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miércoles, 27 de noviembre de 2019

LE MANS '66

Por motivos que aquí no vienen al caso, parece que, en cuestiones de motor, los estadounidenses siempre han sido más aficionados de las pruebas al límite y los desafíos extremos que suponen competiciones como las 24 horas de Le Mans que de las multimillonarias carreras de Formula 1. Esas pruebas eran menos profesionales y mucho más peligrosas (que le pregunten a Steve McQueen o a Paul Newman) y eso las hacía de mayor interés para el pueblo llano, ya que aun teniendo poderosas escuderías detrás, un simple mecánico de taller podría ser piloto.
En los albores de 1966 Ferrari era la líder indiscutible del sector y en la Ford, marca americana por excelencia, que habían sido los primeros en fabricar coches en serie pero nunca se habían preocupado de participar en eventos deportivos, se les ocurrió desafiar al gigante italiano, contratando para ello al único yanqui que había ganado Le Mans hasta la fecha, retirado de los circuitos por problemas de corazón, como jefe de equipo.
Así comenzaba el duelo entre Ford y Ferrari que tendría su punto çalgido en la carrera de Le Mans de 1966 y cuya historia (más o menos real) refleja la película.
Le Mans ’66 cuenta con James Mangold como director, un tipo bastante competente pero que había perdido mucho crédito con Lobezno: inmortal, pero lo había logrado recuperar con Logan. Con Matt Dammon como el jefe de equipo Carroll Shelby y Christian Bale como el piloto Ken Miles dando lo mejor de si mismos, Mangold ha reconstruido una historia épica y de superación con un estilo narrativo que recuerda al Hollywood clásico, cuando se hacían películas deportivas con cierta continuidad antes de que los blockbusters semanales lo coparan todo.
Aunque parece que no hay que tomarse la historia con una verosimilitud milimétrica (al fin y al cabo, esto es cine, recuerden si no a Bohemian Rhapsody), parece que la traslación fílmica es bastante precisa, reflejando la pugna entre las dos compañías sin importarles a quien se llevaran por delante. Puede que en ese sentido Mangold peque un poco de demonizar a Henry Ford II y Enzo Ferrari, a los que casi convierte en villanos de opereta, pero lo hace para servirse de ellos al querer contar una pugna empresarial donde todo vale por la victoria y lo único que lo puede justificar todo es el dinero.
En esas se encuentran los protagonistas, dos rivales y amigos hermanados por su amor hacia los coches y, pese a sus diferencias, obligados a entenderse. Así, esta es, después de todo, una película sobre una amistad, sobre el sentido del honor y el orgullo y sobre el reconocimiento de un héroe más allá de sus ideas o su conducta.
En el aspecto técnico, Mangold está también impecable, siendo tan preciso en los momentos más familiares como en las espectaculares carreras automovilísticas, y aunque puede que no llegue la película al nivel de Rush, es un buen complemento para los amantes del mundo del otor. O incluso para los que, como yo, no lo sean.
En resumidas cuentas, interesante película deportiva de fondo reflexivo sobre la amistad y la ambición, con grandes interpretaciones y un ritmo que permite que las dos horas y media de metraje pasen como un suspiro.


Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

VIUDAS

Si nos ponemos estrictos, Viudas debería ser una buena película solo por definición. Repasemos los nombres que se encuentran implicados en ella:
A los mandos se encuentra Steve Mc-Queen, director sobradamente contrastado y que con 12 años de esclavitud se consagró definitivamente. En el guion, junto al propio McQueen, se encuentra Gillian Flynn, la autora de las novelas que dieron pie a la serie Heridas Abiertas y a la magnífica película Perdida, y se trata, además, de una adaptación de una serie de televisión de los ochenta. La historia va sobre las mujeres de unos peligrosos atracadores interpretadas popr  Viola Davis, Michelle Williams, Elizabeth Debicki y Carrie Conn, que tras la muerte de estos en un atraco (interpretados, entre otros, por Liam Neeson y Jon Bernthal) deciden culminar el último plan que tenían en mente para salir del pozo de deudas al que la desaparición de los hombres les ha condenado y empezar una nueva vida. Además, hay de fondo una trama política comandada por el duelo electoral entre el personaje al que da vida Colin Farrell (que es hijo de Robert Duvall) y el de Brian Tyree Henry, cuya mano derecha tiene el rostro de Daniel Kaluuya.
Como pueden ver, solo por los nombres que hay en film ya vale la pena darle una oportunidad, pero es que, además, con todo este cóctel, McQueen no se conforma con hacer una película de atracos al uso, siendo muy fácil caer en la trampa de repetir la jugada de Ocean’s 8 y hacer una peli de atracos femenina sin más. McQueen decide con inteligencia concebir una historia que va mucho más allá del cine policiaco sin más y logra imponer una reflexión social de varias capas, tocando, de pasada, pero con suficiente contundencia, la moralidad de la clase política, el racismo, la dominación machista e incluso la presión provocada por la necesidad de soportar la presión paterna y necesitar de su aprobación.
Para ello, McQueen elabora unos personajes muy bien construidos, con una presentación de los mismos muy lenta, cuidando los detalles y tomándose las cosas con calma. No es esta una película frenética de grandes dosis de acción (aunque también la hay), por lo que reniega del cine de espectáculo al uso. Viudas tiene un guion inteligente y con giros sorprendentes, pero para que estos funcionen es necesario que los personajes resulten creíbles, cosa que solo puede ser posible mediante ese análisis exhaustivo que nos permite conocer hasta el más mínimo pensamiento de cada una de las tres protagonistas y reforzadas con el gran trabajo interpretativo, en especial una Viola Davis que ya suena en las primeras apuestas para la temporada de premios que está a punto de comenzar.
Así, pues, Viudas es una película entretenida, salvaje, emocionante y sorprendente, pero es también una película intimista, dramática y reflexiva. Un film que invita a la reflexión y cuyas escenas no se diluyen en la memoria apenas salir de la sala. Y lo consigue, además, con una serie de mensajes que no resultan para nada moralistas ni provienen de slogans vacíos y adoctrinadores. Es, por ejemplo, una película feminista sin necesidad de recurrir a ese ponderamiento de la mujer que en ocasiones roza el ridículo, y tiene un mensaje racial sin redundar en el drama negro como quizá si lo hiciera la anterior película de su director.
Es, en resumen, una gran película, cuyo único pero puede encontrarlo alguien más acostumbrado a la adrenalina que a la deconstrucción de personajes. Allá cada uno…

Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 10 de julio de 2017

BABY DRIVER, granujas a todo ritmo

Desde siempre, la música ha sido un componente básico en el mundo del cine, antes incluso de que los actores tuviesen voz. 
Algunas películas han destacado, casi por encima de por su propia trama, por las canciones que las acompañaban (como American Graffity, Los amigos de Peter o Forrest Gump, por poner algún ejemplo) y hay directores que han hecho del arte de elegir bien sus canciones sus propias banderas. No sería de extrañar que autores como Quentin Tarantino o Peter Gunn escribiesen sus guiones comenzando por la selección musical y el genial Edgar Wright ha sido el último en subirse al carro.
En Baby driver, su última película, las canciones son parte fundamental de la trama, integradas en el argumento con más habilidad aún que en Los Guardianes de la Galaxia y su secuela y con un gusto bastante menos irregular que el del creador de Pulp Fiction. Baby driver no es un musical, desde luego, pero poco le falta. Escenas como la del protagonista tecleando un piano invisible mientras le cuentan el plan de un atraco o el plano secuencia que lo sigue por la calle cuando va a por café son dos claros ejemplos de las intenciones de Wright de conseguir una comunión perfecta entre el personaje y sus referentes melómanos, convirtiendo las canciones en algo tan básico para él como el comer.
Visualmente, Baby driver puede parecer seguir los esquemas básicos de las películas de atracos, recordando en su punto de partida a las bandas perfectamente organizadas como las de Oceans Eleven o Ahora me ves, pero mientras en aquellos casos se trataban de un grupo que termina convirtiéndose en amigos aquí está bien claro desde el principio que cada uno vuela por su cuenta, y solo la presencia de Doc (Kevin Spacey) logra a duras penas mantenerlos a raya. En un conjunto de desquiciados perdedores, ambiciosos y perturbados, Baby es un chico atrapado en un mundo que no es el suyo, arrinconado por los fantasmas de su pasado y por una serie de malas decisiones que lo perseguirán para siempre. Es tímido y reservado, casi como el Ryan Gosling de Driver (otra peli de un conductor donde la música era muy importante, aunque en las antípodas -en todos los sentidos- de esta), pero que cuando se pone al volante podría dejar en ridículo a los Torete y compañía de Fast & Furious
Y cuando conoce a Debora parece que el amor va a poder entrar en su vida y que va a conseguir escapar de lo que es ahora. Parece…
Aunque algo alejado del humor absurdo y frenético de la llamada “trilogía del cornetto”, están en Baby Driver algunas de las señas de identidad de Wright, mucho más comedido en el aspecto surrealista que en el caso de Scott Pilgrim, pero sin perder (quizá incluso incrementando) su potencia visual. Esta podría ser la mejor muestra del talento narrativo de Wright, que consigue exprimir al máximo a sus actores (sorprendente Ansel Elgort, capaz de alternar momentos de desquiciante pasividad con excesos interpretativos al ritmo de su música), y hasta Jimmy Foxx, muy desaprovechado en alguna de sus últimas películas, como Amazing Spider-man 2 o Noche de Venganza, está estupendo.
Puestos a ponerse puntillosos, quizá se podría criticar algo del recurso fácil empleado para confeccionar la escena final, pero es pecatta minuta para un film repleto de buen humor, acción desenfrenada y espectaculares escenas de persecuciones callejeras. Wright, tras el desengaño con Marvel que le llevó a abandonar Ant-man, ha tenido plena libertad para hacer “su” película, y el director ha sabido recompensar esa confianza pariendo una gran obra, un relato violento y oscuro que se disfruta con una sonrisa e invita al optimismo.
Quizá sea injusto juzgar a una película por su banda sonora (al final, no es tan complicado hacer una buena selección musical). El mérito real está en saber vincularla tan magníficamente en la acción. Y en ese aspecto, Wright ha demostrado ser un maestro.

Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 24 de octubre de 2016

EL CONTABLE: Ben Affleck puede con todos.

El Contable es un interesante thriller de acción ideado a mayor gloria de Ben Affleck, cuya habitual expresividad le sienta a su personaje como un guante, pero al que han rodeado de un buen puñado de grandes actores para completar la función.
Siendo algo simplistas, podíamos definir la película como la respuesta a la pregunta de qué pasaría si Sheldon Cooper hubiese sido educado por un estricto padre de formación militar. Y es que, con un trasfondo presuntamente dramático, El contable cuenta la historia de Christian Wolff, un asesor fiscal con síntomas de autismo y síndrome de asperger que lo convierten en un ser asocial y falto de empatía, a la par que un genio con los números, pero al que la dureza de su pasado le reserva sorprendentes secretos.
Bueno, para hacer honor a la verdad lo cierto es que de sorprendente tienen poco, ya que la gran revelación de aguarda al final del film se intuye en sus primeros compases, pero en realidad no es algo que importe demasiado. Tampoco la trama empresarial que hay de fondo. Lo interesante es la ambición de su director, Gavin O'Connor (del que recientemente pudimos ver Lavenganza de Jane), que busca un trasfondo dramático a una historia de acción que rememora en cierto modo a los justicieros implacables de los años ochenta, con un violento e insensible Ben Affleck que recuerda por momentos al Equalizer al que dio vida Denzel Washington en la película de Antoine Fuqua.
Junto a Affleck aparecen grandes figuras como J.K.Simmons, John Lithgow, Jeffrey Tambor, Jon Bernthal y una sorprendente Anna Kendrick bastante alejada de los papeles más cómicos o musicales habituales en ella.
Es El Contable una película con más ambición que méritos, y su guion no es tan redondo como pretende, pero siempre se agradece un buen film de acción que ofrezca un análisis algo más profundo de su protagonista y dote de  una vida tras la máscara de tío duro al protagonista, aunque es cierto que deja con cierta sensación de que se podría haber sacado algo más con estos elementos. Al final, queda una especie de versión pobre de Jason Bourne, otro héroe de acción moderno con problemas de personalidad, aunque por diferentes motivos.
Como sea, Affleck convence y la dirección de O’Connor es electrizante y elegante, lo cual basta para disfrutar de un buen entretenimiento con buenas dosis de acción.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 23 de noviembre de 2015

SICARIO (7d10)

