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lunes, 30 de diciembre de 2019

MUJERCITAS

Después de llamar la atención con su debut como directora en solitario con Lady Bird, pocos imaginaban que Greta Gerwig eligiera un proyecto tan trillado como el de Mujercitas como siguiente proyecto.Lo cierto es que la obra de Louisa May Alcott es uno de esos clásicos que bien merece una revisión cada cierto tiempo, más con el tono de empoderamiento femenino que se puede extraer de la obra. Posiblemente eso sea lo que más ha atraído a una autora como Gerwig, que aprovecha para actualizarla y, si bien el personaje de Jo es un reflejo de la propia Alcott, esta aparece también como contrapunto de la directora.
La pregunta más difícil de responder es la de cómo enfrentarse a una obra tan versionada sin resultar redundante. El truco que Gerwig se saca de la chistera es el de los saltos temporales, yendo adelante y atrás en la historia para presentarnos las vidas de las cuatro hermanas en paralelo, repartiendo así mejor sus intervenciones, aunque sacrificando para ello el elemento dramático. Un peaje poco significativo para los conocedores de la obra pero que puede legar a decepcionar a los recién llegados e incluso causar algo de confusión.
Sin embargo, trucos aparte, Gerwig tiene claro que es Jo su verdadera protagonista. Ella es el eje de la historia y con quien juega, además, a un metalenguaje (usando para ello las reuniones con su editor) onde más se incide en el discurso feminista.
No obstante, la Mujercitas de Gerwig tiene un innegable aroma clásico, muy bien apoyada en el talento de su quinteto protagonista. Saorise Ronan es, como en Lady Bird, la estrella de la función, pero quien más brilla es posiblemente Florence Pugh, quien consiguen componer un personaje con tintes repelentes al que, sin embargo, es fácil adorar. No desentonan tampoco Emma Watson y Eliza Scanlen, mientras que Timothée Chalamet se repite poco en el papel de galán a su pesar con aires de atormentado. Además, si pasean por ahí nombres de la talla de Meryl Streep, Laura Dern, Chris Cooper o Bob Odenkirk, pues mucho mejor.
Con una deliciosa fotografía con tintes casi pictóricos y la siempre efectiva música de Alexander Desplat, la obra es una puesta a punto entre divertida y sentible de las andanzas de las hermanas March que sin duda tendrá presencia en la temporada de premios que está por llegar.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 24 de diciembre de 2018

EL REGRESO DE MARY POPPINS

Aunque nunca he sido un gran fan de la película original de Robert Stevenson, debo reconocer que esa especie de cuento de hadas liderado por Julie Andrews tenía una magia especial y que sus canciones iban a quedar grabadas a fuego en la memoria de toda una generación (o dos, o tres…).
Este es el primer pero que me encuentro en El regreso de Mary Poppins, que sus temas musicales, por bonitos que resulten durante la proyección, no son capaces de traspasar la frontera del cine, y ninguno se me antoja tan pegadizo ni memorable como los estribillos de Supercalifragilísticoespialidoso (¿soy el único que se pasó toda la película esperando a oír el famoso palabro?), Con un poco de azúcar o Chim Chim Cher-ee.
Rob Marshall, por su parte, ya ha demostrado sobradamente sus dotes para el musical, siendo Chicago su mejor obra hasta la fecha (Into the Woods tenía una estructura teatral que no le hacía ningún bien a la película), por lo que consigue que el empaque visual y el ritmo de las coreografías estén a la altura, sino por encima de la película original. Esto, junto al trabajo de Emily Blunt, es lo mejor de un film que abusa demasiado del recuerdo y que, más que una secuela, aspira a ser un remake encubierto de la película de 1964. Al final, todo se basa en lo mismo: una niñera mágica en ayuda de unos niños que desconocen la fuerza de la imaginación, un padre banquero que no aprecia su trabajo, un amigo fiel (aquí farolero en lugar de deshollinador) compañero de aventuras y la correspondiente ración de dibujos animados para ilustrar una de las aventuras más imaginativas de Mary Poppins. No es que me estuviese esperando algo demasiado diferente a lo visto anteriormente, pero una imaginación tan limitada empieza a resultar muy preocupante en una productora, la Disney, que se había caracterizado por hacer los sueños realidad y que ahora tan solo se mantiene en lo alto gracias a sus dos subcontratas estrellas: Star Wars y Marvel, y a la fuerza de los dibujos animados (ya sean propios o de Pixar). Por lo que corresponde a sus producciones propias, solo la fórmula de repetir el éxito del pasado le está dando resultado, y no creo que ese truco les vaya a durar mucho tiempo más.

