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martes, 12 de marzo de 2019

MULA

Pese a su avanzada edad (está a punto de cumplir ochenta y nueve años), Clint Eastwood sigue rodando a un ritmo imparable y con menos de un año de diferencia con respecto a su última película, 15:17, tren a París, lo cual es de por sí solo digno de admiración, independientemente del resultado final de sus trabajos.
Es indudable, sin embargo, que sus mejores tiempos como director han quedado atrás, y a excepción de la estimable Sully, sus últimas películas eran bastante olvidables, siendo posiblemente Gran Torino su última aportación destacable a la industria (aparte, quizá, de ese trabajo “de encargo” que era Invictus).
Con Mula, Eastwood regresa, además, como intérprete, después de haber dicho que se retiraba tras la mencionada Gran Torino, en 2008, aunque cuatro años más tarde volvería a aparecer (fue una colaboración “como amigo”) en la olvidable (y olvidada) Golpe de efecto.
Eastwood siempre se ha caracterizado por hacer un cine bastante intimista, con una clara línea a seguir en sus trabajos más personales, con temas como la soledad, el abandono o la redención, en películas crepusculares con la que Mula podría cerrar una trilogía iniciada con sin perdón y continuada en Gran Torino.
En Mula, Eastwood interpreta a un viejo amargado, encerrado en su mundo de horticultor, donde se mueve como pez en el agua, simpático, dicharachero y triunfador, pero que lo ha alejado de una familia que, en el mejor de los casos, lo ignora y en el peor, lo odia. Cuando los tiempos avanzan más rápidos que él mismo y termina en la ruina decide aceptar un trabajo de conductor sin hacer demasiadas preguntas, pero cuando el dinero es tan sencillo de ganar y las posibilidades de arreglar sus errores del pasado parecen factibles, es difícil detenerse.
Mula es, por tanto, una huida hacia delante, un relato inspirado en el caso real de Leo Sharp, que sirve para recuperar todos los tics del “anciano” Eastwood donde se confirma que, irremediablemente, lleva años haciendo la misma película. En esta ocasión, sin embargo, y pese a contar con el mismo guionista que Gran Torino, la historia tiene algo más de humor de lo habitual y se maneja hacia unos convencionalismos que hacen que, acompañando al drama intimista del protagonista, haya una historia paralela del gato y el ratón propia de películas como Atrápame si puedes o aquella interesante Un mundo perfecto que él mismo realizó hace ya veintiséis años y que, pese a contar con la parte interpretativa más talentosa (por ahí están Bradley Cooper -que repite con Eastwood después de El Francotirador-, Michael Peña, Andy García y Laurence Fishburne) que nunca termina de arrancar del todo. Es por ello que la película muestra un ritmo irregular, cabalgando entre una trama policíaca fallida y un drama familiar algo más correcto (junto a su hija -real y en la ficción- Alison Eastwood se encuentran también Taissa Farmiga y Diane West), y que, pese a que no llega a ser aburrida, si tiene un cierto aroma a rancio, como si la trama fuese tan caduca como el propio personaje, que se limita a justificar la mayoría de sus errores condenando a Internet y a los móviles (¡ay, abuelo…!).
Duele, además, ver a un Eastwood tan mayor. Es cierto que cada uno tiene la edad que tiene y que hay que aplaudirle por seguir al pie del cañón, pero viendo los esfuerzos que aparenta necesitar para cosas tan nimias como sentarse en una silla, cuesta creerse que pueda realizar viajes tan largos al volante de su furgoneta, soportar una paliza de dos mafiosos o retozar con las espectaculares chicas que le ofrecen sus nuevos amigos narcotraficantes (por cierto, ridícula la escena en la piscina en la que Eastwood, en modo “viejo verde” quiere emular las escenas de contoneos sexuales de la saga Fast&Furious y no llega ni a la altura de Torrente).
Una película aceptable, en fin, donde se deconstruye una vez más al héroe americano y cuyo mensaje se repite con tanta insistencia que termina resultando cursi y cansino. Es mejor película que la aburrida 15:17, tren a París, la manipuladora El francotirador o la mediocre Jersey Boys, pero no está, ni de lejos, entre las mejores películas de este director al que quizá le tocaría ya un más que merecido descanso.


Valoración: cinco sobre diez.

miércoles, 10 de octubre de 2018

HA NACIDO UNA ESTRELLA


Cuando a Bradley Cooper le ofrecieron protagonizar el remake de Ha nacido una estrella sin duda se planteó cómo enfrentarse al desafío de cantar en la gran pantalla. Sin embargo, cuando Steven Spielberg y Clint Eastwood, los primeros candidatos para dirigirla, se cayeron del proyecto, el desafío fue doble al aceptar dirigirla él mismo, debutando así como realizador.

El papel protagonista, tras barajarse los nombres de Rihanna, Jenifer López o, principalmente, Beyoncé, recayó finalmente en Lady Gaga, que, aunque ya había hecho sus pinitos en esto de la interpretación, era también toda una debutante como protagonista. Y es precisamente ella, lady Gaga, la gran revelación del film. Es habitual que una estrella pop tenga el capricho de actuar, al fin y al cabo muchos videoclips parecen casi cortometrajes, pero lo normal es recurrir a papeles donde su voz sea lo más destacado, como pasó con Whitney Houston en El Guardaespaldas o la propia Beyoncé en Dream girls. En el caso que nos ocupa, sin embargo, pese a interpretar a una cantante, Lady Gaga sorprende por su gran repertorio dramático, consiguiendo una de las mejores interpretaciones del año y convirtiéndose en la verdadera alma de la película.
Ha nacido una estrella no inventa nada nuevo. No solo por ser el tercer remake de un film de William A. Wellman  de 1937, a los que siguieron los de George Cukor en 1954, con Judy Garland, y la de Frank Pierson de 1976 con Barbra Streisand, sino porque el tema del auge y la caída de las grandes estrellas es algo muy del gusto de Hollywood, a quien le gusta ensalzar a sus héroes y pisotear a sus fracasados.
Ha nacido una estrella cuenta la historia de Jackson Maine, un cantante de gran éxito diezmado por un problema de oído y por su adicción al alcohol y las drogas. Sin embargo, cuando conoce a Ally tiene la suficiente habilidad para reconocer su gran talento. Como si de vasos comunicantes se tratara, el éxito de la muchacha se producirá en paralelo a la caída a los infiernos de él.
Evidentemente, esta es una moraleja sobre el éxito y la manera de saber sobrellevarlo, siendo fácil ser tentado por los excesos y la decadencia, pero llama la atención también la lectura crítica hacia la música pop de hoy en día, algo de lo que Lady Gaga es una buena representante (aunque también es cierto que con un estilo bastante personal). Así, mientras por un lado se fustiga a la figura de Jack por sus debilidades, tampoco el camino a seguir por ella sale muy bien parado, a raíz de la transformación de una artista con sentimientos que escribía sus propios temas desde el corazón al juguete de un productor que la convierte en un producto de consumo del montón, sin personalidad ni autenticidad.
Es este doble juego uno de los puntos fuertes de la película, que consigue ser sensible y emotiva sin caer en la ñoñería barata y que, como no podía ser de otra manera, se alimenta de una banda sonora muy efectiva, con un Cooper que lo da todo y la voz prodigiosa de la diva del pop.
Hay por ahí algún secundario de relumbrón, como Sam Elliott o el olvidado Andrew Dice Clay (que sabe mucho sobre la caída de un artista después de probar las mieles del éxito con Las aventuras de Ford Fairlane y quedar después en el olvido), aunque todos palidecen al lado del trabajo de Lady Gaga.
En resumen, pese a que sea imposible que la historia impacte demasiado debido a lo visto del tema, Bradley Cooper hace un buen trabajo como director, y consigue una película muy interesante en la que las más de dos horas de duración se hacen incluso cortas.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 30 de abril de 2017

LOS GUARDIANES DE LA GALAXIA, VOL. 2: Siguen molando...

