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lunes, 4 de junio de 2018

CALL ME BY YOUR NAME

Call me by your name es como una pieza de relojería. Pese a hablar sobre algo tan aleatorio e impredecible con el amor, nada en la película está dejado al azar. Tanto el trabajo del director, Luca Guadagnino, como del guionista, James Ivory, cuidan hasta el más mínimo detalle para componer un retrato preciosista y de calado alrededor de la relación entre un adolescente italiano y el apuesto americano que pasa un verano hospedado con su familia en una casa de campo al norte del país.
La relación entre ambos, obviamente, será el punto central de la trama, pero más allá del aspecto sentimental de la misma, hay un sinfín de elementos secundarios como la introspección en el componente alumno-profesor, el desarrollo de las relaciones paralelas (ese grupo de amigas que constantemente orbitan alrededor de ambos), el descubrimiento de sentimientos desconocidos... Todo ello sazonado con unos paisajes rurales tan encantadores como reconocibles, que forman parte de una estampa italiana pero bien podrían hermanarse con un ambiente rural patrio como el que se veía, por ejemplo, en Estiu 1993, con el calor del verano, el enrarecido ambiente político y el aroma a cultura que la familia del protagonista desprende como imprescindibles elementos decorativos.
Mucho se ha hablado del elemento homosexual de la película, tanto a favor como en contra, pero ello no es más que una excusa, un vehículo con el que Ivory se siente más cómodo para hablar sobre el despertar sexual, la edad del descubrimiento y el deseo, el desconcierto y la pasión, la diferencia de edad entre los dos personajes y, sí, definitivamente, el amor de verano, ese amor que por definición tiene fecha de caducidad pero que, de alguna manera, queda gravado en nuestros corazones para toda la vida.
Con todos estos elementos Guadagnino compone una película intensa, de las que se cocinan a fuego lento y permiten encariñarse de los protagonistas (excelente Timothée Chalamet, muy correcto Armie Hammer) casi sin que uno se dé cuenta, donde no molesta demasiado el exceso de metraje y que, pese a que en apariencia pudiera parecer que no está pasando nada importante en pantalla, uno no se cansa de ver las historias de los personajes, casi como si el propio espectador fuese partícipe de ellas, algo que ya sucedía con uno de sus anteriores trabajos, la también estimulante (aunque menos laureada) Cegados por el sol (a mi entender más redonda que esta).
Algo chirría, sin embargo, en Call me by your name (título original que ridículamente no ha sido traducido en España pese a que la frase “llámame por mi nombre” aparece en uno de los diálogos y es, además, crucial para el devenir de la historia), quizá por ese empeño en que todo sea tan milimétricamente calculado, sin dejar nada a la improvisación, que a la postre dotan a la película de un cierto aroma a artificial, casi rozando la pedantearía. Secuencias tan hermosas como la de los protagonistas hablando alrededor de una fuente en el pueblo se alternan con otras que parecen puro postureo que pueden provocar la desconexión parcial, mientras que el exceso de atención que ambos reciben deja un poco en tinieblas al resto de personajes. Cierto es que la película no va más que sobre ellos dos, pero los elementos que se ofrecen de los padres del chico, por ejemplo, son suficientemente reveladores como para que uno quiera conocer un poco más sobre el trabajo al que se dedica, mera excusa para incorporar al film un elemento de tintes cultural que funciona también como contraste entre la evidente clase social más bien alta de la familia y las ideas progresistas y culturales. Y es que ese es otro de los detalles definitorios del film, la gran cantidad de contrastes que se ocultan en su interior, sirva como ejemplo el gusto musical del protagonista, capaz de vestir camisetas de Talking Heads y a la vez aspirar a componer música clásica.
En fin, una interesante película, recuperada en cines mucho tiempo después de su estreno original, a la que quizá le pese el hype producido por las nominaciones que tuvo a los Oscar, pero que me alegro de haber podido ver al fin y que, sin ser todo lo redonda que uno podría esperar, es una interesante y sensible reflexión sobre el primer amor, el descubrimiento de la propia sexualidad y, en resumen, la dificultad de llegar a conocerse a uno mismo.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 19 de febrero de 2018

