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sábado, 21 de julio de 2018

MAMMA MIA! UNA Y OTRA VEZ

Secuela (aunque a la vez precuela) de la exitosa Mamma mia! de 2008, poco podría decirse sobre Mamma mia! Una y otra vez que pudiera sorprender. Calificativos como: “más de lo mismo”, “solo para fans de la primera película” o “secuela innecesaria” son los que más se van a repetir en las críticas que podáis leer sobre este film de Ol Parker y con las que no puedo estar más en desacuerdo.
Sí, efectivamente, Mamma mia! Una y otra vez es un film continuísta, que apuesta por repetir los esquemas de su predecesora y que no arriesga en absoluto. Incluso muchas de las canciones de Abba que suenan aquí estaban ya presentes en la anterior película. De manera que quien amase (y me consta que hay gente que lo hizo) al título que Meryl Streep protagonizó hace diez años disfrutará mucho al recuperar a esos personajes reunidos en una preciosa isla griega y conocer su pasado. Mientras que aquellos que odien los musicales per se también odiarán esta propuesta.
Sin embargo, yo me encuentro en un extremo que no se corresponde con ninguno de los dos mencionados. Me gustan los musicales. Los buenos musicales, debería añadir. Y Mamma mia!, bajo mi punto de vista, no lo era. Sí, es cierto que las canciones de Abba contagian alegría y que el colorido y los excesos visuales que decoraban la isla de Kalokairi convertían la experiencia en un viaje a un mundo de positividad y buen rollo. Sin embargo, no es menos cierto que el trabajo tras las cámaras de Phyllidia Lloyd era un verdadero despropósito. En sus manos, una de las mejores actrices que ha habido jamás como es Meryl Streep estaba horrorosa, pasándose la película haciendo muecas y reflejando su desconcierto ante la total ausencia de una dirección de actores como debería ser. Y algo parecido sucedía con los tres galanes del film, unos Pierce Brosnan, Colin Firth y Stellan Skarsgård que no parecen creerse nunca a sus personajes y que desde luego no se los llegan a tomar en serio. Solo la esforzada Amanda Seyfried parecía jugarse algo con la película, no en vano fue su primer gran trabajo en Hollywood. Y eso por no hablar de las coreografías, los momentos de humor absurdo y el tono caricaturesco de todo el film.
En la secuela, el cambio en la silla de director ha sido muy positivo y Ol Parker consigue darle el tono adecuado, sabiendo navegar con eficacia (y eso no siempre es fácil) entre las dos líneas temporales y consiguiendo que la historia, dentro de su sencillez, tenga más enjundia que en la primera película. Aquella fue escrita por Catherine Johnson, ahora el propio Parker (autor de los libretos, entre otros, de El exótico hotel Marigold y su secuela) se encarga de firmar el guion, ayudado en el argumento por Richard Curtis, cuya mano se aprecia claramente (pocos hay que sepan dominar el arte de las comedias románticas mejor que él).
En sus manos, los actores demuestran que se lo pasaron muy bien en el rodaje (que no es lo mismo que no tomárselo en serio) y logran contagiar esa sensación de gran fiesta que en realidad es la película, con esa aparición/cameo de Cher como la gran diva y esa mezcla generacional de los títulos de crédito que obligan, sí o sí, a salir de la sala con una sonrisa en los labios.
Se le pueden poner pegas, por supuesto, como su falta de ambición, las limitaciones de algunos de los actores que representan las versiones jóvenes de los tres presuntos padres o la simpleza el guion, pero todo queda compensado por el gran trabajo de Lily James (¿de verdad alguien se puede creer que Meryl Streep de joven se pareciese a ella?), una estrella en ciernes que se entrega a la causa derrochando simpatía y talento y consiguiendo (como casi todo el reparto juvenil) mimetizar los tics y gestos de sus contrapartidas adultas.
En resumen, esta película me parece todo lo que Mamma mia! prometía ser y no conseguía. Es una apuesta sencilla y sin más pretensiones que la de contagiar buen rollo y alegría, con coreografías bien diseñadas y la absurda locura que emana de las propias canciones de Abba.
Porque a mi sí me gustan los musicales. Estos musicales.

