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domingo, 22 de octubre de 2017

BLADE RUNNER 2049: filosofía al servicio de la imagen.

Mucho he tardado en publicar la entrada correspondiente a Blade Runner 2049, pese a haberla visto el mismo fin de semana de su estreno. Primero, porque durante su primer visionado el sopor me venció más de una vez, culpa tanto del ritmo de la película y la monótona voz de Ryan Gosling como de haber ido a verla justo al regresar de mi primer fin de semana en el festival de Sitges, lo que me ha forzado a verla de nuevo para poderla valorar en su justa medida. Segundo, porque la cantidad de cosas positivas de la película es casi proporcional a las cosas negativas, tras lo cual he querido dejarla reposar un poco antes de reflexionar sobre la misma.
Blade Runner 2049 debería ser la película del año, por encima incluso de títulos tan esperados como La liga de la Justicia o Star Wars: Los últimos Jedis. No en vano es la secuela de una película de culto que cambió muchos de los parámetros del cine en general y de la ciencia ficción en particular. Y puestos a valorar eso, independientemente de que uno pueda opinar sobre si la película de Dennis Villeneuve es superior o inferior a la de Ridley Scott lo que es innegable es que no va a convertirse en un mito como fue aquella, más allá de la taquilla que pueda tener (que a estas alturas no parece que vaya a ser para tirar cohetes).
El primer detalle a tener en cuenta hay que buscarlo en la elección del director encargado de asumir el reto de recuperar el mundo de Blade Runner. Villeneuve es uno de los mejores realizadores actuales, y prueba de ello es la excelente factura del film, pero no es un director de blockbusters. Ya lo demostró en La llegada, magnífica película que no arrasó precisamente. Por ello, esta Blade Runner 2049 es casi un film de autor, una película intimista más interesada en profundizar en materias filosóficas como la inmortalidad o la propia existencia que en el espectáculo pirotécnico que, por otra parte, correspondería a una película de semejante presupuesto (se estiman unos ciento cincuenta millones) y despliegue promocional. No es una película para todos los públicos, y si Villeneuve triunfa en el aspecto visual fracasa sin embargo a la hora de imponer el ritmo adecuado a las excesivas dos horas cuarenta y cinco minutos que dura su obra. Me consuela, por tanto, descubrir que no soy el único que pecó de cabecear en algún momento durante la proyección. Hay que ir preparado para ver esta película, bien conocedor de a qué nos vamos a enfrentar, y es por eso que se disfruta más tras un segundo visionado sin importar que no hayan giros capaces de sorprendernos ya.
Blade Runner 2049 avanza treinta años con respecto a su antecesora. En ese tiempo el mundo a cambiado, pero no lo suficiente como para que no lo reconozcamos. Villeneuve se ha asegurado de actualizar esa ciudad de los Angeles sin distanciarla demasiado de la que imaginó Scott, manteniendo la esencia de los replicantes, a los que también ha modernizado hasta el punto de que alguno de ellos, como el propio protagonista, llegue a ser incluso un blade runner (recordad que blade runner es el nombre de los policías encargados de perseguir a replicantes rebeldes). En ese sentido, es importante mantener las bases de lo establecido (quizá incluso demasiado atadas a ese pasado nostálgico, ya que se me antoja poco evolucionada una ciudad para haber pasado tres décadas) pero sin caer en la tentación de que nos de la sensación de estar ante un remake encubierto, como sucediera, por ejemplo, con Star Wars: El despertar de la Fuerza. Por ello, el primer truco es dejar claro que el personaje de K, al que da vida Gosling, es un replicante, evitando caer en el juego de la incertidumbre como sucediese en el pasado (y continua sucediendo) con el anterior protagonista, el Deckard de Harrison Ford.
Existen unos cortometrajes que hacen de puente entre ambas películas que, si bien no son imprescindibles para comprender esta Blade Runner 2049 sí ayudan a ubicarse mejor en el contexto de la trama (truco al que ya jugó el productor Scott en Alien Covenant). Ahí es donde se presentan a los dos personajes que van a ejemplarizar los conflictos que mueven esta película: Sapper Morton, interpretado por Dave Batista, y Niader Wallace, al que da vida Jared Leto. Ambos, por separado, plantan las semillas de la búsqueda de la verdad que va a protagonizar K, el “milagro” de la creación y el poder de crear vida.
