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viernes, 19 de julio de 2019

SERENITY

El hecho de que una película terminada y prevista para estrenarse a principios de 2018 quede olvidada en un cajón durante más de un año no es buena señal. Y menos cuando cuenta con el aval de una pareja protagonista de innegable éxito como son Matthew McConaughey y Anne Hathaway (quienes ya coincidieran en Interestelar), bien secundados por Diane Lane, Jason Clarke o Djimon Hounsou.
Serenity (no confundir con el film de igual nombre con el que en 2005 Joss Whedon dio final a su serie Firefly) está escrita y dirigida por Steven Knight, autor de los libretos de Aliados Millenium: lo que no te mata te hace más fuerte y al que ya conocíamos su faceta como director por la interesante Locke, lo cual parecía ser un aliciente más, pero las malas sensaciones, unidas a unas críticas nefastas en Estados Unidos y un estreno muy limitado en España presagiaban definitivamente lo peor.
Es quizá ese tufillo a horror, esas perspectivas tan bajas, lo que permiten que uno disfrute de la película, no esperando absolutamente nada de ella y encontrándose con una locura tan absurda como simpática que rememora a los thrillers (con un trasfondo erótico inevitable) de los noventa con el nombre de Joe Eszterhas en la memoria.
Knight hace una extraña mezcla de géneros que es capaz de despistar (y sacar de quicio) al espectador más avispado, por más que vaya regando desde el principio de pequeñas semillitas de lo que cabe esperar. Todo empieza con la presentación de Baker Dill, un pescador de atunes obsesionado con una caza imposible al más puro estilo del capitán Ahab de Moby Dick del que no tardaremos en saber que oculta un misterioso pasado. Pero las cosas y sus prioridades cambiarán cuando una femme fatal en toda regla aparezca en la cubierta de su barco con una tentadora propuesta.
Lo que hasta ahora parecía un drama casi familiar con el mar como telón de fondo comienza a mutar en una cosa extraña e inesperada que, de pretender ser timada en serio, no puede calificarse más que como ridícula, recordando a algunos giros absurdos del cine de Nolan o de su alumno Wally Pfister (me viene a la mente otra película de los noventa dirigida por ciertos hermanos/as a la que usar como fuente de inspiración, pero sería rozar demasiado el spoiler), deambulando entre el cine noir, la fantasía sobrenatural o la ciencia ficción, apuntando también cierto alegato (muy superficial) sobre los abusos sexuales y la violencia de género.
Todo es, en fin, muy loco y absurdo, con el problema de que nadie en la película parece ser consciente de ello. Si actores y director abrazaran esa locura, la cosa tendría otro sentido, pero todos parecen tomárselo tan en serio que cuesta entender como una película así haya llegado a buen puerto (perdón por el chiste de pescadores).
Así pues, su única salvación es que sea el propio espectador el que acepte no tomársela en serio, que la vea como una simple metáfora surrealista sobre la necesidad de una ayuda paterna por parte de un niño maltratado, usando esa intriga como un puzle sin dibujo de referencia que se presenta muy confuso al principio y no del todo satisfactorio una vez montado pero cuya realización puede suponer un ligero entretenimiento. Si es así, si aceptamos ese peaje, la película puede ser capaz de atrapar con su incierto camino y mantener una intriga que, como mínimo, justifique el interés que uno puede poner en ella en busca de entender qué narices está pasando en esa idílica isla de pescadores.


Valoración: Cinco sobre diez.

