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sábado, 9 de junio de 2018

JURASSIC WORLD: EL REINO CAÍDO

En una época en la que Disney, de la mano de Marvel y Lucasfilm principalmente (pese al discreto arranque de Han Solo), es la gran dominadora de la taquilla mundial, sólo universal parece aguantarle el tipo, en parte gracias a sus dos franquicias estrella: Fast&Furious y Parque Jurásico.
De hecho, se podría decir que la saga que nos ocupa, la de los dinosaurios creados por Spielberg, guarda ciertas similitudes con la saga galáctica que inició George Lucas (paradójicamente, ambos buenos amigos), y el estreno de Jurassic World: el Reino caído así lo parece demostrar (también el frustrado salto de Colin Trevorrow de una a otra, pero eso ya es harina de otro costal). Me explico:
Ortogonalmente, Lucas conformó su saga de Star Wars en forma de trilogía, siendo la película central de la misma la más oscura y seria. Cuando la franquicia pasó a manos de Disney se planificó una nueva trilogía (que culminará en diciembre del año próximo), cuyas dos películas vistas hasta la fecha tienen unas semejanzas tan grandes a la trilogía original que hay quien las define como remakes encubiertos.
En 1993, Steven Spielberg dirigió una de sus películas más taquilleras, Parque Jurásico (de hecho, fue la que superó como número uno a ET, puesto que mantuvo hasta la llegada de Titanic), que terminó por convertirse en trilogía, de nuevo con la primera de las secuelas, de nuevo del propio Spielberg, algo más oscura que las otras dos. En 2015, de nuevo batiendo récords de taquilla, llegó la película que inauguraba una segunda trilogía dentro de la franquicia, Jurassic World, y de nuevo se habló de que volvía a contar lo mismo que la película original, pero con nuevos personajes, y ahora, recién estrenado el film de Bayona, la línea a seguir parece clara: más oscura y con múltiples elementos que recuerdas a su contrapartida original: El mundo perdido.
Desde mi punto de vista, lo perpetrado por Trevorrow y Bayona en esta secuela está más cerca de lo que pretendía J.J. Abrams con El despertar de la Fuerza que del despropósito que para mí fue Los últimos Jedi. Es decir, regresar a un terreno conocido, apelando a la nostalgia, y desde ahí asentar las bases para tomar una nueva dirección de límites insospechados (con todo lo bueno y lo malo que ello posibilita).
Sí, es cierto que argumentalmente esta Jurassic World: el Reino caído puede recordar mucho a El mundo perdido, con ese obligado regreso a la isla (aunque en esta ocasión sí es la original isla de Nublar), más tramas conspiranoides y el traslado de algún dinosaurio a la civilización. Pero eso no implica necesariamente un estancamiento en la saga (de hecho, aquí se permiten destruir la dichosa isla, haciéndolo, además, en el primer tercio de película) sino más bien un retorno a los orígenes literarios de la misma. Si bien el guion parte de una idea del propio Trevorrow, creo que esta es, junto con la primera entrega, la historia más fiel al estilo de Michael Crichton, pudiendo reconocerse en la historia muchos de sus tics habituales, más incluso que en El mundo perdido, que pese a adaptar, supuestamente, la secuela homónima de la novela, terminó difiriendo bastante de la misma.
Pero sin duda el elemento diferenciador de esta película está en la silla del director. J.A. Bayona afronta aquí su primera producción americana y lo hace a lo grande, con un presupuesto desorbitado y con el mejor padrino que un cineasta podría desear. Y aunque está claro que no ha podido permitirse hacer una película de autor ni ser fiel a su ideario cinematográfico (la relación entre madres e hijos que tanto le gusta analizar es aquí una mera excusa para justificar cierta decisión narrativa), sí hay unos cuantos apuntes que reflejan lo gran director que es y el amor incondicional que muestra por el cine, con varias secuencias que son directos homenajes a sus fobias preferidas, mientras que en el resto cumple con brillantez dentro del star-sistem del blockbuster palomitero que al final debe ser esta película. Intuyo por eso que, aun sin haber nada novedoso en el argumento, es su mano la que hace que el elemento de crítica político-social parezca más presente que en otros títulos de la saga y que el terror sea mucho más depurado y angustiante.
Es más, una vez vista, se entiende esas extrañas declaraciones de hace un tiempo según las cuales el motivo por el que en Universal lo consideraron el director ideal para el proyecto fue su película de El horfanato.
Al final, sin abandonar las peripecias por la selva, los enfrentamientos entre dinosaurios, los salvamentos in extremis y los malos malísimos que a la postre terminan siendo peores que los más salvajes depredadores, la película toma una serie de decisiones suficientemente arriesgadas como para conseguir ser la mejor secuela de Parque Jurásico, no llegando a superar a la original (a la que hay que reconocerle muchas carencias, sobre todo en el tratamiento de los personajes protagonistas) por aquello de que la magia, la primera vez que se contempla, impresiona mucho más.
La química entre Chris Pratt y Bryce Dallas Howard, pese a no ampliar el tratamiento de sus personajes con respecto a la anterior película, sigue siendo impecable, la espectacularidad es magistral y el final augura una tercera y ¿definitiva? película que puede ser el no va más de la locura.
Y todo ello adornado por una banda sonora colosal, con un Michael Giacchino que firma uno de sus mejores trabajos en años. Parece que este genial compositor se estaba estancando un poco al verse obligado a adaptar bandas sonoras míticas de otros artistas (casos de Misión Imposible: Protocolo FantasmaRogue One o la propia Jurassic World), pero que aquí, aun recurriendo de vez en cuando a las icónicas notas de John Williams, dota al film de su propia personalidad y consigue que grandes escenas como la del Indoraptor en lo alto de la mansión sea casi perfecta.
En resumen, Jurassic World: el Reino caído puede parecer más de lo mismo, pero filmado con un ritmo y una elegancia que la convierten en un espectáculo visual delicioso, que no deja un minuto de respiro y permite avanzar la trama hacia una nueva dirección, alejada, por fin, de islas perdidas en medio del Pacífico. Quizá su única nota negativa (aunque justificable) sea que el peaje de hacer cine familiar obliga a que, pese a verse muchas muertes e incluso desmembramientos, la sangre brilla por su ausencia, dándole una cierta sensación de artificiosidad.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 22 de octubre de 2017