Posiblemente lo más difícil podría pensarse que era suplir a Julie Andrews en el papel de Mary Poppins, y debo confesar que cuando supe que Emily Blunt iba a ser la elegida para el proyecto no me podía parecer más descabellado. Sin embargo, una vez visto su trabajo, solo cabe quitarse el sombrero ante su actuación, logrando una Mary Poppins memorable que no tiene necesidad de mirarse en el espejo de nadie y que me convence para subir un punto la nota de la película a la que inicialmente había pensado.
En fin, que El regreso de Mary Poppins es una buena continuación/reboot de la primera película, algo simple en su mensaje (el olvido de lo que significa ser un niño en manos de un adulto, algo de lo que ya hablaba, por ejemplo, Christopher Robin, este mismo año) y reiterativa en su punto de partida (¡qué maná tiene Disney con eso de matar madres para arrancar una historia!), con un aire muy clásico y una inocencia e ingenuidad adorable, que resulta muy agradable de ver pero que no alcanza el nivel de maestría que estoy leyendo en algunas críticas que la califican como lo mejor del año.
Además, con el handycap de que en este país se siguen sin mantener las canciones en su idioma original, la cosa pierde encanto y, si me lo preguntan, seguiré insistiendo que el gran musical de estas navidades ha sido Ana y el Apocalipsis.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 21 de julio de 2018

MAMMA MIA! UNA Y OTRA VEZ

Secuela (aunque a la vez precuela) de la exitosa Mamma mia! de 2008, poco podría decirse sobre Mamma mia! Una y otra vez que pudiera sorprender. Calificativos como: “más de lo mismo”, “solo para fans de la primera película” o “secuela innecesaria” son los que más se van a repetir en las críticas que podáis leer sobre este film de Ol Parker y con las que no puedo estar más en desacuerdo.
Sí, efectivamente, Mamma mia! Una y otra vez es un film continuísta, que apuesta por repetir los esquemas de su predecesora y que no arriesga en absoluto. Incluso muchas de las canciones de Abba que suenan aquí estaban ya presentes en la anterior película. De manera que quien amase (y me consta que hay gente que lo hizo) al título que Meryl Streep protagonizó hace diez años disfrutará mucho al recuperar a esos personajes reunidos en una preciosa isla griega y conocer su pasado. Mientras que aquellos que odien los musicales per se también odiarán esta propuesta.
Sin embargo, yo me encuentro en un extremo que no se corresponde con ninguno de los dos mencionados. Me gustan los musicales. Los buenos musicales, debería añadir. Y Mamma mia!, bajo mi punto de vista, no lo era. Sí, es cierto que las canciones de Abba contagian alegría y que el colorido y los excesos visuales que decoraban la isla de Kalokairi convertían la experiencia en un viaje a un mundo de positividad y buen rollo. Sin embargo, no es menos cierto que el trabajo tras las cámaras de Phyllidia Lloyd era un verdadero despropósito. En sus manos, una de las mejores actrices que ha habido jamás como es Meryl Streep estaba horrorosa, pasándose la película haciendo muecas y reflejando su desconcierto ante la total ausencia de una dirección de actores como debería ser. Y algo parecido sucedía con los tres galanes del film, unos Pierce Brosnan, Colin Firth y Stellan Skarsgård que no parecen creerse nunca a sus personajes y que desde luego no se los llegan a tomar en serio. Solo la esforzada Amanda Seyfried parecía jugarse algo con la película, no en vano fue su primer gran trabajo en Hollywood. Y eso por no hablar de las coreografías, los momentos de humor absurdo y el tono caricaturesco de todo el film.
En la secuela, el cambio en la silla de director ha sido muy positivo y Ol Parker consigue darle el tono adecuado, sabiendo navegar con eficacia (y eso no siempre es fácil) entre las dos líneas temporales y consiguiendo que la historia, dentro de su sencillez, tenga más enjundia que en la primera película. Aquella fue escrita por Catherine Johnson, ahora el propio Parker (autor de los libretos, entre otros, de El exótico hotel Marigold y su secuela) se encarga de firmar el guion, ayudado en el argumento por Richard Curtis, cuya mano se aprecia claramente (pocos hay que sepan dominar el arte de las comedias románticas mejor que él).
En sus manos, los actores demuestran que se lo pasaron muy bien en el rodaje (que no es lo mismo que no tomárselo en serio) y logran contagiar esa sensación de gran fiesta que en realidad es la película, con esa aparición/cameo de Cher como la gran diva y esa mezcla generacional de los títulos de crédito que obligan, sí o sí, a salir de la sala con una sonrisa en los labios.
Se le pueden poner pegas, por supuesto, como su falta de ambición, las limitaciones de algunos de los actores que representan las versiones jóvenes de los tres presuntos padres o la simpleza el guion, pero todo queda compensado por el gran trabajo de Lily James (¿de verdad alguien se puede creer que Meryl Streep de joven se pareciese a ella?), una estrella en ciernes que se entrega a la causa derrochando simpatía y talento y consiguiendo (como casi todo el reparto juvenil) mimetizar los tics y gestos de sus contrapartidas adultas.
En resumen, esta película me parece todo lo que Mamma mia! prometía ser y no conseguía. Es una apuesta sencilla y sin más pretensiones que la de contagiar buen rollo y alegría, con coreografías bien diseñadas y la absurda locura que emana de las propias canciones de Abba.
Porque a mi sí me gustan los musicales. Estos musicales.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 21 de enero de 2018