Aunque se huye conscientemente del tono de cine negro de la película original, Seguimos teniendo un caso policíaco en toda regla, una investigación que llevará a K a plantearse preguntas sobre su propio pasado y que mantiene la línea espiritual de la saga. Ahora los replicantes ya no son “ángeles caídos”, pero seguimos teniendo un conflicto entre ángeles y demonios con la intervención directa se un aspirante a Dios que podría ocultar más de lo que parece a simple vista.
Hay tiempo en Blade Runner 2049 para la nostalgia, recuperando personajes del pasado, aunque el uso de Deckard quizá recuerde demasiado a la recuperación de Han Solo en la ya mencionada película de J.J. Abrams y Ford vuelva a actuar con el piloto automático. Sin embargo, pese a todas las reflexiones a las que el guion de Blade Runner 2049 invita, y el desarrollo del personaje de K y su interacción con Deckard, es quizá la parte más interesante de la película una de sus tramas (aparentemente) secundarias, la relación amorosa (o no) entre K y Joi, esa inteligencia artificial que al final resulta ser el mejor personaje de todos y encumbra a Ana de Armas en el gran descubrimiento (y no hablo de su aspecto físico, que nadie me malinterprete) de la historia. Y, por atractiva que esta parte pueda resultar, ese debe contarse como un error del guion, que no sabe cautivar lo suficiente cuando se aleja de esa ramificación de la historia. Quizá por la ausencia de un villano a la altura (la Luv de Sylvia Hoeks, por contundente que sea, está más cerca de la T-X de Terminator 3 que del magnífico Roy Batty al que encarnó Rutger Hauer.
Creo sinceramente que, de nuevo, nos encontramos con un problema de base: la falta de originalidad en sus reflexiones más intimistas. Sí, la película plantea preguntas tan interesantes como su antecesora, tales como la capacidad de amar de una inteligencia artificial, la presencia o no de un alma en un ser creado, la búsqueda de la inmortalidad, etc., preguntas que eran muy revolucionarias en 1982 pero que hoy en día ya se han planteado de forma magistral en películas como Her o Ex Machina y de manera mucho más torpe en Ghost in the Shell. Temas planteados también en series como WestWord y que incluso películas tan comerciales y palomiteras como Desafío Total de Paul Verhoeven o Terminator 2 de James Cameron ya se atrevieron a acariciar hacer años sin renunciar por ello a la acción y el espectáculo.
Hay demasiados agujeros de guion, demasiadas situaciones forzadas como para aplaudir lo suficiente el guion, que da pie a una historia que a la postre deja una triste sensación de vacío, pero Villeneuve sabe envolverlo todo de una imaginería visual tan magnífica que uno hasta puede llegar a olvidarse de esas carencias. Todo, a nivel técnico, es perfecto, sin que haya ni un solo plano al que poder ponerle pega alguna, desde los preciosos espacios abiertos en el desierto, las escenas de vuelo o (quizá la escena más impactante) el “ménage à trois” virtual entre K, Joi y Mariette (Mackenzie Davis). También la música es la adecuada, demostrando que Hans Zimmer es el mejor haciendo música a base de ruidos (¿o era al revés?) al servicio e la historia, como hiciera ya en Dunkerque, aunque quizá se podría pedir algo de originalidad, fotocopiando prácticamente el tema de Tears in rain de Vangelis.
Blade Runner 2049 es, en resumen, una película visualmente preciosa, perfecta en su diseño pero irregular en su contenido, que acierta en su invitación a reflexionar sobre la existencia y la eternidad pero al precio de unos personajes y situaciones algo carentes de fuerza narrativa, dejando tras su conclusión al espectador con una sensación de insatisfacción que desluce el espectáculo.
¿Habría sido mejor Blade Runner 2049 si la hubiese dirigido Scott en lugar de Villeneuve? Eso nunca lo sabremos, pero si la taquilla alcanza para evitar la palabra fracaso no me extrañaría nada que hubiese un tercer episodio que nos permitiera adivinarlo. Semillas plantadas han dejado, eso desde luego.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 30 de abril de 2017

LOS GUARDIANES DE LA GALAXIA, VOL. 2: Siguen molando...