sábado, 19 de agosto de 2017

LA TORRE OSCURA, soportable como película, horrible como adaptación

La Torre Oscura es la más ambiciosa obra del escritor Stephen King. Una saga compuesta originariamente por siete volúmenes escritos entre 1982 y 2004 al que siguió un cuarto libro publicado en el 2012 además de un relato corto incluido en el compendio Todo es eventual y una serie de comics guionizados por Peter David con supervisión y aprobación del propio King.
Cuento esto para que se pueda entender el basto alcance de esta obra literaria, más de 4.200 páginas que Nikolaj Arcel y Akiva Goldsman pretenden condensar en apenas 95 minutos, algo casi ridículo para un blockbuster actual (prácticamente la mitad que otros títulos de este verano como Transformers:el último caballero o Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas). Pero, ¿es realmente La Torre Oscura una adaptación de la saga de King?
Volviendo a El viento por la cerradura, esa novela con la que King recuperó a sus personajes ocho años después de concluir la saga, o a Las hermanitas de Eluria, historia auto conclusiva sobre Roland, la película protagonizada (es un decir) por Idris Elba parece eso, una narración aislada englobada en ese mundo fantástico a medio camino entre Tolkien y Sergio Leone (entre otras muchas referencias reconocidas), incoherente si no se conoce a la perfección el universo que lo rodea.
Analizada simplemente como película, obviando la fuente en la que se inspira, La Torre Oscura es una obra entretenida, con buenas interpretaciones (Elba está muy bien en su papel de Pistolero mientras que Matthew McConaughey parece pasárselo en grande con su rol de villano). No hay, sin embargo, un desarrollo de personajes o una base argumental sólida para comprender de qué se está hablando. El espectador puede disfrutar de la película como un niño de cinco años disfruta de Del Revés (Inside out), por ejemplo, pudiendo entretenerse e incluso divertirse, pero sin entender nada de lo que está pasando. De igual manera, aquí no se acaba de comprender quienes son los Pistoleros, no hay razón para la villanía del Hombre de Negro ni se sabe de dónde salen esas bases secretas que tiene, se menciona a un Rey Carmesí sin dar más datos… De hecho, ni siquiera se explica qué demonios es La Torre Oscura. Todo esto en un film que, más allá de sus ambiciones iniciales, no tiene forma de inicio de saga, quedando su final aparentemente bien cerrado. Si han querido dejar preguntas al aire (como de hecho sucedía en la primera novela de King), no lo parece.
Analizada como una adaptación cinematográfica (y así habría que hacerlo, ya que la campaña publicitaria se ha encargado de resaltar mucho más el nombre de Stephen King que el de los propios Elba o McConaughey), la película es un verdadero desastre. No hay aquí nada de la complejidad que se encontraba en las novelas, ni argumentalmente ni en cuanto a sus personajes. No tiene la épica que ocultan los libros, pero tampoco el drama, el humor o la crueldad que habita en ellos. Nikolaj Arcel combina, eso sí, elementos de acción y comedia (e incluso sutiles toques de terror), pero lo hace de manera confusa y aleatoria, y su respeto hacia el maestro del terror parece limitarse a las múltiples referencias (master eggs se llaman ahora) que pululan por el film. El primer error, a mi entender, es el simple hecho de dar más protagonismo al personaje de Jake Chambers (correcto Tom Taylor) que al propio pistolero, a la par que abusar de las escenas en Nueva York (que en los libros no aparece hasta la segunda novela). Si de verdad se pensaba hacer una saga cinematográfica (y esos eran los planes iniciales, cuando Ron Howard estaba al frente y Javier Bardem era firme candidato como actor), habría sido más sencillo limitarse a adaptar solo la primera novela (también la más sencilla de convertir en película) y dedicarse a presentar a unos personajes (sobre todo el de Roland de Gilead) con calma y profundidad.
La Torre Oscura no es, al fin, el desastre absoluto que se decía por ahí, pero sí una gran decepción y una película anodina y simplona, bien filmada, pero sin apenas momentos verdaderamente meritorios (quizá la escena en la que Roland dispara a ciegas es la más lograda, totalmente desvelada antes de tiempo en el tráiler). Y eso que el apartado visual lo tenía fácil para destacar, teniendo en cuenta que algo que enriquece mucho las novelas de King son las ilustraciones de Michael Whelan o Phil Hale, que bien podrían haber servido directamente como concept art al film.
Y aunque siempre es complicado adaptar una saga literaria (más cuando cuenta con una legión de fans tan grande como esta), podrían haber tomado como base lo que se hizo en su momento con El Señor de los Anillos o Harry Potter, que supieron arriesgar y desde el primer momento sabían lo que querían hacer y cómo, en lugar de querer condensar en una sola película elementos de todas las novelas, añadiendo además personajes nuevos y transformando tramas a placer.
En fin, habrá que ver si la baja taquilla y las malas críticas impiden las supuestas continuaciones. De momento, la serie televisiva (donde también aparecerá Idris Elba) sigue en marcha.
Yo, por mi parte, con lo de moda que está esto de hacer reboots de sagas de manera casi instantánea, firmo ya por el reinicio de esta.

