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domingo, 22 de octubre de 2017

BLADE RUNNER 2049: filosofía al servicio de la imagen.

Mucho he tardado en publicar la entrada correspondiente a Blade Runner 2049, pese a haberla visto el mismo fin de semana de su estreno. Primero, porque durante su primer visionado el sopor me venció más de una vez, culpa tanto del ritmo de la película y la monótona voz de Ryan Gosling como de haber ido a verla justo al regresar de mi primer fin de semana en el festival de Sitges, lo que me ha forzado a verla de nuevo para poderla valorar en su justa medida. Segundo, porque la cantidad de cosas positivas de la película es casi proporcional a las cosas negativas, tras lo cual he querido dejarla reposar un poco antes de reflexionar sobre la misma.
Blade Runner 2049 debería ser la película del año, por encima incluso de títulos tan esperados como La liga de la Justicia o Star Wars: Los últimos Jedis. No en vano es la secuela de una película de culto que cambió muchos de los parámetros del cine en general y de la ciencia ficción en particular. Y puestos a valorar eso, independientemente de que uno pueda opinar sobre si la película de Dennis Villeneuve es superior o inferior a la de Ridley Scott lo que es innegable es que no va a convertirse en un mito como fue aquella, más allá de la taquilla que pueda tener (que a estas alturas no parece que vaya a ser para tirar cohetes).
El primer detalle a tener en cuenta hay que buscarlo en la elección del director encargado de asumir el reto de recuperar el mundo de Blade Runner. Villeneuve es uno de los mejores realizadores actuales, y prueba de ello es la excelente factura del film, pero no es un director de blockbusters. Ya lo demostró en La llegada, magnífica película que no arrasó precisamente. Por ello, esta Blade Runner 2049 es casi un film de autor, una película intimista más interesada en profundizar en materias filosóficas como la inmortalidad o la propia existencia que en el espectáculo pirotécnico que, por otra parte, correspondería a una película de semejante presupuesto (se estiman unos ciento cincuenta millones) y despliegue promocional. No es una película para todos los públicos, y si Villeneuve triunfa en el aspecto visual fracasa sin embargo a la hora de imponer el ritmo adecuado a las excesivas dos horas cuarenta y cinco minutos que dura su obra. Me consuela, por tanto, descubrir que no soy el único que pecó de cabecear en algún momento durante la proyección. Hay que ir preparado para ver esta película, bien conocedor de a qué nos vamos a enfrentar, y es por eso que se disfruta más tras un segundo visionado sin importar que no hayan giros capaces de sorprendernos ya.
Blade Runner 2049 avanza treinta años con respecto a su antecesora. En ese tiempo el mundo a cambiado, pero no lo suficiente como para que no lo reconozcamos. Villeneuve se ha asegurado de actualizar esa ciudad de los Angeles sin distanciarla demasiado de la que imaginó Scott, manteniendo la esencia de los replicantes, a los que también ha modernizado hasta el punto de que alguno de ellos, como el propio protagonista, llegue a ser incluso un blade runner (recordad que blade runner es el nombre de los policías encargados de perseguir a replicantes rebeldes). En ese sentido, es importante mantener las bases de lo establecido (quizá incluso demasiado atadas a ese pasado nostálgico, ya que se me antoja poco evolucionada una ciudad para haber pasado tres décadas) pero sin caer en la tentación de que nos de la sensación de estar ante un remake encubierto, como sucediera, por ejemplo, con Star Wars: El despertar de la Fuerza. Por ello, el primer truco es dejar claro que el personaje de K, al que da vida Gosling, es un replicante, evitando caer en el juego de la incertidumbre como sucediese en el pasado (y continua sucediendo) con el anterior protagonista, el Deckard de Harrison Ford.
Existen unos cortometrajes que hacen de puente entre ambas películas que, si bien no son imprescindibles para comprender esta Blade Runner 2049 sí ayudan a ubicarse mejor en el contexto de la trama (truco al que ya jugó el productor Scott en Alien Covenant). Ahí es donde se presentan a los dos personajes que van a ejemplarizar los conflictos que mueven esta película: Sapper Morton, interpretado por Dave Batista, y Niader Wallace, al que da vida Jared Leto. Ambos, por separado, plantan las semillas de la búsqueda de la verdad que va a protagonizar K, el “milagro” de la creación y el poder de crear vida.
