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sábado, 20 de abril de 2019

EMBOSCADA FINAL

El mito de Bonnie y Clyde es tal que prácticamente se han convertido en personajes de leyenda, de esos cuya ficción se entremezcla con la realidad de forma confusa. Comparados, por un lado, con Robin Hood en versión moderna por la simpatía que despertaban entre el pueblo, y con Jack el Destripador, por otro lado, por ser uno de los primeros delincuentes en alcanzar fama mundial, la realidad sobre su historia es tan confusa como la de esos otros dos personajes, más cerca de la ficción literaria que de la realidad.
Parte de ello se debe a la versión romántica que de la pareja se ha dado en el mundo del cine, siendo Bonnie & Clyde de Arthur Penn la obra más significativa. El clásico de 1967 seguía de cerca la historia de la pareja de amantes, convirtiéndoles casi en héroes y maquillando ligeramente el desenlace final para ampliar la leyenda.
Emboscada final, una de las últimas películas de Netflix, pretende poner el foco en el otro lado de la historia, la del ex ranger Frank Hamer al que contratan para su detención y posterior ejecución. Siendo Kevin Costner el elegido para el papel, resulta difícil no encontrar ciertos paralelismos con su trabajo en Los intocables de Elliott Ness, y cuesta pensar que John Lee Hancock no tuviese la película de Brian de Palma en mente al preparar esta Emboscada Final.
Dejando de lado la realidad histórica (al final parece que ninguna de las dos películas mencionadas terminan de ser completamente fieles a la historia, si es que algún día conoceremos lo que realmente hicieron los dos criminales), el principal problema de Emboscada final es que, como su propio título avanza, todo está centrado en ese asalto definitivo de las fuerzas de la ley contra Bonnie y Clyde, cuya secuencia en la película de Penn es tan icónica que se me hace difícil que alguien pueda considerar hablar de ese final como u spoiler. Como fuese, el hecho de construir todo un film pensando en llegar a una escena concreta hace que durante muchos momentos la acción sea algo tediosa, resultando algo superficial y aburrida. Y eso que el binomio entre Costner y Woody Harrelson como compañeros de viaje (la contraposición entre sus personalidades y el mucho tiempo que comparten coche por carreteras americanas obliga a pensar ahora en True Detective) funciona muy bien y la ambientación es impecable. Pero algo falla en el ritmo de la narración, aparte de que poner el foco en Hamer en lugar de en Bonnie y Clyde es jugar directamente al caballo perdedor por la diferencia de interés entre ellos.
Al final, la película, que no aporta nada demasiado novedoso para los que recordemos el Bonnie & Clyde original), resulta algo aburridilla en espera a la llegada de su tercer acto, este más satisfactoria, dejándose ver como una curiosidad (esa devoción de las gentes de pueblo hacia los fugitivos, los intereses creados alrededor de la gobernadora), pero que no suma demasiado a lo visto anteriormente sobre estos criminales que, lamentablemente, resultan demasiado secundarios en esta ocasión.
Más que una película, esto es una “cara B”, un complemento, al Bonnie & Clyde de Penn, mereciendo los amantes otra película que se ajuste mejor a su historia real y que quizá algún día veamos.


Valoración: Cinco sobre diez.

