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domingo, 11 de junio de 2017

BILLY LYNN, héroe de guerra.

Recupero otra película que pasó de manera fugaz por las pantallas españolas con lo que el fracaso en taquilla fue más que predecible. Y puedo entender que Billy Lynn no funcionara en los Estados Unidos por ese aroma de manifiesto antimilitar (que a la larga termina siendo antigubernamental, algo que si hace un americano como Oliver Stone o Clint Eastwood -hay quien ha visto en esta película un cierto aroma a Banderas de nuestros padres- no pasa nada pero que en manos de un taiwanés como Ang Lee está muy mal visto), pero no encuentro justificación a la casi nula promoción y distribución que el film tuvo en España, siendo, como suele suceder con el cine de Lee, una película estupenda y muy refrescante.
Coqueteando sutilmente entre el drama y la comedia, Billy Lynn cuenta la historia de un muchacho que realiza un acto de heroísmo combatiendo en Iraq, uno como otros tantos que deben producirse en esa interminable guerra de no ser por el hecho casual de que este queda accidentalmente inmortalizado por una cámara de video. Lynn y su batallón (apodado Bravo) regresan temporalmente a Estados Unidos para ser reconocidos como héroes y realizar una pequeña gira que exalte al ejército americano, y que tiene su punto culminante en el descanso de un partido de la Super Bowl. Allí, los muchachos de Bravo se darán cuenta de que los están convirtiendo en payasos de circo mientras Billy (cuyo acto heroico reviviremos a través de sus propios pensamientos) se plantea si quizá él tenga una percepción del mismo diferente a la del resto de los americanos.
Basándose en la exitosa novela de Jean-Christophe Castelli, Lee escarba en el cinismo de la sociedad americana, que convierte en producto de consumo cualquier cosa y decora con confeti de colores y bandas municipales hechos que ocurren a medio mundo de distancia, del que son felices ignorantes. Una bufonada que sirve para lavar sus conciencias y que carece de la épica (ridícula pero épica, al fin y al cabo) que esta misma exaltación del héroe patrio se hacía en la primera película de El Capitán América: el primer vengador.
Puede que en el paso de novela a película la burla haya perdido algo de fuelle y que Lee se haya distraído (después de los alardes visuales de su última película, La vida de Pi) con inventos técnicos que al fin han resultado estériles (eso de rodar a 120 fps -lo normal es 24 y Peter Jackson consiguió sin mucho reconocimiento hacerlo en 48 para su trilogía de El Hobbit- es algo que nadie había hecho hasta ahora y que no se ha podido disfrutar en casi ningún cine fuera de los USA), haciendo que por el contrario las escenas bélicas queden algo desinfladas en comparación con los excesos de la fiesta de la Super Bowl, pero no es motivo suficiente como para no apreciar los muchos valores de una película ácida y punzante, tratada siempre desde los ojos del joven Billy (buen debut de Joe Alwyn) y donde sólo rechina alguna decisión de casting (no es que estén mal, pero se hace un poco raro ver en estos papeles a Steve Martin o Chris Tucker, aunque para compensar tanto Vin Diesel como Kristen Stewart cumplen con sus roles secundarios). 
No estamos ante una obra maestra (y quizá el quid de la cuestión esté en que no se le quiera perdonar el que no sea una película definitiva como sí lo puede ser la novela que adopta), pero sí es un muy interesante trabajo de Ang Lee que sin duda habría merecido mucha más suerte en su carrera comercial.
En ocasiones, hay películas a las que el público da la espalda por motivos difíciles de comprender. En este caso, sin embargo, ni siquiera han tenido la oportunidad de hacerlo. Pero merece la pena, no me cabe la menor duda.

Valoración: Siete sobre diez. 

domingo, 30 de abril de 2017

LOS GUARDIANES DE LA GALAXIA, VOL. 2: Siguen molando...