Valoración: siete sobre diez.

lunes, 4 de junio de 2018

BORG/MCENROE

En 1980 la final del campeonato de tenis de Wimbledon se convirtió en casi un hito del deporte. Enfrentaba a dos tenistas totalmente opuestos entre ellos, el frío y distante Bjöm Borg y el pasional e irritable John McEnroe. Quienes vivieron ese partido seguro que lo recordarán por su gran calidad deportiva y la emoción del juego. Quienes no lo vivieron... Bueno, mejor que no busquen información sobre el mismo hasta después de haber visto la película.
Con ese partido como excusa argumental, el director Janus Metz Pedersen compone un retrato psicológico de ambas figuras, completando la personalidad de ambos con ligeros flashbacks sobre sus inicios en el mundo del deporte y enfrentándolos ante las cámaras, consiguiendo un duelo fuera de las pistas que, aun sin que apenas se crucen hasta el momento del partido, crea una tensión permanente.
De hecho, aunque Borg/McEnroe sea sin duda una película deportiva, también podría contemplarse como un drama psicológico que, conforme se hacerla la hora de la gran final, se va tornando en un thriller de suspense. Gran parte del mérito, sin duda, está en la extraordinaria caracterización de los dos actores protagonistas. Por un lado, Sverrir Gudnason hace un excelente trabajo de contención, mientras que el McEnroe de Shia LaBeouf es tan intenso y desafiante que cuesta saber dónde termina la interpretación y comienza el actor, siendo las salidas de tono y el carácter aguerrido y desafiante (insultante a veces) del tenista tan polémico como las del propio protagonista de Transformers.
Encuentro ciertos paralelismos entre esta película y Rush, aquel magnifico film de Ron Howard sobre la rivalidad entre James Hunt y Niki Lauda, y de igual manera que comenté en su momento que uno podía disfrutar de la película sin ser un apasionado de la Fórmula Uno, lo mismo sucede con Borg/McEnroe con el mundo del tenis. En este sentido me viene también a la mente otro referente, más cercano en el tiempo, La batalla de los sexos.
Borg/McEnroe dibuja muy bien la personalidad de ambas figuras del tenis mundial, haciendo hincapié en la presión que desborda al gran triunfador tanto como a la del aspirante que no ha ganado nada aún, y como dos posiciones tan diferentes pueden ser igual de difíciles de lidiar. Con ello, Pedersen hace un retrato del peso de la fama y de los sacrificios que conlleva ser un jugador de élite, tan importante a nivel general como la propia historia personal de ambos.
El gran logro de la película es conseguir intercalar las dos personalidades, enriqueciéndolas hasta el momento del partido decisivo, aunque quizá el supuesto clímax final llegue demasiado pronto y no esté suficientemente bien representado en pantalla. Siendo un buen aficionado al tenis, encontré el partido definitivo algo largo y visualmente no todo lo impactante y espectacular que deberla, lo cual sin duda pueda ser un lastre para aquellos no tan interesados en el deporte de la raqueta como yo. Aun así, Borg/McEnroe es una gran película, no solo por la aportación que hace a la figura de los dos protagonistas sino por el retrato que hace del peso de una presión excesiva que bien puede referenciarse a cualquier otro ámbito ajeno al deporte, logrando además ser emocionante y emotiva.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 26 de noviembre de 2016

UN TRAIDOR COMO LOS NUESTROS. Tan efectiva como simple.

