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viernes, 19 de julio de 2019

SERENITY

El hecho de que una película terminada y prevista para estrenarse a principios de 2018 quede olvidada en un cajón durante más de un año no es buena señal. Y menos cuando cuenta con el aval de una pareja protagonista de innegable éxito como son Matthew McConaughey y Anne Hathaway (quienes ya coincidieran en Interestelar), bien secundados por Diane Lane, Jason Clarke o Djimon Hounsou.
Serenity (no confundir con el film de igual nombre con el que en 2005 Joss Whedon dio final a su serie Firefly) está escrita y dirigida por Steven Knight, autor de los libretos de Aliados o Millenium: lo que no te mata te hace más fuerte y al que ya conocíamos su faceta como director por la interesante Locke, lo cual parecía ser un aliciente más, pero las malas sensaciones, unidas a unas críticas nefastas en Estados Unidos y un estreno muy limitado en España presagiaban definitivamente lo peor.
Es quizá ese tufillo a horror, esas perspectivas tan bajas, lo que permiten que uno disfrute de la película, no esperando absolutamente nada de ella y encontrándose con una locura tan absurda como simpática que rememora a los thrillers (con un trasfondo erótico inevitable) de los noventa con el nombre de Joe Eszterhas en la memoria.
Knight hace una extraña mezcla de géneros que es capaz de despistar (y sacar de quicio) al espectador más avispado, por más que vaya regando desde el principio de pequeñas semillitas de lo que cabe esperar. Todo empieza con la presentación de Baker Dill, un pescador de atunes obsesionado con una caza imposible al más puro estilo del capitán Ahab de Moby Dick del que no tardaremos en saber que oculta un misterioso pasado. Pero las cosas y sus prioridades cambiarán cuando una femme fatal en toda regla aparezca en la cubierta de su barco con una tentadora propuesta.
Lo que hasta ahora parecía un drama casi familiar con el mar como telón de fondo comienza a mutar en una cosa extraña e inesperada que, de pretender ser timada en serio, no puede calificarse más que como ridícula, recordando a algunos giros absurdos del cine de Nolan o de su alumno Wally Pfister (me viene a la mente otra película de los noventa dirigida por ciertos hermanos/as a la que usar como fuente de inspiración, pero sería rozar demasiado el spoiler), deambulando entre el cine noir, la fantasía sobrenatural o la ciencia ficción, apuntando también cierto alegato (muy superficial) sobre los abusos sexuales y la violencia de género.
Todo es, en fin, muy loco y absurdo, con el problema de que nadie en la película parece ser consciente de ello. Si actores y director abrazaran esa locura, la cosa tendría otro sentido, pero todos parecen tomárselo tan en serio que cuesta entender como una película así haya llegado a buen puerto (perdón por el chiste de pescadores).
Así pues, su única salvación es que sea el propio espectador el que acepte no tomársela en serio, que la vea como una simple metáfora surrealista sobre la necesidad de una ayuda paterna por parte de un niño maltratado, usando esa intriga como un puzle sin dibujo de referencia que se presenta muy confuso al principio y no del todo satisfactorio una vez montado pero cuya realización puede suponer un ligero entretenimiento. Si es así, si aceptamos ese peaje, la película puede ser capaz de atrapar con su incierto camino y mantener una intriga que, como mínimo, justifique el interés que uno puede poner en ella en busca de entender qué narices está pasando en esa idílica isla de pescadores.


Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 14 de abril de 2019

¡SHAZAM!

