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miércoles, 18 de diciembre de 2019

JUMANJI: SIGUIENTE NIVEL

Terminator: destino oscuroZombieland: mata y remataDoctor Sueño… Este 2019 parece ser el año de las secuelas tardías, como ya he comentado en alguna ocasión, y para el año que viene todavía queda por llegar Top Gun: Maverick y, en algún momento en el tiempo, Gladiator 2. Sin embargo, esa moda de recuperar clásicos en formato de secuela ya comenzó en 2017 con Jumanji: bienvenidos a la jungla, continuación de la Jumanji de 1995 que ya tuvo una especia de secuela en 2005 llamada Zathura.
Para no liar más la cosa, la nueva Jumanji prescinde de cualquier tipo de número que indique su lugar en la saga, limitándose a llamarse Jumanji: Siguiente nivel. Y es que, por extraño que parezca, aquel refrito de películas de aventuras de los ochenta que dirigió Jake Kasdam funcionó magníficamente bien y se ha ganado una más que digna continuación.
De nuevo con Kasdam a los mandos y repitiendo el cuarteto protagonista, a los que se le han sumado un par de estrellas nuevas, Jumanji: Siguiente nivel se limita a repetir el esquema de su predecesora, confiando en la máxima de que, si algo funciona, mejor no tocarlo, aunque incide algo más en su parte emocional, con ligeras reflexiones sobre la amistad, el miedo al fracaso y, sobre todo, la vejez. Todo ello mientras potencia también su faceta cómica, algo que funciona extremadamente bien al cambiar, una vez más, los roles de los protagonistas, varias veces incluso.
La base argumental es bastante plana. Spenser decide regresar a Jumanji y sus amigos van en su rescate, pero la consola no funciona correctamente y se lleva con ellos al abuelo de Spencer y a un viejo amigo con el que tiene cuentas pendientes, dejando a Bethany fuera de la partida. Con la incorporación de dos grandes veteranos como son Danny DeVito y Danny Glover a la ecuación, lo mejor del film, se propicia que sus avatares deban adaptarse a los registros de estos, brillando especialmente Dwayne Johnson, por momentos metido en la piel de DeVito.
Puede que se deba acusar a la historia de ser algo simplona, de nuevo un alarde de CGI efectivo, pero poco innovador, pero gracias a la entrega de sus protagonistas, con el cuarteto encarnado por Karen Gillian, Jack Black, Kevin Hart y el propio Johnson funcionando como un engranaje perfecto, la película vuelve a ser un espectáculo emocionante y, sobre todo, muy divertido, una de esas películas de consumo ligero pero muy apreciable. Es, precisamente, la implicación de los actores lo que más se agradece en la saga, pudiendo haberse limitado a repetir clichés y cobrar el cheque, pero el desborde de carisma que derrochan y la propia autoconciencia de la película son toco un acierto. Además, si en la anterior entrega había muchos homenajes a películas de aventuras, aquí los guiños son más variopintos, pudiéndose encontrar conexiones con títulos como Mad MaxGuardianes de la Galaxia o la serie Juego de Tronos, a la que le roba incluso a algún actor.
En definitiva, película palomitera que ni pasará a la historia ni lo pretende. El ejercicio perfecto para un escapismo mental estas navidades y dejarse embargar por el aroma de las películas de aventuras más ochenteras.


Valoración: Siete sobre diez.

jueves, 8 de agosto de 2019

HOBBS & SHAW

Salvo honrosas excepciones, la taquilla mundial de los últimos años ha estado claramente dominada por la marca Disney, ya sea en su departamento de animación, de adaptación en live actions de sus clásicos, mediante Star Wars o, sobre todo, con las películas de Marvel Studios. La saga de Fast & furious, de la Universal es una de esas honrosas excepciones.
Desde que, a partir de la quinta entrega, la saga se reinventara, abandonando el espíritu poligonero de sus orígenes (recordemos que esto era una especie de remake de Le llaman Bodhi versión tunning) hasta volverse una locura desmadrada sin ningún sentido, pero alucinantemente divertidas, cada nueva película ha ido superando a la anterior en cuanto a recaudación, convirtiéndose en un hito moderno difícil de entender.
Entre sus armas, una de las que mejor ha funcionado ha sido la presencia de Dwayne Johnson en el elenco, cuya química con Jason Statham en las dos últimas entregas ha sido de lo más celebrado. Esto ha llevado a las mentes pensantes a idear una nueva línea (apoyada, posiblemente, por las desavenencias entre Johnson y Vin Diesel) que explorase esta relación lejos de Toreto y su pandilla, y de ahí el nacimiento de este spin off centrado en la figura de estos dos pesos pesados de los puñetazos y los chascarrillos.
Hobbs & Shaw, pues, viene a ser un nuevo reinicio para poder explorar otros caminos que no dejen de ser más de lo mismo, pero con otras caras, enriqueciendo y ampliando así el universo Furious. Y lo ha hecho sin arriesgar demasiado, casi jugando sobre seguro. Y, pese a todo, la cosa no ha terminado de funcionar del todo.
Sobre el papel, nada debía salir mal. Los dos protagonistas, Johnson y Statham, vuelven a sus roles dispuestos a darlo todo, se mantiene al guionista de casi toda la saga madre, Chris Morgan, y se ficha a un director acostumbrado a las grandes producciones y, sobre todo, a la acción más desmedida. David Leitch fue el codirector de John Wick, repitió esquemas con Atómica y demostró tener buena mano para el humor con Deadpool 2.
Y, sin embargo, es inevitable notar que algo falla en la película, algo que también ha parecido repercutir en su taquilla, muy por debajo delo que se esperaba.
Personalmente, se me ocurre una manera un poco simple de explicar el problema. Durante toda la película, con sus postureos, su musiquita molona y sus luces de neón, se aprecia una pretensión algo artificial por querer molar. Ese es el concepto que mejor define a Hobbs & Shaw: quiere molar. Fast & Furious, en cambio, molaba. Y esa sutil diferencia entre conseguirlo sin apenas esforzarse o esforzarse sin terminar de conseguirlo es lo que distingue a este spin off de la serie raíz. Las pullas entre los dos rivales no son tan punzantes y divertidas como en Furious 8, por ejemplo, y el nivel de exageración roza unos límites casi absurdos. No es que las otras películas tuvieran el más leve deje de realismo, pero sí había una especie de verosimilitud que permitía al espectador aceptar lo que estaba viendo, por imposible que fuese. Aquí, quizá por la composición de un villano demasiado fantástico y del abuso del CGI en los efectos (porgo como ejemplo las piruetas que realiza este en su moto), hay una capa de irrealidad que desconecta al espectador con el film, por más que luego busque esos valores tan anclados en la mitología de la saga como es el concepto de familia.
Con todo, no deja de ser un buen entretenimiento. Ellos dos se esfuerzan en dar lo mejor de si mismos y el bueno de Idris Elba es siempre un valor seguro, pero quien se come literalmente la pantalla es el personaje que interpreta Vanessa Kirby (a la que personalmente descubrí en Misión Imposible: Fallout), siendo la tercera pata de la cama y, quizá, el personaje que más luce en pantalla hasta que, en el tercio final, se la hace prácticamente desaparecer para dar más brillo a las dos moles de músculos.
En el lado positivo, se podría decir que hay vida más allá del Toreto de Diesel y su cara de palo. En el negativo, estamos ante un pasatiempo veraniego de fácil consumo pero que se olvida rápido, sin grandes escenas memorables que se queden grabadas en nuestras retinas como sí fuesen capaces de hacer en su momento James Wan o Justin Lin. Y cuando se tiene a los dos mejores personajes de la franquicia (con la excepción obligada del Brian de Paul Walker), eso sabe a poco.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 14 de julio de 2018