Dirigida por Susanna White, realizadora surgida de la televisión británica, aunque debutó en cine con La niñera mágica y el Big Bang, Un traidor como los nuestros es una nueva adaptación a una obra de John le Carré, que ejerce además de productor.
Con un argumento más sencillo y lineal de lo que nos tiene acostumbrado el autor de La Casa Rusia, El hombre más buscado o El Topo, entre otras, la película narra la epopeya de Perry y Gail Perkins, un matrimonio en crisis que en una escapada a Marruecos con el objetivo de avivar la chispa de su relación conocen a un magnate ruso, Dima, con quien entablan una gran amistad. Dima los introducirá en un mundo de lujo y derroche que se pinta muy feliz hasta el momento en que revela a Perry que es un contable de la mafia rusa al que han puesto precio por su cabeza y depende de la buena fe del turista para que contacte con el MI6 para negociar su protección a cambio de un listado de los implicados en turbios asuntos delictivos, entre los que se incluyen influyentes personalidades británicas.
Se inicia así un juego del gato y el ratón en el que el MI6 va a implicar irremediablemente a Perry y su esposa, que verán como su vida cambia drásticamente, pasando de ser un simple profesor de poesía y una abogada penal a dos agentes secretos dispuestos a dar su vida no por su país sino por proteger a Dima y su familia.
Un traidor como los nuestros es una entretenida película de acción e intriga, que no aporta nada nuevo al género pero cumple sus funciones a la perfección. Sin grandes alardes narrativos ni visuales presenta una trama sencilla con unos personajes que van del punto A al punto B y entre los que destacan un magnífico Stellan Skarsgård en el papel del “traidor” ruso.
Estamos en una sociedad confusa y de valores frágiles, y White tiene tiempo para realizar un cambio de papeles y conseguir que un asesino y blanqueador de dinero ruso sea visto con ternura mientras que personajes al servicio del gobierno británico puedan resultar odiosos, y esto funciona en parte con la representación del Perry que interpreta Ewan McGregor como el prototipo del héroe sin debilidades, que lucha por aquello en lo que cree y no duda en jugárselo todo por ayudar a alguien a quien no conoce apenas, como un James Stewart moderno, en un papel que recuerda por momentos al Robert Langdon interpretado por Tom Hanks de las novelas de Dan Brown. Un héroe, como no puede ser de otra manera, con pies de barro, aunque en su caso sus pecados son parte del pasado y simple excusa para situar al matrimonio en en lugar adecuado y en el momento oportuno.
Con un hermoso recorrido turístico por Marrakech, Londres, París y Berna, la película no es –ni lo pretende- una réplica a James Bond ni a Ethan Hunt, sino la humanización del espía en un ejercicio que aboga por la defensa de los valores familiares y la lealtad por encima de todo.
Y completando el reparto Naomie Harris, Damian Lewis, Mark Gatiss o Jeremy Northam ponen la guinda de un pastel tan efectivo como superfluo.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 4 de abril de 2015

CENICIENTA (8d10)