Cuando en 2014 Marvel dio luz vede a Los Guardianes de la Galaxia todos en la compañía eran conscientes del gran riesgo que estaban corriendo al apostar por una película tan diferente de lo que hasta ese momento había ofrecido el MCU y adaptando además unos personajes tan poco reconocibles no solo para el aficionado de a pie sino incluso para el fandom más marvelita.
Sin embargo, pese a contar con un director casi de serie B y un reparto poco estelar (los dos actores más taquilleros se limitaban a poner voz a sus personajes), el film fue un gran éxito y logró expandir aún  más el universo Marvel en el cine.
Sin contar con el factor sorpresa a su favor, la esperada secuela de esa ya mítica película, que repite director y casting, podría tenerlo muy difícil para contentar a los fans. El hype generado era incontrolable y la proximidad de La guerra del Infinito hacía prever que esta película iba a ser clave para el futuro de la saga fílmica. Sin embargo, James Gunn ha demostrado que no se deja amedrantar ante nada y ha apostado por arriesgar de nuevo concibiendo una historia más alejada si cabe del resto del Universo Marvel. Si en la primera película había una presencia importante de Las Gemas del Infinito o de la amenaza latente de Thanos, en Los Guardianes de la Galáxia Vol. 2 no hay más que unas menciones casuales. Se trata esta vez de ver como los Guardines se labran su propio camino, alejados (por el momento) del resto de héroes cuya existencia ni siquiera conocen. Esta es, por tanto, una especie de película de transición, una excusa para conocer la maduración del grupo, en espera del gran acontecimiento final. Lo cual no implica, por otro lado, que sea una grandísima película.
Efectivamente, Gunn consiguió que Los Guardianes de la Galaxia fuese una magnífica carta de presentación para este improbable grupo de compañeros más que amigos para ahora, ya enamorados todos de los personajes, empezar a indagar en ellos. Así, tal y como suceda en la saga de Fast&Furious, la unión del equipo debe ser la clave para vencer a las adversidades, convirtiendo esa camaradería inicial en algo muy parecido a una familia. Pero para ello, tal y como mandan los cánones, primero deben ser separados, fragmentados para debilitarlos y poder apreciar así sus puntos flacos y temores.
Con semejante planteamiento, se puede adivinar que Los Guardianes de la Galaxia, Vol. 2 es una película más intimista y de corte personal que su predecesora. Y aunque así es, que nadie se lleve a engaño. No se ha perdido el sentido del humor. Al contrario, este se ha potenciado más aún, llegando a límites insospechados (magnífica la escena inicial en la que una gran batalla se ve apenas de pasada mientras la cámara se centra en un bebé Groot bailando) pero totalmente autoconscientes, que en manos de un director más torpe podrían haber caído el ridículo pero que aquí lo esquivan consiguiendo que todo sea una gran fiesta.
La gran baza de la película, por tanto, es la milimétrica precisión con la que Gunn sabe conjugar tres elementos de difícil encaje: el cachondeo, la sensibilidad y la épica.
Los Guardianes de la Galaxia, Vol. 2 es una película delirante tremendamente divertida, con un uso de la luz y el color casi alucinógeno, pero a la vez contiene escenas muy emocionantes y acción espectacular y, en algún momento, incluso invita a la lagrimita.
Aunque sin duda el bebé Groot será quien arrase en las jugueterías este verano, todo el reparto vuelve a estar a gran nivel, teniendo más  momentos de lucimiento debido a ese tono introspectivo que comentaba antes, y reforzando las relaciones entre ellos. Así, Gunn consigue recuperar personajes de la película anterior que de otra manera podrían haber chirriado y tiene tiempo de incluir incluso a algunos nuevos, como Mantis o Stakar Ogord.
Como acostumbra a suceder en las películas Marvel, si en algo flaquea la película es en la sensación de que se enfrenten a una verdadera amenaza, pero eso es un peaje que se paga con gusto cuando lo importante aquí es la diversión por encima de todo.
Por ello, Gunn plantea dos conflictos que a la postre importan más que el propio destino del universo (resueltos de manera dispar) como son las relaciones paternofiliares y fraternales sobre las que se asienta la parte sentimental del film, aunque haya tiempo también para indagar sobre el amor, la lealtad o la soledad.
He oído alguna queja por ahí sobre la falta de “magia” de esta secuela con respecto a la original, y aun sin compartirla del todo puedo llegar a entenderla. Tal y como sucediera con Los Vengadores y Los Vengadores: la era de Ultron, cuando la película original es casi insuperable las comparaciones resultan siempre odiosas, y ambas franquicias tienen unas características que impiden que sus secuelas busquen un rumbo nuevo a la vez que tampoco pueden limitarse a repetir los esquemas. Por eso agradezco que Gunn haya arriesgado, distanciándose del resto del MCU (qué fácil habría sido meter por aquí a Iron man, que al fin y al cabo en el comic estuvo un tiempo compartiendo aventuras con los Guardianes) y buscando una conexión casi literal con el papel (no imaginé que tendría la osadía de ofrecer una imagen del auténtico Ego), regalando al fan algún que otro cameo que puede quedar como un simple chiste o abrir las puertas a lo que nos espera en una futura película.
Lo que sí que no ha cambiado son las referencias ochenteras (David Hasselford incluido), la impresionante banda sonora (que en esta ocasión funciona como perfecto acompañamiento al guion), el derroche de imaginería y las interpretaciones cargadas de carisma, con la incorporación de un Kurt Russell que, aparte de demostrar que en eso de la rejuveneción facial Marvel está un peldaño por encima de sus competidoras (y se está convirtiendo, después del Michael Douglas de Ant man y el Robert Downey Jr. de Civil War, en una marca de la casa), se permite un homenaje a su amigo John Carpenter con un arranque que recuerda, y mucho, a Starman.
En definitiva, un gran espectáculo que invita a disfrutar y nada más que disfrutar. Ya lo dicen en la propia película: “Hay dos tipos de personas: los que bailan y os que no”. Pero sea del tipo que sea cada uno, esta película le va a gustar.

Valoración: Ocho sobre diez.

sábado, 15 de abril de 2017

FAST & FURIOUS 8: Rizando el rizo a lo grande.