El Universo DC está muerto y enterrado. Esto no es una opinión personal mía (marvelita declarado), sino de sus propios responsables, que tras el fiasco de Liga de la Justicia han optado por dejar que cada película vaya a su aire y tenga una personalidad y estilo propio. Esto no es necesariamente malo, pero implica que vayamos a dejar de ver a los grandes nombres del mundo del comic como Batman y Superman haciendo equipo (algo que siempre debería molar) para acabar saturados de los meros comparsas, como Aquaman, Wonder Woman, Harley Quinn, Joker (cualquiera de ellos) o este “Capitán Marvel”, que fue el nombre inicial que tuvo en los comics Shazam.
Lo bueno es que, con esta desestructuración, Shazam se puede permitir volar a sus anchas y ser libres de las ataduras que impuso en su momento Christopher Nolan con su trilogía del murciélago, en el recuerdo como algunas de las mejores películas de la casa (aunque para mí muy sobrevaloradas) pero que a la postre terminó por condenar el DCEU antes incluso de su nacimiento. Tras los pasos en el buen camino que dio Wonder Woman y, sobre todo, con la aceptación definitiva a la mal llamada fórmula Marvel que supuso Aquaman, Shazam puede presumir de ser la primera película decididamente cómica de DC, quizá algo menos gamberra de lo que cabría esperar viendo alguno de los avances (y es que la campaña publicitaria recordaba bastante a la de Deadpool), pero con un aroma al cine de los ochenta con John Hugles como máximo referente que resulta muy entrañable.
No en vano ha sido definida como un cruce entre Big (escena homenaje incluida) y Superman, aunque le veo muchas aproximaciones a aquella serie mítica (y que tuvieron que cancelar por culpa, precisamente, de un litigio con DC que la acusaba de ser un trasunto del Hombre de Acero) que era El gran héroe americano, donde también había un tipo con superpoderes que no tenía ni idea de cómo utilizarlos.
La apuesta por la comedia sin complejos es un buen argumento a favor de Shazam, que se toma su tiempo en presentar el héroe a cambio de algo insólito en estas películas como es centrarse en una más que correcta creación de personajes. Es, posiblemente, la aparición del villano lo que más lastra el film, que pese a tener escenas de acción muy logradas (algo que no cabría esperar, a priori, de un director cuya máxima referencia en su currículo era Annabelle: Creation), no despiertan el mismo interés que la familia de acogida que rodea al protagonista, ese disfuncional grupo de falsos hermanos que se acerca más al cine de Spielberg más familiar y blanco que a un grupo de superhéroes como tal. Es esta una dualidad que no termina de funcionar, y que amenaza con estropear el tono final de la película, donde es inevitable la gran batalla final de caos y destrucción propia de DC, pero lo cierto es que la sangre nunca llega al río, y mientras en Wonder Woman un final horrible arruinaba una prometedora película, aquí el conjunto está bastante mejor medido (algún chiste durante la batalla final es hilarante), haciendo que pese al poco interés que genera la trama del villano (y en especial la extraña representación de los siete pecados capitales, quizá lo peor del film) la película se pueda disfrutar con agrado y sin llegar a caer nunca en el aburrimiento.
Es exagerado hablar de la mejor película del Universo DC (a no ser que quien lo diga odie directamente al Universo DC), pero sí es una comedia amable, muy blanca y familiar, que cojea un poco en su apartado interpretativo, pero atrapa con sus bondades y ternura. Otra cosa es que el personaje, cuya principal gracia es la de ser un niño en el cuerpo de un adulto, de para mucho más, y si bien he disfrutado con este Shazam no es que esté loco de ganas por ver la secuela, la cual, por cierto, ya está anunciada.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 9 de marzo de 2019

