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viernes, 19 de julio de 2019

SERENITY

El hecho de que una película terminada y prevista para estrenarse a principios de 2018 quede olvidada en un cajón durante más de un año no es buena señal. Y menos cuando cuenta con el aval de una pareja protagonista de innegable éxito como son Matthew McConaughey y Anne Hathaway (quienes ya coincidieran en Interestelar), bien secundados por Diane Lane, Jason Clarke o Djimon Hounsou.
Serenity (no confundir con el film de igual nombre con el que en 2005 Joss Whedon dio final a su serie Firefly) está escrita y dirigida por Steven Knight, autor de los libretos de Aliados Millenium: lo que no te mata te hace más fuerte y al que ya conocíamos su faceta como director por la interesante Locke, lo cual parecía ser un aliciente más, pero las malas sensaciones, unidas a unas críticas nefastas en Estados Unidos y un estreno muy limitado en España presagiaban definitivamente lo peor.
Es quizá ese tufillo a horror, esas perspectivas tan bajas, lo que permiten que uno disfrute de la película, no esperando absolutamente nada de ella y encontrándose con una locura tan absurda como simpática que rememora a los thrillers (con un trasfondo erótico inevitable) de los noventa con el nombre de Joe Eszterhas en la memoria.
Knight hace una extraña mezcla de géneros que es capaz de despistar (y sacar de quicio) al espectador más avispado, por más que vaya regando desde el principio de pequeñas semillitas de lo que cabe esperar. Todo empieza con la presentación de Baker Dill, un pescador de atunes obsesionado con una caza imposible al más puro estilo del capitán Ahab de Moby Dick del que no tardaremos en saber que oculta un misterioso pasado. Pero las cosas y sus prioridades cambiarán cuando una femme fatal en toda regla aparezca en la cubierta de su barco con una tentadora propuesta.
Lo que hasta ahora parecía un drama casi familiar con el mar como telón de fondo comienza a mutar en una cosa extraña e inesperada que, de pretender ser timada en serio, no puede calificarse más que como ridícula, recordando a algunos giros absurdos del cine de Nolan o de su alumno Wally Pfister (me viene a la mente otra película de los noventa dirigida por ciertos hermanos/as a la que usar como fuente de inspiración, pero sería rozar demasiado el spoiler), deambulando entre el cine noir, la fantasía sobrenatural o la ciencia ficción, apuntando también cierto alegato (muy superficial) sobre los abusos sexuales y la violencia de género.
Todo es, en fin, muy loco y absurdo, con el problema de que nadie en la película parece ser consciente de ello. Si actores y director abrazaran esa locura, la cosa tendría otro sentido, pero todos parecen tomárselo tan en serio que cuesta entender como una película así haya llegado a buen puerto (perdón por el chiste de pescadores).
Así pues, su única salvación es que sea el propio espectador el que acepte no tomársela en serio, que la vea como una simple metáfora surrealista sobre la necesidad de una ayuda paterna por parte de un niño maltratado, usando esa intriga como un puzle sin dibujo de referencia que se presenta muy confuso al principio y no del todo satisfactorio una vez montado pero cuya realización puede suponer un ligero entretenimiento. Si es así, si aceptamos ese peaje, la película puede ser capaz de atrapar con su incierto camino y mantener una intriga que, como mínimo, justifique el interés que uno puede poner en ella en busca de entender qué narices está pasando en esa idílica isla de pescadores.


Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 20 de abril de 2019

EL DÍA QUE VENDRÁ

Se podría pensar que las películas sobre la Alemania nazi empiezan a amenazar con saturar. Aún siendo un periodo histórico que me atrae y cuyo horror conviene recordar (no ya para tratar de evitarlo, que visto lo visto no parece muy factible, pero sí al menos para estar avisados de ello), llevamos un tiempo en el que tenemos casi un estreno sobre el tema por semana, lo cual hace que uno se pregunte si realmente quedan historias interesantes que contar sobre ello.
El día que vendrá, aparte de utilizar la victoria aliada sobre los alemanes como paralelismo a la historia de amor de sus protagonistas, sirve para reflejar un punto de vista algo menos trillado sobre el desenlace de la guerra. Estamos acostumbrados a ver a los nazis como los perfectos villanos, mientras que los aliados, con sus inevitables claroscuros, suelen ser los salvadores del mundo. No es que aquí sea diferente, `pero sí resulta interesante comprobar como tras la resolución de la guerra, y siguiendo un símil futbolístico, no solo hay que saber perder, sino también saber ganar. Y no parece que todos los ganadores sepan hacerlo ni entender que no todos los alemanes fueron nazis.
Es en este momento de deconstrucción germánico en el que nos encontramos con una mujer arrastrada a una Hamburgo arrasada por los bombardeos cuya percepción de los derrotados, a la par que la del propio espectador, irá cambiando a la par que se moleste en conocer mejor a las personas que la rodean y sea capaz de descubrir que, al final, los dramas personales durante una guerra son tan terribles en un bando como en el otro. Esa simetría entre los inocentes de un conflicto, las consabidas bajas colaterales, es lo que debe unir a las personas por encima de sus diferencias y con ella alcanzar la comprensión y el perdón.
Esto es lo que oculta la historia de El día que vendrá, una película en la que sus tres pilares fundamentales (el triángulo amoroso, el relato histórico y el mensaje moralista) podrían molestarse entre ellos pero que el realizador James Kent consigue unificar con eficacia, consiguiendo un empaque muy interesante y merecedor de nuestra atención.
Resulta imprescindible, por ello, un buen cartel de actores que terminen por dar brillo a la propuesta, y en ello Keira Knightley (muy dada a estos tipos de dramas), Jason Clarke (al que también parece gustarle el conflicto nazi) y Alexander Skarsgård están a la altura de las circunstancias.
Interesante e intensa, no es que nos muestre nada nuevo, pero lo que refleja lo hace con convicción y buen tino, siendo un film histórico sobre la II Guerra Mundial que sabe mirar hacia delante en vez de hacia atrás.


Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 6 de abril de 2019

CEMENTERIO DE ANIMALES

Cementerio de animales es una de las novelas más impactantes y aterradoras de Stephen King. Es, sin embargo, una de las más fáciles de adaptar, ya que tiene una estructura bastante lineal y muy pocos personajes, lo que hace extraño que no tuviese más películas aparte de la estimable versión de Mary Lambert de 1989 (aquí llamada Cementerio viviente), que pese a ser una producción bastante humilde lograba funcionar francamente bien.
Ahora, a rebufo del tremendo éxito de It, el autor de Maine vuelve a estar más de moda que nunca y esta nueva Cementerio de animales, firmada por Kevin Kölsch y Dennis Widmyer es buena prueba de ello. Estamos, en esta ocasión, de una producción más lujosa y cuidada, de presupuesto más holgado que las habituales producciones de terror de la firma Blummhouse, por ejemplo, lo cual se demuestra en la utilización de dos actores de prestigio para sus papeles protagonistas como son Jason Clarke (Terminator GénesisEl amanecer del Planeta de los Simios o, también en el género del terror, Winchester) y, sobre todo John Lithgow (tan grandioso haciendo reír como aterrando).
Hay que reconocerle a la película una puesta en escena sobria y elegante, quizá incluso un poco tramposa, con la utilización de esa procesión de niños enmascarados que tan bien quedan en el poster y que luego apenas son aprovechados en pantalla. La mezcla entre el drama familiar y el terror (con algún susto gratuito pero necesario para el público de hoy en día) está bien medido y aunque pueda ser algo inferior al film de Lambert (me cansa ya tanta comparación de los que definen esta película como un “remake innecesario”; no estamos ante un remake, sino ante una nueva adaptación de una novela) es en comparación con el trabajo de King cuando se desinflan un poco sus virtudes. Por un lado, porque todo el aspecto reflexivo alrededor de la pérdida y la muerte está mucho más difuminado que en el papel, y por otro por la manía de Hollywood de cambiar los finales (¿para qué compran los derechos de un libro si luego no parece gustarles como es el libro?), algo que pocas veces sirve para mejorar el trabajo de base (La Niebla de Darabont es de las pocas excepciones que recuerdo). Sí, el éxito de It ha propiciado una nueva moda por King, pero parece que el estrepitoso fracaso de La Torre Oscura no ha servido de lección. Y no me quiero quejar de algunos cambios relativos y que son simplemente decorativos (como el cambio de roles de los hijos, por ejemplo), sino en el clímax final que, aunque efectivo en pantalla, desmitifica toda la tensión y el terror interior que desprendía la idea original.
Con todo, Cementerio de animales es un producto más que digno, de buena factura y con un gato lo suficientemente malrollero como para comerse en muchas secuencias a los protagonistas humanos (curiosamente, algo parecido, en otro tono completamente opuesto, a lo que sucedía ya en Capitana Marvel).
Interesante pero mejorable.


Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 20 de octubre de 2018

FIRST MAN

Lo primero que hay que reconocer al enfrentarse a First man es la valentía de su director, Damien Challeze, de alejarse de su zona de confort musical, después de haberse dado a conocer con Whiplash y deslumbrar con La Ciudad de las Estrellas (La la land). Por otro lado, esa valentía es a la vez una rémora para el film, que, teniendo en cuenta que el gran desenlace de la misma es de sobra conocida por todos (dejemos de lado a los escépticos), adolece de un ritmo tan lento y pesado que termina por condenar a la película al aburrimiento.
Estamos ante un retrato del astronauta Neil Armstrong, desde antes de ingresar en la NASA hasta su famoso alunizaje en 1969. No es la primera vez, ni será la última, en la que se conoce a la perfección el desenlace de una película (ahí están éxitos como los de Titanic, La Pasión de Cristo o incluso Rogue One), pero para ello debería estar la pericia del director para conseguir que pese a ello el film resulte emocionante. Sin salirnos del tema, el Apolo 13 de Ron Howard es un claro ejemplo de ello. Sin embargo, parece que Challaze no confíe demasiado en sus dotes para marcar el ritmo (algo contradictorio para tratarse de un director tan dotado para la música) y prefiere dejar todo el peso de la historia en el aspecto más intimista de la misma. Así, First man es una sucesión de primeros planos de Ryan Gosling y del interior de cabinas espaciales desde su punto de vista, recargando la narración en el drama personal del protagonista (la muerte de una hija) y dejando que su relación con su esposa tenga casi el mismo empaque que la propia carrera espacial.
Por otro lado, está el elemento Gosling. El protagonista de La la land es un gran actor, pero con una pasividad facial estudiada que puede resultar algo peligrosa si no se sabe controlar bien. Era una de las cosas que más lastraban a Blade Runner 2049 y lo mismo sucede en First man. Su cara de palo no hace sino amplificar esa sensación de aburrimiento y todos los que acudan a esta película en busca de contagiarse por el sueño de conquistar el espacio quedará decepcionado. No siquiera hay, hasta llegar el tramo final, planos en los que lucir el vuelo de las naves o los impresionantes paisajes espaciales. Es esta casi una versión pobre, aunque realista, de Intestellar, y lo único que puede sacarse de provecho es comprobar de primera mano la precariedad de los módulos espaciales, que parecen chatarra en comparación con las naves preparadas para surcar el hiperespacio que acostumbramos a ver en el cine de ciencia ficción, y se juguetea ligeramente con la dualidad hipócrita en las altas esferas del gobierno americano, que disfrazan con el sueño de conquistar el espacio la mera intención de vencer e algo a los soviéticos. Aunque para ver los entresijos de la carrera espacial desde un punto de vista mucho más interesante, e incluso divertido, me quedo mejor con la estupenda Figuras ocultas.
No negaré que la película remonta algo en su tramo final, cuando llegamos a la misión del Apolo 11, en la que Challaze se decide al fin a separar la cámara del casco de las naves y logra imprimir algo de emoción al film, consiguiendo que el conocimiento del espectador por lo que va a suceder se convierta ahora en complicidad (con el consiguiente enfado de los sectores más conservadores de los USA por negarles la escena en la que se planta la bandera americana sobre la superficie lunar), aunque quien más luce en estos momentos es el compositor de cabecera de Challeze, Justin Hurwitz, quien realmente aporta ese puntito emotivo que necesita la película para no condenarse definitivamente.
En resumen, un paso atrás en la carrera de Challaze, que quizá necesite regresar a donde más cómodo se mueve para recuperar energías, en una película correcta pero demasiado fría, que por querer ser muy intimista no consigue emocionar y que en ningún momento consigue transmitir la angustia y la presión que supone ser astronauta, casi carne de carnaza para el banco de pruebas que en aquel momento era la NASA, y cuyo principal interés es casi como documental sobre la figura de un hombre que, pese a haber pasado a la historia, no tenía una historia tan interesante como para ser resumida en una película.