viernes, 12 de enero de 2018

MOLLY'S GAME

Llega ya el momento de dejarse de comentarios y paja varia e ir a por los estrenos, que de eso vive el blog. Y el primer gran estreno del año ha sido Molly’s game, el debut como director de Aaron Sorkin.
Con una espectacular (en todos los sentidos) Jessica Chastain, Sorkin se ha basado en la historia real de Molly Bloom para realizar su primera película, heredera de las señas de identidad de su filmografía como guionista.
Molly Bloom era una aspirante a esquiadora olímpica cuya carrera se truncó por una lesión, pareciendo que debía conformarse con dirigir su vida por su plan B, la abogacía. Pero el mundo de las partidas de póker se cruza en su camino y Molly se ve seducida por la vorágine de fama, lujo y dinero que le proporciona el organizar partidas para millonarios ludópatas hasta que la mafia rusa (y por ende, el FBI) empiezan a oír hablar de ella.
Esta es una muestra más de ese subgénero que tan de moda se puso a raíz de El lobo de Wall Street sobre personajes anónimos que se enriquecen en una versión corrompida del Sueño Americano, ya sea el caso de Barry Seal, Gold, Juego de armas, y muchas más. Sin embargo, gracias al talento de Sorkin, la historia de Molly va más allá de una simple anécdota sobre una triunfadora que se enriquece casi de la noche a la mañana, convirtiendo su aventura en una historia de dolor personal, de superación y de traumas ocultos. Por ello es tan interesante ese largo prólogo sobre la juventud de Molly como esquiadora y es el personaje del padre (magnífico Kevin Costner) pieza clave de la película.
A diferencia de otros guionistas reconvertidos en directores, que quizá para centrarse más en su trabajo deciden adaptar libretos ajenos, Sorkin firma el guion a partir de la novela autobiográfica de Molly Bloom, por lo que la película se beneficia de esos diálogos brillantes y directos a los que nos tiene acostumbrados, como ráfagas de ametralladora tan intensas como las propias escenas del juego. Aun sin poderse considerar el póker un deporte, la combinación entre el juego y el mundo empresarial recuerda en parte a Mooneyball, el último guion de Sorkin para la gran pantalla, mientras que la puesta en escena tiene algo de La red social. Aquí también, como en aquella película de 2010, puede que los ajenos al juego de cartas se sientan por momentos algo desubicados, pero en realidad no importa demasiado, la historia es siempre más importante que el fondo, y es tan convincente la interpretación de Chastain (tan fría y distante en ocasiones como frágil en otras, recordándome en ciertos momentos a la Elizabeth Sloane de El caso Sloane) que realmente no es imprescindible saber más de lo justo y necesario. Cierto es que Sorkin no es David Fincher, y por más que parezca imitarlo no alcanza a sus virtudes visuales. Aun con un ritmo muy correcto que combina con eficacia el drama, la comedia y la intriga, no es Molly’s game una película completamente redonda y durante algún momento amenaza con perder algo de fuelle, pero afortunadamente nunca llega la sangre al río y el resultado global termina siendo sumamente agradable.
Muy complicada en su producción debido a los secretos que se intuyen, pero no llega a revelar (entre las identidades ocultas de los jugadores habituales parece ser que estaban Ben Affleck, Leonardo DiCaprio o Tobey Maguire), Molly’s Game es una muy interesante película, con un gran guion y unas interpretaciones grandiosas, que nos devuelven, por ejemplo, al mejor Idris Elba tras sus fiascos más recientes (La Torre Oscura, La montaña entre nosotros...).

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 22 de enero de 2017

FIGURAS OCULTAS: como ser mujer, negra e inteligente en la América de los 60'

