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domingo, 27 de enero de 2019

FAMILIA AL INSTANTE

Dentro del género de la comedia existe una ramificación que a mi me gusta llamar “comedia de llorar”, es decir, esas historias cargadas de chistes y gracietas pero que al final rocían al espectador con una empalagosa dosis de sentimentalidad que buscan conmover más que divertir abusando, generalmente, de un buenrollismo disfrazado de falsa realidad.
Familia al instante se inspira en historias reales para adentrarse en el mundo de las familias de acogida siguiendo las peripecias de un matrimonio que, dudosos sobre si deberían tener hijos propios debido a su edad, deciden acoger a un niño, terminando con un lote conformado por tres hermanos, para descubrir que el mundo de la paternidad no es el camino de rosas que ellos imaginaban.
Más allá de ser esta una comedia sobre la paternidad, hay un momento en que deriva hacia el debate entre el conflicto entre padres (solamente madre en este caso) biológicos y padres “postizos”, algo que podría recordar, por ejemplo, a la película española Marsella, aunque mientras aquella era un drama centrado en los diferentes puntos de vista entre las dos madres, invitando a la reflexión y el debate sobre quien debe tener la custodia de un hijo, aquí el tema es una simple excusa para apretar un poco el corazoncito de los espectadores y desembocar en un final que se adivina desde el primer minuto y que redunda en la condición de comedia ligera y muy blanca que es de lo que en realidad se trata.
Teniendo claro, pues, que no estamos ante una película de gran profundidad (a habidas cuentas el director es Sean Anders, responsable de títulos como Como acabar sin tu jefe 2 y Padres por desigual y su secuela), podemos conformarnos con una comedia simpática, bienintencionada y que funciona gracias a la potenciación de la vis cómica de Mark Wahlberg (la aportación del personaje de Rose Byrne me parece lo más flojo del film) y la simpatía que puedan llegar a despertar en el espectador los tres hermanos acogidos.
Es previsible, irreal y empalagosa, pero efectiva y cumplidora con sus aspiraciones, fiel a una fórmula casi matemática de hacer cine y que con ver el tráiler ya casi es suficiente para desgranar todo lo que hay en su fondo.


Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 6 de octubre de 2018

MILLA 22

La colaboración entre el director Peter Berg y el actor Mark Wahlberg ha dado ya para cuatro películas: El último superviviente, Marea negra, Día de Patriotas y la que nos ocupa, Milla 22
Después de indagar en las tres anteriores en tres historias basadas en la realidad, Berg opta en esta ocasión para inventar un relato de tensión y derroche de adrenalina sobre un comando de tipos duros nada agradables (la antipatía que puede despertar algunos de los supuestos héroes recuerda en algo al Sabotage de David Ayer con Schwarzenegger) capitaneados por un Wahlberg con más cara de agrio de lo habitual. A su alrededor, alguna que otra cara conocida, como Lauren Cohan (Maggie en The Walking Dead), Ronda Rousey, John Malkovich (el más desaprovechado de todos) y un Iko Uwais que debe estar algo comedido para no robar todas las escenas de acción (baste con recordarlo en The Raid y su secuela).
Lo mejor de la película es su acción desenfrenada, que provoca momentos de verdadera tensión en una carrera contrarreloj con un desenlace a tiempo real y que es heredera de la última película de Richard Donner, 16 calles. Como en aquella, los protagonistas deben recorrer una distancia (las 22 millas del título) con un tipo al que deben proteger y que todo un país (de nombre indeterminado, no vayamos a ofender a alguien) quiere ver muerto.
En el lado negativo, hay que poner el escaso desarrollo de personajes, planos y arquetipos, al que unos diálogos pobres no ayudan tampoco en exceso. La trama, más allá de la idea de partida, tampoco es para tirar cohetes, siendo imposible darle muchas vueltas ni buscar segundas lecturas, ya sean sociales o políticas, aunque al menos se agradece un final que descoloca y huye de lo manido.
Así pues, Milla 22 es une espectáculo visual de acción muy bien filmada y muy trepidante, al que no hay que pedirle mucho más que las correspondientes hora y media de evasión y acción desmedida. Es una lástima que Berg, que no ha terminado de despegar en Hollywood todavía, no arriesguen un poco más. Aunque al menos ofrece algo sincero con lo que poder conformarse.

Valoración: Seis sobre diez.

miércoles, 28 de febrero de 2018

TODO EL DINERO DEL MUNDO

Poco antes de estrenarse la nueva película de Ridley Scott, con un (dicen) extraordinario Kevin Spacey lanzado a por su tercer Oscar, el escándalo Weinstein estalló, salpicando a su paso a todo aquel sobre el que había una simple sombra de sospecha. Esto arruinó la carrera comercial de muchas películas (que se lo digan a James Franco y su genial The disaster artist) y Scott, que es perro viejo (y más teniendo en cuenta que lo que había sobre Spacey era mucho más que una sospecha), decidió tomar la arriesgada decisión de eliminar la interpretación del actor y sustituirlo, ya sea digitalmente o volviendo a rodar las escenas completas, con Christopher Plummer. Esto convirtió a la película Todoel dinero del mundo en noticia (acrecentada por las supuestas diferencias salariales que cobraron Wahlberg y Williams en los re-rodajes), pero provocó también que fuese “la película en la que han borrado digitalmente a Kevin Spacey” sin que apenas se halla llegado a hablar apenas de ella desde el punto de vista artístico.
Quedando en el pozo del olvido la interpretación de Spacey, lo cierto es que el trabajo de Plummer, nominado por él al Oscar, es elogiable, y dudo que se haya perdido mucho con el cambio. Otra cosa es que el escándalo haya restado interés a la película, más allá del morboso, y se haya estrenado sin que apenas se haya hablado sobre su propio argumento.
Todo el dinero del mundo se basa en la historia real del millonario J. Paul Getty, en concreto en la época en la que uno de sus nietos fue secuestrado y por el que pedían diecisiete millones de dólares de rescate.
La película, como se avanza en su arranque, no es una historia fiel de los hechos, sino una dramatización bastante aproximada. Esto permite a Scott prescindir de diversos rasgos narrativos que hacen que la trama general quede desdibujada (un ejemplo es la visión solitaria del millonario, pese a haber tenido cinco hijos, o la desaparición de escena de John Paul Getty Jr.). Eso es porque Scott y su guionista, David Scarpa (que adapta un libro de John Pearson) están más interesados, por un lado, en narrar el drama de la madre, una excelente Michelle Williams, y su lucha contra el poder que simboliza el empresario para conseguir el dinero del rescate, y por otro en hacer una metáfora sobre la magnificencia del dinero que convierte a su poseedor en una especie de dios capaz de estar por encima del bien y del mal.
Sin conocer al detalle el suceso (que se hizo popular por la amputación de una oreja del chaval como prueba de que los secuestradores iban en serio), dudo que Getty fuese tan malévolo como se muestra en la película, ya que no es sobre su figura sobre la que pretende disparar Scott, sino sobre lo que la gente como él simboliza. Así, la película ofrece momentos memorables a partir de los duelos dialécticos entre Plummer y Williams y las “perlas de sabiduría” que el primero ofrece para inspirar a los aspirantes a millonarios. Es por eso que su retrato es de un verdadero “cabrón” de las finanzas (si me permiten la expresión), pese a que, analizada con frialdad y desde la distancia, alguna de sus frases más célebres a la par que dura (“tengo catorce nietos; si pago un rescate por uno de ellos mañana tendré catorce nietos secuestrados”) no puede estar más cargada de razón.
Alejados del análisis crítico del imperialismo económico del petrolero, la película es una muy entretenida cinta de intriga con toques dramáticos donde lo que más flojea sea, quizá, el personaje interpretado por Mark Wahlberg. Puede que la elección de casting no fuese la más adecuada, ya que no solo su personaje apenas aporta nada a la historia sino que, con la designación de semejante actor, uno cae en el engaño de esperar más acción de la que en realidad hay.
Puede que en los últimos tiempos Ridley Scott se haya acomodado demasiado a los caprichos de una industria que le exige cada vez menos (lejos quedan ya los riesgos tomados para Blade Runner o Alien, el octavo pasajero), pero lo que no se le puede negar es que a sus ochenta años sigue filmando de maravilla, moviendo la cámara con elegancia y manteniendo el ritmo de sus narraciones de forma impecable, lo cual, por sí mismo, ya justifican la existencia de esta película.
El debate sobre si se debe eliminar o no el trabajo de un artista por sus errores en su vida privada ya queda para otro momento y lugar.