Aunque se huye conscientemente del tono de cine negro de la película original, Seguimos teniendo un caso policíaco en toda regla, una investigación que llevará a K a plantearse preguntas sobre su propio pasado y que mantiene la línea espiritual de la saga. Ahora los replicantes ya no son “ángeles caídos”, pero seguimos teniendo un conflicto entre ángeles y demonios con la intervención directa se un aspirante a Dios que podría ocultar más de lo que parece a simple vista.
Hay tiempo en Blade Runner 2049 para la nostalgia, recuperando personajes del pasado, aunque el uso de Deckard quizá recuerde demasiado a la recuperación de Han Solo en la ya mencionada película de J.J. Abrams y Ford vuelva a actuar con el piloto automático. Sin embargo, pese a todas las reflexiones a las que el guion de Blade Runner 2049 invita, y el desarrollo del personaje de K y su interacción con Deckard, es quizá la parte más interesante de la película una de sus tramas (aparentemente) secundarias, la relación amorosa (o no) entre K y Joi, esa inteligencia artificial que al final resulta ser el mejor personaje de todos y encumbra a Ana de Armas en el gran descubrimiento (y no hablo de su aspecto físico, que nadie me malinterprete) de la historia. Y, por atractiva que esta parte pueda resultar, ese debe contarse como un error del guion, que no sabe cautivar lo suficiente cuando se aleja de esa ramificación de la historia. Quizá por la ausencia de un villano a la altura (la Luv de Sylvia Hoeks, por contundente que sea, está más cerca de la T-X de Terminator 3 que del magnífico Roy Batty al que encarnó Rutger Hauer.
Creo sinceramente que, de nuevo, nos encontramos con un problema de base: la falta de originalidad en sus reflexiones más intimistas. Sí, la película plantea preguntas tan interesantes como su antecesora, tales como la capacidad de amar de una inteligencia artificial, la presencia o no de un alma en un ser creado, la búsqueda de la inmortalidad, etc., preguntas que eran muy revolucionarias en 1982 pero que hoy en día ya se han planteado de forma magistral en películas como Her o Ex Machina y de manera mucho más torpe en Ghost in the Shell. Temas planteados también en series como WestWord y que incluso películas tan comerciales y palomiteras como Desafío Total de Paul Verhoeven o Terminator 2 de James Cameron ya se atrevieron a acariciar hacer años sin renunciar por ello a la acción y el espectáculo.
Hay demasiados agujeros de guion, demasiadas situaciones forzadas como para aplaudir lo suficiente el guion, que da pie a una historia que a la postre deja una triste sensación de vacío, pero Villeneuve sabe envolverlo todo de una imaginería visual tan magnífica que uno hasta puede llegar a olvidarse de esas carencias. Todo, a nivel técnico, es perfecto, sin que haya ni un solo plano al que poder ponerle pega alguna, desde los preciosos espacios abiertos en el desierto, las escenas de vuelo o (quizá la escena más impactante) el “ménage à trois” virtual entre K, Joi y Mariette (Mackenzie Davis). También la música es la adecuada, demostrando que Hans Zimmer es el mejor haciendo música a base de ruidos (¿o era al revés?) al servicio e la historia, como hiciera ya en Dunkerque, aunque quizá se podría pedir algo de originalidad, fotocopiando prácticamente el tema de Tears in rain de Vangelis.
Blade Runner 2049 es, en resumen, una película visualmente preciosa, perfecta en su diseño pero irregular en su contenido, que acierta en su invitación a reflexionar sobre la existencia y la eternidad pero al precio de unos personajes y situaciones algo carentes de fuerza narrativa, dejando tras su conclusión al espectador con una sensación de insatisfacción que desluce el espectáculo.
¿Habría sido mejor Blade Runner 2049 si la hubiese dirigido Scott en lugar de Villeneuve? Eso nunca lo sabremos, pero si la taquilla alcanza para evitar la palabra fracaso no me extrañaría nada que hubiese un tercer episodio que nos permitiera adivinarlo. Semillas plantadas han dejado, eso desde luego.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 21 de diciembre de 2015