No es nada novedoso que en Hollywood se fijen en el tema de la segregación y el racismo para abordar una película en pro de los derechos del colectivo afroamericano, y tras la polémica de los pasados Oscars son varias las películas del llamado “black power” que pueden tener acto de presencia en la ceremonia de este año.
Sin embargo, lo fácil es hablar siempre desde la tragedia y el dolor, como en las interesantes 12 años de esclavitud o Los hombres libres de Jones, pero en ocasiones es posible realizar esta denuncia desde la grandeza, destacando no solo la injusticia sino los logros conseguidos.
En esta línea se encuentra Figuras Ocultas, que inspirada en la historia real de Katherine Johnson, Dorothy Vaughn y Mary Jackson (y basándose, a su vez, en el libro de Margot Lee Shetterly), cuenta como un grupo de mujeres negras de gran inteligencia trabajaban como “calculadoras humanas” en un ala apartado de la NASA hasta que lograron hacer valer sus méritos y consiguieron el reconocimiento merecido.
No es cuestión de entrar en spoilers, pero es cuestión de historia mencionar que el propio John Glenn exigió que Katherine Johnson revisara personalmente los cálculos de las coordenadas para su viaje espacial poco antes del despegue e incluso fue acreedora de la Medalla Presidencial de la Libertad y unas instalaciones de investigación de la NASA llevan su nombre. No importa, por eso, saber cómo va a acabar la historia (los americanos logran viajar al espacio, siento chafaros el final) sino cómo se producen los acontecimientos.
Dirigida por Theodore Melfi con bastante sencillez, sin querer en ningún momento robar protagonismo a la propia historia, Figuras ocultas tiene una efectiva puesta en escena que recrea, con apenas cuatro pinceladas, la sociedad americana de los años sesenta y las evidentes discriminaciones que habían todavía en algunos estados del sur dependiendo del color de la piel. Melfi no hace verdadera sangre en el asunto, y lo plantea casi en todo simpático (las peripecias para ir al baño, por ejemplo), pero los detalles están ahí, para quien los quiera coger.
Al final, tenemos por un lado una historia con aroma patriótico (hay que recordad en qué época estamos) sobre la pugna entre Estados Unidos y la Unión Soviética por ganar la carrera espacial y lo vital que ello parecía para la sociedad, y por otro nos encontramos con la historia de tres amigas, tres brillantes matemáticas, destinadas a brillar en un mundo que las desprecia. Puede acusarse a la película de no incidir demasiado en la personalidad de las tres amigas, de ser demasiado superficial y edulcorarlo todo con ligereza, pero por el contrario este puede ser uno de los grandes méritos del film, que sin demasiado esfuerzo logra provocar una empatía tan brutal con las protagonistas que cada pequeño triunfo personal logra emocionar y apretar un poquito el corazón del espectador. Sin querer entrar demasiado en comparaciones, logró Figuras Ocultas enamorarme más de sus personajes y sus vidas que, por ejemplo, Lion, siendo esta última mucho más intensa e introspectiva.
Sinceramente, poco esperaba de este film en el momento de su estreno, temiéndome que me encontraría ante una película académica bien elaborada pero poco empática, pero ya sea por el buen trabajo de Melfi o por las potentes interpretaciones de sus tres heroínas, Taraji P. Henson, Octavia Spencer y la cantante Janelle Monáe, que lo cierto es que ha terminado por cautivarme y hacerme disfrutar (en un sentido totalmente opuesto) a como lo hiciera, por ejemplo, con La la land. No está, soy consciente, a la altura de aquella, sobretodo en cuanto a su puesta en escena, pero no anda demasiado lejos. Y de nuevo tenemos la confirmación de que Kevin Costner está mucho mejor en un rol secundario que cargando el peso de la película, siendo aquí un impecable director de la agencia.
Completan el reparto Kristen Dunst, en un personaje que no puede decir más con tan poco espacio, Mahershala Ali y un Jim Parsons que quizá sea lo que más chirríe del film, no porque el chaval lo haga mal, que para nada, sino porque siendo su personaje tan similar al Sheldon Cooper de The big bang theory, cuesta un poco separar a ambos.
En resumen, apasionante relato sobre la conquista espacial mucho más cercano que las odiseas galácticas tan de moda los últimos años (Interstellar, Gravity, Marte…) que aúna el heroísmo de los astronautas con el de las mujeres de color que hicieron posible su viaje, siendo una proclama contra la discriminación racial y, de paso, contra la sexual también.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 4 de septiembre de 2016

CRIMINAL: entretenimiento puro y duro.