Valoración: siete sobre diez.  

miércoles, 6 de diciembre de 2017

DOS PADRES POR DESIGUAL, repitiendo la fórmula original

Empezaba el 2016 con el visionado de una comedia que, sin más atractivos aparentes que su reparto (y eso que yo nunca he sido un gran defensor de Will Ferrer) resultó ser una entretenida comedia, eficaz en su planteamiento y suficientemente bien resuelta como para recordarla con agrado.
Casi dos años después de aquella Padres por desigual nos llega su inevitable secuela, estrenada un poco antes por estar ambientada en plenas fiestas navideñas, a la que hay que reconocerle, cuanto menos, que logra estar a la altura de su predecesora.
Dos padres por desigual se sitúa en la línea de las comedias navideñas que parecen escasear últimamente. Por ello no debe extrañarnos que sea una comedia blanca, lo cual es de agradecer de vez en cuando.
La premisa inicial es la misma: el conflicto entre el exmarido y la actual pareja de una mujer que deciden criar a los niños a medias, convirtiéndose así en lo que ellos llaman “copadres”. Pero, como sucediera en la saga de Los padres de ella, la mejor manera de complicar las cosas es añadir a la historia a los abuelos, naturalmente de caracteres contrapuestos.
El gran acierto del film es contar para ello con dos actores de la talla de John Lithgow y Mel Gibson. Ellos son los que hacen brillar una película que, sin ser nada del otro mundo, logra sacar unas cuantas carcajadas y se disfruta sin demasiada dificultad.
Quizá el secreto de la misma es como logra contagiar al espectador el bueno rollo que se intuye en el rodaje. Mel Gibson en concreto se lo debió pasar bomba, y así lo refleja su personajes, un republicano extremo que de burla de todo y de todos en casi cada plano.
Frente a ellos, Will Ferrer y Mark Mahlberg funcionan correctamente como enemigos íntimos orbitando alrededor de Linda Cardellini, con la modelo Alessandra Ambrosio y el luchador John Cena como secundarios de lujo.
Tópicos navideños, amoríos adolescentes, secretos revelados y todo lo que cabría esperar de una secuela como esta, muy edulcorada y previsible pero suficientemente divertida como para merecer ser vista como aperitivo navideño.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 7 de agosto de 2017

TRANSFORMERS, EL ÚLTIMO CABALLERO. Tan ridícula y cansina como cabría esperar.

Hace ya tiempo que se intuye que la saga de Transformers está agotada. A mi personalmente ya no me entusiasmó la primera, aunque al menos era un entretenimiento digno, pero desde entonces la cosa ha ido a peor, pareciendo que se tocaba fondo con esa locura que era Transformers: La era de la extinción.
Sin embargo, con Transformers: El último caballero, Michael Bay ha conseguido superarse a sí mismo y rellenar dos horas y media de explosiones, persecuciones, chistes malos, chicas escotadas y más explosiones. Todo ello, en medio del sinsentido más absoluto.
Parece, en su arranque, que esta vez se pretende contar una historia de verdad, con sus subtramas y todo. Hay traiciones, hay un héroe caído en busca de redención y hay mitología artúrica. ¿Qué podría salir mal? Pues, sinceramente, no lo sé. Es tan extasiantemente aburrida e incoherente que el verdadero mérito es conseguir no quedarse dormido viéndola, una vez el cerebro se acostumbra a los ruidos y la música alta.
No pienso quitarle méritos a Bay, pues como director sigue siendo uno de los grandes y eso se nota. La cuidada puesta en escena le permite hacer planos de verdadero lucimiento y la factura del film es impecable, así como el esfuerzo de alguno de sus protagonistas, en concreto Mark Wahlberg, que al menos aporta carisma, y Anthony Hopkins, que se lo toma más en serio de lo que cabría suponer.
Tras los acontecimientos de las anteriores películas (que no voy a resumir aquí porque las olvidé apenas finalizaron), el gobierno ha declarado la guerra a todos los Transformers, incapaz de saber distinguir entre los buenos y los malos. ¿Un apunte en contra de la discriminación selectiva y el gobierno totalitario de Trump? Si es así, se esfuma rápido.
Se nos cuenta, además, que los Transformers han estado en la Tierra desde siempre, siendo admirados por Shakespeare y habiendo, incluso, provocado la muerte de Hitler. Un desparrame que podría haber propiciado una buena comedia si Bay estuviese más dispuesto a reírse de sí mismo. Pero no. Aún con mucho humor (del malo), la película busca la épica y la grandeza, resultando por ello ridícula y con una sensación de que seguimos viendo lo mismo después de más de diez horas de aventurillas entre Decepticons y Autobots (o algo así). Dicen los que buscan algo de consuelo que la media hora final es muy emocionante y visualmente brutal, pero tras dos horas del vacío más absoluto llegué a esa parte tan sumamente agotado que ya me daba igual todo, no pudiendo disfrutar de lo que Bay me pudiera ofrecer.
Por en medio, las peores y más terribles gracietas que he visto nunca, el machismo retrogrado de siempre (sí, la protagonista tiene varios doctorados, pero en la propia peli señalan el hecho de que viste como una stripper), y el descaro de apuntarse a la moda de las heroínas juveniles con un personaje que arece fotocopiado de la Rey de Star Wars.
Claro que se podría decir que cuando algo funciona, ¿para qué cambiarlo? Y si la nefasta cuarta entrega arrasó en taquilla… Para bien o para mal los resultados de esta tontada artúrica (que dará mucho dinero, eso que nadie lo dude) han evidenciado un bajón importante. A ver si eso frena esa oleada infinita de secuelas, precuelas y spin off que se nos venía encima, aunque el final de esta ya augura más continuaciones. O, al menos, que Bay descanse un poco y deje el asunto en manos de otro capaz de innovar.
Pero, no sé porqué, me temo que todo va a seguir igual. Seguiremos bostezando…