STAR WARS: EL DESPERTAR DE LA FUERZA (9d10)

Al fin llegó el día. Llevábamos unos cuantos años esperándolo, desde que Disney comunicó que había comprado los derechos de LucasFilm y anunció el proyecto de realizar una nueva trilogía (luego se hablaría de los spin-off, las series, los comics…). Aunque, en realidad, llevábamos mucho tiempo más reprimiendo ese deseo de volver al Universo que creo George Lucas en 1977 y que nos amagó en 1999 con La amenaza fantasma, un despropósito digital donde Lucas traicionaba sus propios ideales y demostraba que era mucho mejor creador que director.
No entendía, sin embargo, esa fiebre galáctica que invadía a toda la humanidad, hablando de la película más esperada de la historia y de records de taquilla, algo que imagino que ya se habló con la nueva trilogía y que quedó en una profunda depresión para el aficionado. 
Yo, por mi parte, sí esperaba la película con ganas, pero no por el factor Galáctico que no tenía claro si iba a ser capaz de remontar el vuelo por sí solo, sino por mi profunda admiración y fe ciega en J.J.Abrams, padre espiritual de la magistral Lost (Perdidos) y cuyas películas (todas sin excepción) hasta la fecha me han agradado notablemente. Su filmografía, por sí sola, ya habla de lo que el realizador neoyorquino iba a ser capaz de ser. No en vano había resucitado dos sagas en peligro de extinción (Misión Imposible estaba muy tocada tras la película de John Woo y Star Trek literalmente muerta) y había demostrado su respeto por el cine de fantasía que Lucas, Spielberg y compañía representaban a finales de los setenta y principios de los ochenta con Super8. Visto esto, ¿quién mejor que él para conseguir aunar en una película dos cosas tan antagónicas como era orientar una saga hacia nuevos horizontes pero recurriendo para ello a sus orígenes más clásicos?
Por ello, en lo único que se le puede criticar a su Star Wars (escrito  a medias con Michael Arndt –otro con currículo pequeño pero brillante- y retocado por el gran Lawrence Kasdan, quien ya se hiciera cargo de escribir los episodios seis y siete, los mejores de las seis conocidas hasta ahora) es la sencillez del guion. Abrams no ha venido para inventar nada, como hiciera Lucas en los episodios uno a tres, y por eso no hay nada de riesgo en una historia que recuerda mucho (quizá demasiado) a la trama original. Protagonista de padres desconocidos en un planeta desértico, robotito con planos ocultos en su interior, villano enmascarado de voz metálica y una nueva Estrella de la Muerte. Por eso, El despertar de la fuerza es una continuación tanto como un respetuoso lavado de cara a los conceptos preconcebidos, algo que (con mayor o menor acierto) es la tercera vez que vemos en las pantallas en lo que va de año, tras Terminator Genesis y Jurasic World.
A partir de ahí, todo es magia pura. Abrams, quien asegura que ha tenido total libertad por parte de Disney para ofrecer su propio punto de vista de la saga, se saca de la manga a un puñado de actores jóvenes que enamoran al público desde su primera aparición en pantalla, especialmente la pareja que lleva el mayor peso de la película, unos hasta ahora desconocidos Daisy Ridley y John Boyega que consiguen en segundos tener más carisma que el denostado Hayden Christensen en las dos películas que protagonizó (es un decir), consiguiendo sin duda que sus personajes entren por la puerta grande en el imaginario popular de la franquicia por delante, incluso, de interpretaciones de actores consagrados como fueron en su momento Ewan McGregor, Natalie Portman o Liam Neeson (¿alguien se acuerda de que forman parte de esta saga?). Junto a ellos, destacan también rostros algo más conocidos, como Oscar Isaac y Domhnall Gleeson, mientras que el caso de Adam Driver debe ser considerado aparte, ya que su personaje (que no voy a mencionar aquí) es el que queda más pendiente de evolucionar en futuras películas.
Hago aquí un inciso para disculparme si soy algo parco en explicaciones argumentales, pese a que en el momento en que se publique este comentario medio mundo habrá visto ya la película, pero visto el magnífico trabajo que ha hecho Disney por mantener al público hambriento de spoilers (y eso que han inundado el medio audiovisual con carteles, merchandising y trailers) y sin saber nada de la trama (algo que, por cierto, se le da muy bien a Abrams: recordad el interés que logró despertar con una película presupuestariamente pequeña como fue Monstruoso) no voy a ser yo quien desvele nada que no deba saberse antes de ver la película en pantalla grande.