EL MUÑECO DE NIEVE, tan gélida como fallida.

Con apenas dos películas Tomas Alfredson se había labrado una posición de honor en el limbo del cine. Tanto Déjame entrar como El topo son grandes películas, y El muñeco de nieve debería haber supuesto su consagración definitiva. Sin embargo, este intento de unificar las culturas anglosajonas y suecas no llega a funcionar en ningún momento, y pese al brillante aunque ecléptico reparto la película, sin ser tampoco espantosa, naufraga a medida que se acerca a su desenlace.
Basada en una novela de Jo Nesbø, la película aspira a ser un thriller negro sobre un policía con múltiples problemas en su entorno personal y la investigación de un asesino en serie que tiene un muñeco de nieve como firma de autor. En este sentido, se agradece que en la primera mitad del film haya un retrato de personajes bastante profundo, sin que estos sean meros estereotipos. El policía al que da vida Michael Fassbender tiene toda una historia detrás y Alfredson le dedica su tiempo a mostrárnosla, desnudándolo ante la cámara y describiendo sus debilidades y temores. No es suficiente con ello, sin embargo, quizá debido a que su referente literario tenía seis novelas antes de esta El muñeco de nieve y eso le supone un bagaje demasiado complejo para resumirlo en apenas sesenta minutos. Es por ello que a medida que avanza la investigación y la trama del asesino cobra importancia el desarrollo del personaje queda en el olvido el interés se pierde hacia una resolución cercana al ridículo.
Hay demasiados elementos en la historia que chocan entre sí,. casi tanto como el reparto excesivamente internacional para una historia tan enmarcada en un paisaje, el de Suecia, que forma parte indisoluble de la acción. Así, al protagonista Fassbender, de origen alemán, le acompaña una exnovia, Charlotte Gainsboug, que pese a haber nacido en Londres tiene clara ascendencia francesa. Están también J.K.Simpson, nacido en Detroit, ejerciendo como alcalde de una localidad noruega, al californiano Val Kilmer (aunque hay que reconocerle la ascendencia sueca) como un antiguo policía de Bergen) y a los británicos Toby Jones y James D’Arcy también pululando por ahí como gentes locales. Curiosamente, la única sueca del reparto principal, Rebecca Ferguson, está tan acomodada al cine de Hollywood que es fácil olvidarse de sus orígenes. Y no quiero decir con esto que vea imprescindible que los actores tengan que ser fieles a los orígenes de sus personajes (Mucho ruido y pocas nueces es una de mis películas favoritas y allí Denzel Washington hacía de Príncipe de Aragón), sino que sirve como ejemplo del camino al desastre que ofrecía la película desde su comienzo.
Se puede apreciar en ella el impecable estilo visual de Alfredson, y durante su primera mitad el misterio sobre los asesinatos se sostiene bastante bien. Aunque se empieza a apreciar ya una diversidad de temas tan amplia que se intuye que puedan no llegar nunca a buen puerto. Es durante el desenlace cuando todo se va al trate, la resolución es confusa y torpe y el trasfondo de los personajes queda en el olvido.
Es, pues, El muñeco de nieve, una película que se puede llegar a ver sin demasiadas pretensiones, pero que teniendo en cuenta el gran talento que se había reunido delante y detrás de las cámaras resulta una tremenda decepción y un film algo anodino y, a la postre, rutinario.

