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jueves, 1 de noviembre de 2018

HUNTER KILLER: CAZA EN LAS PROFUNDIDADES

Que la carrera cinematográfica de Gerard Butler está en claro declive es una evidencia. Alejado ya del papel de galán en comedias románticas, sus últimos trabajos se reducen a repetir siempre el mismo personaje de tipo duro en situaciones extremas en producciones de dudosa calidad, como aquella olvidable Geostorm. En la misma linea se estrena ahora Hunter Killer: Caza en las profundidades, película que ha llegado sin apenas promoción y que probablemente sea un nuevo traspiés en la taquilla. A las pruebas me remito: decidí verla anoche debido a que la sala en la que ofrecían Bohemian Rhapsody estaba a reventar. A cambio, pude “disfrutar” de esta Hunter Killer absolutamente solo en mi sala. Mal presagio...
El caso es que una vez puestos en harina y aceptando todas las debilidades que sin duda me iba a ofrecer esta película de Donovan Marsh, un tipo de esos que ves su filmografía y piensas “¿de donde han sacado a este tipo?”, la cosa no está tan mal como podía parecer en un principio.
Sí, de acuerdo, esto es una versión extraña de La caza del Octubre Rojo, recuperando viejos tics de la Guerra Fría entre Rusia y Estados Unidos en pleno siglo XXI con submarinos de por medio, pero, dejando de lado todo lo absurdo de su guion, no se le puede negar a la película un notable sentido del espectáculo.
Con unos efectos digitales bastante superiores al bochorno de Geostorm y una dirección bastante dinámica y efectiva, Hunter Killer es una historia de persecuciones submarinas, peleas entre machitos y diálogos políticos rancios que aspira a contener un mensaje político sin conseguirlo. Es como jugar a ser Tom Clacy pero partiendo de una de esas novelitas que se leen en el aeropuerto para matar las horas muertas. El discurso político es ridículo y el tradicional postureo patriótico necesario para aderezar este tipo de films cae esta vez por el lado soviético, resultando igual de empalagoso e inverosímil. Pero claro, verosimilitud es lo último que se le debe pedir a una película de Gerard Butler, un tipo que debió haber nacido dos décadas antes y que domina mucho mejor el arte del postureo que el interpretativo. Así, teniendo en cuenta todos estos elementos que, de pillarnos por sorpresa podrían haber arruinado la película, lo que queda es un divertimento absurdo y muy entretenido que se puede disfrutar sin complejos y que gracias a su falta de pretensiones, consigue resultar verdaderamente estimulante y hasta emocionante.
Butler nunca será el John McLaine que a él le gustaría (basta verlo en su saga compuesta, hasta ahora, por Objetivo: la Casa Blanca y Objetivo: Londres para reconocer ahí una Jungla de Cristal de marca blanca) pero sigue conservando suficiente carisma como para soltarlas bravuconadas que lanza en pantalla sin sonrojarse ni provocar sonrojo. 
Al final, el espectáculo pirotécnico supera la colección de despropósitos (lo de Gary Oldman haciendo por enésima vez de tipo histriónico es de traca) consiguiendo que el resultado final sea una estupenda serie B de lujo, una de esas películas que antes denominábamos como carne de videoclub pero que se disfruta mejor en pantalla grande como pasatiempo fugaz de fácil consumo y olvido rápido.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 15 de enero de 2018