LOS ARCHIVOS DEL PENTÁGONO

Hace ya bastante tiempo que Spielberg perdió su tirón comercial. Pese a haber sido capaz en los últimos tiempos de grandes películas como El puente de los espías, han sido más sus meteduras de pata, tanto en el terreno “serio” como eran War Horse o Lincoln como en el campo de lo fantástico, con Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio o Mi amigo el gigante.
Este año, el antaño Rey Midas de Hollywood va a probar suerte en ambos géneros, siendo Los archivos del Pentágono la primera en llegar.
Inspirada en los hechos reales acontecidos a principios de los años 70 con el descubrimiento por parte del New York Times de un informe encargado por el propio gobierno de los Estados Unidos según el cual la guerra de Vietnam estaba condenada desde el principio, revelando las mentiras que contaron indiscriminadamente varios presidentes hasta llegar al Nixon actual, Spielberg constituye una película brillante y muy honesta sobre el ejercicio periodístico y la búsqueda de la verdad, sin importar el precio a pagar por ello.
Con el New York times momentáneamente fuera de juego es turno del Washington Post, en una difícil situación por la muerte de su dueño y las dudas sobre la capacidad de su viuda (¡¡una mujer!!) de mantenerse al frente del mismo, quien debe decidir si seguir con las revelaciones o agachar la cabeza ante el gabinete de Nixon.
Poco importa lo que suceda con la noticia. No solo por ser un caso real de sobras conocido, aunque el desarrollo de la trama tampoco deja mucho hueco para las sorpresas. Hay alguna subtrama, como la del futuro en bolsa del diario de la capital, que tampoco termina por resultar demasiado relevante. Lo que en el fondo pretende Spielberg es ofrecer un tributo al ejercicio periodístico, una profesión demasiado en tela de juicio últimamente, y aprovecha la coyuntura actual del gobierno de Trump para realizar una interesante metáfora entre el pasado y el presente que demuestra lo poco que cambian las cosas. Incluso el mensaje feminista que oculta tras el personaje al que da vida Meryl Streep podría pertenecer a un contexto actual, más con el movimiento contra los abusos sexuales y de poder que se están propagando por todo Hollywood.
En ese sentido, Spielberg apuesta sobre seguro y confía en actores del talento de la Streep y Tom Hanks para dar vida a los protagonistas, aunque el listado de secundarios no es nada baladí, con gente como Bradley Whitford, Bob Odenkirk, Bruce Greenwood, Michael Stuhlbarg o la cada vez más destacable Allison Brie. Sin embargo, esa apuesta segura en el reparto, junto a la visión tan clasisista de su realización, restan sensación de riesgo a una película que, aún siendo muy buena no alcanza la categoría de brillante. Es, posiblemente, la película donde se ve menos la mano del director, mientas que el noble tributo que se ofrece a la profesión de prensa se ve empañado por la sencillez de la historia. Hay muchas referencias (y la escena final así lo demuestra) a Todos los hombres del presidente, aunque no hay aquí la intriga de aquel estimulante thriller político, mientras que pierde también en la comparativa de otra película de similares intenciones como fue la reciente Spotlight, la cual no solo recordaba como era la época en la que el periodismo luchaba por defender la verdad por encima de todo sino que invitaba, además,al debate con respecto al tema a tratar, debate que no llega a existir en ningún momento de Los archivos del Pentágono.
Es por ello que esta última película de Spielberg es una gran obra, emotiva y muy intensa, pero que no llega a aportar nada suficientemente destacable como para mantenerla en la memoria tras su visionado. Sí, refleja una época y acusa a aquel que abusa de su poder, pero todo suena a ya visto y sabido y más allá de la corrección visual y narrativa se diría que uno espera mucho más de Spielberg, al que el instinto parece haberle caducado (¿o quizá sea simple acomodamiento?).
En un par de meses llega el Spielberg fantástico con Ready Player One. Será la prueba definitiva de si este otrora gran director sigue en la cresta de la ola o debemos aceptarlo como un correcto artesano, pero poco más.

