Hay más de una decena de películas basadas en la obra de Tolstoy, Anna Karenina. Joe Wright es un director que se siente cómodo realizando películas basadas en obras clásicas (Expiación y Orgullo y Prejuicio, ambas con Keira Knightley) y la actriz es toda una especialista en papeles de época (aparte de las dos anteriores ha participado en La Duquesa, Doctor Zhivago y la serie Oliver Twist). Con semejantes precedentes, ¿qué interés puede tener una nueva versión sobre la aristócrata rusa? Eso mismo debió pensar Wright, que ha conseguido que su última película resulte toda una innovación visual, demostrando que con imaginación y talento no hay límites posibles.
No creo que valga la pena detenernos mucho en el consabido argumento (la relación prohibida entre Anna, una mujer casada, y el joven oficial Vronski), pero lo realmente novedoso es la forma de plasmar la historia en la pantalla. Wright transforma la novela en una obra de teatro, trasladada a la pantalla de manera casi literal, con constantes cambios de escenario en directo, transformaciones de decorados espectaculares si tenemos en cuenta que la película plasma fielmente escenas de la novela como el viaje en tren o la carrera de caballos.
Alrededor de este original planteamiento visual hay una gran selección de actores. La Knightley demuestra una vez más que se mueve como pez en el agua en este tipo de personajes y Aaron Taylor-Johnson sorprende como Vronsky después de haberse dado a conocer como el héroe friki Kick-Ass. Pero quien realmente está deslumbrante, robando cada plano en el que aparece, es Jude Law en el papel de Karenin, sobrio, frío y poseedor de una pasión contenida como corresponde al personaje del ruso despechado.
Podría hablaros también de la ambientación, la música o el vestuario (sublime), pero creo que esos méritos son algo casi obligado en una película de estas características, así que me quedo con la puesta en escena, original y dinámica.

¿Cómo se las ingeniarán en la (segura) próxima adaptación de Tolstoy?