CAPITANA MARVEL

Capitana Marvel es una buena película. Todo funciona a la perfección, pero…
Esta podría ser, en pocas palabras, la definición de la nueva película Marvel, la número veintiuno, y que, en realidad, es vista por todo el mundo (incluso por la propia Marvel), como el prólogo a la esperadísima Vengadores: End Game. Incluso se podría afirmar que sus escenas postcréditos (a la larga irrelevantes, aunque no por ello menos aplaudidas) creaban más expectativa que la propia película.
Y es que, en realidad, todo lo malo del film dirigido por Anna Boden y Ryan Fleck se puede sintetizar en un enorme PERO, así con mayúsculas.
Vayamos por partes: A nivel argumental, sin ser nada del otro mundo, se podría decir que la película funciona bastante bien. Se presenta a Carol Danvers, que es de lo que se trata y, rompiendo ligeramente los esquemas de la clásica película de origen, se juega al despiste con el espectador disfrazando la película (aparentemente galáctica) en una intriga de espías de doble juego donde cuesta saber quien miente y quien dice la verdad. No es una historia para echar cohetes (casi toda la película es una mera excusa para que al ver End Game se sepa de donde narices ha salido la rubia superpoderosa esta), pero tampoco es como para ponerle muchas pegas, gracias en parte a la consabida fórmula Marvel que acierta de lleno en sus toques de humor (quizá me canse un poco el tema del gato, pero bueno) y que roza incluso el drama en su parte más intimista.
Los actores, por otra parte, están estupendos, en especial una Brie Larson que desde el primer minuto demuestra haber nacido para el personaje, logrando un nivel de empatía casi a la altura del de Robert Downey Jr. y su Iron Man. Su trabajo es excepcional y consigue alternar estados de ánimo con eficacia, transmitiéndonos (gracias a su mirada dulce y su media sonrisa) su vulnerabilidad para convencernos, apenas un segundo después, de que es el ser más poderoso de la Tierra. Además, su química con Samuel L. Jackson (también genial como un Nick Furia menos castigado que el que conocíamos hasta ahora) es total, consiguiendo por momentos dotar de un tono de buddy-movie a la película que agiliza mucho el ritmo, pese a la irregularidad que sus directores le otorgan.
Precisamente ese es uno de sus puntos débiles: una realización algo floja, en la que los momentos de conversaciones no están suficientemente bien medidos y donde las secuencias de acción resultan algo confusas, muy inferiores, al menos, a lo que nos tenían acostumbrados los hermanos Ruso o Josh Whedon, por nombrar a dos apellidos claves del Universo Marvel.
También se le podía achacar el desaprovechameineto de ciertos actores (Annette Bening me sabe a poco, y de Ben Mendelsohn mejor ni hablamos) o personajes (como todo el equipo que rodea a Yon-Rogg o la escasa presencia de Ronan el Acusador, aunque esto último se puede justificar debido al carácter de precuela de la película con respecto, por ejemplo, a Guardianes de la Galaxia), aunque a cambio el juego ofrecido entre los mencionados Danvers/Larson y Furia/Jackson, junto al Yon-Rogg al que da vida Jude Law o al Talos que lidera a los Skrulls es muy eficaz, más aún gracias a un prodigioso trabajo de caracterización que, si bien hace un buen trabajo con el diseño de los Skrulls, es un ejemplo de perfección en el rejuvenecimiento de Samuel L. Jackson.
Como he dicho, toda la película se justifica por la necesidad de presentar a la Capitana y situarla en un contexto idóneo de cara a lo que está por llegar en End Game, y ahí la película cumple. La explicación de lo sucedido es coherente, jugando además con el espectador más fan al ofrecer pequeñas pildoritas en forma de detalles que enlacen con lo que está por venir (visto ya en otras películas de la franquicia) o incluso insinuando cosas (que se puedan hacer realidad o no) de cara al futuro de este universo cinematográfico (una pista: tomen nota del nombre de la hija del personaje de Lashana Lynch, que interpreta a la mejor amiga de la Capitana).
Así que la historia funciona, la complicidad con el espectador es total (cuenten las lagrimitas que empaparon los ojos de los espectadores durante la aparición del logo de Marvel), la acción está bien conseguida, el humor funciona y la protagonista es perfecta. ¿Qué problema hay entonces?
La respuesta a esa pregunta se encuentra en el PERO con mayúsculas con el que comencé este comentario.
Una vez vista la película y disfrutada a tope, me queda una ligera sensación de vacío. Como si, tras conocer la historia de Carol, el resto pudiese ser ya olvidado. Black Panther, por ejemplo, que también ejercía como prólogo a Infinity War, ampliaba el Universo del MCU con la presentación de Wakanda, y Ant Man y la Avispa, esa comedieta tras el trágico desenlace de la última epopeya de Los Vengadores, ayudaba a digerir mejor el mal trago que supuso ver a Thanos victorioso.
Sine embargo, nada de esto sucede con Capitana Marvel. Parece más bien una película de transición, algo que en el mundo del comic se denomina un tie-in, y eso es lo que provoca ese PERO tan difícil de definir.
¿Me ha gustado Capitana Marvel? Sí, pero… ¿Es una buena película? Sí, pero…  ¿Consigue aumentar mi hype de cara a Vengadores: End Game? Sí, pero…
Muchos peros para lo que se esperaba de esta película, la primera del MCU protagonizada por una mujer, y que, al menos, logra superar una traba con nota: la del supuesto tono feminista que muchos haters cortos de miras le achacaban antes incluso de su estreno. Y es que en esto sí han sido sus realizadores muy inteligentes: Carol Danvers representa a la perfección el espíritu de la mujer luchadora, independiente y capaz, sin necesitar para ello componer un panfleto propagandístico como el que pretendía ser, imposible no comparar, Wonder Woman, esa película de empoderamiento femenino en la que yo siempre insistiré que el verdadero héroe (el que hace el sacrificio definitivo para salvar vidas) era un hombre: Steve Trevor.

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 18 de agosto de 2017

EL REY ARTURO, LA LEYENDA DE EXCÁLIBUR, macarra y demencial adaptación de Ritchie.