EL INSTANTE MÁS OSCURO

Joe Wright es un director de gran personalidad y potente pericia visual, y a excepción de la fallida Pan todas sus películas han aportado un cierto punto de interés por su puesta en escena, siendo el caso de Anna Karenina, posiblemente, el más radical.
En El instante más oscuro Wright parece moderarse un poco a la hora de acometer la figura del primer ministro británico Winston Churchill, en una obra que podría ser la cara B de la Churchill de Jonathan Teplitzky estrenada hace un par de meses y que yo tuve la ocasión de ver esta misma semana, pero que también se relaciona con otras películas recientes como el Dunkerque de Christopher Nolan o Su mejor historia de Lone Scherfig, sin duda la más redonda de las cuatro.
El instante más oscuro tiene un punto de partida muy similar al de Churchill, presentándonos la figura del político y orador a través de una nueva secretaria y de su esposa, aunque hay una diferencia en cuanto a la época a describir que rápidamente diferencia ambas películas y ofrece dos miradas casi en las antípodas del personaje. Mientras en aquella se veía a un Churchill asustado por las posibles bajas humanas del desembarco de Normandía aquí es el principal defensor de la guerra, convencido de que firmar la paz significaría rendirse ante el régimen nazi y perder con ello toda la identidad del Imperio.
Gary Oldman, bien escudado en el látex, hace una brillante interpretación del político, imitando sus gestos y tono de voz a la perfección, y Wright juega con la cámara como tanto le gusta, con inspirados planos secuencia y mostrando la guerra apenas con cuentagotas pero suficiente como para transmitir las sensaciones oportunas, siendo su representación del rescate civil a Dunkerque mucho más creíble y épico que el de Nolan. Claro que eso no es nuevo para él, ya que en Expiación un soberbio plano secuencia resumía lo que posiblemente fueron las playas de la costa francesa mucho mejor que Nolan en una película entera. Sin embargo, y pese a estos momentos de delicia visual, la película no va mucho más allá, resultando algo reiterativa en su discurso y terminando por ser una repetición de gente hablando entre la oscuridad de las salas del parlamento británico repitiendo lo mismo. Las intrigas palaciegas para poner a Churchill en el poder, primero, y tratar de quitárselo de encima, después, no ahondan lo suficiente como para conocer de verdad los entresijos de la política británica en tiempos de guerra y tampoco la propia figura de Churchill, limada de cualquier atisbo de claroscuros que pudiera tener, resulta demasiado bien definida.
Al final, estamos ante una película de cuidada técnica y potente interpretación, pero que como retrato de una época histórica sigue resultando demasiado pobre, como si Wright dudase entre desnudar al hombre de sus miserias o, simplemente, rendirle pleitesía.
No muy superior a la reciente Churchill, es solo un complemento para poder apenas imaginar algo sobre el primer ministro, aunque la historia del cine todavía le debe una buena película al un político que será más recordado por sus discursos que por sus decisiones.

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 1 de septiembre de 2017

EL OTRO GUARDAESPALDAS, la tontería más divertida del verano

Por algún motivo que no alcanzo a comprender, la promoción de El otro guardaespaldas hace hincapié en definir la película como una especie de parodia de El guardaespaldas, aquella peliculilla simpática sin más pero que recaudó dinero a raudales que dirigió Mick Jackson en 1992 para mayor gloria de Kevin Costner y Whitney Houston: el título en español (tipografía incluida), el poster promocional (ridículo, por cierto) y hasta la incursión del tema principal de aquella en el tráiler de esta.
Y todo para resultar que El otro guardaespaldas no tiene nada que ver con aquella más que el hecho de que el protagonista es un guardaespaldas. Puestos a comparar, esta budymovie en toda regla tendría más en común con Límite 48 horas, por aquello de los dos antagonistas (en aquella era un policía y un delincuente, aquí un guardaespaldas y un asesino, en ambos casos uno blanco y el otro negro) y la carrera contrarreloj en la que se ven envueltos, en una comedia de acción alocada y espectacular. Aunque lo cierto es que en los ochenta y los noventa eso de juntar dos protagonistas opuestos y darles una trama criminal era algo bastante corriente, y las referencias que se pueden encontrar en esta película que dirige Patrick Hugles son infinitas.
Al final, estamos ante un entretenimiento funcional pero muy convencional que basa casi todas sus armas en la química entre los dos protagonistas, enemigos condenados a entenderse, que tampoco tienen demasiada base como para hacer interpretaciones demasiado esforzadas. Jack Reynols recupera el rol cómico de Deadpool, mucho mejor que cuando se quiere poner serio, y Samuel L. Jackson se limita a hacer de Samuel L. Jackson, que para eso es lo que mejor se le da. 
Al menos Gary Oldman compone a un villano algo menos histriónico y exagerado de lo que nos tiene acostumbrados y Salma Hayek (muy efímera) y Elodie Yung (la Elektra del Daredevil de Netflix) aportan el toque femenino.
La película sirve, además, como guía turística, sobretodo de Londres y Ámsterdam, recreándose Hugles durante las interminables persecuciones y tiroteos en mostrar lo más destacado de ambas ciudades.
El otro guardaespaldas no engaña, y es lo que aspira a ser, una comedia con mucha acción, explosiones, disparos y muertes a gogo, exagerada e inverosímil, que no se toma en serio a sí misma casi nunca (quizá solo en el flashback sobre el personaje de Samuel L. Jackson) y que como tal puede funcionar, abrazando el absurdo y alternando la espectacularidad (y con esa moda de hoy en día de incluir varias peleas en un plano secuencia, algunas efectivas pero ni de lejos a la altura de cosas más serias y trabajadas como Atómica) con el ridículo.
El otro guardaespaldas es eso y poco más. Diversión y chascarrillos repetitivos que pueden refrescar el final de las vacaciones, pero que no ayudan a elevar el nivel de un verano relativamente flojo en lo que a producciones cinematográficas se refiere.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 4 de septiembre de 2016

