Mostrando entradas con la etiqueta josh brolin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta josh brolin. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de abril de 2019

VENGADORES: ENDGAME

En el primer tráiler de Vengadores: Endgame, Tony Stark dice algo que luego serviría como serviría como frase promocional para el poster: “una parte del viaje es el final”.
Me resulta difícil imaginar una definición mejor para esta película, una película que podría dar miedo de antemano, pues si bien el éxito lo tenía asegurado de antemano, el gran hype que producía podría haber jugado en su contra.
Efectivamente, esto no es solo una película. Esto es el final de un viaje. Un viaje que se inició hace once años con Iron Man y que ni siquiera tras la gloriosa Los Vengadores de Joss Whedon podríamos imaginar que alcanzaría un nivel narrativo y emocional como el que ha conseguido en su tramo final.
Ya está, se terminó. Hemos disfrutado, amado, llorado, gritado y luchado durante una larga lista de películas, alguna mejor que otra, alguna mítica y otra casi olvidable, y solo nos queda ese último momento de recoger el equipaje y volver del aeropuerto, que es lo que supone, tras Endgame, el saber que el fin definitivo de la Fase Tres del MCU es, en realidad, Spiderman: Lejos de casa.
¿Y qué es lo que nos han dado los hermanos Russo para cerrar esta parte de la historia del cine? Pues ni más ni menos que un hito, una obra que trasciende lo puramente cinematográfico. Más allá de sus cualidades técnicas (que las tiene, y enseguida hablaré sobre ello), Vengdores: Endgame supone, tal y como ya pasaba con Infinity War, un antes y un después para el séptimo arte. No solo va a arrasar en taquilla, sino que va a ser un film referencial para generaciones futuras que va a cambiar la concepción del propio cine (en una época en la que parecía que el futuro estaba en manos de plataformas tipo Netflix) y que demuestra que ls grandes películas deben disfrutarse en grandes pantallas, con cientos de desconocidos emocionándose a la vez, con risas y aplausos y esa sensación palpable en el ambiente de que todos nos estamos emocionando como si de un solo corazón se tratase.
Hay algunos nombres que deben considerarse pilares fundamentales del MCU (centrándonos en el plano artístico, si miramos hacia los despachos quienes merecen sendas estatuas en la entrada de Marvel Studios son Kevin Feige y Sarah Finn): John Favreau, el que lo empezó todo, Joss Whedon, el que le dio forma, y los hermanos Russo, quienes lo elevaron a las alturas. Tras dar forma definitiva a la imagen del Capitán América y demostrar que no todo son risas y colores en el MCU con las fantásticas El Soldado de Invierno y Civil War (y aquí hay que nombrar también a los guionistas Christopher Markus y Stephen McFeely, que ya firmaron el libreto de El primer vengador y han seguido escribiendo al Capi hasta este glorioso final), ellos se han encargado de culminar la mastodóntica saga del Infinito y, incluso, asentar las bases de lo que está por venir. Lo han hecho, además con valentía y coherencia, algo que se contrapone con la otra gran saga cinematográfica que culmina también este año (sumémosle eso al final de Juego de Tronos y resultará que el 2019 es un año amargo para el fandom). Y es que, si siempre es tentador comparar los éxitos de Marvel con el errático camino cinematográfico de su competidora comiquera de DC, en esta ocasión me parece más interesante mirarlos en el reflejo de Star Wars, que al fin y al cabo pertenecen a la misma madre, aunque no lo parezca. Y es que en cuestiones de hype el año pasado la cosa estaba muy igualada, con los fans haciendo cientos de teorías de lo que iba a suceder con sus héroes preferidos y tratando de averiguar (destripar) guiones que se guardaban con un secretismo absoluto. Pero mientras la locura argumental ha dominado el camino galáctico hasta el punto de que Los últimos Jedi parecían más pendientes de contradecir las teorías de Internet que de contar sus propias historias (hasta el punto de que Joe Johnson puede ser el principal culpable de todo lo malo que vaya a tener El ascenso de Skywalker), los Russo han optado por la coherencia, sin salirse de un plan determinado. Su Endgame se ha rodeado de mucho secretismo, es cierto, y ellos son los primeros que han jugado con el espectador para mantener sus cartas bien ocultas, pero eso no implica que se hayan obsesionado hasta tal punto como para traicionar su propia historia.
Así, en el lado argumental, se podría decir que Endgame es completamente previsible. Una de las teorías más difundidas sobre la manera de derrotar a Thanos era la de los viajes en el tiempo (algo que finalmente se terminó por insinuar claramente en Ant Man y la Avispa), y se especulaba con que gran parte de la película fuese sobre los Vengadores tratando de recuperar las dichosas gemas en diversos momentos del tiempo. Y así ha sido, sin sorpresas ni cambios absurdos de guion de última hora. En lugar de eso, los Russo han desarrollado una trama inteligente y llena de giros y golpes de efecto que permiten que, aun sabiendo que la cosa iba de lo que ya se sabía que iba, cada escena fuese una emoción diferente, cada plano ofreciera una sorpresa nueva y la magia volviera a impactarnos tal y como sucediera ya en Infinity War.
Cierto que las emociones aquí son diferentes. No tenemos ese impacto final que supuso ver a la mitad de la humanidad (héroes incluidos) desapareciendo, pero eso no significa que ver las consecuencias de aquello y como los supervivientes han sabido enfrentarse a sus propios temores sea menos intenso y doloroso. Incluso el final, donde no había duda alguna de que los héroes volverían (hay películas confirmadas de la mayoría de ellos) y que Thanos sería derrotado, es tan impactante y emotivo como para que, de nuevo, las lágrimas amenacen con aflorar.
Y todo ello con una película que, para ser un blockbuster de tres horas de duración (que pasan en un suspiro, todo sea dicho), tiene posiblemente menos acción de lo esperado. Hay más momentos intimistas y de conversaciones de lo que cabría esperar, pero funcionan perfectamente bien y no hay un solo minuto que parezca estar de más, que reste interés a la obra. Una obra, eso sí, que vuelve a ser tan heredera de esas veintiuna películas anteriores que no es muy recomendable ver Endgame si no se conocen bien las bases sobre las que se sostiene, siendo, para sorpresa de muchos, la historia de Ant man más importante que, por ejemplo, la de La Capitana Marvel.
Además, los Russo han hecho quizá su mejor trabajo como realizadores, no ya por la pericia visual que ya demostraron sobradamente en El soldado de Invierno, con unas escenas de lucha impactantes (cabe destacar cierto plano secuencia realmente espectacular), sino por saber marcar un  ritmo preciso, aportando más humor que en sus tres trabajos anteriores sin que este desentone en ningún momento, consiguiendo que personajes que podrían parecer ridículos tengan en realidad una profunda carga dramática (cada uno se enfrenta al dolor y al fracaso de una manera diferente)  y midiendo el tempo con precisión de relojero.
A ello ayuda también la simbiosis perfecta que se da entre los actores y sus personajes. Resulta ya casi imposible imaginar a ningún héroe Marvel con un rostro diferente al del actor que lo interpreta, y es tal el nivel de compromiso que la productora ha conseguido con ellos (y esto es algo que va más allá de los generosos cheques que puedan ofrecerles) que la película se convierte en un quien es quien del MCU, con la presencia de actores (aunque sea en escenas de apenas unos segundos) del pasado y que consiguen que este sea realmente un fin de fiesta.
Y, como debería suceder, algo de amargura queda al terminar una fiesta. Es por ello que, pese a que la película se dedique a contrarrestar los acontecimientos traumáticos de Infinity War, un deje de amargura quede tras los créditos finales (sin escena postcréditos esta vez, como para subrayar que la cosa va en serio). Y es que, por hermoso que sea un viaje, las despedidas siempre son tristes. Y esta película es, toda en sí, una gran despedida. Hermosa, emotiva, nostálgica y apasionante, pero despedida, al fin y al cabo.
Los héroes (algunos de ellos, al menos), volverán, pero parece evidente que las cosas ya nunca volverán a ser lo mismo. Es difícil que una película cierre una saga millonaria (de la que se sabe que habrá continuación) con la sensación de que algo va a cambiar para siempre. Endgame lo ha conseguido.
Este es otro mérito más de la que, posiblemente, y vista en conjunto con Infinity War (¿acaso no son ambas una sola película de más de cinco horas de duración?) sea la película más importante de la década, sino del siglo. Una película que cambia las reglas del juego y que sienta unos precedentes que, por otro lado, son casi imposibles de imitar.
Sin duda, no todo es perfecto, y habrá quien pueda reprocharle algo al film, como el uso de algunos personajes, la poca presencia de otros o algún as de la manga que huele a truco de guion más que a otra cosa, pero al final esto corresponde más a decisiones creativas que a fallos cinematográficos, lo cual es algo siempre subjetivo. Para el que esto escribe, resulta impensable hacerlo mejor. Allá donde esté, Stan Lee se sentiría orgulloso.
Nuff Said!

