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jueves, 8 de agosto de 2019

HOBBS & SHAW

Salvo honrosas excepciones, la taquilla mundial de los últimos años ha estado claramente dominada por la marca Disney, ya sea en su departamento de animación, de adaptación en live actions de sus clásicos, mediante Star Wars o, sobre todo, con las películas de Marvel Studios. La saga de Fast & furious, de la Universal es una de esas honrosas excepciones.
Desde que, a partir de la quinta entrega, la saga se reinventara, abandonando el espíritu poligonero de sus orígenes (recordemos que esto era una especie de remake de Le llaman Bodhi versión tunning) hasta volverse una locura desmadrada sin ningún sentido, pero alucinantemente divertidas, cada nueva película ha ido superando a la anterior en cuanto a recaudación, convirtiéndose en un hito moderno difícil de entender.
Entre sus armas, una de las que mejor ha funcionado ha sido la presencia de Dwayne Johnson en el elenco, cuya química con Jason Statham en las dos últimas entregas ha sido de lo más celebrado. Esto ha llevado a las mentes pensantes a idear una nueva línea (apoyada, posiblemente, por las desavenencias entre Johnson y Vin Diesel) que explorase esta relación lejos de Toreto y su pandilla, y de ahí el nacimiento de este spin off centrado en la figura de estos dos pesos pesados de los puñetazos y los chascarrillos.
Hobbs & Shaw, pues, viene a ser un nuevo reinicio para poder explorar otros caminos que no dejen de ser más de lo mismo, pero con otras caras, enriqueciendo y ampliando así el universo Furious. Y lo ha hecho sin arriesgar demasiado, casi jugando sobre seguro. Y, pese a todo, la cosa no ha terminado de funcionar del todo.
Sobre el papel, nada debía salir mal. Los dos protagonistas, Johnson y Statham, vuelven a sus roles dispuestos a darlo todo, se mantiene al guionista de casi toda la saga madre, Chris Morgan, y se ficha a un director acostumbrado a las grandes producciones y, sobre todo, a la acción más desmedida. David Leitch fue el codirector de John Wick, repitió esquemas con Atómica y demostró tener buena mano para el humor con Deadpool 2.
Y, sin embargo, es inevitable notar que algo falla en la película, algo que también ha parecido repercutir en su taquilla, muy por debajo delo que se esperaba.
Personalmente, se me ocurre una manera un poco simple de explicar el problema. Durante toda la película, con sus postureos, su musiquita molona y sus luces de neón, se aprecia una pretensión algo artificial por querer molar. Ese es el concepto que mejor define a Hobbs & Shaw: quiere molar. Fast & Furious, en cambio, molaba. Y esa sutil diferencia entre conseguirlo sin apenas esforzarse o esforzarse sin terminar de conseguirlo es lo que distingue a este spin off de la serie raíz. Las pullas entre los dos rivales no son tan punzantes y divertidas como en Furious 8, por ejemplo, y el nivel de exageración roza unos límites casi absurdos. No es que las otras películas tuvieran el más leve deje de realismo, pero sí había una especie de verosimilitud que permitía al espectador aceptar lo que estaba viendo, por imposible que fuese. Aquí, quizá por la composición de un villano demasiado fantástico y del abuso del CGI en los efectos (porgo como ejemplo las piruetas que realiza este en su moto), hay una capa de irrealidad que desconecta al espectador con el film, por más que luego busque esos valores tan anclados en la mitología de la saga como es el concepto de familia.
Con todo, no deja de ser un buen entretenimiento. Ellos dos se esfuerzan en dar lo mejor de si mismos y el bueno de Idris Elba es siempre un valor seguro, pero quien se come literalmente la pantalla es el personaje que interpreta Vanessa Kirby (a la que personalmente descubrí en Misión Imposible: Fallout), siendo la tercera pata de la cama y, quizá, el personaje que más luce en pantalla hasta que, en el tercio final, se la hace prácticamente desaparecer para dar más brillo a las dos moles de músculos.
En el lado positivo, se podría decir que hay vida más allá del Toreto de Diesel y su cara de palo. En el negativo, estamos ante un pasatiempo veraniego de fácil consumo pero que se olvida rápido, sin grandes escenas memorables que se queden grabadas en nuestras retinas como sí fuesen capaces de hacer en su momento James Wan o Justin Lin. Y cuando se tiene a los dos mejores personajes de la franquicia (con la excepción obligada del Brian de Paul Walker), eso sabe a poco.