Cuando en 2014 Marvel dio luz vede a Los Guardianes de la Galaxia todos en la compañía eran conscientes del gran riesgo que estaban corriendo al apostar por una película tan diferente de lo que hasta ese momento había ofrecido el MCU y adaptando además unos personajes tan poco reconocibles no solo para el aficionado de a pie sino incluso para el fandom más marvelita.
Sin embargo, pese a contar con un director casi de serie B y un reparto poco estelar (los dos actores más taquilleros se limitaban a poner voz a sus personajes), el film fue un gran éxito y logró expandir aún  más el universo Marvel en el cine.
Sin contar con el factor sorpresa a su favor, la esperada secuela de esa ya mítica película, que repite director y casting, podría tenerlo muy difícil para contentar a los fans. El hype generado era incontrolable y la proximidad de La guerra del Infinito hacía prever que esta película iba a ser clave para el futuro de la saga fílmica. Sin embargo, James Gunn ha demostrado que no se deja amedrantar ante nada y ha apostado por arriesgar de nuevo concibiendo una historia más alejada si cabe del resto del Universo Marvel. Si en la primera película había una presencia importante de Las Gemas del Infinito o de la amenaza latente de Thanos, en Los Guardianes de la Galáxia Vol. 2 no hay más que unas menciones casuales. Se trata esta vez de ver como los Guardines se labran su propio camino, alejados (por el momento) del resto de héroes cuya existencia ni siquiera conocen. Esta es, por tanto, una especie de película de transición, una excusa para conocer la maduración del grupo, en espera del gran acontecimiento final. Lo cual no implica, por otro lado, que sea una grandísima película.
Efectivamente, Gunn consiguió que Los Guardianes de la Galaxia fuese una magnífica carta de presentación para este improbable grupo de compañeros más que amigos para ahora, ya enamorados todos de los personajes, empezar a indagar en ellos. Así, tal y como suceda en la saga de Fast&Furious, la unión del equipo debe ser la clave para vencer a las adversidades, convirtiendo esa camaradería inicial en algo muy parecido a una familia. Pero para ello, tal y como mandan los cánones, primero deben ser separados, fragmentados para debilitarlos y poder apreciar así sus puntos flacos y temores.
Con semejante planteamiento, se puede adivinar que Los Guardianes de la Galaxia, Vol. 2 es una película más intimista y de corte personal que su predecesora. Y aunque así es, que nadie se lleve a engaño. No se ha perdido el sentido del humor. Al contrario, este se ha potenciado más aún, llegando a límites insospechados (magnífica la escena inicial en la que una gran batalla se ve apenas de pasada mientras la cámara se centra en un bebé Groot bailando) pero totalmente autoconscientes, que en manos de un director más torpe podrían haber caído el ridículo pero que aquí lo esquivan consiguiendo que todo sea una gran fiesta.
La gran baza de la película, por tanto, es la milimétrica precisión con la que Gunn sabe conjugar tres elementos de difícil encaje: el cachondeo, la sensibilidad y la épica.
Los Guardianes de la Galaxia, Vol. 2 es una película delirante tremendamente divertida, con un uso de la luz y el color casi alucinógeno, pero a la vez contiene escenas muy emocionantes y acción espectacular y, en algún momento, incluso invita a la lagrimita.
Aunque sin duda el bebé Groot será quien arrase en las jugueterías este verano, todo el reparto vuelve a estar a gran nivel, teniendo más  momentos de lucimiento debido a ese tono introspectivo que comentaba antes, y reforzando las relaciones entre ellos. Así, Gunn consigue recuperar personajes de la película anterior que de otra manera podrían haber chirriado y tiene tiempo de incluir incluso a algunos nuevos, como Mantis o Stakar Ogord.
Como acostumbra a suceder en las películas Marvel, si en algo flaquea la película es en la sensación de que se enfrenten a una verdadera amenaza, pero eso es un peaje que se paga con gusto cuando lo importante aquí es la diversión por encima de todo.
Por ello, Gunn plantea dos conflictos que a la postre importan más que el propio destino del universo (resueltos de manera dispar) como son las relaciones paternofiliares y fraternales sobre las que se asienta la parte sentimental del film, aunque haya tiempo también para indagar sobre el amor, la lealtad o la soledad.
He oído alguna queja por ahí sobre la falta de “magia” de esta secuela con respecto a la original, y aun sin compartirla del todo puedo llegar a entenderla. Tal y como sucediera con Los Vengadores y Los Vengadores: la era de Ultron, cuando la película original es casi insuperable las comparaciones resultan siempre odiosas, y ambas franquicias tienen unas características que impiden que sus secuelas busquen un rumbo nuevo a la vez que tampoco pueden limitarse a repetir los esquemas. Por eso agradezco que Gunn haya arriesgado, distanciándose del resto del MCU (qué fácil habría sido meter por aquí a Iron man, que al fin y al cabo en el comic estuvo un tiempo compartiendo aventuras con los Guardianes) y buscando una conexión casi literal con el papel (no imaginé que tendría la osadía de ofrecer una imagen del auténtico Ego), regalando al fan algún que otro cameo que puede quedar como un simple chiste o abrir las puertas a lo que nos espera en una futura película.
Lo que sí que no ha cambiado son las referencias ochenteras (David Hasselford incluido), la impresionante banda sonora (que en esta ocasión funciona como perfecto acompañamiento al guion), el derroche de imaginería y las interpretaciones cargadas de carisma, con la incorporación de un Kurt Russell que, aparte de demostrar que en eso de la rejuveneción facial Marvel está un peldaño por encima de sus competidoras (y se está convirtiendo, después del Michael Douglas de Ant man y el Robert Downey Jr. de Civil War, en una marca de la casa), se permite un homenaje a su amigo John Carpenter con un arranque que recuerda, y mucho, a Starman.
En definitiva, un gran espectáculo que invita a disfrutar y nada más que disfrutar. Ya lo dicen en la propia película: “Hay dos tipos de personas: los que bailan y os que no”. Pero sea del tipo que sea cada uno, esta película le va a gustar.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 11 de septiembre de 2016

