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domingo, 19 de mayo de 2019

CASI IMPOSIBLE

Uno de los principales problemas de las comedias románticas es que se trata de un subgénero tan definido que es casi imposible romper unos esquemas básicos sobre los que se sustenta la historia. Esto hace que resulten demasiado predecible y, por consiguiente, hasta aburridas, ya que casi aparece telegrafiado el momento en el que uno debe reír, llorar o emocionarse.

No es que el caso de Casi imposible sea diferente, y desde luego sigue la línea del chico conoce a chica, chico se enamora de chica, chico se distancia de chica y final feliz. La diferencia con el resto de películas de su generación (recordemos que el gran momento de las comedias románticas fue a finales de los ochenta, cuando estaban lideradas por Meg Ryan, Julia Roberts o, ya dando sus últimos coletazos, por Sandra Bullock, aunque tuvo un ligero despunte gracias al buen hacer del británico Richard Curtis) es que sabe apostar sus cartas por una comedia bien definida e incluso algo gamberra, de manera que, por mucho que pueda pesar la historia de amor, resulta en todo momento sumamente divertida, sin abusar del melodrama lacrimógeno que suele empañar estas producciones.
Ello se puede deber en parte a la presencia de Seth Rogen en el plantel protagonista, un cómico más dado al cine burdo y desfasado que a las historias románticas, que demuestra tener una química impecable con una magnífica Charlize Theron, y encabeza un film donde se demuestra que un guion ingenioso e inteligente es la base de toda buena obra. El libreto de Dan Sterling y Liz Hannah, bien conducido por un Jonathan Levine que ya me convenció con su propósito de acercar al terreno de la comedia romántica al género zombie con Memorias de un zombie adolescente (aunque su siguiente película, Descontroladas, fuese un claro retroceso), sin pretender resultar moralista ni extremadamente ácido, se basa de la comedia para poner su granito de arena en el empoderamiento femenino (¿una mujer como Presidente de los Estados Unidos?), hacer burla de la corrupción política y sus intereses económicos y reivindicar el periodismo de antaño, íntegro y deseoso de luchar por la verdad por encima de todo. Esto no son más que, insisto, detalles secundarios en una trama donde, amores (casi) imposibles mediante, lo importante es pasárselo bien y reírse mucho con una serie de gags muy generacional (si no están al día de Juego de Tronos ya aviso que hay spoilers), cuya moraleja podría ser que hasta los frikis seguidores del Universo Cinematográfico Marvel puede aspirar a seducir algún día a alguien como Charlize Theron, diosa de la belleza, pero, además, una mujer inteligente e íntegra. Y con poder.
Es por ello muy significativo que sea precisamente la Theron quien de vida a la protagonista femenina. Al fin y al cabo, aun siendo una gran actriz, ha tenido que renunciar a su belleza y “restregarse por el barro” para conseguir ser tenida en cuenta como algo más que una cara bonita. En la película parece sacarse la espinita y vengarse interpretando a una mujer de gran belleza que, pese a que parece ser juzgada solo por sus atributos femeninos, consigue imponerse a tópicos y machismos y ser la reina del mundo. O de los Estados unidos, que para ellos es más o menos lo mismo.
En resumen, una comedia suficientemente gamberra como para romper algunos moldes (ha sido calificada para adultos en los USA), pero suficientemente blanca también como para ofender demasiado, con dos grandes interpretaciones y algunos momentos verdaderamente tronchantes. Y, lo más importante, a partir de una construcción de personajes cuya evolución permite que todo lo que ves en pantalla resulte creíble y hasta probable.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 8 de julio de 2018