Es complicado valorar una película que se estrena con tanto retraso con respecto a Estados Unidos sabiendo que allí ha sido un fracaso estrepitoso. Y más cuando cuenta una historia de sobras conocida y que de tanto en tanto es revisionada por Hollywood, ya sea en clave animada (Merlín, el encantador), musical (Camelot), cómica (Los caballeros de la mesa cuadrada), romántica (El primer caballero) o realista (El Rey Arturo), aunque para mí ninguna podrá superar jamás a la maravillosa Excalibur de John Boorman.
Se podría decir que todo sobre Arturo y su mítica espada ha sido ya contado, por lo que Guy Ritchie, que a simple vista podría parecer el realizador menos apropiado para esta empresa, decide repetir la jugada que Marvel ha hecho con Spiderman Homecoming y contar con la complicidad del espectador para no perder el tiempo explicando la leyenda de la espada clavada en la roca, los propósitos de un personaje como Merlin o el significado de construir una mesa redonda. Esta no es la historia de Arturo, sino un nuevo enfoque de sus andanzas y, como tal, Rey Arturo es elíptica, precipitada y, por momentos, incluso confusa, pero también adrenalítica, frenética y espectacular.
Rey Arturo, la leyenda de Excalibur, es una película excesiva, que bebe de todas las fobias de Ritchie y termina siendo una obra de autor, un ejemplo de como el otrora enfant terrible del cine británico consigue aunar su estilo tan particular con las imposiciones de un blockbuster. 
Y que la taquilla no le haya sonreído no significa que la película sea realmente un desastre. 
No está, desde luego, a la altura de sus Sherlock Holmes (la primera fue un ejemplo de cómo filmar acción de manera novedosa) o de Operación UNCLE, pero al menos resulta entretenida y tiene un ritmo que no decae nunca, bien apoyado en la música de Daniel Pemberton.
Ritchie se adapta a las imposiciones del género, recordando su película por momentos a obras épicas del estilo de El Señor de los Anillos, con toques de Robin Hood, presentando el camino del protagonista destinado a ser héroe en contra de su pesar (StarWars) y robando estética e imaginería a Juego de Tronos, aceptando ese obligatorio peaje interracial para el elenco de secundarios (que si la cosa hubiese funcionado habría derivado en diversos spin-off que dieran lugar a un nuevo universo compartido) y con un final desmedido en el que se abusa de la cámara lenta y las chispas de fuego planeando por todo el plano (¿por qué será que todas las películas Warner se me antojan cortadas por el patrón Zack Snyder?), pero sabe salir airoso de ello gracias a no tomarse nunca demasiado en serio la historia. 
Prescindiendo de todo el realismo que pretendía infundir la obra de Antoine Fuqua y apostando claramente por la magia y la fantasía, Ritchie se regodea de un estilo kitch conde los reyes visten cazadoras impolutas y sus poses son siempre altivas y dignas. No es casual, en este sentido, que David Beckham haga un pequeño cameo. 
Así, aceptando los excesos del director, todo cuadra a la perfección, desde el montaje cronológicamente alternado hasta el aroma a videojuego del enfrentamiento final, con un villano que parece salido de un comic cuyo look habría podido mejorar mucho el aspecto visual de ese horrible Ares (al que recuerda ligeramente) de Wonder Woman.
Rey Arturo no es una mala película. Pero sí es demencial y excesiva, despreocupada del desarrollo de personajes, absurda y caótica. Es la película que cabría esperar de alguien tan alejado de la mitología medieval como Ritchie, que convierte a su Arturo (sobresaliente Charlie Hunnam) en una especie de maleante de los suburbios del Londres actual. 
Así es el juego que se nos plantea y, si uno decide aceptarlo, la película, con todos sus defectos, resulta cautivadora.
Porque esta no es una película del Rey Arturo. Esta es una película de Guy Ritchie. Con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Sabiendo esto, es el espectador el que debe decidir entrar o no en el juego. Yo decidí entrar y, al menos, no me sentí decepcionado.
Rey Arturo podría ser mejor, pero no se me ocurre cómo.

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 26 de julio de 2016

LA LEYENDA DE TARZÁN: descafeinado regreso de un mito.

Cuando se anunció que se estaba planeando la realización de una nueva versión de Tarzán la pregunta más habitual era: ¿es necesario? ¿Hay algo que añadir a la historia de sobras conocida tanto en sus versiones en imagen real (con Johnny Weissmuller como imagen insuperable del hombre mono) con en animación? 
Quizá por eso los productores optaron por ir un paso más allá y en lugar de limitarse a contar la misma historia inventaron una especie de secuela, un ¿qué paso después? que narra la historia de Tarzán tras adaptarse a la vida civilizada y tener que regresar a la selva que le vio crecer.
En esta línea se encontraba ya la versión que protagonizó Christopher Lambert, Greystoke: la leyenda de Tarzán, rey de los monos, pero que dejaba demasiado de lado el aspecto aventurero de la obra de Edgar Rice Burroughs   y se acercaba casi a un drama romántico a lo Jane  Austen. La leyenda de Tarzán quiere ir por el camino de en medio y mezclar ambas vertientes, presentándonos a un Tarzán reconvertido en lord John Clayton, un caballero de la nobleza británica, casado con su inseparable Jane, que acepta regresar al Congo para comprobar las intenciones del rey de Bélgica con respecto a sus antaño amigos indígenas.
No es un mal punto de partida si no fuese por las carencias de un guion que no sabe exactamente hacia donde se dirige. Quiere ser una película aventurera pero la acción tarda demasiado en llegar, quiere tener una vertiente realista pero se olvida de profundizar en la personalidad de Clayton, quiere mostrar a una Jane independiente y fuerte pero termina convirtiéndola en la clásica damisela en apuros sin más recursos que esperar la llegada de su amado, quiere dar una carga de denuncia social con el tema de los esclavos y los diamantes que anhela el rey de Bélgica y termina olvidándose de seguir por ese camino… 
Pero es, por encima de todo, su director, un errático David Yates que trabaja tanto con el piloto automático que incluso se rumorea que dejó la película a medias para poder dedicarse a su nueva incursión en el mundo de Harry Potter. Es a Yates a quien hay que culpar de los altibajos de ritmo, de la frialdad que demuestra Alexander Skarsgård como Tarzán, de la fotocopia de casi todas sus interpretaciones anteriores que presenta Christoph Waltz o de la simpleza de algunos efectos visuales, demasiados dependientes del CGI y que en algunos omentos (como el horrendo desenlace) lucen verdaderamente mal.
Quizá uno de los problemas de La leyenda de Tarzán haya sido haberse estrenado tan poco tiempo después de El libro de la Selva, otra película “selvática” donde los animales, también creados por CGI tenían vida e incluso personalidad. Aquí estamos ante una mezcla de estos animales y la captura de movimiento empleada en la saga de El planeta de los Simios.
Con todo, la película no aburre, tiene a un Samuel L. Jackson recuperado para el bando de los buenos y a una Margot Robbie que termina siendo lo mejor de la película (y promete ser también lo mejor de Escuadrón suicida el mes que viene) y alguna escena de acción ligeramente inspirada.