Cuando en 2014 Marvel dio luz vede a Los Guardianes de la Galaxia todos en la compañía eran conscientes del gran riesgo que estaban corriendo al apostar por una película tan diferente de lo que hasta ese momento había ofrecido el MCU y adaptando además unos personajes tan poco reconocibles no solo para el aficionado de a pie sino incluso para el fandom más marvelita.
Sin embargo, pese a contar con un director casi de serie B y un reparto poco estelar (los dos actores más taquilleros se limitaban a poner voz a sus personajes), el film fue un gran éxito y logró expandir aún  más el universo Marvel en el cine.
Sin contar con el factor sorpresa a su favor, la esperada secuela de esa ya mítica película, que repite director y casting, podría tenerlo muy difícil para contentar a los fans. El hype generado era incontrolable y la proximidad de La guerra del Infinito hacía prever que esta película iba a ser clave para el futuro de la saga fílmica. Sin embargo, James Gunn ha demostrado que no se deja amedrantar ante nada y ha apostado por arriesgar de nuevo concibiendo una historia más alejada si cabe del resto del Universo Marvel. Si en la primera película había una presencia importante de Las Gemas del Infinito o de la amenaza latente de Thanos, en Los Guardianes de la Galáxia Vol. 2 no hay más que unas menciones casuales. Se trata esta vez de ver como los Guardines se labran su propio camino, alejados (por el momento) del resto de héroes cuya existencia ni siquiera conocen. Esta es, por tanto, una especie de película de transición, una excusa para conocer la maduración del grupo, en espera del gran acontecimiento final. Lo cual no implica, por otro lado, que sea una grandísima película.
Efectivamente, Gunn consiguió que Los Guardianes de la Galaxia fuese una magnífica carta de presentación para este improbable grupo de compañeros más que amigos para ahora, ya enamorados todos de los personajes, empezar a indagar en ellos. Así, tal y como suceda en la saga de Fast&Furious, la unión del equipo debe ser la clave para vencer a las adversidades, convirtiendo esa camaradería inicial en algo muy parecido a una familia. Pero para ello, tal y como mandan los cánones, primero deben ser separados, fragmentados para debilitarlos y poder apreciar así sus puntos flacos y temores.
Con semejante planteamiento, se puede adivinar que Los Guardianes de la Galaxia, Vol. 2 es una película más intimista y de corte personal que su predecesora. Y aunque así es, que nadie se lleve a engaño. No se ha perdido el sentido del humor. Al contrario, este se ha potenciado más aún, llegando a límites insospechados (magnífica la escena inicial en la que una gran batalla se ve apenas de pasada mientras la cámara se centra en un bebé Groot bailando) pero totalmente autoconscientes, que en manos de un director más torpe podrían haber caído el ridículo pero que aquí lo esquivan consiguiendo que todo sea una gran fiesta.
La gran baza de la película, por tanto, es la milimétrica precisión con la que Gunn sabe conjugar tres elementos de difícil encaje: el cachondeo, la sensibilidad y la épica.