TULLY

Hace tiempo que Jason Reitman dejó de ser el hijo de Ivan Reitman para crearse un nombre propio dentro del mundo de la dirección, sobretodo a partir de la notable Up in the air. Desde entonces su carrera ha ido en clara decadencia, sobretodo a raíz de las aburridillas Una vida en tres días y Hombres, mujeres & niños, siendo su colaboración con la guionista Diablo Cody (la cual tampoco ha tenido una carrera demasiado brillante cuando se ha alejado de Reitman) lo que mejores frutos le ha dado.
De esta manera, Tully podría ser casi el cierre de una trilogía que comenzó con Juno (el primer gran éxito del director) y que se completa con Young adult, ya con Charlize Theron como protagonista.
Basándose de nuevo en sus propias experiencias, Diablo Cody retrata en Tully los problemas de una mujer de clase media para lidiar con la compatibilidad entre su trabajo, la casa, sus dos hijos y su nuevo embarazo. Pero tras dar a luz el agotamiento al fin hace mella en ella, entrando en una especie de depresión post parto para la que su hermano parece tener la solución ideal: contratar a una niñera de noche que le permita descansar convenientemente.
Con esta película se reafirma la sensibilidad de Reitman por las cuestiones femeninas y su habilidad para compaginar situaciones estresantes y mentalmente agónicas con un sentido del humor sutil y efectivo, muy apoyado, eso sí, en la brillante interpretación de Theron, que aun pese al esfuerzo de haber engordado más de veinte quilos para adaptarse a la realidad de su personaje demuestra que se puede hacer un gran trabajo actoral más allá de los méritos de la propia caracterización. Theron, bien acompañada por Mackenzie David (la prostituta de Blade Runner 2049), está en la práctica totalidad de planos de la película y es el motor que permite que todo funcione a la perfección.
Reitman y Cody usan un inteligente recurso para transmitir los miedos y las ansiedades de la protagonista, rescatada por una especie de Mary Poppins nocturna, que propicia un interesante giro final que, pese a que se empieza a intuir en algún momento anterior, está bien trabajado y resulta totalmente creíble, a diferencia de lo que sucedía en otra película reciente con el mismo recurso narrativo y que no voy a mencionar ahora por aquello de los spoilers.
Interesante propuesta, en fin, sobre las dificultades de ser madre y el agotamiento físico y mental que puede llegar a suponer y bonita lección sobre como sobrellevarlo (por más que algunos puedan cuestionar la falta de realismo de su resolución), al que sí le echo en cara, sin embargo, un exceso de explicaciones que, como siempre, cuestiona la capacidad del espectador para entender lo que le están explicando.

Valoración: siete sobre diez. 

viernes, 30 de marzo de 2018

GRINGO: SE BUSCA VIVO O MUERTO

Nash Edgerton es un actor australiano que debutó tras las cámaras en 2008 con The Square, bajo la tutela de su hermano Joel (quien lo ayudó con el guion amén de hacer una participación como intérprete) y que vuelve a probar suerte, esta vez con un reparto de verdadero lujo, con Gringo (se busca vivo o muerto), con David Oyelowo (en un papel que nada tiene que ver con la seriedad que transmitía en El mayordomo y Selma o en sus periplos por la ciencia ficción en Interestellar y The Colverfield Paradox) como principal protagonista pero con papeles destacados para una sublime Charlize Theron, un eficaz Sharlto Copley y, de nuevo, Joel Edgerton, aunque también se dejan ver por ahí Amanda Seyfried o Thandie Newton entre otros.
Gringo es una descacharrante sátira llena de excesos que mezcla una trama de corrupción empresarial con otra criminal con narcotraficantes mexicanos por en medio. Una combinación que podría haber derivado en algo ridículo pero con las ajustadas dosis de comedia que Edgerton le imprime resulta refrescante y muy entretenida.
No es que estemos ante una gran obra digna de inmensos elogios, pero tomada como divertimento sin más, aceptando las posibles inspiraciones en el estilo de gente como Tarantino o Guy Richie, esta especie de vodevil que nunca termina de tomarse demasiado en serio a sí mismo y de giros totalmente inverosímiles, funciona francamente bien. Esto se debe, en gran medida, al humor gamberro y absurdo que pulula por casi todo el metraje, con chistes fáciles pero efectivos y un puñado de diálogos realmente brillantes. Por otro lado, el gran trabajo de los actores, que no por estar en una comedia se esfuerzan menos de lo habitual, termina por elevar el nivel de la obra, por más que hay algunos momentos demasiado caricaturescos por parte de Oyelowo pero que se compensan con el brillo de Theron, perfecta como pérfida femme fatalle.
Así, esta película que se ha presentado en la cartelera sin apenas hacer ruido, más llamativa por los nombres que adornan su póster que por las referencias que teníamos sobre ella, es un brillante ejercicio de comedia negra, cínica y desquiciante, donde las casualidades y los equívocos se aceptan sin rechistar y que, incluso con algún bajón en su ecuador, resulta un ejercicio de disfrute y evasión muy completo.

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 8 de agosto de 2017

ATÓMICA, ellas tienen el poder...