Valoración: Cuatro sobre diez.

martes, 20 de marzo de 2018

MUDBOUND

Para bien o para mal, muchos consideran Netflix como un contenedor de paquetes que nadie quiere, y pese a los éxitos que suelen tener sus series parece que su producción cinematográfica sigue dando mucho que desear, siendo a menudo incluso objeto de mofa. Las grandes campañas promocionales que anuncian estrenos como Fe de etarras, la carísima Bright o la vapuleada Mudo no parecen de ser correspondidas con unos mínimos de calidad (al menos desde un punto de vista crítico), y al final se termina hablando más de lo que costó un anuncio durante la SuperBowld que de lo bien o mal que pudiera funcionar The Cloverfield Paradox.
Solo Aniquilación parece salvarse de la quema, aunque decir eso sea una gran injusticia para con la gran plataforma de streaming. Si nos olvidamos de los títulos que vienen precedidos por una llamativa (y efectiva) publicidad y nos entretenemos en rebuscar un poco en el extenso catálogo podemos hallar alguna que otra pequeña gran joya.
Yo mismo confieso que se me había pasado totalmente por alto esta Mudbound, y ni siquiera ahora, después de que haya hecho historia con sus cuatro nominaciones al Oscar (lo que demuestra que una vez pasada la tormenta del último Cannes hay que empezar a tomarse a estas plataformas en serio), parece que el gran público haya descubierto la película de Dee Rees. Afortunadamente, una de las ventajas del streaming es que siempre se está a tiempo para recuperarlas sin temor a que las exhibidoras las eliminen de las pantallas prematuramente, lo que me da pie para poder hablar un poco de ella.
Sobre el papel, Munbound puede parecer el clásico drama racial localizado en la América sureña que hemos visto mil veces. Y, de hecho, eso es lo que se intuye durante su primera parte del metraje, aunque la directora juega hábilmente con el espectador gracias a ese arranque en forma de flashforward aparentemente intemporal que invita a pensar, con el tema de las plantaciones de algodón y la marginación de los negros, a que estamos en la época de la esclavitud, sorprendiéndonos de inmediato cuando se anuncia el bombardeo a Pearl Harbor. Efectivamente, los americanos se lanzaban de cabeza a luchar contra ese fustigador de libertades que fue Hitler mientras en su propia casa los negros seguían siendo considerados más animales que humanos.
Mudbound arranca con la historia de los McAllan, una familia liderada por el ambicioso Henry que compra una granja con mano de obra negra con el propósito de iniciar una nueva vida en el campo (o en infinitas extensiones de barro, más bien), junto a su esposa Laura, su padre Pappy, sus dos hijas y su hermano Jamie. Sin embargo, apenas entrar los Estados Unidos en la guerra europea el pequeño de los McAllan decide alistarse, llegando a ser un héroe aéreo.
Mientras, los Jackson trabajan las tierras con la esperanza de que algún día sea suyas, un sueño muy lejano para una familia de raza negra. Hap y Florence son los cabezas de familia que deben seguir adelante tras la marcha a la guerra de su hijo mayor, Ronsel, que termina pilotando tanques dentro de lo que llegó a ser conocido como Las Panteras Negras, a las órdenes del general Patton.
Mudbound es una película algo culebronesca, de rivalidades familiares a causa de un racismo inherente a esa sociedad y unas ambiciones no siempre correspondidas por los objetivos. Sin embargo, tras un arranque algo lento y plomizo, necesario sin embargo para llegar a conocer bien a los protagonistas, otros elementos como la amistad, las secuelas de la guerra o incluso el machismo visto como algo terriblemente cotidiano en la época, van adueñándose de la trama logrando engrandecer la película.
Es Mudbound un film claramente antiracial, pero, incluso contando con que su directora y guionista Dee Rees es afroamericana, no me parece el clásico alegato en favor de los negros, sino que se busca una mirada imparcial de una realidad histórica que fue como fue y que como tal hemos de condenarla. No hay buenos ni malos (a nivel general, claro), de manera que no se pretende juzgar o santificar a una raza entera. Rees prefiere explicar su historia y dejar que sean los propios hechos los que recalen en la conciencia del propio espectador.
Así, pese a su alargado metraje, la película termina por cautivar y emocional, con unos personajes bien construidos y una brillante fotografía, bien merecedora de esa nominación al Oscar, que habría lucido de maravilla en pantalla grande.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 12 de marzo de 2018

WINCHESTER


Aunque soy poco dado a estas peliculillas de terror de casas encantadas y supuestas adaptaciones de historias reales, sentía cierta curiosidad por esta Winchester, firmada por los hermanos Spierig, pareja germana autora de títulos interesantes como Daybreakers, Predestination o la más flojilla Saw VIII.
Los motivos por los que me sentía atraído por esta película eran básicamente dos. Por un lado, la pareja protagonista, en especial Helen Mirren, actriz capaz de protagonizar intensos dramas como La reina, La dama de oro o Espías desde el cielo hasta títulos tan comerciales como las dos entregas de RED o Fast & Furious 8, aunque también me llamaba la atención que se dejara caer por aquí Jason Clarke, que, aunque no sea santo de mi devoción, hay que reconocerle que es una figura dentro de la industria. El segundo motivo era la historia real, ciertamente apasionante: Sarah Winchester, viuda del heredero del imperio Winchester, el mayor fabricante de rifles de su época, que (dicen) atormentada por las muertes que habían causado las armas que la habían enriquecido estaba convencida de que los espíritus de esas almas la acosaban, por lo que dedicó el resto de sus días a mandar restaurar una laberíntica mansión siguiendo las supuestas instrucciones de esos espíritus. Un edificio de San José (California) con cientos de habitaciones, pasillos absurdos, escaleras sin sentido y todo tipo de excentricidades arquitectónicas sigue siendo, a día de hoy, testigo de esa leyenda.
La historia sobre la que se sustenta la película es, desde luego, muy apasionante, y habría sido un buen material de partida para un drama con tintes sobrenaturales, muy apropiado para un experto en casas encantadas como James Wan, por ejemplo. Sin embargo, en manos de los hermanos Spierig, la película termina derivando en un cliché de sustos fáciles y apariciones repentinas grotescamente maquilladas que invitan a saltar de la butaca en no pocas ocasiones pero poco más. Si es cierto que la historia inventada del doctor Eric Price, al que el resto de asociados de Winchester contratan para que declare mentalmente inestable a la viuda, tiene algo de empaque, pero hay una verdadera carencia a la hora de analizar el trasfondo de los protagonistas y el drama de la historia queda desdibujada por las muchas incoherencias de su guion, en algunos momentos completamente absurdo.
Es esta historia muy inferior a la real, obviando curiosidades como la galería de tiro que había en la casa (contradiciendo la teoría sobre los remordimientos de la viuda), las sesiones de espiritismo que se ofrecían en un torreón o la inquietante visita que recibió la casa años más tarde por parte del popular mago Houdini, en un estéril intento de desacreditar la leyenda, pero al menos se agradece que no todo sea una completa estupidez como en la mayoría de películas de este estilo.
Sí, es cierto que la participación de Miren está completamente desaprovechada, y que la explicación real de los destrozos que los espíritus provocan en la casa en la versión fílmica apenas son explicados (y casi a regañadientes), pero después de que el tráiler me advirtiese ya de que esta no es la película que yo habría querido ver, al menos me ha logrado interesar lo justo para aceptarla con agrado, y en las que algunos han querido ver una moralina sobre el uso (y abuso) de las armas de fuego en Estados Unidos..