Resulta especialmente difícil en estos tiempos tan convulsos con los últimos ataques terroristas por tierras francesas tan recientes, atreverse a disfrutar con una película pretendidamente realista sobre asesinos y fuerzas de la ley capaces de saltarse cualquier norma o código moral por tal de conseguir sus objetivos. No obstante, tal y como mencionaba en mi comentario del mes, conviene saber diferenciar cine y realidad ya que solo así podemos disfrutar de los tiroteos y las matanzas que nos propone Villeneuve en su nuevo film sin necesidad de sentirnos culpables.
Entrando de lleno en la película, otro elemento a priori preocupante es la participación de Denis Villeneuve como director en la que se supone será su última película antes de abordar la secuela / remake de Blade Runner. Con dos estrenos presentados el año pasado de forma casi simultánea uno no podía evitar preguntarse: ¿nos encontraremos con el Villeneuve duro e impactante pero de firmes resoluciones y visualmente atrayente de Prisioneros o al autor de la fascinante pero estúpidamente incomprensible y casi insultante Enemy? No hay peligro. Estamos ante una obra que evoca el realismo frío pero estremecedor de la película que unió los destinos de Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal en una historia para nada amable pero completamente coherente y cerrada.
Incluso concede Villeneuve un regalo al espectador en forma del personaje al que da vida Emily Blunt. Así com o en la vida, la película comienza casi a mitad de una historia, con una operación que engloba a la CIA, a agentes del FBI y a la propia policía, tanto americana como mejicana, de manera que el espectador puede sentirse un poco perdido al principio, con la sensación de subirse al carro en marcha y faltándole información para atar todos los cabos. Afoirtunadamente a Kate Macer (Blunt) le pasa exactamente lo mismo y eso nos permite identificarnos a la perfección con ella y sentirnos aliviados de poder descubrir juntos las respuestas necesarias.
Sicario narra la operación orquestada por las fuerzas del gobierno estadounidense por capturar a uno de los más importantes capos de la droga personificaos en tres personajes principales de caracteres fuertes pero distantes convincentemente interpretados por la mencionada Blunt, Benicio el Toro y Josh Brolin. Hay que decir, no obstante, que si bien los tres rallan a muy buen nivel ninguno de ellos se aleja demasiado a personajes a los que ya hubiesen interpretado con anterioridad (la chica fuerte pero superada por las circunstancias, el latino despiadado e impertubable y el tipo duro), siendo por tanto elecciones tan acertadas como poco arriesgadas. Hay por ahí algún decundario de lujo como Victor Garber o Jon Bernthal que terminan de dar lustro al reparto.
Sicario es una película emocionante y tensa, algo previsible en su desenlace (estamos de nuevo ante esos títulos redundantes que estropean la trama a poco que uno sea algo hábil), viulenta pero curiosamente esquiva a la hora de mostrar la violencia más explicita (muchoas de las muertes más impactantes ocurren fuera de plano), con un buen ritmo narrativo que mide con sabiduría las escenas de acción con los momentos más íntimos, aunque quizá se eche en falta algún aporte más sobre el análisis interno de los personajes, de los ncuales apenas conocemos más que lo que vemos y lo poco que podemos intuir.
En resumen, un buen trabajo de Villeneuve que, de ir por este camino, puede darme alguna esperanza de cara a retomar el trabajo de Ridley Scott con los replicantes. El de Enemy, cuanto más lejos mejor.

sábado, 10 de enero de 2015

CORAZONES DE ACERO (8d10)