Valoración: Siete sobre diez.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

FLORENCE FOSTER JENKINS: horrible cantante, magnífica película.

Florence Foster fue una excéntrica aristócrata que se empeñó en ser cantante pese a la oposición de su padre (que llegaría a desheredarla) y a la total falta de talento que estaba para la música. Su historia inspiró la película Margarite, trasladando la acción al París de los años 20, pero ha sido Stephen Frears, buen amigo de los biopics elegantes y suntuosos, quien explicara la verdadera historia de esta mujer que, pese a tenerlo todo en contra, consiguió el éxito y la fama que ella consideraba que merecía.
El principal valor de Florence Foster Jenkins estriba en saber contar una historia tan esperpéntica y surrealista, pero a la vez trágica y triste, con un sentido del humor que respeta y dignifica en todo momento la figura de la ¿artista? Eso, junto a un insuperable trabajo de Meryl Streep hacen que Florence Foster Jenkins sea una de las películas imprescindibles del año, una pequeña joya tan divertida como amarga.
No voy ahora a descubrir lo gran actriz que es Meryl Streep, una mujer que triunfa en todos los desafíos que se propone, pero tras atreverse a cantar por primera vez en el musical Mamma mía! y repetirlo luego en Into the Woods, ahora acomete el más difícil todavía teniendo que esforzarse en cantar mal aposta. Y créanme si les digo lo difícil que puede ser hacer algo intencionadamente mal y que aun así no resulte desagradable.
Para contar la historia de Florence, Stephen Frears (que parece sertirse últimamente cómodo en historias de mujeres tras  La Reina, Chéri o Philomena) ha retratado un lujoso Nueva York de 1944 que parece por momentos salido de una película de Woody Allen y ha rodeado a la Streep con dos actores que podrían estar ante las mejores interpretaciones de sus carreras. Por un lado, Hugh Grant está genial en el papel de apoyo empresarial y emocional de Florence a la par que le oculta una vida paralela que comparte con Rebecca Ferguson (vista en la última Misión Imposible), mientras que Simon Elberg, mundialmente famoso por ser Howard en la exitosa serie The Big Bang Theory, hace un trabajo sorprendente bastante alejado a lo que nos tenía acostumbrados.
Florence Foster Jenkins es la historia de una mujer que creía tanto en sí misma que logró sobresalir sin tener cualidades para ello, pero sirve también como reflexión hacia la hipocresía de ciertos sectores, crítica del amiguismo entre las altas esferas capaces de “tragarse” cualquier cosa por el simple postureo y denuncia a la corrupción latente en muchos medios de opinión que realizan sus crónicas según sople el viento que más les favorezca.
Florence Foster Jenkins reúne todo esto y consigue ser un coctel de sensaciones, emotiva, conmovedora y, por momentos, desternillante.

Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 21 de diciembre de 2015

SUFRAGISTAS (5d10)