Mientras en las tertulias de bares (que es en lo que se han convertido algunos programas de cultura) se sigue debatiendo sobre la necesaria reivindicación del papel de la mujer en el cine, algo que parece haber inventado Wonder Woman como si antes de ella solo existiese el personaje de la mujer florero y nada más, Charlize Theron, que ya es sabia en estas lindes, presenta su nueva película como protagonista absoluta, done actúa además de productora.
Atómica, traducción a medias de Atomic Blonde, es una muy libre adaptación de la novela gráfica La ciudad más fría, escrita por Antony Johnson y dibujada por Sam Hart.
Las diferencias entre ambos productos son notables. La obra original primaba mucho más la intriga y el misterio por encima de la acción, no contenía nada de sexo y estaba dibujada en un glorioso blanco y negro. La película que dirige David Leich, en cambio, es una oda a la violencia y hace un juego de luces con los neones que iluminaban el Berlín de la época de esos que marcan tendencia. No obstante, en ambos productos se hace una apuesta firme por el thriller político ambientado en la guerra fría, con agentes dobles y triples, engaños y traiciones, y en eso sí sabe ser fiel la película.
Lorraine Broughton, el personaje al que da vida la Theron, empieza la película machacada y magullada. Acude a la central del MI6 y es sometida a un interrogatorio sobre su última misión, la incursión en el Berlín previo a la caída del muro en busca de una lista que rebela todos los agentes dobles que hay en la actualidad. Allí cuenta con la ayuda del agente David Percival (James McAvoy), pero ya se sabe que en estos casos lo de ir en busca de un objeto suele ser un macguffin en espera de algo mayor. Y teniendo por aquí a uno de los directores (no acreditado) de John Wick y de la futura secuela de Deadpool, ese algo mayor son, sin dudas, sus impecables escenas de luchas, coreografías imposibles (me viene a la mente un larguísimo enfrentamiento en un piso, la persecución por las escaleras y la culminación en un coche, todo ello en un falso pero impactante plano secuencia) y mucha espectacularidad.
Casi se podría decir que esta Lorraine es la versión femenina del propio John Wick, aunque aquí la historia prima más que en las dos películas (hasta la fecha) protagonizadas por Keanu Reeves hasta el punto que alguien puede llegar a encontrarla ligeramente confusa.
Tampoco es que quepa esperarse de esto una reflexión política ni algo tan retorcido como en las obras de John LeCarre (eso quizá sí en el comic), pues lo que prima siempre es el entretenimiento puro y duro, pero hay una historia suficientemente interesante y un drama comedido pero siempre presente como para que la película satisfaga a todos los espectadores.
También hay, como decía al principio, una reivindicación de la figura femenina. Theron es la heroína personificada, y aquí lo demuestra entregándose en cuerpo y alma a su director y prescindiendo, siempre que le ha sido posible, a los dobles de acción, lo cual le ha dado más de un disgusto durante el rodaje. Incluso en las escenas de sexo huye de los convencionalismos y da un paso más allá de donde otras no se atrevieron, rechazando la generalmente inevitable historia de amor entre camaradas espías que colaboran juntos.
David Leich es un director contundente, que ama la violencia, pero la filma con elegancia y realismo, desagradable en su dureza visual pero perfecto en su uso de la cámara. Así, Atómica logra ser una combinación extraña pero muy efectiva entre el clásico cine de espionajes y la acción más desmedida, y aunque sus intentos de contar una historia de muchas máscaras le impidan ser puro rock’n’roll como su contrapartida masculina, yo la sitúo sin problemas a la altura de ese John Wick con el que, si no fuese por la diferencia generacional, me encantaría que se terminaran encontrando.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 15 de abril de 2017

FAST & FURIOUS 8: Rizando el rizo a lo grande.