JUEGO DE ARMAS: fallida imitación de Scorsese

Hay que reconocerle a Todd Phillips el mérito de que, tras haber triunfado con la saga de Resacón en Las Vegas, no ha querido acomodarse en el terreno de las comedias alocadas y ha apostado por un cambio de registro algo radical. Lo suficiente, al menos, para centrarse en una historia basada en hechos reales, por absurda que pueda parecer. Sin embargo, lo que mejor puede definir a una película como Juego de armas es la expresión: película fallida.
La pretensión de realizar una sátira basada en la historia real de dos veinteañeros que logran firmar un acuerdo millonario con el gobierno de los Estados Unidos para la venta de armas naufraga al pretender Phillips abarcar demasiados géneros sin que la trama tenga el valor que se le supone. La historia, al final, no da para mucho más que como divertida anécdota de bar y ahí donde los hechos no llegan tampoco la dirección de Phillips es suficientemente notable como para compensar las carencias. En el fondo, esto debería ser un cuento muy negro sobre como en una época donde se podía hacer casi cualquier cosa mediante el dinero en la que unos jóvenes puedan crear un imperio de la nada y derrumbarse luego con ellos dentro, con la edificante conclusión moratoria final. Pero ni el imperio fue tal, ni hay un humor que funcione a cambio y ni siquiera la moraleja final llega a tener un verdadero valor.
Ya desde el tráiler se puede intuir algunos de los referentes de Phillips a la hora de abordar la historia, que van desde El lobo de Wall Street de Scorsese al Dolor y dinero de Michael Bay, dos estupendas películas sobre jóvenes emprendedores y hasta donde pueden llegar antes de caer al abismo. Pero ni Phillips tiene el talento de sus colegas Scorsese y Bay a la hora de dar dinamismo a la historia ni sus actores cumplen con la eficacia mínima para dar empaque a la historia. Miles Teller no se entera de que va la película, Ana de Armas es solo una cara mona sin un ápice de personalidad visible y solo Jonah Hill (quizá por haber estado ya en El lobo de Wall Street) parece saber de verdad cual es el trasfondo de la historia y se hace con las riendas de un personaje que el guion no sabe desarrollar.
Juego de armas tiene algunos aciertos, pero son muchos más los fallos que la convierten no en una mala película, sino más bien en una película anodina, en una historia simplona y sin personalidad a la que le falta acción, le falta humor y. sobre todo, le falta saber qué rumbo pretende tomar.
Las intenciones de Phillips son buenas, y espero que esta película no le obligue a regresar al terreno seguro pero limitado de las películas al estilo Resacón, pero lo cierto es que en ocasiones, como es este caso, el intentarlo no basta.

Valoración: Cuatro sobre diez.

domingo, 10 de enero de 2016

JOY: la Lawrence más choni.

De vez en cuando aparecen directores que, de la noche a la mañana, son encumbrados y parece que todo lo que toquen se convierta en oro. Sin embargo, tarde o temprano se les termina por ver el plumero.
Algo así es lo que sucede con David O. Russell, un tipo con películas interesantes pero no excesivamente llamativas como Extrañas coincidencias o Tres Reyes al que se le abrió las puertas dela fama y los premios con El luchador y que no ha parado de repetir la fórmula de su éxito desde entonces.
Apoyado básicamente en el equipo formado por Jennifer Lawrence, Bradley Cooper y Robert de Niro, quienes protagonizan (más o menos) sus tres últimas películas, Rusell ha demostrado ser un gran director de actores, sabiendo sacar el máximo rendimiento de sus estrellas y permitiéndoles hacer unas interpretaciones intensas y emotivas. El caso más evidente es el de la Lawrence, actriz que compagina blockbusters como las sagas de X-men o Los juegos del hambre con las nominaciones a los Oscars que le reportan las películas de Russell. De su trabajo como director o guionista ya es otro cantar.
El lado bueno de las cosas resultó un soplo de aire fresco al trillado género de la comedia romántica, desde luego, pero desde entonces la cosa ha ido perdiendo fuelle. La gran estafa americana hacía honor a su título, siendo su setentero estilo visual lo único destacable del film, y esta Joy no pasa de ser un melodrama televisivo muy bien maquillado.
Casi se podría entender la película como un regalo a la propia Jennifer Lawrence. Fue lo mejor de La gran estafa americana pese a tener un rol muy secundario y ahora Russell le ha dado el máximo protagonismo, en una película hecha para su exclusivo lucimiento en el que, en un manido ejercicio pseudofeminista, su Joy debería dar voz a todas las mujeres luchadoras e independientes a este lado del universo.
Pero analizada a fondo, escarbando entre la basura de vida que tiene esta muchacha ahogada en un caos familiar demasiado rebuscado para resultar creíble (vive en la misma casa con sus padres separados, sus dos hijos, su abuela y su ex marido), Joy no deja de ser una versión choni de la propia Katniss Everdeen, una chica anónima que se rebela contra la sociedad y, apoyada por los focos y el maquillaje que reflejan su determinación y personalidad, termina convertida en un símbolo.
No es Joy una mala película, pero ni mucho menos se acerca siquiera a la excelencia que se supone debería tener una nominada al Globo de Oro. Seguro que en los próximos Oscars Lawrence volverá a tener acto de presencia, y puede incluso que la película asome su cabeza en alguna nominación más. Pero si La gran estafa americana ya fue la gran derrotada de hace dos años esta no va por mejor camino.
Russell se ha acomodado y cuenta unas historias demasiado planas, con un convencionalismo mal disimulado donde al final solo cuenta el buen trabajo actoral y la cuidada ambientación. Demasiado poco para una película de pretensiones sociales como esta que coquetea en demasiados momentos con el tedio.
Al final, todo se reduce a Jennifer Lawrence y poco más…

Puntuación: 5 sobre 10.

domingo, 22 de febrero de 2015

EL FRANCOTIRADOR (4d10)