Valoración: cinco sobre diez.


martes, 14 de marzo de 2017

GOLD: oro parece...

Dirigida por Stephen Gaghan, un buen guionista que destacó como realizador con Syriana, lo peor de Gold es su tramposa campaña promocional, un verdadero desastre que quizá pueda lograr su objetivo de atraer a la gente al cine, pero no va a conseguir que estos salgan demasiados satisfechos de la misma.
Vayamos por partes: de entrada, el subtítulo español que acompaña al anglicismo es La gran estafa. Y en una época en la que se ha llegado a unos extremos exageradamente radicales por odiar a todo lo que huela a spoiler, este me parece un caso flagrantemente escandaloso. A continuación, está la frase publicitaria: Wall Street ha encontrado su próximo lobo. De acuerdo que durante toda la película se intuye la sombra del excelente film de Scorsese, pero si alguien pretende ver una variante de aquella obra maestra la decepción será total. Y finalmente, la verdadera estafa: querer colar esto como una historia real. Sí, es cierto que se indica que está simplemente inspirada, pero tan acostumbrados como estamos a las recreaciones más o menos fieles de casos insólitos de perdedores que consiguen burlarse del sistema, Gold tiene demasiado de ficción como para invitar a la comparativa.
No, definitivamente Gold no es la cara B de El lobo de Wall Street. Ni se acerca tampoco a otros casos reales como los narrados en Dolor y dinero, Juego de armas o, incluso, De-mentes criminales, aunque aparenta ir de lo mismo, de tipos corrientes que persiguen el sueño americano y logran triunfar, aunque sea de manera esporádica en algunos casos, en ello.
Kenny Wells, interpretado con algunos excesos por Matthew McConaughey, no existió realmente, pero se inspira en David Walsh, el fundador de Bre-X Minerals, una empresa minera canadiense que aseguró encontrar oro en Indonesia y cuyas acciones se dispararon de la noche a la mañana. Sí que existió su amigo y geólogo Michael de Guzmán (aunque en el film es llamado Michel Acosta, interpretado por Edgar Ramírez), cuyo final en la vida real fue similar, pero tampoco exactamente igual, al que muestra la película.
Sin embargo, si logramos evadirnos de unas expectativas que la propia distribuidora nos ha querido imponer, la película resulta un buen ejercicio para demostrar que (normalmente) no es posible eso de conseguir dinero fácil y como ejercicio para recordar los descensos al infierno que impone entrar en la vorágine destructiva del capitalismo. Es por ello, pese a su reducida presencia, que el personaje al que da vida Bryce Dallas Howard simboliza el punto de vista, inocente y puro, del propio espectador, que debe mantenerse alejado de los cantos de sirena de este mundo de corrupción e intereses creados.
McConaughey cumple como es habitual en él, aunque coquetea demasiado con la caricatura por culpa quizá a ese maquillaje excesivo que pretende mostrarnos a un tipo no especialmente agradable (un caso que me recuerda poderosamente al de Christian Bale en La gran estafa americana), y posiblemente Gaghan debería haber confiado más en su talento interpretativo y menos en un maquillaje algo tosco, repulsivo incluso.
Es Gold de esas películas de guion deslavazado que no termina por encontrar nunca el rumbo adecuado, pasando sin demasiado convencimiento de parecer una película de aventuras en la selva a una alegoría económica de despachos para terminar convertida en una peli de falsas apariencias. Y quizá Gaghan no tiene aún suficiente bagaje como director como para llevar algo así a buen puerto. Es quizá su falta de sentido del humor (hay algún momento divertido, pero no es lo que se busca) lo que hace más indigesta la historia. Volviendo a las comparativas, El lobo de Wall Street no era realmente una comedia, pero tenía un sinfín de momentos desternillantes. Aquí todos se lo toman demasiado en serio como para conseguir que la metáfora funcione realmente y lograr que el espectador se crea lo que sucede, quizá culpa de que, como digo, no es definitivamente una historia real. Con todo, una vez finalizado el visionado, tras dejar reposar el batiburrillo de ideas que se proponen, la experiencia no es del todo negativa, siendo lo más criticable que no alcance a ser lo que realmente prometía.
No me parece la gran definitiva sobre el sueño americano, pero afortunadamente, este mismo fin de semana se ha estrenado otra que, definitivamente, sí lo es.