Normalmente cuando una franquicia es capaz de alcanzar su octava entrega se le puede suponer ciertos síntomas de cansancio y abuso de repetir continuamente la misma fórmula, normalmente agotada. Lo lógico es que eso ocurra incluso mucho antes, como lo demuestran sagas tipo Rambo, Rocky o Bourne, y cuya única excepción que me viene ahora mismo a la mente es Misión Imposible.
En el caso de Fast & Furious es justamente lo contrario: cada entrega aspira (y normalmente lo consigue) a superar a la anterior. Aparentemente condenada a la extinción tras sus tres primeras secuelas (en la última de las cuales tuvieron que recuperar al “difunto” Vin Diesel para tratar de salvar las naves, tal y como han intentado, sin demasiado acierto, hacer también en la mediocre xXx), la saga supo reinventarse tras el quinto episodio, casualmente con la entrada de Dwayne Johnson en el equipo, haciendo que las carreras de coches sean más una marca de la casa a las que se le buscaba cualquier excusa para colar una escenita de coches tuneados rugiendo, chicas de shorts imposibles y música de hip hop que como verdadero motor de la acción. Justin Lin supo convertir una franquicia aparentemente agotada en un espectáculo tan argumentalmente ridículo como aparatosamente divertido, y anulando todo signo de verosimilitud en favor del más difícil todavía sus películas conformaban todo un cúmulo de escenas imposibles de las que era imposible no disfrutar.
James Wan tomó el relevo en Furious 7 y la taquilla rompió récords, tristemente ayudada por el fallecimiento de Paul Walker, y el nuevo cambio de cromos en la silla de director, ocupada ahora por F. Gary Gray sin que el estilo se haya resentido lo más mínimo. Tan asentado está el aspecto visual de la saga que con Gray (que curiosamente ya había dirigido a Diesel en Diablo, a Theron y Stathan en The italian job y a Johnson en Be cool) apenas se ha apreciado cambio alguno desde la mencionada quinta entrega.
La gran duda en Fast & Furious 8estaba en ver como sobrevivía la película a la ausencia de Paul Walker. Su personaje formaba una “extraña pareja” con el de Vin Diesel y se hacía difícil que el hinchado actor pudiese sobrellevar por sí solo el peso de la acción. Y si bien es cierto que la trama argumental se centra sobre todo en su figura, podría ser esta la película en la que menos minutos de metraje ocupa, mientras que sus limitaciones actorales son suplidas con creces por la otra “extraña pareja” que forman Dwayne Johnson y Jason Stathan, dos tipos que se comen la pantalla cada vez que aparecen en ella.
La trama casi es lo de menos. Con el tema de la familia de nuevo como estribillo machacón, la cosa va de una supervillana que quiere controlar el mundo mediante hackeos informáticos o algo así. La verdad, es lo que menos importa. Lo verdaderamente importante aquí es conseguir escenas antológicas, momentos de adrenalina pura que ahora mismo parecen imposibles de superar en futuras entregas si no fuese porque en las anteriores ya había pensado eso mismo. Las escenas de la bola de demolición, los “coches zombies” o todo lo relacionado con el submarino son apabullantes, y el único pero está en que parte de la sorpresa se ha estropeado por culpa de un tráiler que mostraba demasiado.
El verdadero éxito de la serie, aparte de la espectacularidad, está en el carisma que desprenden sus personajes. Y para ello resulta imprescindible contar con una retahíla de actores que quitan el hipo. Pese a las bajas que ha ido sufriendo el equipo a lo largo de las ocho películas, las incorporaciones no han sido moco de pavo, y aquí la cosa ronda el imposible. Kurt Russell repite y parece que lo hace para quedarse, todo indica que Scott Eastwood va a ser la nueva incorporación a la familia y Charlize Theron logra componer una villana de altura, un personaje que en manos de cualquier otra actriz podría haber caído en el ridículo. Se suele decir que en el cine de principios de siglo hay carencia de buenos villanos (y las pelis Marvel o DC son un buen ejemplo de ello, Loki aparte), pero la mezcla de cinismo, demagogia y maldad con que impregna Theron a su personaje la hacen destacar por encima de todo.
Y eso sin contar con alguna otra sorpresa actoral que prefiero reservarme.
Fast & Furious 8 está a la altura (si no por encima) de las anteriores, siendo un espectáculo visual, una descarga de diversión con toques muy acertados de humor y las clásicas gotitas de trascendentalismo dramático. Una delicia donde todo vale y donde nada se puede analizar con demasiada seriedad. Estamos en una fiesta, y lo único que importa es pasárselo en grande. Y de nuevo lo consiguen.
Además, hay un nuevo homenaje para Paul Walker, los cuales nunca serán suficientes.
Ya estoy deseando que empiecen a haber noticias sobre la novena entrega. Yo, desde luego, no me la perderé.

Valoración: Ocho sobre diez.