Dirigida por David Ayer, un muy buen director y guionista más centrado hasta ahora en el género policíaco (y que en el 2014 nos regaló la estupenda pero enormemente infravalorada Sabotage), Fury (no me gusta nada su título en español, demasiado épico y que pretende recordar a la también interesante Corazones de hierro de Brian De Palma y con la que solo comparte el escenario bélico, aunque ni siguiera se trata de la misma guerra) es la historia de un tanque y de los cinco tripulantes del mismo en las acaballas de la II Guerra Mundial.
Corazones de acero es una película dura, cruel y despiadada que (excepto en su tramo final, que posiblemente desluce un pelín el espíritu del film) rehúye drásticamente la figura de los héroes de guerra y nos presenta el campo de batalla como lo que posiblemente fue, un lugar sucio y sanguinario donde solo valía el matar o morir.
Aunque supuestamente protagonizada por un excelente Brad Pitt (bueno, hay que reconocer que los cinco intérpretes están muy bien), es Logan Lerman quien lleva el peso de la historia, en realidad una metáfora sobre el despertar de un adolescente que en las apenas veinticuatro horas en las que transcurre la película pasa de niño a hombre, iniciándose en todas las facetas cruciales de la vida y con el personaje de Pitt como mentor máximo.
Ahora que parece que la guerra de Vietnam ha caído ya en el olvido y que la II Guerra Mundial vuelve a ser el foco de atención de Hollywood (ahí tenemos las recientes Monument Men o Invencible), algo en esta película destila cierto aire clásico, quizá por la rudeza de sus protagonistas, la suciedad realista de una guerra despiadada donde no hay héroes ni villanos y donde los propios protagonistas pueden ser tan mezquinos y despreciables como el enemigo más cruel. La muerte se ha convertido en un amigo de camaradería, y eso termina marcando el carácter de un hombre hasta hacerle confundirse sobre sus propios valores.
Brad Pitt, Michael Peña, Jon Bernthal y un sorprendente y entregado Shia LaBeouf forman el grupito de amigos y compañeros a bordo del Fury, a los que se les une a última hora para cubrir la baja del artificiero el joven interpretado por Lerman (dicen que él que podría ser el nuevo Peter Parker/Spiderman), apenas un niño con aptitudes de oficinista llevado al campo de batalla por error.
Pese a no partir de ninguna historia real (aunque sí cuenta con diversas anécdotas reales que Ayer recopiló a través de diversas entrevistas con veteranos de guerra), el realismo de la campaña es notable, quizá ayudado por el hecho de no haber una némesis clara enfrentada al grupo (pongo por ejemplo el sargento japonés de Invencible), sino un ejército casi abstracto e invisible que me recuerda por momentos a la estupenda miniserie de Spielberg Hermanos de Sangre. El enemigo es el ejército nazi, así, en general (pese a que nos encontramos en una fecha en la que la guerra podría incluso haber terminado ya sin que los combatientes lo supieran), aunque también lo son ellos mismos, soldados transformados por las experiencias sufridas en las campañas de África, Francia y, ahora, Alemania. Por eso, por encima de las magníficas escenas de acción (impresionante duelo entre tres tanques americanos y uno alemán), los intensos momentos dramáticos y la desesperación palpable en esa dramática batalla final que la dirección de Ayer y la música de Steven Price confieren un toque épico del que carece la realidad, son los momentos más sosegados (en el pueblo rendido o en el interior del propio tanque –“el hogar”, tal y como ,o define el personaje de Pitt-) los que realmente definen la película y nos muestra el lado más salvaje de la guerra (da igual cual sea) por encima de las obviedades de las batallas o las torturas de los campos de prisioneros. Y de ahì la oportuna y creíble transformación de Lerman, en su intenso rito de iniciación vital.
Pitt produce una película que parece más real y despiadada que la contrapartida que se estrenó hace un par de semanas dirigida por su esposa, Angelina Jolie, que vistas juntas pueden componer las dos caras de una misma moneda: la lucha en el campo de batalla y la lucha por la supervivencia en los campos de prisioneros, el enemigo alemán y el enemigo japonés (desde el punto de vista americano la II Guerra Mundial tuvo una especie de bipolaridad que no se notó tanto en Europa, donde la amenaza nipona parecía mucho más relativa que la nazi),  el sacrificio y la supervivencia.
Excelente película y excelente reflexión la que propone Ayer. Y con un quinteto protagonista (por más que a priori Peña y, sobretodo, Bernthal, no fuesen santos de mi devoción), de auténtico lujo.

domingo, 19 de enero de 2014

EL LOBO DE WALL STREET (9d10)