Los Guardianes de la Galaxia, Vol. 2 es una película delirante tremendamente divertida, con un uso de la luz y el color casi alucinógeno, pero a la vez contiene escenas muy emocionantes y acción espectacular y, en algún momento, incluso invita a la lagrimita.
Aunque sin duda el bebé Groot será quien arrase en las jugueterías este verano, todo el reparto vuelve a estar a gran nivel, teniendo más  momentos de lucimiento debido a ese tono introspectivo que comentaba antes, y reforzando las relaciones entre ellos. Así, Gunn consigue recuperar personajes de la película anterior que de otra manera podrían haber chirriado y tiene tiempo de incluir incluso a algunos nuevos, como Mantis o Stakar Ogord.
Como acostumbra a suceder en las películas Marvel, si en algo flaquea la película es en la sensación de que se enfrenten a una verdadera amenaza, pero eso es un peaje que se paga con gusto cuando lo importante aquí es la diversión por encima de todo.
Por ello, Gunn plantea dos conflictos que a la postre importan más que el propio destino del universo (resueltos de manera dispar) como son las relaciones paternofiliares y fraternales sobre las que se asienta la parte sentimental del film, aunque haya tiempo también para indagar sobre el amor, la lealtad o la soledad.
He oído alguna queja por ahí sobre la falta de “magia” de esta secuela con respecto a la original, y aun sin compartirla del todo puedo llegar a entenderla. Tal y como sucediera con Los Vengadores y Los Vengadores: la era de Ultron, cuando la película original es casi insuperable las comparaciones resultan siempre odiosas, y ambas franquicias tienen unas características que impiden que sus secuelas busquen un rumbo nuevo a la vez que tampoco pueden limitarse a repetir los esquemas. Por eso agradezco que Gunn haya arriesgado, distanciándose del resto del MCU (qué fácil habría sido meter por aquí a Iron man, que al fin y al cabo en el comic estuvo un tiempo compartiendo aventuras con los Guardianes) y buscando una conexión casi literal con el papel (no imaginé que tendría la osadía de ofrecer una imagen del auténtico Ego), regalando al fan algún que otro cameo que puede quedar como un simple chiste o abrir las puertas a lo que nos espera en una futura película.
Lo que sí que no ha cambiado son las referencias ochenteras (David Hasselford incluido), la impresionante banda sonora (que en esta ocasión funciona como perfecto acompañamiento al guion), el derroche de imaginería y las interpretaciones cargadas de carisma, con la incorporación de un Kurt Russell que, aparte de demostrar que en eso de la rejuveneción facial Marvel está un peldaño por encima de sus competidoras (y se está convirtiendo, después del Michael Douglas de Ant man y el Robert Downey Jr. de Civil War, en una marca de la casa), se permite un homenaje a su amigo John Carpenter con un arranque que recuerda, y mucho, a Starman.
En definitiva, un gran espectáculo que invita a disfrutar y nada más que disfrutar. Ya lo dicen en la propia película: “Hay dos tipos de personas: los que bailan y os que no”. Pero sea del tipo que sea cada uno, esta película le va a gustar.