EL RASCACIELOS

El rascacielos es el último film de acción concebido como vehículo de lucimiento de Dwayne Johnson, un actor con carisma cuyos trabajos casi siempre funcionan pero que no por ello es infalible (y ya se demostró con Los vigilantes de la playa). Normalmente el actor tiene dos vertientes más o menos diferenciadas, la de tipo duro y amenazador y la de sacarrón y algo autoparódico, y en esta ocasión toca la primera versión, en una cinta de pura acción con escasas dosis de humor que sin duda se habrían agradecido un poco, cosa curiosa en vista de los precedentes de su director.
El rascacielos no tiene nada de original, y ya su mismo planteamiento hace pensar en sus dos referentes más claros: El Coloso en llamas y, sobre todo, Jungla de Cristal. Así que muchos calculaban que el éxito o no de la película iba a depender de si Johnson conseguía tener la misma empatía que aquel joven y destrozado Bruce Willis o si iba a perder en las comparaciones. De forma ajustada, Johnson sale airoso del esfuerzo, pero no así el elemento más importante y diferenciador del film. Y es que aparte de machotes hormonados, lo que más distancia El rascacielos con Jungla de cristal tiene un culpable con nombre y apellidos: Rawson Marshall Thurber. Como si esto fuese cine de autor, el director de Somos los Miller y Un espía y medio se responsabiliza del guion y la realización, dejando claro que ni tiene la inspiración literaria de Jeb Stuart y Steven E. de Souza ni le llega a la suela de los zapatos al gran John McTiernan.
Su historia de un ataque organizado contra un imponente rascacielos y un sufrido héroe que debe rescatar a su familia no deja de ser una sucesión de situaciones demasiado agarradas por los pelos, con unos personajes bastante planos (y eso que el Will Sawyer protagonista tiene su drama inicial a lo Máximo riesgo, muy poco aprovechado) y muchos momentos de absurdo gratuitos. Además, las cartas se ponen demasiado pronto sobre la mesa, de manera que desde el minuto uno ya se sabe prácticamente todo lo que va a suceder, desde el rostro de cierto villano traidor hasta la resolución final, anticipada en una conversación entre el matrimonio protagonista nada sutil.
Así, que es inútil buscar algo de emoción en una película tan trillada que solo puede justificarse como que es un homenaje (la forma más sutil de camuflar la copia más descarada) de la mencionada Jungla de Cristal, incluyendo los saltos imposibles del protagonista rascacielos abajo (cambiando cuerda por manguera), el uso de la cinta adhesiva (mucho más ingeniosa en el film de McTiernan) o incluso una versión del antológico puñetazo de la sufrida esposa cambiando simplemente de objetivo. Incluso el momento “recorrido por la cara exterior del edificio” es muy inferior al visto, por ejemplo, en la muy superior Misión Imposible: Protocolo fantasma.
Con todo, hay que reconocer que la imaginación correspondiente al diseño del edificio La Perla es bastante atractivo, aunque luego Marshall Thurber no sepa lucir convenientemente ni el impresionante jardín vertical ni la estancia oculta en el interior de “la Perla”, y que, conforme a los tiempos que corren, la participación femenina es mucho más activa que en su modelo a imitar, con una recuperada Neve Cambell bastante acertada. Lo de la villana secundaria, una vez más, es un tópico demasiado trillado.
¿Qué se puede aprovechar, pues, de El rascacielos? Pues más o menos lo que ya se intuía con el tráiler (demasiado revelador en algunas escenas -un mal del cine actual que no parece tener solución-, inédito en otras): acción espectacular, piruetas argumentales y saltos imposibles. Dwayne Johnson y su Will Sawyer no consiguen ni mucho menos hacer olvidar al viejo John McClane (de hecho el protagonista bien podría ser el mismo personaje de San Andrés o cualquier otra peli de acción del actor de descendencia samoana), pero al menos cumplen con su parte de la función, esforzándose al máximo para dar entidad a un personaje pobremente escrito. La película tiene un ritmo frenético, agotador incluso, y aunque eso nos ea necesariamente positivo al menos consigue no aburrir en ningún momento, aunque a partir de cierto número de inverosimilitudes al espectador poco empieza a importarle el destino de los personajes.
En fin, puro entretenimiento, algo decepcionante en comparación con otros espectáculos circenses de Johnson, que sirve para pasar el rato pero con bastante menos de lo que cabría esperar.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 15 de abril de 2018

PROYECTO RAMPAGE


Esta no deja lugar a dudas.
Estamos ante la adaptación de un videojuego en la que unos científicos locos manipulan genéticamente el ADN de diversos animales hasta que la cosa se les va de las manos y crean unos monstruos mutantes que lo arrasan todo.
Si están pensando ustedes que estamos ante la tontería del año, lo han adivinado.
Además, se le pueden encontrar flecos por todas partes. El guion, dentro de su absurdidad, tiene una incoherencia terrible (¿por qué unos mutan más que otros?), la historia es tan previsible como ya vista (cojan un poquito de El origen del Planeta de los Simios, mezclen el King Kong de Peter Jackson con el Godzilla de Roland Emmerich e imaginen alguna escena del Pacific Rim de Guillermo del Toro) y súmenle a un actor terrible como Jeffrey Dean Morgan haciendo exactamente los mismos tics interpretativos que si se tratase del Negan de The Walking Dead. Eso es Proyecto Rampage.
Y es cierto. Pero es, además, Dwayne Johnson derrochando todo su carisma habitual, unos bichos gigantes pegándose leches mientras destrozan Chicago y un ritmo frenético que nunca decae.
Así que sí, esta película es una tontería enorme, pero te permite pasártelo estupendamente. Es endiabladamente entretenida y los efectos especiales suficientemente cumplidores para ver una vez más una ciudad americana arrasada por los monstruos de turno y no morir en el intento.
Es curioso cómo, además, el director Brad Peyton, que ya ha trabajado con Johnson en Viaje al centro de la Tierra 2 y San Andrés, pretende diferenciarse de otras películas del montón dándole un toque de seriedad y dramatismo que funciona muy bien en su primera mitad. La primera secuencia, sin ir más lejos, es heredera del terror espacial de Alien y alrededor del tono cómico de la película hay muertes e incluso una ligera violencia que me llamaron la atención.
Luego todo se pierde en la aparatosidad del espectáculo pirotécnico, con algún momento supuestamente climático que roza el ridículo, pero como diría Alejandro González Iñárritu, “el ritmo lo es todo”. Y esta película tiene ritmo. Mucho.
Es entretenimiento puro y duro. No hay que buscarle nada más, porque es entonces cuando nos podemos sentir decepcionados. Claro que quien le pida a una película de estas características algo más… Bueno, digamos que quien falla no es el film, sino el espectador.
A cada cual lo suyo, digo yo.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

JUMANJI, bienvenido a la junga: Superando a la nostalgia.

