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sábado, 22 de diciembre de 2018

CRÓNICAS DE NAVIDAD

Ya tenemos las navidades casi encima, y en estas fechas resulta casi inevitable encontrarse con un producto infantil que se dedique a elevar el espíritu navideño y a recordarnos que Papá Noel (o Santa Claus, cada uno a su gusto) existe, que los niños deben ser buenos y que las familias deben quererse mucho. Luego, pasado ya el año nuevo, todos podemos volver a odiarnos como si nada…
El caso es que el producto estrella de este año no se ha visto en cines, sino en (¿Cómo no?) Netflix, y ha sido bajo el título de Crónicas de Navidad.
No nos llevemos a engaño. Crónicas de Navidad es una película muy flojita, digna heredera de las tv-movies de toda la vida si no fuese por cierto elemento mágico que eleva un poco (pero no demasiado) el presupuesto y por la presencia de Kurt Russell como protagonista estelar que sin esforzarse demasiado consigue levantar la película simplemente haciendo gala de su carisma.
La historia es más o menos la de siempre. Unos hermanos que se llevan a matar entre ellos descubren que Papá Noel es real y terminan metiéndose en un lio que bien podría terminar con las navidades. Para evitarlo, deben ayudar a papa Noel a terminar de entregar sus regalos antes de que amanezca y tenga que volver a casa (sí, al parecer el guionista de esta película no sabe que hay distintos usos horarios alrededor del mundo).
El caso es que se trata de una película simpática y bienintencionada, apta para los niños que quieran seguir creyendo en la magia, pero muy justita para un público más adulto, que solo disfrutará con alguna chanza del bueno de Russell (como su ingenua forma de tratar de convencer a la gente de que él es el verdadero papa Noel) y alguna broma interna, como la inesperada presencia de Mamá Noel. Por lo demás, se podría destacar la presencia de los Elfos como un intento de clonar a los Minioms en carne y hueso, pero el presupuesto no daba para mucho y eso se nota.
En fin, una simple propuesta para poder ven en familia la tarde de Navidad en la tele sin impedir que su visionado se compatibilice con cualquier otra tarea doméstica. No hace falta mucha concentración para seguir su argumento, eso seguro.
Y sí, efectivamente, el aprobado de mi nota final se debe a la imposición de mi espíritu navideño. ¿Acaso lo dudaban?

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 30 de abril de 2017

LOS GUARDIANES DE LA GALAXIA, VOL. 2: Siguen molando...

