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lunes, 17 de junio de 2019

MEN IN BLACK INTERNATIONAL

En 1997, de la mano de un Barry Sonnefeld en estado de gracia, Will Smith y Tommy Lee Jones dieron vida a una improbable pareja de agentes especiales cuyo origen databa de los comics Malibú en una época en la que aún no estaba tan de moda esto de adaptar todo lo que se ha publicado en un tebeo. Tras una buena (aunque algo inferior) secuela, la saga pareció condenada al olvido hasta que el propio Sonnefeld trató de revitalizarla en el 2012, incluyendo en el equipo a Josh Brolin quizá con la intención de dar un relevo generacional al equipo, pero la cosa pasó con más pena que gloria.
Con Sonnefeld relegado ya a tareas de producción, puesto donde también se mantiene Steven Spielberg, es F. Gary Gray, recién salido de Fast & Furious 8, quien se hace cargo de dar una nueva oportunidad a la franquicia, con un reparto renovado (solo repite de la última entrega Emma Thompson en un rol muy secundario) pero sin perder las señas de identidad.
Con unos efectos visuales muy llamativos e hilarantes, la clave de Men in Black residía, en realidad, en el contraste de caracteres entre Smith y Jones, convirtiéndose en una buddy movie con tintes galácticos. La química entre ellos era evidente, y es esa química la que se ha intentado repetir entre Chris Hemsworth y Tessa Thompson, química de la que ya hicieron gala en Thor Ragnarok (compartían pantalla también en Vengadores: Endgame, pero apenas tenían tiempo de demostrar esa conexión entre tanto drama). El acierto está en haber sabido encontrar las suficientes diferencias para que no sea una simple copia de los roles anteriores, ni convertir esto en una guerra de sexos que sonaría demasiado rancio ya.
Efectiva y muy dinámica, Men in Black International, que con la externización da a la franquicia adopta un aroma a James Bond muy saludable, no es una película memorable, digna de entrar en la historia del cine, pero es que tampoco las anteriores lo eran. Ni lo pretendían tampoco. Se trata de uno de esos pasatiempos veraniegos sin más intención que la de entretener, y hasta ese punto lo consigue sin problemas. Puede que alguno de los pretendidos giros sorpresa sean muy evidentes, o que el recurso cómico que supone la incorporación de un “compañero” de equipo pueda llegar a saturar un poco, pero en su con junto, la película funciona muy bien, tanto desde el punto de vista del humor como de la acción, y todas las piezas del amplio reparto (por ahí andan también Liam Neeson, Rebecca Ferguson y Rafe Spall), pero ninguno de ellos alcanza a hacer sombra a la pareja protagonista, los reyes de la función y sobre quien, a fin de cuentas se sustenta todo el peso del film.


Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 28 de abril de 2019

VENGADORES: ENDGAME

En el primer tráiler de Vengadores: Endgame, Tony Stark dice algo que luego serviría como serviría como frase promocional para el poster: “una parte del viaje es el final”.
Me resulta difícil imaginar una definición mejor para esta película, una película que podría dar miedo de antemano, pues si bien el éxito lo tenía asegurado de antemano, el gran hype que producía podría haber jugado en su contra.
Efectivamente, esto no es solo una película. Esto es el final de un viaje. Un viaje que se inició hace once años con Iron Man y que ni siquiera tras la gloriosa Los Vengadores de Joss Whedon podríamos imaginar que alcanzaría un nivel narrativo y emocional como el que ha conseguido en su tramo final.
Ya está, se terminó. Hemos disfrutado, amado, llorado, gritado y luchado durante una larga lista de películas, alguna mejor que otra, alguna mítica y otra casi olvidable, y solo nos queda ese último momento de recoger el equipaje y volver del aeropuerto, que es lo que supone, tras Endgame, el saber que el fin definitivo de la Fase Tres del MCU es, en realidad, Spiderman: Lejos de casa.
¿Y qué es lo que nos han dado los hermanos Russo para cerrar esta parte de la historia del cine? Pues ni más ni menos que un hito, una obra que trasciende lo puramente cinematográfico. Más allá de sus cualidades técnicas (que las tiene, y enseguida hablaré sobre ello), Vengdores: Endgame supone, tal y como ya pasaba con Infinity War, un antes y un después para el séptimo arte. No solo va a arrasar en taquilla, sino que va a ser un film referencial para generaciones futuras que va a cambiar la concepción del propio cine (en una época en la que parecía que el futuro estaba en manos de plataformas tipo Netflix) y que demuestra que ls grandes películas deben disfrutarse en grandes pantallas, con cientos de desconocidos emocionándose a la vez, con risas y aplausos y esa sensación palpable en el ambiente de que todos nos estamos emocionando como si de un solo corazón se tratase.
Hay algunos nombres que deben considerarse pilares fundamentales del MCU (centrándonos en el plano artístico, si miramos hacia los despachos quienes merecen sendas estatuas en la entrada de Marvel Studios son Kevin Feige y Sarah Finn): John Favreau, el que lo empezó todo, Joss Whedon, el que le dio forma, y los hermanos Russo, quienes lo elevaron a las alturas. Tras dar forma definitiva a la imagen del Capitán América y demostrar que no todo son risas y colores en el MCU con las fantásticas El Soldado de Invierno y Civil War (y aquí hay que nombrar también a los guionistas Christopher Markus y Stephen McFeely, que ya firmaron el libreto de El primer vengador y han seguido escribiendo al Capi hasta este glorioso final), ellos se han encargado de culminar la mastodóntica saga del Infinito y, incluso, asentar las bases de lo que está por venir. Lo han hecho, además con valentía y coherencia, algo que se contrapone con la otra gran saga cinematográfica que culmina también este año (sumémosle eso al final de Juego de Tronos y resultará que el 2019 es un año amargo para el fandom). Y es que, si siempre es tentador comparar los éxitos de Marvel con el errático camino cinematográfico de su competidora comiquera de DC, en esta ocasión me parece más interesante mirarlos en el reflejo de Star Wars, que al fin y al cabo pertenecen a la misma madre, aunque no lo parezca. Y es que en cuestiones de hype el año pasado la cosa estaba muy igualada, con los fans haciendo cientos de teorías de lo que iba a suceder con sus héroes preferidos y tratando de averiguar (destripar) guiones que se guardaban con un secretismo absoluto. Pero mientras la locura argumental ha dominado el camino galáctico hasta el punto de que Los últimos Jedi parecían más pendientes de contradecir las teorías de Internet que de contar sus propias historias (hasta el punto de que Joe Johnson puede ser el principal culpable de todo lo malo que vaya a tener El ascenso de Skywalker), los Russo han optado por la coherencia, sin salirse de un plan determinado. Su Endgame se ha rodeado de mucho secretismo, es cierto, y ellos son los primeros que han jugado con el espectador para mantener sus cartas bien ocultas, pero eso no implica que se hayan obsesionado hasta tal punto como para traicionar su propia historia.
Así, en el lado argumental, se podría decir que Endgame es completamente previsible. Una de las teorías más difundidas sobre la manera de derrotar a Thanos era la de los viajes en el tiempo (algo que finalmente se terminó por insinuar claramente en Ant Man y la Avispa), y se especulaba con que gran parte de la película fuese sobre los Vengadores tratando de recuperar las dichosas gemas en diversos momentos del tiempo. Y así ha sido, sin sorpresas ni cambios absurdos de guion de última hora. En lugar de eso, los Russo han desarrollado una trama inteligente y llena de giros y golpes de efecto que permiten que, aun sabiendo que la cosa iba de lo que ya se sabía que iba, cada escena fuese una emoción diferente, cada plano ofreciera una sorpresa nueva y la magia volviera a impactarnos tal y como sucediera ya en Infinity War.
Cierto que las emociones aquí son diferentes. No tenemos ese impacto final que supuso ver a la mitad de la humanidad (héroes incluidos) desapareciendo, pero eso no significa que ver las consecuencias de aquello y como los supervivientes han sabido enfrentarse a sus propios temores sea menos intenso y doloroso. Incluso el final, donde no había duda alguna de que los héroes volverían (hay películas confirmadas de la mayoría de ellos) y que Thanos sería derrotado, es tan impactante y emotivo como para que, de nuevo, las lágrimas amenacen con aflorar.
Y todo ello con una película que, para ser un blockbuster de tres horas de duración (que pasan en un suspiro, todo sea dicho), tiene posiblemente menos acción de lo esperado. Hay más momentos intimistas y de conversaciones de lo que cabría esperar, pero funcionan perfectamente bien y no hay un solo minuto que parezca estar de más, que reste interés a la obra. Una obra, eso sí, que vuelve a ser tan heredera de esas veintiuna películas anteriores que no es muy recomendable ver Endgame si no se conocen bien las bases sobre las que se sostiene, siendo, para sorpresa de muchos, la historia de Ant man más importante que, por ejemplo, la de La Capitana Marvel.
Además, los Russo han hecho quizá su mejor trabajo como realizadores, no ya por la pericia visual que ya demostraron sobradamente en El soldado de Invierno, con unas escenas de lucha impactantes (cabe destacar cierto plano secuencia realmente espectacular), sino por saber marcar un  ritmo preciso, aportando más humor que en sus tres trabajos anteriores sin que este desentone en ningún momento, consiguiendo que personajes que podrían parecer ridículos tengan en realidad una profunda carga dramática (cada uno se enfrenta al dolor y al fracaso de una manera diferente)  y midiendo el tempo con precisión de relojero.
A ello ayuda también la simbiosis perfecta que se da entre los actores y sus personajes. Resulta ya casi imposible imaginar a ningún héroe Marvel con un rostro diferente al del actor que lo interpreta, y es tal el nivel de compromiso que la productora ha conseguido con ellos (y esto es algo que va más allá de los generosos cheques que puedan ofrecerles) que la película se convierte en un quien es quien del MCU, con la presencia de actores (aunque sea en escenas de apenas unos segundos) del pasado y que consiguen que este sea realmente un fin de fiesta.
Y, como debería suceder, algo de amargura queda al terminar una fiesta. Es por ello que, pese a que la película se dedique a contrarrestar los acontecimientos traumáticos de Infinity War, un deje de amargura quede tras los créditos finales (sin escena postcréditos esta vez, como para subrayar que la cosa va en serio). Y es que, por hermoso que sea un viaje, las despedidas siempre son tristes. Y esta película es, toda en sí, una gran despedida. Hermosa, emotiva, nostálgica y apasionante, pero despedida, al fin y al cabo.
Los héroes (algunos de ellos, al menos), volverán, pero parece evidente que las cosas ya nunca volverán a ser lo mismo. Es difícil que una película cierre una saga millonaria (de la que se sabe que habrá continuación) con la sensación de que algo va a cambiar para siempre. Endgame lo ha conseguido.
Este es otro mérito más de la que, posiblemente, y vista en conjunto con Infinity War (¿acaso no son ambas una sola película de más de cinco horas de duración?) sea la película más importante de la década, sino del siglo. Una película que cambia las reglas del juego y que sienta unos precedentes que, por otro lado, son casi imposibles de imitar.
Sin duda, no todo es perfecto, y habrá quien pueda reprocharle algo al film, como el uso de algunos personajes, la poca presencia de otros o algún as de la manga que huele a truco de guion más que a otra cosa, pero al final esto corresponde más a decisiones creativas que a fallos cinematográficos, lo cual es algo siempre subjetivo. Para el que esto escribe, resulta impensable hacerlo mejor. Allá donde esté, Stan Lee se sentiría orgulloso.
Nuff Said!