Es tanto lo que se puede llegan a comentar de esta película que es difícil saber por dónde empezar. Quizá lo primero sería señalar que estamos posiblemente ante una de las mejores (si no la mejor) películas del 2013 y que, no obstante, es la que menos posibilidades tiene de ganar la estatuilla dorada en la próxima edición de los Oscars.
¿La razón? Los excesos. Constantes. Reincidentes. Y sin embargo, necesarios. Muchas mujeres desnudas, mucha droga, mucha droga consumida sobre mujeres desnudas, sexo, vicio, enanos humillados y toda muestra de la bajeza a la que puede llegar el ser humano gracias al dinero está reflejado en esta episódica biografía de Jordan Belfort, un joven que se abrió paso en el mundo de la bolsa desde abajo y que en un tiempo record se convirtió en multimillonario gracias a unos métodos que, si bien no son los más legales del mundo, tampoco eran muy diferentes de los empleados por las grandes empresas del sector.
Scorsese es, pese a su veteranía, uno de los mejores directores de la actualidad, y con esta película lo demuestra una vez más. Después de la ingenua, dulce, casi infantil, y –pese a todo- absolutamente brillante La invención de Hugo, el neoyorkino se sumerge en una década, la de los 90, muy propicia para que los emprendedores surgieran de debajo de las piedras y subieran como la espuma, como ya se explicó –muy mal, por cierto- en Jobs. El lobo de Wall Street, pese e esos excesos que quizá podrían incomodar a algún espectador, es puro cine. Un ritmo narrativo brillante, grandes secuencias, divertidos diálogos, drama puro, una banda sonora brutal y mucho talento en sus actores. Tal es la perfección de este film que las tres horas de metraje pueden llegar a antojarse cortas, estando el espectador dispuesto, si pudiese, a permanecer en sus asientos una hora más para saber más cosas de este Belfort despreciable pero al que uno no es capaz de odiar completamente.
La historia de Belfort es tan surrealista que, al igual que sucediera con la estupenda Dolor y dinero, si no nos asegurasen que está basada de manera fidedigna en la historia real de este estafador de las finanzas sería difícil de creer. Pero todo lo que se ve en pantalla es completamente real, desde la prohibición de tener sexo en los lavabos de la empresa que funda (Stratton Oakmont) fuera de un horario concreto hasta el mono repartiendo el correo.
Mucha polémica ha generado este film no ya solo por la ostentación del sexo y la droga que contiene, sino por parecer elogiar la figura de un hombre que arruinó la vida de muchos pobres incautos (y eso que no vendía preferentes), un hombre autodestructivo que pese a la decadencia en la que se vio envuelto no sufrió un castigo tan severo como para que la película pueda servir de moraleja (fíjense en la última escena en el metro del agente del FBI Patrick Denham, ahí está todo dicho), pero creo que Scorsese prescinde deliberadamente de toda moralina para reflejar una realidad que, simplemente, fue así, y un personaje que no por no ser admirable debe tampoco ser ignorado. Belfort no es el Messi de los futbolistas ni el Charles Mason de los asesinos. No fue el mayor estafador de Wall Street, sino un simple grano de arena en un desierto donde los valores y la honradez brilla por su ausencia (importante para entender esto el personaje que interpreta Matthew McConaughey), por lo que lo verdaderamente destacable de Belfort no es la facilidad con la que ganaba dinero (cosa que, por otro lado, pese a ser ilegal, no deja de ser digno de admiración) sino la facilidad con la que lo gastaba. Inteligente y brillante como vendedor se podría decir que fuera de la oficina era un inepto caprichoso y estúpido que conducía un Ferrari blanco sólo porque era el modelo que llevaba Don Johnson en Corrupción en Miami y que era incapaz de pensar ni actuar por sí solo sin la ayuda de las drogas. Dos caras de una misma persona que, en cierto momento, apunta hacia la redención pero que, sin embargo, es derrotado por la realidad (cosa que no supieron hacer con el personaje de Washington en El Vuelo, lo que estropeó irremediablemente la película).
Mucho podría hablar de este film, dedicarle incluso varias entradas del blog, porque es una película poderosamente atractiva, tan adictiva como las drogas que se consumen en ella, consiguiendo escenas muy duras con otras desternillantes, con canciones perfectas para acompañar a las imágenes y con un reparto de verdadero lujo, que va desde estrellas como McConaughey (este 2013 ha sido su año, sin duda), Jonah Hill (¿qué agente demente le consigue oportunidades en películas como Moneyball, Django desencadenado y ésta combinadas con sus estupideces habituales?) o Rob Reiner (brillante su presentación como padre de Belfort) junto con caras reconocibles como John Favreau, Jean Dujardin (¿lo recuerdan de The artist?), Kyle Chandler o Jon Bernthal (de moda con La gran revancha también en cartel) o figuras prácticamente desconocidas como Margot  Robbie (que podría pensarse que está ahí sólo por su cara –y otras cosas- bonita pero que aguanta perfectamente el tipo) o la veterana Joanna Lumley (que vivió sus días de gloria a principios de los 60 con la serie Los nuevos Vengadores).
Y luego, por supuesto, está Leo. El gran, inmenso y magistral Leo.
DiCaprio es el mejor actor de su generación. Y de muchas generaciones. No me cansaré de decirlo. Parece ser que fuera de los rodajes no es el más simpático. Quizá los críticos no le perdonen su pasado como protagonista de las carpetas de adolescentes. O duela que sea el protagonista de la película más exitosa de la historia. Pero es totalmente injusto que no tenga en su poder por lo menos un Oscar de Hollywood (y este año me temo que tampoco lo ganará, aunque yo no pierdo la fe). Es capaz de salvar películas mediocres como J. Edgar, hacer soportable tostones como Origen o brillar por encima de fuegos de artificios en El gran Gastby. Y aquí, demostrando la perfección de su binomio con Scorsese, es el pilar de la película. Casi omnipresente, su interpretación pone los pelos de punta, con un personaje que evoluciona mucho más que el resto del reparto a lo largo del film y consiguiendo humanizar a Jordan Belfort. Cualquier otro actor, posiblemente, no habría podido impedir que lo odiemos, pero Leonardo DiCaprio es más que un simple actor. Es un genio.
Belfort destroza todas las vidas que toca, incluyendo la suya propia, pero Scorsese y DiCaprio consiguen que una parte secreta de nosotros sienta admiración por él y sus extravagantes caprichos (¿quién no soñaría con un yate con un helipuerto incluido?). O que, finalizada la película, tengamos ganas de verla de nuevo.
Belfort debería estás pudriéndose en la cárcel en estos momentos, pero no es así. Porque, muchas veces, la vida no es justa. Por eso mismo El lobo de Wall Street no arrasará en los Oscars de este año.