Sufragistas cuentan un episodio de nuestra historia relativamente actual que no ha sido muy frecuentado en el cine: la lucha de la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino (NUWSS) por defender los derechos de las mujeres en la Gran Bretaña de principios del siglo XX, siendo el derecho al voto una de sus principales reivindicaciones. Solo por ello, la historia ya merece un cierto interés.
Fue Emmeline Pankhurst una de las principales cabezas visibles de las Sufragistas, principalmente como fuente inspiradora de las mujeres de clase obrera que se rebelaron contra la sociedad mediante actos cada vez más agresivos, aunque en la película, interpretada por Meryl Streep, apenas aparece en escena unos pocos minutos (y empiezo a cansarme ya de esas aportaciones de la Streep convertidas en simples cameos que el cartel promocional convierte en protagonista). Otra mujer clave en la resolución final (no creo que nadie me acuse de hacer un spoiler si digo que actualmente las mujeres pueden votar en Gran Bretaña) fue Emily Wilding Davison, a la que da vida Natalie Press, un personaje de gran relevancia en el tercer acto de la misma pero que permanecía como aparente secundario en gran parte del metraje. Y es que la directora Sarah Gavron y la guionista Abi Morgan han preferido inventarse a unos personajes (principalmente Maud Watts y Edith Ellyn, que si bien están ligeramente inspirados en personajes auténticos no son más que dramatizaciones imaginadas) para dar forma de drama a uno de los muchos grupos de lucha en favor a la igualdad que se produjeron en esa época. Y ese es el principal error de la película.
Con una narración anodina y carente de ritmo, con más semejanzas al melodrama televisivo que a la historia de pasión y superación cinematográfica a la que aspira, Sufragistas es un relato terriblemente plano, incapaz de emocionar pese a  que tiene multitud de secuencias que invitan a ello ni donde sus dos protagonistas femeninas (Carey Mulligan y Helena  Bonham Carter) consiguen transmitir lo necesario para creer en su lucha ni ideales.
Al menos el gran Brendan Gleeson (cuyo hijo está arrasando en taquilla –también como secundario, eso sí- con Star Wars, película que va a hacer que esta Sufragistas caigan en el olvido en cuestión de días) cumple con sus silencios cargados de significado y miradas turbadoras, mientras que cierra el casting un  Ben Whishaw que por más que desde El perfume no ha logrado un papel de relevancia por lo menos es capaz de colarse en todo tipo de producción, consiguiendo en la actualidad (gracias a Spectre y En el corazón del mar) tener tres películas en cartel.
Por cierto, y solo a modo anecdótico: el título original es Suffragette, ya que en la historia de la lucha por los derechos de la mujer hubo dos grupos ligeramente diferenciados por su manera de enfocar las cosas: las sufragistas, bastante más moderadas,  y las sufragetes, claramente contundentes y bastante más activas. Está claro que quien tradujo el título al español no conocía este dato.
Por consiguiente, película decepcionante y muy aburrida, para nada a la altura de la importancia de lo que relata, que probablemente no merecería siquiera el aprobado de no ser por la necesidad de conocer la realidad de esas mujeres consideradas inferiores a los hombres y el primer paso que dieron hacia la igualdad, por más que sea una realidad maquillada.

lunes, 23 de noviembre de 2015

DEUDA DE HONOR (7d10)

Deuda de honor es la nueva película de Tommy Lee Jones como director basándose en la novela The homesman de Glendon Swarthout.
A diferencia de los westerns clásicos de cielos azules y héroes impolutos, Jones nos retrata un oeste americano sucio, despreciable y lleno de tipos oscuros de difícil caladura moral. Sólo la protagonista de la historia, Mary Bee Cuddy (interpretada por una magnífica Hilary Swank), parece una mujer transparente y de fuertes convicciones. Demasiado, quizás, para el mundo que la rodea, que la mantiene aislada de sus vecinos como si de un bicho raro (y feo) se tratase.
La trama arranca cuando Mary se ofrece voluntaria para transportar en un carruaje a tres mujeres del pueblo que han enloquecido por diversos motivos (incómodos y desasosegantes flashbacks que nos anuncian de buen principio la dureza de la dirección de Jones) hasta una lejana ciudad donde puedan hacerse cargo de ellas sin más ayuda que la de George Briggs, un maleante despreciable y poco de fiar (Tommy Lee Jones) al que salva la vida de ser ahorcado por ladrón.
Siguiendo muchas de las convicciones del género (hay grandes desiertos, indios y vaqueros, tiroteos y persecuciones a caballo), Deuda de honor es en realidad un drama existencial, una historia de redención donde la verdadera fuerza reside en la confrontación entre las personalidades de Mary y George cuya moralidad y personalidad definirán el devenir de la película. Pese a los mencionados flashbacks, la historia se sigue de una manera muy lineal, muy convencional, casi hasta rutinaria, lo cual nos deja totalmente desamparados para el duro golpe que pervierte la esencia de los personajes y transforma la historia de forma para la que no estábamos preparados.
Con interesantes secundarios como William Fichtner o John Lithgow y el extraordinario y complicado trabajo del trío de dementes (Miranda Otto, Sonja Richter y Grace Gummer, hija de Meryl Streep que se reserva además una breve aparición), que logran transmitir sus miserias sin caer en el esperpento, Tommy Lee Jones logra concebir una cruel historia sobre la condición humana, usando la suciedad y la decadencia de muchos personajes para dar forma a la amistad, la lealtad y la responsabilidad, convirtiendo así su obra en un mensaje de (amarga) esperanza.

domingo, 13 de septiembre de 2015

RICKI (5d10)