Ya he ha hablado mucho de la falta de originalidad que hay en el Hollywood actual. En algunos casos, como el que nos ocupa hoy, la cosa es mucho más curiosa, pues Criminal no solo tiene el mismo planteamiento que una película muy reciente como Eternal sino que es capaz de traerse aquí incluso a su actor protagonista para repetir la jugada aunque cambiando de bando.
En ambos casos el punto de partida es una tecnología capaz de traspasar los recuerdos del cerebro de un fallecido a los de un cuerpo nuevo aunque claro, la cosa no es tan sencilla y el receptor sufrirá la confrontación de sus dos identidades, luchando por sobrevivir una a la otra. Si en Eternal Ryan Reynols era el joven en cuyo cuerpo re iba a reubicar la conciencia de Ben Kingsley aquí es el marido de Blake Lively quien fallece y sus recuerdos deben trasplantarse a la mente del asesino y sociópata que interpreta Kevin Costner, que en los últimos años parece empeñado a recuperar todo el prestigio perdido.
Afortunadamente, en manos de Douglas Cook y David Weisberg, autores del guion de La Roca (posiblemente la mejor película hasta la fecha de Michael Bay), la película desemboca en un frenesí de acción y emociones que permite que lo absurdo de su planteamiento se diluya en más de dos horas de puro entretenimiento.
Con un reparto de auténtico lujo (acompañan a Costner y Reynols  Gary Oldman, Tommy Lee Jones, Jordi Mollà y Gal Gadot, aunque también aparecen en papeles menores Alice Eve, Michael Pitt, Antje Traue y los televisivos Amaury Nolasco y Colin Salmon), la película es un thriller de acción dirigido con eficacia por el israelí Ariel Vromen que con un estilo que recuerda a las producciones de Luc Besson consigue imponer un ritmo trepidante a la acción que disimula las absurdeces de un guion algo loco e irregular.
Pese a todo, quizá sea Costner el único que verdaderamente destaca interpretativamente, dando lo mejor de sí mismo consciente de que cada fracaso en taquilla es una oportunidad perdida para él. También es su personaje el que mejor evoluciona a lo largo del film lo que le permite mayor variedad de registros, cosa que el actor sabe agradecer sosteniendo por si solo la película.
Todo es muy enrevesado, muy cogido por los pelos, pero estamos ante una de esas películas que es conveniente no analizar mucho y dejarse llevar por su ritmo y sus persecuciones, tiroteos y sus momentitos de emotividad, que también los tiene. Y todo ello con una cámara muy limpia y luminosa. Es decir, todo de lo que carece una película a priori mucho más seria e interesante como se suponía que era la simplona Jason Bourne.
Criminal no inventa nada nuevo, ni tampoco lo pretende. Ni siquiera prueba a sacar partido a las decisiones médicas moralmente discutibles en las que se basa. Es un producto de lucimiento para la acción y poco más. Y con ello debería bastar.

Valoración: siete sobre diez.

martes, 13 de mayo de 2014

TRES DÍAS PARA MATAR (5d10)

Siempre me resultó chocante la admiración que el galo Luc Besson ha procesado por el cine anglosajón, como demostró en sus primeros films francos hasta que tuvo la oportunidad de emigrar a su Hollywood ansiado. Tras convertirse en un referente en el cine de acción, nos tenía un poco abandonado desde que se embarcó en un cine más infantil como la saga de Charlie y los Minimoys o la fallida Adele y el misterio de la momia,  aunque recientemente volvió por el buen camino con su particular homenaje a Scorsese con Malavita y la paranoia que puede suponer la inminente Lucy, con Scarlett Johansson. Sin embargo, como más activo se ha mantenido es en su faceta de guionista y productor, consiguiendo que su firma sea sinónimo de acción y entretenimiento asegurados. Hace escasos días llegó Brick Mansions (la fortaleza) y ahora es turno de esta Tres días para matar, donde es el inefable McG (Los Ángeles de Charlie, Terminator Salvation) es quien toma las riendas tras las cámaras. Pese a ello, basta echar un rápido vistazo al film para poder confirmar que es una película 100% Luc Besson, ya que se reconocen en ella todas sus señas de identidad: acción desmedida, persecuciones en coche, un puntito de sensualidad (al que también podríamos llamar erotismo casi infantil) y un clasicismo narrativo algo simple y con alguna referencia a su París natal. De hecho, casi podríamos considerarlo como el abanderado del fine de acción actual, gustoso ofrecer una especie de serie B de lujo tal y como demuestran algunas de sus creaciones como las sagas Taxi, Transporter, Venganza o Distrito 13 y su reciente remake Brick Mansions (la fortaleza).
En esta línea se encuentra Tres días para matar, adrenalítico film que recupera a Kevin Costner como protagonista absoluto después de una época oscura y olvidable de la que parece empezar a recuperarse gracias a sus breves apariciones en blockbusters como El hombre de acero y Jack Ryan: operación Sombra. Ahora interpreta a Ethan Renner, un brillante agente de la CIA que debe retirarse cuando le diagnostican un cáncer terminal y decide pasar sus últimos días con su mujer y su hija a las que no ve en años. Pero un último caso inconcluso le perseguirá, obligándole a elegir entre recuperar el tiempo perdido o cumplir una última misión.