Normalmente cuando una franquicia es capaz de alcanzar su octava entrega se le puede suponer ciertos síntomas de cansancio y abuso de repetir continuamente la misma fórmula, normalmente agotada. Lo lógico es que eso ocurra incluso mucho antes, como lo demuestran sagas tipo Rambo, Rocky o Bourne, y cuya única excepción que me viene ahora mismo a la mente es Misión Imposible.
En el caso de Fast & Furious es justamente lo contrario: cada entrega aspira (y normalmente lo consigue) a superar a la anterior. Aparentemente condenada a la extinción tras sus tres primeras secuelas (en la última de las cuales tuvieron que recuperar al “difunto” Vin Diesel para tratar de salvar las naves, tal y como han intentado, sin demasiado acierto, hacer también en la mediocre xXx), la saga supo reinventarse tras el quinto episodio, casualmente con la entrada de Dwayne Johnson en el equipo, haciendo que las carreras de coches sean más una marca de la casa a las que se le buscaba cualquier excusa para colar una escenita de coches tuneados rugiendo, chicas de shorts imposibles y música de hip hop que como verdadero motor de la acción. Justin Lin supo convertir una franquicia aparentemente agotada en un espectáculo tan argumentalmente ridículo como aparatosamente divertido, y anulando todo signo de verosimilitud en favor del más difícil todavía sus películas conformaban todo un cúmulo de escenas imposibles de las que era imposible no disfrutar.
James Wan tomó el relevo en Furious 7 y la taquilla rompió récords, tristemente ayudada por el fallecimiento de Paul Walker, y el nuevo cambio de cromos en la silla de director, ocupada ahora por F. Gary Gray sin que el estilo se haya resentido lo más mínimo. Tan asentado está el aspecto visual de la saga que con Gray (que curiosamente ya había dirigido a Diesel en Diablo, a Theron y Stathan en The italian job y a Johnson en Be cool) apenas se ha apreciado cambio alguno desde la mencionada quinta entrega.
La gran duda en Fast & Furious 8estaba en ver como sobrevivía la película a la ausencia de Paul Walker. Su personaje formaba una “extraña pareja” con el de Vin Diesel y se hacía difícil que el hinchado actor pudiese sobrellevar por sí solo el peso de la acción. Y si bien es cierto que la trama argumental se centra sobre todo en su figura, podría ser esta la película en la que menos minutos de metraje ocupa, mientras que sus limitaciones actorales son suplidas con creces por la otra “extraña pareja” que forman Dwayne Johnson y Jason Stathan, dos tipos que se comen la pantalla cada vez que aparecen en ella.
La trama casi es lo de menos. Con el tema de la familia de nuevo como estribillo machacón, la cosa va de una supervillana que quiere controlar el mundo mediante hackeos informáticos o algo así. La verdad, es lo que menos importa. Lo verdaderamente importante aquí es conseguir escenas antológicas, momentos de adrenalina pura que ahora mismo parecen imposibles de superar en futuras entregas si no fuese porque en las anteriores ya había pensado eso mismo. Las escenas de la bola de demolición, los “coches zombies” o todo lo relacionado con el submarino son apabullantes, y el único pero está en que parte de la sorpresa se ha estropeado por culpa de un tráiler que mostraba demasiado.
El verdadero éxito de la serie, aparte de la espectacularidad, está en el carisma que desprenden sus personajes. Y para ello resulta imprescindible contar con una retahíla de actores que quitan el hipo. Pese a las bajas que ha ido sufriendo el equipo a lo largo de las ocho películas, las incorporaciones no han sido moco de pavo, y aquí la cosa ronda el imposible. Kurt Russell repite y parece que lo hace para quedarse, todo indica que Scott Eastwood va a ser la nueva incorporación a la familia y Charlize Theron logra componer una villana de altura, un personaje que en manos de cualquier otra actriz podría haber caído en el ridículo. Se suele decir que en el cine de principios de siglo hay carencia de buenos villanos (y las pelis Marvel o DC son un buen ejemplo de ello, Loki aparte), pero la mezcla de cinismo, demagogia y maldad con que impregna Theron a su personaje la hacen destacar por encima de todo.
Y eso sin contar con alguna otra sorpresa actoral que prefiero reservarme.
Fast & Furious 8 está a la altura (si no por encima) de las anteriores, siendo un espectáculo visual, una descarga de diversión con toques muy acertados de humor y las clásicas gotitas de trascendentalismo dramático. Una delicia donde todo vale y donde nada se puede analizar con demasiada seriedad. Estamos en una fiesta, y lo único que importa es pasárselo en grande. Y de nuevo lo consiguen.
Además, hay un nuevo homenaje para Paul Walker, los cuales nunca serán suficientes.
Ya estoy deseando que empiecen a haber noticias sobre la novena entrega. Yo, desde luego, no me la perderé.

Valoración: Ocho sobre diez.


domingo, 22 de enero de 2017

xXx: REACTIVADO, aburrida oda al postureo presuntamente molón.