Como no es mi intención mentir ni tratar de engañar a nadie, no voy a ocultar mi total devoción hacia el cine de Kenneth Branagh, siendo Los amigos de Peter una de mis películas preferidas y considerando su Frankenstein o su Mucho ruido y pocas nueces como verdaderas obras maestras.
Cierto es que de un tiempo a esta parte el señor Branagh ha perdido parte de su magia, con algún patinazo como La huella, películas carentes de su sello personal como en Jack Ryan: Operación Sombra o embarcándose en blockbusters aparentemente alejados de su narrativa intimista y británica como el Thor que filmó para Marvel (una muy buena película con excelentes momentos en Asgard y por la que apenas se le ha reconocido a Branagh el mérito de ser el “descubridor” de Tom Hiddleston). Y por eso, cuando supe que iba a ser el encargado de dirigir una nueva adaptación en imagen real de un cuento de Disney me llevé las manos a la cabeza. Otro más que se vende al dinero fácil, pensé, tal y como sucedió con mi otrora admirado Tim Burton y su alucinógena Alicia en el país de las Maravillas.
Nada más alejado de la realidad. Argumentalmente hablando, Branagh no inventa nada, limitándose a transcribir en imágenes la historia clásica, paso por paso, añadiendo si cabe alguna pincelada con la que rellenar los huecos elípticos que la historia original poseía. Sin embargo, desde el punto de vista visual, Cenicienta es sencillamente sublime.
Innegablemente hermanada a Mucho ruido y pocas nueces (como en aquella, el compositor Patrick Doyle está especialmente inspirado), Cenicienta posee la fuerza visual que tanto me apasiona de Branagh y que, excepto en momentos fugaces de Thor, no veía desde Frankenstein. Movimientos de cámara impecables, travelings maravillosos, grandes panorámicas… Momentos como los de la transformación (el reencuentro de Branagh con Helena Bonham Carter tras su flirteo en Frankenstein nos permite recordar que bajo el excesivo maquillaje gótico con la que la inundaba Burton se oculta una hermosa mujer) de Cenicienta, el baile (nadie sabe filmar escenas de baile como el norirlandés), la sutil pero asfixiante madrasta que compone Cate Blanchet, la dulce fragilidad de la Cenicienta Lily James (poco conocida actriz rescatada de Downton Abbey y a la que pronto veremos en Orgullo y Prejuicio y zombies), todo brilla con luz propia en una película que consigue la magnificencia sin necesidad de (como sucedió con Maléfica, Mirrow, Mirrow o Blancanieves y la leyenda del cazador) inventarse caminos alternativos. Para ello, Branagh ha sabido rodearse, además, de buenos amigos y actores de la casa para papeles secundarios, como su eternamente idolatrado Dereck Jacobi, Nonso Anozie (a quien dirigió en Jack Ryan: Operación Sombra), Stellan  Skarsgärd (Thor), Hayley Atwell (la Agente Carter del Universo Marvel), y un plantel de secundarios básicamente británico.
Clásica hasta la extenuación, Branagh sabe cómo conjugar los momentos más delirantes del film de animación (incluyendo el protagonismo de los ratoncillos o las insufribles hermanastras) para que no desentonen en un cuento de hadas destinado a seducir a una nueva generación sin tener porqué dejar de interesar a los que crecieron con la versión animada del zapato de cristal.
No voy a negar que en los últimos tiempos hemos sufrido un abuso de revisiones de los cuentos clásicos, ya sea como nuevas adaptaciones o como invenciones del estilo de Into the Woods, pero la aparición de títulos como este valen por sí solos para justificar la basurilla que nos están haciendo tragar con calzador.
Nadie podría imaginar que una versión de la Cenicienta sería el film más taquillero de Kenneth Branagh en toda su carrera, y el mejor de las dos últimas décadas, pero así ha sido, y espero que suponga un punto de inflexión para el genial realizador y que sirva esto para revitalizar una carrera que estaba tomando un extraño rumbo.

sábado, 28 de diciembre de 2013

EL MÉDICO (8d10)