sábado, 4 de febrero de 2017

DIRÉ TU NOMBRE, floja denuncia social, horrenda historia de amor

Seguimos con la racha de estrenos de películas dirigidas por actores, pero tras los impecables trabajos que son (para mí) Hasta el último hombre de Mel Gibson y Vivir de noche de Ben Affleck el caso que nos ocupa es la excepción que rompe la regla y Sean Penn, quien en ocasiones anteriores ha demostrado tener buena mano tras las cámaras, patina claramente en este drama romántico y pretencioso que es Diré tu nombre.
A priori, tras juntar a un director ganador de un Oscar con dos protagonistas también con sendas estatuillas, en una historia de amor apasionado y denuncia social, uno podría preguntarse ¿Qué puede salir mal? Pues lamentablemente, casi todo.
Diré tu nombre cuenta la historia de dos integrantes de una ONG (médicos del mundo) que se conocen en África y se enamoran, aunque la cosa no termina de salir del todo bien. No, no se asusten, no es ningún spoiler, este es el principio, ya que Penn elige, no tengo muy claro con qué propósito, explicar su historia en dos líneas temporales, anticipándonos más o menos el desenlace y saltando aleatoriamente entre presente y pasado sin orden ni concierto.
Cierto es que el film sirve para denunciar las atrocidades que suceden en muchos países africanos y para mostrar el drama de los refugiados de guerra, pero uno no puede tener la sensación de que en realidad se está buscando más el postureo, el demostrar lo “guay” que es Sean Penn por hacer este cine comprometido y valiente, que no el realizar en verdad un film comprometido y valiente. Aun así, es esta parte bélica y atroz la que mejor funciona, estando dirigida con mano más o menos firme y contando con la colaboración de dos secundarios de lujo que tampoco es que estén muy bien aprovechados: Jean Reno y Jared Harris.
El problema es que por momentos es la historia de amor, el melodrama más simplista y pasteloso, el que domina la trama, trivializando el sufrimiento de los refugiados y prostituyendo las posibles lecturas bienintencionadas que se pudieran pretender buscar en la película. Para ello, además, se ayuda de dos actores que no parecen tener química alguna como pareja y que no son capaces en ningún momento de sacar adelante un guion torpe y unos diálogos de vergüenza ajena. Javier Bardén borda el ridículo en muchos momentos del film, mientras que me apena mucho ver a una actriz magnífica como Charlize Theron metida en este fregado. De ella, y perdonen si les parece este un comentario demasiado machista, lo mejor que se puede decir es que está espectacularmente bella, como siempre. Nada más se puede rascar de sus interpretaciones.
Penn llevaba más de una década alejado de las cámaras y está claro que no ha elegido ni el mejor momento ni el mejor proyecto para regresar. Con mucha generosidad uno puede aguantar su alargado metraje como acto de restricción y quizá si a la salida del cine alguien se anima a colaborar económicamente con alguna de estas ONG’s ya habrá valido la pena la película, pero eso no justifica un despropósito que busca con insistencia la lágrima fácil y el desconsuelo pero encuentra sobretodo el ridículo y la comedia involuntaria (véase la escena del cepillado de dientes, por ejemplo).
Una verdadera lástima…

Valoración: Tres sobre diez.

domingo, 10 de abril de 2016

EL CAZADOR Y LA REINA DEL HIELO: más de lo mismo pero un poco peor.