Después del glorioso momento que el cine de acción vivió entre finales de los ochenta y principio de los noventa, los tiempos cambiaron, las películas de machos indestructibles empezaron a flaquear y los dos reyes indiscutibles del género, Schwarzenegger y Stallone, empezaron a desaparecer de la gran pantalla (por diferentes motivos, eso sí), obligando a un relevo generacional que parecía encabezado por Dwayne Johnson y, sobretodo, Vin Diesel.
El segundo es un actor muy mediocre pero capaz de compensar esas limitaciones con un gran carisma, al que solo ha renunciado en momentos muy concretos cuando ha pretendo hacer cine “serio” como en Declaradme culpable, de Sidney Lumet. Como sea, su filmografía se nutría hasta ahora básicamente de dos personajes, el de Riddick y el Toreto de Fast&Furious, a los que ha exprimido al máximo (y lo seguirá haciendo, está a punto de llegar la octava entrega de la saga que glorifica el tunning y hay previstas como mínimo dos más), pero había otro éxito en su carrera que parecía olvidado. Y es que entre mediocridades como Babylon o El último cazador de brujas se encontraba aquella película llena de excesos (como no) y frenesí que en el 2002 dirigió Rob Cohen que se llamó, escuetamente, xXx.
El invento tuvo una secuela, sin Diesel en el ajo, que no interesó prácticamente a nadie y la supuesta saga quedó en el olvido. Pero como al actor californiano eso de las sagas le gusta más que a un niño un caramelo (recordemos que es la voz de Groo en Guardianes de la Galaxia y se va a atrever a castigarnos con una secuela de su peli de brujas), ha decidido resucitar al personaje de Xander Cage y, obviando que los años no pasan en balde, volver a demostrar que es el que más mola haciendo piruetas en el aire y repartiendo estopa a diestro y siniestro.
Lo malo es que quitando el mencionado carisma del tipo (y la presencia de chicas guapas para los que seáis de fácil conformismo), xXx: Reactivado no tiene casi nada más que aportar.
Ya he comentado alguna vez las virtudes de películas que, al menos, son completamente sinceras en su planteamiento. Eso podría valer para esta, que ya en su tráiler anuncian que el asunto va precisamente de eso, de ser el más molón, repartir leña y estar rodeado de tías buenas, pero es que la manera de alcanzar estos tres objetivos es tan torpe que no evita caer en el ridículo en unas cuantas ocasiones y en el aburrimiento más absoluto en otras.
La trama en sí es un verdadero despropósito, ya que presenta la típica amenaza global a la que solo él puede hacer frente, con traiciones que se ven de lejos y alianzas improbables que se ven de más lejos aún contra un villano que en ningún momento da verdadera sensación de amenaza. Además, todo está ya demasiado visto, recordando el esquema en exceso a los tics de James Bond pero recurriendo a la copia burda y descarada en más de una ocasión (me viene a la mente, por ejemplo, La  presentación de personajes tan parecida a la de Escuadrón Suicida, el tiroteo “robado” a Mentiras Arriesgadas, los momentos contrarreloj de Misión Imposible o el sorpresón final (guiño, guiño) calcado de Capitán América: el Soldado de Invierno incluyendo, para más inri, al mismo actor).
Pero ni siquiera aceptando todo esto nos vamos a encontrar con un pasatiempo superficial pero entretenido. Tras una escena a modo prólogo completamente ridícula (Diesel esquiando por la selva) pero al menos bien filmada, la cosa va completamente hacia abajo, con secuencias de acción que se les va de las manos al director D.J.Caruso (aunque viendo su filmografía tampoco debería sorprender demasiado), con cambios de plano precipitados y confusos y en las que no se entiende prácticamente nada, diálogos sonrojantes donde solo importa incidir hasta la saciedad sobre lo legendario que es Cage y un montón de planos de postureo donde se busca más la molonidad que la efectividad.
Al final, la película es Diesel y poco más, desaprovechando a dos grandes expertos en artes marciales como Donnie Yen (mucho más notable en Rogue One) o Tony Jaa, como si temiesen que hicieran sombra al gran Xander Cage.
Muchos fuegos artificiales, chicas en biquini, secuencias de videoclip, musculitos, situaciones imposibles y un clímax bochornoso (no veía un “vuelo” tan mal hecho desde los tiempos de Superman IV) para decorar una película tan vacía como aburrida.
Y es que mucha percusión no es necesariamente sinónimo de rock’n’roll.

Valoración: tres sobre diez.

domingo, 1 de noviembre de 2015

EL ÚLTIMO CAZADOR DE BRUJAS (5d10)

Sinceramente, ¿cómo se enfrenta uno a una película cuando termina de ver eso llamado Paranormal Activity: Dimensión Fantasma? ¿Es posible ser objetivo?
Lo cierto es que El último cazador de brujas, título que cierra esta especie de tributo a Halloween, es una tontería como una casa, un intento más de combinar la acción, la fantasía y la brujería, una especie de amalgama que, como ya comenté en mi opinión sobre El séptimo hijo, no suele funcionar muy bien en cine. Tonterías como la mencionada película con Jeff Bridges y Julianne Moore, En tiempo de brujas o El aprendiz de brujo así lo demuestran, y a esa corriente se suma la última marcianada del cada vez más hinchado Vin Diesel.
Sin embargo, y una vez asumido que el guion no hay por dónde agarrarlo y que los actores no están especialmente inspirados (Elijah Wood no levanta cabeza, Rose Leslie parecería una actriz horrenda si no fuese porque la conocemos de Juego de Tronos y Michael Caine se limita a pasar por ahí con su temple habitual) hay que reconocer que la película es entretenida.
Pese a algún error de dirección en las escenas más trepidantes (sobre todo en la primera batalla en esa especie de prólogo) que dificultan la comprensión de lo que sucede en pantalla, la película está bastante bien filmada, obra de Breck Eisner, al que tan solo conocemos por la infame Sahara y el remake de The Crazies que no estaba del todo mal, que se juega aquí su prestigio comercial.
El bueno de Vin es una especie de guerrero nórdico (no queda muy claro, aunque sus pintas recuerdan mucho al protagonista de la serie Vikingos) que junto a otros mercenarios de una época más o menos feudal se enfrentan a una especie de reina de las brujas causante de provocar la Peste que asola Europa (algo que ya se utilizaba en la patochada aquella de Nicolas Cage: En tiempo de brujas). 
Naturalmente, nuestro mazas favorito logra derrotarla, no sin que antes ella le lance una maldición que lo condena a vivir por toda la eternidad. Eso nos lleva directamente al presente, donde el mozo, sin haber envejecido un solo año, sigue enfrentándose a las fuerzas del mal como si fuese un Macleod del montón.
Así comienza una película llena de clichés, con sorpresas argumentales que no lo son tanto y un final que, aunque no voy a revelar aquí, augura irremediablemente (la taquilla lo permita) que esto nace con pretensiones de saga.
No es una buena película ni de lejos, pero tiene una factura y un empaque suficiente para resultar sumamente entretenida, con algún puntito de humor por parte del carismático Diesel (¿soy el único que ve en la escena final un guiño a Fast&Furious), algo de tenebrosidad y mucha (incluso demasiada) fantasía.
Sumémosle a ello una música efectista y unos ajustados efectos especiales y tenemos un simple pero correcto entretenimiento para cerrar esta noche fantasmagórica pero, al final, totalmente alejada del terror verdadero.
¿Interesante? Puede. ¿Merecedora de un aprobado? Desde luego. ¿Digna de convertirse en una saga? Eso ya es decir demasiado. Claro que quizá el truco sea que si se hace una El último cazador de brujas 2 verla justo después de la Paranormal Activity de turno, ¿no?