Decía que la película logra reunir a un interesante elenco de jóvenes promesas que para nada chirrían. Todo el primer acto forma parte de un reinicio en toda regla y uno se identifica enseguida con los nuevos héroes, en especial la potente presencia de esa muchacha, frágil y guerrera a la vez, que es Rey, mientras que el nuevo juguete llamado BB-8 consigue derrochar simpatía y ternura como no se había visto desde los tiempos de WALL.E.
Pero el tráiler ya había adelantado que no se iba a tratar de una aventura en el espacio más. Hay cabida para la nostalgia y toda la sala se estremece al reconocer un maltratado Halcón Milenario, al ver aparecer por primera vez, pistola en mano, a Han Solo y Chewbacca, o al reencontrarnos con la versión madura de ese mito de peinados imposibles que era Leia Organa. Y así, mientras la aventura prosigue por nuevos derroteros, los guiños a lo clásico se reproducen sin cesar, demostrando que por más que la película vaya a entusiasmar a los chavales de nueva cuña que ya lo fliparon hace un año con Guardianes de la Galaxia esto es, en realidad, un homenaje a una generación que ya baila entre la cuarentena y el lustro y que sufrieron viendo como un CGI que ha envejecido francamente mal se apoderaba de los esperados episodios uno a tres y violaba, de paso, la esencia de la saga original.
Y tanto es el tributo que Abrams ofrece a la historia que incluso las pantallas verdes han sido reducidas al mínimo concepto en este rodaje, regresando a las maquetas, animatronics, maquillajes y localizaciones en escenarios naturales que tan bien lucen en pantalla. Hay digitalización, desde luego (que se lo digan a los irreconocibles Andy Serkis, Lupita Nyong’o o Simon Pegg) pero en ningún momento el ordenador predomina sobre la historia ni se cae en el delirio visual que alcanzó cuotas de videojuego en algunos momentos de El ataque de los Clones.
El despertar de la fuerza no es una película perfecta, y le falta la independencia argumental necesaria para alejarse de los clichés preconcebidos, pero es una primera piedra necesaria para expandir el universo y dar forma a una nueva trilogía que, sin duda, tomará su propio camino a partir del episodio ocho. En cierto modo, necesitábamos volver a sentirnos en casa para poder partir de cero y empezar a andar de nuevo hacia horizontes desconocidos. Y el equipo formado por Rey, Finn, Poe Dameron y BB-8 enfrentados a Kylo Ren, el nuevo villano de la saga, ha demostrado que es capaz de luchar por su propio destino con total independencia.
Quizá si algo me rechinó ligeramente (y perdonen los que consideren esto casi una blasfemia) es la banda sonora. Creo firmemente que un director debe trabajar siempre con el compositor con quien mejor se entienda, y si muchos echaban en falta la labor de John Williams en la magnífica El puente de los espías de Steven Spielberg yo habría preferido que Abrams hubiese podido contar con su músico de cabecera, el compositor Michael Giacchino. Ya en Súper8 demostró que se le daba bien recrear el estilo de Williams y con Misión Imposible y Jurassic World se especializó en crear nuevas composiciones partiendo de registros icónicos.
Como sea, Abrams ha demostrado que, además de ser un magnífico director, es un cachondo. Solo a nivel anecdótico os diré que Giacchino sí está en la película, pero como actor. Igual que Daniel Craig. Hasta aparecen Yoda y Obi Wan Kenobi. ¿No me creéis? Quizá en un tiempo, cuando se pueda hablar sin temor a los spoilers, os resuelva el misterio. Mientras, contentaos con la aparición de viejos colegas del director, como Greg Grunberg, o con la recuperación de Anthony Daniels y Peter Mayhew, el ilustre cameo de Max von Sydow y la presencia de la “jugadora de tronos” Gwendoline Christie.
Y sí, también sale Mark Hammil. Pero no diré nada más sobre el tema.
En fin, una película para disfrutar de principio a fin, en la que buscar deslices argumentales es renunciar a la magia del espectáculo, donde se recupera toda la épica que la lucha entre el imperio y la República merecen y donde la Fuerza es de nuevo un poder espiritual más que un concepto científico (¿alguien entendió alguna vez eso de los midiclorianos?).
No sé si será la mejor entrega de la saga (El Imperio Contraataca rozaba la perfección y puso el listón muy alto), pero se le acerca. Yo, probablemente, sea con la que más he disfrutado. Y, aunque confieso que era el primer escéptico tras el final de El ataque de los clones, la historia que comenzó en una galaxia muy, muy lejana debe continuar.
Que la Fuerza nos acompañe.