CRIMINAL: entretenimiento puro y duro.

Ya he ha hablado mucho de la falta de originalidad que hay en el Hollywood actual. En algunos casos, como el que nos ocupa hoy, la cosa es mucho más curiosa, pues Criminal no solo tiene el mismo planteamiento que una película muy reciente como Eternal sino que es capaz de traerse aquí incluso a su actor protagonista para repetir la jugada aunque cambiando de bando.
En ambos casos el punto de partida es una tecnología capaz de traspasar los recuerdos del cerebro de un fallecido a los de un cuerpo nuevo aunque claro, la cosa no es tan sencilla y el receptor sufrirá la confrontación de sus dos identidades, luchando por sobrevivir una a la otra. Si en Eternal Ryan Reynols era el joven en cuyo cuerpo re iba a reubicar la conciencia de Ben Kingsley aquí es el marido de Blake Lively quien fallece y sus recuerdos deben trasplantarse a la mente del asesino y sociópata que interpreta Kevin Costner, que en los últimos años parece empeñado a recuperar todo el prestigio perdido.
Afortunadamente, en manos de Douglas Cook y David Weisberg, autores del guion de La Roca (posiblemente la mejor película hasta la fecha de Michael Bay), la película desemboca en un frenesí de acción y emociones que permite que lo absurdo de su planteamiento se diluya en más de dos horas de puro entretenimiento.
Con un reparto de auténtico lujo (acompañan a Costner y Reynols  Gary Oldman, Tommy Lee Jones, Jordi Mollà y Gal Gadot, aunque también aparecen en papeles menores Alice Eve, Michael Pitt, Antje Traue y los televisivos Amaury Nolasco y Colin Salmon), la película es un thriller de acción dirigido con eficacia por el israelí Ariel Vromen que con un estilo que recuerda a las producciones de Luc Besson consigue imponer un ritmo trepidante a la acción que disimula las absurdeces de un guion algo loco e irregular.
Pese a todo, quizá sea Costner el único que verdaderamente destaca interpretativamente, dando lo mejor de sí mismo consciente de que cada fracaso en taquilla es una oportunidad perdida para él. También es su personaje el que mejor evoluciona a lo largo del film lo que le permite mayor variedad de registros, cosa que el actor sabe agradecer sosteniendo por si solo la película.
Todo es muy enrevesado, muy cogido por los pelos, pero estamos ante una de esas películas que es conveniente no analizar mucho y dejarse llevar por su ritmo y sus persecuciones, tiroteos y sus momentitos de emotividad, que también los tiene. Y todo ello con una cámara muy limpia y luminosa. Es decir, todo de lo que carece una película a priori mucho más seria e interesante como se suponía que era la simplona Jason Bourne.
Criminal no inventa nada nuevo, ni tampoco lo pretende. Ni siquiera prueba a sacar partido a las decisiones médicas moralmente discutibles en las que se basa. Es un producto de lucimiento para la acción y poco más. Y con ello debería bastar.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 21 de junio de 2015