Hace cuatro años Blancanieves y la leyenda del Cazador se apuntaba a la moda de adaptar cuentos clásicos a la gran pantalla y, aunque no fue un gran éxito, si supo estar por encima de la otra película de Blancanieves estrenada por las mismas fechas: Mirrow, mirrow, a mayor gloria de la madrastra Julia Roberts. 
Sin entrar a valorar la calidad de una actriz más por su belleza que por su talento, muchos se preguntaban cómo podía el espejito famoso decir que la Blancanieves Kristen Stewart era más hermosa que la malvada Charlize Theron, y esa puede ser una de las claves por la que el personaje de la Stewart haya desaparecido de esta secuela, El Cazador y la Reina del Hielo, a diferencia del de Theron, pese a morir (aparentemente) en aquella. Y es una lástima, porque si bien por aquel entonces la joven actriz californiana arrastraba el sambenito de su insípido papel en la saga Crepúsculo, ahora, con títulos como En la carretera, Siempre Alice y, sobre todo, Viaje a Sils Maria, está comenzando a ganarse un merecido prestigio.
Pero lo importante de aquella película no era en realidad ni Blancanieves ni la reina mala, sino el Cazador, un héroe al que ponía cara (y físico) Chris Hemsworth y que parecía un amalgama entre su propio Thor y algún guerrero salido de la saga de El Señor de los Anillos. Él era el héroe de la historia y sobre él gira esta nueva película que parece pretender formar parte de una larga saga, a juzgar por el subtítulo de la película: Las Crónicas de Blancanieves (en España, en el título original el subtítulo destaca al Cazador), y su escena final.
También ha habido cambio de cromos en la silla del director, sustituyendo Cedris Nicolas-Troyan a Rupert Sanders sin que eso se aprecie apenas en pantalla, careciendo de personalidad fílmica tanto uno como otro. Lo que sí hay son dos incorporaciones de órdago: Emily Blunt y Jessica Chastain, reuniendo así a tres de las mejores actrices del panorama actual.
Con este escenario, algún secundario reconocible como Nick Frost o Sam Claflin, ambos estaban ya en la primera película, y alguno que no tanto, como Sheridan Smith, Sope Dirisu y Sophie Cookson, la película arranca con un epílogo anterior a la “era de Blancanieves” para saltar luego unos años después de lo acontecido en la primera película, siendo así precuela y secuela a la vez, permitiéndonos conocer algo del origen de el Cazador para volver a verlo convertido en el héroe de la historia y con el espejo mágico como objeto del deseo de todos. Sin embargo, la historia es tan simple y los personajes están tan mal desarrollados que cualquier atisbo de complejidad argumental es pura casualidad. Todo es, a la postre, una copia de cosas vistas muchas veces antes, y si en Blancanieves y la leyenda del Cazador no había una gran originalidad aquí se han quitado definitivamente las caretas y han copiado con un descaro exagerado todo lo que han querido y más. De nuevo las influencias de El Señor de los Anillos y Thor están presentes, pero a eso se añade elementos que recuerdan a Las Crónicas de Narnia, Maléfica, Pan, pero sobre todo (y esto es lo más sangrante, ya que se supone que es la baza principal del film y el elemento más novedoso) a Frozen. En efecto, el personaje de Emily Blunt, hermana del de Theron, es un calco casi textual del de esa maravilla de la animación de Disney, aunque con una personalidad mucho más desconcertante, pasando de victima a villana a mártir sin apenas lograr emocionar al espectador.
Entiendo que una película de estas características no pretenda más que ofrecer un buen espectáculo y entretener al respetable, sin poder aspirar a segundas lecturas ni interpretaciones más sesudas, pero resulta absurdo reunir un elenco tan impresionante de estrellas (sobre todo en el apartado femenino) para luego desaprovecharlas así. Es como si todos los esfuerzos para llevar a buen puerto esta película se hubieran consumido en la preproducción y no quedara ya nada que ofrecer una vez comenzado el rodaje. Todo es demasiado simple, demasiado plano y ni siquiera los efectos especiales, que requieren de cierta espectacularidad en ciertos momentos, están a la altura.
Hemsworth derrocha carisma, Theron está más hermosa que nunca (y no es un comentario machista, no crean, es que ciertamente hay muchas escenas que parecen más uno de sus anuncios de Dior que una escena de una película de aventuras) y que su papel sea mucho más plano que en la primera película no impide que su interpretación sea la mejor y eclipse en pantalla a todos sus compañeros de reparto, y los nuevos fichajes, Blunt y Chastain, cumplen sin más, pidiendo a gritos líneas de diálogo más inteligentes o algo de personalidad para sus roles.
Una vez más estamos ante una película entretenida sin más, que aprueba justito más por lo estimulante que es ver a sus protagonistas en acción que por el resultado final, y que ni siquiera mejora la original. Y lo curioso es que, pese a lo innecesaria que era, tenía en su planteamiento elementos que podrían haber dado mucho más de sí. ¿A la tercera será la vencida? Lo dudo, aunque si repiten Hemsworth y Theron yo volveré a caer en la trampa…

Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 30 de mayo de 2015

MAD MAX, FURY ROAD (7d10)