Valoración: cuatro sobre diez.

sábado, 15 de julio de 2017

DÍA DE PATRIOTAS, dolorosa pero emotiva realidad

Después de El único superviviente y Marea negra, Día de patriotas es la tercera colaboración entre el actor reconvertido en director Peter Berg y Mark Wahlberg, basada, de nuevo, en un episodio real de la historia americana reciente.
Resulta curioso como las noticias que se nos antojan lejanas pueden caer fácilmente en el olvido. Seguramente todo el mundo recuerda los atentados en Boston, junto en la línea de meta de su popular maratón, pero sin duda serán solo unos pocos los que tengan conocimiento del acoso y derribo que sufrieron los terroristas hasta ser localizados y neutralizados, llegando a paralizarse todos los medios de transporte de la ciudad e indicando a los ciudadanos que permanezcan encerrados en sus casas hasta detener a los terroristas.
Aunque Tommy Saunders, el policía al que interpreta Wahlberg, es una invención resultante de unir detalles de varios agentes, todos los demás protagonistas de la historia son reales, así como muchas de las imágenes de archivo que Berg intercala con la ficción, dando una mayor sensación de realismo a la par que angustia.
Con el handycap de que la (supuesta) escena más espectacular (la del atentado) se produce al inicio del film, Berg sabe mantener la intensidad y la emoción durante las dos horas y cuarto que dura la película que, contra todo pronóstico, no se hacen nada excesivas. Para ello, Berg presenta a los protagonistas, víctimas, policías y terroristas, con breves pero firmes pinceladas, casi al estilo de las películas corales de catástrofes (ese ritmo de pelo de catástrofes ya lo tenía también en Marea negra), ayudando así a implicarse emocionalmente al espectador y sufrir tanto como los propios protagonistas.
Más allá del buen hacer de Berg y del brillante elenco reunido (junto a Wahlberg se encuentran también Kevin Bacon, John Goodman, Michelle Monaghan o J.K. Simmons), la película se nutre de ese dolor que le supone el ser un hecho real, un acto de violencia tan gratuito e injustificado y perpetrado, además, por dos tipos tan absolutamente imbéciles (insisto en el hecho de que es una historia real, de no ser así casi parecerían bufones) que provoca más miedo incluso que cuando los villanos son los clásicos asesinos fríos y calculadores.
Cierto es que en algunos momentos Berg, que ha contado también con la participación de supervivientes reales del atentado, busca provocar la sensibilidad del espectador con escenas de lágrima fácil y emoción desatada, y que el final puede atufarles a algunos de patriotismo propagandístico (aunque, si como se dice, fue así realmente, yo lo compro). Sin embargo, es justo señalar que toda esa exaltación patriótica no se realiza, por una vez, en nombre de los grandes y solidarios Estados unidos, sino que es de la unión entre los ciudadanos de Boston y su policía de lo que se presume. Y viendo cómo reaccionó Nueva York tras el 11S, no me cabe le menor duda de que fue así.
Esta es, quizá, la mejor lección que nos ofrece una película que, de otra manera, podría provocar miedo por lo indefensos que estamos ante la locura de unos pocos: que en casos de necesidad el ser humano sí es, pese a todo, solidario. Solo con ese consuelo podemos seguir siendo capaces de enfrentarnos al terror.

Valoración: Siete sobre diez

sábado, 26 de noviembre de 2016

MAREA NEGRA, trágica realidad

En muchas ocasiones, por desgracia en demasiadas, la realidad supera a la ficción. Este es más o menos el caso de Marea Negra, la última película de Peter Berg, que describe el desastre ecológico más importante hasta la fecha en la historia de los Estados Unidos.
Diseñada como si de un film fantástico de catástrofes al uso se tratase, Berg sabe medir con temple el ritmo de la historia presentando con calma a los personajes que a la postre van a ser los héroes de la historia sin que ello signifique enfrentarnos a una mitad inicial aburrida. Al contrario, la sensación de amenaza latente que esos planos marinos producen hacen que el interés por los protagonistas (a los cuales tampoco vamos a conocer más de lo necesario, ni falta que hace) sea suficiente justificación para esperar con ansia y temor la catástrofe que está punto de suceder.
Marea Negra describe con impactante eficacia el incidente que tuvo lugar en 2010 en la torre petrolífera DeepWater Horizon, que provocó diversas muertes (no entraré en detalle para no caer en el spoiler, aunque hay que recordar que se trata de un caso real) y un catastrófico vertido de en el golfo de México durante más de ochenta días. No es, como pudiera parecer, un film de denuncia contra las petroleras en general (de hecho, la despedida de “tierra firme” se produce con una serie de imágenes que recuerdan lo fundamental que es el fuel para nuestras vidas a día de hoy), sino más bien contra la avaricia individual, donde los intereses de unos pocos invitan a tomar riesgos aun a costa de unos muchos.
Pese a todo, la denuncia simplemente está ahí, de telón de fondo, dejando que el protagonismo se lo lleve la acción y la espectacularidad de las escenas de explosiones y derrumbes, demostrando que Berg es un virtuoso con la cámara y donde, como ya hiciera en El único superviviente, juegue tanto con la imagen como con el sonido, creando una atmósfera opresiva y angustiante que puede recordar en ciertos momentos al Titanic de James Cameron.
Esta es, como la reciente Sully, una película que mantiene sus influencias post 11S, lo cual hace que la presencia rápida y eficaz de los equipos de rescate queden bien retratados. Pero, por encima de todo, es una película de héroes, de tipos corrientes, con sus familias y sus temores, que luchan por la supervivencia así como por la de los demás. Y para un personaje como este, el héroe corriente, nadie mejor que Mark  Wahlberg, que ya ha interpretado personajes similares en títulos como Transformerso El Incidente, y buen amigo del director, con quien ya colaboró en El único superviviente y con quien repetirá en breve en Día de Patriotas. Junto a él, la magnífica veteranía de un grande, Kurt Russell, que tras el aparente retorno a la popularidad que le supuso Los odiosos ocho parece dispuesto a vivir una segunda juventud hollywoodiana y el también inmenso John Malkovich, trío de auténtico lujo a los que acompañan Kate Hudson (curiosamente hijastra de Russell en la vida real), Gina Rodríguez, Dylan O’Brien y Brad Leland entre otros.
Trepidante película que da forma a un auténtico infierno donde quizá no se señala lo suficiente a los malos de la película (la empresa BP tuvo que pagar una de las multas más altas de la historia por lo sucedido) y que sirve como bonito homenaje a los que allí perdieron la vida, más allá de si la historia de los supervivientes refleja al detalle la realidad de lo que sucedió o es una adaptación demasiado libre.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 3 de enero de 2016

