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lunes, 26 de marzo de 2018

PACIFIC RIM: INSURRECCIÓN

Antes de entrar a valorar esta película vaya por delante que no soy para nada defensor de su predecesora. Pese a ser un gran admirador del trabajo de Guillermo del Toro, considero Pacific Rim una de sus peores películas, un simple capricho (millonario capricho) de un hombre que ha crecido entre monstruos y robots gigantescos y cuya base de partida de esa película era un sueño hecho realidad. Sin embargo, más allá del diseño, tampoco demasiado rompedores, de los kaijus en cuestión, poco se veía en la superproducción de Universal y Legendary que llevase la firma del director mexicano.
Con esas, es fácil deducir que mi fe en esta secuela, que tan solo contaba con Del Toro como productor, esa mínima. No veía en Pacific Rim: Insurrección más que un intento vano de aprovechar el tirón y sacar más pasta a base de efectos especiales descacharrantes y una historia vacía y tópica. Y, para qué engañarnos, eso es lo que hay en esta secuela. De nuevo una copia menos aparatosa de los Transformers de Michael Bay dándose de tortas con los primos lejanos (tan lejanos que son extraterrestres) de Godzilla y compañía. Para colmo, la premisa argumental (ha pasado algún tiempo desde la guerra de la primera parte y ahora es un hijo de un héroe de aquella quien debe enfrentarse a una segunda oleada invasora) parecía una fotocopia (incluyendo su escena epílogo final, anunciando una hipotética tercera entrega) de la mediocre Independence Day: Contraataque. Así que las cosas no podían parecer peor.
Así que puede ser por las bajas expectativas o es que realmente algo de nota han tomado de lo que falló en la película de Del Toro, pero al final esta Pacific Rim: Insurrección ha resultado ser una pequeña sorpresa, más divertida que la película original, con algo más de coherencia interna y, sobretodo, con unos combates que, si bien pueden resultar algo confusos en algunos momentos debido a su atropellado montaje, por lo menos se suceden a plena luz del día, no en noches de lluvia como en la propuesta de Del Toro.
No hay que buscar nada original en esta película, ni pienso que lo pretendiesen sus creadores. De nuevo se limitan (como comentaba a raíz de Tomb Raider) a copiar una fórmula que debería funcionar sin muchas complicaciones. Por un lado, usar una de las características más de moda en el cine actual, el de la heroína femenina joven (pese a la diferencia de edad, esta Amara parece un remiendo de la Rey de Star Wars: El despertar de la Fuerza, colocar alguna cara reconocible por el público joven (John Boyega y Scott Eastwood), algo de nostalgia con menciones a la anterior película y la recuperación de algún secundario de aquella, un giro supuestamente inesperado para dejar a los chavales con el culo torcido y, de nuevo, tortas y más tortas.
Y al final, entre argucias argumentales absurdas y diálogos prefabricados, la cosa resulta ser un digno entretenimiento, una película palomitera que nunca pretendió aspirar a nada más, espectacular en su sencillez, que no abusa en los intentos de tocar la fibra para esquivar con fortuna el ridículo y totalmente carente de las fobias del mexicano que, en productos sofisticados como este resultan del todo inadecuados, como los personajes que interpretaran Santiago Segura y Ron Perlman.
Pacific Rim: Insurrección es una película que ofrece exactamente todo lo que podría prometer, sin trampa ni cartón, con las limitaciones propias de la falta de imaginación del cine actual y alguna otra marcianada (nunca mejor dicho) que otra que resulta absurdamente divertida. Dudo que nadie esterase de esto algo más.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 15 de abril de 2017

FAST & FURIOUS 8: Rizando el rizo a lo grande.