Poco bagaje para una película que podría haber aspirado a mucho más y que no pasa de simple entretenimiento veraniego, un producto de usar y tirar que apenas será recordado al finalizar el verano y que deja cierto aroma a decepción.
Valoración: cinco sobre diez.

sábado, 4 de abril de 2015

FAST&FURIOUS 7 (7d10)

Resulta difícil e increíblemente doloroso juzgar esta película que lamentablemente pasará a la historia del cine por razones que no tienen nada que ver con lo estrictamente cinematográfico.
Los que seguís este blog desde sus inicios ya sabréis que me acerqué a esta saga por primera vez hace un par de años con el estreno de su sexta parte. Nada sabía de ella más que iba de coches tuneados y chicas luciendo palmito y quedé gratamente sorprendido con lo que me encontré, una película adrenalítica tan imposible como La Jungla 4.0, Misión Imposible o Mentiras Arriesgadas pero igualmente disfrutable. Recuerdo que en su momento la definí como “un despiporre”, y aunque no pude profundizar en ello por no spoilear el film, descubrir en la escena postcréditos que en la siguiente entrega se sumaría al elenco Jason Statham no hacía más que presagiar que esta Fast & Furious 7 sería doblemente “despiporrante”.
Y empieza bien la cosa, con un Statham desatado que podría darle para el pelo incluso al Washington de The equalizer (el Protector), y que promete grandes dosis de espectacularidad, adrenalina y olor a neumático quemado. Para acabar de redondear la apuesta, no solo repiten todos los actores de la anterior película (incluso los personajes desaparecidos que interpretan Sung Kang y Gal Gadot tienen su plano propio, igual que un agónico Luke Evans) sino que se aumenta la apuesta con la presencia de grandes de la interpretación como Kurt Russell, la presencia de Djimon Hounsou, el acrobático Tony Jaa, la brutal Ronda Rousey (luchadora que debutó en cine con Los Mercenarios 3 y que tiene una escena genial con Rodriguez) y el nuevo fichaje que supone Nathalie Emmanuel (la Missandei de Juego de Tronos). Todo ello para secundar a los tipos duros de siempre, encabezados por la sagrada trinidad que son Vin Diesel, Paul Walker y Dwayne Johnson, bien acompañados por Michelle Rodriguez, Tyrese Gibson y Ludacris y las apariciones efímeras de Jordana Brewster y Elsa Pataky. Como se puede comprobar, la saga de Fast & Furious se ha convertido en la familia de la que tanto se vanaglorian en la ficción, y todo el mundo parece sentirse muy a gusto con sus compañeros de aventuras, lo cual termina por traspasar la pantalla y permite mantener la serie viva y sin síntomas de agotamiento.
Resultaba intrigante saber cómo se iba a desenvolver en una película de estas características el director James Wan, más acostumbrado a los ambientes claustrofóbicos y tétricos de las casas encantadas que a los espacios abiertos y luminosos a que nos tienen acostumbrados la saga, pero no se le da mal al realizador nacido en Malaysia y responsable del género de terror actual, aunque puede que se le note algo confuso y agarrotado en ciertos momentos de lucha, de cámara algo errática y nerviosa, por lo que los productores ya están barajando el retorno de Justin Lin a la franquicia (ya se ha confirmado la octava entrega, donde se continuará con la trama del personaje que interpreta Kurt Russell y se especula con la incorporación de ¡¡Hellen Mirren!!).
Efectivamente, todo es un despiporre. El enfrentamiento entre Johnson y Statham es brutal, el episodio de Azerbaijan prodigioso y los saltos imposibles entre los edificios de Abu Dhabi alucinantes.  Todo estaba siendo doblemente despiporrante, sin permitir que la inicial seriedad de la trama (los protagonistas han abandonado su vida alocada y pretenden sentar la cabeza y centrarse en la familia) afecte al espectáculo. 
Pero algo decae al llegar a su final, demasiado excesivo, en el que se peca de un estiramiento innecesario muy en la línea de El hombre de acero o el último Transformers, contagiando el agotamiento de la acción al propio espectador y sintiendo que, tras casi dos horas de auténtico frenesí, el duelo final de la “familia” contra Statham sabe a poco.
Decía al principio que era doloroso juzgar esta película, y es que por divertida y loca que sea no se puede obviar el fallecimiento de Paul Walker antes de terminar la filmación, tal y como nos recuerda el propio Wan en un final tan impuesto como emotivo, y que nunca llegaremos a saber cómo afectó al argumento de una película que estuvo incluso a punto de no llegar a terminarse nunca.
Los efectos digitales y la participación de sus hermanos hace que en pantalla no se aprecie la perdida de Paul, pero desconozco qué retoques obligo a hacer en el guion definitivo e incluso a la propia producción, sin duda hundida anímicamente tras el mazazo.
Es por ello que queda un gusto agridulce al final del visionado, como si nosotros mismos hubiésemos perdido a un amigo y nos sintiésemos culpables por haber disfrutado tanto de sus últimos momentos de vida.
Con todo, Fast & Furious 7 es genial, divertida, espectacular, suicida, estúpida, imposible, grandiosa y emotiva. Todo ello cabe en la historia de una familia (ahora más que nunca) unida hasta la muerte. Y por ello le perdonamos incluso el excesivo final.
Fast & Furious volverá, no lo dudéis. Y yo estaré ahí para disfrutarla y contároslo. Aunque sin Paul Walker será un poquito menos despiporre.