Resulta curiosa la polvareda que ha levantado la nueva película de Clint Eastwood, una de esas crónicas bélicas que de no haberse visto reforzada por el impulso de los Oscars no habría pasado de ser una más en una cartelera rebosante de títulos aspirantes a la estatuilla dorada.
El nuevo título de un Eastwood que llevaba años reflejando un cierto cansancio artístico (sus últimas películas pasaron sin pena ni gloria) parece recuperar el pulso perdido con una obra impecablemente filmada y un Bradley Cooper en estado de gracia que se estaba convirtiendo en objeto de chiste en todas las nominaciones a los Oscars pero al que habrá que empezar a tomar en serio.
El Francotirador describe parte de la historia real de Chris Kyle, que ha adaptado con bondadosa calidez para la pantalla el guionista Jason Hall, un suboficial de los SEALs americanos que tiene el honor de haber cometido más de  160 asesinatos en pos de su patria en tierra iraquí, aunque la cifra extraoficial rondaría los 250.
Aquí se plantean varios problemas a la hora de analizar la película, y es que son varios los charcos en los que se mete el director californiano y no de todos sale impune.
Deberíamos ser objetivos y empezar analizando el film como lo que es, una simple película con un retrato superficial a una guerra absurda y las consecuencias que pesan sobre un veterano al volver a casa. Aquí es donde mejor podríamos alabar a Eastwood, que con un estilo muy clásico consigue hacernos empatizar con el protagonista sin que tampoco lleguemos a acercarnos demasiado al mismo, dotando de gran realismo los momentos tensos en las azoteas de Ramadi y rodeándose de un equipo técnico impecable que dotan a la película de una gran imagen y sonido. Cooper está muy creíble en su papel y hasta la ninja asesina de G.I.Joe destaca como sufridora esposa. 
Pero ya en este punto del análisis sentimos como algo del guion flojea. Centrándonos siempre en lo que es el personaje, no el conflicto, Eastwood parece pretender narrarnos la historia de Kyle con cierto distanciamiento, como si temiera tomar partido a favor o en contra del soldado que, a estas alturas, debemos defender todavía como a un hombre que lucha por su país y que mata (que no asesina) porque eso es lo que se hace en las guerras. Pero ese distanciamiento, ese querer verlo de lejos para no perdernos lo que sucede alrededor (como el propio Kyle hacía a la hora de disparar, siempre con ambos ojos abiertos), nos permite ver que hay demasiadas cosas que flojean, que más allá de un hombre de precisión milimétrica tumbado en una azotea la película está vacía. Pese a los intentos de dar relevancia a otro francotirador iraní, Mustafá, no hay en la historia un verdadero antagonista, como en Enemigo a las puertas, que nos ayude a posicionarnos con el americano más allá de porque “es lo correcto”. Eastwood no parece querer enrocarse criticando una guerra que nunca debió existir (menos aún  que cualquier otra, me refiero) y por eso nos presenta a Kyle casi como un simple operario de una cadena de montaje. Sube a su azotea, hace su trabajo y a casa después de fichar. Sé que estoy simplificando hasta el extremo, pero no encuentro que la historia sepa dramatizar lo suficiente para mostrarnos el pretendido sufrimiento de Kyle salvo en un par de ocasiones en las que se apoya en el teléfono para mostrarnos el dolor por la lejanía familiar. Un dolor, por cierto, más patente en la figura de Sienna Miller que en él mismo.
El credo de Kyle parece ser reducirlo todo a Dios, Patria y Familia, pero solo encuentro dos momentos de contacto con Dios, cuando roba una biblia al principio del film y cuando asegura que está deseando responder ante el Creador por sus acciones. Por lo demás, no se presenta al americano como a un hombre de Fe (y es fácil encontrar recursos para hacerlo sin ser tan reiterativos como el personaje de Shia LaBeouf en Corazones de acero), mientras que cada vez que su esposa le pide que vuelva a casa (amenazándolo incluso con abandonarlo si decide seguir en Irán) él ni se lo plantea, volviendo sólo tras la muerte de unos compañeros, por más que avanzada la trama lo vuelvan a describir como el padre y marido perfecto.
Así, sin entrar en valoraciones morales, El Francotirador es un buen espectáculo visual, dirigido con acierto y plagado de intensas interpretaciones de esas que parecen pensadas para acumular estatuillas (en mi opinión hay la misma fuerza interpretativa en el Resacón en la Vegas que aquí, pero así es Hollywood), pero cuya historia la verdad es que flojea demasiado para alguien no americano que no rece al cien por cien con el ardor patriótico yanqui. O dicho en otras palabras, que durante la proyección me importaba un pepino lo que le ocurriera o no al Kyle este, que tampoco me parece tan meritorio lo que hace, por cierto (hay una secuencia en la que él decide abandonar la azotea y acompañar a un grupo de marines para asaltar un restaurante y el tipo que lo sustituye se cepilla tranquilamente a siete u ocho enemigos en apenas diez minutos).
Aquí me podría quedar, definiéndola como un pastiche entretenido entre el realismo de Homeland y el pesimismo que acompaña a los perdedores que tanto le gusta retratar a Eastwood (se podría ver un reflejo en Kyle del Munny de Sin Perdón o incluso en el Kowalski de Gran Torino, una de sus últimas buenas películas) y que podría hasta aplaudir si fuese un personaje creado exprofeso por Hall, pero no puede ser, porque hay más detrás de todo esto, mucho más.
Y, ojo, que a partir de ahora podría entrar en el pantanoso terreno de los spoilers, advertidos quedáis.
Y es que el Chris Kyle este fue un personaje real, un héroe reconocido y aplaudido y que escribió (o dictó, vamos, que aquí no se hacen críticas literarias) su autobiografía. Una autobiografía llamada, por cierto, American Sniper (es decir, como la película) y en la que se presenta como un asesino de salvajes, jactándose de todas las vidas que ha quitado. Kyle no era un héroe, era un asesino despiadado, un ser inestable que a su regreso a América disfrutaba maltratando animales y hasta llegó a falsear una pelea con Jesse Ventura en un bar para auto promocionarse como estandarte de la América libre (y armada, por supuesto). Acepto, por supuesto, las licencias narrativas a la hora de plasmar una historia real en pantalla, pero el truco aquí no cuela. Porque esta no es una película sobre un episodio histórico, sino sobre un personaje. Y no se nos muestra al personaje como realmente fue, se manipula para conseguir un hervor nacionalista (y casi fascista) en pos de las barras y estrellas (otrom ejemplo, es que el tipo presume de haber matado a muchas mujeres y niños “salvajes”, lo que Eastwood convierte en su peli en una escena en la que casi reza para que un niño suelte un arma que coje de la calle para evitar tener que dispararle), y eso no se puede consentir.
Para que me entendáis, pongo por ejemplo Descifrando Enigma. Esa película, en el fondo, no trata de Alan Turing, sino en el momento concreto en que se embarcó en el estudio y desarrollo de un ingenio que tradujera el complicado código nazi. ¿Podría haber funcionado la película obviando el hecho de que Turing era homosexual? Por supuesto que sí, pues ese no era el tema ni se habría manipulado la realidad, aunque conocer todos los datos ayuda a mejorar la historia.
Lo contrario pasa con El Francotirador. Se supone que conocer a Kyle es más importante que saber si al final acaba o no con el francotirador rival, Mustafá. Y por eso la película miente y manipula.
Y finalmente ha creado mucha controversia también el sentido que Eastwood quiere dar a todo esto. Muchos desde aquí la apoyan como un título claramente antibelicista. Yo no lo veo así, encontrándome incluso que es una ocasión perdida no haber centrado su historia en la gran ironía que fue sobrevivir a cuatro campañas en Irán y convertirse en héroe de guerra para luego morir al lado de casa y en manos de un veterano. Lo que habría podido hacer el Oliver Stone de los viejos tiempos con esto. Pero no, Eastwood no tiene ningún interés en el drama final, que ni siquiera filma, recreándose mejor en las imágenes reales del entierro y actos de homenaje, donde no podría faltar la musiquita emotiva y patriotera de fondo. Así que el debate es: ¿se trata de una película fascista y pro militar o es una crítica antibelicista? Millones de americanos la han ensalzado interpretando que es lo primero lo que, ya de entrada, dice muy poco en favor del señor Eastwood. Un film puede tener un planteamiento ambiguo, pero pretender posicionarse y que la mitad de tu público se posicione al lado contrario es hacer las cosas muy mal.
Yo lo tengo muy claro. Los iraníes se cargaron las Torres Gemelas. Los iraníes son los malos. Y el único iraní bueno es el iraní muerto. Eso es, al menos, lo que piensa Kyle. Y, por extensión, Eastwood. Y si no es esa la intención del director entonces habrá que disculparse ante él por acusarlo de fascista y decirle que, simplemente, su película no funciona.
Quizá a ciertas edades será mejor limitarse a hacer peliculitas simpáticas y no pretender reconducir la historia y aleccionar a las masas con la sabiduría que (se supone) da la edad.