Valoración: Cinco sobre diez. 

martes, 8 de agosto de 2017

ATÓMICA, ellas tienen el poder...

Mientras en las tertulias de bares (que es en lo que se han convertido algunos programas de cultura) se sigue debatiendo sobre la necesaria reivindicación del papel de la mujer en el cine, algo que parece haber inventado Wonder Woman como si antes de ella solo existiese el personaje de la mujer florero y nada más, Charlize Theron, que ya es sabia en estas lindes, presenta su nueva película como protagonista absoluta, done actúa además de productora.
Atómica, traducción a medias de Atomic Blonde, es una muy libre adaptación de la novela gráfica La ciudad más fría, escrita por Antony Johnson y dibujada por Sam Hart.
Las diferencias entre ambos productos son notables. La obra original primaba mucho más la intriga y el misterio por encima de la acción, no contenía nada de sexo y estaba dibujada en un glorioso blanco y negro. La película que dirige David Leich, en cambio, es una oda a la violencia y hace un juego de luces con los neones que iluminaban el Berlín de la época de esos que marcan tendencia. No obstante, en ambos productos se hace una apuesta firme por el thriller político ambientado en la guerra fría, con agentes dobles y triples, engaños y traiciones, y en eso sí sabe ser fiel la película.
Lorraine Broughton, el personaje al que da vida la Theron, empieza la película machacada y magullada. Acude a la central del MI6 y es sometida a un interrogatorio sobre su última misión, la incursión en el Berlín previo a la caída del muro en busca de una lista que rebela todos los agentes dobles que hay en la actualidad. Allí cuenta con la ayuda del agente David Percival (James McAvoy), pero ya se sabe que en estos casos lo de ir en busca de un objeto suele ser un macguffin en espera de algo mayor. Y teniendo por aquí a uno de los directores (no acreditado) de John Wick y de la futura secuela de Deadpool, ese algo mayor son, sin dudas, sus impecables escenas de luchas, coreografías imposibles (me viene a la mente un larguísimo enfrentamiento en un piso, la persecución por las escaleras y la culminación en un coche, todo ello en un falso pero impactante plano secuencia) y mucha espectacularidad.
Casi se podría decir que esta Lorraine es la versión femenina del propio John Wick, aunque aquí la historia prima más que en las dos películas (hasta la fecha) protagonizadas por Keanu Reeves hasta el punto que alguien puede llegar a encontrarla ligeramente confusa.
Tampoco es que quepa esperarse de esto una reflexión política ni algo tan retorcido como en las obras de John LeCarre (eso quizá sí en el comic), pues lo que prima siempre es el entretenimiento puro y duro, pero hay una historia suficientemente interesante y un drama comedido pero siempre presente como para que la película satisfaga a todos los espectadores.
También hay, como decía al principio, una reivindicación de la figura femenina. Theron es la heroína personificada, y aquí lo demuestra entregándose en cuerpo y alma a su director y prescindiendo, siempre que le ha sido posible, a los dobles de acción, lo cual le ha dado más de un disgusto durante el rodaje. Incluso en las escenas de sexo huye de los convencionalismos y da un paso más allá de donde otras no se atrevieron, rechazando la generalmente inevitable historia de amor entre camaradas espías que colaboran juntos.
David Leich es un director contundente, que ama la violencia, pero la filma con elegancia y realismo, desagradable en su dureza visual pero perfecto en su uso de la cámara. Así, Atómica logra ser una combinación extraña pero muy efectiva entre el clásico cine de espionajes y la acción más desmedida, y aunque sus intentos de contar una historia de muchas máscaras le impidan ser puro rock’n’roll como su contrapartida masculina, yo la sitúo sin problemas a la altura de ese John Wick con el que, si no fuese por la diferencia generacional, me encantaría que se terminaran encontrando.