Valoración: Cinco sobre diez. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

LOS HOMBRES LIBRES DE JONES: Resucitando al héroe americano.

Los hombres libres de Jones es la última película de Gary Ross, un tipo que empezó como guionista (suyo es el libreto de la clásica Big, por ejemplo) y que en cine debutó con la simpática Pleasantville, toco techo con Seabiscuit y saltó a la fama con Los Juegos del hambre.
Escrita también por él mismo, Los hombres libres de Jones tiene toda la apariencia de ser su apuesta más personal y arriesgada, algo totalmente diferente a lo que había hecho hasta ahora y que bucea entre el drama bélico y la denuncia social.
Resulta curioso, no obstante, que siendo Ross antes guionista que director, tenga graves errores de narrativa en una obra que encierra, en realidad, dos películas dentro y que, por separado, podrían llegar a ser grandes títulos los dos, pero que unidos terminan configurando una pieza excesiva, agotadora y de errático ritmo.
Por un lado, tenemos un retrato cruento de la Guerra de Secesión, en la que el soldado Newton Knight (personaje real aunque con una leyenda tan difícil de comprobar como la del propio Hugh Glass, al que daba vida Leonardo DiCaprio en El Renacido) deserta y forma un grupo de refugiados que se enfrentará a los confederados en su propio terreno. La segunda parte de la película, sin embargo, trata sobre cómo tras la guerra las cosas no son tan felices como se las imaginaban los antiguos esclavos negros y Knight centra sus esfuerzos en defenderlos y luchar por sus derechos. Como digo, dos historias interesantes por separado pero que vistas seguidas dejan al espectador con la sensación de haber visto el clímax de la película casi una hora antes del final.
Otro ejemplo de los errores de Ross está en el hecho de que pese a las dos horas y veinte minutos que dura la película hay momentos que se me antojan demasiado elípticos, como si hubiese demasiados huecos por rellenar.
Pero la mayor torpeza que comete el director, quizá por propia inseguridad en su declaración de intenciones, es el uso de flashforwars que trasladan al espectador casi un siglo después para mostrarnos un juicio a uno de los descendientes del protagonista solo con la utilidad de demostrar que, pese al paso del tiempo, las cosas no han cambiado demasiado para los negros. Si lo que pretendía era emocionar o intrigar, Ross consigue el efecto contrario, rompiendo constantemente la narrativa. En el tramo principal de la película, no obstante, los saltos al futuro desaparecen, lo cual se agradece a la vez que desconcierta. Con ello, lo que realmente se logra es que una historia tan desgarradora como se pretende mostrar termine en un vil culebrón donde lo que realmente importa es de cuál de las dos mujeres que tuvo Knight, una blanca y otra negra, es descendiente el acusado.
Los hombres libres de Jones se apoya en una soberbia interpretación de Matthew McConaughey en el papel protagonista, bien secundado por Gugu Mbatha-Raw (Belle) y Keri Russell (El amanecer del Planeta de los Simios) como caras más reconocibles pero con un efectivo puñado de secundarios y en una planificación visual muy efectiva y elegante, pero a la postre hay cierta falta de alma en la historia. Ross no transmite la pasión necesaria a sus protagonistas para que la película llegue a emocionar, y la suma de todos estos factores hacen que una apuesta grandiosa y épica quede desinflada. Parece como si Ross buscase la típica película candidata a diez Oscars y se haya quedado en el camino.
No quiere decir esto que la película no sea interesante, quizá incluso necesaria, pero es innegable que queda muy por debajo de sus posibilidades y que quizá habría agradecido la presencia de un director más ducho en el drama que el pizpireto Ross, que en la actualidad trabaja en el remake femenino de Ocean’s eleven.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 8 de noviembre de 2014

INTERSTELLAR (5d10)