sábado, 4 de abril de 2015

FAST&FURIOUS 7 (7d10)

Resulta difícil e increíblemente doloroso juzgar esta película que lamentablemente pasará a la historia del cine por razones que no tienen nada que ver con lo estrictamente cinematográfico.
Los que seguís este blog desde sus inicios ya sabréis que me acerqué a esta saga por primera vez hace un par de años con el estreno de su sexta parte. Nada sabía de ella más que iba de coches tuneados y chicas luciendo palmito y quedé gratamente sorprendido con lo que me encontré, una película adrenalítica tan imposible como La Jungla 4.0, Misión Imposible o Mentiras Arriesgadas pero igualmente disfrutable. Recuerdo que en su momento la definí como “un despiporre”, y aunque no pude profundizar en ello por no spoilear el film, descubrir en la escena postcréditos que en la siguiente entrega se sumaría al elenco Jason Statham no hacía más que presagiar que esta Fast & Furious 7 sería doblemente “despiporrante”.
Y empieza bien la cosa, con un Statham desatado que podría darle para el pelo incluso al Washington de The equalizer (el Protector), y que promete grandes dosis de espectacularidad, adrenalina y olor a neumático quemado. Para acabar de redondear la apuesta, no solo repiten todos los actores de la anterior película (incluso los personajes desaparecidos que interpretan Sung Kang y Gal Gadot tienen su plano propio, igual que un agónico Luke Evans) sino que se aumenta la apuesta con la presencia de grandes de la interpretación como Kurt Russell, la presencia de Djimon Hounsou, el acrobático Tony Jaa, la brutal Ronda Rousey (luchadora que debutó en cine con Los Mercenarios 3 y que tiene una escena genial con Rodriguez) y el nuevo fichaje que supone Nathalie Emmanuel (la Missandei de Juego de Tronos). Todo ello para secundar a los tipos duros de siempre, encabezados por la sagrada trinidad que son Vin Diesel, Paul Walker y Dwayne Johnson, bien acompañados por Michelle Rodriguez, Tyrese Gibson y Ludacris y las apariciones efímeras de Jordana Brewster y Elsa Pataky. Como se puede comprobar, la saga de Fast & Furious se ha convertido en la familia de la que tanto se vanaglorian en la ficción, y todo el mundo parece sentirse muy a gusto con sus compañeros de aventuras, lo cual termina por traspasar la pantalla y permite mantener la serie viva y sin síntomas de agotamiento.
Resultaba intrigante saber cómo se iba a desenvolver en una película de estas características el director James Wan, más acostumbrado a los ambientes claustrofóbicos y tétricos de las casas encantadas que a los espacios abiertos y luminosos a que nos tienen acostumbrados la saga, pero no se le da mal al realizador nacido en Malaysia y responsable del género de terror actual, aunque puede que se le note algo confuso y agarrotado en ciertos momentos de lucha, de cámara algo errática y nerviosa, por lo que los productores ya están barajando el retorno de Justin Lin a la franquicia (ya se ha confirmado la octava entrega, donde se continuará con la trama del personaje que interpreta Kurt Russell y se especula con la incorporación de ¡¡Hellen Mirren!!).
Efectivamente, todo es un despiporre. El enfrentamiento entre Johnson y Statham es brutal, el episodio de Azerbaijan prodigioso y los saltos imposibles entre los edificios de Abu Dhabi alucinantes.  Todo estaba siendo doblemente despiporrante, sin permitir que la inicial seriedad de la trama (los protagonistas han abandonado su vida alocada y pretenden sentar la cabeza y centrarse en la familia) afecte al espectáculo. 
Pero algo decae al llegar a su final, demasiado excesivo, en el que se peca de un estiramiento innecesario muy en la línea de El hombre de acero o el último Transformers, contagiando el agotamiento de la acción al propio espectador y sintiendo que, tras casi dos horas de auténtico frenesí, el duelo final de la “familia” contra Statham sabe a poco.
Decía al principio que era doloroso juzgar esta película, y es que por divertida y loca que sea no se puede obviar el fallecimiento de Paul Walker antes de terminar la filmación, tal y como nos recuerda el propio Wan en un final tan impuesto como emotivo, y que nunca llegaremos a saber cómo afectó al argumento de una película que estuvo incluso a punto de no llegar a terminarse nunca.
Los efectos digitales y la participación de sus hermanos hace que en pantalla no se aprecie la perdida de Paul, pero desconozco qué retoques obligo a hacer en el guion definitivo e incluso a la propia producción, sin duda hundida anímicamente tras el mazazo.
Es por ello que queda un gusto agridulce al final del visionado, como si nosotros mismos hubiésemos perdido a un amigo y nos sintiésemos culpables por haber disfrutado tanto de sus últimos momentos de vida.
Con todo, Fast & Furious 7 es genial, divertida, espectacular, suicida, estúpida, imposible, grandiosa y emotiva. Todo ello cabe en la historia de una familia (ahora más que nunca) unida hasta la muerte. Y por ello le perdonamos incluso el excesivo final.
Fast & Furious volverá, no lo dudéis. Y yo estaré ahí para disfrutarla y contároslo. Aunque sin Paul Walker será un poquito menos despiporre.

viernes, 22 de agosto de 2014

GUARDIANES DE LA GALAXIA (9d10)