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 23 de diciembre de 2016

OPERACIÓN ANTHROPOID, el precio de una victoria.

Si en los ochenta la guerra de Vietnam copaba las carteleras americanas y con el cambio de siglo el enemigo a batir procedía de oriente medio, en la actualidad hay un revival de películas ambientadas en la II Guerra Mundial realmente sorprendente, desde grandes producciones en manos de Spielberg, Zemeckis, Gibson o Nolan hasta productos europeos que sirven para limpiar conciencias y recordar las manos manchadas de sangre del pasado.
Operación Anthropoid está más próxima al segundo grupo, siendo una coproducción entre Francia, Reino unido y la República Checa, por más que contenga en su reparto protagonista a rostros conocidos del cine americano como Cillian Murphy (visto recientemente en En el corazón del mar), Jamie Dornan (demostrando que hay vida tras el insulso Christian Grey) y Toby Jones (que ya sabe cómo se las gastan los nazis tras su presencia en El Capitán América y su secuela).
Dirigida por el británico Sean Ellis, la película describe el atentado que un grupo de paracaidistas acomete contra Reinhard Heydrich, una de las figuras más aterradoras del régimen nazi y principal impulsor de la Solución final. La película se divide en tres partes bien marcadas, las reuniones clandestinas para planificarlo todo, el atentado en sí y las repercusiones que provocaron, y aunque tiene un ritmo irregular al menos puede decirse que va claramente de menos a más, consiguiendo que una historia, que no por conocida deja de ser interesante, termine convenciendo pese a los bostezos de su arranque.
Y es que sin duda lo peor del film es el trabajo de su director que, empleando una película de trazo grueso y sucio, buscando quizá algo de autenticidad, se dedica a mover la cámara nerviosamente y a presentar unos personajes que no terminan nunca de definirse lo suficiente como para seducir al espectador, impidiendo el lucimiento de sus protagonistas.
Así, la primera media hora del film es pesada y reiterativa, demasiado cercana al lenguaje televisivo, animándose algo durante el atentado, aunque no lo suficiente, pero remontando el vuelo y resultando trepidante y frenética en su tramo final. Así, pese a ser una película mediocre cuyo principal valor es el histórico consigue dejar un buen sabor de boca gracias a su clímax, donde Ellis parece renunciar a su estilo narrativo anterior y decide ponerse las pilas para conseguir filmar de forma convincente la acción y el drama, aunque quizá peque en centrarse demasiado en sus protagonistas y pasando demasiado de puntillas detalles tan importantes y atroces como la destrucción de Lícide.
Una vez más, la realidad supera a la ficción y el horror nazi sirve como base para un film histórico que pese a la torpeza de su director termina por convencer.

Valoración: Seis sobre diez.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

MORGAN: Inocencia aterradora.