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 15 de julio de 2017

EL HOMBRE DEL CORAZÓN DE HIERRO, insulsa biografía de Heydrich

El hombre del corazón de hierro es la decepcionante nueva película del francés Cédric Jimenez, rodada en inglés y con un (desaprovechado) reparto de auténtico lujo.
Basada en el libro HHhH, de Laurent Binet, la película se supone que debería relatar la vida y muerte del tristemente célebre Reinhard Heydrich, desde su ascenso al poder (llegó a ser el tercer hombre más importante del régimen nazi) hasta su intento de homicidio en Praga. No está claro quién es el culpable de que este biopic sea un despropósito bastante grande, pero parece ser que la coincidencia en el tiempo con Operación Anthropoid, que contaba más o menos lo mismo, obligó a hacer cambios de última hora en el guion y retrasar su estreno varios meses.
Así, la película tiene dos partes bien diferenciadas, lo cual es el primer error al no lograr nunca encontrar su propio ritmo narrativo.
En la primera, Heydrich, correctamente interpretado por Jason Clarke, es el protagonista absoluto, narrándose su expulsión del ejército y como influenció en él su esposa Lina (Rosamund Pike, sin duda lo mejor del film). No creo, sin embargo, que Jimenez acierte en la puesta en escena, y la película se ve casi como un documental, sin la pasión necesaria para alcanzar a conocer al hombre que había detrás de la leyenda y dando la sensación que se desaprovecha mucho la presencia de Pike. Dicen que detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer y aquí se parece intuir que después de todo horrible hombre hay también una horrible mujer, pero, como digo, solo se intuye.
De repente, la película sufre un brusco corte y salta seis meses atrás en el tiempo para olvidarse de Jason Clarke y presentarnos a unos nuevos protagonistas, Jack O’Conell y Jack Reynor, que dan vida a Kubis y Gabcik, los dos paracaidistas enviados para acabar con la vida del Carnicero de Praga. Aquí es cuando la película es una mera fotocopia de Operación Anthropoid, y si bien aquella no era tampoco una maravilla, sí explica más a conciencia los hechos sucedidos. Es en esta segunda parte donde tiene acto de presencia Mia Wasikowska, otra gran actriz desaprovechada.
Aunque siempre he sido partidario de comentar la película que he visto y no la que me habría gustado ver, no me cabe la menor duda que quitar por una hora el foco de Heydrich es un tremendo error, cuando lo que tendría que haber hecho Jimenez, en lugar de pretender competir con la película que se estaba haciendo en paralelo, es tratar de complementarla. La historia de Heyndrich por sí sola se me antoja apasionante, y no creo que esta película me descubra nada nuevo sobre su figura, aparte de las muchas inexactitudes históricas que dicen que hay.
La película, en fin, es irregular y simplona, sin alma y por momentos incluso aburrida. Y eso, tratándose de un retrato tan apasionante como aterrador sobre uno de los hombres más crueles del Tercer Reich, es mucho decir. Al final, solo aporta algo de interés a aquellos que no hayan visto Operación Anthropoid y desconozcan la historia del asesinato del oficial nazi y sus devastadoras consecuencias.

Valoración: Cuatro sobre diez.

sábado, 19 de septiembre de 2015

EVEREST (4d10)

Dirigida por Baltasar Kormákur, ese director islandés que debutó en Estados Unidos con la normalita Contraband y se reafirmó con la bastante más recomendable 2 guns, Everest narra la tragedia acontecida en 1996 cuando varias expediciones de alpinistas trataron de criticar la cima del mundo. No voy a dar más datos por no entrar en spoilers pero el detalle de que esté basada (bastante fielmente, parece) en una historia real hace que no haga falta mucho esfuerzo para saber cómo van a producirse los acontecimientos.
La película cuenta con un director correcto, unos bonitos paisajes (algunas escenas están filmadas en el mismo Nepal) y un reparto tan espectacular como desaprovechado, pero todo ello no es suficiente, ni de lejos, para que Everest sea una buena película.
Lo primero que falla es la empatía con los personajes. A priori es fácil solidarizarse con la desgracia ajena, tanto en ficción como en la vida real, pero hay que profundizar un poco más en los personajes para conseguir la comunión necesaria para sentirse en su piel y sufrir como sufren ellos. En el caso de un accidente o desastre fortuito es diferente, y el espectador no debe conocer al detalle la vida de todos los ocupantes del Titanic o saberse el nombre de todos los habitantes de Pompeya (que pese a sus carencias y pretensiones más palomiteras la película de Anderson tiene mucha más alma que esta) para sufrir por ellos. Aquí el problema principal es que son los protagonistas los que ponen sus vidas en juego conscientemente sin más objetivo que el orgullo, el desafío personal o incluso el siempre lucro. Unos tipos van a la montaña más peligrosa del mundo y les sorprende un gran peligro... ¡Pues claro! Como diría el humorista José Mota: si hay que ir se va, pero ir por ir...
No, no estoy diciendo que por poner sus vidas en juego caprichosamente merezcan lo que les sucede, pero algo deberían tener para poder simpatizar con ellos y no ser meros maniquíes sobre los que, al principio de la película, puedes apostar sobre si viven o mueren. Y eso, más allá del hecho de ser una historia real, es culpa del guionista, que no sabe dar un toque de épica a la narración, como si tenía ¡Viven!, de Frank Marshall, ni la carga dramática que tenían otros personajes reales que sufrían las consecuencias de su propia imprudencia como el Ramón Sampedro de Mar Adentro o el Aron Ralston de 127 horas.
Everest arranca con un planteamiento similar al típico cine de catástrofes, lo que puede justificar su reparto estelar, pero olvida que una de las normas no escritas de ese género consiste en dar su minuto de gloria a todos los personajes. Everest, en cambio, se limita a seguir las andanzas de Rob Hall (Jason Clarke) como líder de la expedición y a Beck Weathers (Josh Brolin), escalador cuyos méritos se los ha dado más el dinero que la experiencia, quedando como tercer bastón argumental a Jon Krakauer (Michael Kelly), el periodista que a la postre escribirá el libro en que se basa la historia. De telón de fondo están los personajes femeninos que interpretan sin demasiado esfuerzo Emily Watson como mano derecha en el campamento base de Hall, Keira Knightley como su embarazada esposa y Robin Wright como la casi anecdótica mujer de Weathers. 
Todo lo demás es la nada más absoluta, desde un incomprensiblemente olvidado Jake Gyllenhaal cuya inicial rivalidad con el personaje de Clarke se diluye como la nieve bajo el sol o un Sam Worthington que, literalmente, pasaba por ahí. ¡Por Dios, que es el prota de Avatar y Terminator Salvación y se pasa la peli hablando por radio cómodamente sentado en su campamento!
Parece ser que la idea inicial de los productores, que llevaban diez años trabajando en la película, era centrar la trama sólo en Hall, que iba a protagonizar Christian Bale, pero cuando Bale se bajó del carro para ser sustituido por Clarke tuvieron tan poca fe en el actor de El amanecer del Planeta de los Simios y Terminator Génesis  que improvisaron está historia coral de forma tan chapucera.
Ciertamente, lo único que salva algo la película son sus maravillosos paisajes, por más que se note la parte filmada en estudio, pues no en vano fue concebida para estrenarse en Imax y los que la han visto en 3D dicen que vale la pena el formato.
En la cuneta queda lo que podía haber sido verdaderamente interesante si hubiesen querido tirar por ese camino, como es la transformación que el Everest ha sufrido en los últimos tiempos (por no decir prostitución) de manera que cualquiera puede ir a pasear por ahí como si fuesen Las Ramblas sólo con pagar un módico precio, convirtiendo el lugar en un estercolero de basura, bombonas abandonadas, campamento vacíos y, ¿por qué no decirlo?, cadáveres imposibles de rescatar, demostrando que la seguridad puede llegar a ser algo secundario ante la necesidad de conseguir llevar a un cliente hasta la cima por no perder la reputación, ya de por sí no muy destacable, del negocio. Pero la película no quiere tomar ese camino y prefiere desviarse por la vía fácil y cobarde de convertir a Hall (para mí el gran culpable de lo que pasa, que para algo su trabajo es mantener con vida a sus clientes) en un mártir, mereciendo la santificación por conseguir, pese al precio a pagar, cumplir el sueño de uno de los personajes.
Al final, la calidad del film es como el oxígeno a partir de los 4.000 metros de altura: muy escasa...