Cuando se anunció el remake de Jumanji, aquella simpática película con Robin Williams de protagonista, lo más normal era llevarse las manos a la cabeza y preguntarse: ¿porqué? Y más con el referente tan cercano de Enganchados a la muerte, que solo conseguía engrandecer a la original.
Sin embargo, Jumanji: bienvenido a la jungla (que al final resulta ser más una secuela que un remake), no solo dignifica el recuerdo de la película de Joe Johnson sino que la supera incluso.
No hay que buscar originalidad en la propuesta firmada ahora por Jake Kasdan (Bad Teacher y Sex tape son hasta ahora las únicas muestras de su talento), ya que el esquema argumental sigue casi a pies juntillas a su fuente de inspiración, aunque gracias a un inteligente desarrollo de personajes y al buen hacer de sus cuatro intérpretes adultos, la película resulta ser un estupendo divertimento, una trepidante aventura divertida y muy emocionante que sabe reírse de si misma lo suficiente como para que toda la locura mostrada funcione sorprendentemente bien.
Ha pasado el tiempo de los juegos de mesa, así que el diabólico Jumanji (que cabe recordar que ya tuvo una suerte de secuela espacial llamada Zathura) debe evolucionar y se transforma en un videojuego que abduce a los jugadores y los transporta a ese mundo imaginario en el que deben superar diversas pruebas para llegar a un final feliz.
La nueva Jumanji es fresca y divertida, sobretodo gracias a entregarse por completo a un actor con tanto carisma como es Dwayne Johnson, un artista quizá sin demasiados registros pero que nunca defrauda (él era de lo poco salvable de Baywatch). Además, la química con el resto de sus compañeros es total y actores supuestamente cómicos tan denostados como Kevin Hart o Jack Black están geniales. No es tan sencillo como parece ser capaces de hacer dos personajes en uno, el que representan en el juego y el que llevan en su interior, y en este sentido es Black quien más se luce gracias a su doble identidad sexual. Karen Gilliam, cuyo personaje parece haber tomado buena nota de lo acontecido en Guardianes de la Galaxia, completa el solvente cuarteto protagonista.
Es fácil en este tipo de películas caer en los tópicos, pero Kasdan logra aprovecharse de ellos para convertirlos en homenajes a esas películas de aventuras de series B que darían origen a tipos como Indiana Jones, a la par que hay incluso para su momentito emotivo cuando todas las pruebas mortales a las que se enfrentan tienen, como en la primera película, la meta de convertir a los jugadores en mejores personas.
En resumen, estimulante y fresca película de aventuras y fantasía que resulta de lo más recomendable dentro de la cartelera navideña de estas fiestas y que puede resultar un disfruta para toda la familia.

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 20 de junio de 2017

BAYWATCH, LOS VIGILANTES DE LA PLAYA, chistes malos y tetas a cámara lenta.

Incluso en estos tiempos de escases de ideas para películas de Hollywood y donde solo parecen triunfar los remakes, secuelas, precuelas, reboots, spin-off y adaptaciones (la última película palomitera completamente original que recuerdo ahora mismo fue Tomorrowland, un estrepitoso fracaso), la idea de adaptar al cine una serie de televisión que ya en su época era bastante casposilla es, cuanto menos, bizarra.
Puestos a hacerlo, sin embargo, la única opción lógica era tirar por el camino del humor y la auto parodia, burlándose con irreverencia de esos iconos del postueo de musculitos y tetamen que simbolizaron David Hasselhoff, Pamela Anderson, Carmen Electra y compañía.
Así lo han hecho, de manera que confieso que yo mismo, tras un primer tráiler bastante cachondo, esperaba con ganas esta propuesta que refrescara un poco esta semana tan sofocante con un par de horas de risas y tontadas varias. Pero, una vez más, en Hollywood se han olvidado de que para eso hace falta un guion. Y por guion no me refiero a tres páginas de chistes más o menos graciosos que apelotonados en el tráiler funcionan pero que a lo largo de los 116 minutos de metraje saben a poco.
Con Seth Gordon (con un currículo plagado de episodios de sitcoms de éxito y un par de comedias bastante correctas al servicio de Jason Bateman que auguraba algo bueno), Baywatch, los vigilantes de la playa, solo basan su interés en dos argumentos. Por un lado, el carisma de Dwayne Johnson y la capacidad de autoparodiarse que tanto él como Zac Efron tienen y en el físico espectacular de las damas de turno, léase Alexandra Daddario, Priyanka Chopra, Kelly Rohrbach y Ilfenesh Hadera. Lo malo es que, respecto a lo primero, ambos actores ya han mostrado este cariz desenfadado y burlesco en otras ocasiones (Un espía y medio o Malditos vecinos y su secuela, por poner dos simples ejemplos), con lo que la cosa no sorprende y no tiene toda la gracia que podría, mientras que respecto a lo segundo, estando ya cerca de finiquitar la segunda década del siglo XXI, ¿de verdad pensaban que el argumento simple y sexista de ver dos pechos (por magníficos que puedan llegar a ser) botando alegremente por la playa a cámara lenta era reclamo suficiente para llevar al espectador a las salas de cine?
No voy a decir con esto que la película sea un completo desastre. Es una comedia de acción bastante maja y con algunos gags que funcionan, pero la alarmante falta de ideas se soluciona siempre con el chiste soez y cafre, desperdiciando un montón de buenas situaciones, repitiendo las bromas más acertadas una y otra vez hasta que terminan por cansar y sin saber dosificar la acción desproporcionada de su final, donde la comedia se queda a un lado para tratar de emular a un Bond de marca blanca, con esa femme fatale de villana que nunca llega a parecer suficiente amenaza para la trama.
Al final, solo cabe conformarse con pequeñas chispas de ingenio, con la presencia siempre estimulante de Dwayne Johnson, con las pullas entre la Daddario y Efron, con la insospechada química entre el personaje de Rohrbach y el del fondón Jon Bass y con los inevitables cameos de los dos iconos de la serie ochentera. Hasselhoff y Anderson apenas aparecen unos segundos en pantalla, aunque sus apariciones son de lo mejor de la película. Lástima que estas supuestas sorpresas se anuncien (otra torpeza más que añadir al saco) en los títulos de crédito iniciales.
Este parece ser el año de las estrellas caídas y en el que los valores seguros de Hollywood no lo son tanto. Scarlett Johansson se la pegó hace unos meses con Ghost in the Shell y ahora es el turno de Johnson con estos Baywatch.  Pero no sufráis por ellos. En sus futuros, sus agendas están repletas de secuelas que les van a permitir seguir liderando las listas de los mejores pagados o los más rentables, que por algo ambos pertenecen, respectivamente, a los Universos de Marvel y DC.
En fin, pasatiempo ligero, muy irregular, con caras (y cuerpos) bonitos, algo de escatología y menos imaginación de la demostrada en los carteles promocionales, con una colección de posters bastante gamberra que recordaba a la campaña promocional de Deadpool y que ha terminado quedando en agua de borrajas.

Valoración: cuatro sobre diez.

sábado, 15 de abril de 2017

FAST & FURIOUS 8: Rizando el rizo a lo grande.