Los que sois seguidores habituales del blog ya debéis saber que el señor Christopher Nolan no es precisamente santo de mi devoción. No comparto la opinión de aquellos que lo consideran el gran genio del siglo XXI y lo encuentro pomposo y endiosado, en búsqueda constante de una trascendencia que la mayoría de sus películas no necesitan. Creo que la bomba de humo que se formó alrededor de su trilogía sobre Batman es completamente exagerada 8la última película era, de hecho, muy mala) y lo considero culpable también de estropear todo lo interesante que Zack Snyder podría haber hecho con Superman.
Aparte de eso, os doy mi palabra de honor que entré a ver Interstellar con la mente completamente en blanco y dispuesto a dejarme arrastrar por la propuesta del británico, dejando mis prejuicios junto a la tienda de chuches. Y durante el innecesariamente alargado prólogo la cosa no iba del todo mal, con una historia interesante y bien contada que no tenía nada que ver con viajes por el espacio sino con dramas familiares en el campo (¿Qué les pasa a las madres americanas, que todas se mueren jóvenes?), con un padre viudo a cargo de sus retoños muy al estilo de Señales o la última Transformers.
Y de repente, todo cambia.
Dicen los que saben de esto del cine (y a los que les ha gustado la película) que es mejor no saber nada del argumento y dejarse llevar por las sorpresas que esconde el guion, algo así como lo que sucede también con Perdida, de David Fincher (director con quien se empeñan en comparar siempre a Nolan pero que para mí está años luz por encima), pero lo cierto es que yo creo que da más o menos lo mismo (siempre que no se revele ninguna sorpresa crucial, claro). Y es que es posible que cuanto más se sepa del argumento de antemano más posible sea entender algo de la película.
El resumen rápido sería este: la Tierra se está muriendo y deben enviar a Cooper (un expiloto de la NASA que lleva años dedicado a cultivar el campo) sin preparación previa ni puesta en forma ni mandangas al espacio en busca de un lugar habitable.
El primer problema es que en cuanto se deja atrás la tierra la cosa se precipita tanto que se vuelve confusa, como si las casi tres horas que dura el invento no fuesen suficientes para narrar una buena historia. Nolan es un gran vendedor de humo, y por eso prefiere pasar más tiempo tras una enorme cámara IMAX para hacer bonitos planos de la nada que en la mesa del ordenador escribiendo unas buenas líneas de guion junto a su hermano del alma, y eso afecta negativamente a la película que peca de elíptica y de algunos personajes mal presentados y peor desarrollados (como por ejemplo los dos astronautas que acompañan al prota y a la chica de turno en el viaje).
Nolan, que debía ser un director de fotografía de primera, parece dudar entre contar una historia épica o intimista, y por eso intenta hacer largos y oníricos planos espaciales pero sin mostrar apenas nada, por lo que en las pocas ocasiones en la que se enseña algo (hay algunos paisajes que no voy a describir que son espectaculares) lucen más todavía.  Pero demasiado obsesionado en rendir tributo a Kubrick y su 2001, Odisea en el espacio, Nolan repite los errores principales de Spielberg (otro alumno aventajado de Kubrick) en cargar demasiado las tintas sobre el drama familiar (ya la pasaba en Origen y en su tercer Batman), de manera que el hipotético reencuentro entre un padre y su hija termina siendo más importante que el destino de toda la humanidad.
Mucho se quiere comparar esta película con la mencionada 2001, Odisea en el espacio, y sus defensores más acérrimos insisten hasta el hastío que ya no se hace ciencia ficción de verdad, como si todas las películas del espacio fueran fantasías como Star Trek o Guardianes de la Galaxia, pero yo encuentro en Interstellar muchas influencias de Contact de Zemeckis, con todo ese aire de misticismo, algo de Moon (que ya en sí era un homenaje a 2001) con el tema del robot compañero (por cierto, que diseño más feo y poco práctico el de los robots de Interstellar) y, sobre todo, ahí está el recuerdo de la reciente y excelente Gravity.
No sé si nuestra percepción de Interstellar sería diferente de no haber visto hace apenas un año la magnífica película de Cuarón. O si incluso habría sido Interstellar diferente sin la existencia de dicho film, pero lo cierto es que Nolan pretende insistir más en la parte dramática y pasional que en la fantástica, y en eso, le pese a quien le pese, no supera ni de lejos a Cuarón. Con solo un actor y medio, muchos silencios y la mitad de duración, Cuarón lograba transportarnos al espacio y que nos asfixiásemos con la angustia de Sandra Bullock, hablando, de forma muy sutil, de cosas como la vida, la esperanza y el renacer. Nolan, simplemente, aspira a algo parecido.
Y lo peor de todo es que, pese al espectáculo innegable que se nos ofrece, en ocasiones algo desequilibrado por el montaje paralelo entre la Tierra y el espacio, la historia acaba derivando en una solemne tontería, un giro radical de la trama que pretende sorprender y descolocar y, sí, lo segundo lo consigue, pero para mal. Hasta risas escuché en la sala en uno de los momentos más intensos del clímax final.
Nolan es un gran visionario, pero carece del espíritu de narrador necesario para las complejidades que pretende acometer. Quiere abarcar más de lo que puede, totalmente inconsciente de las limitaciones de su talento, y termina desaprovechando buenas ideas, como era el caso de Decepción Inception (Origen) y, desde luego, es el caso de la que nos ocupa ahora.
Al terminar la proyección escuché a unos chicos de la fila de atrás entablar un animado debate sobre si debían recomendar la película a sus amigos o no. No es una mala película, argumentaban. Pero tampoco es buena.
Muy bonita, muy visual, muy bien interpretada (al final voy a tener que acabar creyéndome que el McConaughey es buen actor) pero también muy larga, muy pesada, muy tediosa y, por momentos, muy aburrida.
Nolan pretende trascender, estar por encima del bien y del mal, ser una mezcla entre mentor y profeta. Y hay por ahí unos cuantos que lo veneran como si del líder de una secta se tratase. Yo no soy de esos.
Y como los chicos de la fila de detrás, yo también pienso que no es una mala peli. Pero tampoco una buena peli. Ahí lo dejo.