Valoración: Nueve y medio sobre diez.

domingo, 8 de julio de 2018

SICARIO: EL DÍA DEL SOLDADO

Tras el éxito en 2015 de Sicario, que confirmaba (si es que a esas alturas era necesario) el talento de Dennis Villeneuve, el anuncio de su secuela, ya sin el director franco canadiense a los mandos, no parecía exactamente una buena idea.

Es por ello que el gran mérito de Sicario: el día del soldado es el de no desmerecer demasiado con respecto a aquella, logrando mantenerse a la altura e incluso siendo valorada por algunos como ligeramente superior.
No, el italiano Stefano Sollima no consigue superar a Villeneuve, pero a estas alturas de la historia a nadie debería pasar desapercibido que el verdadero corazón de la aparente saga está en la labor de su guionista, Taylor Sheridan, autor también de las magníficas Comanchería y Wind River, que se mantiene como firmante de la historia y consigue dar una coherencia interna a la trama, consiguiendo que la nueva trama (no sería justo considerarla exactamente como secuela) tenga sentido.
Sí consigue Sollirma captar el espíritu de Villeneuve con una fotografía dura y sucia, consiguiendo que la violencia se pueda sentir sin caer en concesiones al espectador, componiendo un relato fronterizo de esos que tanto gustan a Sheridan y sacando lo mejor de Josh Brolin y Benicio del Toro (quien cae de la ecuación es Emily Blunt), aunque con alguna decisión de guion algo cuestionable por lo de inverosímil que resulta, aparte de esa trampa que es arrancar con un atentado islamista que a la postre no es más que un mcguffin sin más relevancia para la trama.
Quizá el punto débil de la película esté en su incapacidad por decidir el tono de denuncia sociopolítica que pretende hacer. Por un lado parece querer denunciar los abusos del gobierno de los Estados Unidos, haciendo y deshaciendo a su antojo y manipulando a capricho a las bandas mexicanas (pobre retrato, por cierto, el que hace del país vecino), erigiéndose una vez más como reyes del mundo por encima del bien y del mal. Sin embargo, por el otro, casi podría justificar la política migratoria de Trump, justificando con lo que se ve en pantalla muros y lo que haga falta para evitar que esos “malvados” invasores ataquen a las pobres víctimas americanas.
Indefinición política que el propio director ha tenido que justificar argumentando que esto es, ante todo,m un entretenimiento y que sirve para definir perfectamente a la película. Dejando de lado mensajes y lecturas ocultas, esto es una estupenda cinta de acción, con mucha sangre, violencia insana y dos personajes con buena química entre ellos y que siguen creciendo a medida que los vamos conociendo mejor.
Y, visto su final, con aspiraciones a seguir junto a ellos al menos en un film más.
Ahora ya es cuestión de cada uno querer conformarse con eso o insistir en pedir algo más que no vamos a encontrar. Al menos no de manera satisfactoria.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 20 de mayo de 2018