PADRES POR DESIGUAL: La paternidad tiene un precio.

No lo voy a negar. Me acerqué a ver esta película (la primera del año, además) con cierta desgana. Me esperaba la típica tontería sin gracia propia de todas las películas de Will Ferrer, uno de los actores de comedia más sobrevalorados que pueden haber.
Y al final, sin encontrarme tampoco con una gran película, debo reconocer que me hizo pasar un rato francamente divertido.
Padres por desigual es una tremenda tontería, de acuerdo, y arranca de forma tópica y torpe. Pero a medida que avanza el metraje y lo personajes van definiéndose la cosa empieza a tomar velocidad, consiguiendo un resultado final al menos agradable y que deja un buen sabor de boca.
Padres por desigual cuenta como Brad (Will Ferrer), un hombre que siempre ha deseado tener su propia familia, está casado con Sara y trata de ganarse el afecto de los dos niños que esta tiene de un matrimonio anterior. Y cuando parece que está a punto de conseguirlo aparece el padre perdido, Dusty (Mark Wahlberg), un tipo duro, rebelde y mucho más “molón” que él que pondrá su vidas patas arriba.
Más allá de las esperadas confrontaciones entre los dos padres, enemigos íntimos por naturaleza, la película consigue ser una reflexión sobre la responsabilidad y la paternidad sin edulcorar demasiado la trama, con chistes bastante bien conseguidos y sin caer en exceso en el ridículo, consiguiendo además que secundarios al principio molestos como el jefe de Brad (Thomas Haden Church) o un operario negro que se convierte de manera casi impuesta en miembro de la familia (Hannibal Buress) terminen encontrando también su camino y participar en la gran broma que supone este duelo desigual entre Ferrer y Wahlberg, donde el surrealismo que impregna de “molonidad” al protagonista de Transformers consigue las cotas más hilarantes que permiten que lo que podría caer en la comedia melodramática y edulcorada sea suficientemente gamberra y macarra para conseguir funcionar.
No espero que sea la comedia del año, pero al menos me ha resultado una agradable manera de comenzarlo.

Puntuación:  6 sobre 10.

sábado, 1 de agosto de 2015

TED 2 (5d10)

Nada nuevo bajo el sol. Esa es la mejor manera de definir esta secuela que sigue los pasos de su antecesora hasta límites exagerados. Si Ted comenzaba con el personaje de Mark Wahlberg siendo niño y recibiendo a su osito Ted y terminaba con Ted y su novia Vane casándose en una boda oficializada por Sam J. Jones, esta comienza precisamente por la boda y termina con un niño recibiendo n nuevo osito.  Todo lo contrario. Pero todo igual.
Con el cambio obligado de Mila Kunis (su embarazo coincidió con las fechas de rodaje) por Amanda Seyfried en un nuevo personaje, Ted 2 narra cómo el gobierno descubre la existencia de Ted, considerando que es un simple juguete y que por lo tanto no merece el reconocimiento de ser humano, así como los derechos y obligaciones propios del mismo. Es entonces cuando Ted, su fiel amigo John y la joven e inexperta abogada Samantha harán todo lo posible por demostrar en los tribunales que Ted es un ser humano.
Con toda la escatología y mala leche habitual en los guiones de Seth MacFarlane, Ted 2 busca la provocación fácil sin apenas conseguirlo. Dicho vulgarmente, está ya todo el pescado vendido y ver a Mark Wahlberg empapado en semen de donantes desconocidos puede provocar más o menos gracia, pero a estas alturas ya no escandaliza a nadie.
Mil maneras de morder el polvo fue un merecido fracaso en la trayectoria de este director, pero al menos en aquella se intuía un deje de ambición de la que carece Ted 2, que más bien parece un simple intento de exprimir una franquicia que nunca debió ser tal. Si la divertida, gamberra y un punto original Ted hubiese sido única en su especie podría haber llegado a convertirse en título de culto para futuras generaciones, pero cuando su primera secuela muestra ya claros síntomas de agotamiento la cosa pinta francamente mal.
Ted 2 se beneficia, sin embargo, del exceso de chistes, resultando imposible no desternillarse con alguno de ellos. Si sólo pretendemos reírnos, la película lo consigue en diversos momentos, demostrando que el bueno de Mark es un buen actor de comedia, capaz incluso de demostrar una buena química con un oso de peluche aunque su feeling con Amanda Seyfried no es tan redondo como el que tenía con Mila Kunis. La película está plagada de grandes aciertos y situaciones tronchantes (hay que tener muy mala baba para comparar a la Seyfried con Gollum, un chiste que sin duda perseguirá a la actriz de por vida) tanto como de momentos soporíferos, sobre todo cuando pretende tomarse demasiado en serio a sí misma y trata de convertir esta simple gamberrada en un alegato en favor de las minorías y señalando con el dedo a la hipocresía de la sociedad americana, insinuando que el país de la libertad y la igualdad es poco más que un mito. En ese respecto, me pregunto qué pinta en esta historia Morgan Freeman (aparte de cobrar un buen cheque) y su discursito sentimentaloide. Aquí se demuestra una de las grandes carencias de MacFarlaine como director, su falta de sentido del ritmo, capaz de hacer que una película decaiga en un segundo y costándole una barbaridad remontar el vuelo humorístico. El cómico, niño mimado televisivo pero que, más allá del éxito económico de su primer Ted, aún tiene mucho que demostrar en cine, se recrea en todas sus filias y fobias, como si la película estuviese pensada casi exclusivamente para sus seguidores más acérrimos. Si bien todos podemos aplaudir su gusto por el musical (hermosa escena de créditos iniciales o sutil pero divertido el montaje musical en la biblioteca), tanto chiste sobre gays o alrededor de las drogas apenas ofrece algo interesante a la historia, más allá de condenarla a una rutina monótona e insípida.
En fin, película con grandes altibajos, capaz de hacernos aplaudir el “homenaje” a Parque Jurásico como abochornarnos con la insistencia en recurrir a Sam J. Jones (la gracia de ver a Flash Gordon terminó a mediados del primer Ted) como cameo principal, aunque hay muchos más (menudo veranito de cameos llevamos), desaprovechando a mi entender las múltiples posibilidades que le ofrecía la ComicCon de Nueva York como escenario final (¿soy el único que estaba esperando algún chiste entre Mark Wahlberg y los Transformers?).
Se puede pasar el rato viéndola, pero poco más. Y su arranque en la taquilla americana parece decir lo mismo. Habrá que ver si la broma/amenaza de Wahlberg en El Séquito sobre una tercera parte llega a buen puerto.

