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sábado, 28 de octubre de 2017

THOR RAGNAROK, entre lo ridículo y lo divino.

Entre las eternas discusiones entre aficionados de cómic de DC y Marvel arece que siempre ha habido el mismo reproche hacia “la Casa de las Ideas”, y era su (a veces) descontrolado sentido del humor. 
Obviando siempre las películas de El Capitán América (apenas había chistes en El soldado de Invierno y Civil War, quitando la batalla del aeropuerto, tiene un importante cariz dramático), es cierto que en Marvel han apostado más por el desenfado y la diversión, alcanzando sus cotas más altas (hasta ahora) con Los Guardianes de la Galaxia.
En Thor Ragnarok han decidido no solo seguir en la misma línea sino dar incluso un paso más, alcanzando unas cotas de ridículo absurdo que no existían hasta ahora en Marvel y que pueden incluso ofender al fan más seguidor del Dios del Trueno. Es cierto que se mantienen todas las señas de identidad de la casa: hay peleas espectaculares, épica y diversos puntos de conexión con otras películas para recordarnos que estamos en un Universo Compartido, pero lo han hecho desmitificando a los héroes y con unos insospechados niveles de autoparodia que rozan la irreverencia.
El gran responsable de ello, sin duda, es Taika Waititi, el director, que pese a no estar acreditado como guionista sin duda ha impuesto su estilo y ha marcado las directrices en cuanto a la línea a seguir para el desarrollo de personajes. Y esto es otro cambio en Marvel. 
Hasta ahora habían apostado por directores jóvenes de estilos personales pero escasa trayectoria, a los que había terminado por manejar y modelar a su antojo, despojándolos de esas señas de identidad por las que lo habían contratado, y el fiasco de Edgar Wright en Ant Man es buena prueba de ello. Con Waititi, autor de las interesantes Lo que hacemos en las sombras y A la caza de los ñumanos, parece claro que le han dado rienda suelta para hacer lo que le ha dado la gana y, a juzgar por el resultado, desde luego que lo ha hecho.
Ya con los carteles y las primeras imágenes se auguraba una locura visual, e incluso esos dos avances llamados Team Thor indicaban por donde iban a ir los tiros, pero nadie podía imaginarse que todo iba a ser tan desquiciante y exagerado. Waititi no reniega, ni mucho menos, de los trabajos anteriores de Kenneth Branagh ni Alan Taylor, atando los cabos sueltos (de manera muy superficial, todo hay que decirlo) con el final de Los Vengadores: la era de Ultron. Así, Thor Ragnarok continúa la búsqueda de Thor por descubrir el significado de esos sueños premonitorios que en el film de Josh Wedon le provoca Wanda hasta llegar a la conclusión de que el Ragnarok, el fin del mundo de la mitología nórdica, está a punto de destruir su Asgard natal. La llegada de Hela, la Diosa de la Muerte, y su periplo en el planeta Saakar, donde se encuentra, también en consonancia con el final de La era de Ultron, con Hulk, le indicarán los pasos a seguir.