Pero lo merece.

sábado, 18 de enero de 2014

LA GRAN REVANCHA (6d10)

Siguiendo la estela de títulos como El exótico hotel Marigold o Tipos duros, La gran revancha trata sobre el ocaso de sus dos protagonistas y, por extensión, trata también del ocaso de sus dos protagonistas, Sylvester Stallone y Robert de Niro, grandes nombres de Hollywood (cada uno en su estilo) años atrás y que ahora deben lidiar lo indecible para conseguir los guiones correctos que les brinden el calor de crítica y público. Por eso, lo mejor de este film de Peter Segal es la capacidad de sus dos intérpretes principales de reírse de sí mismos, sin importarles caer en la parodia de los personajes que los elevaron a los altares de la fama: Rocky Balboa de Rocky y sus secuelas y el Jake La Motta de Toro Salvaje. Tampoco es que la cosa sea nueva para ellos. Llevan ya unos años viviendo de la auto parodia, y como ejemplos más claro tenemos Los Mercenarios y Mala Vita.
Cargada de guiños al pasado, el arranque de la película es prometedor, con escenas muy divertidas entre estas dos viejas glorias del boxeo deciden aceptar la propuesta de un joven pero ambicioso promotor (Kevin Hart es de lejos lo peor de la película, cayendo en todos los tópicos posibles de negros bocazas y graciosillos que han machacado en cine desde los buenos años de Eddie Murphy) para enfrentarse de nuevo en el ring, ya que sus dos anteriores combates terminaron con una victoria para cada uno (en realidad la película debería llamarse mejor El gran desempate).
Henry “Razor” Sharp (Stallone) y Billy “The Kid” McDonnen (de Niro) han vivido su retiro de formas totalmente diferentes. Mientras uno lidia con sus deudas trabajando en una fundición el otro revive sus días de fama en su restaurante donde cargado de excesos (tanto de mujeres como de alcohol, aunque de forma muy inocente, nada que ver con los verdaderos excesos que se pueden ver en El lobo de Wall Street) ejerce de monologuista con chistes autobiográficos. No están para nada en la mejor edad para volver al cuadrilátero, y de ahí el jugo que el guion puede sacar a estos dos perdedores de la vida, uno por rendirse antes de tiempo y el otro por estar demasiado pagado de sí mismo.
El problema radica en que en un momento determinado la película comienza a tomarse demasiado en serio a sí misma. El humor inicial comienza a dejar paso a una sensiblería bastante tontorrona y la historia personal entre ellos dos se vuelve más importante que sus payasadas para volver a revivir sus viejos éxitos y conseguir llenar el aforo donde se celebrará el esperado combate. Así, la aparición de un viejo amor perdido y la incursión de un hijo (con nieto incluido) en la historia como excusa para acentuar el odio mutuo que ambos púgiles se tienen desde hace años hace el interés del film baje en picado, mientras que el combate final, definitivamente sin ningún toque del humor que hacía de esta una película interesante, estropee el resultado final, ya que tampoco se logra (no creo ni tan siquiera que Segal aspirase a ello en ningún momento) alcanzar la grandeza de una emotiva historia crepuscular al estilo de Sin Perdón (o Cowboys del espacio, o Gran Torino, o cualquiera de las historias crepusculares –que pesado que es con este tema el tío- de Clint Eastwood).
Afortunadamente, cualquier película que se precie debe tener un as oculto en la manga, y el de La gran Revancha se llama Alan Arkin. Viejo amigo e improvisado entrenador de Henry, Arkin está sencillamente genial, robando a sus colegas todas las escenas en las que aparece y manteniendo el punto de humor necesario a lo largo de todo el film, por más que la historia en momentos vaya por otros derroteros. Sólo por él ya vale la pena entrar a ver el film.
En constante cuesta abajo, el error de la película es creer que el resultado del combate es más interesante que los preparativos del mismo, por lo que el clímax final es largo, aburrido y predecible (y nuevamente demasiado sensiblero).