Lamentablemente, la película alterna sin demasiado acierto escenas trepidantes con momentos sensibleros que entorpecen la narración (Ethan enseñando a su hija a ir en bici, por ejemplo) mientras que el abuso de situaciones cómicas debe sumarse también en el lado de la balanza de cosas negativas (que Ethan pida consejos paternales a alguien a quien está torturando funciona la primera vez, pero pierde sentido en la reiteración). Pero ya he dicho que esta es una película de Luc Besson (ya ven que poco porcentaje de autoría concedo a McG) y lo suyo es el entretenimiento puro y duro, sin que merezca la pena entrar en análisis más profundos o pedir una coherencia argumental. Y en este sentido, la película cumple. Costner parece en plena forma y está bien secundado por Connie Nielsen (Gladiator, Basic) y Hailee Steinfeld (Valor de ley, El juego de Ender), interpretando a su esposa e hija respectivamente. Los villanos, completamente planos y estereotipados, corren de la mano de Tómad Lemarquis y Richard Sammel y Amber Heard interpreta a una absurda femme fatal a medio camino entre Jessica Rabbit y Sin City.

Acción, coches, tiros, explosiones, muchos muertos, humor, sentimentalismo y un París hermosamente fotografiado. Es la película ideal para no pensar en las preocupaciones de la vida cotidiana y pasar una tarde de domingo entretenida tras un contenedor de palomitas. 

lunes, 3 de febrero de 2014

JACK RYAN: OPERACIÓN SOMBRA (6d10)

Nueva adaptación al cine del célebre personaje de Tom Clancy, aunque con una importante salvedad: se trata de un guion escrito directamente para la gran pantalla por David Koepp y Adam Cozad, sin partir de ninguna novela concreta. Así, no hay que encuadrar esta película dentro de una hipotética saga de Jack Ryan, como pueda suceder con James Bond o Ethan Hunt, y la prueba más clara es que la película arranca con un Ryan universitario contemplando con estupor los atentados del 11 de septiembre, lo cual impide cualquier alineación cronológica con las otras versiones del personajes (todas ellas, esa vez sí, basadas directamente en novelas de Clancy), las interpretadas por Alec Baldwin en La caza del Octubre Rojo (John McTiernan, 1990), Harrinson Ford (Juego de Patriotas, 1992, y  Peligro Inminente, 1994, ambas de Phillip Noyce) y Ben Affleck (primer intento de renovar la supuesta saga con Pánico Nuclear, de Phil Alden Robinson, en 2002).
En esta ocasión es Chris Pine (quien ya consiguiera hacer olvidar a William Shatner reinventando al Kirk de Star Trek) quien pone rostro y carisma al popular analista de la CIA que empleando más el ingenio y la lógica que la fuerza y las armas (eso tampoco significa que la película carezca de escenas trepidantes y de gran acción), diferenciándolo de otros agentes secretos más al uso. Aun así, los guionistas no evitan hacer un guiño a los seguidores más exigentes del personaje respetando elementos icónicos como su relación con Cathy (descubrimos ahora como se conocieron y sus primeros años de convivencia antes de decidirse a pasar por el altar), interpretada en esta ocasión por Keira Knightley , así como las razones que lo llevaron a convertirse en analista (agradézcanselo a su mentor Thomas Harper, un Kevin Costner recuperado para el cine después de que su Jonathan Kent fuese de lo mejorcito de El hombre de acero, muerte estúpida aparte) y por qué un simple burócrata está tan preparado para la acción (el Ryan original fue veterano de la II Guerra Mundial, este estuvo en Afganistan, ¿ve lo que les decía de la cronología?).
Una característica de la obra de Clancy es ser muy respetuosa con el tiempo que le ha tocado vivir, y las películas no son una excepción. Si las intrigas de la Guerra Fría o el temor al terrorismo fueron temas importantes en los títulos anteriores, es este caso la amenaza que puede acabar con el estilo de vida americano se puede traducir en una demoledora crisis económica (no podía ser de otra manera).
El tercer eslabón de la cadena que garantiza el éxito de este film (tras los nombres de Pine y Clancy) es el de Kenneth Branagh, otrora brillante director reconvertido ahora en artesano eficaz que lejos de sus análisis de personajes reflexivos como corresponde a un fiel shakesperiano (aunque algo se mantuvo en su anterior película, Thor, al menos en la parte centrada en Asgard) se centra más en desarrollar correctamente una historia que en manos de un director menos diestro podría resultar confusa, demostrando que aun estando lejos de la maestría de sus mejores obras (como añoro al autor de Los amigos de Peter, Mucho ruido y pocas nueces y –sí, voy a atreverme a definirla como obra maestra- Frankenstein de Mary Shelley) sigue filmando extraordinariamente bien, midiendo bien el ritmo, dando el tiempo correcto a los diálogos (y es de agradecer encontrar buenos diálogos en un film de acción) y teniendo tiempo incluso para regalarnos la pasividad inquietante de su rostro en la confección del villano de la historia.
Pese a estar estrenada en este mes tan repleto de festivales y premios, Jack Ryan: Operación Sombra no es, ni pretende serlo, una película de Oscars, sino un simple entretenimiento, elegantemente filmado, con aroma clásico y buenas interpretaciones que no aburre en ningún momento aunque tampoco se atreve a arriesgar en su apuesta, por lo que pocas sorpresas se pueden hallar en ella.