Waititi, como digo, construye su película sin renunciar a ser un peldaño más en la escalera del Universo Marvel que nos debe conducir a La Guerra del Infinito, pero no parece tampoco que esté tan atado a ello como para que su producto no tenga identidad propia, amparándose para ello en un montón de cómics a los que hace referencia directa, como Planeta Hulk, Contienda de Campeones o la propia saga de Ragnarok de la colección del Dios Nórdico. En lo que no es tan fiel Waititi es en el trato de los personajes, haciendo que tanto Thor como Hulk parezcan, por momentos, dos perfectos imbéciles. Peleas infantiles, caídas por escaleras, pelotazos en la cara... Situaciones absurdas impropias de unos héroes de este talante.
Dice el propio Waititi que casi el ochenta por ciento de la película se basó en improvisaciones, y el propio Mark Ruffalo no podía entender que les permitiesen llevar a los protagonistas a ese nivel, esperando durante todo el rodaje una llamada telefónica que los despidiera a todos. Pero, visto lo visto, Marvel decidió arriesgar y permitir todo lo que Waititi ha querido hacer y, sorprendentemente, la cosa funciona.
Podría haber sido un desastre, y estoy convencido de que muchos fans así lo pensarán y se tirarán de los pelos viendo la aberración que han hecho con sus héroes, pero una vez más hay que recordar que las películas no se hacen pensando en los cuatro frikis que leemos cómics, sino en el público general, y este va a quedar encantado con Thor Ragnarok.
Con un aroma que recuerda a Los Guardianes de la Galaxia, vol. 2, unos escenarios que parecen sobrantes de Star Wars (aunque algo de Blade Runner 2049 también hay) y mucha locura, Thor Ragnarok se pone al fin al servicio del Dios el Trueno para convertirlo en el absoluto protagonista, pese a los secundarios con los que forma equipo, y culminar su trilogía a lo grande. Este puede parecer el Thor más payaso de los tres que hemos visto hasta ahora, pero también el que al fin logra llegar a su evolución final y aspirar a ser el rey que Asgard necesita. Para ello Waititi ha contado con unos actores entregados y donde (una vez más) sobresale Tom Hiddleston, con una gran villana encarnada por Cate Blanchett cuya presencia sabe a poco y un histriónico Jeff Goldblum divertidísimo. Tengo alguna cosilla que echar en cara a Waititi, como la muerte demasiado ligera de ciertos personajes, la ausencia de otros o la aparición casi gratuita de Skurge, pero parece claro que todo vale en pos de la diversión, y si es esto lo que debemos valorar nadie le puede negar a Thor Ragnarok que es exageradamente divertida.
Al final, lo miremos como lo miremos, las virtudes superan con creces los defectos, y la película consigue ser todo lo que se propone, una locura desquiciantemente tronchante, capaz de elevar el interés hacia un héroe que todavía no lo había dado todo en el cine, mediante una fórmula que, aunque pueda no parecerlo a simple vista, innova mucho con respecto al llamado “método Marvel”, llegando a ser una apuesta realmente arriesgada y valiente.
No es, desde luego, la mejor película que ha hecho hasta la fecha Marvel, pero sí una de las más locas y divertidas, y aunque yo mismo estoy tratando todavía de salir del estupor que me ha provocado debo terminar por rendirme (no sin alguna objeción) a ella.. Y eso, tras dieciséis películas, no es fácil de conseguir. De momento, y contra todo pronóstico, la llama sigue viva. Y el camino hacia La Guerra del Infinito es cada vez más corto.
Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 13 de marzo de 2017