Valoración: Ocho sobre diez.

sábado, 7 de noviembre de 2015

SPECTRE (5d10)

Cuando en 2006 la MGM decidió hacer un reboot de su personaje más icónico hubo dos detalles que me sorprendieron enormemente:
Por un lado estaba la edad del actor elegido: Daniel Craig. Si se pretendía reiniciar al personaje y explicar su entrada en el departamento Doble Cero, ¿tenía sentido hacerlo con un James Bond de treinta y ocho años?
La segunda característica de este nuevo 007 era que se había pasado de saga a serie. Me explico: hasta ahora cada película tenía una historia propia, por más que algunas tuviesen elementos en común (el propio Spectre, sin ir más lejos) y se mencionaran datos (como el efímero matrimonio que Bond tuvo en Al servicio secreto de su majestad) que vienen a confirmar esa biografía ficticia que se enriquecía (independientemente del desfase temporal y de la edad de los respectivos intérpretes) con el estreno de cada nueva película. A partir del reboot, sin embargo, pese a que las tres primeras películas pueden verse de manera independiente, se dejaban demasiados cabos sueltos como para no entender que había un hilo conductor en las sombras que iba a derivar en esta Spectre, la cual, por cierto, no recomiendo ver sin tener suficientemente frescas las anteriores.
Spectre tiene, pues, un cierto aire a fin de fiesta (el propio Craig ha afirmado que no repetirá con el personaje), a nuevo cierre de ciclo con la autoconciencia de ello de la que careció la descafeinada Muere otro día. Y es por ello que, tras el bombazo en taquilla que supuso Skyfall, se esperaba una despedida por todo lo alto.
¿Cuál es el problema? Pues que con el paso de los años el personaje ha superado a la historia. James Bond mola. Su chulería algo machista mola. Y su manera de pedir vodka con Martini y de conducir un Aston Martin mola. Y Sam Mendes, de nuevo a los mandos de la acción, lo ha sabido plasmar perfectamente en la película. Sin embargo, poco hay tras esa fachada tan icónica y autoreferencial.
Spectre, el gran villano en las sombras, el autor de todo el dolor al que Bond ha sido sometido en las tres películas anteriores, es a la postre una enorme decepción mientras que nunca llego a creerme al personaje de Christoph Waltz. Excesivamente caricaturesco y de motivaciones demasiado irrisorias, no es este el Oberhauser/Blofeld que cabía esperar, y ya se sabe que a un héroe se le mide por la calidad de sus villanos.
No quiero decir con esto que Spectre sea una mala película, ni mucho menos. Es un gran espectáculo, a la altura de las anteriores, pero le falta algo de alma, pareciendo incluso que el propio Mendes se sintiese algo desmotivado. Sí, la filmación es muy correcta, espectacular en algunos momentos, pero carece de las delicias visuales que regaban las mejores escenas de Skyfall.
Unas gotas de humor que no combinan para nada con el tono oscuro y dramático de esta actualización de 007 y los múltiples guiños a la saga clásica y a las novelas no son suficientes argumento para que la película se lleve todos los aplausos que se le suponían. Quizá el problema es que quieren dar un aroma clásico en una época en la que todo parece ya inventado y por eso ni los escasos giros argumentales sorprenden ni vamos a encontrarnos con nada que no nos recuerde a algo ya visto.
Además, hay que recordar que este ha sido un gran año para el cine de espionaje, y aunque Spectre debía ser el colofón final me cuesta mucho decidir si es mejor o peor que Operación U.N.C.L.E., es ligeramente inferior a Kingsman y desde luego no admite comparaciones con Misión Imposible, a la que por momentos (sobre todo con la importancia que en esta ocasión tiene el equipo que lo rodea) quiere parecerse.
Daniel Craig no es un mal Bond (tengo curiosidad por ver lo que hacen ahora con el personaje, aunque todo pinta a nuevo reboot), más si mantenemos en el recuerdo al fallido Pierce Brosnan (aunque desde luego él no es el culpable que sus películas sean las peores de la saga) o al denostado Timothy Dalton (¿soy el único que lo defiende?), aunque yo sigo pensando que, con permiso de Ethan Hunt, el mejor james Bond que ha existido se llamaba en realidad Harry Tasker y lo interpretaba Arnold Schwarzenegger en la magnífica Mentiras arriesgadas de James Cameron.
Junto a Craig repiten Ralph Fiennes como M, Naomie Harris como Moneypenny y Ben Whishaw como Q, mientras que aparecen por ahí gente ilustre como Andrew Scott (el Moriarty de Sherlock), Dave Bautista (que tan sólo dice una palabra en toda la película) o las inevitables chicas Bond: Monica Bellucci (la chica Bond más veterana, y se le nota, por cierto) y Léa Seydoux, que curiosamente ha aparecido en la saga Misión imposible con la que esta película comparte, además, la base argumental.
Interesante propuesta para despedir a un icono del cine y pasar un buen rato, pero con la sensación de que es todo demasiado insípido, demasiado inconsistente. Como si el chicle se hubiese alargado demasiado.
Por lo menos, recuperamos al Bond más elegante, con esmoquin siempre perfecto, después del matón de barrio que parecía en anteriores películas.
James Bond will return…? Habrá que esperar para saberlo. Supongo que, como siempre, la taquilla manda.

viernes, 22 de agosto de 2014

GUARDIANES DE LA GALAXIA (9d10)