DEADPOOL 2


Hace apenas dos años Deadpool fue una de las mayores sorpresas de la temporada. Convencidos por el director Tim Miller y el actor Ryan Reynols, los directivos de la Fox, en vista de que sus licencias Marvel empezaban a flojear de la mano de los mutantes de Singer (del batacazo de Los cuatro Fantásticos mejor ni hablar), se arriesgaron a autorizar la realización de una película no apta para menores, muy gamberra, malhablada, políticamente incorrecta y con bastantes toques de sexo, escatología y gore. 
Pero, sobre todo, con un humor muy bestia y tremendamente ácido. El resultado fue un éxito abrumador, rompiendo récords y descubriendo al personaje (ya había aparecido brevemente en X-Men Orígenes: Lobezno, pero de eso mejor tampoco hablar) al gran público.
Era evidente que el Mercenario Bocazas debía volver más pronto que tarde, y en medio de la tormenta mediática que supone la inminente (aunque eterna) compra de la Fox por parte de Disney, Deadpool 2 se estrena con las expectativas por las nubes y un relevo en la silla del director.
Estos dos factores son los que más determinan el destino de este Deadpool 2. Por un lado, el factor sorpresa que tan bien jugó a su favor en el 2016 ya ha desaparecido, y todo el mundo espera esta secuela con ganas, quizá demasiadas, lo que sin duda es más fácil que provoque decepciones que aplausos.
Deadpool 2 es, en realidad, más de lo mismo, de manera que quien no disfrutara con el humor cafre de Wade Wilson y su alter ego Masacre (tal y como es conocido en España en el mundo del cómic), no debería ni acercarse a esta continuación. Por otro lado, en la Fox han puesto toda la carne en el asador y, aun sin contar con un presupuesto a la altura de colegas superheróicos como los liderados por Iron Man o el Capi, en Deadpool 2 hay muchos más personajes, más acción y una trama que, sin la lacra que supone hacer la presentación de un personaje, puede ir directa a la acción. Así que sí, tal y como dice la campaña publicitaria, Deadpool 2 es más larga y más dura, lo cual no quiere decir necesariamente que mejor.
El segundo aspecto a tener en cuenta, decía, era el cambio de director. Tim Miller debutó con Deadpool en el mundo de la realización de largometrajes, aunque ya había trabajado como director de segunda unidad en otros títulos Marvel, estando especializado en la confección de inolvidables títulos de crédito como los de Thor, el Mundo Oscuro o Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres, por lo que el aspecto visual era lo primordial del film. El director de la secuela, David Leitch, también surge de la parte más técnica de la industria (en su caso era especialista de escenas de acción) y ya había codirigido la primera parte de John Wick y, ya en solitario, Atómica. Con semejante currículo, las diferencias entre ambos realizadores parecían evidentes y, ciertamente, el estilo de cada uno es lo que define y diferencia las dos películas. Deadpool 2 no ha perdido su cachondeo y salvajismo, pero la espectacularidad proviene más de los momentos de acción ante las cámaras que de los virtuosismos tras ellas. Y es por ello que durante gran parte del metraje hay un aroma dramático muy heredero de la mencionada John Wick que rechina en algún momento.
Con todo, Deadpool 2 sigue siendo un estupendo divertimento, lo suficientemente diferente a la primera como para no resultar una simple copia, pero sin la frescura y originalidad de aquella, que sabe aprovechar el dúo que el protagonista forma con Cable, el personaje de Josh Brolin pero que tiene en la Domino de Zazie Beetz una de sus mejores bazas. La escena intercréditos, por cierto (y aprovecho para avisar que no hay escena al final de los mismos), es de lo mejor del film, tan hilarante que por sí misma ya merece el precio de la entrada, aunque quizá muchos no terminarán de pillar las referencias. Y lo mismo podría decirse de los cameos, tan hilarantes como fugaces, que hay que buscar casi con lupa.
Deslenguada, incorrecta y muy sangrienta (aunque, por contra, mucho menos sensual/sexual), Deadpool 2 es una buena secuela, que seguramente no supere a la original pero que tampoco la desluce.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 28 de abril de 2018