Normalmente cuando una franquicia es capaz de alcanzar su octava entrega se le puede suponer ciertos síntomas de cansancio y abuso de repetir continuamente la misma fórmula, normalmente agotada. Lo lógico es que eso ocurra incluso mucho antes, como lo demuestran sagas tipo Rambo, Rocky o Bourne, y cuya única excepción que me viene ahora mismo a la mente es Misión Imposible.
En el caso de Fast & Furious es justamente lo contrario: cada entrega aspira (y normalmente lo consigue) a superar a la anterior. Aparentemente condenada a la extinción tras sus tres primeras secuelas (en la última de las cuales tuvieron que recuperar al “difunto” Vin Diesel para tratar de salvar las naves, tal y como han intentado, sin demasiado acierto, hacer también en la mediocre xXx), la saga supo reinventarse tras el quinto episodio, casualmente con la entrada de Dwayne Johnson en el equipo, haciendo que las carreras de coches sean más una marca de la casa a las que se le buscaba cualquier excusa para colar una escenita de coches tuneados rugiendo, chicas de shorts imposibles y música de hip hop que como verdadero motor de la acción. Justin Lin supo convertir una franquicia aparentemente agotada en un espectáculo tan argumentalmente ridículo como aparatosamente divertido, y anulando todo signo de verosimilitud en favor del más difícil todavía sus películas conformaban todo un cúmulo de escenas imposibles de las que era imposible no disfrutar.
James Wan tomó el relevo en Furious 7 y la taquilla rompió récords, tristemente ayudada por el fallecimiento de Paul Walker, y el nuevo cambio de cromos en la silla de director, ocupada ahora por F. Gary Gray sin que el estilo se haya resentido lo más mínimo. Tan asentado está el aspecto visual de la saga que con Gray (que curiosamente ya había dirigido a Diesel en Diablo, a Theron y Stathan en The italian job y a Johnson en Be cool) apenas se ha apreciado cambio alguno desde la mencionada quinta entrega.
La gran duda en Fast & Furious 8estaba en ver como sobrevivía la película a la ausencia de Paul Walker. Su personaje formaba una “extraña pareja” con el de Vin Diesel y se hacía difícil que el hinchado actor pudiese sobrellevar por sí solo el peso de la acción. Y si bien es cierto que la trama argumental se centra sobre todo en su figura, podría ser esta la película en la que menos minutos de metraje ocupa, mientras que sus limitaciones actorales son suplidas con creces por la otra “extraña pareja” que forman Dwayne Johnson y Jason Stathan, dos tipos que se comen la pantalla cada vez que aparecen en ella.
La trama casi es lo de menos. Con el tema de la familia de nuevo como estribillo machacón, la cosa va de una supervillana que quiere controlar el mundo mediante hackeos informáticos o algo así. La verdad, es lo que menos importa. Lo verdaderamente importante aquí es conseguir escenas antológicas, momentos de adrenalina pura que ahora mismo parecen imposibles de superar en futuras entregas si no fuese porque en las anteriores ya había pensado eso mismo. Las escenas de la bola de demolición, los “coches zombies” o todo lo relacionado con el submarino son apabullantes, y el único pero está en que parte de la sorpresa se ha estropeado por culpa de un tráiler que mostraba demasiado.
El verdadero éxito de la serie, aparte de la espectacularidad, está en el carisma que desprenden sus personajes. Y para ello resulta imprescindible contar con una retahíla de actores que quitan el hipo. Pese a las bajas que ha ido sufriendo el equipo a lo largo de las ocho películas, las incorporaciones no han sido moco de pavo, y aquí la cosa ronda el imposible. Kurt Russell repite y parece que lo hace para quedarse, todo indica que Scott Eastwood va a ser la nueva incorporación a la familia y Charlize Theron logra componer una villana de altura, un personaje que en manos de cualquier otra actriz podría haber caído en el ridículo. Se suele decir que en el cine de principios de siglo hay carencia de buenos villanos (y las pelis Marvel o DC son un buen ejemplo de ello, Loki aparte), pero la mezcla de cinismo, demagogia y maldad con que impregna Theron a su personaje la hacen destacar por encima de todo.
Y eso sin contar con alguna otra sorpresa actoral que prefiero reservarme.
Fast & Furious 8 está a la altura (si no por encima) de las anteriores, siendo un espectáculo visual, una descarga de diversión con toques muy acertados de humor y las clásicas gotitas de trascendentalismo dramático. Una delicia donde todo vale y donde nada se puede analizar con demasiada seriedad. Estamos en una fiesta, y lo único que importa es pasárselo en grande. Y de nuevo lo consiguen.
Además, hay un nuevo homenaje para Paul Walker, los cuales nunca serán suficientes.
Ya estoy deseando que empiecen a haber noticias sobre la novena entrega. Yo, desde luego, no me la perderé.

Valoración: Ocho sobre diez.


domingo, 10 de julio de 2016

UN ESPÍA Y MEDIO: Una tontuna que cumple su cometido.

Cuando algo se pone de moda se suele sobreexplotar hasta el aburrimiento. Ya hablé en alguna entrada de finales del año pasado sobre la burbuja de las comedias de espías y la cosa no tiene aspecto de aflojar.
Un espía y medio no es gran cosa, no está en la línea de pequeñas joyitas como fue Kingsman en su momento (veremos qué sale de su secuela) o la infravalorada Operación U.N.C.L.E., pero tampoco un despropósito como Agente contrainteligente. Se encuentra más bien en la línea de Cuerpos Especiales o Espías, películas facilonas y previsibles pero que ofrecen justo lo que prometen.
Todas ellas, además, se caracterizan por ser también buddy movies, es decir, películas de colegas. Pero como se trata de comedias, los colegas son siempre lo más antagónicos posibles. Como antagónicos son (tanto como actores como en lo que se refiere a sus personajes) Dwayne Johnson y Kevin Hart, los protagonistas de Un espía y medio.
Bob Stone y Calvin Joyner se conocieron en el instituto. Mientras el primero era el gordito excéntrico blanco de todas las bromas crueles, él segundo era la estrella de la función, el líder nato que lo tenía todo para triunfar en la vida. Pero la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay, Dios! y Calvin es ahora un contable con complejo de fracasado cuya única proeza es la de seguir casado con su novia antaño (la más guapa del insti) mientras Bob es un super agente de la CIA de cuerpo escultural y grandes habilidades. Pero también metido en problemas para salir de los cuales va a precisar de la ayuda de su antiguo colega.
Clásica comedia de ritmo frenético, espectaculares tiroteos y suficientes estupideces para provocar más de una carcajada, Un espía y medio logra sortear el peligro del ridículo ajeno que ronda en más de una ocasión (ese Dwayne Johnson aficionado a los unicornios) y logra incluso que no se indigeste uno con la presencia de Hart, más comedido de lo habitual. Así, sin ser tampoco nada del otro mundo, logra entretener y contiene algún gag especialmente inspirado que la elevan algo por encime de lo esperado, además de agradecerse alguna que otra presencia popular como Jason Bateman, Aaron Paul o Melissa McCarthy.
Esto es lo que hay y, seamos sinceros, ver a “The Rock” repartiendo estopa siempre mola, ¿no?