lunes, 5 de enero de 2015

EL SÉPTIMO HIJO (5d10)

Como si de una excusa de su argumento se tratase, El Séptimo Hijo es una película maldita. 
Basada en la novela de Joseph Delaney: El aprendiz de Espectro, se rodó con la intención de convertirse en el comienzo de una nueva franquicia del no siempre fructífero género de la fantasía juvenil. 
Y parecía una buena apuesta, pues pretendía ocupar el hueco dejado por Harry Potter, tenía suficiente material detrás (dieciséis novelas por ahora) para exprimir la burra muchos años y reunía nombres interesantes en el proyecto, empezando por un director dos veces nominado al Oscar y dos actores de relumbrón como son Jeff Bridges y Julianne Moore.  El problema vino cuando se rodó la película, se anunció la fecha de estreno como el 18 de octubre de 2013 y todo se estancó.
No debían creer demasiado en ella cuando el estreno fue saltando de una fecha a otra, llegando a ser descartada definitivamente por sus productoras iniciales (Warner y Legendary) y siendo después recuperada por Universal que, ya que la tenía, la ha hecho llegar a los cines sin demasiado rebomborio.
En ese año y medio de retraso algunas cosas han cambiado: Jeff Bridges ha perdido parte de su crédito aceptando participar en patochadas como R.I.P.D., Sergey Bodrov no ha vuelto a dirigir nada en Hollywood y los protagonistas más jovenzuelos continúan sin despuntar (aunque 2015 podría ser el año de Alicia Vikander, pues participa en dos títulos a priori interesantes como Ex Machina y The Man from U.N.C.L.E.). Prueba del paso del tiempo se puede encontrar en el brevísimo papel de Kit Harington, por aquel entonces sólo una cara conocidilla y ahora estrella más o menos consagrada por su papel de John Nieve en Juego de Tronos y su paso (más o menos acertado) como protagonista por Pompeya.
El séptimo hijo cuenta la historia de un Espectro (último de una especie de “cazafantasmas” medieval, con un pasado romántico-trágico con la más peligrosa y malvada de las brujas). Cuando su último aprendiz muere debe buscar uno nuevo para enfrentarse al retorno del ser más malvado del lugar, y el elegido es Tom Bard, el séptimo hijo de otro séptimo hijo y con su propio pasado secreto.
La película en sí no ofrece nada fuera de lo esperado, una aventurilla de esas de espada y brujería con algún que otro bichejo de por medio que muestra las carencias de un director poco habituado al cine de acción (la mayoría de los enfrentamientos son mediante secuencias precipitadas y confusas) y una producción limitada que hace que algunos de los efectos visuales sean demasiado básicos para las aspiraciones iniciales del film.
Cierto es que el tema de la brujería nunca ha funcionado demasiado bien en cine (dejando de lado las brujas de cuentos infantiles, eso es otra cosa) y títulos como El aprendiz de brujo, En tiempo de brujas, Hansel y Gretel, cazadores de brujas (esta última al menos era una gamberrada muy divertida) o Sombras tenebrosas han pasado por los cines sin pena ni gloria (y me estoy refiriendo a la versión más clásica y medieval de las brujas, no a sus aportaciones en otras historias como relleno), siendo Stardust o Las brujas de Eastwick alguno de los pocos títulos destacables que me vienen a la memoria. 
Y El séptimo hijo no parece una excepción, haciéndome pensar que el intento de franquicia quedará en un vasto propósito y que el final de la película, invitando descaradamente a una secuela, se quedará en nada.
De lo poco destacable que hay en el film es su reparto, protagonizado por un Ben Barnes que parecía ir para estrella después de ser el Príncipe Caspian de Las Crónicas de Narnia y parece que se ha quedado estancado, habiendo recaído últimamente en el recurso de la televisión (su caso me recuerda un poco al Taylor Kitsch de John Carter), mientras que se dejan ver también por ahí Antje Traue (Faora-Ul en El hombre de acero), Olivia Williams (vista recientemente en Sabotage) y Djimon Hounsou, al que por lo visto le va eso de disfrazarse con pintas raras como ya demostró en Los Guardianes de la Galaxia. Nombres que unidos a los mencionados Bridges y Moore dan algo de lustro a una historia bastante sosa y demasiado previsible, que, como casi toda la fantasía de este siglo, pretende beber demasiado de El señor de los Anillos, aunque con toques de humor algo torpes y muy ochenteros (el personaje de Colmillo, sin ir más lejos) con situaciones muy tópicas que, aunque no aburre, tampoco descubre nada novedoso.
Se deja ver, entreteniendo sin demasiadas exigencias, pero demasiado floja y descafeinada para resaltar nada especialmente positivo. 