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 17 de agosto de 2018

MEGALODÓN

El desarrollo de una película basada en la novela Meg de Steve Alten ha sido un auténtico calvario. Tras su paso por diversas productoras y después de un baile de nombres para la silla del director, desde Jan de Bont hasta Guillermo del Toro, siendo John Turteltaub quien al final se llevara el gato al agua, un realizador competente pero sin demasiada personalidad.
Ha hecho falta la paticipación de productoras chinas para ayudar a Warner a conseguir los ciento cincuenta millones de presupuesto necesarios, lo cual, sin duda, ha afectado al producto final. El propio Turteltaub ha reconocido que la película ha sufrido tantos recortes que cuesta reconocer lo que él había rodado, y el protagonista el film, Jason Statham, así lo ha confirmado.
Con estos precedentes, daba un poco de miedo pensar en lo que Megalodón, que es como se ha llamado en España a Meg, por más que las novelas se hayan editado respetando el diminutivo original, nos podía ofrecer. Y es que, definitivamente, estamos ante una película de serie B con un presupuesto de superproducción. No es que tenga ningún problema con el cine de serie B, siempre que el referente está más cercano a Pirañas 3D de Alexandre Aja que al Sharknado de Anthony C. Ferrante, pero el problema es que Megalodón se queda un poco en tierra de nadie a medio camino entre el cine de aventuras serio y la broma gamberra.
Por un lado, su guion, tópico a más no poder (sigue el esquema básico de la novela de Alten, pero se desdibuja en sus subtramas), pretende aspirar a una profundidad emocional muy intensa. Por otro, la propia campaña publicitaria (la frase: “te quedarás con la boca abierta” lo dice todo) prácticamente vende el film como un enfrentamiento entre Jason Statham y un tiburón prehístórico (y por ahí van los tiros, aunque cueste ver en el físico de Statham al científico descrito por Alten).
Con todo, el resultado no llega a ser malo. Megalodón es una película muy entretenida, a la que se agradece que, por lo menos, se recuerden constantemente las pérdidas humanas que sueles pasarse muy por encima en otras producciones de este estilo, con Statham derrochando carisma y algunos momentos visuales muy impactantes. Lo malo es que los fallos (ese guion tan pobre y la falta de gamberrismo y sangre, por ejemplo) se notan demasiado, y al final pesa más lo que podría haber sido (a ver si alguna vez nos ofrecen una versión del director) que lo que es.
En fin, entretenimiento para pasar el rato, algún que otro susto efectivo y Statham. No pidáis más.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 15 de abril de 2017

FAST & FURIOUS 8: Rizando el rizo a lo grande.