Intriga, persecuciones, americanos heroicos y rusos malos. Y la sonrisa de chico travieso de Chris Pine. No pidan más y no serán decepcionados.

martes, 25 de junio de 2013

EL HOMBRE DE ACERO (5d10)

Extraña la nueva versión del héroe de DC así como extraña ha sido mi percepción de la misma. Mientras veía la película estaba disfrutando, considerando puntuarla con un mínimo de 8. Superado el ecuador de la obra la cosa decae sobremanera, de manera que he salido de la sala del cine con un 6 en la cabeza, y en el tiempo que he tardado en empezar a escribir estas líneas (apenas un par de horas) la he dejado reposar lo suficiente para quedarme con un aprobado rascado. Y gracias.
Ante sentimientos tan encontrados he decidido escribir una crítica un poco diferente a lo habitual, enumerando al principio lo que me ha gustado y a continuación lo que no, de manera que cada uno de vosotros valoréis lo que consideréis que tenga más peso.
La historia, por más que nos la sepamos de memoria, está narrada de forma bastante interesante, fusionando el argumento de las dos primeras películas clásicas (¡que larga es la sombra de Richard Donner!). Había cierta duda sobre si iba a pesar más la dirección de Zack Snyder o la producción de Christopher Nolan (ese tipo que debe odiar tanto a los superhéroes que le alimentan que se empeña en que sus nombres no aparezcan ni en el tíitulo), y por fortuna ha sido el director quien se ha llevado el gato al agua, con una dirección sobria y elegante (me sobra el uso de algún zoom), no tan excesiva como nos podíamos temer y con algunas secuencias realmente impactantes (esas peleas en vuelo, casi en primera persona). También encuentro interesante la manera de alternar dos líneas temporales, tal y como ya hiciera en la brillante Watchmen, y la recreación de Kripton es muy buena, desmarcándose de lo que habíamos visto hasta ahora e insinuando una mitología propia que sabe a poco. Otro aspecto destacado es el interpretativo. Henry Cavill (conocido por su participación en Los Tudor y por ser el hijo de Bruce Willis en esa flojita peli de intriga rodada en España llamada  En la fría luz del día) está a la altura de Christopher Reeve y a años luz del soso de Brandon Routh, haciendo un Superman creíble, con toques de humanidad y gran poder de seducción, mientras que Amy Adams consigue con esa mezcla de determinación y ternura confeccionar a la mejor Lois Lane posible (por encima de la histriónica Margot Kidder y... ¿alguien se acuerda quien hacía el papel en Superman returns?). Parecía imposible evitar comparaciones odiosas con Marlon Brandon y Glenn Ford, pero Russell Crowe y Kevin Coster aprueban con nota, mientras que Michael Shannon (al que hemos visto en Broadward Empire y poco más) cumple como villano, pese al horrible doblaje español. Así que: perfecto, el personaje se presenta con buen ritmo (el uso de los flashback nos permiten ver al héroe vestido con su característico traje apenas a la media hora de película) y la parte dedicada a su juventud es emotiva sin empalagar, así como interesante la manera de darse a conocer al mundo (me gusta especialmente que Lois descubra enseguida su identidad, nunca entendí que la ganadora de un Pulizzer pudiera ser tan torpe como periodista).