Cuando en 2014 Marvel dio luz vede a Los Guardianes de la Galaxia todos en la compañía eran conscientes del gran riesgo que estaban corriendo al apostar por una película tan diferente de lo que hasta ese momento había ofrecido el MCU y adaptando además unos personajes tan poco reconocibles no solo para el aficionado de a pie sino incluso para el fandom más marvelita.
Sin embargo, pese a contar con un director casi de serie B y un reparto poco estelar (los dos actores más taquilleros se limitaban a poner voz a sus personajes), el film fue un gran éxito y logró expandir aún  más el universo Marvel en el cine.
Sin contar con el factor sorpresa a su favor, la esperada secuela de esa ya mítica película, que repite director y casting, podría tenerlo muy difícil para contentar a los fans. El hype generado era incontrolable y la proximidad de La guerra del Infinito hacía prever que esta película iba a ser clave para el futuro de la saga fílmica. Sin embargo, James Gunn ha demostrado que no se deja amedrantar ante nada y ha apostado por arriesgar de nuevo concibiendo una historia más alejada si cabe del resto del Universo Marvel. Si en la primera película había una presencia importante de Las Gemas del Infinito o de la amenaza latente de Thanos, en Los Guardianes de la Galáxia Vol. 2 no hay más que unas menciones casuales. Se trata esta vez de ver como los Guardines se labran su propio camino, alejados (por el momento) del resto de héroes cuya existencia ni siquiera conocen. Esta es, por tanto, una especie de película de transición, una excusa para conocer la maduración del grupo, en espera del gran acontecimiento final. Lo cual no implica, por otro lado, que sea una grandísima película.
Efectivamente, Gunn consiguió que Los Guardianes de la Galaxia fuese una magnífica carta de presentación para este improbable grupo de compañeros más que amigos para ahora, ya enamorados todos de los personajes, empezar a indagar en ellos. Así, tal y como suceda en la saga de Fast&Furious, la unión del equipo debe ser la clave para vencer a las adversidades, convirtiendo esa camaradería inicial en algo muy parecido a una familia. Pero para ello, tal y como mandan los cánones, primero deben ser separados, fragmentados para debilitarlos y poder apreciar así sus puntos flacos y temores.
Con semejante planteamiento, se puede adivinar que Los Guardianes de la Galaxia, Vol. 2 es una película más intimista y de corte personal que su predecesora. Y aunque así es, que nadie se lleve a engaño. No se ha perdido el sentido del humor. Al contrario, este se ha potenciado más aún, llegando a límites insospechados (magnífica la escena inicial en la que una gran batalla se ve apenas de pasada mientras la cámara se centra en un bebé Groot bailando) pero totalmente autoconscientes, que en manos de un director más torpe podrían haber caído el ridículo pero que aquí lo esquivan consiguiendo que todo sea una gran fiesta.
La gran baza de la película, por tanto, es la milimétrica precisión con la que Gunn sabe conjugar tres elementos de difícil encaje: el cachondeo, la sensibilidad y la épica.