KONG, LA ISLA CALAVERA: Espectacular y entretenida colección de secuencias vacías.

Lo primero que hay que reconocerle a Kong, la isla Calavera es que es una película Warner, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Destinada a compartir universo con la insípida Godzilla de Gareth Edwards, esta nueva recreación del simio gigante (la octava, si no cuento mal) comparte con su némesis japonesa el estilo trascendental y casi epistolar que tanto gusta a la compañía, aunque al menos han sabido rectificar los mayores errores de Edwards (aunque alabados por algunos, hay que ser justos) y primar más la acción y la espectacularidad.
El arranque es casi de manual, con un ritmo endiablado y presentado a los personajes con cuatro pinceladas suficientes como para saber situarlos en su contexto, cosa que me recordó en algo al Escuadrón Suicida. La acción se pone en marcha de forma trepidante, mostrándonos enseguida la imagen del Kong más gigantesco visto hasta ahora en pantalla y homenajeando al film clásico (y a la escena más icónica del personaje) cambiando avionetas por helicópteros. Lamentablemente, a partir de entonces todo empieza a ir cuesta abajo.
Como ya he dicho, la película reúne lo mejor y lo peor de la Warner, teniendo sus últimas producciones superheróicas como referente más claro. Incluso parece como si el director (con poquísima experiencia en cine, por cierto) Jordan Vogt-Roberts quisiera imitar a Zack Snyder y ofrecer un par de horas de puro espectáculo visual prescindiendo totalmente de un guion sobre en que sostenerlo.
Efectivamente, más allá de esa presentación inicial, los protagonistas van deambulando por la película sin propósito alguno, siendo meras caricaturas cuyos buenos actores poco pueden hacer para darles un poco de empaque. La oscarizada Brie Larson se limita a ser la inevitable rubia mona de la peli (aunque el momento sensible de su encuentro con Kong resulta muy descafeinado), Tom Hiddleston basa su papel en poner posturitas molonas, siendo su momento cumbre justamente el de su presentación y Samuel L. Jackson simplemente se reinterpreta a sí mismo, como suele ser habitual en él.
La acción es espectacular, insisto, y eso permite que la película no resulte en ningún momento aburrida. Y hay varios momentos memorables en la cinta, más allá de los homenajes evidentes a títulos como Apocalipsis Now o incluso Depredador, pero eso no basta para evitar sentir que la película no tiene alma, por más que al final haya más lágrimas que en una peli de Bayona. Es, una vez más, el efecto Warner, que aunque aquí mete algún chiste y tiene a John C. Reilly como alivio cómico (algo cargante en algún momento) sigue buscando esa trascendencia que demuestre que esto es mucho más serio y dramático de lo que podría parecer (y lo que podría parecer –y tendría que parecer- es una peli de un mono gigante dándose de leches contra otros bichos gigantes). Todo en la trama es demasiado absurdo e insustancial, empezando por un rastreador que nunca llega a rastrear nada, una misión científica en la isla que no he entendido todavía de que va, un científico (John Goodman) cuya historia con los monstruos es muy ambigua, un poblado indígena totalmente desaprovechado, un monstruo que vomita parte de su comida en el momento y lugar más oportuno  y unos militares demasiado arquetipos.
Los efectos especiales, por supuesto, están a la altura de lo que cabe esperar de una superproducción de estas características, pero la necesidad de desmarcarse de otras películas similares obligan a crear un repertorio de bichejos totalmente novedoso que tampoco me terminan de entusiasmar, en especial esa especie de bicho palo gigantesco o los verdaderos villanos de la película, esos lagartos bípedos de rostro cadavérico que no mejoran en nada a los dinosaurios a los que Kong se enfrentaba en la versión de Peter Jackson.
Si ya comenté que el Godzilla de Emmerich, pese a todo, era superior al de Gareth, lo mismo podría decirse entre el King Kong de Jackson y este. Además, de nuevo la necesidad de convertir al monstruo en el bueno de la película (recuerden los aplausos los habitantes de San Francisco ofrecían al “salvador” Godzilla después de destruir media ciudad) suena a rancio, aunque aquí al menos se deja claro que, aun en defensa de su territorio, Kong mata sin contemplaciones, y aquí está uno de los puntos fuertes de la película, que como en si de un psicokiller se tratase (de nuevo me viene a la mente el Depredador de McTiernan) uno nunca sabe qué protagonistas (quitando a los dos que todo el mundo se imagina) van a sobrevivir y cuáles no, independientemente de la importancia de sus intérpretes. Son estas muertes, de nuevo, algo que desconcierta, pues si bien en ocasiones hay secuencias realmente potentes y violentas (empalamientos, amputaciones…) como si de un homenaje al cine de serie B de hace unas décadas se tratase, por otro lado la ausencia de sangre es casi total, temerosos de ser castigados con una calificación R (cosa que, por cierto, a Logan no aprece estarle yendo nada mal). De nuevo la indefinición Warner.
Eso sí, la banda sonora de la película está genial, aprovechando al máximo el hecho de que la acción esté ambientada justo al terminar la guerra de Vietnam, con lo que ayuda a mantener en ritmo de las escenas y compensa esas carencias narrativas que culminan en un epílogo durante los títulos de crédito definitivamente anticlimáticos (y atención, que hay escena postcréditos que prácticamente nadie ha visto).
En fin, entretenimiento puro y duro y un buen espectáculo visual al que no hay que exigirle mucho si no queremos que todo se venga abajo.

Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 29 de octubre de 2015

LA CUMBRE ESCARLATA (8d10)

Guillermo del toro siempre ha sido un director de gran personalidad, un visionario, como definen algunos. Alguien capaz de crear mundos imaginarios, de regusto gótico y aspecto fantasmagórico.
Sin embargo, hasta ahora el director mejicano siembre había funcionado mejor fuera de Hollywood que incorporado a la meca del cine. Mientras las coproducciones españolas El espinazo del Diablo o El laberinto del Fauno eran grandes películas, su cine se volvía algo más convencional cuando se debía a una industria poco dada a arriesgar, donde dirigió títulos como Blade II, Hellboy (su secuela sí era mucho más personal y posiblemente por ello no pudo completar su deseada trilogía) o la cansina y sobrevalorada Pacific Rim, quizá lo peor de su carrera.
Por eso, es una grata sorpresa que haya conseguido en La cumbre Escarlata aunar las directrices impuestas por los grandes estudios con la libertad creativa que Del Toro precisa para dar rienda suelta a su locura en una película que, como él mismo ha repetido hasta la saciedad, no es de miedo aunque sí se trate de una historia de fantasmas.
Tras la muerte de su madre, la pequeña Edith presencia aterrada como un espectro se le aparece para prevenirla sobre la Cumbre Escarlata. Este aislado suceso marcará para siempre a la muchacha que se empeñará en convertirse en escritora siempre con el tema fantasmagórico como telón de fondo de sus historias, más como metáforas del pasado que ya no volverá que como elemento sobrenatural.
Ya entrando en la madurez la vida de Edith cambiará cuando descubra las mieles del amor en Thomas Sharpe, un hombre seductor de oscuro pasado con quien contraerá matrimonio y junto al que se irá a vivir (en compañía de su no menos intrigante y perturbadora hermana) a una mansión en claro estado de deterioro a la que, debido al terreno arcilloso de color rojo sangre, se conoce popularmente como la Cumbre Escarlata.
Posiblemente el guion de la película sea lo que más flojea, no sorprendiendo tanto como la trama se merece y con un desenlace algo previsible, pero todo ello queda eclipsado ante la contundencia, primero, de una fotografía mágica, una combinación de colores donde prevalece siempre ese omnipresente rojo, y al amparo, segundo, de unas brillantes interpretaciones. Mia Wasikowska ya demostró en Stoker lo convincente que puede ser como alma torturada, atrapada entre dos mundos, víctima de la seducción de lo prohibido, pero quienes de verdad lo bordan son Tom Hiddleston y Jessica Chastain dando vida a la enfermiza pareja de hermanos que, ya desde su primera aparición, auguran algo oscuro sin que ello impida sentirse incómodo cada vez que lucen en pantalla.
No es cuestión ahora de descubrir a nadie, aunque quizá sorprenda menos el carácter de Hiddleston, más cuando su Thomas Sharpe rescata algo de la perturbadora seducción que ya luciera en sus diversas interpretaciones del Loki marveliano. Chastain, sin embargo, esa actriz que se dio a conocer en la olvidable La noche más oscura (y a la que llegué a aborrecer por esa insípida interpretación), ha ido demostrándome papel a papel lo gran actriz que llega a ser, superando sus propios límites en un fin de semana en el que encabeza dos estrenos con registros tan dispares como es esta Lucille Sharpe y su Melissa Lewis en el Marte de Ridley Scott.
La cumbre Escarlata es por encima de todo, como en las mejores historias de Del Toro, un cuento, una leyenda gótica de corte romántico, inspirada tanto en relatos de Poe, Lovecraft o Becker como en películas de mansiones encantadas y espíritus torturados. Y aunque se haya dicho por activa y por pasiva que no es una peli de terror, sustos y momentos de mal rollo también los hay, consiguiendo que esta sea una estupenda recomendación para una noche de Halloween muy por encima de las mediocridades de sustos fáciles y música chillona que acostumbran a pulular por estas fechas.
No es redonda (para ello se habría tenido que pulir algo más la trama) pero sí un ejercicio visual impecable, una ambientación que seduce al espectador tanto como a la propia protagonista y que invita a formar parte de nuestras propias pesadillas. Unas pesadillas que no se alimentan de nuestro temor a lo desconocido, sino de nuestras angustias del pasado.
Y es que en ocasiones es en el pasado donde se encuentran esos terrores que no dejan de acosarnos.