Normalmente cuando una franquicia es capaz de alcanzar su octava entrega se le puede suponer ciertos síntomas de cansancio y abuso de repetir continuamente la misma fórmula, normalmente agotada. Lo lógico es que eso ocurra incluso mucho antes, como lo demuestran sagas tipo Rambo, Rocky o Bourne, y cuya única excepción que me viene ahora mismo a la mente es Misión Imposible.
En el caso de Fast & Furious es justamente lo contrario: cada entrega aspira (y normalmente lo consigue) a superar a la anterior. Aparentemente condenada a la extinción tras sus tres primeras secuelas (en la última de las cuales tuvieron que recuperar al “difunto” Vin Diesel para tratar de salvar las naves, tal y como han intentado, sin demasiado acierto, hacer también en la mediocre xXx), la saga supo reinventarse tras el quinto episodio, casualmente con la entrada de Dwayne Johnson en el equipo, haciendo que las carreras de coches sean más una marca de la casa a las que se le buscaba cualquier excusa para colar una escenita de coches tuneados rugiendo, chicas de shorts imposibles y música de hip hop que como verdadero motor de la acción. Justin Lin supo convertir una franquicia aparentemente agotada en un espectáculo tan argumentalmente ridículo como aparatosamente divertido, y anulando todo signo de verosimilitud en favor del más difícil todavía sus películas conformaban todo un cúmulo de escenas imposibles de las que era imposible no disfrutar.
James Wan tomó el relevo en Furious 7 y la taquilla rompió récords, tristemente ayudada por el fallecimiento de Paul Walker, y el nuevo cambio de cromos en la silla de director, ocupada ahora por F. Gary Gray sin que el estilo se haya resentido lo más mínimo. Tan asentado está el aspecto visual de la saga que con Gray (que curiosamente ya había dirigido a Diesel en Diablo, a Theron y Stathan en The italian job y a Johnson en Be cool) apenas se ha apreciado cambio alguno desde la mencionada quinta entrega.
La gran duda en Fast & Furious 8estaba en ver como sobrevivía la película a la ausencia de Paul Walker. Su personaje formaba una “extraña pareja” con el de Vin Diesel y se hacía difícil que el hinchado actor pudiese sobrellevar por sí solo el peso de la acción. Y si bien es cierto que la trama argumental se centra sobre todo en su figura, podría ser esta la película en la que menos minutos de metraje ocupa, mientras que sus limitaciones actorales son suplidas con creces por la otra “extraña pareja” que forman Dwayne Johnson y Jason Stathan, dos tipos que se comen la pantalla cada vez que aparecen en ella.
La trama casi es lo de menos. Con el tema de la familia de nuevo como estribillo machacón, la cosa va de una supervillana que quiere controlar el mundo mediante hackeos informáticos o algo así. La verdad, es lo que menos importa. Lo verdaderamente importante aquí es conseguir escenas antológicas, momentos de adrenalina pura que ahora mismo parecen imposibles de superar en futuras entregas si no fuese porque en las anteriores ya había pensado eso mismo. Las escenas de la bola de demolición, los “coches zombies” o todo lo relacionado con el submarino son apabullantes, y el único pero está en que parte de la sorpresa se ha estropeado por culpa de un tráiler que mostraba demasiado.
El verdadero éxito de la serie, aparte de la espectacularidad, está en el carisma que desprenden sus personajes. Y para ello resulta imprescindible contar con una retahíla de actores que quitan el hipo. Pese a las bajas que ha ido sufriendo el equipo a lo largo de las ocho películas, las incorporaciones no han sido moco de pavo, y aquí la cosa ronda el imposible. Kurt Russell repite y parece que lo hace para quedarse, todo indica que Scott Eastwood va a ser la nueva incorporación a la familia y Charlize Theron logra componer una villana de altura, un personaje que en manos de cualquier otra actriz podría haber caído en el ridículo. Se suele decir que en el cine de principios de siglo hay carencia de buenos villanos (y las pelis Marvel o DC son un buen ejemplo de ello, Loki aparte), pero la mezcla de cinismo, demagogia y maldad con que impregna Theron a su personaje la hacen destacar por encima de todo.
Y eso sin contar con alguna otra sorpresa actoral que prefiero reservarme.
Fast & Furious 8 está a la altura (si no por encima) de las anteriores, siendo un espectáculo visual, una descarga de diversión con toques muy acertados de humor y las clásicas gotitas de trascendentalismo dramático. Una delicia donde todo vale y donde nada se puede analizar con demasiada seriedad. Estamos en una fiesta, y lo único que importa es pasárselo en grande. Y de nuevo lo consiguen.
Además, hay un nuevo homenaje para Paul Walker, los cuales nunca serán suficientes.
Ya estoy deseando que empiecen a haber noticias sobre la novena entrega. Yo, desde luego, no me la perderé.

Valoración: Ocho sobre diez.


domingo, 30 de octubre de 2016

MECHANIC: RESURRECTION: Statham repartiendo y poco más.

Siempre he dicho que pocas cosas hay más seguras en esta vida que ir al cine a ver una película de Jason Statham. Si algo define el estilo del actor británico es la fiabilidad: acción, algo de humor y mucho entretenimiento. Y Mechanic: Resurrection, la secuela de la película de 2011.
¿Tiene sentido una secuela de esa película? Pues no mucho, la verdad. No hay ningún rango especialmente diferenciador entre el personaje de Arthur Bishop y cualquier otro que haya interpretado anteriormente Statham, ni está la trama de Mechanic: Resurection ligada a lo que acontecía en The Mechanic, por lo que parece más una excusa publicitaria que otra cosa. Al fin y al cabo, tampoco es que Statham ande corto de personajes franquicia, después de las sagas de Transporter, Los mercenarios, Crank y su definitiva incursión en Fast & Furious.
No es que me moleste particularmente que se hayan sacado una secuela de la manga, posiblemente tan innecesaria como la mayoría de las secuelas que se fabrican en Hollywood. Mi indignación va más encaminada a que si pretendes crear una nueva franquicia lo mínimo exigible es tener un guion con el que trabajar. No cabe esperar un gran libreto en una película como esta, eso lo tengo claro, pero el libreto de Philip Shelby y Tony Mosher roza por momentos el ridículo, tanto en su historia como en sus diálogos, y la dirección cobarde de Dennis Gansel empeñándose en subrayar constantemente lo evidente tampoco es que ayude demasiado.
¿Qué queda, pues, después de ver Mechanic: Resurrection? Pues la sensación algo vacía de que se ha disfrutado con un espectáculo de acción tan inverosímil como emocionante, donde el único esfuerzo de inventiva cabe encontrarlo en la manera en la que Statham debe matar a sus enemigos y a la presencia de Tommy Lee Jones como secundario de lujo, con un look algo alejado de lo que nos tenía acostumbrados. Y volver a ver en pantalla a Jessica Alba, que desde el 2010 con Ahora los padres son ellos no había hecho nada destacable, tampoco es para quejarse.
En fin, que si uno solo quiere ver a Jason Statham repartiendo estopa sin ninguna aspiración más, esta película es una buena opción. No aburre en ningún momento y juega a ser una hermana pequeña de Misión Imposible que no le queda del todo mal. Eso sí, se borra de la memoria apenas abandonar el cine.
Entretenida y adrenalítica, sí, pero terriblemente efímera.