VENGADORES: INFINITY WAR

Una vez más (y no será la primera ni la última) nos encontramos ante una película difícil de reseñar. Siendo, como es, la película más esperada del año (de la década, para algunos), a partir de este fin de semana van a haber cientos de críticas y opiniones por la red, y seguro que de nuevo hay sentimientos contrastados y enfrentamientos diversos.
Y es que para empezar a valorar Vengadores: Infinity War lo primero que habría que hacer es definir su condición de película.
Porque, ¿es, realmente, Vengadores: Infinity War una película? Si la tratamos como tal hay que decir que resulta sumamente entretenida, muy emocionante y con suficientes toques de humor para contrastar con el tono de desesperación general que rezuma la trama. Sin embargo, podría parecer que todo ello es insuficiente. El valor humano, el trasfondo social o la profundidad de personajes que incluso a una película de superhéroes se le debería exigir es apenas apuntado en pequeños detalles, en esbozos que la propia imaginación del espectador debe terminar de rellenar para poder lograr una empatía total con los protagonistas. Así que podría llegar a entender a todo aquel espectador ocasional que se acerque a este film y lo defina como una disparatada sucesión de peleas sin sentido, un espectáculo pirotécnico a merced de un villano de opereta con un montón de héroes que no importan demasiado porque no hay tiempo ni espacio para explicar sus dilemas ni sentimientos.
Sin embargo, esto no es una película. Ni mucho menos. Eso es, en realidad, el clímax final de una. Ni siquiera eso. La primera parte del clímax final de una. Así, no es posible comprender ni disfrutar de Avengers: Infinity War sin conocer de antemano las dieciocho películas anteriores (no todas son imprescindibles, pero toda ayuda es poca para conocer mejor a los personajes y lo que les mueve). De hecho, son las películas de los hermano Russo, directores de esta Infinity War, las que más profundidad y carga social tienen, con unas tramas de trasfondo más político que superheróico (Capitán América: El Soldado de Invierno y Capitán América: Civil War). Sin embargo, han decidido enfrentarse a esta nueva pieza del puzle que compone el MCU dando por sentado que estamos ante un capítulo más, con todas las piezas ya conocidas puestas sobre el tablero (es curioso, de hecho, que el propio espectador conozca más a los personajes de lo que se conocen ellos mismos) y centrarse tan solo en el gran cataclismo que se venía anunciando desde hace años, en concreto desde Los Vengadores de Joss Whedon, con ese Thanos como la gran amenaza para la humanidad.
Es por ello que puede que la película no alcance el festival que para el fandom supuso esa primera reunión del supergrupo, donde Whedon supo crear unas interacciones perfectas y compuso la película de superhéroes definitiva. Pero para evitar comparaciones, los Russo juegan casi a lo contrario y rematando lo que comenzaron en Civil War presentan a los personajes iniciando caminos diferentes, con lo que tocará esperar para ver la definitiva dinámica de equipo que todos deseamos (algo habrá que guardar para la ya rodada conclusión, todavía sin título oficial). Recordando una popular saga de los cómics, esto casi podría haberse llamado Vengadores Desunidos. Un gran acierto, dicho sea de paso, porque esa división de los protagonistas en los pequeños grupos que ya nos venían anunciando los trailers permite repartir mejor los tiempos y no saturar con batallas interminables y confusas.
Aceptando, pues, que no hablamos de una película, sino de una serie cinematográfica que pisa el acelerador al acercarse a su final de temporada, Vengadores: Infinity War es una delicia en todos los sentidos. Quizá el mayor mérito de todos es como los Russo han logrado conjugar personajes derivados de películas tan diferentes y hacer que todo funcione con naturalidad. Es cierto que muchas veces se ha acusado a las películas del MCU de estar demasiado influenciadas por el “método Marvel”, pero personalmente nunca he aceptado que se traten de meras fotocopias, teniendo cada una de ellas su propia personalidad. Sin embargo, cuando uno ve Infinity War y aparecen por primera vez los Guardianes de la Galaxia casi podría creerse que está James Gunn tras las cámaras, mientras que es inevitable pensar en Jon Favreau al ver las escenas individuales de Iron Man o reconocer a Watts en los momentos de lucimiento de Spider-man (quizá quien se encuentra más como pez fuera del agua en toda la película).
La gran incógnita estaba en saber si Thanos iba a ser por fin ese gran villano que Marvel necesitaba, el gran talón de Aquiles de la saga (solo Loki había convencido completamente hasta la fecha, aunque Hela y Killmonger, de Thor Ragnarok y Black Panther respectivamente, apuntaban maneras). Y lo cierto es que sí, es ese villano de gran injuria, con un enorme poderío físico, capaz de poner en jaque a todos los héroes del Universo. Sus motivaciones bien pueden resultar simplistas, incluso se podría decir que son las mismas que han tenido miles de villanos de cine a lo largo de la historia (me viene a la mente Kingsman, pero hay muchos más ejemplos en la saga Bond, en Inferno...), magnicidas en potencia que justifican sus actos por el bien de la humanidad. Quizá aquí la diferencia es que en algún momento vemos sus resultados, lo que a sus propios ojos lo convierten más en un salvador que en un destructor, aparte de ese deseo de aleatoriedad que le otorga un cierto sentido de justicia.
Este es el único apunte social en una película que no va a dar que hablar por su debate anti Trump, por su defensa de las minorías o por su aportación al feminismo. Aquí todo es acción y drama, drama y acción, y aunque hayan unos cuantos chistes, en ningún momento logran (ni lo pretenden) empañar la gran sensación de peligro que representa este Thanos, tan peligroso por sus ideas como por su fuerza bruta.
Así, Vengadores: Infinity War no es otra cosa que lo que prometía. La mayor reunión de héroes hasta la fecha (aunque me anticipo a decir que se va a quedar corta con respecto a la por ahora conocida como Vengadores 4), con mucha acción espectacular, mucha épica y, definitivamente, muchas muertes, como venían avisando los propios directores. Sin entrar en spoilers, ya aviso que los Russo no engañan a nadie, y que algunas de las muertes que se ven en pantalla serán solventadas en la siguiente entrega. Pero mucho me temo que no todas. Infinity War es una película definitiva y una gran oda a esos diez años de MCU, pero también una película con sabor a despedida y cuyo final produce un cierto bajonazo anímico, que solo se arregla, parcialmente, gracias a la inevitable escena postcréditos, que va a hacer que ese años de espera que tenemos por delante para ver la resolución (endulzado por en medio con Ant-man y la Avispa y Capitana Marvel) se nos vaya a hacer muy largo.
Con unos actores entregados a la causa, entre los que sobresale un Josh Brolin que consigue hacerse notar pese a las capas de CGI que componen su rostro de Thanos, verdadero centro espiritual del film, y unos Russo portentosos a la hora de manejar la cámara y medir los tiempos, logrando una película sombría y trágica donde no desentonan las pinceladas de humor, Infinity War es, definitivamente, la película definitiva del género y un film que marcará un antes y un después en la industria del cine. Y es que se nota que, por más que esto sea un negocio y lo que prime sea ganar dinero, los Russo han conseguido hacer una película desde el corazón. Y eso siempre termina transmitiéndose a través de la pantalla.
No es que todo sea perfecto, y puestos a ser quisquilloso uno podría llegar a encontrar algún pequeño defecto en la película, como algunos desajustes con respecto a los dos films inmediatamente anteriores de la compañía (imagino que los Russo trabajaron esta Infinity War sobre los guiones de estas, no viéndolas terminadas hasta que ya era tarde para ciertos cambios) o la escasa presencia (o directamente ausencia) de algún personaje, pero es es precio a pagar por una experiencia fílmica única, a la que las dos horas y media de metraje se hace incluso insuficiente y que supone un hito en la historia del cine.
En resumen, un gran espectáculo palomitero que no decepcionará a nadie. A nadie que sepa a lo que se está enfrentando, dese luego. Yo, por mi parte, estoy deseando hacerle un segundo visionario. Y es que es tanto lo que ocurre en tan poco tiempo que apenas se puede llegar a asimilar a la primera.

Valoración: Nueve sobre diez.

miércoles, 24 de febrero de 2016

¡AVE, CÉSAR! Carta de amor sin contemplaciones.

Era muy esperada la última comedia de los Hermanos Coen, más después de que sus últimas incursiones cinematográficas fuesen en un ámbito más serio como Valor de Ley, A propósito de Llewyn Davis o su guion para El puente de los espías.
Con ¡Ave, Cesar! Retoman ese tono desenfadado y casi absurdo que tan bien supieron explotar en títulos ya clásicos como El gran salto o El gran Lebowsky y con la que rematan lo que ellos mismos han denominado “la trilogía de George Clooney estúpido” que se completa con O brother! y Crueldad intolerable.
La película se anunciaba (y así o confirmaba su tráiler) como un homenaje al Hollywood más clásico, aquel que vivió una época dorada en la que fue conocido como “la fábrica de sueños”. 
Pero parece que este homenaje no ha sido del gusto de todos, estando recibiendo la película injustos palos por todas partes. Puede que el problema no esté en la película en sí, sino en las expectativas que uso directores como los Coen pueden generar (aunque sus mejores trabajos han estado siempre alejados del humor puro, como en la magnífica Fargo, algo que pudo pasar también con la interesante aunque no excelsa Regresión de Amenábar. Yo prefiero valorar una película por lo que aporta, dejando las expectativas en la puerta y sin condenarla por lo que sus autores podrían haber hecho en otros tiempos.
Y vista así, ¡Ave, Cesar! es más que un simple homenaje. Es una verdadera carta de amor a la industria del cine. Es un análisis en tono de humor paródico (que no de burla) de un día dentro de las entrañas de un gran estudio, con el personaje de Josh Brolin (inmenso) como guía conductor de una especie de recorrido turístico que nos llevará por el mundo de los musicales, las comedias, los westerns o las superproducciones bíblicas.
Si pudiésemos valorar la película como una serie de escenas aisladas, como un retrato de los diversos géneros a través de breves momentos de rodajes en cada uno de los platós de un enorme estudio, quizá podríamos definir la película como magistral. Es en su argumento general (el secuestro de una gran estrella por parte de un grupo comunista) cuando la historia cojea un poco. Como si se tratase de una mera excusa, una simple historieta sin demasiada chica, para mostrarnos lo que sucede alrededor. Es, si me permiten ponerme metafórico, como la propia creación de una película, donde los focos se centran en el rodaje pero las verdaderas historias pueden estar sucediendo alrededor.
Con Josh Brolin como el auténtico rey del cotarro y Clooney, el galán secuestrado, haciendo de segundo de a bordo, la película se nutre de un sinfín de estrellas que  decoran y dan brillo a la función, por más que en algunos casos sean poco más que cameos de una sola escena. Así, podemos contemplar a Alden Ehrenreich, Ralph Fiennes, Scarlett Johansson, Tilda Swinton, Frances McDormand, Channing Tatum (fantástica su aparición), Christopher Lambert o Jonah Hill entre otros.
Los Coen aman al cine, y lo demuestran con cada retablo aquí representado, con los guiños a películas de sirenas de Esther Williams, de musicales como los de Fran Sinatra, con galanes del western seduciendo a fotocopias de Carmen Miranda, con directores que recuerdan mucho a Michael Curtis y , femmes fatales que podrían ser un retazo de Loretta Young, la caza de brujas mccarthyana, anécdotas con personajes reales coladas entre la ficción, péplums bíblicos, las hermanas periodistas inspiradas en Hedda Hopper, la presencia de la única mujer montadora que hubo, y así un infinito número de homenajes, muchos de ellos apenas perceptibles por la mayoría del público (¿alguien sabría decir cuándo aparece Dolph Lundgren en pantalla?).
Así, sin alcanzar ni mucho menos la perfección, los Coen logran plasmar en imágenes la pasión que sienten por un mundo y una época como pocos sabrían hacer, transmitiendo la misma emoción que lograba Scorsese con La invención de Hugo o Michel Hazanavicius en The Artist, pero con mucho más brillo y esplendor y, sobre todo, sentido del humor.
En resumen, un magnífico divertimento para todos los públicos pero que hará las delicias especialmente a aquellos otros enamorados del cine que sepan conectar con el lenguaje de los 
Coen.
Yo he sido uno de ellos.