miércoles, 16 de julio de 2014

SÓLO LOS AMANTES SOBREVIVEN * (7d10)

El amor… Ese misterioso sentimiento que une dos almas durante… ¿días?, ¿meses?, ¿años? ¿Quizá toda la eternidad?
Ese es el punto de partida de la nueva obra de Jim Jarmusch, la posibilidad de que el amor pueda ser realmente eterno, superar el paso de los años (y de los siglos) y ser capaz de sobrevivir por encima de todo.
Adam y Eve son un matrimonio de vampiros que se aman por encima de todo. Sin embargo, esta no es una película de vampiros, y quien acuda a ella esperando ver sangre y violencia se llevará una gran decepción, aunque hay quien puede ver aquí el reverso retorcido y brillante de Crepúsculo. Pero Sólo los amantes sobreviven es, sobre todo, una película de Jim Jarmusch, con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Aquí están todos sus tics, sus manías y sus fobias, y es evidente que no se trata de una producción adecuada para todos los gustos.
Semejante en cuanto a simbología a la Byzantium de Neil Jordan, aunque mucho más onírica y poética, Sólo los amantes sobreviven comienza con una primera mitad lenta, plagada de imágenes imposibles, de sonidos escrupulosamente calculados, con Tom Hiddleston y Tilda Swinton casi como únicos protagonistas, llevando todo el peso de la narración y mostrando unas interpretaciones tan brillantes como comedidas. Cierto es que la melancolía triste y lánguida que propone Jarmusch casi puede resultar insoportable y excesiva, pero la aparición de la hermana de Eve, Ava (Mia Wasikowska) introduce un elemento discordante que rompe la apacible vida de los no muertos y los precipita hacia una lucha por la supervivencia casi agónica.
Con Anton Yelchin y John Hurt como secundarios de lujo, Sólo los amantes sobreviven es hermosa, apasionada, visualmente hipnótica y necesariamente dolorosa.
Jarmusch en estado puro.

viernes, 15 de noviembre de 2013

THOR, EL MUNDO OSCURO (7d10)