domingo, 30 de marzo de 2014

DALLAS BULLERS CLUB (5d10)

Se esperaba con muchas ganas el último coletazo de los Oscars de este año, con tres estatuillas en la saca y dos de ellos de los gordos, a los actores. Pero una vez vista la sensación que queda es de decepción. Decepción porque ni es tan buena película (de hecho no alcanzo a comprender que estuviese nominada a mejor film) ni las interpretaciones de sus actores son tan majestuosas. No está Matthew McConaughey a la altura del DiCaprio de El lobo de Wall Street, pero –si apuramos- tampoco está a la altura del propio McConaughey de la susodicha película. Tanto es así que son muchas las voces que acusan a la academia de o haber visto esta película y haber votado por McConaughey debido a su excelente trabajo en la serie revelación de la temporada: True Detective. Que cada uno saque sus conclusiones.
Por cierto, en El lobo de Wall Street, película que retrataba fielmente una historia real, se refieren a Jordan Belfort como un pez pequeño en el océano del mundo de la bolsa. Pues bien, el Ron Woodroof al que da vida McConaughey en Dallas buyers club (también basada en un personaje real, pero con muchas más licencias) podría ser la otra cara de la misma moneda de Belfort, y su película una versión sucia y desagradable de las andanzas del descontrolado brooker.
Woodroof es un crápula del mundo de los rodeos, estafador de poca monta y mujeriego y drogadicto por igual. Cuando se le detecta casi por accidente que está infectado de SIDA –estamos en la época en que se pensaba que era una enfermedad exclusiva de homosexuales- comienza a tratarse con AZT, pero la falta de existencias y la poca esperanza de vida que le dan los médico le lleva a traficar para conseguir dicho medicamento, terminando por experimentar con alternativas más naturales y fundando un club que flirtea con la ilegalidad con gracia, en el que sus socios pagan grandes sumas sólo por pertenecer al mismo pero que a cambio reciben medicamentos contra el SIDA gratis.
No voy a obviar las virtudes de la película, que las tiene, ni las buenas interpretaciones (sobre todo destaca Jared Leto –curiosamente la parte de la película que es ficción-, aunque Jennifer Garner también está bien) ni los apuntes a crítica contra la industria farmacéutica que se echaba en falta en Efectos Secundarios de Sodelbergh, aunque tampoco es que profundice demasiado en ello. El principal problema es que el protagonista es un tipo bastante despreciable y, por más que su personaje termina evolucionando mínimamente, no resulta fácil simpatizar con él, provocando que nos de igual si vive o muere. Sólo su relación con Rayon (Leto) ayuda a avanzar al personaje, pero un suceso que no voy a revelar ahora vuelve a distanciarnos con él. Esa era una de las mayores virtudes de DiCaprio en su interpretación de Belfort, que conseguía enamorarnos con un personaje a priori digno de repudiar, y lo hacía además sin más arma que su talento y su carisma (y ya me perdonaréis que reincida tanto en la comparativa entre estas dos películas, pero sigo indignado con la ausencia de una estatuilla dorada para Leo) mientras que el muy buen trabajo de McConaughey se ayuda demasiado de una excelente caracterización aparte del impresionante cambio físico que el propio actor ha perpetrado (muy meritorio, pero que nada debería tener que ver con su valoración como actor), con ciertas semejanzas con Tom Hanks en Philadelphia o con las continuas (e insanas) transformaciones de Christian Bale.
El director canadiense Jean-Marc Vellée muestra buenas maderas, pero es quizá demasiado inexperto para conseguir mantener el ritmo correcto, de manera que la historia se alarga en exceso llegando a resultar aburrida en ciertos momentos, mientras que se muestra ligeramente acomplejado a la hora de mostrar escenas de sexo o de consumo de drogas tratando no ofender demasiado (algo que nunca ha preocupado a genios como Scorsese o Tarantino), mientras que la dureza de la historia que propone queda algo edulcorada por la carencia de mala leche (en este sentido destaco el momento en que una chica con infectada va a darse de alta como socia) que el personaje merece, coqueteando en ocasiones con la amenaza de caer en el romance (un romance imposible, eso sí).
Con detalles que pueden recordar también a Breaking bad, Dallas buyer club es un buen reflejo de una época con alternancias de drama y comedia, pero algo floja y previsible para tantas alabanzas como ha recibido.