Valoración: cinco sobre diez.

lunes, 29 de junio de 2015

ESPÍAS (6d10)

Dirigida por Paul Feig, considerado uno de los nuevos gurús del cine de humor en los Estados Unidos a raíz del éxito de La boda de mi mejor amiga, la película reúne de nuevo al director con su estrella fetiche, la oronda Melissa McCarthy (a la que también dirigió en Cuerpos Especiales, con Sandra Bullock), a la que acompaña –por el lado femenino- Rose Byrne, vieja conocida también del director.
Está en el talento de este trío el secreto del éxito de esta comedia que pretende ser una parodia del cine de espías al más puro estilo de James  Bond mucho menos respetuosa que la reciente Kingman, que roza la perfección en su faceta más humorística pero cuya intensidad decae en la vertiente seria.
Con una McCarthy en estado de gracia dando vida a un personaje muy bien definido por parte de Feig y que para nada corresponde al tópico de gorda torpe y patética que uno podría estar tentado a imaginar, la película describe como una brillante analista de la CIA debe convertirse en agente de campo tras el asesinato de uno de los agentes más brillantes. Con un humor inteligente que sabe hacer de la simpleza un arte, Paul Feig nos presenta una historia sobre los contrastes entre el arquetipo de ama de casa amargada y frustrada que se le supone al personaje de McCarthy en contraposición a la agudeza mental y la preparación que en realidad posee, mientras que la tosquedad cómica recae sorprendentemente en un cazurro Jason Statham (un plauso para él por saberse reír tan bien de sí mismo) y un presuntuoso y sobrado Jude law, un pavo real de pasteloso look que recuerda vagamente al tono que quería transmitir Johnny Deep a su Mordecay pero con la pequeña diferencia de que Law lo sabe hacer bien.
Lamentablemente, no todo es perfecto en esta película en la que la trama de espías que se supone debe ser el sustento de la historia es demasiado floja y carente de originalidad, mientras que Feig flojea en las secuencias de acción, haciéndome pensar que quizá el tono general del film le venga un poco grande. Prueba de sus errores a la hora de repartir el ritmo de las escenas se puede encontrar en los innecesarios 120 minutos de metraje para una película de estas características.
Brillante e inspiradora en su parte de comedia, es con ello con lo que debemos quedarnos para seguir apostando por Feig como un cineasta suficientemente elegante e inteligente para saber hacer (y escribir) comedia sin necesidad de caer en la escatología facilona o el complejo e Peter pan que tanto abunda e el cine, por ejemplo, de Apatow.
Refrescante apuesta veraniega para pasar un buen rato y no sacarle demasiada punta  a su trama central, la historia de espías que, en realidad, menos interesa.

sábado, 4 de abril de 2015

FAST&FURIOUS 7 (7d10)