Aun después de siete películas continúo quitándome el sombrero ante la maravillosa y arriesgada fórmula elegida por Marvel Studios para trasladar a la pantalla grande sus más celebres personajes (o por lo menos aquellos de los que mantienen sus derechos).
Como si de los propios comics se tratara han construido un Universo propio gracias al cual no solo encontramos referencias de unas películas a otras sino incluso cameos de sus actores para regocijo de fans.
En este panorama, Thor, el mundo oscuro forma el segundo eslabón de la cadena que nos conducirá hasta Los Vengadores: la era de Ultrón, situándose cronológicamente justo tras los sucesos de Los Vengadores y, por lo tanto, a la par de Iron Man 3. Además, en ella se dan pistas que no voy a revelar aquí sobre Guardianes de la Galaxia, que llegará justo a continuación de Capitán América: el Soldado de Invierno. Para rizar más el rizo algo de lo que en esta película sucede tendrá consecuencias (como pasará también en la segunda aventura del Capi) en la serie de televisión de Shield.
Pero centrándonos solo en este film lo primero que destaca es que los mandos han cambiado de manos. La ausencia de Kenneth Branagh en la silla de dirección implica un distanciamiento al tono shakesperiano que tan al dedo iba para definir la relación amor/odio entre Thor y su padre Odín, restando brillo a la magnífica Asgard vista en la primera película, aunque la experiencia de su sustituto, Alan Taylor, como realizador de diversos capítulos de Juego de Tronos se traduce en un mejor dominio de la narrativa bélica. Obviamente, Taylor está más interesado en la acción pura y dura que en las intrigas de palacio, y es que el conflicto que Branagh nos mostró entre Thor, Odín y Loki ya ha quedado atrás. El Dios del trueno ha madurado y es ahora un digno heredero del padre de todos, mientras que los sucesos de Nueva York narrados en Los Vengadores han dejado a Loki en una  situación de no retorno, encarcelado y repudiado por su propio padre.
Tampoco es necesario perder tiempo con la relación entre Thor y Jane Foster, pues una vez reencontrados podrán reanudar su amor interrumpido tras la marcha de Thor al final de la primera película (ahora sabemos que tras la destrucción del Bifröst ha estado recorriendo los Nueve Reinos para restaurar la paz) mientras forman alianza para salvar Midgard y, posiblemente, el universo entero.
Y de eso precisamente trata Thor, de las alianzas. Mucho más coral que otras películas Marvel el hijo de Odin deberá recurrir a la ayuda de sus compañeros de armas, Fandral, Volstagg, Heimdall (Hogun se mantiene en esta ocasión en un segundo plano), y la enamorada Sif (Jaimie Alexander, verdadera fémina de la película, mucho más interesante que una desganada Natalie Portman) por un lado, contará de nuevo con la colaboración terrestre del profesor Erik Selvig, Darcy y la propia Jane (a quien se les une un nuevo personaje, el becario Ian), mientras que uno de los puntos álgidos del film será la necesidad de tener que confiar en su traicionero hermanastro Loki.
Olvidados los Hombres de Hielo, los villanos en esta ocasión volverán a ser originarios de la mitología asgardiana: los Elfos Oscuros, una raza tan antigua como la existencia misma que ya fueron derrotados en el pasado por el padre de Odín, Bor, y que tratarán de nuevo de extender su oscuridad por todo el universo, siempre comandados por el pérfido Malekith. Es en este punto donde encontremos quizá lo más flojo de Thor, el mundo oscuro, pues tanto el origen como las motivaciones de Malekith y su raza queda bastante desdibujada, obligándonos a afrontar el hecho de que son los malos de la historia sin darle más vueltas.
Con Christopher Eccleston en el papel de villano, el resto del elenco es prácticamente el mismo que en la primera parte, con Chris Hemsworth totalmente amoldado al papel y un Tom Hiddleston que de nuevo es lo mejor de la película, logrando que su Loki, pese a contar con menos metraje que en Thor o en Los Vengadores, vuelva a ser la estrella de la función. Solo Natalie Portman parece desentonar con una actuación más floja de lo que nos tiene acostumbrados, quizá debido a sus discrepancias iniciales con la productora por la elección del director o que, simplemente, tras su merecido Oscar por Cisne Negro ha aprendido a actuar con el piloto automático puesto en estas producciones que si bien le van a llenar los bolsillos no van a proporcionarle premios ni alabanzas por mucho que se esfuerce. O a lo mejor simplemente es que su papel no da para más porque esta vez, por encima de todo, lo importante es la aventura. Hay drama, desde luego, vuelven los conflictos familiares e incluso alguna muerte que no es cuestión de desvelar ahora, pero lo más destacado de esta secuela es que Thor, por fin, en Thor. No tiene que adaptarse a Midgard, como le sucediera en la primera parte, o a sus nuevos aliados, como fue el caso de Los Vengadores. Ahora, al fin, vemos al superhéroe dándolo todo en el campo de batalla, volando, peleando y lanzando el martillo como los lectores de los cómics llevan tiempo esperando. Además, el detalle de trasladar la acción del ya sobradamente machacado Nueva York hasta Londres (un Londres, por cierto, menos tópico de lo habitual en Hollywood) imprime un nuevo soplo de aire fresto.
Por eso, pese a alguna carencia argumental, Thor, en el mundo oscuro, es un disfrute total, con mucha acción pero muy bien gestionada y un humor que no puede faltar en las producciones Marvel perfectamente incorporado al ritmo narrativo.
Chris Hemsworth (el más desconocido de los actores que conforman la plantilla de héroes de Marvel) es, definitivamente, Thor, y –tal y como pasa con su compañero de fatigas Robert Downey Jr.- no es posible ya imaginar al futuro rey de Asgard con otro rostro.

Thor: larga vida al rey. Larga vida al Vengador.