domingo, 9 de agosto de 2015

EL SECRETO DE ADALINE (7d10)

Dirigida por Lee Toland Krieger y protagonizada por Blake Lively (una de las protagonistas de Gossip Girl, pero vista también en Salvajes o Linterna Verde) y Michiel Huisman (el Daario Naharis de Juego de Tronos), aunque con ilustres secundarios como Harrison Ford, Ellen Burstyn, Amanda Crew o Kathy Baker, El secreto de Adaline cuenta la curiosa historia de una joven que, tras un extraño accidente, descubre que su cuerpo deja de envejecer. Aunque sin alcanzar la inmortalidad como tal (nada impide que la dama en cuestión pueda contraer una enfermedad o sufrir un accidente fatal), la película juega con el concepto de la vida eterna como sinónimo de soledad, tal y como se planeara superficialmente en clásicos como Los Inmortales o en miradas reflexivas acerca del vampirismo tales como en Byzantium de Neil Jordan.
No obstante, Krieger tiene el acierto de dotar a su narración de pinceladas de inspirada reflexión acompañadas por un tono agridulce más cercano casi a una comedia romántica que a un ensayo moralista de profundidad sesuda, con lo que consigue una película simpática y bastante redonda que, gracias sobre todo a la convincente interpretación de Lively, consigue conmover sin llegar a resultar pedante.
Descubierto su secreto por las altas esferas del gobierno que pretenden estudiarla como si de un bicho raro se tratase, Adaline debe pasarse su vida huyendo de su propia existencia, cambiando de identidad cada poco tiempo y viendo cómo debe abandonar a sus seres queridos dejando como única herencia de su paso por sus vidas una red de mentiras o sufriendo contemplando cómo los únicos seres a quien permite conocer su secreto envejecen sin remedio mientras ella se mantiene radiante como una flor, descubriendo así que esa especia de don que se le ha otorgado es más bien una maldición.
Ante tal situación, Adeline debe tomar la decisión de plantarse al fin, de dejar de huir y enfrentarse a su verdad, pero el pasado se encargará de perseguirla como un caprichoso juego maquinado por el destino, impidiéndole aferrarse a su propia verdad.
El secreto de Adaline es, sin duda, una triple historia de amor intensa y emotiva. Y digo triple porque contiene su trama un amor romántico, un amor fraternal y el propio amor a la vida que permite empatizar con el carácter optimista y esperanzado de Adaline aun cuando la tentación de sucumbir a su fatalidad pueda revolotear sobre nuestros pensamientos.
La película es, en el fondo, un cuento de hadas, una fábula de explicación imposible que mueve una historia de amor fatal mediante la excusa de la fantasía, tal y como podría suceder en clásicos como Big o títulos más recientes como Una cuestión de tiempo, y para dejar constancia de ello no descarta incluso el uso de un narrador, una voz en off, por cierto, inusualmente bien utilizada y que no molesta al ritmo de la trama, aunque me resulta curioso el intento por justificar de una manera más o menos científica los sucesos que afectan a Adaline, en lugar de recurrir a algo más místico como la magia o, simplemente, un milagro. Quizá la intención de los guionistas sea la de huir sin más del característico tono “navideño” de este tipo de relatos.
Con muy buenas interpretaciones (tenemos a uno de los mejores Ford en tiempo) y un correcto tempo narrativo que mantiene el interés y la emoción hasta el final (lo único que peca un poco de previsible), la película se deja ver como una refrescante lluvia de verano en medio de una cartelera poblada de blockbusters y mediocridad.

sábado, 8 de marzo de 2014

EL PODER DEL DINERO (4d10)