Resulta difícil e increíblemente doloroso juzgar esta película que lamentablemente pasará a la historia del cine por razones que no tienen nada que ver con lo estrictamente cinematográfico.
Los que seguís este blog desde sus inicios ya sabréis que me acerqué a esta saga por primera vez hace un par de años con el estreno de su sexta parte. Nada sabía de ella más que iba de coches tuneados y chicas luciendo palmito y quedé gratamente sorprendido con lo que me encontré, una película adrenalítica tan imposible como La Jungla 4.0, Misión Imposible o Mentiras Arriesgadas pero igualmente disfrutable. Recuerdo que en su momento la definí como “un despiporre”, y aunque no pude profundizar en ello por no spoilear el film, descubrir en la escena postcréditos que en la siguiente entrega se sumaría al elenco Jason Statham no hacía más que presagiar que esta Fast & Furious 7 sería doblemente “despiporrante”.
Y empieza bien la cosa, con un Statham desatado que podría darle para el pelo incluso al Washington de The equalizer (el Protector), y que promete grandes dosis de espectacularidad, adrenalina y olor a neumático quemado. Para acabar de redondear la apuesta, no solo repiten todos los actores de la anterior película (incluso los personajes desaparecidos que interpretan Sung Kang y Gal Gadot tienen su plano propio, igual que un agónico Luke Evans) sino que se aumenta la apuesta con la presencia de grandes de la interpretación como Kurt Russell, la presencia de Djimon Hounsou, el acrobático Tony Jaa, la brutal Ronda Rousey (luchadora que debutó en cine con Los Mercenarios 3 y que tiene una escena genial con Rodriguez) y el nuevo fichaje que supone Nathalie Emmanuel (la Missandei de Juego de Tronos). Todo ello para secundar a los tipos duros de siempre, encabezados por la sagrada trinidad que son Vin Diesel, Paul Walker y Dwayne Johnson, bien acompañados por Michelle Rodriguez, Tyrese Gibson y Ludacris y las apariciones efímeras de Jordana Brewster y Elsa Pataky. Como se puede comprobar, la saga de Fast & Furious se ha convertido en la familia de la que tanto se vanaglorian en la ficción, y todo el mundo parece sentirse muy a gusto con sus compañeros de aventuras, lo cual termina por traspasar la pantalla y permite mantener la serie viva y sin síntomas de agotamiento.
Resultaba intrigante saber cómo se iba a desenvolver en una película de estas características el director James Wan, más acostumbrado a los ambientes claustrofóbicos y tétricos de las casas encantadas que a los espacios abiertos y luminosos a que nos tienen acostumbrados la saga, pero no se le da mal al realizador nacido en Malaysia y responsable del género de terror actual, aunque puede que se le note algo confuso y agarrotado en ciertos momentos de lucha, de cámara algo errática y nerviosa, por lo que los productores ya están barajando el retorno de Justin Lin a la franquicia (ya se ha confirmado la octava entrega, donde se continuará con la trama del personaje que interpreta Kurt Russell y se especula con la incorporación de ¡¡Hellen Mirren!!).
Efectivamente, todo es un despiporre. El enfrentamiento entre Johnson y Statham es brutal, el episodio de Azerbaijan prodigioso y los saltos imposibles entre los edificios de Abu Dhabi alucinantes.  Todo estaba siendo doblemente despiporrante, sin permitir que la inicial seriedad de la trama (los protagonistas han abandonado su vida alocada y pretenden sentar la cabeza y centrarse en la familia) afecte al espectáculo. 
Pero algo decae al llegar a su final, demasiado excesivo, en el que se peca de un estiramiento innecesario muy en la línea de El hombre de acero o el último Transformers, contagiando el agotamiento de la acción al propio espectador y sintiendo que, tras casi dos horas de auténtico frenesí, el duelo final de la “familia” contra Statham sabe a poco.
Decía al principio que era doloroso juzgar esta película, y es que por divertida y loca que sea no se puede obviar el fallecimiento de Paul Walker antes de terminar la filmación, tal y como nos recuerda el propio Wan en un final tan impuesto como emotivo, y que nunca llegaremos a saber cómo afectó al argumento de una película que estuvo incluso a punto de no llegar a terminarse nunca.
Los efectos digitales y la participación de sus hermanos hace que en pantalla no se aprecie la perdida de Paul, pero desconozco qué retoques obligo a hacer en el guion definitivo e incluso a la propia producción, sin duda hundida anímicamente tras el mazazo.
Es por ello que queda un gusto agridulce al final del visionado, como si nosotros mismos hubiésemos perdido a un amigo y nos sintiésemos culpables por haber disfrutado tanto de sus últimos momentos de vida.
Con todo, Fast & Furious 7 es genial, divertida, espectacular, suicida, estúpida, imposible, grandiosa y emotiva. Todo ello cabe en la historia de una familia (ahora más que nunca) unida hasta la muerte. Y por ello le perdonamos incluso el excesivo final.
Fast & Furious volverá, no lo dudéis. Y yo estaré ahí para disfrutarla y contároslo. Aunque sin Paul Walker será un poquito menos despiporre.