sábado, 3 de enero de 2015

EL JUGADOR (2015) (6d10)

En 1974 James Caan protagonizó la película El jugador (The gambler) sobre un profesor de literatura adicto al juego. La actual película de Rupert Wyatt (director de El origen del Planeta de los Simios) es un remake de aquella (de ahí que en el título en español se haya añadido el año: con lo que les gusta lo de traducir mal los títulos y aquí no han sido capaces de buscar una fórmula un poco más original…) pero con sutiles diferencias.
La obra de Karel Reisz nació con la sana intención de ser una especie de documental que en su paso a largometraje se convirtió en una metáfora de la época crítica y decadente en la que estaba sumergida por aquel entonces los Estados Unidos. El descenso a los infiernos de Caan era el descenso de todo un país, de una sociedad demasiado acostumbrada a caminar en el alambre, a vivir al límite sin pararse a pensar en las consecuencias.
Wyatt no ha pretendido ir tan lejos, desdibujando incluso a la ciudad de Los Angeles que un borroso telón de fondo por el que corretea el protagonista Jim Bennet (en esta ocasión interpretado por Mark Wahlberg), un profesor de literatura con alguna novela de éxito en su haber y de ascendencia acomodada que podría tenerlo todo en la vida si no fuera por su adicción al riesgo (más que al juego). Bennett contrae deudas con los tipos más peligrosos del circuito, pero la única respuesta que halla para salir del agujero es apostando todavía más, entrando voluntariamente en una espiral de autodestrucción suicida que lo alejará de todo y de todos.
Wyatt no arriesga tanto como hiciera su colega también británico hace ya treinta años, rehuyendo del retrato frío y acusador de las salas de juego y casinos como simples mercantes de almas. Aquí no son los locales de dudosa legalidad los malos de la película, ni los abusivos prestamistas que se aprovechan de las debilidades de su cliente. Aquí la víctima y el villano son la misma persona, un Bennett de atractivo magnetismo en algunos momentos y despreciable indiferencia en otros, en una interpretación algo más esforzada de lo habitual tratándose de Wahlberg, que logra encontrar el punto justo de cinismo con que sazonar su patética conducta.
A su alrededor, orbitando a su antojo como simples marionetas, Jessica Lange, John Goorman y Michael Kenneth Williams dejan huella con su presencia imponente, mientras que la joven Brie Larson aporte el punto de candidez que invita a ver un rayo de esperanza en la oscuridad que rodea a Bennet.
Filmada con cierto deje videoclipero y dividida por una especie de capítulos correspondientes a los diez días que transcurren desde que Bennet recibe un ultimátum de sus acreedores al arranque del film, Wyatt carece de la fuerza suficiente para mantener la tensión argumental en todo momento, estando a punto de decaer la acción en varias secuencias (hay algunas escenas que invitan a pensar en un inminente clímax que luego quedan en nada), aunque el camino de incierto final que recorre el protagonista es suficientemente destructivo como mantener un cierto punto de interés que, posiblemente, se echaría al traste en segundos visionados o reflexiones más profundas.
Si la única intención de Wyatt es la de proponer un film de suspense que nos invite a pasarlo mal con las dudosas elecciones de su protagonista, la cosa le sale más o menos bien. Si a lo que aspira, sin embargo, es –como en la obra del 74- a aleccionar y retratar un mundo de caos y miseria fracasa, perdiéndose a menudo en diatribas algo pedantes del ilustrado profesor.

martes, 12 de agosto de 2014

TRANSFORMERS: LA ERA DE LA EXTINCIÓN (4d10)