jueves, 6 de noviembre de 2014

SERENA (5d10)

Miedo me daba esta película después de las pestes que había leído y escuchado sobre ella.
Y, ciertamente, tiene tres grandes problemas que conviene repasar antes de nada.
En primer lugar tenemos el posible hype que puede haber creado su pareja protagonista, que comparten pantalla por tercera vez tras El lado bueno de las cosas y La gran estafa americana, ambas amparadas por David O. Russell. Sin embargo esa buena relación no termina de transformarse en química en esta ocasión, aparte de que ni Bradley Cooper ni Jennifer Lawrence consigan ofrecernos en Serena sus mejores actuaciones.
En segundo lugar cabe achacar las malas críticas a su directora, Susanne Bier, que no termina de tomarle el pulso a la historia, mostrando un ritmo irregular y una definición de personajes demasiado superficial para terminar de comprender su complejidad.
Y la tercera traba hay que buscarla en las siempre odiosas comparaciones. Dado su apariencia de historia de amor apasionada enmarcada en un terreno aparentemente hostil para el género femenino y con ese aspecto épico y legendario, resulta difícil no pensar en títulos clásicos como Memorias de África, Australia o El velo pintado, todas ellas películas claramente superiores a esta Serena.
Sin embargo, y pese a todo lo dicho, la película no esta tan mal. Se trata de un intenso drama alrededor de  George Pemberton, empresario no excesivamente honesto de la industria maderera, y Serena, una atractiva dama torturada por su trágico pasado. El amor entre ellos es tan precipitado como desbocado y solo su unión les puede permitir hacer frente a los problemas que les ajuiciarán: económicos, legales y familiares.
La desgarradora historia emociona y seduce lo suficiente para mantenernos preocupados por George y Serena hasta el final, pero qué duda cabe que cualquier otro director habría sabido sacar más partido de estos excelentes actores (también andan por ahí Toby Jones y Rhys Ifans), imprimiendo más ritmo a las escasas escenas de acción y sabiendo contagiarnos del amor entre George y Serena de formas más sutiles que limitándose a mostrárnoslos retozando en el lecho conyugal.
Los actores, por su parte, no terminan de estar a la altura, desperdiciando la Lawrence otro “caramelito” de papel que, en mejores circunstancias bien podría haberle valido una nueva (y van…) nominación al Oscar.
Aparte de la torpeza mencionada ya de Bier en las escenas de acción, podemos destacar el lado técnico entre sus cualidades, con una preciosa fotografía y una banda sonora que ayuda a emocionar dónde los personajes no logran hacerlo.
En definitiva, es apasionada y dura, pero se queda a medio camino en casi todo. Y eso es lo que termina por condenarla.




viernes, 22 de agosto de 2014

GUARDIANES DE LA GALAXIA (9d10)