Cuando se anunció que comenzaba a rodarse una adaptación de la exitosa novela de Noah Gordon, El médico, que ha vendido más de veinte millones de copias en todo el mundo, cabría suponer que los fans se pondrían como locos, criticando las elecciones de casting o alabando los supuestos aciertos.
Sin embargo, no sé si por tratarse de una película alemana y no americana (aunque filmada en inglés y con aire de superproducción), el film se ha estrenado con más pena que gloria, con una publicidad paupérrima y en menos salas de lo esperado, por más que la fecha elegida sea propicia para una película de carácter histórico como la que nos ocupa.
Dejando de lado la odiosa comparativa con la novela, El médico es una magnífica recreación de la sociedad de la Edad Media (Londres en su inicio, Persia el resto del film) con la excusa de un joven huérfano que comienza trabajando como ayudante de un barbero (mezcla de charlatán y matasanos) que decide emprender un viaje por medio mundo para conocer a Ibn Sina, quien se supone es el mejor médico del mundo, con la esperanza de poder aprender de él algo de medicina “de verdad”.
Con unos toques fantásticos que a mi entender deslucen la obra (¿de verdad lo considerabas necesario, Gordon?), El médico no solo es la historia de la madurez (mental y espiritual) de este joven capaz de cambiar incluso de Fe por conseguir su objetivo, y de sus aventuras y enamoramientos por el camino. Es, además, una reflexión sobre la codicia política (eso de que el poder corrompe viene de lejos) y los peligros de la religión mal entendida.
Dirigida con brío por Philipp Stölzl, prácticamente un desconocido hasta la fecha, todo el peso de la película (150 minutos que no se hacen para nada largos) cae sobre las espaldas del joven Tom Payne, que acepta la responsabilidad y cumple con creces, sabiendo pasar de la ternura al odio en una fracción de segundo sin caer en la caricatura ni perdiendo credibilidad. Junto a él, dos veteranos lucen con luz propia, Stellan Skarsgård, magnífico, y Ben Kingsley, que por fin puede volver a demostrar lo gran actor que es después de su polémica interpretación de el mandarín en Iron man 3 y su plano paso por Los juegos de Ender.
Stölzl compone una película épica, de hermosa fotografía y grandes confrontaciones, que bien podrían recordar a las grandes producciones que Estados Unidos parece haber olvidado como hacer, destilando grandiosidad sin necesidad de caer en digitalizaciones exageradas que acaban por sacar al espectador de la historia.

Interesante, emocionante, divertida y dramática a partes iguales, bien interpretada y mejor dirigida, con una subtrama romántica que en ningún momento obstaculiza a la narración, no encuentro ningún pero con que señalar a esta historia que, además, invita a reflexionar sobre la intransigencia religiosa y a disfrutar de los (escasos) momentos de paz y cordialidad entre judíos, musulmanes y un cristiano infiltrado.

viernes, 15 de noviembre de 2013

THOR, EL MUNDO OSCURO (7d10)