domingo, 12 de julio de 2015

TERMINATOR: GÉNESIS (7d10)

Una vez más, al acudir a una sala de cine a ver una secuela/remake/reboot de un clásico de nuestra infancia nos asalta la inevitable pregunta: ¿era necesario?
En el más puro sentido de la palabra la respuesta es un rotundo NO. Cuando una película es tan interesante y emocionante como Terminator y tiene una secuela absolutamente brutal y revolucionaria como Terminator 2: El juicio final, no hay ninguna necesidad de volver a remover las cenizas del pasado, aparte del hecho de que va a ser imposible estar a la altura (ya se intentó en dos ocasiones y una serie de televisión y no se logró).  Podría ser un caso parecido al de Jurassic World, imposible de estar a la altura de la primera pero mucho más entretenida que sus flojitas secuelas.
Pero, como con Jurassic World, hay una segunda respuesta válida: si de verdad hay que hacerlo, hagámoslo bien. Y conscientes de que no se va a repetir la magia ni la genialidad de las dos obras de James Cameron (no en vano es uno de los mejores cineastas de la historia) se han esforzado para hacer una historia coherente, acorde con el paso de los años y lleno de autoreferencias y homenajes a las películas de 1984 y 1991 respectivamente.
De algún modo se podría decir que los productores han aprendido de los errores anteriores. Si la primera película era tremendamente original, violenta y (por momentos) aterradora y la segunda era un espectáculo visual adrenalítico y sin dar un respiro al espectador, parecía que ya todo estaba dicho en un universo que ni Cameron ni el propio Schwarzenegger parecían interesados en recuperar. Cuando al fin se hizo Terminator 3: la rebelión de las máquinas en el 2003 se trató de avanzar algo en la historia, pero la película de Jonathan Mostow terminó siendo una simple historieta más de robots venidos del futuro con una T-X macizorra sustituyendo al T-1000 de  metal líquido y dejando a todo el mundo con las ganas de ver por fin la guerra del futuro que tan solo había insinuado brevemente Cameron. Tras el fiasco en taquilla hubo que esperar seis años más para ver por fin esa guerra del futuro, pero para ello se tuvo que renunciar a los dos pilares fundamentales de la franquicia: los viajes en el tiempo y el bueno de Arnie, liado en asuntos de política y al que solo se le ve digitalmente y de forma muy breve. Terminator: Salvation de McG fue la que peor funcionó en taquilla y obligaba o bien a finiquitar la saga o a replantearla de nuevo.
Tras el buen trabajo de J.J.Abrams en Star Trek y de Bryan Singer en X-men: días del futuro pasadoel camino a seguir parecía claro para el director Alan Taylor (recién salido de Thor: el mundo oscuro). Al fin y al cabo, si hay una saga con derecho a modificar su historia mediante viajes en el tiempo es esta, ¿no?
Así, la acción arranca tal y como lo hacía la primera, pero dando más detalles. En el futuro John Connor está a punto de derrotar a Skynet de manera que este hace un desesperado ataque final enviando a un T-800 a 1984 para asesinar a Sarah Connor, la madre de John, y evitar que el líder de los humanos llegue a nacer siquiera. Kyle Reese, el mejor amigo de John (y que todos menos él sabemos que es también su padre), deberá viajar tras el ciborg para salvar la vida de Sarah. Sin embargo, cuando llega a 1984 la historia, tal y como él la conocía, ha cambiado.
Me apasiona el tema de los viajes en el tiempo, considerando que, dentro de la ciencia ficción más fantasiosa, debe ser tomado como un simple divertimento. La opción de los guionistas Laeta Kalogridis    y Patrick Lussiern de crear diversas líneas temporales me resulta interesante, además de permitirnos ver (la magia del maquillaje y los efectos digitales) a tres Schwarzeneggers de distintas edades. Obviando (aunque tampoco creo que renegando, como se ha dicho por ahí) la tercera y cuarta parte de la saga el film de Taylor se compone de un complicado jeroglífico de  viajeros temporales que permite ver otra vez en acción al T-1000 (con otro actor, claro) y a un nuevo villano, aunque ni rastro de ningún T-X.  Lo malo de meterse en estos berenjenales es que las paradojas son casi inevitables (todo Terminator en sí es una gran paradoja, intencionada en un primer momento), y al final de la película se encuentra uno con demasiadas preguntas sin responder que pueden llegar a molestar, sobre todo por no saber si se deben a fallos de guion, vagueza de los guionistas o simples puertas abiertas de cara a futuras entregas.
En el apartado interpretativo, con un Schwarzenegger tan inmenso como siempre, podemos mirar con lupa a Emilia Clarke, que sale bien parada en su transformación en Sarah Connor. Aunque las comparaciones con Linda Hamilton sean odiosas hay que agradecer que su rol sea ligeramente diferente al de su predecesora para poderse distanciar un poco.
No funcionan mal los otros dos protagonistas, Jason Clarke y Jai Courtney, pese a que ninguno de los dos sean actores santos de mi devoción, de los cuales no hablaré demasiado por no entrar en spoilers (aunque la propia productora, incomprensiblemente, se ha empeñado en hacerlo, tanto en alguno de los posters –no los aquí reproducidos- como en el tráiler), aunque se echa en falta algo más de importancia en el papel del inmenso J.K. Simmons, recuperando al uno de los policías anónimos que sufrió el ataque del Terminator de la primera película.
En fin, que la historia, por más que se vuelve algo previsible hacia su final, es más que convincente, con todo lo que uno podría esperar de una secuela de Terminator y que no nos habían dado desde que Cameron dejó la franquicia. No es oro todo lo que reluce, por supuesto, y ni Taylor es Cameron ni su película está  a la altura de los dos primeros clásicos, pero la acción está bien filmada, no concede un respiro al espectador y está salpicada con ligeras dosis de humor como era menester. De nuevo en referencia a mi opinión de Jurassic World debo repetir que no tiene esta película (muy hija de su tiempo pese a todo) el alma ni la magia de aquellos primeros Terminators, pero como blockbuster veraniego cumple con creces.
Eso sí, para los que la vemos doblada, se echa mucho de menos el doblaje de Constantino Romero. Sin él, eso de “Volveré” no suena igual de bien.  