Puede que sea la resaca de la crisis de los cuarenta. Puede que con la edad y tras haber visto tanto cine mis gustos estén cambiando. O puede que me haya vuelto demasiado exigente y, como alguna vez me ha acusado un amigo, vea el cine con ojos de crítico antes que como un espectador sin más. Pero juro que, después de que la anterior trilogía de Transformers no me interesara para nada, entré en la sala de cine con las expectativas en pausa y la mente en blanco dispuesto a aceptar lo que el señor Bay tuviera que ofrecerme y a tratar de disfrutar con lo que se supone será el inicio de una nueva trilogía.
Y lo cierto es que no empieza mal la cosa. Michael Bay parece recuperar el estilo visual que lo caracterizó en los albores del cambio de milenio y que parecía haber retomado en la magnífica Sudor y Dinero. Me refiero a esos planos espectaculares, cargados de épica, volteando alrededor del protagonista y con hermosos paisajes en constante movimiento de fondo. También el ritmo narrativo parece intenso, con secuencias breves pero impactantes, a modo de introducción de las diversas subtramas, arrancando con la extinción de los dinosaurios para saltar al Ártico y de ahí a Texas, casi sin respiro. No está ocurriendo casi nada, pero se palpa tensión en el ambiente y eso mola. Incluso el nuevo prota, pese al tufillo de topicazo que rezuma eso de padre viudo lidiando con su rebelde (pero atractiva, claro, que esto es Michael Bay y lo que se podría denominar como “plano de lucimiento de chica cañón” no puede faltar) hija adolescente, es ya de entrada mucho más interesante que el niñato insoportable que suponía el Sam Witwicky de la primera saga (aparte que Mark Wahlberg tiene, por lo menos, un carisma infinitamente superior al de Shia LaBeouf; como talento interpretativo van los dos más o menos igual de justitos).
La acción arranca de manera espectacular, con la ejecución de un Autobot por parte de un grupo militar respaldado por una especie de caza recompensas transformer y la aportación de actores de reconocido nivel como Stanley Tucci o Keiser Grammer. Y eso por no hablar de la impactante primera aparición de Optimus Prime, con la muerte de un supuesto protagonista que parece indicar que la cosa va en serio y que la amenaza, esta vez, sí es definitiva.  Estaba yo pegado al asiento, emocionado y planteándome si realmente Michael Bay lo había conseguido y me había atrapado con una película intensa y trepidante. No una obra maestra, por supuesto, pero tampoco es eso lo que se le pide a Transformers. Pero la cosa prometía espectáculo en estado puro.
Y entonces todo se estropea.
Voy a tratar de hacer un símil para ver si me explico mejor. Imaginaos ir a un espectáculo de circo y os entusiasmaros con la actuación de los payasos. Quizá empiecen con algún monólogo lleno de chistes, los típicos malentendidos que terminan con uno de ellos abofeteando al otro, quizá con los pantalones por los suelos, algún número acrobático con un triciclo estúpidamente pequeño y, por supuesto, el inevitable chorro de agua que surge de una margarita prendida en la solapa de uno de ellos. Y entonces llega el clásico entre los clásicos: la tarta estampada contra la cara. El público está entusiasmado, entre carcajadas y aplausos. Pero imaginaos ahora que el resto de la actuación son dos horas más (¡¡¡dos horas más!!!) de tartazos contra la cara. Nada más que eso. Pues esto mismo sucede con Transformers: La era de la extinción, que todo el interés desaparece en beneficio de una sucesión infinita de tartazos contra la cara que termina saciando y hasta aburriendo. Es como si en un momento dado el señor XXX, guionista de todo esto, hubiese descubierto que el cheque con el que le han pagado por su trabajo no tiene fondos y hubiese dejado que el libreto lo terminase la señora de la limpieza (con todos mis respetos para este sector) que en ese momento pasaba por ahí.
Todo lo que sigue es un despropósito total sin sentido del ritmo alguno, una estupidez tras otra que se limita sólo a destruir cosas y explotar coches sin un principio de continuidad que posibilite un mínimo desarrollo dramático, con personajes patéticos que caen en el ridículo (como el novio piloto ese que aún no se si es el héroe de la peli o el recurso cómico cobarde) o sacan de quicio (como la niñata hubiese continuado gritando y lloriqueando un solo minuto más yo mismo le volaba la cabeza, ¡por Dios!) y con la vergüenza ajena que provoca ver a tipos tan admirados como Tucci o Grammer haciendo el tonto de forma tan sonrojante. Y eso hablando de los momentos de acción, pues cuando se pretende hacer una pausa cómica los chistes son más estúpidos todavía y me convencen de que los actores, cuando firmaron el contrato, miraron más la cantidad que iban a cobrar que las líneas de guion que les correspondía.
No voy a profundizar en la historia (que no la hay) porque debo confesar que en cierto momento desconecté hasta el punto de no llegar a entender nada. Los robots van y vienen a su antojo, el personaje de Grammer aparece siempre en el punto del conflicto como si se teletransportara, no me enteré de porqué se origina el conflicto (de hecho, ¿cuál es el conflicto? ¿quién lucha contra quién? ¿los Autobots ayudan a los humanos o los odian? ¿acaso no se odian también entre ellos?)  y no me quedó muy claro de donde se sacan de la manga el transformer dinoraurio ni si es amigo o enemigo o ambas cosas a la vez, en uno de los momentos más esperados y que visualmente podría molar sino fuera porque desaprovechan estrepitosamente sus posibilidades.
Al final, el despiporre de acción consiguió aburrirme soberanamente y las más de dos horas y medias que dura la tontería se me antojaron como cinco, por lo menos. Y total para concluir con el mismo error de base de otras películas fallidas como El hombre de acero o Godzilla cuya pretendida carga dramática inicial se va al garete cuando se termina destruyendo ciudades enteras sin que en ningún momento tengamos la sensación de que muere nadie y el final sea bonito y feliz.
Estúpida y caótica, Michael Bay ha vuelto a tomarme el pelo con una película en la que parecía que iban a quemar las naves (se dice que es la última que Bay va a dirigir) y que al final lo único que ha conseguido quemar ha sido mi paciencia.
Aconsejable, eso sí, para echar alguna cabezadilla a salvo del agobiante calor estival. Total, es imposible perderse en el argumento porque no lo tiene…


domingo, 5 de enero de 2014

EL ÚNICO SUPERVIVIENTE (6d10)

Comienza la película y vemos a unos marines portando el cuerpo ensangrentado y maltrecho de Mark Wahlberg. Empiezan a realizarle transfusiones y operaciones y un monitor nos deja con la duda de si sus constancias vitales se recuperan o no cuando la cinta da un salto en el tiempo y vemos como empieza la acción un par de días antes, pretendiéndonos dejar en ascuas sobre el estado del pobre Mark y yo me pregunto: “Peter Berg, ¿recuerdas el nombre que le has puesto a la peli?”.
Llamándose El único superviviente no hay spoiler que valga. Es una película bélica y muere hasta el apuntador. Todos menos uno, claro está. Y esa primera escena nos quita la emoción de saber quién es porque podemos reconocer a Wahlberg, así que lo único que nos queda es saber qué ha pasado y cómo.
Con un planteamiento similar a Black Hawk, derrivado (basada en hechos reales, es la historia de un grupo de soldados que quedan abandonados en territorio hostil y deben ser rescatados), con quien comparte incluso uno de sus actores, Eris Bana, hay quien pretende ver en este film paralelismos también con Salvar al soldado Ryan, ese panfleto con una media hora inicial salvajemente apabullante y que luego se diluye sin remedio dirigida por el artista anteriormente conocido como Rey Midas de Hollywood, pero lo cierto es que lo único que comparte con el film de Spielberg es la creencia de que cuanto más sádica sea la imagen más dramática resulta la historia.
Peter Berg, un actor que acertó metiéndose a director  y que tras su debut con la gamberra y divertida Very bad thing nos ha regalado también El tesoro del Amazonas, Hancock y Battleship entre otras, apuesta aquí por un drama real que supongo que oculta un mensaje anti militar (o al menos queda muy bien decirlo en los pre-estrenos) pero se revela en realidad como una propaganda magnífica sobre lo buenos y duros que son los chicos de la armada estadounidense (en este caso le toca brillar a los SEAL).
Si somos capaces de ignorar todo esto y nos centramos en la acción pura y dura, El único superviviente es una película que funciona bien gracias, sobre todo, a la dureza de sus escenas y al magnífico sonido de la misma (somos capaces de escuchar cómo se rompe cada uno de los huesos de los protagonistas), logrando cierta empatía con los personajes e invitándonos a participar en el debate moral (que no voy a explicar aquí) que desencadena el drama. Berg se encuentra cómodo en el campo de la acción (por pastiche que fuera su Battleship pienso que le da cien patadas a los Transformers de Michael Bay al que parece imitar), mientras que los protagonistas tienen el suficiente carisma para que simpaticemos inicialmente con ellos y nos apenen sus respectivas muertes. Junto a Wahlberg y el ya mencionado Bana están Taylor Kitsch (ese guaperas que iba a ser el chico de moda en Hollywood gracias a John Carter y estuvo a punto de hundir a la Disney con esa peli –que pese a todo a mí me gustó-), Ben Foster y Emile Hirsch, que entre todos llevan a buen puerto una película con trazas de western (cambiando a los indios por talibanes) y cuyo trasfondo real permite incluso ofrecer un mensaje para explicar la diferencia entre ser afgano y ser talibán y que el tomar las decisiones correctas puede llegar a recompensarte.
Junto a esto un buen puñado de tópicos y una violencia rayando lo gore que en ocasiones puede resultar exagerada, llegando a invitar a pensar que el director no confía demasiado en sus propias artes para plasmar drama sin tener que recurrir a la sangre.