Apenas una semana después de aplaudir el brillante debut como director de Raúl Arévalo con Tarde para la ira, llega a las carteleras otra ópera prima. En esta ocasión, sin embargo, Luke Scott lo ha tenido mucho más fácil que el español, ya que es hijo de Ridley Scott y es papá quien le produce su primer largometraje.
Con todo, Morgan es una película pequeñita, con un presupuesto casi ridículo de ocho millones de dólares, y el primer gran mérito de Scott es que esto no se note en pantalla. Cierto es que los escenarios son escasos, pero podría haberse limitado a reducirlo todo a cuatro paredes y en lugar de eso apuesta por espacios abiertos para su desenlace final.
Morgan cuenta la historia de un grupo de científicos que logran crear a un ser artificial y de la mujer enviada por la empresa contratante para comprobar si, tras un grave incidente, este experimento debe ser clausurado o no. Morgan, una niña brillantemente interpretada por Anya Taylor-Joy (el descubrimiento de La Bruja), es un ser en busca de su propia identidad, un alma perdida que necesita saber el sentido de la existencia para saber quién es ella realmente. Así, hay reminiscencias desde al I.A. de Spielberg pasando por el propio Blade Runner de papá Ridley o incluso el Under the skin de Jonathan Glazer. Y puestos a buscar referencias, he querido ver algo también de la Calle Cloverfield, 10 de Dan Trachtenberg, por aquello del cambio narrativo que hace que casi haya dos películas en una. Incluso algo de Stephen King (o, por extensión, de la magnífica serie Stranger things) hay por aquí. Pero a lo que más se parece de verdad este film, y con quien está siendo injustamente comparado por todos, es con la magnífica Ex Machina de Alex Garland, por más que esta vaya hacia otros derroteros.
Precisamente esto último es lo que más se ha criticado, cuando para mi es la clave para que Morgan pueda tener una identidad propia diferente a Ex Machina. Cierto que la película que nos descubrió a Alicia Vikander es muy superior a esta, pero eso no significa que a partir de ahora tratar el tema de la Inteligencia Artificial deba seguir sus mismos pasos.
Con un reparto de verdadero lujo donde sobresalen como protagonistas Kate Mara y Rose Leslie, pero donde también están los estupendos Toby Jones y Paul Giamatti, Morgan es una película sobre la empatía, el amor y la maternidad, como una nueva vuelta de tuerca al mito de Frankenstein y donde los momentos de acción parecen toda una declaración de intenciones de Luke Scott por homenajear el cine de su padre y su tío (el malogrado Tony Scott). Su debut no es perfecto, pero tiene algunas escenas visualmente bellas que le auguran un buen futuro.
Así, yo soy de los que se han dejado seducir por esta niña misteriosa y su enfrentamiento interior, que la llevan a cometer actos terribles forzada por su propio destino, sin importarme que adivinara mucho antes de lo previsto el giro sorpresa, que la claustrofobia y el hacinamiento den paso a la acción pura y dura ni que a Scott se le vaya un poco la mano en las escenas de lucha.
Morgan es un buen thriller de ciencia ficción, quizá menos reflexivo de lo que podría ser, pero muy entretenido y emotivo.

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 26 de agosto de 2016

EL HOMBRE QUE CONOCÍA EL INFINITO: un genio por mandato divino.