Valoración: Nueve y medio sobre diez.

sábado, 24 de noviembre de 2018

MALOS TIEMPOS EN EL ROYALE

Después de explotar cabezas y volver loco al todo el mundillo friki con la obra de culto inmediato que fue La cabaña en el bosque, el director Drew Goddard presenta su nueva películaMalos tiempos en El Royale, un film que, aún huyendo conscientemente de la sombra de su anterior película, guarda muchos elementos en común con aquella.

Malos tiempos en El Royale es una historia más coral, con una serie de personajes sin relación entre ellos cuyas vidas se entrecruzan en un hotel en sus horas más bajas en la frontera entre California y Nevada. Con ese sencillo punto de partida, la espiral de violencia y confrontaciones que se irá sucediendo con ellos podría parecer un espejo del cine de Tarantino (se podrían encontrar ciertas similitudes entre esto y Los odiosos ocho), pero lo que pierde Goddard con respecto a Tarantino en diálogos ingeniosos y rotundos lo gana en una puesta en escena más efectiva y que, sin negar a las influencias de las que bebe, no se basa tanto en la fotocopia como el autor de Knoxville.
Malos tiempos en El Royale es, en realidad, un homenaje al cine denominado “noir”, con sus personajes oscuros y llenos de secretos, su femme fatalle y su banda sonora setentera incluida. La película se basa en el juego de equívocos y giros de guion alrededor de lo que cada uno de ellos (y el propio hotel, utilizado como un personaje más, personificado en la figura del conserje) esconde, conformando una comedia negra muy hiriente sazonada, además, con retazos de realidad social propia de la época tales como la turbia y conspiranoia política del gobierno americano, las sectas religiosas, las secuelas de la guerra de Vietnam…
Goddard se copia a sí mismo manteniendo una estructura similar a la de La cabaña en el bosque, logrando mantener casi todo el rato una escasez de escenarios que, sin embargo, no otorgan al film en ningún momento un aspecto teatral, acudiendo incluso a la figura de un secundario de lujo que ya estuvo en aquella, como es Chris Hemsworth (que sigue demostrando lo bueno que es autopariodiándose, encontrando vida más allá de Thor), y desvelando nuevos horizontes en el tramo final del film. Sin embargo, no todo es perfecto en Malos tiempos en El Royale, y me temo que el exceso de duración de la película se sitúa en el lado de los apuntes negativos. Dos horas y cuarenta minutos suponen un metraje excesivo para una película de estas características y provocan que a mediados del segundo acto la historia empiece a decaer, flojeando un poco su ritmo. Es una de esas ocasiones en la que un poco de tijera no le habría venido nada mal a la historia, cuando, una vez las cartas sobre la mesa y la sensación de sorpresa constante ha desaparecido, hay un bajón evidente y preocupante.
Afortunadamente, el último acto consigue remontar y la cosa queda en simple anécdota, pero no deja de ser un ligero lastre, un peaje que es necesario pagar para disfrutar de este lugar muy cerca del infierno que es El Royale y que impiden que la película sea más redonda.
Pese a todo, el film resulta un divertimento endiablado, plagado de grandes estrellas y que logra mantener su interés durante (casi) todo su metraje. Goddard sabe siempre donde poner la cámara y los juegos temporales que fraccionan la película en pequeños capítulos le funciona perfectamente, demostrando así que el éxito de La cabaña en el bosque (que para ser justos debe ser compartido con Joss Whedon, su coguionista y productor) no fue fruto de la casualidad y que hay que seguirle muy atentamente la pista a este realizador que, en función de cómo prospere el cuerdo entre Disney y Fox, podría estar detrás de X Force, la nueva aparición por la pantalla grande de Deadpoool.