Los Guardianes de la Galaxia, Vol. 2 es una película delirante tremendamente divertida, con un uso de la luz y el color casi alucinógeno, pero a la vez contiene escenas muy emocionantes y acción espectacular y, en algún momento, incluso invita a la lagrimita.
Aunque sin duda el bebé Groot será quien arrase en las jugueterías este verano, todo el reparto vuelve a estar a gran nivel, teniendo más  momentos de lucimiento debido a ese tono introspectivo que comentaba antes, y reforzando las relaciones entre ellos. Así, Gunn consigue recuperar personajes de la película anterior que de otra manera podrían haber chirriado y tiene tiempo de incluir incluso a algunos nuevos, como Mantis o Stakar Ogord.
Como acostumbra a suceder en las películas Marvel, si en algo flaquea la película es en la sensación de que se enfrenten a una verdadera amenaza, pero eso es un peaje que se paga con gusto cuando lo importante aquí es la diversión por encima de todo.
Por ello, Gunn plantea dos conflictos que a la postre importan más que el propio destino del universo (resueltos de manera dispar) como son las relaciones paternofiliares y fraternales sobre las que se asienta la parte sentimental del film, aunque haya tiempo también para indagar sobre el amor, la lealtad o la soledad.
He oído alguna queja por ahí sobre la falta de “magia” de esta secuela con respecto a la original, y aun sin compartirla del todo puedo llegar a entenderla. Tal y como sucediera con Los Vengadores y Los Vengadores: la era de Ultron, cuando la película original es casi insuperable las comparaciones resultan siempre odiosas, y ambas franquicias tienen unas características que impiden que sus secuelas busquen un rumbo nuevo a la vez que tampoco pueden limitarse a repetir los esquemas. Por eso agradezco que Gunn haya arriesgado, distanciándose del resto del MCU (qué fácil habría sido meter por aquí a Iron man, que al fin y al cabo en el comic estuvo un tiempo compartiendo aventuras con los Guardianes) y buscando una conexión casi literal con el papel (no imaginé que tendría la osadía de ofrecer una imagen del auténtico Ego), regalando al fan algún que otro cameo que puede quedar como un simple chiste o abrir las puertas a lo que nos espera en una futura película.
Lo que sí que no ha cambiado son las referencias ochenteras (David Hasselford incluido), la impresionante banda sonora (que en esta ocasión funciona como perfecto acompañamiento al guion), el derroche de imaginería y las interpretaciones cargadas de carisma, con la incorporación de un Kurt Russell que, aparte de demostrar que en eso de la rejuveneción facial Marvel está un peldaño por encima de sus competidoras (y se está convirtiendo, después del Michael Douglas de Ant man y el Robert Downey Jr. de Civil War, en una marca de la casa), se permite un homenaje a su amigo John Carpenter con un arranque que recuerda, y mucho, a Starman.
En definitiva, un gran espectáculo que invita a disfrutar y nada más que disfrutar. Ya lo dicen en la propia película: “Hay dos tipos de personas: los que bailan y os que no”. Pero sea del tipo que sea cada uno, esta película le va a gustar.