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 29 de junio de 2015

SAN ANDRÉS (6d10)

Empecemos por resaltar que todo lo que sucede en la película es pura ficción.
Sí, es cierto que la falla de San Andrés está en constante movimiento y que, tal y como dice el personaje interpretado por Paul Giamatti, el riesgo de un gran terremoto es tan elevado que la pregunta no es si sucederá, sino cuándo sucederá. A partir de ahí, ni es posible que el suelo se agriete formando una especie de cañón como en el film, ni se prevé que pudiese alcanzar (y mucho menos superar) los nueve grados en la escala Ritcher ni es posible un tsunami con la altura que se ve en la película, por no mencionar que hoy por hoy es científicamente imposible la posibilidad de prever el terremoto.
Aclarado esto, y ya bien conscientes de que la película no va a tener un ápice de verosimilitud, hay que reconocer que la orgia destructiva que protagoniza el bueno de Dwayne Johnson es un divertimento de lo más saludable, con unos efectos visuales impactantes, un buen uso de la tecnología 3D y unos personajes secundarios que no molestan y ayudan a mantener en alto el listón de la emoción y el drama.
Johnson interpreta al piloto de un helicóptero de rescate con trágico pasado y recién separado de su mujer (más arquetípico, imposible) que se alzará como el principal héroe cuando la falla de San Andrés que recorre el estado de California en Estados Unidos y Baja California, en México, provoca una serie de devastadores terremotos que se concentrarán, sobre todo, en la ciudad de San Francisco. Aunque protagonizada de modo estelar por el antiguamente conocido como “The Rock”, la película –como buena cinta catastrofista- tiene dejes de coralidad, presentándonos en paralelo la historia de la exmujer del prota y su nuevo novio, la lucha desesperada por la supervivencia de la hija del héroe y una pareja de hermanos y el punto de vista científico que ofrecen la explicación teórica de todo lo que vamos a ver en pantalla.
Un puñado de buenos actores (ahí están, aparte de los mencionados Johnson y Giamatti, Alexandra Daddario, Carla Gugino o Ioan Gruffudd) no son suficientes para dar empaque a un guion exageradamente estúpido, donde se abusa tanto de las casualidades, del “por los pelos” y de la escasa profundidad de los personajes que el resultado final es un refrito de cosas mil veces vistas, una oda a la destrucción que sueña con emular el sello de Roland Emmerich, aunque el director canadiense Brad Peyton no ha sabido copiar la épica emotividad el germano.
No diremos, desde luego, que San Andrés pueda engañar a nadie. Cualquiera que se haya molestado en ver el tráiler o leer al menos la sinopsis antes de entrar a la sala del cine sabe perfectamente lo que se va a encontrar y puede llegar incluso a adivinar paso por paso lo que van a hacer los protagonistas sin peligro de que nadie los spoilée . La película es lo que pretende ser y no aspira a nada más que a entretener y hacer disparar los niveles de adrenalina, debiendo aceptarse con unos bajos niveles de exigencias. Se agradece, al menos, que Peyton no se ande por las ramas y gaste todos sus esfuerzos en destrucción pura y dura casi desde el primer minuto, como si fuese el primero al que las subtramas le importasen un pimiento y las mantuviera solo para rellenar (posiblemente evitando el error de Anderson en Pompeya, cuya historia de amor deslucía la impresionante –y en ese caso realista- erupción del Vesubio).
Así que sí, la película es una tontería llena de absurdeces y escenas sin sentido, que roza el ridículo en algunos casos y con algún que otro diálogo bochornoso (yo mismo me descubrí completando las frases de los protagonistas como si las conociera de antemano). Pero es que de eso va precisamente la película, de destrucción absurda y sin sentido, ridícula y bochornosa, pero muy disfrutable, una película para zambullirse en un tonel de palomitas y dejarse llevar por el amigo The Rock y sus piruetas a bordo de un helicóptero o, en la práctica, todo lo que se le tercie mientras tenga motor.
No es la peli del verano ni sentará cátedra en su género, pero para pasar un buen rato de entretenimiento funciona. Y eso es lo único que se le debe pedir.


sábado, 4 de abril de 2015

FAST&FURIOUS 7 (7d10)

Resulta difícil e increíblemente doloroso juzgar esta película que lamentablemente pasará a la historia del cine por razones que no tienen nada que ver con lo estrictamente cinematográfico.
Los que seguís este blog desde sus inicios ya sabréis que me acerqué a esta saga por primera vez hace un par de años con el estreno de su sexta parte. Nada sabía de ella más que iba de coches tuneados y chicas luciendo palmito y quedé gratamente sorprendido con lo que me encontré, una película adrenalítica tan imposible como La Jungla 4.0, Misión Imposible o Mentiras Arriesgadas pero igualmente disfrutable. Recuerdo que en su momento la definí como “un despiporre”, y aunque no pude profundizar en ello por no spoilear el film, descubrir en la escena postcréditos que en la siguiente entrega se sumaría al elenco Jason Statham no hacía más que presagiar que esta Fast & Furious 7 sería doblemente “despiporrante”.
Y empieza bien la cosa, con un Statham desatado que podría darle para el pelo incluso al Washington de The equalizer (el Protector), y que promete grandes dosis de espectacularidad, adrenalina y olor a neumático quemado. Para acabar de redondear la apuesta, no solo repiten todos los actores de la anterior película (incluso los personajes desaparecidos que interpretan Sung Kang y Gal Gadot tienen su plano propio, igual que un agónico Luke Evans) sino que se aumenta la apuesta con la presencia de grandes de la interpretación como Kurt Russell, la presencia de Djimon Hounsou, el acrobático Tony Jaa, la brutal Ronda Rousey (luchadora que debutó en cine con Los Mercenarios 3 y que tiene una escena genial con Rodriguez) y el nuevo fichaje que supone Nathalie Emmanuel (la Missandei de Juego de Tronos). Todo ello para secundar a los tipos duros de siempre, encabezados por la sagrada trinidad que son Vin Diesel, Paul Walker y Dwayne Johnson, bien acompañados por Michelle Rodriguez, Tyrese Gibson y Ludacris y las apariciones efímeras de Jordana Brewster y Elsa Pataky. Como se puede comprobar, la saga de Fast & Furious se ha convertido en la familia de la que tanto se vanaglorian en la ficción, y todo el mundo parece sentirse muy a gusto con sus compañeros de aventuras, lo cual termina por traspasar la pantalla y permite mantener la serie viva y sin síntomas de agotamiento.
Resultaba intrigante saber cómo se iba a desenvolver en una película de estas características el director James Wan, más acostumbrado a los ambientes claustrofóbicos y tétricos de las casas encantadas que a los espacios abiertos y luminosos a que nos tienen acostumbrados la saga, pero no se le da mal al realizador nacido en Malaysia y responsable del género de terror actual, aunque puede que se le note algo confuso y agarrotado en ciertos momentos de lucha, de cámara algo errática y nerviosa, por lo que los productores ya están barajando el retorno de Justin Lin a la franquicia (ya se ha confirmado la octava entrega, donde se continuará con la trama del personaje que interpreta Kurt Russell y se especula con la incorporación de ¡¡Hellen Mirren!!).
Efectivamente, todo es un despiporre. El enfrentamiento entre Johnson y Statham es brutal, el episodio de Azerbaijan prodigioso y los saltos imposibles entre los edificios de Abu Dhabi alucinantes.  Todo estaba siendo doblemente despiporrante, sin permitir que la inicial seriedad de la trama (los protagonistas han abandonado su vida alocada y pretenden sentar la cabeza y centrarse en la familia) afecte al espectáculo. 
Pero algo decae al llegar a su final, demasiado excesivo, en el que se peca de un estiramiento innecesario muy en la línea de El hombre de acero o el último Transformers, contagiando el agotamiento de la acción al propio espectador y sintiendo que, tras casi dos horas de auténtico frenesí, el duelo final de la “familia” contra Statham sabe a poco.
Decía al principio que era doloroso juzgar esta película, y es que por divertida y loca que sea no se puede obviar el fallecimiento de Paul Walker antes de terminar la filmación, tal y como nos recuerda el propio Wan en un final tan impuesto como emotivo, y que nunca llegaremos a saber cómo afectó al argumento de una película que estuvo incluso a punto de no llegar a terminarse nunca.
Los efectos digitales y la participación de sus hermanos hace que en pantalla no se aprecie la perdida de Paul, pero desconozco qué retoques obligo a hacer en el guion definitivo e incluso a la propia producción, sin duda hundida anímicamente tras el mazazo.
Es por ello que queda un gusto agridulce al final del visionado, como si nosotros mismos hubiésemos perdido a un amigo y nos sintiésemos culpables por haber disfrutado tanto de sus últimos momentos de vida.
Con todo, Fast & Furious 7 es genial, divertida, espectacular, suicida, estúpida, imposible, grandiosa y emotiva. Todo ello cabe en la historia de una familia (ahora más que nunca) unida hasta la muerte. Y por ello le perdonamos incluso el excesivo final.
Fast & Furious volverá, no lo dudéis. Y yo estaré ahí para disfrutarla y contároslo. Aunque sin Paul Walker será un poquito menos despiporre.