Marvel lo ha vuelto a conseguir y ha dado en el blanco con una pieza imprescindible dentro delk universo cinemático que está creando más allá del mundo de los comics.
Desde que se supo que Guardianes de la Galaxia iba a ser la cuarta y penúltima película de la Fase Dos de Marvel (justo antes de Los Vengadores: la era de Ultrón) no han sido poca las especulaciones sobre la misma, pues tras el apabullante y sorprendente éxito de la Fase Uno (Los Vengadores es de lejos la película más taquillera a nivel mundial de los últimos cinco años y la tercera de toda la historia) Marvel parecía haberse acomodado un poco, limitándose a repetir (y mejorar, en lo posible) los esquemas de sus triunfos el pasado (y que conste que no lo digo como algo negativo; El Capitán América: El Soldado de Invierno sigue siendo una de las mejores películas del año). Por eso la apuesta por Guardianes de la Galaxia parecía sumamente arriesgada y desconcertante.
Tras la presentación (mediante cinco películas) sin prisa pero sin pausa de los diferentes integrantes de Los Vengadores, ahora la productora afrontaba el desafío de repetir con una película coral sin conocimiento previo de los personajes, que tampoco es que sean unos superventas en papel y entre cuyos miembros se encuentran un mapache y un árbol. 
Para rizar el rizo, el elegido para dirigir tan pírrica empresa era Peter Gunn, un tipo desconcertante como pocos en cuya filmografía apenas destaca la cruenta Slither(La Plaga), la genial aunque surrealista Súper (primera toma de contacto del realizador con los superhéroes) y una serie de cortometrajes titulada PG Porn que representaba todos los tópicos del cine X pero para todos los públicos. Con semejante currículo era fácil intuir que era el realizador adecuado para esta película, aunque faltaba por ver si era el adecuado para hacer una obra maestra o un bodrio infumable que no soportaran ni los frikis más comiqueros.
Y, contra todo pronóstico, logró lo primero. 
Con un aire revival anclado en los ochenta y claros homenajes a la cultura pop de esa década (desde la genial banda sonora hasta las referencias a a Footloose –por cierto, que Kevin Bacon, héroe en las sombras de la película, es un viejo conocido de Gunn gracias a Súper-, Guardianes de la Galaxia es la película de acción perfecta, capaz de medir a la perfección sus tiempos y sin renunciar a ningún elemento cinematográfico clásico (hay drama, emoción, romance, todo en muy pequeñas dosis) pero apostando siempre por la acción más espectacular (y ojo, esto no quiere decir excesiva, interminable y agotadora) y, sobretodo, un sentido del humor tan salvaje que logra superar incluso a la joya de la corona marvelita que fue el primer Iron Man, piedra de toque de todo el imperio comiquero actual.
Sin que el argumento sea nada del otro mundo (un grupo de inadaptados sociales deben unirse para enfrentarse a un mal mayor y descubrir a los héroes que llevan dentro), la puesta en escena es tan eficaz que no solo resulta fácil empatizar con cualquiera de los cinco protagonistas (destacando a los dos personajes generados por ordenador) sino que sus traiciones y alianzas resultan tan coherentes como creíbles.
Lo que más llama la atención es la aparente desvinculación con el Universo cinemático Marvel tal y como lo conocíamos hasta ahora. Sí, sabíamos que había vida extraterrestre (los Chitauri y los propios asgardianos) en contacto con nuestro planeta e intuíamos (recuerden el extraterrestre azul de SHIELD) que nos quedaba mucho por descubrir, pero no hay en Guardianes de la Galaxia ninguna referencia directa a ningún miembro de Los Vengadores, ni cameos sorpresa ni aparición postcréditos de Nick Furia. 
Lo único que nos demuestra que estamos ante un capítulo más de la impresionante saga que se está cociendo a caballo entre el cine (principalmente) y la televisión es la aportación de El Coleccionista (visto fugazmente en la escena postcréditos de Thor: El reino oscuro), el cameo de Thanos (también brevemente vislumbrado al final de Los Vengadores) y la existencia de Las Gemas del Infinito. 