Valoración: 8 sobre 10.

lunes, 23 de noviembre de 2015

SICARIO (7d10)

Resulta especialmente difícil en estos tiempos tan convulsos con los últimos ataques terroristas por tierras francesas tan recientes, atreverse a disfrutar con una película pretendidamente realista sobre asesinos y fuerzas de la ley capaces de saltarse cualquier norma o código moral por tal de conseguir sus objetivos. No obstante, tal y como mencionaba en mi comentario del mes, conviene saber diferenciar cine y realidad ya que solo así podemos disfrutar de los tiroteos y las matanzas que nos propone Villeneuve en su nuevo film sin necesidad de sentirnos culpables.
Entrando de lleno en la película, otro elemento a priori preocupante es la participación de Denis Villeneuve como director en la que se supone será su última película antes de abordar la secuela / remake de Blade Runner. Con dos estrenos presentados el año pasado de forma casi simultánea uno no podía evitar preguntarse: ¿nos encontraremos con el Villeneuve duro e impactante pero de firmes resoluciones y visualmente atrayente de Prisioneros o al autor de la fascinante pero estúpidamente incomprensible y casi insultante Enemy? No hay peligro. Estamos ante una obra que evoca el realismo frío pero estremecedor de la película que unió los destinos de Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal en una historia para nada amable pero completamente coherente y cerrada.
Incluso concede Villeneuve un regalo al espectador en forma del personaje al que da vida Emily Blunt. Así com o en la vida, la película comienza casi a mitad de una historia, con una operación que engloba a la CIA, a agentes del FBI y a la propia policía, tanto americana como mejicana, de manera que el espectador puede sentirse un poco perdido al principio, con la sensación de subirse al carro en marcha y faltándole información para atar todos los cabos. Afoirtunadamente a Kate Macer (Blunt) le pasa exactamente lo mismo y eso nos permite identificarnos a la perfección con ella y sentirnos aliviados de poder descubrir juntos las respuestas necesarias.
Sicario narra la operación orquestada por las fuerzas del gobierno estadounidense por capturar a uno de los más importantes capos de la droga personificaos en tres personajes principales de caracteres fuertes pero distantes convincentemente interpretados por la mencionada Blunt, Benicio el Toro y Josh Brolin. Hay que decir, no obstante, que si bien los tres rallan a muy buen nivel ninguno de ellos se aleja demasiado a personajes a los que ya hubiesen interpretado con anterioridad (la chica fuerte pero superada por las circunstancias, el latino despiadado e impertubable y el tipo duro), siendo por tanto elecciones tan acertadas como poco arriesgadas. Hay por ahí algún decundario de lujo como Victor Garber o Jon Bernthal que terminan de dar lustro al reparto.
Sicario es una película emocionante y tensa, algo previsible en su desenlace (estamos de nuevo ante esos títulos redundantes que estropean la trama a poco que uno sea algo hábil), viulenta pero curiosamente esquiva a la hora de mostrar la violencia más explicita (muchoas de las muertes más impactantes ocurren fuera de plano), con un buen ritmo narrativo que mide con sabiduría las escenas de acción con los momentos más íntimos, aunque quizá se eche en falta algún aporte más sobre el análisis interno de los personajes, de los ncuales apenas conocemos más que lo que vemos y lo poco que podemos intuir.
En resumen, un buen trabajo de Villeneuve que, de ir por este camino, puede darme alguna esperanza de cara a retomar el trabajo de Ridley Scott con los replicantes. El de Enemy, cuanto más lejos mejor.

sábado, 19 de septiembre de 2015

EVEREST (4d10)