Marvel lo ha vuelto a conseguir y ha dado en el blanco con una pieza imprescindible dentro delk universo cinemático que está creando más allá del mundo de los comics.
Desde que se supo que Guardianes de la Galaxia iba a ser la cuarta y penúltima película de la Fase Dos de Marvel (justo antes de Los Vengadores: la era de Ultrón) no han sido poca las especulaciones sobre la misma, pues tras el apabullante y sorprendente éxito de la Fase Uno (Los Vengadores es de lejos la película más taquillera a nivel mundial de los últimos cinco años y la tercera de toda la historia) Marvel parecía haberse acomodado un poco, limitándose a repetir (y mejorar, en lo posible) los esquemas de sus triunfos el pasado (y que conste que no lo digo como algo negativo; El Capitán América: El Soldado de Invierno sigue siendo una de las mejores películas del año). Por eso la apuesta por Guardianes de la Galaxia parecía sumamente arriesgada y desconcertante.
Tras la presentación (mediante cinco películas) sin prisa pero sin pausa de los diferentes integrantes de Los Vengadores, ahora la productora afrontaba el desafío de repetir con una película coral sin conocimiento previo de los personajes, que tampoco es que sean unos superventas en papel y entre cuyos miembros se encuentran un mapache y un árbol. 
Para rizar el rizo, el elegido para dirigir tan pírrica empresa era Peter Gunn, un tipo desconcertante como pocos en cuya filmografía apenas destaca la cruenta Slither(La Plaga), la genial aunque surrealista Súper (primera toma de contacto del realizador con los superhéroes) y una serie de cortometrajes titulada PG Porn que representaba todos los tópicos del cine X pero para todos los públicos. Con semejante currículo era fácil intuir que era el realizador adecuado para esta película, aunque faltaba por ver si era el adecuado para hacer una obra maestra o un bodrio infumable que no soportaran ni los frikis más comiqueros.
Y, contra todo pronóstico, logró lo primero. 
Con un aire revival anclado en los ochenta y claros homenajes a la cultura pop de esa década (desde la genial banda sonora hasta las referencias a a Footloose –por cierto, que Kevin Bacon, héroe en las sombras de la película, es un viejo conocido de Gunn gracias a Súper-, Guardianes de la Galaxia es la película de acción perfecta, capaz de medir a la perfección sus tiempos y sin renunciar a ningún elemento cinematográfico clásico (hay drama, emoción, romance, todo en muy pequeñas dosis) pero apostando siempre por la acción más espectacular (y ojo, esto no quiere decir excesiva, interminable y agotadora) y, sobretodo, un sentido del humor tan salvaje que logra superar incluso a la joya de la corona marvelita que fue el primer Iron Man, piedra de toque de todo el imperio comiquero actual.
Sin que el argumento sea nada del otro mundo (un grupo de inadaptados sociales deben unirse para enfrentarse a un mal mayor y descubrir a los héroes que llevan dentro), la puesta en escena es tan eficaz que no solo resulta fácil empatizar con cualquiera de los cinco protagonistas (destacando a los dos personajes generados por ordenador) sino que sus traiciones y alianzas resultan tan coherentes como creíbles.
Lo que más llama la atención es la aparente desvinculación con el Universo cinemático Marvel tal y como lo conocíamos hasta ahora. Sí, sabíamos que había vida extraterrestre (los Chitauri y los propios asgardianos) en contacto con nuestro planeta e intuíamos (recuerden el extraterrestre azul de SHIELD) que nos quedaba mucho por descubrir, pero no hay en Guardianes de la Galaxia ninguna referencia directa a ningún miembro de Los Vengadores, ni cameos sorpresa ni aparición postcréditos de Nick Furia. 
Lo único que nos demuestra que estamos ante un capítulo más de la impresionante saga que se está cociendo a caballo entre el cine (principalmente) y la televisión es la aportación de El Coleccionista (visto fugazmente en la escena postcréditos de Thor: El reino oscuro), el cameo de Thanos (también brevemente vislumbrado al final de Los Vengadores) y la existencia de Las Gemas del Infinito. 
Por lo demás, pese a que el seguidor Marvel puede palpar la conexión espiritual en el ambiente, Guardianes de la Galaxia podría considerarse una película claramente independiente, por más que todo parece indicar que en la Fase Tres Guardianes y Vengadores podrían cruzar sus caminos.
Pero aunque el mérito de Gunn (guionista aparte de director) es grande y hay que congratularse por la sensación de que Marvel le ha dado rienda suelta para hacer lo que le venga en gana, no todo el mérito es suyo, pues no cabe duda que el casting del film es casi perfecto, siendo todos los actores –por variopintos que sean- idóneos para su papel. Así, tenemos a desconocidos como Chris Pratt interpretando a Peter Quill (un perfecto y adorable caradura heredero natural de Harrinson Ford), estrellas reconocidas como Zoe Saldana (nueva diva de la ciencia ficción gracias a Star Trek y capaz de hechizar con su sensualidad ya sea azul, como en Avatar, o verde, como la asesina Gamora), luchadores fingiendo ser actores como Dave Bautista ejerciendo de Drax el Destructor (y, sinceramente, no lo hace nada mal), actores reconocidos poniendo movimiento y voz a Groot y Rocket como Vin Diesel y Bradley Cooper, actores de renombre casi irreconocibles bajo el maquillaje como Lee Pace, Karen Gillian y Djimon Hounsou (Ronan, el Acusador, Nébula y Korath), estrellas oscarizadas como Benicio Del Toro y Glenn Close, aportaciones de nivel de la mano de John C. Reilly y Michael Rooker, el cameo sorpresa de turno de la mano de Josh Brolin, y así hasta un largo etcétera. 
Todos cumplen a la perfección en una epopeya donde, esta vez sí, los efectos pirotécnicos y el maquillaje están al servicio de la historia, y no al revés, y cuya genialidad llega a niveles sublimes (si no le arrebata el Oscar a los mejores efectos digitales a El amanecer del Planeta de los Simios por ahí andará) en la confección de Rocket y Groot.
Guardianes de la Galaxia es divertida, trepidante, emotiva, brillante y conjuga la gran habilidad de ser una obra para todos los públicos, niños o adultos, amantes de la acción o de la comedia, fans de los comics o completamente desconocedores de los mismos. Tras el inmenso trabajo de J.J.Abrahms para resucitar Star Trek, Guardianes de la Galaxia viene para demostrar que el género de la space-opera no está tan fiambre como podía parecer y cuya confirmación vendrá de nuevo de la mano de J.J. en la nueva Star Wars.
Y precisamente referenciando a Star Wars se encuentra la única pega que se podría poner a Guardianes de la Galaxia. En su deseo no disimulado de rendir tributo a la cultura pop de los ochenta fuerza demasiado los guiños con respecto a la obra de George Lucas. Groot y Rocket son la equivalencia de R2D2 y C3PO, Peter Quill es la reencarnación de Han Solo (incluso tiene su propia versión del Halcón Milenario), hay un misterio latente no resuelto sobre la identidad del padre de Peter e incluso en un momento dado hay una escena con amputación de mano. Demasiadas referencias para una película que, aun así, es magistral.
Metan en una coctelera el concepto de cine independiente, la serie B, el blockbuster y filtren el resultado a través del rasero Marvel. El resultado será: Guardianes de la Galaxia, un film que no solo compite mano a mano con El amanecer del Planeta de los Simios para ser la película del verano sino que ambas estarán en lo más alto de la lista de lo mejor del año.
Una genialidad extremadamente divertida. La única lástima es que, viendo el buen resultado que les ha dado dejar a un tipo tan personal como Gunn campar a sus anchas, ¿por qué no se han atrevido a hacer lo propio con Edgar Wright, recientemente despojado de la silla de director de Ant Man, la primera película de la Fase Tres?