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 25 de mayo de 2018

12 VALIENTES

Dirigida por el desconocido Nicolai Fuglsig, 12 valientes es la historia real de los primeros combatientes que Estados Unidos envió a Afganistán para hacer frente a los talibanes tras los crueles atentados del 11S.
Protagonizada por un solvente Chris Hemsworth, la película resulta interesante como documento acerca de un momento histórica donde la manera de afrontar una batalla cambió radicalmente. Hemsworth da vida a un capitán que, junto a su comando conformado por doce hombres, debe entrar en territorio enemigo de la mano de una frágil alianza con un señor de la guerra local para establecer las coordenadas precisas de la ubicación de los talibanes y así poder enviar aviones a bombardearlos.
Filmada con corrección, pero sin grandes alardes, la principal crítica que puede hacerse al film es su intencionado tono patriótico, exagerando quizá el sentido del deber y el sacrificio de esos soldados y retratando a los talibanes, en especial a su líder, con unos rasos claramente definitorios de villanía que casi rozan el esperpento, jugando a definir a los bandos protagonistas como los buenos muy bueno y los malos muy malos.
Más allá de eso, la película resulta suficientemente entretenida como para dedicarle las poco más de dos horas que dura su metraje, consiguiendo hacer al espectador partícipe de ese grupo de personajes reales y conviviendo con ellos como un camarada más al igual que sucedía recientemente con la también homenajeadora Héroes en el infierno. No deja de ser, en el fondo, una película de guerra más, con algún apunte crítico hacia ciertas decisiones gubernamentales (no todo va a ser azúcar), la curiosidad de ver en esta época a los soldados luchando a caballo y el carisma que tiene Hemsworth, bien acompañado por nombres como Michael Shannon, Michael Peña, William Fichtner o, incluso, Elsa Pataky, interpretando, como en la vida real, a su esposa.
Entretenido film de acción, más cercano a la aventura que al drama bélico, donde las buenas intenciones superan, en momentos, a los propios valores fílmicos.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 28 de abril de 2018

VENGADORES: INFINITY WAR

Una vez más (y no será la primera ni la última) nos encontramos ante una película difícil de reseñar. Siendo, como es, la película más esperada del año (de la década, para algunos), a partir de este fin de semana van a haber cientos de críticas y opiniones por la red, y seguro que de nuevo hay sentimientos contrastados y enfrentamientos diversos.
Y es que para empezar a valorar Vengadores: Infinity War lo primero que habría que hacer es definir su condición de película.
Porque, ¿es, realmente, Vengadores: Infinity War una película? Si la tratamos como tal hay que decir que resulta sumamente entretenida, muy emocionante y con suficientes toques de humor para contrastar con el tono de desesperación general que rezuma la trama. Sin embargo, podría parecer que todo ello es insuficiente. El valor humano, el trasfondo social o la profundidad de personajes que incluso a una película de superhéroes se le debería exigir es apenas apuntado en pequeños detalles, en esbozos que la propia imaginación del espectador debe terminar de rellenar para poder lograr una empatía total con los protagonistas. Así que podría llegar a entender a todo aquel espectador ocasional que se acerque a este film y lo defina como una disparatada sucesión de peleas sin sentido, un espectáculo pirotécnico a merced de un villano de opereta con un montón de héroes que no importan demasiado porque no hay tiempo ni espacio para explicar sus dilemas ni sentimientos.
Sin embargo, esto no es una película. Ni mucho menos. Eso es, en realidad, el clímax final de una. Ni siquiera eso. La primera parte del clímax final de una. Así, no es posible comprender ni disfrutar de Avengers: Infinity War sin conocer de antemano las dieciocho películas anteriores (no todas son imprescindibles, pero toda ayuda es poca para conocer mejor a los personajes y lo que les mueve). De hecho, son las películas de los hermano Russo, directores de esta Infinity War, las que más profundidad y carga social tienen, con unas tramas de trasfondo más político que superheróico (Capitán América: El Soldado de Invierno y Capitán América: Civil War). Sin embargo, han decidido enfrentarse a esta nueva pieza del puzle que compone el MCU dando por sentado que estamos ante un capítulo más, con todas las piezas ya conocidas puestas sobre el tablero (es curioso, de hecho, que el propio espectador conozca más a los personajes de lo que se conocen ellos mismos) y centrarse tan solo en el gran cataclismo que se venía anunciando desde hace años, en concreto desde Los Vengadores de Joss Whedon, con ese Thanos como la gran amenaza para la humanidad.
Es por ello que puede que la película no alcance el festival que para el fandom supuso esa primera reunión del supergrupo, donde Whedon supo crear unas interacciones perfectas y compuso la película de superhéroes definitiva. Pero para evitar comparaciones, los Russo juegan casi a lo contrario y rematando lo que comenzaron en Civil War presentan a los personajes iniciando caminos diferentes, con lo que tocará esperar para ver la definitiva dinámica de equipo que todos deseamos (algo habrá que guardar para la ya rodada conclusión, todavía sin título oficial). Recordando una popular saga de los cómics, esto casi podría haberse llamado Vengadores Desunidos. Un gran acierto, dicho sea de paso, porque esa división de los protagonistas en los pequeños grupos que ya nos venían anunciando los trailers permite repartir mejor los tiempos y no saturar con batallas interminables y confusas.
Aceptando, pues, que no hablamos de una película, sino de una serie cinematográfica que pisa el acelerador al acercarse a su final de temporada, Vengadores: Infinity War es una delicia en todos los sentidos. Quizá el mayor mérito de todos es como los Russo han logrado conjugar personajes derivados de películas tan diferentes y hacer que todo funcione con naturalidad. Es cierto que muchas veces se ha acusado a las películas del MCU de estar demasiado influenciadas por el “método Marvel”, pero personalmente nunca he aceptado que se traten de meras fotocopias, teniendo cada una de ellas su propia personalidad. Sin embargo, cuando uno ve Infinity War y aparecen por primera vez los Guardianes de la Galaxia casi podría creerse que está James Gunn tras las cámaras, mientras que es inevitable pensar en Jon Favreau al ver las escenas individuales de Iron Man o reconocer a Watts en los momentos de lucimiento de Spider-man (quizá quien se encuentra más como pez fuera del agua en toda la película).
La gran incógnita estaba en saber si Thanos iba a ser por fin ese gran villano que Marvel necesitaba, el gran talón de Aquiles de la saga (solo Loki había convencido completamente hasta la fecha, aunque Hela y Killmonger, de Thor Ragnarok y Black Panther respectivamente, apuntaban maneras). Y lo cierto es que sí, es ese villano de gran injuria, con un enorme poderío físico, capaz de poner en jaque a todos los héroes del Universo. Sus motivaciones bien pueden resultar simplistas, incluso se podría decir que son las mismas que han tenido miles de villanos de cine a lo largo de la historia (me viene a la mente Kingsman, pero hay muchos más ejemplos en la saga Bond, en Inferno...), magnicidas en potencia que justifican sus actos por el bien de la humanidad. Quizá aquí la diferencia es que en algún momento vemos sus resultados, lo que a sus propios ojos lo convierten más en un salvador que en un destructor, aparte de ese deseo de aleatoriedad que le otorga un cierto sentido de justicia.
Este es el único apunte social en una película que no va a dar que hablar por su debate anti Trump, por su defensa de las minorías o por su aportación al feminismo. Aquí todo es acción y drama, drama y acción, y aunque hayan unos cuantos chistes, en ningún momento logran (ni lo pretenden) empañar la gran sensación de peligro que representa este Thanos, tan peligroso por sus ideas como por su fuerza bruta.
Así, Vengadores: Infinity War no es otra cosa que lo que prometía. La mayor reunión de héroes hasta la fecha (aunque me anticipo a decir que se va a quedar corta con respecto a la por ahora conocida como Vengadores 4), con mucha acción espectacular, mucha épica y, definitivamente, muchas muertes, como venían avisando los propios directores. Sin entrar en spoilers, ya aviso que los Russo no engañan a nadie, y que algunas de las muertes que se ven en pantalla serán solventadas en la siguiente entrega. Pero mucho me temo que no todas. Infinity War es una película definitiva y una gran oda a esos diez años de MCU, pero también una película con sabor a despedida y cuyo final produce un cierto bajonazo anímico, que solo se arregla, parcialmente, gracias a la inevitable escena postcréditos, que va a hacer que ese años de espera que tenemos por delante para ver la resolución (endulzado por en medio con Ant-man y la Avispa y Capitana Marvel) se nos vaya a hacer muy largo.
Con unos actores entregados a la causa, entre los que sobresale un Josh Brolin que consigue hacerse notar pese a las capas de CGI que componen su rostro de Thanos, verdadero centro espiritual del film, y unos Russo portentosos a la hora de manejar la cámara y medir los tiempos, logrando una película sombría y trágica donde no desentonan las pinceladas de humor, Infinity War es, definitivamente, la película definitiva del género y un film que marcará un antes y un después en la industria del cine. Y es que se nota que, por más que esto sea un negocio y lo que prime sea ganar dinero, los Russo han conseguido hacer una película desde el corazón. Y eso siempre termina transmitiéndose a través de la pantalla.
No es que todo sea perfecto, y puestos a ser quisquilloso uno podría llegar a encontrar algún pequeño defecto en la película, como algunos desajustes con respecto a los dos films inmediatamente anteriores de la compañía (imagino que los Russo trabajaron esta Infinity War sobre los guiones de estas, no viéndolas terminadas hasta que ya era tarde para ciertos cambios) o la escasa presencia (o directamente ausencia) de algún personaje, pero es es precio a pagar por una experiencia fílmica única, a la que las dos horas y media de metraje se hace incluso insuficiente y que supone un hito en la historia del cine.
En resumen, un gran espectáculo palomitero que no decepcionará a nadie. A nadie que sepa a lo que se está enfrentando, dese luego. Yo, por mi parte, estoy deseando hacerle un segundo visionario. Y es que es tanto lo que ocurre en tan poco tiempo que apenas se puede llegar a asimilar a la primera.