Dirigida por Baltasar Kormákur, ese director islandés que debutó en Estados Unidos con la normalita Contraband y se reafirmó con la bastante más recomendable 2 guns, Everest narra la tragedia acontecida en 1996 cuando varias expediciones de alpinistas trataron de criticar la cima del mundo. No voy a dar más datos por no entrar en spoilers pero el detalle de que esté basada (bastante fielmente, parece) en una historia real hace que no haga falta mucho esfuerzo para saber cómo van a producirse los acontecimientos.
La película cuenta con un director correcto, unos bonitos paisajes (algunas escenas están filmadas en el mismo Nepal) y un reparto tan espectacular como desaprovechado, pero todo ello no es suficiente, ni de lejos, para que Everest sea una buena película.
Lo primero que falla es la empatía con los personajes. A priori es fácil solidarizarse con la desgracia ajena, tanto en ficción como en la vida real, pero hay que profundizar un poco más en los personajes para conseguir la comunión necesaria para sentirse en su piel y sufrir como sufren ellos. En el caso de un accidente o desastre fortuito es diferente, y el espectador no debe conocer al detalle la vida de todos los ocupantes del Titanic o saberse el nombre de todos los habitantes de Pompeya (que pese a sus carencias y pretensiones más palomiteras la película de Anderson tiene mucha más alma que esta) para sufrir por ellos. Aquí el problema principal es que son los protagonistas los que ponen sus vidas en juego conscientemente sin más objetivo que el orgullo, el desafío personal o incluso el siempre lucro. Unos tipos van a la montaña más peligrosa del mundo y les sorprende un gran peligro... ¡Pues claro! Como diría el humorista José Mota: si hay que ir se va, pero ir por ir...
No, no estoy diciendo que por poner sus vidas en juego caprichosamente merezcan lo que les sucede, pero algo deberían tener para poder simpatizar con ellos y no ser meros maniquíes sobre los que, al principio de la película, puedes apostar sobre si viven o mueren. Y eso, más allá del hecho de ser una historia real, es culpa del guionista, que no sabe dar un toque de épica a la narración, como si tenía ¡Viven!, de Frank Marshall, ni la carga dramática que tenían otros personajes reales que sufrían las consecuencias de su propia imprudencia como el Ramón Sampedro de Mar Adentro o el Aron Ralston de 127 horas.
Everest arranca con un planteamiento similar al típico cine de catástrofes, lo que puede justificar su reparto estelar, pero olvida que una de las normas no escritas de ese género consiste en dar su minuto de gloria a todos los personajes. Everest, en cambio, se limita a seguir las andanzas de Rob Hall (Jason Clarke) como líder de la expedición y a Beck Weathers (Josh Brolin), escalador cuyos méritos se los ha dado más el dinero que la experiencia, quedando como tercer bastón argumental a Jon Krakauer (Michael Kelly), el periodista que a la postre escribirá el libro en que se basa la historia. De telón de fondo están los personajes femeninos que interpretan sin demasiado esfuerzo Emily Watson como mano derecha en el campamento base de Hall, Keira Knightley como su embarazada esposa y Robin Wright como la casi anecdótica mujer de Weathers. 
Todo lo demás es la nada más absoluta, desde un incomprensiblemente olvidado Jake Gyllenhaal cuya inicial rivalidad con el personaje de Clarke se diluye como la nieve bajo el sol o un Sam Worthington que, literalmente, pasaba por ahí. ¡Por Dios, que es el prota de Avatar y Terminator Salvación y se pasa la peli hablando por radio cómodamente sentado en su campamento!
Parece ser que la idea inicial de los productores, que llevaban diez años trabajando en la película, era centrar la trama sólo en Hall, que iba a protagonizar Christian Bale, pero cuando Bale se bajó del carro para ser sustituido por Clarke tuvieron tan poca fe en el actor de El amanecer del Planeta de los Simios y Terminator Génesis  que improvisaron está historia coral de forma tan chapucera.
Ciertamente, lo único que salva algo la película son sus maravillosos paisajes, por más que se note la parte filmada en estudio, pues no en vano fue concebida para estrenarse en Imax y los que la han visto en 3D dicen que vale la pena el formato.
En la cuneta queda lo que podía haber sido verdaderamente interesante si hubiesen querido tirar por ese camino, como es la transformación que el Everest ha sufrido en los últimos tiempos (por no decir prostitución) de manera que cualquiera puede ir a pasear por ahí como si fuesen Las Ramblas sólo con pagar un módico precio, convirtiendo el lugar en un estercolero de basura, bombonas abandonadas, campamento vacíos y, ¿por qué no decirlo?, cadáveres imposibles de rescatar, demostrando que la seguridad puede llegar a ser algo secundario ante la necesidad de conseguir llevar a un cliente hasta la cima por no perder la reputación, ya de por sí no muy destacable, del negocio. Pero la película no quiere tomar ese camino y prefiere desviarse por la vía fácil y cobarde de convertir a Hall (para mí el gran culpable de lo que pasa, que para algo su trabajo es mantener con vida a sus clientes) en un mártir, mereciendo la santificación por conseguir, pese al precio a pagar, cumplir el sueño de uno de los personajes.
Al final, la calidad del film es como el oxígeno a partir de los 4.000 metros de altura: muy escasa...

lunes, 13 de abril de 2015

PURO VICIO (5d10)

Ya escribí en mi cuenta de twitter, al poco de terminar de ver la película, que necesitaba dejar pasar algo de tiempo hasta averiguar si Puro vicio me había gustado o no. Unos días después me mantengo en la tesitura.
Qué duda cabe que hay algo en el cine de Anderson hipnótico y adictivo, que te atrapa con fuerza y te mantiene enganchado a la historia, por más que no tengas claro en ningún momento cuál es esa historia. Protagonizada por un Joaquin Phoenix tan desesperadamente pasmoso como es habitual en él (aunque en esta ocasión tiene algo que lo hace más soportable), la película se nutre de un buen nombre de ilustres secundarios que dan algo de brillo a la trama, posiblemente debido a simples tratos de colegueo o porque participar en una película de Anderson siempre queda bien en el currículo, por más que sepas que el público te va a amar u odiar por ello.
Efectivamente, es común encontrar entre los conocedores de la filmografía de Paul Thomas Anderson (y en especial de sus trabajos más recientes) gente que lo eleve a los altares con la misma facilidad que lo pueden pisotear por el barro, incluso entre los miembros del sagrado CSI que pueden puntuar la película tanto con rotundos dieces como con orondos ceros. Yo mismo me sentí así con la última película del peculiar realizador, en la que ya estaba Phoenix, The Master, para mí una de las peores obras del 2013 (amén de una de las primeras críticas aparecidas en este blog) y que ha sido, sin embargo, alabada por doquier.
No me sucede lo mismo con este Puro Vicio, cuyos sentimientos me hacen permanecer en un indefinido punto intermedio. No siendo tan visualmente llamativa como alguno de sus carteles parecían insinuar pues,francamente, me esperaba una fotografía más cercana a la de Spring Breakers de Harmony Korine o Sólo Dios perdona, de Nicolas Winding Refn, de las que Anderson prefiere distanciarse, el director centra el efecto alucinógeno correspondiente al uso y abuso de drogas diversas (aunque los porros se llevan la palma, siendo los verdaderos protagonistas del film e invitando a que nos preguntemos cuantos se habrán fumado los propios Anderson y Phoenix durante el rodaje para cuadrar semejante historia) para transmitir lo mismo mediante la propia narrativa.
Concebida como una película de cine negro al uso, con sus femmes fatales y su voz en off incluida, pronto nos damos cuenta de que nada es lo que parece, que lo real y lo imaginado se confunden constantemente hasta llegar a desconcertarnos totalmente. Deduzco que la intención de Anderson es la de introducirnos en la mente del protagonista y que nos sintamos tal y como se siente él, pero no cuenta con que el público acostumbra a acudir a la sala del cine lo suficientemente lúcido como para transformarse de manera absoluta en la mente de Phoenix, con lo cual posiblemente la película mejoraría si el propio espectador acudiese a su visionado tras fumarse un par de canutos primero.
Demasiado etérea y dispersa como para aplaudirla, Puro Vicio está lejos de ser la obra maestra que se le suponía (hace unos días, antes de verla, yo mismo me extrañaba de su ausencia en las nominaciones importantes de los pasados Oscars, de lo cual me retracto ahora), con un argumento que va dando tumbos constantemente y que culmina en un desenlace disperso y poco aclaratorio, amén de redondear un metraje algo excesivo. Tampoco puedo, sin embargo, suspenderla cuando contiene algunos pasajes francamente divertidos, sabe mantener el interés en todo momento y muestra algunos recursos narrativos ciertamente acertados, aparte de la interesante (y en algún caso concreto incluso surrealista) aportación de ciertos secundarios, en concreto un desatado Martin Short o un sobrio Owen Wilson, aunque por ahí también pululen, entre otros, Benicio Del Toro, Josh Brolin, Eric Roberts o Reese Witherspool.
Quizá la mejor definición del film sería la de desconcertante, capaz de alternar grandes aciertos con momentos sumamente absurdos y que, aparte de contar con los tics habituales del cine de Anderson uno sale de la proyección con la sensación de no saber que nos ha pretendido contar el director californiano, aunque habiendo pasado un rato al menos interesante.