domingo, 21 de junio de 2015

EL NIÑO 44 (5d10)

Ambientada en la Rusia comunista (la antigua URSS), El niño 44 cuenta la historia de un asesino en serie en una época en la que se proclamaba que “no existen asesinos en el paraíso”. En un época que podría definirse por una constante caza de brujas ante la paranoia de Stalin contra los “traidores a la patria” la aparición de este asesino se entremezcla con la extraña historia de amor entre el militar Leo Demidov y Raisa, y la caída en desgracia de la pareja por no querer acusar él a su esposa por traición.
Disfrazada por el sueco Daniel Espinosa de crónica social, la película es en realidad una simple y casi tópica historia de psicópatas al más puro estilo de El silencio de los corderos, aunque sin la tensión de aquella.
Confieso no haber leído la novela de Tom Rob Smith en que se basa, pero la película acontece de una falta de ritmo y una reiteración que hace que las más de dos horas de metraje resulten algo excesiva. Y no es que la película llegue a aburrir, que no lo hace, pero el caso es que si nos quedamos con la trama policiaca la cosa queda algo floja y previsible (hay que tener en cuenta que conocemos el rostro del asesino a media película) mientras que la parte política está lamentablemente desaprovechada.
Tanto es así que toda la fuerza dela película recae en su reparto, muy atractivo en cuanto a nombres se refiere pero sin demasiado interés por mi parte, con un Tom Hardy cuya cara de pena me está empezando a cansar, una Noomi Rapace tan insulsa como siempre y un Gary Oldman que, esté en la época que esté, siempre termina haciendo lo mismo (de hecho, una vez llegado al final, no pude dejar de preguntarme si se trataba de una especie de precuela de Batman en la que se nos explica como Gordon llega a comisario). También pululan por ahí Vicent Cassel, Joel Kinnaman y un casi anecdótico Jason Clarke. Muchos nombres pero pocas nueces.
Al final, la película logra mantener más o menos el interés, con algunos momentos de acción bastante bien conseguidos, pero sobrevuela sobre ella constantemente la sombra de la decepción, como si Espinosa fuese un jugador de cartas novato que no sabe qué hacer con una buena mano. Desde luego, la historia podría haber dado para mucho más. Pero habrá que conformarse con lo que hay.

sábado, 19 de julio de 2014

EL AMANECER DEL PLANETA DE LOS SIMIOS (8d10)

Miedo le tenía a esta película debido al enorme hype que estaba produciendo. Tantas noticias y críticas diciendo que se trata de la película del año, casi una obra maestra, no hacían más que provocar mi desconfianza ante un nuevo producto sobredimensionado que no podía más que decepcionar.
Pues nada más lejos de la realidad. La secuela de El origen del Planeta de los Simios (que a su vez, como esta, era precuela del clásico El Planeta de los simios) es esplendida, maravillosa, grandiosa y genial.
Protagonizada por un monstruoso Andy Serkis que se merece el Oscar ya (y si no es posible dárselo porque no se le ve el rostro que inventen una categoría especial urgentemente), la película continúa tal y como quedó su antecesora, con los simios viviendo en libertad y un virus mortal para los humanos propagándose por todo el planeta. Diez años después, los simios han construido una comunidad que los muestra a medio camino entre su naturaleza salvaje y los rasgos de humanidad que el aumento de inteligencia ha formado en ellos. Así, se nos presentan como una especie de tribu ancestral, cazadora en grupo y portadores de armas de hierro y constituida en una sociedad liderada por Cesar, que se ha convertido, además, en cabeza de familia.
Por su parte, un escaso grupo de humanos ha logrado sobrevivir a la epidemia al ser inmunes al virus, pero para garantizar su supervivencia dependen de poner en funcionamiento una central energética ubicada en una presa que está, precisamente, en territorio simio. Mientras en el campamento establecido en San Francisco el líder humano Dreyfuss se encargará de armar y preparar a sus hombres para un posible combate Malcolm y un escaso puñado de humanos más tratarán de negociar un acuerdo con los simios.
Sin embargo, no todos los humanos van a aceptar de primeras la amistad de los simios, ni todos los simios se van a prestar a colaborar con los humanos.
Lo que podría parecer una película de aventuras con tintes naturistas pronto se convierte en una película bélica, sin contemplaciones. Cruel y sanguinaria, El amanecer del Planeta de los Simios se entiende como una metáfora de la imposibilidad de entendimiento entre dos razas diferentes, y cómo el odio más irracional puede conducir a la hecatombe sin que la lógica ni los sentimientos puedan evitarlo. Jugando constantemente en apuntar a unos y a otros como los “malos” de la peli, la película no ofrece un villano general (aunque sí uno particular), pues el quid de la cuestión es que los humanos se han vuelto demasiado animales y los animales demasiado humanos, con lo que el conflicto será, finalmente, inevitable.
La película está dirigida con maestría por Matt Reeves, amiguete de correrías de J.J. Abrams quien le dio la oportunidad de debutar en cine con la interesante Monstruoso a la que siguió la estupenda adaptación americana de la película nórdica Déjame entrar. Juntos además habían colaborado ya en la serie Felicity, lo que se puede comprobar en la participación en la película de Keri Russell, protagonista de la serie y no demasiado prodigada en cine. Otro viejo conocido de la familia es Kirk Acevedo, famoso por su doble papel de Charlie Francis en Fringe y que aquí tiene un breve pero determinante papel.
Reeves completa ahora su mejor película hasta la fecha, luciéndose en las escenas de acción y sabiendo mantener el ritmo sin caer en la sensiblería ni el maniqueísmo y regalándonos alguna escena especialmente inspirada, como la del tanque en pleno campo de batalla.
Como protagonistas del film (aparte, insisto, del fenomenal Andy Serkis) encontramos a Jason Clarke (actor sosete que se dio a conocer en La noche más oscura y será el nuevo John Connors) y a Gary Oldman, los cuales hacen unas interpretaciones sufridas pero sin demasiado espacio para el lucimiento. Y es que si hay que ponerle algún pero a la peli (alguno se lo pone, yo no) es lo superficialmente dibujados que están los personajes, de los cuales apenas sabemos nada aparte de que perdieron a seres queridos debido a la epidemia de la que muchos responsabilizan a los simios. 
Sin embargo, en mi opinión, no necesitamos conocer mucha más de ellos, pues los verdaderos protagonistas del film, los que mueven el motor de la acción, son los simios, y en ese bando, aparte de conocer de antemano el pasado de Cesar y de su segundo a bordo Koba quedan suficientemente bien definidos en la película para comprender sus sentimientos y motivaciones aún sin haber visto la anterior.
Como colofón final a una película que supera con creces (y eso sólo es ya todo un mérito) a la obra de Rupert Wyatt y se sitúa a la par (aunque los ritmos narrativos y las secuencias de acción son totalmente diferente, como corresponden a las épocas de rodaje) al clásico que protagonizó Charlton Heston allá por 1968 tenemos a Michael Giacchino como autor de la banda sonora, otro más que salió de la factoría Abrams pero que ya brilla con luz propia y que aquí consigue una impagable obra musical que engrandece aún más la película.
Simpática y tierna en algunos momentos, dura y trágica en otros y decididamente trepidante y emocionante pero sin renunciar a la reflexión en ningún momento, El Amanecer del Planeta de los Simios es, probablemente, la mejor película estrenada este año, por lo menos en lo que a cine comercial se refiere, y es que sus guionistas han logrado escribir el libreto de una película cargada de efectos especiales y personajes digitales sin permitir que estos se coman a la historia.
Magnífica. No hay más que decir.