Por lo demás, pese a que el seguidor Marvel puede palpar la conexión espiritual en el ambiente, Guardianes de la Galaxia podría considerarse una película claramente independiente, por más que todo parece indicar que en la Fase Tres Guardianes y Vengadores podrían cruzar sus caminos.
Pero aunque el mérito de Gunn (guionista aparte de director) es grande y hay que congratularse por la sensación de que Marvel le ha dado rienda suelta para hacer lo que le venga en gana, no todo el mérito es suyo, pues no cabe duda que el casting del film es casi perfecto, siendo todos los actores –por variopintos que sean- idóneos para su papel. Así, tenemos a desconocidos como Chris Pratt interpretando a Peter Quill (un perfecto y adorable caradura heredero natural de Harrinson Ford), estrellas reconocidas como Zoe Saldana (nueva diva de la ciencia ficción gracias a Star Trek y capaz de hechizar con su sensualidad ya sea azul, como en Avatar, o verde, como la asesina Gamora), luchadores fingiendo ser actores como Dave Bautista ejerciendo de Drax el Destructor (y, sinceramente, no lo hace nada mal), actores reconocidos poniendo movimiento y voz a Groot y Rocket como Vin Diesel y Bradley Cooper, actores de renombre casi irreconocibles bajo el maquillaje como Lee Pace, Karen Gillian y Djimon Hounsou (Ronan, el Acusador, Nébula y Korath), estrellas oscarizadas como Benicio Del Toro y Glenn Close, aportaciones de nivel de la mano de John C. Reilly y Michael Rooker, el cameo sorpresa de turno de la mano de Josh Brolin, y así hasta un largo etcétera. 
Todos cumplen a la perfección en una epopeya donde, esta vez sí, los efectos pirotécnicos y el maquillaje están al servicio de la historia, y no al revés, y cuya genialidad llega a niveles sublimes (si no le arrebata el Oscar a los mejores efectos digitales a El amanecer del Planeta de los Simios por ahí andará) en la confección de Rocket y Groot.
Guardianes de la Galaxia es divertida, trepidante, emotiva, brillante y conjuga la gran habilidad de ser una obra para todos los públicos, niños o adultos, amantes de la acción o de la comedia, fans de los comics o completamente desconocedores de los mismos. Tras el inmenso trabajo de J.J.Abrahms para resucitar Star Trek, Guardianes de la Galaxia viene para demostrar que el género de la space-opera no está tan fiambre como podía parecer y cuya confirmación vendrá de nuevo de la mano de J.J. en la nueva Star Wars.
Y precisamente referenciando a Star Wars se encuentra la única pega que se podría poner a Guardianes de la Galaxia. En su deseo no disimulado de rendir tributo a la cultura pop de los ochenta fuerza demasiado los guiños con respecto a la obra de George Lucas. Groot y Rocket son la equivalencia de R2D2 y C3PO, Peter Quill es la reencarnación de Han Solo (incluso tiene su propia versión del Halcón Milenario), hay un misterio latente no resuelto sobre la identidad del padre de Peter e incluso en un momento dado hay una escena con amputación de mano. Demasiadas referencias para una película que, aun así, es magistral.
Metan en una coctelera el concepto de cine independiente, la serie B, el blockbuster y filtren el resultado a través del rasero Marvel. El resultado será: Guardianes de la Galaxia, un film que no solo compite mano a mano con El amanecer del Planeta de los Simios para ser la película del verano sino que ambas estarán en lo más alto de la lista de lo mejor del año.
Una genialidad extremadamente divertida. La única lástima es que, viendo el buen resultado que les ha dado dejar a un tipo tan personal como Gunn campar a sus anchas, ¿por qué no se han atrevido a hacer lo propio con Edgar Wright, recientemente despojado de la silla de director de Ant Man, la primera película de la Fase Tres?