domingo, 30 de marzo de 2014

UNA VIDA EN TRES DÍAS (4d10)

Cuando en 2007 Jason Reitman estrenó Juno (aunque ya se había dado a conocer con Gracias por fumar) todo el mundo intuía que se trataba de un nuevo gurú del cine indie, cosa que pareció confirmarse con su siguiente título, la excelente Up in the air. Ahora, cuatro años después del título protagonizado por George Clooney, su globo parece haberse desinflado,  y el retoño de Ivan Reitman (el creador de tantas comedias geniales de los ochenta que ahora es injustamente ninguneado por aquellos cabestros que aseguran que el bueno de la familia es el niño Jason) se encuentra artísticamente estancado demostrando que todo lo que tenía de buen director lo tiene de mal guionista y que sus pretensiones de genio no hacen sino aumentar la tediosidad aburrida y casi insoportable de su último trabajo.
Pero vayamos por partes. Una vida en tres días, película tan mala como su título en español (textualmente habría sido más acertado algo parecido a El puente del día del trabajo, ya que la acción transcurre a lo largo de cinco días), cuenta la historia de Adele y su hijo Henry que viven solos en una casita a las afueras de un apacible pueblo de Massachussets hasta que se cruza en sus vidas Frank, un fugitivo recién escapado de prisión que les obliga a ayudarle primero para, en apenas unas horas, pasar a ser el hombre de la casa y ejercer de padre para Henry y marido para Adele, teniendo tiempo (mientras se esconde de los vecinos y la policía, recordemos) para arreglar el porche, bailar con la música a todo volumen o enseñar a jugar a béisbol al insípido del niño. Por no mencionar una de las escenas más ridículas de la historia del cine que convierte la realización de un pastel de melocotón en el gran leif motiv de la película, con bochornoso recuerdo a la escena con el barro de Ghost incluida.
Pero lo peor de la película no es que resulte espantosamente aburrida y que carezca del más mínimo sentido del ritmo (la historia del fugitivo no es más que un pretexto para desarrollar una historia de amor pastelosa y totalmente falta de pasión) y que nada tiene que ver con Sin escape, aquel thriller de Van Damme, Rosanna Arquette y uno de los Culkin que partía de la misma base argumental que esta). Tampoco lo es la absoluta falta de química de la pareja protagonista, un Josh Brolin tan acartonado como de costumbre y una Kate Winslet demasiado parecida a la de Revolucionary Road. Ni siquiera lo es que se desaproveche a algunos actores interesantes como Clark Gregg o el siempre genial J.K.Simmons (también se deja ver por ahí Tobey Maguire, pero corramos un tupido velo).
No, lo peor de todo es que el bueno de Jason Reitman se ha creído que es un genio de la narrativa y un poeta con imágenes, y como si se tratase de un Terrence Malick de oferta mezcla sin complejos la historia narrada con flashbacks al principio incomprensibles (y cuando se completa el puzzle y se pueden interpretar pierden el poco interés que pudiesen tener) con metáforas visuales sobre el amor y la pasión. Esto hace que esta historia previsible y aburrida que en buena lógica no debería pasar de ser más que un simple telefilm de media tarde sea además pretenciosa y pedante, aspirando a una profundidad metafísica que produce más vergüenza que reflexión.
Ya he comentado la metedura de pata del título en español, pero reincido en ello porque cuando aparece en pantalla unos créditos que indican que comienza el domingo (cuando la acción empieza en viernes) uno se hace esperanzas de que la cosa esté a punto de terminar, por lo que al comprobar que tan solo estamos a mitad del metraje la desesperación puede ser terrible.
Resulta curioso que estemos echando de menos a esa actriz porno con pretensiones de guionista llamada Diablo Cody, pero lo cierto es que de su mano las historias de Reitman funcionan mucho mejor, con un desarrollo de personajes mínimamente comprensibles a los que podemos llegar a comprender o con los que identificarnos. No es el caso de Una vida en tres días, donde la forma de actuar de los personajes (ni aun aceptando la depresión de ella o lo que se revela en los flashbacks totalmente superficiales y mal filmados) carece de toda lógica, por lo que la empatía que desprenden es nula.

Una colección de bostezos y poco más.

lunes, 10 de febrero de 2014

OLD BOY * (4d10)