Si hasta ahora me gustaba todo... ¿Qué pasa para que me venga abajo? Para empezar, el villano. Por más que se esfuerce el actor y por mucho que a priori aplaudiésemos la ausencia de Lex Luthor en esta primera película,  lo cierto es que la amenaza que supone el general Zod es terriblemente plana. Una vez enfrentado a Superman desaparecen las subtramas y todo se reduce a más de una hora de una batalla interminable, explosiones a tutiplén y edificios derrumbándose. No creo que exagere nada si afirmo que a partir del ecuador de la película el guion brilla por su ausencia,  ignorando esa máxima del cine de calidad que afirma que, en ocasiones, más es menos. Todo ahora se reduce a un exceso de violencia y destrucción que termina por aburrir soberanamente, haciéndose eterno y recodando poderosamente además (aunque en malo) a la batalla final de Los Vengadores. Además,  tiene el film un tufillo a trascendencia épica (aquí si que se adivina la mano de Nolan) que lastra al personaje, que por momentos parece contagiarse del aurea de divinidad que ya insinuó Bryan Singer en la fallida Superman Returns, y desechando totalmente el sentido del humor que Josh Wedon tan sabiamente usó para aderezar a Los Vengadores. Sí,  este es un mundo más real, parecen decir Nolan y Snyder, pero la conclusión se me antoja muy Happy End cuando media ciudad es destruida y ni por asomo se ve o menciona a una sola víctima civil. En serio, quée terriblemente decepcionante y soporífera segunda hora de película (y dicen que el montaje inicial superaba las tres horas).
Quiero concluir esta crítica analizando dos escenas concretas que me parecen determinantes en la definición del personaje, pero que podrían tratarse de SPOILERS (bueno, una seguro que lo es) así que estáis avisados por si no queréis continuar leyendo.
No soy un especialista en la mitología de Superman, he leído mucho más Marvel (especialmente Spiderman, como veréis a continuación), pero me consta que Johnatan Kent muere por un infarto, y aunque siempre se esforzó por dar una buena educación a su hijo no lo recuerdo en el comic original como una guía espiritual tan marcada en la vida de Clark Kent como en esta película (algo así sucedía también en Smallville), donde aquí además el personaje interpretado por Kevin Costner muere a consecuencia de la no intervención de Clark en un momento dado.¿ Es cosa mía o sobrevuela por ahí el recuerdo del tío Ben? Solo falta que en algún momento el bueno de Johnatan le suelte a su hijo adoptivo eso de que "todo gran poder..." ¿Ya sabéis cómo sigue, no?
Lo segundo que quería comentar, e insisto con lo del spoiler, concierne a la escena final, al momento culminante en que Superman, para salvar la vida de tres civiles mata al general Zod. Vamos a ver, quizá esto os parezca de alguien muy cuadriculado, pero esto es así: Superman no mata. Punto. Es casi una definición del personaje. Batman es el oscuro y violento. Superman, no. Y verse en esa tesitura en la que se supone es su primera película y su primera acción como superhéroe debería marcarlo de por vida. Algo parecido pasa en Marvel. Lobezno no tiene reparos a la hora de desgarrar a alguien, pero en sus más de cincuenta años de historia Spiderman nunca ha provocado voluntariamente ninguna muerte, conocedor de que una vez que se cruce la línea ya no habrá marcha atrás. Superman la ha cruzado (da igual que hubiesen inocentes en peligro, Spiderman habría encontrado otra manera de solucionarlo o habría muerto en intento; y el verdadero Superman, tanto el del comic o como el de Donner, también), y eso hace que deje de ser nuestro héroe tal y como lo conocemos.
Otro héroe deformado, oscuro y amargado. Sigue así,  Nolan. En  Marvel te lo agradecerán.

Resumiendo, brillante arranque con una buena historia y unas grandes interpretaciones que deriva en una copia mala, burda y aburrida de la épica batalla de Nueva York de Los Vengadores. No es tan mala como el final de la estúpida y sobrevalorada trilogía del murciélago llorica,  pero sí muy decepcionante.