Normalmente cuando una franquicia es capaz de alcanzar su octava entrega se le puede suponer ciertos síntomas de cansancio y abuso de repetir continuamente la misma fórmula, normalmente agotada. Lo lógico es que eso ocurra incluso mucho antes, como lo demuestran sagas tipo Rambo, Rocky o Bourne, y cuya única excepción que me viene ahora mismo a la mente es Misión Imposible.
En el caso de Fast & Furious es justamente lo contrario: cada entrega aspira (y normalmente lo consigue) a superar a la anterior. Aparentemente condenada a la extinción tras sus tres primeras secuelas (en la última de las cuales tuvieron que recuperar al “difunto” Vin Diesel para tratar de salvar las naves, tal y como han intentado, sin demasiado acierto, hacer también en la mediocre xXx), la saga supo reinventarse tras el quinto episodio, casualmente con la entrada de Dwayne Johnson en el equipo, haciendo que las carreras de coches sean más una marca de la casa a las que se le buscaba cualquier excusa para colar una escenita de coches tuneados rugiendo, chicas de shorts imposibles y música de hip hop que como verdadero motor de la acción. Justin Lin supo convertir una franquicia aparentemente agotada en un espectáculo tan argumentalmente ridículo como aparatosamente divertido, y anulando todo signo de verosimilitud en favor del más difícil todavía sus películas conformaban todo un cúmulo de escenas imposibles de las que era imposible no disfrutar.
James Wan tomó el relevo en Furious 7 y la taquilla rompió récords, tristemente ayudada por el fallecimiento de Paul Walker, y el nuevo cambio de cromos en la silla de director, ocupada ahora por F. Gary Gray sin que el estilo se haya resentido lo más mínimo. Tan asentado está el aspecto visual de la saga que con Gray (que curiosamente ya había dirigido a Diesel en Diablo, a Theron y Stathan en The italian job y a Johnson en Be cool) apenas se ha apreciado cambio alguno desde la mencionada quinta entrega.
La gran duda en Fast & Furious 8estaba en ver como sobrevivía la película a la ausencia de Paul Walker. Su personaje formaba una “extraña pareja” con el de Vin Diesel y se hacía difícil que el hinchado actor pudiese sobrellevar por sí solo el peso de la acción. Y si bien es cierto que la trama argumental se centra sobre todo en su figura, podría ser esta la película en la que menos minutos de metraje ocupa, mientras que sus limitaciones actorales son suplidas con creces por la otra “extraña pareja” que forman Dwayne Johnson y Jason Stathan, dos tipos que se comen la pantalla cada vez que aparecen en ella.
La trama casi es lo de menos. Con el tema de la familia de nuevo como estribillo machacón, la cosa va de una supervillana que quiere controlar el mundo mediante hackeos informáticos o algo así. La verdad, es lo que menos importa. Lo verdaderamente importante aquí es conseguir escenas antológicas, momentos de adrenalina pura que ahora mismo parecen imposibles de superar en futuras entregas si no fuese porque en las anteriores ya había pensado eso mismo. Las escenas de la bola de demolición, los “coches zombies” o todo lo relacionado con el submarino son apabullantes, y el único pero está en que parte de la sorpresa se ha estropeado por culpa de un tráiler que mostraba demasiado.
El verdadero éxito de la serie, aparte de la espectacularidad, está en el carisma que desprenden sus personajes. Y para ello resulta imprescindible contar con una retahíla de actores que quitan el hipo. Pese a las bajas que ha ido sufriendo el equipo a lo largo de las ocho películas, las incorporaciones no han sido moco de pavo, y aquí la cosa ronda el imposible. Kurt Russell repite y parece que lo hace para quedarse, todo indica que Scott Eastwood va a ser la nueva incorporación a la familia y Charlize Theron logra componer una villana de altura, un personaje que en manos de cualquier otra actriz podría haber caído en el ridículo. Se suele decir que en el cine de principios de siglo hay carencia de buenos villanos (y las pelis Marvel o DC son un buen ejemplo de ello, Loki aparte), pero la mezcla de cinismo, demagogia y maldad con que impregna Theron a su personaje la hacen destacar por encima de todo.
Y eso sin contar con alguna otra sorpresa actoral que prefiero reservarme.
Fast & Furious 8 está a la altura (si no por encima) de las anteriores, siendo un espectáculo visual, una descarga de diversión con toques muy acertados de humor y las clásicas gotitas de trascendentalismo dramático. Una delicia donde todo vale y donde nada se puede analizar con demasiada seriedad. Estamos en una fiesta, y lo único que importa es pasárselo en grande. Y de nuevo lo consiguen.
Además, hay un nuevo homenaje para Paul Walker, los cuales nunca serán suficientes.
Ya estoy deseando que empiecen a haber noticias sobre la novena entrega. Yo, desde luego, no me la perderé.

Valoración: Ocho sobre diez.


lunes, 24 de octubre de 2016

SNOWDEN: un brillante (aunque discutible) Oliver Stone.