sábado, 21 de septiembre de 2013

ASALTO AL PODER (8d10)

Hace escasos meses se estrenó la película Objetivo: La Casa Blanca que explicaba con todo lujo de detalles el asalto terrorista al edificio más protegido del mundo poniendo en peligro la vida del presidente y con una única persona como esperanza para salvar la situación, mientras desde el exterior el presidente de la Cámara debía ejercer las funciones del Presidente y tomar difíciles decisiones.
Ya comenté entonces la proximidad del estreno que hoy me ocupa, cuyo argumento no podía llegar a imaginar que iba a ser tan milimétrico. Dirigida por Roland Emmerich, el tipo que mejor destroza edificios icónicos de los USA, ese argumento tan similar es una de los principales lastres de esta película, junto al aspecto de panfleto patriótico, Presidentes de estado heroicos, un actor principal muy limitadito y una serie de situaciones absolutamente increíbles. Y toda esta colección de despropósitos iniciales son los que promueven que puntúe la película con tan solo un ocho pese a rozar el nueve.
Porque sí, la película es una vuelta de tuerca a lo ya visto mil veces, propagandística y con muchas similitudes a otras obras de Emmerich como Independence Day, no lo voy a negar, pero es también una sucesión de imágenes impactantes, brillantemente filmadas, épicas, emotivas y emocionantes. Durante más de dos horas el espectador se queda pegado al asiento contemplando tiroteos, explosiones, persecuciones, lanzamientos de misiles, aviones explotando… Todo tiene cabida en esta locura de película que, sin embargo, mantiene en todo momento una coherencia argumental gracias, en parte, a que el guion viene firmado por un profesional como James Vanderbilt (Zodiac, Amazing Spiderman) y el sosainas de Channing Tatum (uno de los incomprensiblemente actores de moda que aquí no está mal del todo) está muy bien secundado por actores de la talla de Maggie Gyllenhaal (El Caballero Oscuro), Jason Clarke (La noche más oscura), Richard Jenkins (The Visitor), James Woods (al que últimamente lo teníamos más visto en televisión que en cine), Joey King (lo mejor de Expediente Warren: the Conjuring) y, compartiendo protagonismo, Jamie Foxx, que ha pasado en pocos meses de ser un esclavo caza recompensas en Django Desencadenado a emular al mismísimo Barack Obama como líder del mundo libre (aunque pronto volverá al mal camino interpretando al villano de Amazing Spiderman 2).
Emmerich, que cuando tiene un buen guion entre manos demuestra que sabe medir con precisión los goteos de comedia y drama que aderecen la acción adrenalítica, a la vez de convertirse en un  gurú de las maquetas explosivas que tan bien lucen en Independence Day o Godzilla, compone una película brillante, en la que puedes encontrar varios personajes diferentes con los que empatizar, no limitándose a regalarnos un reguero de bonitas pero vacuas destrucciones, como le sucediera en las fallidas El día de Mañana y, sobre todo, 2012, consiguiendo la que posiblemente sea la mejor pieza de su filmografía hasta la fecha. Y aunque no engaña fingiendo en ningún momento que lo que importa aquí son los fuegos de artificio tiene tiempo aún para dar cuatro pinceladas sobre los problemas de un padre divorciado para conectar con su hija adolescente, hablar sobre el duelo por la pérdida de un hijo, reflejar la visión de la sociedad vista a través de los medios de comunicación o atreverse incluso a lanzar un mensaje pacifista (en medio de tanta muerte y destrucción, ironías de la vida) en forma del acuerdo que el Presidente quiere conseguir para lograr la paz en Oriente Medio.
La historia es sencilla: Cale, policía de la Casa Blanca por enchufe (en realidad es más bien el chofer del Presidente de la Cámara) recurre a un favor para conseguir una entrevista de trabajo para ingresar en el cuerpo de seguridad del Presidente, consiguiendo un pase para su hija adolescente, una verdadera friki de la política norteamericana. Estando con un grupo de visitantes turísticos se verá embarcado en medio de un atentado terrorista con fines poco claros que lo llevarán a un correcalles laberíntico por los recovecos de tan ilustre edificio tratando primero de proteger a su hija y acabando tratando de sobrevivir mano a mano con el propio Presidente.
Chaning y Foxx son, qué duda cabe, los protagonistas absolutos de una película que sigue fielmente los cánones impuestos hace ya veinticinco años por la magnífica Jungla de Cristal de John McTiernan (de hecho, toda la película desprende un aroma ochentero, incluso en su forma de preparar la historia, con un inicio calmado en el que Emmerich se toma su tiempo para que podamos conocer perfectamente a los personajes mientras el drama se va mascando poco a poco), aunque como es habitual en la filmografía del director germano hay un punto de coralidad, permitiendo que todos y cada uno de los secundarios dispongan de su propio minuto de gloria, desde Emily, la hija de Cale, hasta el guía turístico Donnie interpretado por Nicolas Wright.
Otro de los méritos de Emmerich es lo bien que sabe filmar las escenas de acción, permitiéndonos ver con claridad lo que sucede y huyendo de los planos confusos y precipitados de , por ejemplo, Michael Bay, como demuestra con la persecución de coches por los jardines de la Casa Blanca o las impresionantes escenas de los helicópteros volando a ras de suelo por entre las calles de Washington. Tatum (que no por casualidad termina la película en camiseta de tirantes y ensangrentado) y Foxx tienen química juntos y consiguen que aceptemos a unos personajes totalmente increíbles, un Supersoldado clon del Gerard Butler de Objetivo: La Casa Blanca y un heroico y sacrificado Presidente, algo más terrenal por eso que el que interpretara Bill Pullman en Independence Day (con la alargada sombra del Presidente Bartlet en el recuerdo). De los malos mejor ni hablo por no desvelar sorpresas, aunque sí apuntaré que la trama urdida es inteligente, conformada por una especie de puzle de piezas totalmente diferentes que terminan encajando son sencillez llegados al final.