Tras cuatro películas y media españolas y una coproducción franco-china ya iba siendo hora de poder recurrir a un título cien por cien americano.  ¿Y qué puede haber más americano que una mujer de Chicago capaz de dejar atrás a su familia en pos de perseguir su sueño de ser estrella de rock y que termina cantando en un bar cutre en la costa californiana?
Ese es el arranque de Ricki, película hecha a mayor gloria de Meryl Streep que tras sorprender a todo el mundo con Mamma mia! y repetir  en Into the Woods, parece haberle cogido el gustillo a esto de cantar y se mete en la piel de una cantante bastante pasada de vueltas que, tras años de abandono, se reencuentra con su antigua prole (había tenido tiempo de tener tres hijos antes de decidir que su camino iba hacia otro lado) tras la dura ruptura matrimonial de la niña de la familia y la inminente boda de uno de los hijos (para redondear el circulo, el tercero ha salido gay, ¿cómo no?).
Jonathan Demme, aquel realizador que tras El silencio de los corderos y Philadelphia parecía que iba a comerse el mundo y que se diluyó entre la mediocridad y la televisión (lo único destacado desde aquella lejana época ha sido El mensajero del miedo, del 2004, donde ya contaba con la labor siempre efectiva de la Streep), se hace cargo de una película demasiado repleta de tópicos donde solo la buena labor interpretativa permite que se destaque en algo, con Kevin Kline interpretando al marido abandonado, Mamie Gummer (hija en la vida real de Meryl Streep y hermana de Grace, nombrada hace apenas un par de entradas por Aprendiendo a conducir), Sebastian Stan (El Soldado de Invierno de Marvel) y Nick Westrade como los sufridos hijos y Rick Springfield dando el cante en el buen sentido ela palabra (tiene un Grammy en sus estanterías).
Cuando la Ricki del título agarra su guitarra y se sube al escenario acompañada por The Flash, la película invita a pensar que vamos a emprender un viaje por el lado oscuro del rock, una epopeya sobre los sueños que terminan convertidos en fracasados cincuentones aferrados a unas esperanzas ya difuminadas y condenados a terminar sus días en un escenario indigno por un salario más indigno aún (la protagonista se gana la vida, en realidad, como cajera de supermercado). Sin embargo, todo se va al traste cuento la cosa deriva en un melodrama simplón y sin alma, un folletín culebronesco demasiado mascado con personajes apenas dibujados y sin que el director sepa implantar suficiente emoción y haciendo que uno se pregunte qué tendrá esta Diablo Cody para que le sigan comprando guiones cuando la revelación que le supuso Juno ha quedado ya tan lejos.
La única decisión inteligente de la película es la de abusar de Streep para que cope casi todos los planos, logrando gracias a su indudable talento mantener a flote una historia que deambula sin rumbo fijo hacia un único destino posible: el regreso de un rock mucho más light de lo que el aspecto de la protagonista augura pero rock al fin y al cabo.

domingo, 25 de enero de 2015

INTO THE WOODS (6d10)