Valoración: Nueve sobre diez.

sábado, 28 de octubre de 2017

THOR RAGNAROK, entre lo ridículo y lo divino.

Entre las eternas discusiones entre aficionados de cómic de DC y Marvel arece que siempre ha habido el mismo reproche hacia “la Casa de las Ideas”, y era su (a veces) descontrolado sentido del humor. 
Obviando siempre las películas de El Capitán América (apenas había chistes en El soldado de Invierno y Civil War, quitando la batalla del aeropuerto, tiene un importante cariz dramático), es cierto que en Marvel han apostado más por el desenfado y la diversión, alcanzando sus cotas más altas (hasta ahora) con Los Guardianes de la Galaxia.
En Thor Ragnarok han decidido no solo seguir en la misma línea sino dar incluso un paso más, alcanzando unas cotas de ridículo absurdo que no existían hasta ahora en Marvel y que pueden incluso ofender al fan más seguidor del Dios del Trueno. Es cierto que se mantienen todas las señas de identidad de la casa: hay peleas espectaculares, épica y diversos puntos de conexión con otras películas para recordarnos que estamos en un Universo Compartido, pero lo han hecho desmitificando a los héroes y con unos insospechados niveles de autoparodia que rozan la irreverencia.
El gran responsable de ello, sin duda, es Taika Waititi, el director, que pese a no estar acreditado como guionista sin duda ha impuesto su estilo y ha marcado las directrices en cuanto a la línea a seguir para el desarrollo de personajes. Y esto es otro cambio en Marvel. 
Hasta ahora habían apostado por directores jóvenes de estilos personales pero escasa trayectoria, a los que había terminado por manejar y modelar a su antojo, despojándolos de esas señas de identidad por las que lo habían contratado, y el fiasco de Edgar Wright en Ant Man es buena prueba de ello. Con Waititi, autor de las interesantes Lo que hacemos en las sombras y A la caza de los ñumanos, parece claro que le han dado rienda suelta para hacer lo que le ha dado la gana y, a juzgar por el resultado, desde luego que lo ha hecho.
Ya con los carteles y las primeras imágenes se auguraba una locura visual, e incluso esos dos avances llamados Team Thor indicaban por donde iban a ir los tiros, pero nadie podía imaginarse que todo iba a ser tan desquiciante y exagerado. Waititi no reniega, ni mucho menos, de los trabajos anteriores de Kenneth Branagh ni Alan Taylor, atando los cabos sueltos (de manera muy superficial, todo hay que decirlo) con el final de Los Vengadores: la era de Ultron. Así, Thor Ragnarok continúa la búsqueda de Thor por descubrir el significado de esos sueños premonitorios que en el film de Josh Wedon le provoca Wanda hasta llegar a la conclusión de que el Ragnarok, el fin del mundo de la mitología nórdica, está a punto de destruir su Asgard natal. La llegada de Hela, la Diosa de la Muerte, y su periplo en el planeta Saakar, donde se encuentra, también en consonancia con el final de La era de Ultron, con Hulk, le indicarán los pasos a seguir.
Waititi, como digo, construye su película sin renunciar a ser un peldaño más en la escalera del Universo Marvel que nos debe conducir a La Guerra del Infinito, pero no parece tampoco que esté tan atado a ello como para que su producto no tenga identidad propia, amparándose para ello en un montón de cómics a los que hace referencia directa, como Planeta Hulk, Contienda de Campeones o la propia saga de Ragnarok de la colección del Dios Nórdico. En lo que no es tan fiel Waititi es en el trato de los personajes, haciendo que tanto Thor como Hulk parezcan, por momentos, dos perfectos imbéciles. Peleas infantiles, caídas por escaleras, pelotazos en la cara... Situaciones absurdas impropias de unos héroes de este talante.
Dice el propio Waititi que casi el ochenta por ciento de la película se basó en improvisaciones, y el propio Mark Ruffalo no podía entender que les permitiesen llevar a los protagonistas a ese nivel, esperando durante todo el rodaje una llamada telefónica que los despidiera a todos. Pero, visto lo visto, Marvel decidió arriesgar y permitir todo lo que Waititi ha querido hacer y, sorprendentemente, la cosa funciona.
Podría haber sido un desastre, y estoy convencido de que muchos fans así lo pensarán y se tirarán de los pelos viendo la aberración que han hecho con sus héroes, pero una vez más hay que recordar que las películas no se hacen pensando en los cuatro frikis que leemos cómics, sino en el público general, y este va a quedar encantado con Thor Ragnarok.
Con un aroma que recuerda a Los Guardianes de la Galaxia, vol. 2, unos escenarios que parecen sobrantes de Star Wars (aunque algo de Blade Runner 2049 también hay) y mucha locura, Thor Ragnarok se pone al fin al servicio del Dios el Trueno para convertirlo en el absoluto protagonista, pese a los secundarios con los que forma equipo, y culminar su trilogía a lo grande. Este puede parecer el Thor más payaso de los tres que hemos visto hasta ahora, pero también el que al fin logra llegar a su evolución final y aspirar a ser el rey que Asgard necesita. Para ello Waititi ha contado con unos actores entregados y donde (una vez más) sobresale Tom Hiddleston, con una gran villana encarnada por Cate Blanchett cuya presencia sabe a poco y un histriónico Jeff Goldblum divertidísimo. Tengo alguna cosilla que echar en cara a Waititi, como la muerte demasiado ligera de ciertos personajes, la ausencia de otros o la aparición casi gratuita de Skurge, pero parece claro que todo vale en pos de la diversión, y si es esto lo que debemos valorar nadie le puede negar a Thor Ragnarok que es exageradamente divertida.
Al final, lo miremos como lo miremos, las virtudes superan con creces los defectos, y la película consigue ser todo lo que se propone, una locura desquiciantemente tronchante, capaz de elevar el interés hacia un héroe que todavía no lo había dado todo en el cine, mediante una fórmula que, aunque pueda no parecerlo a simple vista, innova mucho con respecto al llamado “método Marvel”, llegando a ser una apuesta realmente arriesgada y valiente.
No es, desde luego, la mejor película que ha hecho hasta la fecha Marvel, pero sí una de las más locas y divertidas, y aunque yo mismo estoy tratando todavía de salir del estupor que me ha provocado debo terminar por rendirme (no sin alguna objeción) a ella.. Y eso, tras dieciséis películas, no es fácil de conseguir. De momento, y contra todo pronóstico, la llama sigue viva. Y el camino hacia La Guerra del Infinito es cada vez más corto.
Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 26 de agosto de 2016