En definitiva, entretenida y emocionante. Y si a alguien le ayuda a reflexionar algo, pues mejor que mejor. Eso sí, de ahí a la obra maestra que algunos quieren ver…

miércoles, 2 de octubre de 2013

2 GUNS (6d10)

En estos tiempos de sequía imaginativa no es de extrañar que los guionistas de Hollywood anden buscando fuentes originales de donde extraer sus libretos. De un tiempo a esta parte, entre remakes, secuelas, precuelas y reboots quienes se han llevado el gato al agua son los comics, que casi están sustituyendo a las novelas o al teatro como pozo sin fondo de donde extraer ideas que plasmar en la gran pantalla.
Y aunque sea fácil pensar en superhéroes de asombrosos poderes, no solo de ellos vive el papel, y hay unas cuantas obras bastante alejadas de los tipos vestidos con mallas que están calando en el séptimo arte, pese a que muchas de ellas pasan desapercibidas para el gran público, que pueden desconocer que títulos como Camino a Perdición, Wanted o Red fueron comic antes que película.
Con esta última es con la que más podemos relacionar a 2 Guns, ya que estamos de nuevo ante una comedia de acción donde el punto fuerte es el carisma de sus actores protagonistas y las explosiones que pululan por doquier.
Partiendo de un argumento de Steven Grant (el comic no es que sea para lanzar cohetes, por cierto), la trama versa sobre dos ladrones que se unen para robar un banco donde ingresa dinero con regularidad un capo narco. Sin embargo, la sorpresa salta cuando resulta que ambos trabajan para el lado correcto de la ley (uno es de la DEA y el otro de Inteligencia Militar) sin saberlo y deben unir fuerzas cuando descubren que a quién han robado, en realidad, es a la mismísima CIA. A partir de aquí comedia, enredos, persecuciones, tiroteos e incluso un punto de erotismo (todo tiene cabida en los 109 minutos que dura) donde no está muy claro quiénes son los buenos y quiénes los malos obligando a los dos protagonistas a unir fuerzas contra, prácticamente, el mundo entero.
Heredando el estilo de Michael Bay, el actor y director Baltasar Kormákur (que ya trabajó con Mark Wahlberg en Contraband) consigue una cinta de ritmo correcto y acción frenética, muy en la línea de Dos policías rebeldes, acentuando el humor en los encontronazos de sus protagonistas y apoyándose en un buen elenco de actores, donde Wahlberg y Denzel Washington brillan con luz propia en unos papeles, dicho sea de paso, que parecen hechos a su medida ya que no les exigen demasiado esfuerzo interpretativo fuera de sus cánones habituales. Es agradable, por otro lado, recuperar a actores de la talla de Bill Paxton o Edward James Olmos, que estaban bastante perdidos últimamente, y hasta el soso de James Madsen hace un buen papel, aunque la nota negativa la pone Paula Patton, tan mona como limitada, en cuyas escenas con la ropa puesta demuestra lo mala actriz que es, por más que parece que está de moda últimamente (ya se ha confirmado su participación en la esperada Warcraft y en Misión Imposible 5).
En resumen, hora y media de diversión en una cinta que funciona a la perfección siempre que no queramos ponernos muy exigentes. No es, para nada, una renovación del género y no aporta nada original ni destacable, pero el entretenimiento está asegurado y la química entre los protagonistas funciona.

Hay una secuela del comic titulada, en un alarde de originalidad, 3 Guns. Si la taquilla lo decide, no sería de extrañar que tarde o temprano llegue su versión en pantalla grande. Esperemos a ver…

miércoles, 4 de septiembre de 2013

DOLOR Y DINERO (7d10)