Eso sí, cuando vean la película no tengan prisa por irse. El gag que se entremezcla con los títulos de crédito finales a modo de epílogo les devolverá la sonrisa.

martes, 11 de junio de 2013

EL MENSAJERO (5d10)

El mensajero es una de esas películas que la gente va a ver casi sin querer, impulsados por la escasez de grandes estrenos (Iron man 3 y R3sacón continúan ocupando las grandes salas en espera del siguiente pelotazo gordo: El Hombre de Acero). Con una campaña publicitaria mínima lo que más puede atraer del film -apuesto a que la mayoría de los espectadores entran en la sala sin saber siquiera de que va- es el protagonista (no es casual que sea lo único que se resalta en el poster). Partiendo pues de esta base, cuando uno se aventura a ver una película de Wayne Johnson (lo de The Rock hay que guardarlo para una mejor ocasión) puede pensar que va a ver grandes peleas, puñetazos y diversión a partes iguales. Si además está acompañado por Susan Sarandon se puede presuponer un toque de calidad y si añadimos alguna cara conocida como Jon Bernthal (el amigo,  o no, de Rick en Walking Dead), pues mejor que mejor. Así que una vez vista la peli uno no puede evitarse preguntar: ¿cómo los han engañado para hacer esta película? En el caso de Bermthal es comprensible (aún debe dar gracias por oportunidades como esta), y Sarandon imagino que estaría dispuesta a aceptar cualquier papel que le permita interpretar un poco después del empacho de azúcar que le supuso La gran boda. Y la implicación de The Rock (por otra parte productor del film) solo puede entenderse como una declaración de intenciones del actor deseoso de demostrar que es capaz de interpretar personajes más complejos que los típicos cachas pegaleches del tipo Rey Escorpión o Fast & Furious o comedias infantiles y bochornosas como aquella del hada de los dientes cuyo nombre me niego a recordar o googlear siquiera. Sin embargo, el camino elegido no es el más acertado, no ya porque su interpretación sea mala, pues cumple con corrección,  sino porque el vehículo en cuestión no tiene el motor adecuado. Johnson interpreta a John Matthews, un acaudalado empresario del sector transportista que debe infiltrarse en una banda de narcotraficantes para conseguir sacar a su hijo de la cárcel. Una historia basada en hechos reales que si bien es lo suficientemente increíble como para funcionar como película pero a la vez con el punto de verosimilitud para podérnosla creer, tiene un cierto tufillo a producción televisiva que merece que la condenen a una sesión doméstica un domingo por la tarde. Además, la película quiere tocar tantos temas que no tiene tiempo de centrarse en ninguno. Hay un apunte insuficiente sobre lo injustas que son algunas penas de cárcel en comparación con otras, se denuncia el narcotráfico pero más como excusa argumental que como crítica social, y en cuanto a las motivaciones de los personajes, si bien el caso de Matthews queda muy claro (qué no haría un padre por defender a su hijo), hay a su alrededor un montón de secundarios con gran potencial (el empleado que interpreta Bernthal y su familia, la exmujer de Matthews, de la que apenas sabemos nada, su familia actual, cuyas consecuencias por todo lo ocurrido son simplemente olvidadas). Pero todo esto podría ignorarse si no fuera por un último,  y a la postre definitivo, elemento a analizar. Me estoy refiriendo a la labor del director Ric Roman Waugh, un verdadero incompetente que filma con torpeza y total carencia rítmica. Pero no solo debo criticar su mala labor, provocada posiblemente por su falta de experiencia y por un proyecto que le viene grande, sino su falta de planificación a la hora de decidir el estilo que quiere otorgar a su obra (de la que firma también el guion). Por momentos, con una cámara temblorosa y confusa, Waugh parece querer acercarse al estilo de falso documental, pero a medida que avanza el metraje coquetea con escenas presuntamente apabullantes con coches explotando y camiones volcando que reniegan del trasfondo dramático con que comienza la cosa. Todo ello regado con planos mal elegidos, transiciones erróneas y movimientos de cámara de aficionado.


En resumen, cinta que se deja ver si se dejan las grandes aspiraciones en la puerta del cine, con estériles esfuerzos de sus intérpretes por levantar la producción, que finalmente es demasiado prometedora para la televisión pero poca cosa para la pantalla grande.