CAZAFANTASMAS: Risas (fantasmales) aseguradas

Lo primero que me llama la atención de este remake del clásico de 1984 es la fría acogida que ha recibido. Sin embargo, la película es perfectamente honesta tanto en su concepción como en su realización y ofrece justamente lo que prometía, recuperar el espíritu de la obra de Ivan Reitman sin enturbiar su recuerdo.
Y es que, seamos realistas, la Cazafantasmas original tampoco es que fuese una gran obra. Era una hija de su tiempo, un producto cien por cien ochentero que la nostalgia ha elevado a título de culto y que visto ahora con objetividad ha envejecido francamente mal. Pero el espíritu, la esencia, permanece intacta en la obra de Paul Feig, no en vano el propio Reiman junto a  Dan Aykroyd figuran como productores.
Paul Feig se mueve como pez en el agua en comedias de acción protagonizadas por mujeres, siendo Melissa McCarthy su actriz fetiche (han trabajado juntos en La boda de mi mejor amiga, Cuerpos especiales y Espías), por lo que parecía la opción más lógica para situarse al frente de este proyecto que versiona en femenino al equipo antaño formado por Bill Murray, Dan Aykroyd, Harold Ramis  y Ernie Hudson con los rostros de Kristen Wiig (otra vieja conocida de Feig), Kate McKinnon, Leslie Jones y la mencionada MCCarthy, todas ellas, por cierto, renombradas comediantes curtidas en el Saurday night. Para rizar el rizo, el papel de la secretaria torpe recae ahora en manos de Chris Hemsworth, burlándose del tópico de la chica sexy pero tonta y demostrando que, cuando no está salvando al mundo con las galas de Thor o del Cazador de Blancanieves es capaz de reírse de sí mismo como el que más, acaparando casi los mejores gags de la función.
Cazafantasmas es puro divertimento, dos horas del absurdo más total con fantasmas que sueltan mocos verdes, pistolas de protones, trampas contenedoras y posesiones demoníacas, donde no puede faltar, por supuesto, el tema musical de Ray Parker Jr.
Estamos ante una comedia bastante blanca y familiar, un pasatiempo al que sería un error pedirle más de lo ofrecido, un espectáculo pirotécnico con buenas interpretaciones, interesantes secundarios (por ahí andan también Andy García, Charles Dance o Michael McDonald) o los impagables cameos que no voy a revelar aquí y que hay que ir descubriendo en la pantalla grande. Cazafantasmas no pretende más que divertir a todo tipo de público y doy fe de que lo consigue, ya sea por la química entre sus protagonistas, por la estupidez del personaje de Hemsworth o porque los seres del inframundo, al fin y al cabo, siguen siendo unos cachondos. Sí es cierto que habría encontrado más simpática una secuela que un remake y que ya empiezo a aburrirme de películas cuyo clímax final de compone de un vórtice amenazando con arrasar la ciudad entera (esto no es spoiler, es el setenta por ciento de las pelis de acción actuales), pero todo se puede perdonar cuando lo importante es el humor y aquí el humor funciona tanto o incluso más que en la película original (o por lo menos muy por encima de la secuela de 1989).
Clásica película a la que las críticas más duras han llegado antes de sus primeros visionados y a los que muchos no han perdonado el cambio de género de sus protagonistas, pero que merece una oportunidad llegando incluso a suponer un pequeño oasis en la mediocridad de estrenos palomiteros de los últimos meses. Lástima que la taquilla nos vaya a impedir ver una secuela.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 10 de abril de 2016

EL CAZADOR Y LA REINA DEL HIELO: más de lo mismo pero un poco peor.