domingo, 19 de enero de 2014

EL LOBO DE WALL STREET (9d10)

Es tanto lo que se puede llegan a comentar de esta película que es difícil saber por dónde empezar. Quizá lo primero sería señalar que estamos posiblemente ante una de las mejores (si no la mejor) películas del 2013 y que, no obstante, es la que menos posibilidades tiene de ganar la estatuilla dorada en la próxima edición de los Oscars.
¿La razón? Los excesos. Constantes. Reincidentes. Y sin embargo, necesarios. Muchas mujeres desnudas, mucha droga, mucha droga consumida sobre mujeres desnudas, sexo, vicio, enanos humillados y toda muestra de la bajeza a la que puede llegar el ser humano gracias al dinero está reflejado en esta episódica biografía de Jordan Belfort, un joven que se abrió paso en el mundo de la bolsa desde abajo y que en un tiempo record se convirtió en multimillonario gracias a unos métodos que, si bien no son los más legales del mundo, tampoco eran muy diferentes de los empleados por las grandes empresas del sector.
Scorsese es, pese a su veteranía, uno de los mejores directores de la actualidad, y con esta película lo demuestra una vez más. Después de la ingenua, dulce, casi infantil, y –pese a todo- absolutamente brillante La invención de Hugo, el neoyorkino se sumerge en una década, la de los 90, muy propicia para que los emprendedores surgieran de debajo de las piedras y subieran como la espuma, como ya se explicó –muy mal, por cierto- en Jobs. El lobo de Wall Street, pese e esos excesos que quizá podrían incomodar a algún espectador, es puro cine. Un ritmo narrativo brillante, grandes secuencias, divertidos diálogos, drama puro, una banda sonora brutal y mucho talento en sus actores. Tal es la perfección de este film que las tres horas de metraje pueden llegar a antojarse cortas, estando el espectador dispuesto, si pudiese, a permanecer en sus asientos una hora más para saber más cosas de este Belfort despreciable pero al que uno no es capaz de odiar completamente.
La historia de Belfort es tan surrealista que, al igual que sucediera con la estupenda Dolor y dinero, si no nos asegurasen que está basada de manera fidedigna en la historia real de este estafador de las finanzas sería difícil de creer. Pero todo lo que se ve en pantalla es completamente real, desde la prohibición de tener sexo en los lavabos de la empresa que funda (Stratton Oakmont) fuera de un horario concreto hasta el mono repartiendo el correo.
Mucha polémica ha generado este film no ya solo por la ostentación del sexo y la droga que contiene, sino por parecer elogiar la figura de un hombre que arruinó la vida de muchos pobres incautos (y eso que no vendía preferentes), un hombre autodestructivo que pese a la decadencia en la que se vio envuelto no sufrió un castigo tan severo como para que la película pueda servir de moraleja (fíjense en la última escena en el metro del agente del FBI Patrick Denham, ahí está todo dicho), pero creo que Scorsese prescinde deliberadamente de toda moralina para reflejar una realidad que, simplemente, fue así, y un personaje que no por no ser admirable debe tampoco ser ignorado. Belfort no es el Messi de los futbolistas ni el Charles Mason de los asesinos. No fue el mayor estafador de Wall Street, sino un simple grano de arena en un desierto donde los valores y la honradez brilla por su ausencia (importante para entender esto el personaje que interpreta Matthew McConaughey), por lo que lo verdaderamente destacable de Belfort no