Por mucho que Spike Lee se canse en decir que no es un remake, sino una adaptación directa del comic, es imposible evitar las comparaciones con la brillante película de Chan-wook Park. No voy a ocultar mi admiración por el cine de Park –basta con que reviséis mi crítica de Stoker-, pero lo cierto es que no hay en esta nueva versión de una terrible historia de venganza nada de la belleza visual y el colorido de la original, más allá de algunos carteles inspirados y un par de escenas concretas.
Ya de entrada no hay nada destacable desde el punto de vista de la dirección. Spike Lee fue años atrás un director de gran personalidad caracterizado por su lucha por la igualdad social, siendo Malcon X su mejor ejemplo, pero de un tiempo a esta parte se ha domesticado en exceso y aun manteniendo sus dotes fílmicas no muestra unas señas de identidad destacables.
En vacío el debate sobre si es o no necesario este remake, ya que debemos recordar que el público objetivo es el americano y posiblemente ellos no habrán podido disfrutar (y mucho menos doblada al inglés) la Old Boy de Park, por lo que es mucho más lógico un remake como este que, por ejemplo, el de Robocop que llegará a España en unos días.
Old Boy cuenta la historia de un hombre despreciable, alcohólico, tan mal marido como padre, que un día es secuestrado y retenido durante veinte años en una pequeña habitación mientras mediante un televisor es informado del atroz asesinato de su ex mujer y de cómo él es el principal sospechoso, siendo buscado por la policía y repudiado por su propia hija. Cuando al fin consiga la libertad pondrá en marcha una sangrienta venganza y una búsqueda de la redención sin más ayuda que la de una joven voluntaria social.
El principal escollo de la película, dejando de lado las comparaciones, está en la interpretación de dos de los protagonistas (Elizabeth Olsen está muy bien, como nos tiene acostumbrados), ya que Josh Brolin lo borda cuando tiene que ser desagradable y consigue que lo odiemos pero fracasa a la hora de convencernos para empatizar con él y apoyemos su cruenta venganza que, por otro lado, no le resulta demasiado complicada (dejando de lado el giro final que no es cuestión de revelar aquí), mientras que Samuel L. Jackson insiste en mimetizarse en tipos extravagantes y ridículos que no ayuda a que nos involucremos en la trama.
Las escenas de lucha no son, desde luego, lo fuerte de Lee, que no domina el arte de las coreografías  como merece una historia surgida de un comic oriental, propiciando que la venganza de este hombre llamado Doucett sea menos creíble todavía.
Si bien su argumento es interesante, su puesta en escena es cansina y pesada, llegando a aburrir durante su primera mitad, alargando en exceso esos veinte años que dura el encierro, de manera que cuando empieza la acción el público ya ha perdido gran parte del interés. Y cuando eso sucede, en ocasiones es imposible recuperarlo.
Para rematar, la distribuidora es la primera que no ha confiado para nada en la película, habiéndose estrenado (otra más) muy mal, casi a escondidas, por lo que de nuevo he tenido que recurrir a una “sesión privada” como muestra el asterisco de arriba.

Y puestos a tener que recurrir al cine de salón, ¿por qué no os revisáis mejor la película de Chan-wook Park?

domingo, 10 de febrero de 2013

GANSGTER SQUAD. BRIGADA DE ÉLITE (6d10)

Sucede con esta película algo parecido a lo que comentaba sobre el hype sobre Looper, que en ocasiones unas expectativas demasiado altas estropean la película. Me ocurrió a mí con aquella y parece haberle sucedido a la mayoría de la crítica internacional con esta. Y es que a priori Gangster Squad lo tenía todo para ser un producto sumamente apetecible: su director, Ruben Fleischer, ya había demostrado que sabía manejarse bien en la estupenda Bienvenidos a Zombieland (aunque flojeó un poco en 30 minutos o menos, su segunda colaboración con Eisenberg), mientras que el reparto no podía calificarse de otra manera que alucinante. Si a esto le añadimos el tiempo que hace que no tenemos una buena peli de gangsters clásica (sí, hace algunos veranos tuvimos  Enemigos Públicos, pero a mí me aburrió soberanamente) y el argumento de esta, inspirada en hechos y personajes reales, recordaba a la brillante Los intocables de Eliot Ness, con Bryan de Palma posiblemente en su mejor momento.
Pero claro, antes de entrar en la sala de cine la película ya tenía su primera batalla perdida, ya que si había que compararla con esa obra maestra de 1987 era evidente que poco tenía que hacer, aunque el propio Fleischer parece consciente de eso mismo, incluyendo así algún pequeño homenaje en su película como el tiroteo final frente a unas enormes escaleras (aquí no hay ningún coche de bebé bajando a cámara lenta, no ha llegado a tanto). Además, el film contóa con otro problema debido a las dificultades durante el rodaje y a la necesidad de rodar algunas escenas adicionales y eliminar metraje ya filmado (por lo visto había un tiroteo en un cine bastante crucial para el desarrollo del film que se suprimió por su semejanza a la masacre que se produjo por esas fechas en el estreno de The Dark Knight Rises).
Pero… ¿y si contemplamos la película como si no conociéramos la existencia de la obra de De Palma u otras similares y nos limitáramos a disfrutarla como lo que es, una obra independiente que narra unos sucesos acontecidos durante la época post II Guerra Mundial en Los Ángeles, una ciudad suficientemente alejada de Chicago como para poder albergar sus propias bandas mafiosas. Y en esas está  Mickey Cohen (Sean Penn, dando rienda suelta a todo su histrionismo), que quiere hacerse con el poder de la ciudad y que para ello le bastará (o eso cree) con tener las simpatías de jueces, policías y demás obstáculos). Pero John O’Mara (Josh Brolin) es un sargento de policía honrado y decente que no ha encontrado aún su lugar en el mundo desde que regresó de la guerra y al que la oportunidad que le brinda el capitán Parker (Nick Nolte) de crear una brigada al margen del departamento dedicado en exclusiva a destruir el imperio de Cohen le permitirá retomar su camino y encontrarse a sí mismo. Junto a él tendrá a Jerry Wooters (Ryan Gosling, uno de los actores del momento), Max Kennard (Robert Patrick, inolvidable T-1000 de Terminator 2), Navidad Ramírez (Michael Peña), Coleman Harris (Anthony Mackie) y Conwell Keeler (Giovanni Ribisi). Y, por supuesto, en una película así no podía faltar la femme fatale, una sorprendente Emma Stone que consigue dar el pego y trasladarnos a los turbulentos años cincuenta con mucha más convicción que cuando la vimos hace escasos meses como la compañera de Spiderman.
Salvo alguna escena concreta donde las calles se me antojan un poco de cartón piedra, el resultado me parece espectacular, con una buena ambientación de la época, tiroteos por doquier y una magnífica persecución en coche donde Fleischer demuestra que sabe lo que se hace. Quizá la historia sea un poco plana, con buenos muy buenos y malos muy malos, y se eche en falta una ligera escala de grises (siempre se está esperando que alguien traicione a los suyos), pero para saber si esto es un error de guion o no debería tener  unos conocimientos de los sucesos reales de los que carezco. Y es que siempre puede suponer un hándicap tratar una historia auténtica, pues la vida real no siempre es tan cinematográfica como nos gustaría.
Con todo, la película me ha entusiasmado, dejándome embrujar por esa colorida ciudad de salas de baile y apuestas ilegales, sombreros de ala ancha y cigarrillos en la cama, donde la corrupción campa a sus anchas y solo un puñado de héroes se atreverá a hacer lo correcto. Aunque pueda poner en juego sus vidas y la de sus familias.

Y a quien no le haya gustado la película que venga y me lo diga en persona. Quizá esta noche duerma en el río, con unos zapatos de cemento…