Aun después de siete películas continúo quitándome el sombrero ante la maravillosa y arriesgada fórmula elegida por Marvel Studios para trasladar a la pantalla grande sus más celebres personajes (o por lo menos aquellos de los que mantienen sus derechos).
Como si de los propios comics se tratara han construido un Universo propio gracias al cual no solo encontramos referencias de unas películas a otras sino incluso cameos de sus actores para regocijo de fans.
En este panorama, Thor, el mundo oscuro forma el segundo eslabón de la cadena que nos conducirá hasta Los Vengadores: la era de Ultrón, situándose cronológicamente justo tras los sucesos de Los Vengadores y, por lo tanto, a la par de Iron Man 3. Además, en ella se dan pistas que no voy a revelar aquí sobre Guardianes de la Galaxia, que llegará justo a continuación de Capitán América: el Soldado de Invierno. Para rizar más el rizo algo de lo que en esta película sucede tendrá consecuencias (como pasará también en la segunda aventura del Capi) en la serie de televisión de Shield.
Pero centrándonos solo en este film lo primero que destaca es que los mandos han cambiado de manos. La ausencia de Kenneth Branagh en la silla de dirección implica un distanciamiento al tono shakesperiano que tan al dedo iba para definir la relación amor/odio entre Thor y su padre Odín, restando brillo a la magnífica Asgard vista en la primera película, aunque la experiencia de su sustituto, Alan Taylor, como realizador de diversos capítulos de Juego de Tronos se traduce en un mejor dominio de la narrativa bélica. Obviamente, Taylor está más interesado en la acción pura y dura que en las intrigas de palacio, y es que el conflicto que Branagh nos mostró entre Thor, Odín y Loki ya ha quedado atrás. El Dios del trueno ha madurado y es ahora un digno heredero del padre de todos, mientras que los sucesos de Nueva York narrados en Los Vengadores han dejado a Loki en una  situación de no retorno, encarcelado y repudiado por su propio padre.
Tampoco es necesario perder tiempo con la relación entre Thor y Jane Foster, pues una vez reencontrados podrán reanudar su amor interrumpido tras la marcha de Thor al final de la primera película (ahora sabemos que tras la destrucción del Bifröst ha estado recorriendo los Nueve Reinos para restaurar la paz) mientras forman alianza para salvar Midgard y, posiblemente, el universo entero.
Y de eso precisamente trata Thor, de las alianzas. Mucho más coral que otras películas Marvel el hijo de Odin deberá recurrir a la ayuda de sus compañeros de armas, Fandral, Volstagg, Heimdall (Hogun se mantiene en esta ocasión en un segundo plano), y la enamorada Sif (Jaimie Alexander, verdadera fémina de la película, mucho más interesante que una desganada Natalie Portman) por un lado, contará de nuevo con la colaboración terrestre del profesor Erik Selvig, Darcy y la propia Jane (a quien se les une un nuevo personaje, el becario Ian), mientras que uno de los puntos álgidos del film será la necesidad de tener que confiar en su traicionero hermanastro Loki.
Olvidados los Hombres de Hielo, los villanos en esta ocasión volverán a ser originarios de la mitología asgardiana: los Elfos Oscuros, una raza tan antigua como la existencia misma que ya fueron derrotados en el pasado por el padre de Odín, Bor, y que tratarán de nuevo de extender su oscuridad por todo el universo, siempre comandados por el pérfido Malekith. Es en este punto donde encontremos quizá lo más flojo de Thor, el mundo oscuro, pues tanto el origen como las motivaciones de Malekith y su raza queda bastante desdibujada, obligándonos a afrontar el hecho de que son los malos de la historia sin darle más vueltas.
Con Christopher Eccleston en el papel de villano, el resto del elenco es prácticamente el mismo que en la primera parte, con Chris Hemsworth totalmente amoldado al papel y un Tom Hiddleston que de nuevo es lo mejor de la película, logrando que su Loki, pese a contar con menos metraje que en Thor o en Los Vengadores, vuelva a ser la estrella de la función. Solo Natalie Portman parece desentonar con una actuación más floja de lo que nos tiene acostumbrados, quizá debido a sus discrepancias iniciales con la productora por la elección del director o que, simplemente, tras su merecido Oscar por Cisne Negro ha aprendido a actuar con el piloto automático puesto en estas producciones que si bien le van a llenar los bolsillos no van a proporcionarle premios ni alabanzas por mucho que se esfuerce. O a lo mejor simplemente es que su papel no da para más porque esta vez, por encima de todo, lo importante es la aventura. Hay drama, desde luego, vuelven los conflictos familiares e incluso alguna muerte que no es cuestión de desvelar ahora, pero lo más destacado de esta secuela es que Thor, por fin, en Thor. No tiene que adaptarse a Midgard, como le sucediera en la primera parte, o a sus nuevos aliados, como fue el caso de Los Vengadores. Ahora, al fin, vemos al superhéroe dándolo todo en el campo de batalla, volando, peleando y lanzando el martillo como los lectores de los cómics llevan tiempo esperando. Además, el detalle de trasladar la acción del ya sobradamente machacado Nueva York hasta Londres (un Londres, por cierto, menos tópico de lo habitual en Hollywood) imprime un nuevo soplo de aire fresto.
Por eso, pese a alguna carencia argumental, Thor, en el mundo oscuro, es un disfrute total, con mucha acción pero muy bien gestionada y un humor que no puede faltar en las producciones Marvel perfectamente incorporado al ritmo narrativo.
Chris Hemsworth (el más desconocido de los actores que conforman la plantilla de héroes de Marvel) es, definitivamente, Thor, y –tal y como pasa con su compañero de fatigas Robert Downey Jr.- no es posible ya imaginar al futuro rey de Asgard con otro rostro.

Thor: larga vida al rey. Larga vida al Vengador.