Valoración: Ocho sobre diez.

sábado, 15 de abril de 2017

FAST & FURIOUS 8: Rizando el rizo a lo grande.

Normalmente cuando una franquicia es capaz de alcanzar su octava entrega se le puede suponer ciertos síntomas de cansancio y abuso de repetir continuamente la misma fórmula, normalmente agotada. Lo lógico es que eso ocurra incluso mucho antes, como lo demuestran sagas tipo Rambo, Rocky o Bourne, y cuya única excepción que me viene ahora mismo a la mente es Misión Imposible.
En el caso de Fast & Furious es justamente lo contrario: cada entrega aspira (y normalmente lo consigue) a superar a la anterior. Aparentemente condenada a la extinción tras sus tres primeras secuelas (en la última de las cuales tuvieron que recuperar al “difunto” Vin Diesel para tratar de salvar las naves, tal y como han intentado, sin demasiado acierto, hacer también en la mediocre xXx), la saga supo reinventarse tras el quinto episodio, casualmente con la entrada de Dwayne Johnson en el equipo, haciendo que las carreras de coches sean más una marca de la casa a las que se le buscaba cualquier excusa para colar una escenita de coches tuneados rugiendo, chicas de shorts imposibles y música de hip hop que como verdadero motor de la acción. Justin Lin supo convertir una franquicia aparentemente agotada en un espectáculo tan argumentalmente ridículo como aparatosamente divertido, y anulando todo signo de verosimilitud en favor del más difícil todavía sus películas conformaban todo un cúmulo de escenas imposibles de las que era imposible no disfrutar.
James Wan tomó el relevo en Furious 7 y la taquilla rompió récords, tristemente ayudada por el fallecimiento de Paul Walker, y el nuevo cambio de cromos en la silla de director, ocupada ahora por F. Gary Gray sin que el estilo se haya resentido lo más mínimo. Tan asentado está el aspecto visual de la saga que con Gray (que curiosamente ya había dirigido a Diesel en Diablo, a Theron y Stathan en The italian job y a Johnson en Be cool) apenas se ha apreciado cambio alguno desde la mencionada quinta entrega.
La gran duda en Fast & Furious 8estaba en ver como sobrevivía la película a la ausencia de Paul Walker. Su personaje formaba una “extraña pareja” con el de Vin Diesel y se hacía difícil que el hinchado actor pudiese sobrellevar por sí solo el peso de la acción. Y si bien es cierto que la trama argumental se centra sobre todo en su figura, podría ser esta la película en la que menos minutos de metraje ocupa, mientras que sus limitaciones actorales son suplidas con creces por la otra “extraña pareja” que forman Dwayne Johnson y Jason Stathan, dos tipos que se comen la pantalla cada vez que aparecen en ella.
La trama casi es lo de menos. Con el tema de la familia de nuevo como estribillo machacón, la cosa va de una supervillana que quiere controlar el mundo mediante hackeos informáticos o algo así. La verdad, es lo que menos importa. Lo verdaderamente importante aquí es conseguir escenas antológicas, momentos de adrenalina pura que ahora mismo parecen imposibles de superar en futuras entregas si no fuese porque en las anteriores ya había pensado eso mismo. Las escenas de la bola de demolición, los “coches zombies” o todo lo relacionado con el submarino son apabullantes, y el único pero está en que parte de la sorpresa se ha estropeado por culpa de un tráiler que mostraba demasiado.
El verdadero éxito de la serie, aparte de la espectacularidad, está en el carisma que desprenden sus personajes. Y para ello resulta imprescindible contar con una retahíla de actores que quitan el hipo. Pese a las bajas que ha ido sufriendo el equipo a lo largo de las ocho películas, las incorporaciones no han sido moco de pavo, y aquí la cosa ronda el imposible. Kurt Russell repite y parece que lo hace para quedarse, todo indica que Scott Eastwood va a ser la nueva incorporación a la familia y Charlize Theron logra componer una villana de altura, un personaje que en manos de cualquier otra actriz podría haber caído en el ridículo. Se suele decir que en el cine de principios de siglo hay carencia de buenos villanos (y las pelis Marvel o DC son un buen ejemplo de ello, Loki aparte), pero la mezcla de cinismo, demagogia y maldad con que impregna Theron a su personaje la hacen destacar por encima de todo.
Y eso sin contar con alguna otra sorpresa actoral que prefiero reservarme.
Fast & Furious 8 está a la altura (si no por encima) de las anteriores, siendo un espectáculo visual, una descarga de diversión con toques muy acertados de humor y las clásicas gotitas de trascendentalismo dramático. Una delicia donde todo vale y donde nada se puede analizar con demasiada seriedad. Estamos en una fiesta, y lo único que importa es pasárselo en grande. Y de nuevo lo consiguen.
Además, hay un nuevo homenaje para Paul Walker, los cuales nunca serán suficientes.
Ya estoy deseando que empiecen a haber noticias sobre la novena entrega. Yo, desde luego, no me la perderé.