Hace cuatro años Blancanieves y la leyenda del Cazador se apuntaba a la moda de adaptar cuentos clásicos a la gran pantalla y, aunque no fue un gran éxito, si supo estar por encima de la otra película de Blancanieves estrenada por las mismas fechas: Mirrow, mirrow, a mayor gloria de la madrastra Julia Roberts. 
Sin entrar a valorar la calidad de una actriz más por su belleza que por su talento, muchos se preguntaban cómo podía el espejito famoso decir que la Blancanieves Kristen Stewart era más hermosa que la malvada Charlize Theron, y esa puede ser una de las claves por la que el personaje de la Stewart haya desaparecido de esta secuela, El Cazador y la Reina del Hielo, a diferencia del de Theron, pese a morir (aparentemente) en aquella. Y es una lástima, porque si bien por aquel entonces la joven actriz californiana arrastraba el sambenito de su insípido papel en la saga Crepúsculo, ahora, con títulos como En la carretera, Siempre Alice y, sobre todo, Viaje a Sils Maria, está comenzando a ganarse un merecido prestigio.
Pero lo importante de aquella película no era en realidad ni Blancanieves ni la reina mala, sino el Cazador, un héroe al que ponía cara (y físico) Chris Hemsworth y que parecía un amalgama entre su propio Thor y algún guerrero salido de la saga de El Señor de los Anillos. Él era el héroe de la historia y sobre él gira esta nueva película que parece pretender formar parte de una larga saga, a juzgar por el subtítulo de la película: Las Crónicas de Blancanieves (en España, en el título original el subtítulo destaca al Cazador), y su escena final.
También ha habido cambio de cromos en la silla del director, sustituyendo Cedris Nicolas-Troyan a Rupert Sanders sin que eso se aprecie apenas en pantalla, careciendo de personalidad fílmica tanto uno como otro. Lo que sí hay son dos incorporaciones de órdago: Emily Blunt y Jessica Chastain, reuniendo así a tres de las mejores actrices del panorama actual.
Con este escenario, algún secundario reconocible como Nick Frost o Sam Claflin, ambos estaban ya en la primera película, y alguno que no tanto, como Sheridan Smith, Sope Dirisu y Sophie Cookson, la película arranca con un epílogo anterior a la “era de Blancanieves” para saltar luego unos años después de lo acontecido en la primera película, siendo así precuela y secuela a la vez, permitiéndonos conocer algo del origen de el Cazador para volver a verlo convertido en el héroe de la historia y con el espejo mágico como objeto del deseo de todos. Sin embargo, la historia es tan simple y los personajes están tan mal desarrollados que cualquier atisbo de complejidad argumental es pura casualidad. Todo es, a la postre, una copia de cosas vistas muchas veces antes, y si en Blancanieves y la leyenda del Cazador no había una gran originalidad aquí se han quitado definitivamente las caretas y han copiado con un descaro exagerado todo lo que han querido y más. De nuevo las influencias de El Señor de los Anillos y Thor están presentes, pero a eso se añade elementos que recuerdan a Las Crónicas de Narnia, Maléfica, Pan, pero sobre todo (y esto es lo más sangrante, ya que se supone que es la baza principal del film y el elemento más novedoso) a Frozen. En efecto, el personaje de Emily Blunt, hermana del de Theron, es un calco casi textual del de esa maravilla de la animación de Disney, aunque con una personalidad mucho más desconcertante, pasando de victima a villana a mártir sin apenas lograr emocionar al espectador.
Entiendo que una película de estas características no pretenda más que ofrecer un buen espectáculo y entretener al respetable, sin poder aspirar a segundas lecturas ni interpretaciones más sesudas, pero resulta absurdo reunir un elenco tan impresionante de estrellas (sobre todo en el apartado femenino) para luego desaprovecharlas así. Es como si todos los esfuerzos para llevar a buen puerto esta película se hubieran consumido en la preproducción y no quedara ya nada que ofrecer una vez comenzado el rodaje. Todo es demasiado simple, demasiado plano y ni siquiera los efectos especiales, que requieren de cierta espectacularidad en ciertos momentos, están a la altura.
Hemsworth derrocha carisma, Theron está más hermosa que nunca (y no es un comentario machista, no crean, es que ciertamente hay muchas escenas que parecen más uno de sus anuncios de Dior que una escena de una película de aventuras) y que su papel sea mucho más plano que en la primera película no impide que su interpretación sea la mejor y eclipse en pantalla a todos sus compañeros de reparto, y los nuevos fichajes, Blunt y Chastain, cumplen sin más, pidiendo a gritos líneas de diálogo más inteligentes o algo de personalidad para sus roles.
Una vez más estamos ante una película entretenida sin más, que aprueba justito más por lo estimulante que es ver a sus protagonistas en acción que por el resultado final, y que ni siquiera mejora la original. Y lo curioso es que, pese a lo innecesaria que era, tenía en su planteamiento elementos que podrían haber dado mucho más de sí. ¿A la tercera será la vencida? Lo dudo, aunque si repiten Hemsworth y Theron yo volveré a caer en la trampa…

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 13 de diciembre de 2015

EN EL CORAZÓN DEL MAR (7d10)

Pocas cosas podrían causarme más interés que ver al director Ron Howard y al actor Chris Hemsworth trabajar juntos de nuevo tras la magnífica Rush, y más si es una historia de aventura y épica con ballenas gigantes de por medio. Sin embargo, sin ser una mala película, algo parece haber fallado en la concepción de esta obra que no logra desprender el aroma de leyenda que pretendía.
Dividida en dos partes muy diferenciadas (sin contar los interludios en los que el único superviviente de la historia cuenta su versión de los hechos en modo flasback), la película narra la historia real del Essex, un ballenero que naufragó en 1920 en el Pacífico sur debido al ataque de una enorme ballena albina. La historia de ese naufragio fue la semilla que inspiró la obra Moby Dick, de Herman Melville.
Como digo, la película tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera, nos encontramos ante una aventura marina muy en la línea de Rebelión a bordo o La tormenta perfecta  donde parece que los puntos de vista contrapuestos entre el capitán George Pollard Jr. (Benjamin Walker) y el primer oficial Owen Chase (Hemsworth) van a ser el punto de interés principal. Es aquí conde la película se torna más espectacular con las escenas de caza de ballenas y el desafío de las terribles tormentas oceánicas. En la segunda parte, la película se convierte en un relato de supervivencia, con dejes de Viven o La vida de Pi donde se describe el periplo de los náufragos por sobrevivir. Algo parecido a lo que pasaba en la interesante Invencible de Angelina Jolie, pero al revés.
El problema radica en que Howard cuenta con un reparto muy coral con el que jugar, pero al que no es capaz de sacar todo su jugo. La lucha de egos entre Pollard y Chase prácticamente desaparece junto a los restos del ballenero y el resto de los tripulantes no tienen suficiente personalidad como para que nos llegue a emocionar sus destinos más allá (por eso de ser caras reconocibles) de los interpretados por Tom Holland y Cilliam Murphy.
Más allá de eso, que impide que esta sea la gran epopeya que Howard pretende, la película es un buen entretenimiento, una aventura con aroma clásico y que, en los momentos en los que interviene el cachalote, recuerdan a un film de terror. Se desaprovecha, quizás, el gran potencial que la monstruosa criatura podría llegar a tener (y más si contamos con que se ha estrenado en 3D), pero no tenemos más remedio que conformarnos con lo que Howard ha podido o sabido hacer.
Completan el reparto Brendan Gleeson y un omnipresente Ben Whishaw (con el estreno este mismo viernes de Sufragistas y la permanencia de Spectre tendrá tres títulos en cartelera), a los que hay que añadir una brevísima aparición de nuestro Jordi Mollá.
El resultado final puede saber a poco, sí, y no voy a sacar razones de donde no las hay para defenderla, pero tampoco es de recibo apedrearla como lo está haciendo en muchos altavoces cinéfilos. Está muy lejos de ser la gran película que se prometía, pero es una buena oportunidad para conocer una aterradora historia real que fue fuente de inspiración a una de las obras cumbres del siglo XX. Conformémonos con eso.

miércoles, 26 de agosto de 2015

VACACIONES (6d10)