viernes, 22 de agosto de 2014

LOS MERCENARIOS 3 (5d10)

Floja, muy floja la segunda secuela de aquella gamberrada cargada de testosterona y hormonas que parió en 2010 Sylvester Stallone con la excusa de reunir a todas las viejas glorias (y amigos de juergas y Planet Hollywood varios) del cine de acción de los 80, por más que en aquella ocasión las aportaciones de nombres como Schwarzenegger o Willis fuese puramente anecdótica.
En 2012, ya con Stallone fuera de la silla de director, se trató de repetir la jugada, sumando más carnaza a la ecuación y con un sentido del humor que compensaba las carencias de guion.
Aun sin ser verdaderas rompetaquillas el invento parece funcionar y el grupo de “abueletes” se ha vuelto a reunir de nuevo para seguir sumando nombres hasta completar un casting de verdadero infarto (lástima que el propio Bruce Willis y Chuck Norris se hayan bajado del carro). Así, tenemos de nuevo a la pareja protagonista formada por Stallone y Jason Statham bien rodeada por Dolph Lungren, Randy Couture, Terry Crews, Arnold Schwarzenegger y, en menor medida, Jet Li, a los que se le suman Wesley Snipes, Kelsey Grammer, Harrinson Ford y Antonio Banderas en una aventura que quiere plantear un recambio generacional totalmente fallido y en la que las apuestas jóvenes resultan lo más insulso del film, ya que la excusa argumental obliga a prescindir también de la figura emergente de Liam Hemsworth y en su lugar apostar por los desconocidos Victor Ortiz, Glen Power, Ronda Rousey y como supuesta “estrellita”, el “crepuscular” Kellan Lutz, el que protagonizó aquella espantosa versión de Hércules.
Con  todo, y como ya sucediera en Machete Kills, quien se lleva el gato al agua y se come –literalmente- a todos sus compañeros de reparto, es Mel Gibson como el villano de la función. Gibson, una causa perdida para Hollywood, es junto a Statham el único con el carisma suficiente como para mantener el tipo y a él le pertenecen los mejores diálogos y escenas, siendo una lástima que el inevitable (y estúpidamente previsible) duelo final no sea entre estos dos grandes actores, ya que –por muy coral que quiera ser la apuesta-, el único y definitivo gallo del corral debe ser un Stallone cada vez más mermado y caricaturesco.
Como no puede ser de otra manera, la película es una sucesión de escenas de acción a cual más inverosímil, una montaña rusa que desborda adrenalina por doquier y que, por lo tanto, entretiene sin muchas complicaciones, siempre y cuando uno esté dispuesto a dejarse el cerebro en la puerta del cine. Y por ello su mayor problema (aparte de la cobardía de la productora de apostar por una calificación PG-13, que implica que haya mucha menos sangre y violencia de la que el film se merece) es la pretensión de su director, Patrick Hughes, de querer tomarse demasiado en serio el tema, con algunos momentos supuestamente reflexivos sobre el paso del tiempo y las oportunidades perdidas que rechinan por su carencia de emotividad y provocan que se eche demasiado en falta el humor absurdo y delirante de su predecesora, ese cachondeo total que confería a la película más la sensación de fiesta entre amigos de gimnasio que de historia seria y con trasfondo. 
En esta ocasión, Hughes (siempre bajo la batuta de un Stallone empeñado en querer ser guionista) parece querer decir algo profundo, sin conseguirlo en ningún momento y sólo el personaje de Banderas y momentos a cuentagotas de Schwarzenegger, aportan el humor deseado para el tono de la franquicia. 
Además, la nueva oleada de actores que pretenden representar a la jovial futura generación de Mercenarios no aporta nada especial al film, estando todos ellos vacuos de carisma ni personalidad, y demostrando que pese a la supuesta coralidad del film los únicos que de verdad suman son la pareja formada por el omnipresente Stallone y el siempre solvente Statham (hace gracia que se encuentre en el bando de los “acabados” cuando es de lejos el actor que más trabaja actualmente de todo el reparto). 
Una trama sin pies ni cabeza, unos diálogos deficientes y unas interpretaciones demasiado poco esforzadas (cuanto tiempo hace que Harrinson Ford perdió su estrella…) hacen que Los Mercenarios 3 sea la más floja de la saga y que evidencie unos síntomas de cansancio que ponen en serias dudas la posibilidad de que haya una cuarta entrega. Y si la hubiera, mi humilde consejo sería que se olviden de pipiolos insulsos que no conectan ni con el público ochentero (que no nos engañemos, es al único que le puede interesar estas películas) ni al juvenil de hoy en día y apuesten por el despiporre y por seguir metiendo carnaza en pantalla: ¿qué tal unos nuevos Mercenarios con Dwayne Johnson, Vin Diesel, Steven Segal y Jackie Chan? Y si se inventan como resucitar a Van Damme, mejor.
Esto es, a la postre, lo que todos queremos: basura casposa y geriátrica pero con cachondeo.