EL NIÑO 44 (5d10)

Ambientada en la Rusia comunista (la antigua URSS), El niño 44 cuenta la historia de un asesino en serie en una época en la que se proclamaba que “no existen asesinos en el paraíso”. En un época que podría definirse por una constante caza de brujas ante la paranoia de Stalin contra los “traidores a la patria” la aparición de este asesino se entremezcla con la extraña historia de amor entre el militar Leo Demidov y Raisa, y la caída en desgracia de la pareja por no querer acusar él a su esposa por traición.
Disfrazada por el sueco Daniel Espinosa de crónica social, la película es en realidad una simple y casi tópica historia de psicópatas al más puro estilo de El silencio de los corderos, aunque sin la tensión de aquella.
Confieso no haber leído la novela de Tom Rob Smith en que se basa, pero la película acontece de una falta de ritmo y una reiteración que hace que las más de dos horas de metraje resulten algo excesiva. Y no es que la película llegue a aburrir, que no lo hace, pero el caso es que si nos quedamos con la trama policiaca la cosa queda algo floja y previsible (hay que tener en cuenta que conocemos el rostro del asesino a media película) mientras que la parte política está lamentablemente desaprovechada.
Tanto es así que toda la fuerza dela película recae en su reparto, muy atractivo en cuanto a nombres se refiere pero sin demasiado interés por mi parte, con un Tom Hardy cuya cara de pena me está empezando a cansar, una Noomi Rapace tan insulsa como siempre y un Gary Oldman que, esté en la época que esté, siempre termina haciendo lo mismo (de hecho, una vez llegado al final, no pude dejar de preguntarme si se trataba de una especie de precuela de Batman en la que se nos explica como Gordon llega a comisario). También pululan por ahí Vicent Cassel, Joel Kinnaman y un casi anecdótico Jason Clarke. Muchos nombres pero pocas nueces.
Al final, la película logra mantener más o menos el interés, con algunos momentos de acción bastante bien conseguidos, pero sobrevuela sobre ella constantemente la sombra de la decepción, como si Espinosa fuese un jugador de cartas novato que no sabe qué hacer con una buena mano. Desde luego, la historia podría haber dado para mucho más. Pero habrá que conformarse con lo que hay.

sábado, 19 de julio de 2014

EL AMANECER DEL PLANETA DE LOS SIMIOS (8d10)