martes, 9 de septiembre de 2014

HÉRCULES (6d10)

Posiblemente, sería muy diferente la apreciación de esta película si hace apenas unos meses no hubiésemos sufrido esa aberración que era: Hércules, el origen de la leyenda
Y es que sin ser una gran película, el nuevo título de Brett Ratner sería casi una obra maestra al lado del bodrio que Renny Harlin. Y eso que ambos directores podrían ser comparados por sus filmografías, ambos artesanos del cine de acción y espectacular que, sin dotar a sus obras de una personalidad propia, sí conseguían transmitir al público el sentido del espectáculo y la diversión pretendidas. Harlin, del cual hablo en pasado porque ciertamente su carrera está en peligroso declive, ha pasado por la saga de Jungla de Cristal, cuya secuela (La jungla 2: Alerta Roja) era evidentemente inferior a su predecesora pero suficientemente digna, mientras que a Ratner nunca le perdonaran su paso por X men: la decisión final, cuyo delito no era ya el hacer una película mala (que no lo era) sino competir con un pasado cargado por dos títulos realmente brillantes.
Pues bien, tras el enfrentamiento hercúleo entre estos dos realizadores, está claro quién es el vencedor, lo mismo que podríamos asegurar que Kellan Lutz no le llega a la altura de los zapatos a Dwayne Johnson.
Hércules, además, no parte de la mitología griega en sí, como es habitual en este tipo de péplums, sino que bebe de las fuentes del comic de Steve Moore, y eso se nota durante todo el rodaje, no ya sólo en su argumento sino en su planificación artística. Así, esta desmitificación del héroe viene definida por la unión (profesional y emotiva) con sus compañeros de equipo, casi convertidos en unos Vengadores clásicos y cuyas influencias son evidentes en las escenas de lucha.
Hércules no es un semidiós. Todo es una argucia publicitaria para crear un mito a partir de un (con todo) impresionante mercenario (influencias también del Conan de Howard) que vendía sus servicios al mejor postor hasta que una traición (no la revelaré aquí, pero tienen relación con la aparición fugaz –y aun así excesiva por sus limitadísimas dotes interpretativas- de la exageradamente publicitada Irina Shayk, con lo que se pretende relatar una especie de caída a los infiernos y resurrección de Hércules en un camino sin retorno de redención y olvido.
Pero no nos dejemos engañar. Todo lo que pueda oler a seriedad y dramatismo termina aquí ya que en el fondo Hércules es casi una comedia de acción, con momentos francamente divertidos (generalmente relacionados con el gran Ian McShane) y donde lo que prima es la espectacularidad. Y ahí Retner se siente en sus anchas y hace suyo el carisma de  Johnson para conseguir un divertimento digno y refrescante, una apuesta palomitera plagada de diversión y buenos efectos especiales y con un aroma a serie B clásica (ahí están la Furia de Titanes original) que nada tiene que ver con los pseudopéplums modernetes que nos trataban de vender últimamente con tonterías como las de Percy Jackson o los titanes de Sam Worthington y compañía.
Johnson no vale (como se dice en un momento del film) su peso en oro, pero su carisma y simpatía lo convierten en un Hércules perfecto y eso, para una película que no aspira más que a ofrecernos un buen rato de entretenimiento, es más que suficiente.
Y como colofón, la música de Fernando Velázquez. Para qué pedir más…

miércoles, 4 de septiembre de 2013

DOLOR Y DINERO (7d10)