es la facilidad con la que ganaba dinero (cosa que, por otro lado, pese a ser ilegal, no deja de ser digno de admiración) sino la facilidad con la que lo gastaba. Inteligente y brillante como vendedor se podría decir que fuera de la oficina era un inepto caprichoso y estúpido que conducía un Ferrari blanco sólo porque era el modelo que llevaba Don Johnson en Corrupción en Miami y que era incapaz de pensar ni actuar por sí solo sin la ayuda de las drogas. Dos caras de una misma persona que, en cierto momento, apunta hacia la redención pero que, sin embargo, es derrotado por la realidad (cosa que no supieron hacer con el personaje de Washington en El Vuelo, lo que estropeó irremediablemente la película).
Mucho podría hablar de este film, dedicarle incluso varias entradas del blog, porque es una película poderosamente atractiva, tan adictiva como las drogas que se consumen en ella, consiguiendo escenas muy duras con otras desternillantes, con canciones perfectas para acompañar a las imágenes y con un reparto de verdadero lujo, que va desde estrellas como McConaughey (este 2013 ha sido su año, sin duda), Jonah Hill (¿qué agente demente le consigue oportunidades en películas como Moneyball, Django desencadenado y ésta combinadas con sus estupideces habituales?) o Rob Reiner (brillante su presentación como padre de Belfort) junto con caras reconocibles como John Favreau, Jean Dujardin (¿lo recuerdan de The artist?), Kyle Chandler o Jon Bernthal (de moda con La gran revancha también en cartel) o figuras prácticamente desconocidas como Margot  Robbie (que podría pensarse que está ahí sólo por su cara –y otras cosas- bonita pero que aguanta perfectamente el tipo) o la veterana Joanna Lumley (que vivió sus días de gloria a principios de los 60 con la serie Los nuevos Vengadores).
Y luego, por supuesto, está Leo. El gran, inmenso y magistral Leo.
DiCaprio es el mejor actor de su generación. Y de muchas generaciones. No me cansaré de decirlo. Parece ser que fuera de los rodajes no es el más simpático. Quizá los críticos no le perdonen su pasado como protagonista de las carpetas de adolescentes. O duela que sea el protagonista de la película más exitosa de la historia. Pero es totalmente injusto que no tenga en su poder por lo menos un Oscar de Hollywood (y este año me temo que tampoco lo ganará, aunque yo no pierdo la fe). Es capaz de salvar películas mediocres como J. Edgar, hacer soportable tostones como Origen o brillar por encima de fuegos de artificios en El gran Gastby. Y aquí, demostrando la perfección de su binomio con Scorsese, es el pilar de la película. Casi omnipresente, su interpretación pone los pelos de punta, con un personaje que evoluciona mucho más que el resto del reparto a lo largo del film y consiguiendo humanizar a Jordan Belfort. Cualquier otro actor, posiblemente, no habría podido impedir que lo odiemos, pero Leonardo DiCaprio es más que un simple actor. Es un genio.
Belfort destroza todas las vidas que toca, incluyendo la suya propia, pero Scorsese y DiCaprio consiguen que una parte secreta de nosotros sienta admiración por él y sus extravagantes caprichos (¿quién no soñaría con un yate con un helipuerto incluido?). O que, finalizada la película, tengamos ganas de verla de nuevo.
Belfort debería estás pudriéndose en la cárcel en estos momentos, pero no es así. Porque, muchas veces, la vida no es justa. Por eso mismo El lobo de Wall Street no arrasará en los Oscars de este año.

Pero lo merece.