Valoración: Ocho sobre diez.


sábado, 26 de noviembre de 2016

MAREA NEGRA, trágica realidad

En muchas ocasiones, por desgracia en demasiadas, la realidad supera a la ficción. Este es más o menos el caso de Marea Negra, la última película de Peter Berg, que describe el desastre ecológico más importante hasta la fecha en la historia de los Estados Unidos.
Diseñada como si de un film fantástico de catástrofes al uso se tratase, Berg sabe medir con temple el ritmo de la historia presentando con calma a los personajes que a la postre van a ser los héroes de la historia sin que ello signifique enfrentarnos a una mitad inicial aburrida. Al contrario, la sensación de amenaza latente que esos planos marinos producen hacen que el interés por los protagonistas (a los cuales tampoco vamos a conocer más de lo necesario, ni falta que hace) sea suficiente justificación para esperar con ansia y temor la catástrofe que está punto de suceder.
Marea Negra describe con impactante eficacia el incidente que tuvo lugar en 2010 en la torre petrolífera DeepWater Horizon, que provocó diversas muertes (no entraré en detalle para no caer en el spoiler, aunque hay que recordar que se trata de un caso real) y un catastrófico vertido de en el golfo de México durante más de ochenta días. No es, como pudiera parecer, un film de denuncia contra las petroleras en general (de hecho, la despedida de “tierra firme” se produce con una serie de imágenes que recuerdan lo fundamental que es el fuel para nuestras vidas a día de hoy), sino más bien contra la avaricia individual, donde los intereses de unos pocos invitan a tomar riesgos aun a costa de unos muchos.
Pese a todo, la denuncia simplemente está ahí, de telón de fondo, dejando que el protagonismo se lo lleve la acción y la espectacularidad de las escenas de explosiones y derrumbes, demostrando que Berg es un virtuoso con la cámara y donde, como ya hiciera en El único superviviente, juegue tanto con la imagen como con el sonido, creando una atmósfera opresiva y angustiante que puede recordar en ciertos momentos al Titanic de James Cameron.
Esta es, como la reciente Sully, una película que mantiene sus influencias post 11S, lo cual hace que la presencia rápida y eficaz de los equipos de rescate queden bien retratados. Pero, por encima de todo, es una película de héroes, de tipos corrientes, con sus familias y sus temores, que luchan por la supervivencia así como por la de los demás. Y para un personaje como este, el héroe corriente, nadie mejor que Mark  Wahlberg, que ya ha interpretado personajes similares en títulos como Transformerso El Incidente, y buen amigo del director, con quien ya colaboró en El único superviviente y con quien repetirá en breve en Día de Patriotas. Junto a él, la magnífica veteranía de un grande, Kurt Russell, que tras el aparente retorno a la popularidad que le supuso Los odiosos ocho parece dispuesto a vivir una segunda juventud hollywoodiana y el también inmenso John Malkovich, trío de auténtico lujo a los que acompañan Kate Hudson (curiosamente hijastra de Russell en la vida real), Gina Rodríguez, Dylan O’Brien y Brad Leland entre otros.
Trepidante película que da forma a un auténtico infierno donde quizá no se señala lo suficiente a los malos de la película (la empresa BP tuvo que pagar una de las multas más altas de la historia por lo sucedido) y que sirve como bonito homenaje a los que allí perdieron la vida, más allá de si la historia de los supervivientes refleja al detalle la realidad de lo que sucedió o es una adaptación demasiado libre.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 17 de enero de 2016