Daniel Lugo es un culturista convencido de que con su cuerpo perfecto debe alcanzar metas superiores en la vida que ser monitor en un gimnasio. 
Adrian Doorbal está contento con su vida, pero necesita dinero para pagarse un caro tratamiento que solucione su disfunción eréctil, provocada por el abuso de hormonas. 
Paul Doyle es un ex convicto, ex alcohólico y ex cocainómano que ha encontrada la paz en la religión hasta que en un ataque de ira está a punto de matar a un sacerdote que trata de seducirlo. Tan peculiar trio de personajes no pueden sino protagonizar un desastroso plan para conseguir dinero fácil secuestrando a un acaudalado cliente del gimnasio de origen colombiano y presionarlo para que ponga todas sus propiedades a nombre de estos. Un plan tan simple como estúpido que solo puede resultar en una película simple y estúpida si no fuese por tres detalles: Uno, el trío protagonista. Mark Wahlberg parece en estado de gracia y en su momento más álgido (desde  The Fighter no ha parado de trabajar, triunfó el año pasado con Ted y Contraband y en unos meses estrena 2 guns con Denzel Washington), Dwayne Johnson, que sólo este año ha estrenado la alabada El mensajero, G.I.Joe, la venganza, Empire State y Fast & Furious 6, y Anthony Mackie, secundario de lujo que en breve dará el salto a las superproducciones interpretando a Halcón en Capitán América: Soldado de Invierno y, posiblemente, en Los Vengadores: la Era de Ultrón, acompañados además por Ed Harris (Abyss, La Roca…), Tony Shalhoub (Men in Black 1 y 2, trilogía de Spy Kids) y Rob Corddry (al que vimos hace poco en Memorias de un zombie adolescente), aparte del breve cameo de Ken Jeong. Dos, el director, un Michael Bay en plena forma, que demuestra que hay vida más allá de Transformeres y sus superproducciones habituales, más cercano en esta ocasión a Dos policías rebeldes (con menos explosiones que en aquella). Tres, el detalle nimio poro imprescindible de que todo lo que se ve en la película es completamente real. Tanto es así que incluso llegando al clímax final aparece un rotulo en pantalla insistiendo sobre ello. Y es que la clave de la historia, lo que de verdad hace que todo funcione, es saber que este trío de idiotas (y es que no tienen otra palabra que mejor los defina) existieron realmente e hicieron lo que aquí se explica que hicieron.
A priori, nos encontramos ante una comedia policíaca, aparentemente semejante a las peripecias que por dos veces protagonizaron Will Smith y Martin Lawrence, pero es precisamente el conocimiento de que estos anormales existieron realmente que experimentamos una extraña mezcla entre lástima y desprecio ante los inicialmente timadores. No voy a desvelar ninguna de las torpezas que acometen, baste decir que el timo no sale como es previsto, provocando una secuencia de acontecimientos que culminarán evidentemente de forma desastrosa.
La acción y las risas están aseguradas, desde luego, ya que hablamos de Michael Bay, que cuando no hace basuras como Transformers demuestra ser un buen director, y el ritmo narrativo es impecable, así como su forma de mostrarnos una decadente a la par que ostentosa Miami. Se reconocen, además, sus tics más característicos, para bien o para mal, como el uso de la cámara lenta (siempre colocada en el momento adecuado), o su obsesión por las curvas exuberantes (dicen que para muestra, un botón, y qué mejor botón que Bar Paly, digna sucesora de sus últimas divas: Megan Fox y Rosie Huntington-Whiteley). Se podrían decir, pues, que Dolor y dinero es una demostración de que no siempre se necesitan grandes presupuestos para hacer grandes películas, y que Bay se maneja igual de bien, o incluso mejor, sin necesidad de juegos de pirotecnia ni grandes (y confusas) secuencias de acción trepidantes. Aquí hay puñetazos, desde luego, y tiros y violencia, pero lo verdaderamente importante son los personajes, consiguiendo entender gracias a ellos como cualquier imbécil puede sembrar el caos y acabar convertido en un asesino. Y esa es la gran virtud de la película, por encima de su intriga y su humor, la triste aceptación de la realidad, de cómo se pueden hundir varias vidas (la de los protagonistas y la de los que están a su alrededor) con asombrosa facilidad. Y es que tan reales son estos personajes que lo que les mueve (en la dirección equivocada, desde luego) no es un retorcido o ambicioso plan conspiratorio, ni fracasan por culpa de un error inesperado o con fallo de cálculo, ni tampoco están condenados por un pasado tortuoso de abusos. No, lo que mueve a estos tres tipos son simplemente una serie de malas decisiones, una inteligencia escasa y una tremenda ingenuidad. Como en la vida real. Y por eso no voy a cansarme de loar a los actores, en especial Wahlberg y Johnson, brillantes, creíbles e insufribles, capaces de reírse de sí mismos y ofrecernos posiblemente su mejor interpretación, más cuando estamos acostumbrados a verlos como tipos duros con solución para todo.
Dolor y dinero es por momentos desquiciante y divertida, pero si nos detenemos unos instantes a reflexionarla descubriremos que, lo que en verdad inspira, es lástima. Lástima ante unos tipos que, lejos de ser únicos, son un ejemplo más de los muchos desgraciados que pululan por la vida esperando torpemente su oportunidad y que protagonizan un capítulo más de la crónica negra de América que, salvo escasas excepciones, jamás serán recordados, retorciendo amargamente el concepto del sueño americano.
Y como despedida, un aplauso especial para el guionista, capaz de hacer creíble esta historia para la que las más de dos horas de metraje pasan volando gracias, entre otras cosas, a sus brillantes diálogos, que dejaran frases para la historia. “Sé lo que hago, he visto muchas películas”. “”Me llamo Daniel Lugo, y creo en el fitness”. “¿Sabes quién inventó la ensalada? Los pobres”. Y así muchas más.

Eso sí, cuando llegamos al final de la proyección y descubrimos el destino de los protas, quizá debamos meditar también sobre nosotros mismos y cómo hemos sido capaces de reírnos de sus desventuras. ¿Es, en verdad, una historia digna de risa?

martes, 11 de junio de 2013

EL MENSAJERO (5d10)

El mensajero es una de esas películas que la gente va a ver casi sin querer, impulsados por la escasez de grandes estrenos (Iron man 3 y R3sacón continúan ocupando las grandes salas en espera del siguiente pelotazo gordo: El Hombre de Acero). Con una campaña publicitaria mínima lo que más puede atraer del film -apuesto a que la mayoría de los espectadores entran en la sala sin saber siquiera de que va- es el protagonista (no es casual que sea lo único que se resalta en el poster). Partiendo pues de esta base, cuando uno se aventura a ver una película de Wayne Johnson (lo de The Rock hay que guardarlo para una mejor ocasión) puede pensar que va a ver grandes peleas, puñetazos y diversión a partes iguales. Si además está acompañado por Susan Sarandon se puede presuponer un toque de calidad y si añadimos alguna cara conocida como Jon Bernthal (el amigo,  o no, de Rick en Walking Dead), pues mejor que mejor. Así que una vez vista la peli uno no puede evitarse preguntar: ¿cómo los han engañado para hacer esta película? En el caso de Bermthal es comprensible (aún debe dar gracias por oportunidades como esta), y Sarandon imagino que estaría dispuesta a aceptar cualquier papel que le permita interpretar un poco después del empacho de azúcar que le supuso La gran boda. Y la implicación de The Rock (por otra parte productor del film) solo puede entenderse como una declaración de intenciones del actor deseoso de demostrar que es capaz de interpretar personajes más complejos que los típicos cachas pegaleches del tipo Rey Escorpión o Fast & Furious o comedias infantiles y bochornosas como aquella del hada de los dientes cuyo nombre me niego a recordar o googlear siquiera. Sin embargo, el camino elegido no es el más acertado, no ya porque su interpretación sea mala, pues cumple con corrección,  sino porque el vehículo en cuestión no tiene el motor adecuado. Johnson interpreta a John Matthews, un acaudalado empresario del sector transportista que debe infiltrarse en una banda de narcotraficantes para conseguir sacar a su hijo de la cárcel. Una historia basada en hechos reales que si bien es lo suficientemente increíble como para funcionar como película pero a la vez con el punto de verosimilitud para podérnosla creer, tiene un cierto tufillo a producción televisiva que merece que la condenen a una sesión doméstica un domingo por la tarde. Además, la película quiere tocar tantos temas que no tiene tiempo de centrarse en ninguno. Hay un apunte insuficiente sobre lo injustas que son algunas penas de cárcel en comparación con otras, se denuncia el narcotráfico pero más como excusa argumental que como crítica social, y en cuanto a las motivaciones de los personajes, si bien el caso de Matthews queda muy claro (qué no haría un padre por defender a su hijo), hay a su alrededor un montón de secundarios con gran potencial (el empleado que interpreta Bernthal y su familia, la exmujer de Matthews, de la que apenas sabemos nada, su familia actual, cuyas consecuencias por todo lo ocurrido son simplemente olvidadas). Pero todo esto podría ignorarse si no fuera por un último,  y a la postre definitivo, elemento a analizar. Me estoy refiriendo a la labor del director Ric Roman Waugh, un verdadero incompetente que filma con torpeza y total carencia rítmica. Pero no solo debo criticar su mala labor, provocada posiblemente por su falta de experiencia y por un proyecto que le viene grande, sino su falta de planificación a la hora de decidir el estilo que quiere otorgar a su obra (de la que firma también el guion). Por momentos, con una cámara temblorosa y confusa, Waugh parece querer acercarse al estilo de falso documental, pero a medida que avanza el metraje coquetea con escenas presuntamente apabullantes con coches explotando y camiones volcando que reniegan del trasfondo dramático con que comienza la cosa. Todo ello regado con planos mal elegidos, transiciones erróneas y movimientos de cámara de aficionado.