Marvel lo ha vuelto a conseguir y ha dado en el blanco con una pieza imprescindible dentro delk universo cinemático que está creando más allá del mundo de los comics.
Desde que se supo que Guardianes de la Galaxia iba a ser la cuarta y penúltima película de la Fase Dos de Marvel (justo antes de Los Vengadores: la era de Ultrón) no han sido poca las especulaciones sobre la misma, pues tras el apabullante y sorprendente éxito de la Fase Uno (Los Vengadores es de lejos la película más taquillera a nivel mundial de los últimos cinco años y la tercera de toda la historia) Marvel parecía haberse acomodado un poco, limitándose a repetir (y mejorar, en lo posible) los esquemas de sus triunfos el pasado (y que conste que no lo digo como algo negativo; El Capitán América: El Soldado de Invierno sigue siendo una de las mejores películas del año). Por eso la apuesta por Guardianes de la Galaxia parecía sumamente arriesgada y desconcertante.
Tras la presentación (mediante cinco películas) sin prisa pero sin pausa de los diferentes integrantes de Los Vengadores, ahora la productora afrontaba el desafío de repetir con una película coral sin conocimiento previo de los personajes, que tampoco es que sean unos superventas en papel y entre cuyos miembros se encuentran un mapache y un árbol. 
Para rizar el rizo, el elegido para dirigir tan pírrica empresa era Peter Gunn, un tipo desconcertante como pocos en cuya filmografía apenas destaca la cruenta Slither(La Plaga), la genial aunque surrealista Súper (primera toma de contacto del realizador con los superhéroes) y una serie de cortometrajes titulada PG Porn que representaba todos los tópicos del cine X pero para todos los públicos. Con semejante currículo era fácil intuir que era el realizador adecuado para esta película, aunque faltaba por ver si era el adecuado para hacer una obra maestra o un bodrio infumable que no soportaran ni los frikis más comiqueros.
Y, contra todo pronóstico, logró lo primero. 
Con un aire revival anclado en los ochenta y claros homenajes a la cultura pop de esa década (desde la genial banda sonora hasta las referencias a a Footloose –por cierto, que Kevin Bacon, héroe en las sombras de la película, es un viejo conocido de Gunn gracias a Súper-, Guardianes de la Galaxia es la película de acción perfecta, capaz de medir a la perfección sus tiempos y sin renunciar a ningún elemento cinematográfico clásico (hay drama, emoción, romance, todo en muy pequeñas dosis) pero apostando siempre por la acción más espectacular (y ojo, esto no quiere decir excesiva, interminable y agotadora) y, sobretodo, un sentido del humor tan salvaje que logra superar incluso a la joya de la corona marvelita que fue el primer Iron Man, piedra de toque de todo el imperio comiquero actual.
Sin que el argumento sea nada del otro mundo (un grupo de inadaptados sociales deben unirse para enfrentarse a un mal mayor y descubrir a los héroes que llevan dentro), la puesta en escena es tan eficaz que no solo resulta fácil empatizar con cualquiera de los cinco protagonistas (destacando a los dos personajes generados por ordenador) sino que sus traiciones y alianzas resultan tan coherentes como creíbles.
Lo que más llama la atención es la aparente desvinculación con el Universo cinemático Marvel tal y como lo conocíamos hasta ahora. Sí, sabíamos que había vida extraterrestre (los Chitauri y los propios asgardianos) en contacto con nuestro planeta e intuíamos (recuerden el extraterrestre azul de SHIELD) que nos quedaba mucho por descubrir, pero no hay en Guardianes de la Galaxia ninguna referencia directa a ningún miembro de Los Vengadores, ni cameos sorpresa ni aparición postcréditos de Nick Furia. 
Lo único que nos demuestra que estamos ante un capítulo más de la impresionante saga que se está cociendo a caballo entre el cine (principalmente) y la televisión es la aportación de El Coleccionista (visto fugazmente en la escena postcréditos de Thor: El reino oscuro), el cameo de Thanos (también brevemente vislumbrado al final de Los Vengadores) y la existencia de Las Gemas del Infinito. 
Por lo demás, pese a que el seguidor Marvel puede palpar la conexión espiritual en el ambiente, Guardianes de la Galaxia podría considerarse una película claramente independiente, por más que todo parece indicar que en la Fase Tres Guardianes y Vengadores podrían cruzar sus caminos.
Pero aunque el mérito de Gunn (guionista aparte de director) es grande y hay que congratularse por la sensación de que Marvel le ha dado rienda suelta para hacer lo que le venga en gana, no todo el mérito es suyo, pues no cabe duda que el casting del film es casi perfecto, siendo todos los actores –por variopintos que sean- idóneos para su papel. Así, tenemos a desconocidos como Chris Pratt interpretando a Peter Quill (un perfecto y adorable caradura heredero natural de Harrinson Ford), estrellas reconocidas como Zoe Saldana (nueva diva de la ciencia ficción gracias a Star Trek y capaz de hechizar con su sensualidad ya sea azul, como en Avatar, o verde, como la asesina Gamora), luchadores fingiendo ser actores como Dave Bautista ejerciendo de Drax el Destructor (y, sinceramente, no lo hace nada mal), actores reconocidos poniendo movimiento y voz a Groot y Rocket como Vin Diesel y Bradley Cooper, actores de renombre casi irreconocibles bajo el maquillaje como Lee Pace, Karen Gillian y Djimon Hounsou (Ronan, el Acusador, Nébula y Korath), estrellas oscarizadas como Benicio Del Toro y Glenn Close, aportaciones de nivel de la mano de John C. Reilly y Michael Rooker, el cameo sorpresa de turno de la mano de Josh Brolin, y así hasta un largo etcétera. 
Todos cumplen a la perfección en una epopeya donde, esta vez sí, los efectos pirotécnicos y el maquillaje están al servicio de la historia, y no al revés, y cuya genialidad llega a niveles sublimes (si no le arrebata el Oscar a los mejores efectos digitales a El amanecer del Planeta de los Simios por ahí andará) en la confección de Rocket y Groot.
Guardianes de la Galaxia es divertida, trepidante, emotiva, brillante y conjuga la gran habilidad de ser una obra para todos los públicos, niños o adultos, amantes de la acción o de la comedia, fans de los comics o completamente desconocedores de los mismos. Tras el inmenso trabajo de J.J.Abrahms para resucitar Star Trek, Guardianes de la Galaxia viene para demostrar que el género de la space-opera no está tan fiambre como podía parecer y cuya confirmación vendrá de nuevo de la mano de J.J. en la nueva Star Wars.
Y precisamente referenciando a Star Wars se encuentra la única pega que se podría poner a Guardianes de la Galaxia. En su deseo no disimulado de rendir tributo a la cultura pop de los ochenta fuerza demasiado los guiños con respecto a la obra de George Lucas. Groot y Rocket son la equivalencia de R2D2 y C3PO, Peter Quill es la reencarnación de Han Solo (incluso tiene su propia versión del Halcón Milenario), hay un misterio latente no resuelto sobre la identidad del padre de Peter e incluso en un momento dado hay una escena con amputación de mano. Demasiadas referencias para una película que, aun así, es magistral.
Metan en una coctelera el concepto de cine independiente, la serie B, el blockbuster y filtren el resultado a través del rasero Marvel. El resultado será: Guardianes de la Galaxia, un film que no solo compite mano a mano con El amanecer del Planeta de los Simios para ser la película del verano sino que ambas estarán en lo más alto de la lista de lo mejor del año.
Una genialidad extremadamente divertida. La única lástima es que, viendo el buen resultado que les ha dado dejar a un tipo tan personal como Gunn campar a sus anchas, ¿por qué no se han atrevido a hacer lo propio con Edgar Wright, recientemente despojado de la silla de director de Ant Man, la primera película de la Fase Tres?





lunes, 3 de febrero de 2014

LA GRAN ESTAFA AMERICANA (6d10)

Hace apenas unos años el director David O. Russell era persona non grata en el mundillo de Hollywood. Acabó a puñetazos con George Clooney en el rodaje de Tres Reyes, fracasó con su película Extrañas coincidencias pese a su interesante reparto y dejó una película inacabada por sus desvaríos con el presupuesto, estando a punto de llevar a la quiebra a una de las productoras que participaban en ella.
Fue entonces cuando su actor fetiche Mark Wahlberg le convenció para hacer The Fighter, una de esas películas que nacen ya con los Oscars como punto de mira. Finalmente Mark se quedó con un palmo de narices, pero los otros dos protagonistas de la historia, Christian Bale y Amy Adams si se llevaron una estatuilla a casa y Russell aprendió el arte de hacer amigos.
Su siguiente película, El lado bueno de las cosas,  era interesante dentro del género de las comedias románticas, pero ninguna obra maestra, pese a lo cual tuvo un montón de nominaciones incluida la que ganó Jennifer Lawrence y algo parecido puede pasarle con el estreno que nos ocupa.
Está claro que en Hollywood es fundamental caer bien. Y por algún extraño motivo las tornas se han girado y ahora David O. Russell cae bien. La gran estafa americana es la máxima favorita para llevarse un montón de premios este año y su reparto está presente en las cuatro categorías interpretativas de los Oscars. ¿Es para tanto la cosa? Desde luego que no.
Partiendo de una temática real (unos estafadores que son obligados por el FBI a colaborar para detener políticos corruptos), podríamos encontrar similitudes en cuanto a los personajes con las recientes El lobo de Wall Street o Sudor y dinero; de nuevo un puñado de personajes actuando de forma bastante absurda, unos perdedores que en pos de la justicia no merecerían dar un palo al agua (vale, los tipos de la peli de Scorsese están forrados, pero quitando a Belfort el resto no deja de ser un grupito de matados a los que la suerte les lleva a ganar una millonada). Otro referente que nos puede venir a la mente son los Ocean’s de Sodelberg, con la que comparte la espectacularidad del casting y la base de ladrones robando a ladrones (o timadores timando a timadores para ser más exactos), pero ni Russell tiene el nivel narrativo como cineasta de sus colegas Bay, Scorsese o Sodelberg ni el guion está a la altura de las circunstancias.
El reparto es interesante, sí, y todos lo hacen muy bien, desde Bradley Cooper tratando de desencasillarse de sus Resacones hasta un irreconocible Christian Bale, barrigudo y medio calvo, pasando por las divas Amy Adams y Jennifer Lawrence y un episódico Jeremy Renner (el único que se ha quedado sin nominación), pero tampoco creo que podamos hablar de interpretaciones antológicas que queden gravadas en nuestras retinas para el resto de nuestras vidas.
Además, 140 minutos para contar esta historia es algo excesiva, llegando a aburrir en muchos momentos (el mismo arranque es tedioso) y resultando más interesante las maquinaciones y traiciones entre ellos que la trama general de la estafa (que sí, es americana, pero no tiene nada de grande), mientras que lo mejor son los puntos más absurdos y surrealistas como la participación de Michael Peña haciéndose pasar por jeque árabe o el cameo de Robert De Niro interpretando, cómo no, a un mafioso.
Al final, da la sensación de que Russell se ha obsesionado queriendo rendir homenaje a la década de los setenta de tal manera que parece más centrado en los adornos que en la historia en sí, cuidando más los detalles de maquillaje y vestuario (los verdaderos protagonistas del film son los peinados de ellos y los escotes infinitos de la Adams) y en la estupenda banda sonora repleta de hits de la época que en hacer creíbles algunas situaciones y diálogos.