En Hollywood ya está todo inventado, y más si se trata de comedias de brocha gorda, así que lo mejor es acercarse a esta película sin demasiadas expectativas  y con la única esperanza de reír un rato en el cine y olvidarla por completo después.
Y si ese es el plan elegido, la película funciona. Sin innovar absolutamente nada ni contener en su historia o sus interpretaciones nada digno de destacar, la mayoría de los chistes funcionan lo suficientemente bien para dejarse contagiar por las carcajadas del espectador de al lado y disfrutar con las desgracias ajenas sin importar que todo lo que nos ofrecen lo hayamos visto mil veces ya.
De hecho, la película es una especie de secuela de Las vacaciones de una chiflada familia americana, de Harold Ramis (allí los protagonistas son Chevy Chase y Beverly D’Angelo, que aquí hacen de padres del personaje principal) que inauguró la saga de National Lampoon’s.
Con una serie de cameos y colaboraciones (Chris Hemsworth, Leslie Mann, Charlie Day, Norman Reedus, Keegan-Michael Key, Michael Peña o Colin Hanks, entre otros) que a la postre son de lo mejor del film, el problema que tengo yo con la película es lo poco que simpatizo con los cuatro protagonistas. Ni el odioso niño pequeño, ni el insulso (aparte de incómodo de ver) hermano mayor, ni la clásica pero de turbio pasado madre, ni el perdedor pero estúpidamente optimista padre. Todo el núcleo familiar es un completo desastre que, cuando toman la peor de las decisiones una vez puede provocar cierta gracia, pero a la cuarta solo esperas a que alguien los secuestre y mutile por las solitarias carreteras de Arizona (y viendo la subtrama con el camión es imposible no recordar con cierta añoranza el episodio correspondiente de Relatos Salvajes).
Dice el dicho que de donde no hay no se puede sacar, y eso es lo que pasa con esta película, que parece tener unas aspiraciones tan bajas que el hecho de que las cumpla no es suficiente como para poderla ensalzar. Sí, te ríes, pero poco más. Más inspirados encontré a sus autores con los guiones de Como acabar con tu jefe y su secuela, que en esta película demasiado inspirada en el estilo de Resacón en Las Vegas aunque sin su originalidad y surrealismo (no es casualidad que el protagonista aquí sea Ed Helms) mientras que con Christina Applegate tengo todo el rato la sensación de que está tratando de imitar a Jennifer Aniston.
Por cierto, que los tipos que han escrito y dirigido esto son los que andan detrás del reboot (y van…) de Spider-man. Miedo me da…
En fin, que si les gusta la típica comedia americana algo zafia y facilona esta película les gustará. Yo me reí en unos cuantos gags aunque, personalmente, suelo exigir bastante más.

lunes, 4 de mayo de 2015

LOS VENGADORES: LA ERA DE ULTRÓN (8d10)