En resumen, cinta que se deja ver si se dejan las grandes aspiraciones en la puerta del cine, con estériles esfuerzos de sus intérpretes por levantar la producción, que finalmente es demasiado prometedora para la televisión pero poca cosa para la pantalla grande.

lunes, 27 de mayo de 2013

FAST & FURIOUS 6 (7d10)

Resulta curioso comentar esta película poco después de mi crítica a Scary Movie 5, ya que a priori guarda ciertas similitudes. Ambas corresponden a un número relativamente elevado dentro de una saga, cuenta con realizados últimamente dedicados casi en exclusividad a dichas sagas (Justin Lin lo único destacable fuera de Fast & Furius son un par de episodios de Community), sus guiones carecen de sentido y sus intérpretes son entre medianos y malos, y eso siendo generosos. Así pues, ¿cuál es la diferencia entre ambas obras? El despiporre. Furious 6 (este es el título que aparece en Pantalla; a estas alturas ya no estoy muy seguro de su título en España) es una montaña rusa constante, un espectáculo de acción y adrenalina que no deja en ningún momento espacio para el aburrimiento y ofrece precisamente lo que promete: acción,  persecuciones espectaculares, tiroteos, peleas y toques de humor. Perdónenme ustedes por ser tan poco académico,  pero por más vueltas que le he dado no encuentro una definición mejor que la del despiporre, desde la primera  la última escena e incluyendo la hoy en día inevitable escena postcréditos.
Si el otro día decía que me habría conformado con que los de Scary me hubiesen hecho reír alguna vez, en el caso que hoy nos ocupa la diversión es total. Se me ocurre ahora pensar en otra saga a la que también podíamos comparar: Jungla de Cristal, esa obra maestra del cine de acción mas ochentero que mantuvo el ritmo con dignidad hasta su tercera entrega y evolucionaba hasta el despiporre más delirante en La Jungla 4.0 hasta ofrecer un final triste y bochornoso (al menos por ahora) con la quinta entrega,  cuya critica tenéis por aquí. Pues bien, esta F&F6 recuerda en espíritu a esa Jungla 4.0, donde no importaba que John McCaine persiguiera un camión desde un Harrier mientras lo hiciera con estilo. Igualmente la alegre pandilla de Toretto se enfrenta a desafíos imposibles tanto de ver como de creer, como impedir que un avión militar de carga pueda despegar por el peso de unos simples coches en una pista aparentemente infinita, ser perseguidos a gran velocidad por una autopista por un tanque (con el Teide de fondo, por cierto), organizar carreras ilegales en medio de Londres (la ciudad con más cámaras de video según dicen en un momento de la película) con podiums para gogos, DJ's y coches estruendosos sin que nadie se entere, y eso por no mencionar la excesiva comprensión ante determinadas situaciones por las féminas de la película. Situaciones inverosímiles ante las que solo nos queda exclamar: ¿y qué más da? Y es que mientras disfrutamos de las más de dos horas de película lo único que podemos pensar es: quiero más. Y tened por seguro que nos lo dan.

Confieso que me acerqué a este film con cierto temor y sin haber visto las anteriores películas, por lo que no sabía si iba a poder identificarme con los personajes. Con reconocida simpleza pensaba que la cosa iba simplemente de carreras de coches y tópicos machistas, pero ya los títulos de crédito, con escenas de toda la saga, me advirtieron de que me había perdido cosas importantes,  aunque ello no era impedimento para disfrutar esta sexta entrega sin dificultad.
La excusa argumental es simple: unos terroristas están robando armas nucleares utilizando coches de gran cilindrada y el agente Hobbs pide ayuda al fugitivo Toretto con la excusa de que una ex del piloto, Letty, a la que daban por muerta, está metida en el ajo. Toretto junta a toda la panda y el espectador ya sabe que... ¡se va a liar parda!.
Una posible pega podría ser la calidad de sus actores, con un Vin Diesel inquietantemente hinchado que roza el ridículo en los momentos más dramáticos,  Wayne "the Rock" Johnson y Michelle Rodríguez haciendo de sí mismos, copiando gestos y tics que podrían pertenecer a cualquiera de sus papeles anteriores, Gina Carano que, como ya demostró en Indomable, es mejor que no pare nunca de dar leches, que es lo suyo, y unos cuantos actores de reparto que simplemente cumplen y no molestan. Y, junto a ellos, Paul Walker y Luke Evans que demuestran que son los únicos actores de verdad en la función. Y como maestro de ceremonias Justin Lin que si bien no emociona tanto  como pretende si consigue imponer un buen ritmo y dotar de gran espectacularidad a las escenas de persecuciones, precisamente lo que le echaba en falta a La Jungla: un buen día para morir.

En resumen,  acción, diversión y toques de tragedia que culminan en una escena final que avanza lo que veremos en la séptima entrega y quién se va a sumar a la fiesta. Y, creedme, volverá a ser un despiporre.

sábado, 30 de marzo de 2013

G.I.JOE, LA VENGANZA (5d10)


¿No os ha pasado alguna vez que veis un tostón de película y cuando anuncian la secuela pensáis: “peor no puede ser"? Luego la estrenan y os dais cuenta no solo de que sí podía ser peor sino que la primera no era tan mala. Eso me pasó con Furia de Titanes y me ha vuelto a suceder ahora con los soldaditos de la juguetera Hasbro. Tras revisionar en video la película de Stephen Sommers he descubierto que era mucho más entretenida de lo que pensé tras verla en cines en 2009 y que las escenas de acción tenían un ritmo mucho más trepidante y divertido que las de su secuela. Y eso que una de las cosas que más se ha publicitado de esta continuación son sus guionistas, Rhett Reese y Paul Wernick, ese dúo dinámico elevado a los altares por el libreto de Bienvenidos a Zombieland pero que aquí no hacen gala de la chispa y el ingenio que contenía aquel divertido apocalipsis zombie.
Tampoco Jon M. Chu (un tipo especializado hasta ahora en mamarrachadas tipo Step Up, Street dance y cosas así) le llega a la suela de los zapatos a Sommers, director caído en desgracia pero con las dos primeras películas de La Momia y Van Helsing (que pese a todos sus excesos a mí me sigue pareciendo una buena película) en su haber.
Quizá en lo único que gana la película es en su apartado interpretativo. Pese a echarse en falta la ausencia del gran Dennis Quaid y que la tal Adrianne Palicki no esté a la altura, no posee ni su belleza ni su carisma, de Sienna Miller, la sustitución como protagonista del papanatas Channing Tatum en favor del limitado pero siempre efectivo Dwayne Johnson y, sobretodo, la siempre celebrada presencia de Bruce Willis, con un papel más importante de lo que se podía intuir, auguran una fiesta de acción y despiporre que, si bien no, nos entretenga un buen par de horas.

Sin embargo el guion es demasiado plano incluso para tratarse de un film palomitero de acción, la prematura muerte de Duke descoloca un poco, y las secuencias de acción son muy confusas y precipitadas. Quizá demasiado lastrados por un argumento heredado de la primera película (los G.I.Joe son eliminados y los pocos supervivientes deben actuar furtivamente para desenmascarar al farsante que ha usurpado la casa blanca), se echa en falta algunos de esos gadges molones de la primera peli, como los trajes potenciadores y las motos, los nanorobots capaces de "comerse" a la torre Eiffel o el homenaje a Star Wars en plan acuático del final. Incluso el elemento dramático estaba mejor retratado. En lugar de eso nos debemos conformar con la calidad interpretativa de Jonathan Pryce (viéndolo, uno se pregunta cómo lo han engañado para hacer esta peli) y las escenas de Willis, al cual le han dado manga ancha para hacer de las suyas y emular a un McClaine mucho más McClaine que el propio McClaine de La Jungla: un buen día para morir.