Después de Chicago y Nine, Rob Marshall parece querer especializarse definitivamente en la adaptación al cine de exitosos musicales de Broadway, y este Into de Woods, con música y letra de Stephen Sondheim es la última prueba de ellos.
Sin embargo, hay una notable diferencia entre sus dos trabajos anteriores y este y es que mientras que en aquellos los números musicales tenían un intencionado toque de teatralidad, perteneciendo las canciones a momentos imaginarios o de marcado toque surrealista, aquí deben integrarse perfectamente en la narración, huyendo de vistosas coreografías e iluminaciones escénicas diferentes a las del resto del film, y aquí es donde Marshall muestra sus mayores carencias como director, consiguiendo que el ritmo narrativo se resienta por culpa de la incorporación de canciones que lastran la historia y que están repartidas de manera desigual, de forma que en algunos momentos climáticos casi hasta desaparezcan de la ecuación.
Además, una vez más nos encontramos con un buen ejemplo de lo complejo que es a veces realizar una adaptación cinematográfica de algo creado para cualquier otro medio (ya sea la novela, el comic o, como en este caso, el teatro) ya que los tempos cinematográficos tienen unas normas propias que no pueden obviarse a la ligera. Así, mientras en Broadway funcionaba correctamente la división de la historia en dos partes bien diferenciadas, con un intermedio por en medio que facilita incluso el cambio de estilo entre ambas, en cine se hace extraño que haya un clímax a todas luces definitivo a mitad del film para, a continuación, presentarnos una segunda mitad del metraje con un estilo muy diferente a los visto hasta ahora.
Into the Woods es una amalgama de los principales cuentos clásicos infantiles, tales como Caperucita Roja, Cenicienta, Jack y las habichuelas mágicas y, en menor medida, Rapunzel, aunque toma prestados elementos de otras historias. Un frondoso bosque es el nexo de unión entre todos ellos, con una pareja de panaderos que para poder tener hijos reciben el encargo de una bruja de conseguirle varios objetos de gran valor para ella como excusa argumental.
Una vez más debo reseñar las diferencias entre cine y teatro, pues mientras allí están sujetos a la dictadura del decorado aquí pueden permitirse regodearse en todos los escenarios posibles. Por ello resulta extraña la imposición de tener que conocer de antemano las historias originales (por mucho que se dé por hecho que todo el mundo las conoce) ya que el guion de James Lapine (demasiado empeñado en mantenerse milimétricamente fiel a su propio libreto escénico) y que provoca que la mayoría de las aventuras de los protagonistas sucedan fuera de plano, resultando forzado ver por tres veces a Cenicienta huir del Castillo del príncipe cuando no nos muestran en ningún momento el interior de la fiesta, la historia de Rapunzel no solo es contada con una leve pincelada sino que además ni siquiera se resuelve satisfactoriamente y la gran amenaza de los gigantes que alcanzan el reino no lo es tanto cuando no se nos permite ver a Jack en el mundo que hay a lo alto de la planta de habichuelas. ¿Acaso algún directivo de la Disney imaginó este Into the Woods como una versión de cuento de Los Vengadores, siendo recomendable para digerirla mejor haber visto antes la versión animada de Rapunzel, el Jack, el caza gigantes de Bryan Singer, y la inminente La Cenicienta de Kenneth Brannagh (para Caperucita casi me da miedo tener que quedarme con la versión de Catherine Hardwicke, ya que la magnífica obra de Neil Jordan se aleja demasiado al clasicismo del resto)?
No es la dirección de Marshall tan excesivamente teatral como lo fue Tom Hooper con Los Miserables, aunque se le acerca bastante, y su arranque tan disperso no nos prepara para el cambio de estilo que se avecina, pasando de un edulcorado musical al más puro estilo Disney (aunque afortunadamente se mantiene la mala leche y el humor negro de alguna de las canciones) a una historia oscura y dramática que hace pensar que la película habría resultado mucho más interesante de haber apostado desde el principio por esa línea tan macarra y turbia que la hace crecer como película aunque se intuye que algo pueda haberse suavizado al estar tras ella la productora de las orejas.
Al final, el resultado termina entreteniendo, consiguiendo incluso momentos muy divertidos (me quedo con la canción en la que se analiza quién tiene la culpa de todo lo sucedido) y un reparto bastante lujoso donde (vaya usted a saber por qué) se ha resaltado a una multinominada para todo (como siempre) Meryl Streep que aun haciéndolo bien me parece casi una imitación gestual y de miradas al excentricismo de Johnny Deep, mientras que el publicitado Deep hace apenas un papelito de esos de “pasaba por ahí”.
Debo terminar recomendándola, pues sentí en el cine como iba de menos a más y una vez aceptada la división de dos almas diferentes en el argumento pasé un rato francamente agradable, pero hay demasiadas objeciones para poder aplaudirla como me gustaría, advirtiendo también que quien más desconcertado se pueda sentir en la sala es un público potencialmente infantil que se van a encontrar con una historia final con mucho drama, muertes, infidelidades, abandonos familiares, asesinatos y secretos no desvelados que en ningún momento buscan una moraleja educativa, sino un análisis supuestamente corrosivo y cruel (aunque se queda algo corto) de la sociedad.
Me temo que, al final, los árboles no nos permiten ver el bosque. No tan bien como deberíamos, al menos.

sábado, 18 de enero de 2014

AGOSTO (6d10)