Daniel Lugo es un culturista convencido de que con su cuerpo perfecto debe alcanzar metas superiores en la vida que ser monitor en un gimnasio. 
Adrian Doorbal está contento con su vida, pero necesita dinero para pagarse un caro tratamiento que solucione su disfunción eréctil, provocada por el abuso de hormonas. 
Paul Doyle es un ex convicto, ex alcohólico y ex cocainómano que ha encontrada la paz en la religión hasta que en un ataque de ira está a punto de matar a un sacerdote que trata de seducirlo. Tan peculiar trio de personajes no pueden sino protagonizar un desastroso plan para conseguir dinero fácil secuestrando a un acaudalado cliente del gimnasio de origen colombiano y presionarlo para que ponga todas sus propiedades a nombre de estos. Un plan tan simple como estúpido que solo puede resultar en una película simple y estúpida si no fuese por tres detalles: Uno, el trío protagonista. Mark Wahlberg parece en estado de gracia y en su momento más álgido (desde  The Fighter no ha parado de trabajar, triunfó el año pasado con Ted y Contraband y en unos meses estrena 2 guns con Denzel Washington), Dwayne Johnson, que sólo este año ha estrenado la alabada El mensajero, G.I.Joe, la venganza, Empire State y Fast & Furious 6, y Anthony Mackie, secundario de lujo que en breve dará el salto a las superproducciones interpretando a Halcón en Capitán América: Soldado de Invierno y, posiblemente, en Los Vengadores: la Era de Ultrón, acompañados además por Ed Harris (Abyss, La Roca…), Tony Shalhoub (Men in Black 1 y 2, trilogía de Spy Kids) y Rob Corddry (al que vimos hace poco en Memorias de un zombie adolescente), aparte del breve cameo de Ken Jeong. Dos, el director, un Michael Bay en plena forma, que demuestra que hay vida más allá de Transformeres y sus superproducciones habituales, más cercano en esta ocasión a Dos policías rebeldes (con menos explosiones que en aquella). Tres, el detalle nimio poro imprescindible de que todo lo que se ve en la película es completamente real. Tanto es así que incluso llegando al clímax final aparece un rotulo en pantalla insistiendo sobre ello. Y es que la clave de la historia, lo que de verdad hace que todo funcione, es saber que este trío de idiotas (y es que no tienen otra palabra que mejor los defina) existieron realmente e hicieron lo que aquí se explica que hicieron.
A priori, nos encontramos ante una comedia policíaca, aparentemente semejante a las peripecias que por dos veces protagonizaron Will Smith y Martin Lawrence, pero es precisamente el conocimiento de que estos anormales existieron realmente que experimentamos una extraña mezcla entre lástima y desprecio ante los inicialmente timadores. No voy a desvelar ninguna de las torpezas que acometen, baste decir que el timo no sale como es previsto, provocando una secuencia de acontecimientos que culminarán evidentemente de forma desastrosa.
La acción y las risas están aseguradas, desde luego, ya que hablamos de Michael Bay, que cuando no hace basuras como Transformers demuestra ser un buen director, y el ritmo narrativo es impecable, así como su forma de mostrarnos una decadente a la par que ostentosa Miami. Se reconocen, además, sus tics más característicos, para bien o para mal, como el uso de la cámara lenta (siempre colocada en el momento adecuado), o su obsesión por las curvas exuberantes (dicen que para muestra, un botón, y qué mejor botón que Bar Paly, digna sucesora de sus últimas divas: Megan Fox y Rosie Huntington-Whiteley). Se podrían decir, pues, que Dolor y dinero es una demostración de que no siempre se necesitan grandes presupuestos para hacer grandes películas, y que Bay se maneja igual de bien, o incluso mejor, sin necesidad de juegos de pirotecnia ni grandes (y confusas) secuencias de acción trepidantes. Aquí hay puñetazos, desde luego, y tiros y violencia, pero lo verdaderamente importante son los personajes, consiguiendo entender gracias a ellos como cualquier imbécil puede sembrar el caos y acabar convertido en un asesino. Y esa es la gran virtud de la película, por encima de su intriga y su humor, la triste aceptación de la realidad, de cómo se pueden hundir varias vidas (la de los protagonistas y la de los que están a su alrededor) con asombrosa facilidad. Y es que tan reales son estos personajes que lo que les mueve (en la dirección equivocada, desde luego) no es un retorcido o ambicioso plan conspiratorio, ni fracasan por culpa de un error inesperado o con fallo de cálculo, ni tampoco están condenados por un pasado tortuoso de abusos. No, lo que mueve a estos tres tipos son simplemente una serie de malas decisiones, una inteligencia escasa y una tremenda ingenuidad. Como en la vida real. Y por eso no voy a cansarme de loar a los actores, en especial Wahlberg y Johnson, brillantes, creíbles e insufribles, capaces de reírse de sí mismos y ofrecernos posiblemente su mejor interpretación, más cuando estamos acostumbrados a verlos como tipos duros con solución para todo.
Dolor y dinero es por momentos desquiciante y divertida, pero si nos detenemos unos instantes a reflexionarla descubriremos que, lo que en verdad inspira, es lástima. Lástima ante unos tipos que, lejos de ser únicos, son un ejemplo más de los muchos desgraciados que pululan por la vida esperando torpemente su oportunidad y que protagonizan un capítulo más de la crónica negra de América que, salvo escasas excepciones, jamás serán recordados, retorciendo amargamente el concepto del sueño americano.
Y como despedida, un aplauso especial para el guionista, capaz de hacer creíble esta historia para la que las más de dos horas de metraje pasan volando gracias, entre otras cosas, a sus brillantes diálogos, que dejaran frases para la historia. “Sé lo que hago, he visto muchas películas”. “”Me llamo Daniel Lugo, y creo en el fitness”. “¿Sabes quién inventó la ensalada? Los pobres”. Y así muchas más.

Eso sí, cuando llegamos al final de la proyección y descubrimos el destino de los protas, quizá debamos meditar también sobre nosotros mismos y cómo hemos sido capaces de reírnos de sus desventuras. ¿Es, en verdad, una historia digna de risa?

domingo, 17 de febrero de 2013

LA TRAMA (BROKEN CITY) (6d10)

Nos encontramos ante un thriller político que narra como un ex policía y ahora detective  (Mark Wahlberg) es considerado casi un héroe pese a guardar un oscuro secreto que solo parece conocer el alcalde (Rusell Crowe). No pasa nada, la buena relación es fructífera para ambos hasta que llegue el momento en que el alcalde sospeche que su mujer (Catherine Zeta-Jones) lo engaña con otro  y pretende entonces cobrarse la deuda que tenía pendiente. Hasta aquí se puede contar, ya que se trata de uno de esos argumentos que esconden sorpresas en cada curva del camino y que es mejor ir descubriendo poco a poco, aunque tampoco es que sea totalmente imposible adelantarse a algunos giros de guion.
Dirigida por Allen Hughes (que recientemente firmó El libro de Eli), la película desprende realismo en su retrato sobre la corrupción política y policial que puede recordarnos a títulos como Los amos del Brooklyn o Cuestión de honor. Con la sana intención de reflejar la desconfianza actual que hay hacia la clase política actual, la historia navega entra la intriga y el drama con acierto, apoyándose sobre todo en sus intérpretes y en especial en el duelo entre Wahlberg (que parece haberle tomado el pulso a este tipo de personajes) y Crowe.

Tiene la película un punto de aroma clásico que si bien es interesante resulta a la vez relativamente peligroso, pues quizá en caso de compararla con las obras de los ochenta de Scorsese o Coppola sea cuando se muestren sus carencias. Sin embargo, si nos olvidamos de comparaciones  nos dejamos seducir por un argumento por desgracia demasiado actual nos podremos dejar atrapar por la basura que rezuman los ayuntamientos y el descenso a los infiernos del protagonista, un hombre que lucha por ser honrado pese a tenerlo todo en contra.