viernes, 8 de agosto de 2014

EL PROTECTOR (5d10)

De vez en cuando Sylvester Stallone se siente arropado por un golpe de inspiración y entre rodaje y rodaje se sienta ante su ordenador y comienza a teclear algo con intenciones de ser un guion. Y las productoras que lo compran lo anuncian luego a bombo y platillo como si ello fuese garantía de calidad.
Pero no nos dejemos engañar. Esto no es más que otra película de Jason Statham, ese buen actor de acción que parece empeñado en vulgarizarse repitiendo una y otra vez con el mismo género en el que se mueve como pez en el agua y que por lo general no defrauda nunca siempre sin el más leve signo de riesgo.
Con un argumento tópico que puede recordarnos a mil y una películas, desde la ya clásica Comando  a cualquier refrito de serie B de justicieros cuyo pasado regresa para acosarlos al estilo Charles Bronson o Chuck Norris pero que tan bien se le daba a Bruce Willis en la década de los 90’.
Phil Broker es un policía infiltrado que tras resolver con éxito uno de sus casos más importantes decide retirarse para vivir con su hija de diez años en un supuestamente apacible pueblecito de interior, pero a un tipo como él los problemas parecen perseguirle y su llegada al pueblo no va a pasar desapercibida por sus conciudadanos.
Con un reparto más interesante de lo habitual en este tipo de films (por ahí andan James Franco, haciendo ese papel de fumeta que tan bien se le da, y Winona Ryder, entre otros), lo mejor de la película –aparte de las siempre efectivas luchas de Statham, son las contadas escenas dramáticas en las que el director, Gary Fleder, aparenta tomarse en serio la cosa. El bajón viene cuando la historia avanza con torpeza y diálogos de baratillo hacia un desenlace tan tópico como previsible, demasiado dulce incluso para lo que se nos pretende mostrar en pantalla, y con un regusto de western crepuscular fallido no solo por culpa del guion (cada vez es más evidente que la carga dramática que se encontraba en el sobrevalorado libreto de Rocky no fue más que fruto de la casualidad) –que aunque se nos diga que procede de una novela de Chuck Hogan no contiene ningún valor literario en su traslación a la pantalla) sino por la simpleza de un director que solo destaca, y negativamente, cuando pretende jugar con las luces o los zooms, que no solo no aportan nada sino que deslucen el limitado esfuerzo actoral.
Ya he comentado en otras ocasiones que lo bueno del cine de Statham es que no defrauda, pues el espectador sabe perfectamente lo que puede esperar de la película antes de verla, y esta no es una excepción. Así, el film entretiene y cuenta con la suficiente acción y el innegable carisma del actor británico como para estar a la altura de cualquiera de sus otros títulos, pero creo que ya comienza a ser hora de exigirle un poco más a un intérprete que aparenta tener una calidad que no se atreve a demostrar, habiéndose acomodado en repetir una y otra vez el mismo esquema, de manera que aun siendo muy superior a otros héroes de acción contemporáneos suyos (de esos que quisieron coger el testigo que hace dos décadas parecían haber dejado los Stallone y Schwarzwnegger de turno), como Dwayne Johnson o Vin Diesel, lo cierto es que no cuenta en su haber ningún título con tufillo a clásico (por generosos que podamos ser con esa palabra) como cabría esperar.
Así que tiros, acción y algo de drama, correcta pero sin más pretensiones. Una lástima…

viernes, 4 de julio de 2014

REDENCIÓN * (7d10)