Basada en la obra de teatro del mismo nombre de Tracy Letts, Agosto cuenta la historia de una familia media compuesta por un matrimonio, sus tres hijas y la hermana de la matriarca, que se reúnen en casa de los padres en un exageradamente cálido mes de agosto tras la desaparición del cabeza de familia. Todos juntos de nuevo alrededor de la mesa, viejas trencillas y oscuros secretos saldrán de nuevo a flote amenazando con destruir los cimientos de esta familia y aquellos que se han atrevido a acercarse a ellas.
Vaya por delante que, pese a que las situaciones pueden hacernos sonreír en más de una ocasión, no es para nada una comedia, por más que los miembros de la Academia la hayan encajado en los Globos de Oro en la categoría de Comedia o Musical. Es una historia dura, amarga y autodestructiva que estremece al espectador y hace sufrir con la capacidad que sus intérpretes (sobre todo las femeninas) tienen para transmitir su angustia.
Con un reparto sencillamente inmejorable del que hablaré a continuación la película contiene dos errores de bulto: contar con el propio Letts como guionista, demostrándonos una vez más qué cierto es el dicho de “zapatero a tus zapatos” (¿alguien recuerda alguna ocasión en que un buen escritor haya mejorado su historia por adaptar él mismo el guion en lugar de confiárselo a un profesional del cine?) y tener a un director como John Wells, que pese a las buenas sensaciones que dejó con The company men demuestra no estar a la altura, pretendiendo (y fracasando) dejar su huella y tratando de evitar que la película se vea simplemente como una obra de teatro en cine, algo bastante frecuente en las adaptaciones. Sin embargo, para ello no basta con interponer de vez en cuando bonitos paisajes y espectaculares puestas de sol. Su filmación entorpece la narración cuando lo más sencillo es dejar interpretar libremente a sus actores y ceñirse a saber sacar brillo de los diálogos, verdadero motor de la historia.
Con un inicio algo titubeante (que hace presagiar que estamos ante la típica película “solo para mujeres”), la historia va in crescendo a medida que diversos y variopintos personajes entran en escena (nunca mejor dicho) y los trapos sucios comienzan a airearse. Es entonces cuando comprobamos que estamos, sobretodo, ante una película de conversaciones, donde los diálogos, como señalé antes, toman el protagonismo demostrando que esta familia con demasiadas heridas aún sin cicatrizar, puede herir más con las palabras que con cuchillos.
Con una duración correcta que quizá maltrate la historia original (dos horas contra las casi cuatro que dura en los escenarios, aunque parece ser que corre por ahí una versión extendida de la película que espero descubramos en su futura edición en DVD), la película termina por contagiarnos las emoción y drama sin necesidad de grandes alardes técnicos, dejándolo todo en manos de sus protagonistas. Y a ellos vamos:
Meryl Streep interpreta a Violet Weston, una histérica mujer con problemas de salud y adicta a las pastillas, en un trabajo correcto pero algo exagerado (he oído decir por ahí que parece salida de Las brujas de Zagarramurdi), mientras que el veterano Sam Shepard interpreta a su sufrido (y algo dado a la bebida) marido Beverly. Barbara es la primera hija que escapó de la prisión que le suponía esa familia, aunque su matrimonio con Bill (Ewan McGregor) que le ha dado una hija rebelde y caprichosa (Abigail Breslin) no es todo lo feliz que pretende aparentar. Julia Roberts le pone rostro y carácter, ofreciendo un duelo interpretativo entre dos grandes de Hollywood que podría repetirse en la próxima gala de los Oscars. Otra de las hijas, Karen, está interpretada por Juliette Lewis, una desvergonzada que huyó del nido para saltar de hombre en hombre hasta encontrar al adecuado para sentar la cabeza, Steve (Delmot Mulroney). La última hija es Ivy, quien no ha tenido más remedio (o quizá se trata simplemente de cobardía) que quedarse cerca de casa y encargarse de cuidar a su problemática madre. Julianne Nicholson, la más desconocida del reparto, es todo un descubrimiento y es ella, y no la Streep ni la Roberts, quien realmente merece todas las alabanzas.
Completan esta curiosa familia los tíos: Mattie (Margo Martindale) y Charlie (Chris Cooper), ella una (aparentemente) feliz y risueña mujer rechoncha y él el único con los pies en el suelo en ese manicomio de reproches y ofensas (Cooper es, junto a Nicholson, la otra gran perla del film). Ambos tienen un hijo, Little Charles (Benedict Cumberbatch), a quien su propia madre desprecia por ser un poco lelo, ignorante de que este está enamorado de Ivy. Y por cierto, si piensan que el gran problema de este amor es que son primos, están muy equivocados.
Finalmente, Misty Upham interpreta a Johnna, una sirvienta contratada por Beberly al arranque del film y que sirve de identificación con el espectador, siendo ella misma espectadora de lujo en ese terrible mes de agosto.
No será una obra de arte, desde luego, pero terminan tocando el corazón y ayuda a meditar sobre los propios problemas que podamos tener cada uno en nuestra vida personal.
Al final, va a resultar que nuestra familia no es tan mala, ¿no?