Miedo le tenía a esta película debido al enorme hype que estaba produciendo. Tantas noticias y críticas diciendo que se trata de la película del año, casi una obra maestra, no hacían más que provocar mi desconfianza ante un nuevo producto sobredimensionado que no podía más que decepcionar.
Pues nada más lejos de la realidad. La secuela de El origen del Planeta de los Simios (que a su vez, como esta, era precuela del clásico El Planeta de los simios) es esplendida, maravillosa, grandiosa y genial.
Protagonizada por un monstruoso Andy Serkis que se merece el Oscar ya (y si no es posible dárselo porque no se le ve el rostro que inventen una categoría especial urgentemente), la película continúa tal y como quedó su antecesora, con los simios viviendo en libertad y un virus mortal para los humanos propagándose por todo el planeta. Diez años después, los simios han construido una comunidad que los muestra a medio camino entre su naturaleza salvaje y los rasgos de humanidad que el aumento de inteligencia ha formado en ellos. Así, se nos presentan como una especie de tribu ancestral, cazadora en grupo y portadores de armas de hierro y constituida en una sociedad liderada por Cesar, que se ha convertido, además, en cabeza de familia.
Por su parte, un escaso grupo de humanos ha logrado sobrevivir a la epidemia al ser inmunes al virus, pero para garantizar su supervivencia dependen de poner en funcionamiento una central energética ubicada en una presa que está, precisamente, en territorio simio. Mientras en el campamento establecido en San Francisco el líder humano Dreyfuss se encargará de armar y preparar a sus hombres para un posible combate Malcolm y un escaso puñado de humanos más tratarán de negociar un acuerdo con los simios.
Sin embargo, no todos los humanos van a aceptar de primeras la amistad de los simios, ni todos los simios se van a prestar a colaborar con los humanos.
Lo que podría parecer una película de aventuras con tintes naturistas pronto se convierte en una película bélica, sin contemplaciones. Cruel y sanguinaria, El amanecer del Planeta de los Simios se entiende como una metáfora de la imposibilidad de entendimiento entre dos razas diferentes, y cómo el odio más irracional puede conducir a la hecatombe sin que la lógica ni los sentimientos puedan evitarlo. Jugando constantemente en apuntar a unos y a otros como los “malos” de la peli, la película no ofrece un villano general (aunque sí uno particular), pues el quid de la cuestión es que los humanos se han vuelto demasiado animales y los animales demasiado humanos, con lo que el conflicto será, finalmente, inevitable.
La película está dirigida con maestría por Matt Reeves, amiguete de correrías de J.J. Abrams quien le dio la oportunidad de debutar en cine con la interesante Monstruoso a la que siguió la estupenda adaptación americana de la película nórdica Déjame entrar. Juntos además habían colaborado ya en la serie Felicity, lo que se puede comprobar en la participación en la película de Keri Russell, protagonista de la serie y no demasiado prodigada en cine. Otro viejo conocido de la familia es Kirk Acevedo, famoso por su doble papel de Charlie Francis en Fringe y que aquí tiene un breve pero determinante papel.
Reeves completa ahora su mejor película hasta la fecha, luciéndose en las escenas de acción y sabiendo mantener el ritmo sin caer en la sensiblería ni el maniqueísmo y regalándonos alguna escena especialmente inspirada, como la del tanque en pleno campo de batalla.
Como protagonistas del film (aparte, insisto, del fenomenal Andy Serkis) encontramos a Jason Clarke (actor sosete que se dio a conocer en La noche más oscura y será el nuevo John Connors) y a Gary Oldman, los cuales hacen unas interpretaciones sufridas pero sin demasiado espacio para el lucimiento. Y es que si hay que ponerle algún pero a la peli (alguno se lo pone, yo no) es lo superficialmente dibujados que están los personajes, de los cuales apenas sabemos nada aparte de que perdieron a seres queridos debido a la epidemia de la que muchos responsabilizan a los simios. 
Sin embargo, en mi opinión, no necesitamos conocer mucha más de ellos, pues los verdaderos protagonistas del film, los que mueven el motor de la acción, son los simios, y en ese bando, aparte de conocer de antemano el pasado de Cesar y de su segundo a bordo Koba quedan suficientemente bien definidos en la película para comprender sus sentimientos y motivaciones aún sin haber visto la anterior.
Como colofón final a una película que supera con creces (y eso sólo es ya todo un mérito) a la obra de Rupert Wyatt y se sitúa a la par (aunque los ritmos narrativos y las secuencias de acción son totalmente diferente, como corresponden a las épocas de rodaje) al clásico que protagonizó Charlton Heston allá por 1968 tenemos a Michael Giacchino como autor de la banda sonora, otro más que salió de la factoría Abrams pero que ya brilla con luz propia y que aquí consigue una impagable obra musical que engrandece aún más la película.
Simpática y tierna en algunos momentos, dura y trágica en otros y decididamente trepidante y emocionante pero sin renunciar a la reflexión en ningún momento, El Amanecer del Planeta de los Simios es, probablemente, la mejor película estrenada este año, por lo menos en lo que a cine comercial se refiere, y es que sus guionistas han logrado escribir el libreto de una película cargada de efectos especiales y personajes digitales sin permitir que estos se coman a la historia.
Magnífica. No hay más que decir.



sábado, 8 de marzo de 2014

EL PODER DEL DINERO (4d10)