LOS ODIOSOS OCHO: la cara más salvaje del salvaje oeste.

La nueva película de Tarantino (que en un ejercicio de egocentrismo propio del autor es destacada tanto en cartel como en los créditos como la octava de su carrera) ha sido definido como un cruce entre la Reservoir Dogs con la que debutó y las novelas de Agatha Christie, donde varios personajes permanecen encerrados en un mismo lugar sospechando unos de otros ante una amenaza desconocida.
Tarantino es conocido por haber visto mucho cine y saber homenajear en sus películas (algunos lo llaman plagiar) extractos de su amplia cinefilia, aunque en Los odiosos ocho se puede apreciar un notable ejercicio de onanismo cuando las referencias más reconocibles nacen de su propia filmografía. Tarantino continúa anclado en el oeste americano como si esta fuese una extensión de su anterior Django desencadenado para proponernos una historia repleta de violencia y seres despreciables cuya inevitable orgía de sangre se cuece a fuego lento, permitiéndonos conocer mejor a los personajes e invitándonos a ser partícipes en las mentiras que se ocultan (o no) bajo sus identidades.
En este sentido, el realizados ha demostrado haber aprendido de sus errores, evitando los momentos de insoportable lentitud que lastraban a sus Malditos bastardos y logrando un clímax frenético pero no tan alargado ni desmedido como el de Django desencadenado. Además, como en Pulp Fiction, se atreve a jugar con los lenguajes cinematográficos, dividiendo la obra en capítulos, dando algún que otro salto en el tiempo y llegando incluso (en la versión ampliada solo disponible en cines que ofrezcan la película en sus 70 mm originales) a introducir un intermedio tras el cual un narrador hasta el momento inexistente hace acto de presencia (el propio Tarantino en la versión original) para resumir la trama.
Sin embargo, por más que Tarantino haya demostrado lo mucho que ha aprendido en sus veintitantos años de carrera, esta no es una película perfecta. Posiblemente no sea ni siquiera su mejor película. Resultando a nivel global una historia muy entretenida que consigue que las más de dos horas y media de duración pasen en un suspiro, tiene demasiadas irregularidades para aplaudirla como podría merecer. Y curiosamente es el guion una de sus principales debilidades.
Quizá todo se deba a que tras el impacto que supuso su aparición en Hollywood con Reservoir dogs y Pulp Fiction el estilo Tarantino ha sido tan copiado (muchas veces bajo su propio amparo como productor) y mancillado que la capacidad de sorpresa se ha visto muy reducida. Así, los diálogos que estos ocho tipejos mantienen entre ellos no tienen todo el jugo que se esperaba del realizador de Knoxville, más cuando tenemos en cuenta que gran parte de la obra tiene un cáliz teatral propicio para esos diálogos. No termina resultando tan divertida (dentro de su horror) como Django desencadenado mientras que los excesos de violencia y sangre a borbotones tampoco son capaces de impactar como en sus primeras obras. El estómago del espectador se ha acostumbrado ya al estilo Tarantino como para que este sea capaz de seguir revolviéndolo.
En lo que sí que no ha perdido fuerza el autor es en sacar el máximo provecho de sus actores. Kurt Russell (que desde que hiciera La cosa ya sabe bastante sobre ambientes claustrofóbicos y de desconfianza en los demás) está a un gran nivel, recordándonos lo mucho que echamos en falta a un gran actor acostumbrado a prodigarse poco en papeles protagonistas. Samuel L. Jackson hace lo que hace siempre, pero lo sigue haciendo muy bien, con esas peroratas tan propias de Jules Winnfield. Y Walton Goggins es posiblemente de lo mejor de la función. Aunque nada hay que decir, desde luego, de Demián Bichir, Tim Roth (en un personaje claramente pensado para Christoph Waltz), Bruce Dern, Channing Tatum o, quizá el más desaprovechado, Michael Madsen. Solo me rechina un poco alguna interpretación intencionadamente “graciosa” y pizpireta como la de Zoë Bell o Dana Gourrier. Aunque quien de verdad se merienda a todos en la película, verdadero eje argumental y centro de todos los focos del escenario, es Jennifer Jason Leigh, esa prometedora actriz casi omnipresente en los noventa y que estaba casi olvidada hasta que Tarantino, como viene siendo habitual en él, la ha sacado del ostracismo y le ha regalado un personaje intenso y odioso que ella hace suyo con un poderío asombroso.
Lástima que al final, tras tanta teatralidad y tantas sospechas cruzadas, la historia quede en nada. Un giro argumental algo forzado y muy tramposo nos impide disfrutar del prometido juego de los Diez negritos y la historia pierde su gracia en un devenir de acontecimientos que, más allá de la pericia narrativa esperada, se limita a llevar el curso de la acción hacia donde Tarantino quiere, sin importarle quien caiga por el camino.
Al final, se trata de una película cien por cien Tarantino, violenta y salvaje pero para nada tan racista y misógina como algunos anunciaban. Y como casi todo en la obra de este genial director los errores y los aciertos se suceden por igual. Demasiado irregular pero igualmente brillante, tiene suficiente fuerza y magnetismo como para atraparnos esas casi tres horas que pasan en un suspiro, aunque tras el visionado poco o nada nos vaya a quedar para el recuerdo.

Puntuación: 7 sobre 10.

sábado, 4 de abril de 2015

FAST&FURIOUS 7 (7d10)