viernes, 22 de agosto de 2014

GUARDIANES DE LA GALAXIA (9d10)

Marvel lo ha vuelto a conseguir y ha dado en el blanco con una pieza imprescindible dentro delk universo cinemático que está creando más allá del mundo de los comics.
Desde que se supo que Guardianes de la Galaxia iba a ser la cuarta y penúltima película de la Fase Dos de Marvel (justo antes de Los Vengadores: la era de Ultrón) no han sido poca las especulaciones sobre la misma, pues tras el apabullante y sorprendente éxito de la Fase Uno (Los Vengadores es de lejos la película más taquillera a nivel mundial de los últimos cinco años y la tercera de toda la historia) Marvel parecía haberse acomodado un poco, limitándose a repetir (y mejorar, en lo posible) los esquemas de sus triunfos el pasado (y que conste que no lo digo como algo negativo; El Capitán América: El Soldado de Invierno sigue siendo una de las mejores películas del año). Por eso la apuesta por Guardianes de la Galaxia parecía sumamente arriesgada y desconcertante.
Tras la presentación (mediante cinco películas) sin prisa pero sin pausa de los diferentes integrantes de Los Vengadores, ahora la productora afrontaba el desafío de repetir con una película coral sin conocimiento previo de los personajes, que tampoco es que sean unos superventas en papel y entre cuyos miembros se encuentran un mapache y un árbol. 
Para rizar el rizo, el elegido para dirigir tan pírrica empresa era Peter Gunn, un tipo desconcertante como pocos en cuya filmografía apenas destaca la cruenta Slither(La Plaga), la genial aunque surrealista Súper (primera toma de contacto del realizador con los superhéroes) y una serie de cortometrajes titulada PG Porn que representaba todos los tópicos del cine X pero para todos los públicos. Con semejante currículo era fácil intuir que era el realizador adecuado para esta película, aunque faltaba por ver si era el adecuado para hacer una obra maestra o un bodrio infumable que no soportaran ni los frikis más comiqueros.
Y, contra todo pronóstico, logró lo primero. 
Con un aire revival anclado en los ochenta y claros homenajes a la cultura pop de esa década (desde la genial banda sonora hasta las referencias a a Footloose –por cierto, que Kevin Bacon, héroe en las sombras de la película, es un viejo conocido de Gunn gracias a Súper-, Guardianes de la Galaxia es la película de acción perfecta, capaz de medir a la perfección sus tiempos y sin renunciar a ningún elemento cinematográfico clásico (hay drama, emoción, romance, todo en muy pequeñas dosis) pero apostando siempre por la acción más espectacular (y ojo, esto no quiere decir excesiva, interminable y agotadora) y, sobretodo, un sentido del humor tan salvaje que logra superar incluso a la joya de la corona marvelita que fue el primer Iron Man, piedra de toque de todo el imperio comiquero actual.
Sin que el argumento sea nada del otro mundo (un grupo de inadaptados sociales deben unirse para enfrentarse a un mal mayor y descubrir a los héroes que llevan dentro), la puesta en escena es tan eficaz que no solo resulta fácil empatizar con cualquiera de los cinco protagonistas (destacando a los dos personajes generados por ordenador) sino que sus traiciones y alianzas resultan tan coherentes como creíbles.
Lo que más llama la atención es la aparente desvinculación con el Universo cinemático Marvel tal y como lo conocíamos hasta ahora. Sí, sabíamos que había vida extraterrestre (los Chitauri y los propios asgardianos) en contacto con nuestro planeta e intuíamos (recuerden el extraterrestre azul de SHIELD) que nos quedaba mucho por descubrir, pero no hay en Guardianes de la Galaxia ninguna referencia directa a ningún miembro de Los Vengadores, ni cameos sorpresa ni aparición postcréditos de Nick Furia. 