Con la resaca de los Oscars todavía a cuestas y mientras medito mi opinión sobre la precuela/secuela de 300 (aún no tengo claro si la adoro o la aborrezco), recupero otro estreno de la semana pasada que pasó algo desapercibido, con total merecimiento, eso sí.
Pero primero, permitidme que os explique cómo fue mi lunes por la tarde:
Como hago siempre que puedo, acudí a mi cine con tiempo de sobra para asegurarme una buena butaca y fui a una cafetería cercana para matar el tiempo con ojeando algún diario al amparo de un café. Junto a la información sobre el

reciente MWC celebrado en Barcelona me llamó la atención un anuncio de una empresa de móviles que no nombraré porque no me pagan por ello que promocionaba con especial ahínco una Tablet cuya principal virtud era que no se estropeaba al sumergirse en agua, al igual que el teléfono móvil al que está emparentado.
Apurado el café acudí al cine y, ya sumergido en la oscuridad de la sala y tras la musiquilla de “Movierecord” que siempre me pone nostálgico apareció en pantalla una jovencita recién levantada que, en lugar de seleccionar el vestuario del día elige entre un surtido de pintura para cubrir su cuerpo desnudo con un vestido dibujado y, con tan gloriosa apariencia, salir a la calle sin nada más que su teléfono móvil, el cual utilizaba para pagar el autobús, la compra… incluso para abrir la puerta de su casa. La compañía, claro, tampoco la mencionaré, pero seguro que habéis visto el anuncio en la tele.
¿A qué viene todo este rollo?, os preguntaréis. Ahora voy, tranquilos. El caso es que empieza la película, una tontería como una casa con un actor bastante limitadito (Liam Hemsworth) al que le queda mucho por aprender si quiere ser conocido por algo más que por ser el hermano de Thor (incluso hay quien lo define como “el cuñado de la Pataky”) y dos viejas glorias que vivieron tiempos mejores y cuyos agentes no parecen ganarse demasiado bien su sueldo, como es el caso de Harrinson Ford y Gary Oldman, que va sobre un enfrentamiento entre dos magnates tecnológicos que antaño fueron socios y amigos (toma originalidad) y en cuya guerra se ve metido un espabilado chaval que promete mucho y que recuerda demasiado al Justin Timberlake de Runner Runner. Es engañado para cometer espionaje industrial en un argumento absurdo a la par que aburrido y cuyo clímax recuerda a mil películas, pero a mí me remite a un ejemplo exageradamente reciente, el Jack Ryan de Kenneth Brannagh, con la escena del chaval recorriendo un edificio supuestamente ultra protegido como si de un espía de brillante currículo se tratase.
Toda la película es un despropósito total, que aunque no llega a ser completamente insoportable y entretiene lo justo durante su visionado (por malos que sean los papeles ver a Ford y Oldman juntos siempre anima un poco), siendo lo mejor del film la aportación del veterano Richard Dreyfuss (y la fugaz aparición de Josh Holloway -¡cómo añoro Perdidos!-), cuando el asunto roza ya por completo el ridículo es en dos momentos supuestamente claves de la trama (y no, no me refiero a la típica y tópica historia de amor metida con calzador por medio, aunque también podría ser): por un lado, la explicación del nuevo y revolucionario invento de la gente del personaje interpretado por Ford: un móvil super mega guay  que permitirá al usuario salir de casa sin necesitar llevar nada más encima, ya que con él se podrá hacer la compra, pagar el autobús, abrir la puerta de la casa... ¿En serio? ¿Ese es el gran objetivo que todos persiguen y que va a cambiar el mundo de las telecomunicaciones? Solo habría faltado ver a Harrinson Ford en pelotas pintarrajeado en plan bodypoint para hacer una demostración de su maravilloso móvil. O mejor, no.
El otro momento clave al que aludo es cuando el tontaina del protagonista quiere poner una trampa a los malvados empresarios y gravar una conversación gracias a un móvil oculto. Es descubierto y, para frustrar sus planes, dejan caer el móvil en una jarra de agua, inutilizándolo. ¿Estamos locos? ¿Y esta es la gran conspiración de carácter futurista y tecnología avanzada que nos quieren vender?
Si el peso de la película se basa en dos apuestas de futuro que yo había visto anunciadas ya en España justo antes de entrar al cine, apañados vamos.
En resumen, que la peli es una tontería vista ya mil veces, no hay por dónde agarrarla y su credibilidad es mínima. Sinceramente, si les queda por ver alguna de las nueve películas nominadas al Oscar, no se me ocurre qué hacen perdiendo el tiempo con esto.