No estamos ante la mejor película del año, ni entrará en ninguna quiniela por los Oscars, pero qué duda cabe que se trata de una de las peripecias más divertidas, entretenidas y apasionantes del año, algo por debajo de esa obra maestra de Abrams llamada Star Trek: en la OscuridadAsalto al poder es una montaña rusa de adrenalina, dos horas en las que el cine se hace espectáculo. Y tras un verano en el que hemos tenido que lidiar con tonterías como Pacific Rin, El llanero Solitario  o El hombre de Acero ha sido un soplo de aire fresco.

martes, 8 de enero de 2013

LA NOCHE MÁS OSCURA ( 3d10)

Dicen que La noche más oscura es la recreación de cómo el gobierno de los Estados Unidos localizó y asesino a Osama Bin Laden. Dejando aparte el rigor histórico de los hechos descritos (que muchos han definido como falseados y alejados de la realidad) lo cierto es que el tema en si es suficiente como para captar el interés de todo el mundo, seamos o no americanos. No en vano Bin Laden es (o era) uno de los hombres más odiados del mundo.
Una película de estas características puede enfocarse de dos maneras diferentes: como un documental, ofreciendo una mirada distante de lo sucedido, evitando implicarse en la historia, o como una película de ficción (una dramatización de los hechos), con un guion y un desarrollo de los personajes que sean relativamente fieles a lo sucedido pero dotándoles de personalidad cinematográfica. Desgraciadamente, la señora Kathryn Bigelow (cuya película más soportable es Le llaman Bodhi), ha optado por el camino intermedio. Empeñada, según parece, a demostrar que no ha aprendido nada de cine en los años que fue la esposa de James Cameron (que gran guion suyo estropeó ella en la visualmente confusa Días Extraños), esta mujer condenada a películas de medio pelo y bajo presupuesto ganó la lotería cuando su sobrevalorada En tierra hostil cayó en gracia entre mis amigos del CSI (Críticos sesudos intelectuales) y la elevaron a los altares. Demostrando no tener un ápice de vergüenza (y orgullo no digamos), la buena mujer ha decidido copiarse a sí misma y repetir estilo de cámara temblorosa y falso documental en su nueva película, una película que, por cierto, se comenzó a fraguar cuando nadie tenía ni puñetera idea de donde se encontraba el terrorista y para la que su captura fue como una bendición, ya que haciendo gala de un gran oportunismo se apuntaron el tanto de conseguir los derechos de la historia aprovechando que estaban en ello sin importar que su guion original no tuviera nada que ver con lo que iban a narrar ahora.
El caso es que la Bigelow no ha hecho un documental (eso da pocos premios y menos dinero aún), pero ha querido escatimar a la hora de contratar un guionista, ya que Mark Boal, el tipo que aparece en los créditos y que debe ser muy amigo de la directora, pues En tierra hostil y esto son los únicos libretos que ha escrito hasta la fecha, se limita a copiar ciertos informes (que muchos dudan de su exactitud) del caso, ignorando por completo construir unos personajes, desarrollar una estructura argumental o crear un trasfondo dramático.
La película, consciente de que necesita desesperadamente empatizar con el público, comienza manipulando vergonzosamente al espectador mediante grabaciones reales sobre fundido negro de las llamadas der los pasajeros del vuelo Unit 93 poco antes de estrellarse en los atentados del 11-S. A partir de ahí vemos una serie de investigaciones encabezados por el personaje interpretado por Jessica Chastain que no llevan a ninguna parte. Tras un interesante arranque donde vemos como se interroga a un prisionero islamista sin cortarse un pelo con las torturas, la acción se desvanece, pasando a un proceso interminable de informes, escuchas, errores, más escuchas, discusiones con el jefe, más errores… hasta que, en el último tramo, un golpe de suerte les pone sobre la pista del terrorista y en una sigilosa misión (aterrizan con dos helicópteros –uno de ellos más que aterrizar se estrella- en plena noche en el patio de Bin Laden sin que nadie oiga nada) lo identifican y acribillan. Por el camino, alguno de los que perecían protagonistas deja de salir y nos da igual. Una agente con un papel bastante destacado en la primera mitad de la película muere y nos da igual. Parece que toda la investigación vaya en una dirección equivocada y nos da igual. Todo da igual. Y es que la película no tiene nada de pasión, nada de sentimiento. Podría haber durado media hora, pasando de las escenas de tortura a las de la captura de Bin Laden y todos habríamos salido tan contentos del cine, pero como eso no puede ser (y parece que para que una película sea consideraba buena debe superar las dos horas de metraje), pues Bigelow y Boal rellenan con paja aburrida y vacía de manera totalmente aleatoria. No conocemos nada de los personajes, ni si tienen familia, amigos, qué les mueve a hacer lo que hacen, qué piensan…, impidiéndonos empatizar con ellos, mientras que tampoco nos iluminan demasiado sobre la manera de funcionar de la CIA ya que, al fin y al cabo,  todo concluye con un golpe de suerte. Por si fuera poco, las escenas finales, las que todo el mundo está esperando, y en las que Bigelow cambia de estilo y pretende despertarnos de la butaca con toques de acción, están torpemente filmadas, abusando de planos oscuros  demasiado confusos (ya sé que en la vida real era de noche y estaba oscuro, pero esto es cine, ¡caray! ¿Nunca ha oído Bigelow hablar de una técnica llamada noche americana?).

En fin, una película soporífera, donde solo se salva una correcta Jessica Chastain que si por algo destaca es por sus esfuerzos por mostrarse tan fría y contenida como la pesadez de la película le exigía y a la que podíamos tomar por una actriz inexpresiva en lugar de un esfuerzo interpretativo si no la hubiésemos visto en personajes tan diferentes como los de La deuda, El árbol de la vida y, en breve, en Mamá