En resumidas cuentas, mucho ruido y pocas nueces para una película correctita pero que no va a ser, ni de lejos, de lo más destacado del año. Yo, probablemente, el mes que viene me haya olvidado ya de ella.

domingo, 8 de septiembre de 2013

CRUCE DE CAMINOS (5d10)

Llega a nuestras pantallas con algo de retraso (pertenece al 2012) la esperada segunda película de Derek Cianfrance, después de la lluvia de elogios recibió su Blue Valentine en el 2010 (que aquí llegó un par de años más tarde, ¿cómo no?) y, visto lo visto por los titulares escritos por los señores del CSI parece que no van a quedar decepcionados. Sin embargo, a mi humilde parecer, aun siendo una interesante película, Cruce de Caminos dista mucho de ser una obra maestra, dudando incluso si merecería considerarse una gran película. Y es que aunque las intenciones son loables y el desarrollo ofrece una cierta originalidad estructural, generalmente los buenos propósitos no son suficientes para conseguir que las cosas funcionen como corresponde. Y es que, ya de entrada, la película adolece de dos grandes problemas que pesan como una losa: sus protagonistas (o la falta de ellos) y su ritmo narrativo. Pero quizá me estoy precipitando un poco, así que mejor empiezo por el argumento y los actores que lo protagonizan.
Si han visto ustedes el tráiler (o al menos el poster) ya sabrán que el reparto está encabezado por los dos chicos de moda de Hollywood (con permiso de Michael Fassbender): Ryan Gosling (que ya estaba en la mencionadas Blue Valentine) y Bradley Cooper, con Ray liotta (testimonial) y Eva Mendes como secundarios de lujo. Así que quizá acudan a las salas de cine esperando un duelo interpretativo entre estos dos actores, con algún enfrentamiento de esos que ponen los pelos de punta, como Christopher Walken y Dennis Hooper en Amor a quemarropa o Robert De Niro y Al Pacino en los breves momentos en que coinciden en Heat. Pero no, nada de eso hay debido a la peculiar forma que tiene Cianfrance (que además de dirigir participa en el guion) de estructurar la obra.
Todo comienza con Luke (gosling) interpretando a un motorista que viaja por todo el país como parte de una feria ambulante, en otra interpretación soberbia pero que empieza a repetirse un poco. En su última parada se reencuentra con Romina (Mendes) una chica con la que tuvo una aventura y algo más, ya que al parecer el bebé que tiene en casa es obra suya. Aunque Romina no le pide nada (tiene su vida organizada alrededor de su actual pareja) él siente la necesidad de actuar con responsabilidad y ser el padre que el niño merece, por lo que abandona la feria y se establece en el pueblo, logrando trabajo  y alojamiento en un taller pero sin ganar lo suficiente como para atender al niño como a él le gustaría, con lo que se decide a robar bancos. Una interesante historia sobre la responsabilidad y las malas decisiones, con buen ritmo y excelentes interpretaciones (hasta Mendes cumple con su papel). El problema es que no es de eso de lo que Cianfrance quiere hablar, sino que se pierde en una historia más ambiciosa sobre las consecuencias de esas malas decisiones a lo largo de los años, apuntando también a que el destino debe jugar también su papel, como si todo estuviese conectado en el Universo (no es El Atlas de las Nubes pero podría). Es decir, que la película no trata sobre el Cruce de caminos al que se refiere el título, sino al lugar donde ese cruce va a desembocar. Y para ello divide la película en tres partes, como si de tres historias independientes se tratase, de manera que Avery, el policía que interpreta Cooper, no hace acto de presencia hasta pasada media hora de película, justo cuando Gosling sale de escena. Y aunque lo que sucede entonces es una reacción a lo visto hasta ahora, bien podríamos decir que comienza una nueva película, cuya historia (un ambicioso pero honrado policía que tras convertirse en héroe local aprovecha para probar suerte en el mundo de la política) con toques de denuncia sobre la corrupción policial y los límites que marcan la propia moral no está falta de interés. Pero claro, a esas alturas de proyección es un poco tarde para intentar que entremos en una película completamente diferente que, en comparación al fragmento del motorista Luke, pierde interés, por más que Cooper se esfuerce en componer una brillante interpretación.
Y la gota que colma el vaso llega cuando pasada otra media hora Avery (ahora ya político y quince años más viejo) pasa a segundo plano y empieza una tercera película, protagonizada en este caso por los hijos de Luke y Avery, a los que el destino ha hecho coincidir de manera un tanto artificial para demostrarnos qué ha quedado de aquel ya lejano cruce. Dos niñatos imbéciles e irresponsables cuyas motivaciones quedan poco convincentes y de reacciones extremas e ilógicas, dos personajes que no van a tener tiempo de seducir al público y con dos protagonistas : Emory Cohen y Dane DeHaan, que aunque no trabajan mal del todo (DeHaan ya empieza a formarse un nombre en el mundillo) no son, ni de lejos, ni Gosling ni Cooper.
Alfred Hitchcok ya se atrevió, en Psicosis, a cambiar de protagonista con la historia en marcha, dejando al público con el paso cambiado, pero Cianfrance ha querido rizar el rizo y doblar el riesgo, consiguiendo, a mi entender, que cada vez nos interese menos lo que pasa en pantalla, llegando incluso a aburrir, por más que en la conclusión las tres historias se unan y todo quede bien atado, resultando que al final la cosa no va ni de responsabilidad, ni de corrupción ni de niñatos drogatas (que es lo que son los dos retoños, aunque sería necio querer responsabilizar de sus actos a las influencias (o falta de ellas) paternas, sino de venganza, pura y simple. Y tópica.
Apabullados ante el desconcierto de una trama que empieza muy fuerte y se acaba deshinchando alarmantemente, es fácil salir del cine habiendo olvidado el buen hacer de sus actores, la interesante propuesta visual del director (algo cansina en el abuso de la cámara en mano, especialmente nerviosa en el fragmento de Gosling) o el escaso maquillaje que impide que para algunos actores quince años no sean nada.