Mejor vayan a ver Her. Ese sí es el futuro. Pero un futuro a la vuelta de la esquina.

lunes, 17 de febrero de 2014

ROBOCOP (4d10)

En 1987 un Paul Verhoeven recién llegado a los Estados Unidos haría la primera de sus tres grandes películas, RoboCop (después de Desafío Total e Instinto Básico su nombre dejó de ser sinónimo de éxito), una brillante y salvaje fábula policíaca y de ciencia ficción sobre un personaje mitad hombre mitad máquina que daría pie a dos secuelas, cuatro series de televisión y toda una franquicia en comics.
Ahora, 27 años después llega un posiblemente innecesario remake con José Padiha a los mandos y Joel Kinnaman como protagonista. Pero sería injusto cargar a esta película con la losa de ser constantemente comparada con su antecesora, así que mejor la olvidamos y la intentamos analizar como obra individual.
Y como obra individual RoboCop es demasiado plana como para entusiasmar, con un director sin demasiada pericia en las secuencias de acción (recuerden que su currículo se reduce a Tropas de Élite 1 y 2) y un actor que no produce nada de empatía, al que le perjudica enormemente su ego (como también sucede en la mayoría de películas de superhéroes) que obliga al director a rodar demasiadas secuencias con la cara descubierta (aprovecho el momento para aplaudir la valentía de actores como Hugo Weaving o Karl Urban por atreverse a interpretar personajes sin rostro como en V de Vendetta o Juez Dreed), con lo que sus escasas dotes interpretativas salen a relucir lastrando la acción del film, así como toda la subtrama familiar que –sinceramente- nos importa un pepino. Que en una película de un robot policía las mejores secuencias sean los duelos interpretativos entre despachos de Michael Keaton y Gary Oldman demuestran que algo se está haciendo mal.
Visualmente, por supuesto, es impecable, no en vano ha costado más de cien millones de dólares, pero algo rechina en esta producción que…
¡Oh, vamos! ¿En serio se han creído que no la vamos a comparar con el RoboCop de Verhoeven? Por supuesto que debemos hacerlo. No estamos hablando de la adaptación de un libro o de un comic. Es una versión de una historia casi perfecta, con una violencia y una mala baba genial que por aquí no aparece por ningún lado y con una supuesta crítica social que, en el remake, aparte de en sus primeros diez minutos, termina desvaneciéndose hasta desaparecer, al no ser que nos conformemos con las pesadas apariciones de Samuel L. Jackson como presentador de noticias con aire de telepredicador.
No se entiende que contraten a un director supuestamente con personalidad como Padiha para no concederle después total libertad, o que la película deba estrenarse con una calificación moral baja cuando una de las cosas que hicieron grande al auténtico RoboCop fue su generosidad con la sangre, o que ellos mismos reconozcan sus propios complejos con el cambio de color del uniforme con su posterior rectificación.
No les voy a intentar meter en la cabeza que esta película es una auténtica basura, pues tampoco es para tanto, pero  no es ni tan trepidante, ni tan emocionante ni tan divertida como aquel clásico ochentero, y por buenos secundarios que se hayan fichado no consiguen hacer olvidar a Miguel Ferrer, Ronny Cox o Nancy Allen.

Lamento decir esto pero si quieren que les sea sincero, si desean disfrutar de la película ahórrense la entrada del cien y corran a su videoclub a recuperar al Robocop que fue Peter Weller. Disfrutarán más.