Existen dos maneras de adentrarse en esta película, y dependiendo de la manera elegida de puede aceptar mejor o peor a Snowden, el último título del director Oliver Stone que, como es habitual en él, viene precedido por la polémica.
Por un lado, siendo una biografía de un personaje real, podemos analizarla como un retrato supuestamente fiel a lo sucedido y a la realidad del personaje protagonista. Quizá ahí sea donde más se pueda poner en duda la parcialidad del director, que ha contado con la colaboración del propio Snowden para la realización del film así como del diario The guardian, que se hizo cargo de difundir los secretos de estado revelados por el agente de la CIA. Es bien sabido que Stone se inclina mucho a la izquierda y es posible que esas inclinaciones deformen parte de la personalidad y las acciones de un hombre considerado traidor en su país y que en la película queda dibujado no sólo como un héroe sino casi como un santo, sin una sola sombra que enturbie su figura.
Sin embargo, más allá de consideraciones políticas, esto de lo que se trata es de analizar una película. Y como película hay que reconocer que Snowden es impecable. Consiguiendo explicar de manera sencilla y clara los acontecimientos que llevaron a Ed Snowden a traicionar la confianza de su gobierno (de una manera que me recuerda a la inferior El quinto poder), la película usa como excusa argumental la grabación del reportaje que Laura Poitras y los periodistas de The guardian le hicieron en la habitación de un hotel de Hong Kong (y que se complementaría perfectamente con esta película para una sesión doble) para rememorar sus primeros pasos en la CIA, su historia de amor con Lindsay Mills y los motivos que transformaron a un idealista patriota en un liberar que termino por filtrar secretos de estado, relacionados sobre todo con el espionaje ilegal a millones de ciudadanos de todo el mundo.
Sí se echa en falta, posiblemente, la presencia de algún personaje bienintencionado capaz de defender la postura gubernamental, pudiendose haber convertido la película en un debate más que en una simple acusación.
Con el miedo a la impotencia ante el espionaje masivo de los Estado unidos como nota de relleno, la película cuenta con un reparto espectacular, encabezado por un Joseph Gordon-Levitt acostumbrado a mimetizarse para parecerse al personaje que interpreta (aunque aquí está mucho más convincente que en El desafío) y una gran Melisa Leo que da vida a Poitras. Ideologías políticas aparte, no cabe la menor duda de que Stone es un gran director, y aquí lo demuestra una vez más con una historia muy bien narrada, que mantiene la intriga en todo momento, pese a los tecnicismos utilizados y al hecho de conocer de antemano el desenlace, y que logra emocionar a la vez que indignar. Una película que puede invitar a la reflexión y que es un nuevo dardo envenenado a la política exterior (e interior) de los Estados Unidos.

Valoración: Ocho sobre diez. 

jueves, 28 de mayo de 2015

EL VIAJE MÁS LARGO (6d10)

Siendo esta una película basada en una obra de Nicholas Sparks no vamos a perder demasiado el tiempo en detallar sus intenciones, pues parece que sus aptitudes literarias (que no seré yo quien se las discuta) no pasan por ofrecer una gran variedad temática. Viejo conocido de los aficionados al cine por la ya clásica adaptación de El diario de Noa y las más recientes Querido John o Lo mejor de mí (que ha pasado fugazmente por las carteleras españolas este mismo mes), El viaje más largo contiene los tics más definitorios de Sparks, como son las historias paralelas intergeneracionales o la importancia del elemento narrativo literario, ya sea en forma de carta o de diario.
En esta ocasión, la historia versa sobre una estudiante de arte que conoce a un montador de toros que aspira a ser el mejor del mundo pese al accidente que le obligó a estar un año retirado, que durante la noche de su primera cita rescatan de un coche en llamas a un anciano con quien no tardará en conectar la muchacha, a la que, con la ayuda de toda una vida de correspondencia postal, narrará su propia historia de amor. Dos historias separadas en el tiempo que, como no podía ser de otra manera, terminarán teniendo conexiones propias e influyendo la una sobre la otra.
Es fácil adivinar que las brutales diferencia entre el refinado y cool mundo del arte y el vasto y violento del rodeo van a chocar entre sí, pero el director no quiere (o sabe) hace suficiente hincapié en ello (y eso que las más de dos horas de duración dan para esto y para mucho más) y se limita previsiblemente a cargar las tintas en los constantes acercamientos y distanciamientos amorosos y en buscar la lágrima fácil en los no pocos momentos dramáticos.
Sin arriesgar un ápice ni salirse un milímetro de las convicciones del género, uno de los secretos de la película radica en la buena química de sus protagonistas, una Britt Robertson salida de la serie La Cúpula a la que el inminente estreno de Tomorrowland puede convertir en nueva chica de moda (ya tiene, de hecho, un cierto aire a Jennifer Lawrence) y un novato Scott Eastwood buen heredero de la presencia y el carisma de papá Clint, a los que ensombrece, como no podía ser de otra manera, cada vez que comparten plano el gran Alan Alda.
El viaje más largo no pasará a la historia del cine, pero no puede negársele una gran sinceridad y transparencia al ofrecer lo que promete: romance algo empalagoso y ojos húmedos, aunque personalmente encuentro forzadamente facilona su resolución final y echo en falta algo de valentía al desaprovechar la oportunidad de indagar en el egoísmo implícito en el amor (representado en la figura de él en la historia actual y de ella en la del pasado) que escritor o guionista se quita de encima de un plumazo con un simple cambio de opinión de los personajes para nada habitual en el mundo real.
Pero no, eso no va sobre el mundo real. Se trata del mundo de Nicholas Sparks, y aquí las cosas funcionan de otra manera, más almibaradas de lo deseado.
Los incondicionales disfrutarán, se emocionan y llorarán. El resto pasará un rato entretenido y poco más.