Demasiada ambición para tan poca recompensa.

miércoles, 5 de junio de 2013

R3SACÓN (6d10)

Cuando en 2009 Todd Phillips realizó Resacón en Las Vegas no solo logró un gran éxito comercial y de crítica (logrando colar una comedia en la quiniela de los Oscars) disparando la carrera de Bradley Cooper (hasta entonces conocido por su participación en la serie Alias y poco más) y descubriendo a Zach Galifianakis, sino que logró demostrar que se puede hacer una comedia gamberra y disparatada pero a la vez original e inteligente, sin apoyarse exclusivamente en el humor escatológico y los chistes fáciles de cacaculopedopis, aunque sin huir tampoco de ellos si conseguían aportar algo a la historia. En Resacón 2, ahora en Thailandia se siguió a rajatabla la norma de si algo funciona no lo cambies y Phillips repitió esquema con exagerada fidelidad. La película funcionó,  pero el factor sorpresa de la historia original (eso de que los protagonistas despierten tras una juerga monumental y sus vidas estén patas arriba sin que recuerden nada de lo sucedido,  destinando toda la película a completar el puzle) ya no resultaba novedoso.
Como dicen que no hay dos sin tres (y en Hollywood menos, que esto de las trilogías siempre funcionan muy bien), llega ahora la que se anuncia como el cierre definitivo (y épico) de la saga y, claro, no se podía volver a contar lo mismo por tercera vez. Así que Phillips y el guionista Craig Mazin trazaron un nuevo plan y se olvidaron de resacas y noches locas para contar una historia más lineal y clásica. Sin perder un ápice de surrealismo y locura R3sacón es una comedia de acción con robos, atracos y persecuciones con el personaje de Cho (Ken Jeong está brillante como siempre , pero sus interpretaciones tienden a parecerse demasiado entre ellas, véase a su Chang de Community como ejemplo) como estrella principal y regando la trama de homenajes a las anteriores películas (Doug una vez más es apartado de la acción, la aparición de Jade, el regreso a Las Vegas...),  conformando una sensación de fin de fiesta que parece indicar que efectivamente estemos ante la última resaca.
R3sacón es, en algunos momentos, más divertida que sus predecesoras, pero la falta de frescura que había en aquellas hace lamentablemente de lastre, convirtiéndola en una divertida pero simple comedia más al estilo de Un plan perfecto (aquella de los Coen pero sin los Coen) o Un golpe de altura (o cualquier otra de Ben Stiler).
Pero no nos engañemos,  esto es Resacón,  y entre tanto homenaje a sus orígenes no podía faltar una buena resaca, aunque sea en la escena postcreditos y a modo de emotiva despedida. El hecho de que esa escena sea la que más carcajadas provoque en las salas, sin embargo, indica que algo no se ha hecho bien, y que el público, que al final es el que manda, sigue prefiriendo el esquema original, aunque sea repetido.

Por cierto, mención aparte merece el siempre grande, y no solo de tamaño,  John Boorman, como el gran villano de la peli.

domingo, 27 de enero de 2013

EL LADO BUENO DE LAS COSAS (8d10)

Perdonadme que no sea nada original en esta crítica de hoy, pero escuché un comentario en un programa de radio que me pareció tan acertado que he decidido copiarlo. El lado bueno de las cosas es una peli romántica ideal para aquellos a los que no les gusten las pelis románticas.
Pat es un joven conflictivo a causa de su tendencia a la ira, problema a causa del cual ha tenido que estar un tiempo internado. Cuando trata de rehacer su vida conoce a Tiffany, extrovertida, divertida y… ninfómana. Con semejantes características, estos personajes estarán obligados a entenderse. Y, como todo el mundo sabe, una cosa lleva a la otra. En esta ocasión, el baile -Tiffany está empeñada en ganar un concurso de baile y para ello debe enseñar a Pat a bailar- será el punto de partida que los unirá, obligándoles a mantener una disciplina y aprender a confiar el uno en el otro, dejando atrás sus problemas pasados (ella es viuda, él divorciado incapaz de resignarse a que su ex ya no esté en su vida). Para redondear el círculo el padre de Pat, Pat senior, tiene un claro problema con el juego y el mejor amigo de Pat, Danny, no hace más que escaparse del internado psiquiátrico fingiendo que ha sido dado de alta.
Este es el punto de partida de una comedia divertida pero inteligente, alejada de los cánones escatológicos que tanto se llevan ahora en el humor americano pero sin caer tampoco en los edulcorados tópicos propios de una cinta romántica. El lado bueno de las cosas, pese a lo rocambolesco de su argumento (si lo analizamos bien, nadie está sano en esa familia), trata con respeto a sus personajes y les otorga unos buenos diálogos, algo que habitualmente se echa en falta en este tipo de producciones. Además, sabe medir muy bien sus tiempos, teniendo un concurso de baile como trama pero sin que sea una película de baile, con humor pero sin caer en lo absurdo y con sentimiento pero sin ñoñería.
Si bien el trabajo del director David O. Rusell es impecable (ya demostró sus cualidades en su anterior película, El luchador), quienes realmente merecen todo el reconocimiento sin la pareja protagonista. De Jennifer Lawrence ya nada debería sorprendernos, pues ya demostró su talento en Winter’s bone y su capacidad para papeles más comerciales en las exitosas X-men, primera generación y Los juegos del hambre (ambas preparando sus respectivas secuelas), y no sería de extrañar que acabase llevándose el Oscar por esta interpretación (a sus veintitrés años es ya su segunda nominación), aunque quien quizá sorprenda más es Bradley Cooper, el cual ya demostró su vis cómica en la saga de Resacón en Las Vegas pero que últimamente, pese a tratar de adentrarse en diferentes registros, parecía repetir el esquema de galán majete y simpático, demostrando en esta ocasión que hay algo más tras sus ojos azules y que merece ser muy tenido en cuenta.
Tampoco es que el resto del reparto ande cojo, con Robert De Niro recordándonos lo buen actor que era antes de perderse en el camino de las comedias bobas (en breve volverá a las andadas con La Gran Boda) y un irreconocible Chris Tucker.

Totalmente recomendable, El lado bueno de las cosas es mi gran esperanza de este año de cara a los Oscars, junto al Argo de Ben Affleck, ante truños sobrevalorados como Lincoln o La noche más oscura.