lunes, 9 de septiembre de 2013

RIDDICK (6d10)

Cuando en el año 2000 el director David N. Twohy eligió a Vin Diesel para protagonizar Pitch Black poco imaginaba como cambiaría esa película la vida de un actor que pese a haber tenido un papel relevante en Salvar al soldado Ryan parecía no entrar en los planes de ninguna gran productora de Hollywood. 
Fue esta cinta de ciencia ficción de pequeño presupuesto la que le abrió las puertas de la Meca del cine donde se consolidaría el actor neoyorquino apenas un año después con The fast & the furious (A todo gas). Twohy, con más currículo como guionista que como director, conseguiría componer una película de culto que cuatro años más tarde tendría una secuela mucho más ambiciosa, Las crónicas de Riddick, en la que se pretendía crear todo un universo de ficción digno de rivalizar con la mitología de Star Wars o Star Trek, pero no se sabe muy bien si por culpa de la desmesurada ambición o por la falta de libertad que supone el control de una gran productora, el film no tuvo el éxito de crítica ni público que se esperaba y, pese a no llegar a ser un fracaso estrepitoso, los planes para seguir narrando las epopeyas de Riddick empezaron a coger polvo en un cajón.  Ahora, cuando las horas bajas de Diesel le han obligado a refugiarse en sus personajes más exitosos (tras resucitar Fast & Furious y Riddick se espera que retome también su personaje de la saga xXx) llega la tercera parte de una trilogía que siempre ha estado en manos de Twohy con Diesel en la producción.
Con la lección bien aprendida y de nuevo en manos de productoras pequeñas, Twohy ha regresado a los orígenes del personaje para volver a llevarlo a un terreno inhóspito y hostil donde deberá superar tres duras pruebas, así como tres son los actos de la película, perfectamente diferenciados.  Primero, tras un escueto flashback que nos explica brevemente como ha llegado hasta ese planeta después del final de Las crónicas de Riddick, deberá sobrevivir a las duras condiciones del hábitat que lo rodea, conteniendo esta unas de las más brillantes escenas de la película, sin diálogos (tan solo algo de voz en off) y devolviéndonos al Riddick más salvaje. En la segunda parte Riddick se transforma en una especie de psicokiller espacial cuando dos grupos de caza recompensas aterrizan en el planeta en su búsqueda. Es en la tercera, donde los supervivientes se deben enfrentar a un ataque de una raza autóctona, sanguinaria y letal, cuando las similitudes con Pitch Black son más evidentes, convirtiéndose casi en un remake (ahora mola más decir reboot) de aquella, aunque también es donde la imaginación escasea más, recordando demasiado a mil cosas ya vistas anteriormente, con Alien y Depredador como referencias más claras.
Riddick no es, pues, una obra redonda, y la libertad que ha tenido Twohy para rodar es equiparable a la reducción de presupuesto con respecto a Las crónicas de Riddick, de manera que los efectos digitales son en ocasiones algo bochornosos, sobre todo las escenas en las motos voladoras, pero no es algo que moleste en exceso si pensamos que estamos ante una película con más pretensiones de acercarse a la serie B que a una superproducción.
El aspecto interpretativo puede ser algo secundario, ya que Vin Diesel es el amo y señor de la función, y pese a sus limitaciones como actor nadie duda que Riddick está hecho a su medida. No obstante, es de agradecer ver pasar por ahí a rostros conocidos como Karl Urban (uno de los escasos recordatorios a la existencia de Las crónicas de Riddick y cuya violencia cruda y desmedida de la película recuerda precisamente al estilo de su Dreed), Katee Sackhoff (todavía en cartel con Exorcismo en Georgia), Dave Bautista (que siguiendo los pasos de Dwayne Johnson quiere dar el salto de la lucha libre a la interpretación) y, sobre todo, nuestro Jordi Mollà, que pone el punto exacto de humor y mala leche para compensar la sombría amargura de Riddick.
Quizá no tenga el encanto casposo de Pitch Black, aunque supera sobradamente a Las crónicas de Riddick y sus dos horas de metraje pasan volando, independientemente de que la división tan evidente en tres subtramas casi de diferentes géneros pueda afectar en algo el resultado global. La verdad es que la película no aburre en ningún momento y da esperanzas de que la carrera de este fugitivo de ojos brillantes continúe en un futuro cercano. Historias por contar quedan, desde luego, y Riddick tiene las suficientes cuentas pendientes para dar más juego antes de conseguir su ansiado regreso a casa.

Ahora solo falta que el público esté de acuerdo y la taquilla invite a ello.