De nuevo tengo oportunidad de recuperar en cines una película de hace ya un par de meses a la que tenía bastantes ganas.
El hombre que conocía el infinito es un retrato de la historia real de Srinivasa Ramanujan, un joven indio que sin estudios ni formación previa logró crear fórmulas matemáticas que lo situaban a la altura de Einstein y cuyos trabajos se siguen utilizando en la actualidad para el estudio de los agujeros negros.
El principal handycap que tiene la película es su complejidad temática. Lo mismo que el profano en economía puede perderse ante algunas explicaciones de La gran apuesta o el que no esté interesado en tecnología no se entera nunca de lo que hablan en Steve Jobs, aquí podemos pasar mucho tiempo contemplando a Dev Patel o a Jeremy Irons (que da vida al mentor de Srinivasa y su máximo valedor ante los incrédulos y algo racistas académicos de Cambridge) escribiendo fórmulas en una pizarra que nos pueden sonar a chino. ¿La solución? Reconocer que nos importa un pepino y disfrutar del trasfondo de la historia. Porque esto, en realidad, no va de matemáticas, sino del joven que vive por y para ellas. Así, El hombre que conocía el infinito es un retrato de un chico que lo abandona todo en pos de un sueño pero es también una historia de amor y amistad, un fresco de una época donde la discriminación por el color de la piel no estaba mal vista y  una mirada episódica a una Europa que comenzaba a conocer los horrores de su primera gran guerra.
Interesante y emotiva, es esta una película exclusiva para entregados a tales ofrendas, que podría causar bostezos en el aficionado más comercial pero que nos devuelve al mejor Irons en mucho tiempo que con su mera presencia logra dar un empaque especial a la historia y que logra rociar de humor (fino y británico, pero humor al fin y al cabo) una historia muy dramática sin caer en el ridículo.
Proyecto muy personal de Matt Brown, que escribe, produce y dirige, al que se le nota la carencia de fondos que hace que en algunos momentos tenga un aspecto visual demasiado televisivo, un mal común en este tipo de producciones biográficas de recursos limitados. Apenas una ligera pega para una buena película que, cuanto menos, sirve para darnos a conocer a un hombre legendario del cual, lo confieso, no había oído hablar nunca.
Solo por eso ya vale la pena.

Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 6 de noviembre de 2014

SERENA (5d10)

Miedo me daba esta película después de las pestes que había leído y escuchado sobre ella.
Y, ciertamente, tiene tres grandes problemas que conviene repasar antes de nada.
En primer lugar tenemos el posible hype que puede haber creado su pareja protagonista, que comparten pantalla por tercera vez tras El lado bueno de las cosas y La gran estafa americana, ambas amparadas por David O. Russell. Sin embargo esa buena relación no termina de transformarse en química en esta ocasión, aparte de que ni Bradley Cooper ni Jennifer Lawrence consigan ofrecernos en Serena sus mejores actuaciones.
En segundo lugar cabe achacar las malas críticas a su directora, Susanne Bier, que no termina de tomarle el pulso a la historia, mostrando un ritmo irregular y una definición de personajes demasiado superficial para terminar de comprender su complejidad.
Y la tercera traba hay que buscarla en las siempre odiosas comparaciones. Dado su apariencia de historia de amor apasionada enmarcada en un terreno aparentemente hostil para el género femenino y con ese aspecto épico y legendario, resulta difícil no pensar en títulos clásicos como Memorias de África, Australia o El velo pintado, todas ellas películas claramente superiores a esta Serena.
Sin embargo, y pese a todo lo dicho, la película no esta tan mal. Se trata de un intenso drama alrededor de  George Pemberton, empresario no excesivamente honesto de la industria maderera, y Serena, una atractiva dama torturada por su trágico pasado. El amor entre ellos es tan precipitado como desbocado y solo su unión les puede permitir hacer frente a los problemas que les ajuiciarán: económicos, legales y familiares.
La desgarradora historia emociona y seduce lo suficiente para mantenernos preocupados por George y Serena hasta el final, pero qué duda cabe que cualquier otro director habría sabido sacar más partido de estos excelentes actores (también andan por ahí Toby Jones y Rhys Ifans), imprimiendo más ritmo a las escasas escenas de acción y sabiendo contagiarnos del amor entre George y Serena de formas más sutiles que limitándose a mostrárnoslos retozando en el lecho conyugal.
Los actores, por su parte, no terminan de estar a la altura, desperdiciando la Lawrence otro “caramelito” de papel que, en mejores circunstancias bien podría haberle valido una nueva (y van…) nominación al Oscar.
Aparte de la torpeza mencionada ya de Bier en las escenas de acción, podemos destacar el lado técnico entre sus cualidades, con una preciosa fotografía y una banda sonora que ayuda a emocionar dónde los personajes no logran hacerlo.
En definitiva, es apasionada y dura, pero se queda a medio camino en casi todo. Y eso es lo que termina por condenarla.