En ocasiones, generalmente de forma sorpresiva e inexplicable, aparecen películas rodeadas de un hype tan fervoroso y pasional que es necesario ver la película cuanto antes para no verse afectados por esas corrientes que amenazan con condicionar (ya sea para bien o para mal) la opinión propia. Y la mayoría de las veces se trata de un hype exagerado y desproporcionado que va apagándose con el paso de los días.
Algo así sucede con este pastiche de ideas y excesos llamado Mad Max, aplaudida hasta la extenuación en sus primeros pases en lugares como Cannes y calificadas con rotundos dieces por parte de la crítica especializada pero que está decepcionando en su estreno americano siendo literalmente machacada por esa cosa llamada Dando la nota, aún más alto (y cuya opinión es poco probable que leáis por aquí).
No se puede calificar como obra maestra (y lo he leído por varios sitios, lo juro) a una película decididamente tan mala en su concepción como genial en su visualización. Todos los calificativos positivos que quieran dedicarse al film posiblemente sean adecuados, ya que hay en la película una cierta grandeza, mucha épica, una banda sonora brutal (aunque posiblemente insoportable si se pretende escuchar separada de las imágenes demenciales concebidas por Miller) y unos actores que van desde lo correcto a lo brillante, pero todo esto queda empañado abre el delirio visual que nos propone George Miller para esta... ¿secuela?¿reboot? (no está a demasiado claro) de su gran y casi único gran éxito.
Muchos consideran a Miller como un gran visionario, obviando el hecho de que tras la saga de Mad Max (cuya aparente conclusión databa de 1985) sólo tiene en su filmografía dos títulos con relativo interés: Las brujas de Eastwick y Babe, el cerdito valiente, aunque tampoco es plan de quitarle méritos ante la locura visual que ha sabido parir a sus setenta años de edad. Y es que lo que no se le puede negar a la película es su imaginario visual, su planificación casi perfecta y su impecable puesta en escena, con secuencias magníficas como la de la tormenta o algunos de los momentos más demenciales de la persecución que bien podrían haber sido ideados por el grupo teatral de La fura dels baus.
Mad Max, fury road es como un puñetazo en el estómago, que te deja sin aliento desde prácticamente el primer segundo de película y del que tardas casi dos horas en recuperarte. Es frenética, hipnótica, absorbente… Pura magia convertida en cine. Una constante y brutal sucesión de personajes escapados de un freak show que ya les gustaría para sí a los creadores de American Horror Story, una película enfermiza, colorista, caótica y violenta. Un espectáculo con mayúsculas que no da tregua al espectador y que apenas contiene pausas en las que reposar el empacho visual al que estamos siendo sometidos.
El problema viene tras su conclusión, cuando uno despierta del delirio para comprobar que ha pasado dos horas disfrutando (porque sí, la película se disfruta y mucho) con la nada más absoluta, con un guión inexistente (unos personajes escapan de un sitio, dan media vuelta y regresan al punto de origen), unos protagonistas sin apenas trasfondo y unos villanos de opereta que no tienen sentido ni justificación alguna. Con un Tom Hardy que en eso de carisma no le llega ni a la suela de los zapatos a Mel Gibson y un Max plano, lejos de la evolución que sufrió el personaje a lo largo de la saga original (y que en su conjunto constituía un verdadero viaje interior para el personaje).
Mad Max puede ser como el cruce imposible entre el cine de Michael Bay y el de Christopher Nolan, con las explosiones infinitas y el lucimiento femenino que tanto gustan al primero y la perfección visual (aunque sin su oscuridad) del segundo, con algún toque a lo Indiana Jones (la persecución por el interior de la fortaleza de los malos tiene algo de El templo maldito), y, por supuesto, el aroma a queroseno y rueda quemada de Fast & Furious. Y en medio de todo el fregado, Charlize Theron, la auténtica diosa de la carretera, magistral como de costumbre, sin que su mutilación, su pelo rapado o su suciedad le quiten un ápice de glamour y quien lleva las riendas de la historia (no es la protagonista, como se dice por ahí, pero sí quien centra la atención de la cámara).
Hay en la película demasiadas cosas que no entiendo, como las imágenes alucinógenas de Max (¿quién demonios es esa niña y cuándo la dejó morir?), el tiempo que ha pasado desde la destrucción de la humanidad (con lo fácil que sería haber obviado que el protagonista es el mismo Max de la saga de Gibson e imaginar que estamos muchas décadas en el futuro), el objetivo de muchos de los personajes (¿qué diablos pinta la chica en pelotas en lo alto de la atalaya?) y mil preguntas más que es mejor no formularse (¿cómo es que no queda ni un solo malo capaz de defender la fortaleza? ¿Por qué adoran a Inmortal como a un Dios pero no temen su ausencia? ¿Cómo engaña Furiosa a todos para ir a buscar gasolina a La Ciudad de la Gasolina con un tanque lleno de gasolina? ¿Por qué dice el personaje de Theron que ha hecho muchas veces ese viaje si no conoce el destino de su meta? ¿Tan grande es Australia que recorriendo un camino en línea recta durante ciento sesenta días no se llega a ningún sitio, ni siquiera al mar?), así como un desenlace decepcionante y poco climático en comparación con lo vivido hasta el momento.
La conclusión es que todo da igual. La película no tiene guion (el propio Miller lo ha reconocido, no es una crítica mía) y, pensándolo bien, ni falta que le hace. Es un film para disfrutar con los cinco sentidos (el sonido también es espectacular, somos capaces de oír hasta el más diminuto grano de arena del desierto), para dejarnos llevar en la sala y no pensar en nada más que en la sobredosis de imágenes de violencia y destrucción a las que nos están sometiendo. Y nada más.
No es una obra maestra. Ni siquiera una gran película. Pero sí una genialidad tan absurda como demencial. Y en ocasiones, eso también mola. Aunque tanto exceso roce el límite de nuestros sentidos.
Por esta vez, la aplaudo con entusiasmo. Si hay secuela (y parece que la habrá) no sé si lo haré. El truco es bueno, pero no infinito…

jueves, 10 de julio de 2014

MIL MANERAS DE MORDER EL POLVO (5d10)