Si algo bueno tiene el cine de Jason Statham es que no engaña. Cuando uno acude al cine a ver una película del actor británico sabe lo que se va a encontrar: una más que correcta cinta de acción con buenas interpretaciones y una interesante descarga de adrenalina. 
Claro que muchas veces son productos que rozan la serie B, como aquellos añorados títulos de videoclub de los 80, pero entretienen igual, ¿verdad? Y a veces, incluso se sube la apuesta y el protagonista de Transporter atina al arriesgar con algo un poco más sobrio, más brillante que la media de sus trabajos y, por supuesto, que la media del cine de acción actual. Y este es un buen ejemplo de ello.
De la mano del guionista y realizador Steven Knight, quien ya firmara el libreto de Promesas del este, Redención es, como su propio nombre español indica,  una historia de segundas oportunidades, de las consecuencias de los errores del pasado y de la esperanza de conseguir un futuro que se creía perdido para siempre. Sin embargo, Knight no es Kappra ni sus películas cuentos de hadas. Redencion lucha sobre todo por conseguir mantener un tono realista, y es por ello que todo el metraje tiene un regusto amargo y desangelado que Statham sabe plasmar a la perfección.
Joey es un sin techo cuyos retazos de una vida anterior parecen perdidos para siempre y con los únicos recuerdos de fragmentos de una guerra que le causó más cicatrices de las que se pueden apreciar a simple vista. Ahogado en el alcohol y la autocomplacencia, sólo la muerte de una joven tan abandonada como él le hará despertar y luchar por vengar su memoria y, de paso, soñar con la posibilidad de sentirse de nuevo amado y respetado junto a la más inesperada aliada, una monja con un pasado tan tormentoso como el suyo propio.
No es, sin embargo, Redención un simple drama, pues la acción se presenta en grandes dosis y Statham es único en el cuerpo a cuerpo, pero Knight ha logrado dotar a su obra de una reflexión poco común es el género que hacen que se situé un par de peldaños por encima de las demás.
Y es que aun con los tópicos casi inevitables del género,  Redención sabe ser valiente cuando conviene y buscar un camino diferente al esperado que no la convierte en obra maestra pero sí en un título muy recomendable.

Y es que Statham, de nuevo, da en el blanco.

domingo, 10 de marzo de 2013

PARKER (5d10)

Cuando uno va al cine a ver una peli de Jason Statham cuenta con una clara ventaja. Sabe perfectamente lo que va a ver. Quizá en sus comienzos el actor, cuando no era una estrella del cine de acción, sus pelis eran más dispares (Snatch, cerdos y diamantes, Fantasmas de Marte, The Italian Job), pero una vez alcanzado el status de duro oficial de Hollywood parece haberse acomodado en películas de acción simples pero siempre correctas y entretenidas. Mientras su referentes ochenteros como Schwarzenegger y Stallone coquetea de tanto en tanto con la ciencia ficción o la comedia, él ha preferido seguir un camino seguro con títulos como Transporter, Crank, The mechanic, Safe… películas todas ellas marcadas por el mismo patrón. Y si la cosa funciona, ¿por qué cambiar?, se preguntará el tipo. Y no le falta razón, desde luego. Sin embargo, en esta ocasión su último estreno tiene una peculiaridad, pequeña pero significativa, como es la presencia de una coestrella tan importante o más que él mismo. Se trata de Jennifer López, la latina del Bronx más centrada últimamente en su faceta como cantante (solo ha hecho dos comedias tontas desde el 2006) y, a la postre, resulta siendo un lastre para el argumento de la película.  
Parker (Statham) es un “honrado” ladrón (solo roba a gente muy rica) que es traicionado y dado por muerto. Decidido a vengarse y recuperar su dinero deberá recurrir a la ayuda de una agente inmobiliaria (la Lopez). La historia no está mal, funciona pese a los tópicos que reúne, y la acción es resuelta con la eficacia habitual de Statham (es de agradecer, además, poder disfrutar de vez en cuando de cine de acción sin constantes y cansinos efectos digitales por doquier), pero el nivel baja cada vez que aparece JLo. Y no es porque la chica lo haga mal (en estas películas la exigencia interpretativa tampoco es que sea demasiado alta), sino que los guionistas deben hacer un esfuerzo tal para colar su personaje en una cinta de acción que abusan de la comedia simple que rompe el ritmo trepidante de una peli de venganzas. No cabe duda que si el personaje femenino hubiese sido interpretado por una desconocida (o al menos por una actriz menos diva, como Famke Janssen en Venganza, con Liam Neeson) su metraje habría sido claramente inferior, centrándose todo en Statham repartiendo estopa, que es lo que mejor hace.

Pese a todo, la acción está asegurada, y aunque no funcione como otros títulos del actor londinense, la publicidad que garantiza la presencia de la cantante sin duda habrá ayudado mucho a la carrera comercial de este film dirigido por Taylor Hackford  (realizador, entre otras, de Ray o Pactar con el diablo) y basada en una novela de Donald E. Westlake (escritor también de Two Much y Payback).