lunes, 9 de septiembre de 2013

RIDDICK (6d10)

Cuando en el año 2000 el director David N. Twohy eligió a Vin Diesel para protagonizar Pitch Black poco imaginaba como cambiaría esa película la vida de un actor que pese a haber tenido un papel relevante en Salvar al soldado Ryan parecía no entrar en los planes de ninguna gran productora de Hollywood. 
Fue esta cinta de ciencia ficción de pequeño presupuesto la que le abrió las puertas de la Meca del cine donde se consolidaría el actor neoyorquino apenas un año después con The fast & the furious (A todo gas). Twohy, con más currículo como guionista que como director, conseguiría componer una película de culto que cuatro años más tarde tendría una secuela mucho más ambiciosa, Las crónicas de Riddick, en la que se pretendía crear todo un universo de ficción digno de rivalizar con la mitología de Star Wars o Star Trek, pero no se sabe muy bien si por culpa de la desmesurada ambición o por la falta de libertad que supone el control de una gran productora, el film no tuvo el éxito de crítica ni público que se esperaba y, pese a no llegar a ser un fracaso estrepitoso, los planes para seguir narrando las epopeyas de Riddick empezaron a coger polvo en un cajón.  Ahora, cuando las horas bajas de Diesel le han obligado a refugiarse en sus personajes más exitosos (tras resucitar Fast & Furious y Riddick se espera que retome también su personaje de la saga xXx) llega la tercera parte de una trilogía que siempre ha estado en manos de Twohy con Diesel en la producción.
Con la lección bien aprendida y de nuevo en manos de productoras pequeñas, Twohy ha regresado a los orígenes del personaje para volver a llevarlo a un terreno inhóspito y hostil donde deberá superar tres duras pruebas, así como tres son los actos de la película, perfectamente diferenciados.  Primero, tras un escueto flashback que nos explica brevemente como ha llegado hasta ese planeta después del final de Las crónicas de Riddick, deberá sobrevivir a las duras condiciones del hábitat que lo rodea, conteniendo esta unas de las más brillantes escenas de la película, sin diálogos (tan solo algo de voz en off) y devolviéndonos al Riddick más salvaje. En la segunda parte Riddick se transforma en una especie de psicokiller espacial cuando dos grupos de caza recompensas aterrizan en el planeta en su búsqueda. Es en la tercera, donde los supervivientes se deben enfrentar a un ataque de una raza autóctona, sanguinaria y letal, cuando las similitudes con Pitch Black son más evidentes, convirtiéndose casi en un remake (ahora mola más decir reboot) de aquella, aunque también es donde la imaginación escasea más, recordando demasiado a mil cosas ya vistas anteriormente, con Alien y Depredador como referencias más claras.
Riddick no es, pues, una obra redonda, y la libertad que ha tenido Twohy para rodar es equiparable a la reducción de presupuesto con respecto a Las crónicas de Riddick, de manera que los efectos digitales son en ocasiones algo bochornosos, sobre todo las escenas en las motos voladoras, pero no es algo que moleste en exceso si pensamos que estamos ante una película con más pretensiones de acercarse a la serie B que a una superproducción.
El aspecto interpretativo puede ser algo secundario, ya que Vin Diesel es el amo y señor de la función, y pese a sus limitaciones como actor nadie duda que Riddick está hecho a su medida. No obstante, es de agradecer ver pasar por ahí a rostros conocidos como Karl Urban (uno de los escasos recordatorios a la existencia de Las crónicas de Riddick y cuya violencia cruda y desmedida de la película recuerda precisamente al estilo de su Dreed), Katee Sackhoff (todavía en cartel con Exorcismo en Georgia), Dave Bautista (que siguiendo los pasos de Dwayne Johnson quiere dar el salto de la lucha libre a la interpretación) y, sobre todo, nuestro Jordi Mollà, que pone el punto exacto de humor y mala leche para compensar la sombría amargura de Riddick.
Quizá no tenga el encanto casposo de Pitch Black, aunque supera sobradamente a Las crónicas de Riddick y sus dos horas de metraje pasan volando, independientemente de que la división tan evidente en tres subtramas casi de diferentes géneros pueda afectar en algo el resultado global. La verdad es que la película no aburre en ningún momento y da esperanzas de que la carrera de este fugitivo de ojos brillantes continúe en un futuro cercano. Historias por contar quedan, desde luego, y Riddick tiene las suficientes cuentas pendientes para dar más juego antes de conseguir su ansiado regreso a casa.