Después de la exitosa Ted, que con apenas cuatro duros arrasó en taquilla convirtiéndose en uno de los éxitos sorpresa del 2012, todas las miradas estaban atentas a ver cuál era el próximo paso de Seth MacFarlane, el nuevo niño mimado de Hollywood que ha triunfado en televisión con Padre de familia y American dad, ha sido monologuista, compositor y cantante musical e incluso ha presentado una gala de los Oscars.
Con semejante currículo estaba claro que el cine debía ser su máxima ambición, así que se atrevió a arriesgar y apostar por un género claramente marginal en nuestros tiempos como es el western, cuyas únicas representaciones en los últimos tiempos (si dejamos de lado títulos de corte más intimista) estarían en Valor de ley, de los hermanos Coen y El llanero Solitario, de Gore Verbinski, y ninguna de las dos fueron verdaderos fenómenos en taquilla.
En Mil maneras de morder el polvo MacFarlane, además de ridiculizar y exprimir al máximo todos los tópicos del género trata también de homenajearlo, estando ahí lo mejor del film, con escenas que nos retrotraen a los grandes clásicos y una intensa banda sonora que bebe del mejor Morricone, Berstein y compañía. Para ello, el director de Connecticut ha tirado de agenda y ha conseguido reunir a grandes nombres del cine actual, destacando una deslumbrante CharlizeTheron, un Liam Neeson de fuerte presencia y una Amanda Seyfried acostumbrada a lidiar con grandes estrellas sin dejarse amedrentar. Y no debemos olvidar el buen aporte de algunos secundarios, como Giovanni Ribisi, Sarah Silverman o el cada vez más activo Neil Patrick Harris tratando de desprenderse sin conseguirlo demasiado de su Barnie de ¿Cómo conocí a vuestra madre? El problema, sin embargo, está en que el ego de MacFarlane parece haber crecido tanto que decide reservarse también el papel de protagonista absoluto de la obra, no estando su talento interpretativo a la altura de las circunstancias y tratando de cargar sin conseguirlo con el peso de una historia que se desmorona a su paso.
Albert es un ovejero bastante cafre que se conforma con su vida sencilla junto a sus amigos Edward y Ruth y el gran amor de su vida, Louise. Pero cuando Louise se da cuenta de que es un donnadie y que nunca dejará de serlo decide romper con él y cambiarlo por el exitoso propietario de una tienda de artículos para bigotes, Foy. La vida de Albert se desmorona entonces más de lo habitual y solo la aparición de la atractiva pero dura Anna dará un toque de luz a su amarga existencia. Lo que nadie imagina es que Anna es también la esposa del peligroso ladrón y asesino Clinch Leatherwood.
Como verán, no es que el argumento sea nada del otro mundo, y desde el primer momento se adivina que la historia de una chica atractiva ayudando al protagonista a ser más hombre para acabar seduciendo a la dueña de sus sueños que lo desprecia y ningunea sólo puede acabar con el amor entre ambos. Lo importante de verdad es la sucesión de chistes, a cual más gamberro que campan por sus anchas por la película. Unos chistes que van de lo zafio a lo puramente escatológico y que si bien en algunos casos consiguen fácilmente la carcajada en otros son demasiado desagradables como para aplaudir el ingenio de MacFarlane, que hecha por la borda cualquier momento de inspiración anterior cuando se deja llevar por sus propios tics.
Siendo justo, son más los chistes correctos (algunos incluso brillantes) que los escatológicos, pero estos segundos tienen una fuerza y contundencia tal que al final se conservan en la memoria por encima del resto, haciéndonos pensar que la película parece peor de lo que en realidad es. Además, la presencia del propio MacFarlane hace que el humor visual quede en segundo plano ante un uso y abuso de diálogos para su mayor lucimiento, con lo que cas nos encontramos con una sucesión de monólogos que terminan por cansar.
Aciertos y despropósitos a partes iguales, lo mejor es el retrato realista que se ofrece de la época (mucho menos limpia y glamurosa de lo que Gary Cooper y compañía nos querían hacer creer), sucia y cruel. Y, como en Ted, las dos escenas más aplaudidas y recordadas serán las correspondientes a los cameos (la aparición de Flash Gordon en aquella es sustituida por dos inesperados protagonistas de westerns), que lamentablemente pierden fuerza al haber sido publicitados con anterioridad en diversos medios (y hablo también de revistas especializadas, que no siempre es todo culpa de Internet) y que, por supuesto, no voy a revelar aquí. Nos quedamos así con la reflexión con la que Albert describe al Salvaje Oeste y con algunos momentos especialmente inspirados como los padres de Albert, la coña con las fotografías, etc. Claro que los mejores chistes son, como es habitual, los que ya se ven en el tráiler.
Irregular en su ritmo y para paladares poco sensibles, la película divierte y entretiene, pero deja con una amarga sensación de que se ha perdido la oportunidad de ofrecer una gran comedia, de la que se queda sólo a las puertas.