Había mucha expectativa ante la llegada de esta nueva película de la saga de Marvel. No era para menos. Los Vengadores (2012) de Joss Whedon rompió todos los pronósticos y batió auténticos récords de taquilla, ascendiendo al tercer puesto de las películas más taquilleras de la historia. Resultaba verdaderamente emocionante ver lo que iba a ser capaz de conseguir su secuela.
Sin embargo, habría que empezar señalando que Los Vengadores: la era de Ultrón no es para nada una secuela de aquel exitoso título, sino un episodio más en la titánica saga que Marvel está creando desde que debutara como productora propia con Iron man, creando una compleja historia río (de acuerdo que algunas de las películas tienen poca conexión con la trama de las gemas, pero alguna semillita hay siempre) que derivará, Dios mediante, en La guerra del Infinito. Así pues, Marvel y Whedon han planteado esta película como un escalón más hacia su meta, una oportunidad de aportar nuevos detalles sobre esas dichosas gemas y, de paso, analizar más en profundidad a algunos personajes que no tienen la posibilidad de desarrollarse en películas individuales, amén de presentar a algún que otro personaje (o concepto, como la mención de cierta nación) de cara al futuro.
A simple vista, sí podría parecernos esta Era de Ultrón una secuela al uso. De hecho, algunos medios torpes (mis amigos del CSI, ya sabéis, los Críticos Sesudos Intelectualoides), aseguran que Whedon se ha limitado a copiar el mismo esquema, con la simple fórmula de multiplicarlo todo sin criterio alguno. A esos opinadores (los mismos puristas que pueden rellenar páginas y páginas calibrando las diferencias entre un western épico o uno crepuscular sin constatar que en el fondo todos son tipos a caballo pegando tiros con escasas similitudes a sus homólogos reales) les diría que no tienen ni idea, y que un análisis más en profundidad revela las múltiples diferencias entre ambas películas. O quizá es cosa mía, que soy un purista de los comics…
Como sea, el propio Whedon debía ser consciente de lo imposible que sería contemplar esta película sin realizar comparaciones (tanto es así que tres son las referencias a as que se han de enfrentar estos Vengadores, más tarde lo analizaré con más calma) por lo que el mérito de haber construido una película tan extraordinaria es, a mi entender, más grande si cabe.
Ante todo, Los Vengadores: la era de Ultrón es una película entretenida, fresca y adrenalítica. Cuenta con grandes y épicos enfrentamientos y la acción no decae en ningún momento, desde ese prólogo tan “Bondiano” hasta la resolución final (escena intercréditos, que no postcréditos, incluida), pero además se toma el tiempo necesario para analizar la personalidad de sus protagonistas, reflexionar sobre las relaciones entre ellos y recordaros que, pese a sus inmensos poderes, no dejan de tener también grandes debilidades (eso de los héroes con pies de barro es toda una tradición para Marvel), consiguiendo aunar sin que rechine secuencias de gran trascendencia interna con grandes momentos de diversión.
Los que leéis habitualmente este blog ya sabéis que la acción desmedida, la destrucción sin más, termina por aburrirme. Ese final infinito de El hombre de Acero o la segunda mitad de Transformers 4 (las otras tres ya las tengo completamente olvidadas) son para mí un sinsentido digital en las que solo se destrozan cosas sin el más mínimo ápice de alma. Ya en Los Vengadores se veía mucha destrucción, pero con los interludios precisos para permitirnos coger aire. Y esa sensación de pausas entre combates, incluyendo el inmenso y épico combate final (sirva como ejemplo al conversación entre Ojo de Halcón y Wanda o la escena de Pietro), está más potenciada aún en esta película.
La era de Ultrón no es una película perfecta, como no lo es ninguna, y puede fallar allí donde acertaba Los Vengadores. En las inevitables comparaciones que mencionaba al principio resulta evidente que cuenta con la ventaja de no tener que justificar la presencia de cada uno de los protagonistas, que pese a haber sido ya presentados en anteriores películas necesitaban de un tiempo para conocerse entre ellos (cosa que el film de 2012 hacía ejemplarmente bien, por cierto), pero eso, que como positivo tiene que la acción arranca de inmediato sin perder tiempo en explicaciones innecesarias, provoca a su vez que los personajes nuevos queden algo desdibujados, que quizá falte algo más de tiempo para conocer mejor a Wanda y Pietro o que incluso el destino de personajes aparentemente secundarios como Strucker o Ulisses Klauer sean algo abruptos.
La era de Ultrón cuenta como, tras la disolución de SHIELD vista en Capitán América: Soldado de Invierno y Marvel: Agentes de SHIELD los Vengadores se dedican a buscar células ocultas de HYDRA y, de paso, recuperar el cetro de Loki, portador de una de las gemas del Infinito (de momento en cine ya hemos podido ver cuatro de las seis existentes). En estas, Tony Stark logra dar con la clave para finalizar un antiguo proyecto suyo, llamado Ultrón, consistente en la creación de Inteligencia Artificial. Ni que decir tiene que el asunto se le va de las manos y se va a liar parda con el tal Ultrón.
Sin perder el tiempo en introspecciones demasiado cargantes, La era de Ultrón, una película decididamente palomitera y espectacular, contiene elementos propios de films más reflexivos, como el apunte al complejo de Edipo (mucho más difuso que en el comic, donde la relación entre Ultrón y su creador original, Henry Pym –esto ha tenido que cambiar en la película porque el personaje de Pym no hace su aparición en el MCU hasta dentro de unos meses, en Ant-Man- es un conflicto paternofilial llevado a su máximo exponente), la pérdida de la inocencia o incluso una vuelta de tuerca a la fábula de la bella y la bestia. Todo tiene cabida en las más de dos horas y media que dura la película y que, aun pudiendo resultar por momentos agotadora, no aburre en ningún momento, gracias en buena medida a la inteligencia con la que Whedon reparte el tiempo entre sus protagonistas.
Más allá de sus valores propios como película, que dentro del género blockbuster roza la perfección, ya he comentado que el film iba a tener que sufrir tres grandes comparativas. La primera es con su propia antecesora, de la que sale airosa, aunque sin llegar a superarla. La segunda corresponde a la lucha que enfrenta a Marvel con su “distinguida competencia” por ser los dioses del Olimpo cinematográfico. Si gracias al Superman de Donner y al Batman de Burton  parecía que DC era la única editorial de comics de superhéroes con derecho a triunfar en taquilla la “nueva” Marvel no solo ha plantado cara a la DC “nolaniana” sino que, en mi parecer, la ha terminado por superar. No solo el titánico proyecto de hacer una especie de serie cinematográfica le está funcionando bien (incluso con productos a priori menos comerciales como Los guardianes de la Galaxia) sino que ha demostrado una cohesión y claridad de ideas de la que parecen carecer en la acera de enfrente. Se temía, por las palabras de Whedon hablando de una película más oscura (y vista la innegable calidad de la sobria Capitán América: el soldado de Invierno) que estos nuevos Vengadores se iban a acercar bastante a la oscuridad que desde que se impusiera en la trilogía del murciélago está marcando la nueva corriente superheróica, a juzgar por ese sombrío y totalmente carente de humor Hombre de Acero, y que se reflejaba en otras películas supuestamente palomiteras como Godzilla.
Pero no, Los Vengadores están a otra cosa, muy por encima de modas y corrientes, y si bien es verdad que están más serios y reflexivos que en la primera entrega esto corresponde más a una madurez en los personajes, a una conciencia de las consecuencias de sus propios actos, que a un cambio de orientación.
Cambian, podríamos decir, las maneras, pero no las formas, y mientras los debates internos y las relaciones afectivas van marcando el camino del futuro los chascarrillos se siguen sucediendo, recordando que el drama puede ir de la mano del humor siempre que se haga con el corazón. Puede que alguien quiera criticar el exceso de chistes en momentos de máxima tensión, pero no nos engañemos, esto es Marvel, y así han sido las cosas aquí desde aquella antológica portada de comic en la que el Capitán américa arreaba un puñetazo en la cara al mismísimo Hitler.
Whedon es perro viejo (pese a que apenas es un novato en esto del cine) y sabe que no necesita ni de la amarga trascendencia de Nolan ni del artificio colorista y explosivo de Michael Bay para crear una obra compleja pero sin complejos, épica pero dinámica, emotiva pero sin melodramas. Y es que hasta esto lo hace bien el director: emocionando y retorciéndonos el corazón cuando menos se espera, preparando el camino en una dirección para dar un repentino volantazo que, en medio de una narrativa que podría parecer tópica, retorcer e incluso burlarse de los convencionalismos para demostrar que es posible sorprender en una historia que todo el mundo sabe cómo debe concluir.
Y eso nos lleva a la tercera comparativa, quizá la que más pueda perder. Y es que si la carga dramática (amén de la semilla que se planta del distanciamiento entre Iron Man y el Capi y de la relación –o no relación, según lo queramos ver- sentimental que se vislumbra) viene dada sobre todo por esos misteriosos hermanos gemelos que actúan por venganza tras la muerte de sus padres (se les llama “mejorados”, ya que en cine la palabra mutante es propiedad de la Fox), es inevitable comparar al Pietro Maximoff que interpreta Aaron Taylor-Johnson con el Peter Maximoff al que dio vida Evan Peters en X-men: Días del futuro pasado. Efectivamente, ambos personajes son el mismo en el mundo del comic, pero el complicado entramado de los derechos legales  los ha desdoblado en cine aunque manteniendo sus poderes originales.  No hay duda de que el Maximoff de la película de Bryan Singer tenía una escena mucho más espectacular que todas las apariciones de Pietro en La era de Ultrón, pero también se podría decir que llegó a morir de éxito, pues finalizada dicha escena el chico desaparecía de pantalla para dejar el terreno libre “a los mayores”. Aquí el héroe luce mucho menos, pero mantiene su propia subtrama hasta el final, y es una apuesta ganadora afirmar que lo que acontece a los hermanos Maximoff marcará sin duda el futuro de la saga.
Conseguí con el visionado de esta película algo que hoy en día se me antoja casi imposible, ir a las salas sin apenas idea de lo que me esperaba, gracias en buena parte a un par de trailers muy bien confeccionados que no llegaban a desvelar casi nada de la trama y que incluso invitaba al engaño. Es por eso por lo que quiero mantenerme muy cauto con no desvelar nada más de lo que ya se ha machacado estos días en los medios de comunicación y me limitaré a mencionar la aparición de La Visión, otra apuesta de futuro para la franquicia y que compone el primero de los muchos secundarios de lujo que decoran esta gran película, una especie de fin de fiesta a lo grande para la Fase Dos de Marvel (queda Ant Man, pero por magnitud creo que será más bien un epílogo antes de adentrarnos en la tercera y definitiva fase) que nadie ha querido perderse (y los que no han podido estar son mencionados en uno de los muchos chistes antológicos del film), un espectáculo de luces y sonido donde la Santísima Trinidad siguen siendo Iron Man, Thor y el Capitán américa pero cuyos minutos están magníficamente bien repartidos y nos presenta sorpresas que a estas alturas de la historia ya no nos esperábamos de ciertos personajes, aunque quizá se eche algo en falta el protagonismo cómico que tenía Hulk (aquí mucho más Banner que nunca) en la primera película y que ha sido sustituido, como elemento sobre el que giran los mejores chistes, por el propio Mjolnir.
Quizá la peor noticia de la película sea la confirmación de que Whedon, agotado por el titánico esfuerzo de llevar a buen puerto tan magna producción, no estará a los mandos de la tercera aventura de los héroes más poderosos de la Tierra, aunque se espera que siga vinculado de alguna manera al MCU. Al menos sabemos que sus sustitutos, los hermanos Russo, son una buena garantía tras su Soldado de Invierno. Por eso el final de la película tiene un ligero tono a despedida, aunque quizá lo más glorioso de todo sea que, por muy espectacular que sea todo, por muy definitivas que parezcan las batallas, por muy colosal que sea la amenaza de Ultrón, esto no son sino los preparativos de lo que está por llegar. La película es casi una hoja de ruta codificada exclusivamente para los Marvel Zombies más fieles que marca las pautas que conducirán hasta el enfrentamiento definitivo contra cierto ser de tono violáceo. Siempre que primero logren sobrevivir a su propia guerra civil, claro.
Magnífica en todo su esplendor, sólo puedo concluir tal y como lo hace el Capi en la última escena (y si esto es un spoiler, después de esta parrafada, casi hasta me da igual), al grito de: “Vengadores…”
Fundido final.