Lo único que nos demuestra que estamos ante un capítulo más de la impresionante saga que se está cociendo a caballo entre el cine (principalmente) y la televisión es la aportación de El Coleccionista (visto fugazmente en la escena postcréditos de Thor: El reino oscuro), el cameo de Thanos (también brevemente vislumbrado al final de Los Vengadores) y la existencia de Las Gemas del Infinito. 
Por lo demás, pese a que el seguidor Marvel puede palpar la conexión espiritual en el ambiente, Guardianes de la Galaxia podría considerarse una película claramente independiente, por más que todo parece indicar que en la Fase Tres Guardianes y Vengadores podrían cruzar sus caminos.
Pero aunque el mérito de Gunn (guionista aparte de director) es grande y hay que congratularse por la sensación de que Marvel le ha dado rienda suelta para hacer lo que le venga en gana, no todo el mérito es suyo, pues no cabe duda que el casting del film es casi perfecto, siendo todos los actores –por variopintos que sean- idóneos para su papel. Así, tenemos a desconocidos como Chris Pratt interpretando a Peter Quill (un perfecto y adorable caradura heredero natural de Harrinson Ford), estrellas reconocidas como Zoe Saldana (nueva diva de la ciencia ficción gracias a Star Trek y capaz de hechizar con su sensualidad ya sea azul, como en Avatar, o verde, como la asesina Gamora), luchadores fingiendo ser actores como Dave Bautista ejerciendo de Drax el Destructor (y, sinceramente, no lo hace nada mal), actores reconocidos poniendo movimiento y voz a Groot y Rocket como Vin Diesel y Bradley Cooper, actores de renombre casi irreconocibles bajo el maquillaje como Lee Pace, Karen Gillian y Djimon Hounsou (Ronan, el Acusador, Nébula y Korath), estrellas oscarizadas como Benicio Del Toro y Glenn Close, aportaciones de nivel de la mano de John C. Reilly y Michael Rooker, el cameo sorpresa de turno de la mano de Josh Brolin, y así hasta un largo etcétera. 
Todos cumplen a la perfección en una epopeya donde, esta vez sí, los efectos pirotécnicos y el maquillaje están al servicio de la historia, y no al revés, y cuya genialidad llega a niveles sublimes (si no le arrebata el Oscar a los mejores efectos digitales a El amanecer del Planeta de los Simios por ahí andará) en la confección de Rocket y Groot.
Guardianes de la Galaxia es divertida, trepidante, emotiva, brillante y conjuga la gran habilidad de ser una obra para todos los públicos, niños o adultos, amantes de la acción o de la comedia, fans de los comics o completamente desconocedores de los mismos. Tras el inmenso trabajo de J.J.Abrahms para resucitar Star Trek, Guardianes de la Galaxia viene para demostrar que el género de la space-opera no está tan fiambre como podía parecer y cuya confirmación vendrá de nuevo de la mano de J.J. en la nueva Star Wars.
Y precisamente referenciando a Star Wars se encuentra la única pega que se podría poner a Guardianes de la Galaxia. En su deseo no disimulado de rendir tributo a la cultura pop de los ochenta fuerza demasiado los guiños con respecto a la obra de George Lucas. Groot y Rocket son la equivalencia de R2D2 y C3PO, Peter Quill es la reencarnación de Han Solo (incluso tiene su propia versión del Halcón Milenario), hay un misterio latente no resuelto sobre la identidad del padre de Peter e incluso en un momento dado hay una escena con amputación de mano. Demasiadas referencias para una película que, aun así, es magistral.
Metan en una coctelera el concepto de cine independiente, la serie B, el blockbuster y filtren el resultado a través del rasero Marvel. El resultado será: Guardianes de la Galaxia, un film que no solo compite mano a mano con El amanecer del Planeta de los Simios para ser la película del verano sino que ambas estarán en lo más alto de la lista de lo mejor del año.
Una genialidad extremadamente divertida. La única lástima es que, viendo el buen resultado que les ha dado dejar a un tipo tan personal como Gunn campar a sus anchas, ¿por qué no se han atrevido a hacer lo propio con Edgar Wright, recientemente despojado de la silla de director de Ant Man, la primera película de la Fase Tres?