Con la resaca de los Oscars todavía a cuestas y mientras medito mi opinión sobre la precuela/secuela de 300 (aún no tengo claro si la adoro o la aborrezco), recupero otro estreno de la semana pasada que pasó algo desapercibido, con total merecimiento, eso sí.
Pero primero, permitidme que os explique cómo fue mi lunes por la tarde:
Como hago siempre que puedo, acudí a mi cine con tiempo de sobra para asegurarme una buena butaca y fui a una cafetería cercana para matar el tiempo con ojeando algún diario al amparo de un café. Junto a la información sobre el

reciente MWC celebrado en Barcelona me llamó la atención un anuncio de una empresa de móviles que no nombraré porque no me pagan por ello que promocionaba con especial ahínco una Tablet cuya principal virtud era que no se estropeaba al sumergirse en agua, al igual que el teléfono móvil al que está emparentado.
Apurado el café acudí al cine y, ya sumergido en la oscuridad de la sala y tras la musiquilla de “Movierecord” que siempre me pone nostálgico apareció en pantalla una jovencita recién levantada que, en lugar de seleccionar el vestuario del día elige entre un surtido de pintura para cubrir su cuerpo desnudo con un vestido dibujado y, con tan gloriosa apariencia, salir a la calle sin nada más que su teléfono móvil, el cual utilizaba para pagar el autobús, la compra… incluso para abrir la puerta de su casa. La compañía, claro, tampoco la mencionaré, pero seguro que habéis visto el anuncio en la tele.
¿A qué viene todo este rollo?, os preguntaréis. Ahora voy, tranquilos. El caso es que empieza la película, una tontería como una casa con un actor bastante limitadito (Liam Hemsworth) al que le queda mucho por aprender si quiere ser conocido por algo más que por ser el hermano de Thor (incluso hay quien lo define como “el cuñado de la Pataky”) y dos viejas glorias que vivieron tiempos mejores y cuyos agentes no parecen ganarse demasiado bien su sueldo, como es el caso de Harrinson Ford y Gary Oldman, que va sobre un enfrentamiento entre dos magnates tecnológicos que antaño fueron socios y amigos (toma originalidad) y en cuya guerra se ve metido un espabilado chaval que promete mucho y que recuerda demasiado al Justin Timberlake de Runner Runner. Es engañado para cometer espionaje industrial en un argumento absurdo a la par que aburrido y cuyo clímax recuerda a mil películas, pero a mí me remite a un ejemplo exageradamente reciente, el Jack Ryan de Kenneth Brannagh, con la escena del chaval recorriendo un edificio supuestamente ultra protegido como si de un espía de brillante currículo se tratase.
Toda la película es un despropósito total, que aunque no llega a ser completamente insoportable y entretiene lo justo durante su visionado (por malos que sean los papeles ver a Ford y Oldman juntos siempre anima un poco), siendo lo mejor del film la aportación del veterano Richard Dreyfuss (y la fugaz aparición de Josh Holloway -¡cómo añoro Perdidos!-), cuando el asunto roza ya por completo el ridículo es en dos momentos supuestamente claves de la trama (y no, no me refiero a la típica y tópica historia de amor metida con calzador por medio, aunque también podría ser): por un lado, la explicación del nuevo y revolucionario invento de la gente del personaje interpretado por Ford: un móvil super mega guay  que permitirá al usuario salir de casa sin necesitar llevar nada más encima, ya que con él se podrá hacer la compra, pagar el autobús, abrir la puerta de la casa... ¿En serio? ¿Ese es el gran objetivo que todos persiguen y que va a cambiar el mundo de las telecomunicaciones? Solo habría faltado ver a Harrinson Ford en pelotas pintarrajeado en plan bodypoint para hacer una demostración de su maravilloso móvil. O mejor, no.
El otro momento clave al que aludo es cuando el tontaina del protagonista quiere poner una trampa a los malvados empresarios y gravar una conversación gracias a un móvil oculto. Es descubierto y, para frustrar sus planes, dejan caer el móvil en una jarra de agua, inutilizándolo. ¿Estamos locos? ¿Y esta es la gran conspiración de carácter futurista y tecnología avanzada que nos quieren vender?
Si el peso de la película se basa en dos apuestas de futuro que yo había visto anunciadas ya en España justo antes de entrar al cine, apañados vamos.
En resumen, que la peli es una tontería vista ya mil veces, no hay por dónde agarrarla y su credibilidad es mínima. Sinceramente, si les queda por ver alguna de las nueve películas nominadas al Oscar, no se me ocurre qué hacen perdiendo el tiempo con esto.

Mejor vayan a ver Her. Ese sí es el futuro. Pero un futuro a la vuelta de la esquina.