Resulta difícil e increíblemente doloroso juzgar esta película que lamentablemente pasará a la historia del cine por razones que no tienen nada que ver con lo estrictamente cinematográfico.
Los que seguís este blog desde sus inicios ya sabréis que me acerqué a esta saga por primera vez hace un par de años con el estreno de su sexta parte. Nada sabía de ella más que iba de coches tuneados y chicas luciendo palmito y quedé gratamente sorprendido con lo que me encontré, una película adrenalítica tan imposible como La Jungla 4.0, Misión Imposible o Mentiras Arriesgadas pero igualmente disfrutable. Recuerdo que en su momento la definí como “un despiporre”, y aunque no pude profundizar en ello por no spoilear el film, descubrir en la escena postcréditos que en la siguiente entrega se sumaría al elenco Jason Statham no hacía más que presagiar que esta Fast & Furious 7 sería doblemente “despiporrante”.
Y empieza bien la cosa, con un Statham desatado que podría darle para el pelo incluso al Washington de The equalizer (el Protector), y que promete grandes dosis de espectacularidad, adrenalina y olor a neumático quemado. Para acabar de redondear la apuesta, no solo repiten todos los actores de la anterior película (incluso los personajes desaparecidos que interpretan Sung Kang y Gal Gadot tienen su plano propio, igual que un agónico Luke Evans) sino que se aumenta la apuesta con la presencia de grandes de la interpretación como Kurt Russell, la presencia de Djimon Hounsou, el acrobático Tony Jaa, la brutal Ronda Rousey (luchadora que debutó en cine con Los Mercenarios 3 y que tiene una escena genial con Rodriguez) y el nuevo fichaje que supone Nathalie Emmanuel (la Missandei de Juego de Tronos). Todo ello para secundar a los tipos duros de siempre, encabezados por la sagrada trinidad que son Vin Diesel, Paul Walker y Dwayne Johnson, bien acompañados por Michelle Rodriguez, Tyrese Gibson y Ludacris y las apariciones efímeras de Jordana Brewster y Elsa Pataky. Como se puede comprobar, la saga de Fast & Furious se ha convertido en la familia de la que tanto se vanaglorian en la ficción, y todo el mundo parece sentirse muy a gusto con sus compañeros de aventuras, lo cual termina por traspasar la pantalla y permite mantener la serie viva y sin síntomas de agotamiento.
Resultaba intrigante saber cómo se iba a desenvolver en una película de estas características el director James Wan, más acostumbrado a los ambientes claustrofóbicos y tétricos de las casas encantadas que a los espacios abiertos y luminosos a que nos tienen acostumbrados la saga, pero no se le da mal al realizador nacido en Malaysia y responsable del género de terror actual, aunque puede que se le note algo confuso y agarrotado en ciertos momentos de lucha, de cámara algo errática y nerviosa, por lo que los productores ya están barajando el retorno de Justin Lin a la franquicia (ya se ha confirmado la octava entrega, donde se continuará con la trama del personaje que interpreta Kurt Russell y se especula con la incorporación de ¡¡Hellen Mirren!!).
Efectivamente, todo es un despiporre. El enfrentamiento entre Johnson y Statham es brutal, el episodio de Azerbaijan prodigioso y los saltos imposibles entre los edificios de Abu Dhabi alucinantes.  Todo estaba siendo doblemente despiporrante, sin permitir que la inicial seriedad de la trama (los protagonistas han abandonado su vida alocada y pretenden sentar la cabeza y centrarse en la familia) afecte al espectáculo. 
Pero algo decae al llegar a su final, demasiado excesivo, en el que se peca de un estiramiento innecesario muy en la línea de El hombre de acero o el último Transformers, contagiando el agotamiento de la acción al propio espectador y sintiendo que, tras casi dos horas de auténtico frenesí, el duelo final de la “familia” contra Statham sabe a poco.
Decía al principio que era doloroso juzgar esta película, y es que por divertida y loca que sea no se puede obviar el fallecimiento de Paul Walker antes de terminar la filmación, tal y como nos recuerda el propio Wan en un final tan impuesto como emotivo, y que nunca llegaremos a saber cómo afectó al argumento de una película que estuvo incluso a punto de no llegar a terminarse nunca.
Los efectos digitales y la participación de sus hermanos hace que en pantalla no se aprecie la perdida de Paul, pero desconozco qué retoques obligo a hacer en el guion definitivo e incluso a la propia producción, sin duda hundida anímicamente tras el mazazo.
Es por ello que queda un gusto agridulce al final del visionado, como si nosotros mismos hubiésemos perdido a un amigo y nos sintiésemos culpables por haber disfrutado tanto de sus últimos momentos de vida.
Con todo, Fast & Furious 7 es genial, divertida, espectacular, suicida, estúpida, imposible, grandiosa y emotiva. Todo ello cabe en la historia de una familia (ahora más que nunca) unida hasta la muerte. Y por ello le perdonamos incluso el excesivo final.
Fast & Furious volverá, no lo dudéis. Y yo estaré ahí para disfrutarla y contároslo. Aunque sin Paul Walker será un poquito menos despiporre.