Ahora solo falta que el público esté de acuerdo y la taquilla invite a ello.

lunes, 27 de mayo de 2013

FAST & FURIOUS 6 (7d10)

Resulta curioso comentar esta película poco después de mi crítica a Scary Movie 5, ya que a priori guarda ciertas similitudes. Ambas corresponden a un número relativamente elevado dentro de una saga, cuenta con realizados últimamente dedicados casi en exclusividad a dichas sagas (Justin Lin lo único destacable fuera de Fast & Furius son un par de episodios de Community), sus guiones carecen de sentido y sus intérpretes son entre medianos y malos, y eso siendo generosos. Así pues, ¿cuál es la diferencia entre ambas obras? El despiporre. Furious 6 (este es el título que aparece en Pantalla; a estas alturas ya no estoy muy seguro de su título en España) es una montaña rusa constante, un espectáculo de acción y adrenalina que no deja en ningún momento espacio para el aburrimiento y ofrece precisamente lo que promete: acción,  persecuciones espectaculares, tiroteos, peleas y toques de humor. Perdónenme ustedes por ser tan poco académico,  pero por más vueltas que le he dado no encuentro una definición mejor que la del despiporre, desde la primera  la última escena e incluyendo la hoy en día inevitable escena postcréditos.
Si el otro día decía que me habría conformado con que los de Scary me hubiesen hecho reír alguna vez, en el caso que hoy nos ocupa la diversión es total. Se me ocurre ahora pensar en otra saga a la que también podíamos comparar: Jungla de Cristal, esa obra maestra del cine de acción mas ochentero que mantuvo el ritmo con dignidad hasta su tercera entrega y evolucionaba hasta el despiporre más delirante en La Jungla 4.0 hasta ofrecer un final triste y bochornoso (al menos por ahora) con la quinta entrega,  cuya critica tenéis por aquí. Pues bien, esta F&F6 recuerda en espíritu a esa Jungla 4.0, donde no importaba que John McCaine persiguiera un camión desde un Harrier mientras lo hiciera con estilo. Igualmente la alegre pandilla de Toretto se enfrenta a desafíos imposibles tanto de ver como de creer, como impedir que un avión militar de carga pueda despegar por el peso de unos simples coches en una pista aparentemente infinita, ser perseguidos a gran velocidad por una autopista por un tanque (con el Teide de fondo, por cierto), organizar carreras ilegales en medio de Londres (la ciudad con más cámaras de video según dicen en un momento de la película) con podiums para gogos, DJ's y coches estruendosos sin que nadie se entere, y eso por no mencionar la excesiva comprensión ante determinadas situaciones por las féminas de la película. Situaciones inverosímiles ante las que solo nos queda exclamar: ¿y qué más da? Y es que mientras disfrutamos de las más de dos horas de película lo único que podemos pensar es: quiero más. Y tened por seguro que nos lo dan.

Confieso que me acerqué a este film con cierto temor y sin haber visto las anteriores películas, por lo que no sabía si iba a poder identificarme con los personajes. Con reconocida simpleza pensaba que la cosa iba simplemente de carreras de coches y tópicos machistas, pero ya los títulos de crédito, con escenas de toda la saga, me advirtieron de que me había perdido cosas importantes,  aunque ello no era impedimento para disfrutar esta sexta entrega sin dificultad.
La excusa argumental es simple: unos terroristas están robando armas nucleares utilizando coches de gran cilindrada y el agente Hobbs pide ayuda al fugitivo Toretto con la excusa de que una ex del piloto, Letty, a la que daban por muerta, está metida en el ajo. Toretto junta a toda la panda y el espectador ya sabe que... ¡se va a liar parda!.
Una posible pega podría ser la calidad de sus actores, con un Vin Diesel inquietantemente hinchado que roza el ridículo en los momentos más dramáticos,  Wayne "the Rock" Johnson y Michelle Rodríguez haciendo de sí mismos, copiando gestos y tics que podrían pertenecer a cualquiera de sus papeles anteriores, Gina Carano que, como ya demostró en Indomable, es mejor que no pare nunca de dar leches, que es lo suyo, y unos cuantos actores de reparto que simplemente cumplen y no molestan. Y, junto a ellos, Paul Walker y Luke Evans que demuestran que son los únicos actores de verdad en la función. Y como maestro de ceremonias Justin Lin que si bien no emociona tanto  como pretende si consigue imponer un buen ritmo y dotar de gran espectacularidad a las escenas de persecuciones, precisamente lo que le echaba en falta a La Jungla: un buen día para morir.

En resumen,  acción, diversión y toques de tragedia que culminan en una escena final que avanza lo que veremos en la séptima entrega y quién se va a sumar a la fiesta. Y, creedme, volverá a ser un despiporre.