LA FORMA DEL AGUA

Nadie puede poner en duda que Guillermo del Toro es un genio. Un genio incomprendido, algunas veces, y un genio incomprensible otras. De su mente ha salido todo un imaginario espectral que por sí solo valdría ya para una saga de películas de terror dignas de los cásicos de la universal (a los que tanto venera) y era, hasta la fecha, más aplaudido en Europa que en los Estados Unidos. No en vano sus dos mejores trabajos hasta la fecha eran españoles: El espinazo del Diablo y El laberinto del Fauno.
Puede que la culpa de ello se deba a una cierta tendencia a los convencionalismos que el realizador mejicano sufría al trabajar en el mercado yanqui. Así ni Blade II llegaba a reflejar sus señas de identidad ni Hellboy huía lo suficiente de los tópicos del cine de superhéroes, siendo ya demasiado tarde cuando quiso desbordar toda su locura visual en su secuela. Y de Pacific Rim, para mi su peor película, mejor ni hablar.
Quizá lo más cerca a los cuentos de terror góticos que tanto le gustas fuese La cumbre escarlata, pese a que no legó a triunfar en taquilla como se merecía, por lo que me sorprende (y alegra a la vez) que La forma del agua, su siguiente trabajo, en lugar de suponer un regreso con el rabo entre las piernas a los gustos del Hollywood medio, haya sido una de sus películas más arriesgadas y extrañas.
Sobre el papel, estamos ante una nueva versión del clásico de La Bella y la Bestia, convertida la bestia de turno en un primo cercano de la criatura de la laguna negra (La mujer y el monstruo) y la Bella en una mujer algo entrada en años, solitaria y muda.
Con estos dos elementos, decorados por una época (la Guerra Fría) que confiere a la historia de amor con tintes de terror un cierto aire de thriller, Del Toro se las apaña para componer una película deliciosa, una historia arrebatadora cargada de pasión y de la que se pueden sacar múltiples lecturas.
Es una historia de amor, eso está claro. Pero al amor sin límites, al amor a lo diferente, ya sea esa diferencia una mujer con una deficiencia, un homosexual o un monstruo marino. Es, por descontado, una oda a la igualdad (algún apunte racial hay de regalo), a lo absurdo de la discriminación y del abuso del poder y a la soledad que puede provocar la dificultad para comunicarse. Y es, sobre todo, una lección de cine que, en el fondo, se rinde pleitesía a sí mismo, con esos bailes sentados en el sofá de Sally Hawkins y Richard Jenkins o el momento de ensoñación musical.
Otro de los grandes méritos de Del Toro es que, a diferencia de esa aura de magia romántica que tenía la historia de amor fantasmal de La cumbre escarlata, en La forma del agua impere un tono de realismo que hace que se evite el ridículo al que se podría condenar este improbable romance. 
Tanto la forma en la que se nos explica el personaje de Sally Hawkins y su progresiva fascinación hacia la criatura como la magistral interpretación de la actriz permiten que nos creamos a pies juntillas esta historia tan excesiva y grotesca en manos de cualquier otro realizador. Para ello, además, Del Toro ha contado con una libertad total, dejándose de concesiones absurdas, que le han permitido hacer una pieza extremadamente sangrienta y cruel y con momentos de explícita sexualidad que resultan poco recomendables para la mojigatería americana de cara al público infantil pero absolutamente imprescindibles para profundizar en la personalidad de ciertos personajes.
Del Toro ha sabido rodearse, además, de un excelente plantel de actores. Michael Shannon (que los que me seguís desde hace tiempo sabréis que no es precisamente santo de mi devoción) está sensacional, lo mismo que Richard Jenkins, Y sobre Michael Stuhlbarg baste indicar que está presente, aunque sea como secundario, en tres de los films nominados este año como Mejor Película (aparece también en Los archivos del Pentágono y Call Me by Your Name). Como curiosidad, Doug Jones, el actor que interpreta al ser marino, es un viejo conocido de Del Toro (ha sido Abe Sapien en Hellboy y su secuela, el Fauno de El laberinto del Fauno y aparecía también en La Cumbre Escarlata y la serie The Strain).
Sin embargo, es Shally Hawkins quien se come completamente la pantalla en cada plano que aparece y solo ella, la magnífica dirección de Del Toro (este año conseguirá al fin el merecido reconocimiento en Hollywood) y la brillante banda sonora de Alexandre Desplat (tres elementos claves que, estoy convencido, serán tres Oscars fijos, aunque a ella Frances McDormand y sus Tres anuncios en las afueras no se lo van a poner nada fácil) son ya motivo suficiente para disfrutar una y otra vez de un film en el que “el gordo” (como le llaman sus amigos) se ha dejado el alma y ha vaciado el tintero con todo su amor por el cine y el terror.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 21 de enero de 2018

LOS ARCHIVOS DEL PENTÁGONO

Hace ya bastante tiempo que Spielberg perdió su tirón comercial. Pese a haber sido capaz en los últimos tiempos de grandes películas como El puente de los espías, han sido más sus meteduras de pata, tanto en el terreno “serio” como eran War Horse o Lincoln como en el campo de lo fantástico, con Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio o Mi amigo el gigante.
Este año, el antaño Rey Midas de Hollywood va a probar suerte en ambos géneros, siendo Los archivos del Pentágono la primera en llegar.
Inspirada en los hechos reales acontecidos a principios de los años 70 con el descubrimiento por parte del New York Times de un informe encargado por el propio gobierno de los Estados Unidos según el cual la guerra de Vietnam estaba condenada desde el principio, revelando las mentiras que contaron indiscriminadamente varios presidentes hasta llegar al Nixon actual, Spielberg constituye una película brillante y muy honesta sobre el ejercicio periodístico y la búsqueda de la verdad, sin importar el precio a pagar por ello.
Con el New York times momentáneamente fuera de juego es turno del Washington Post, en una difícil situación por la muerte de su dueño y las dudas sobre la capacidad de su viuda (¡¡una mujer!!) de mantenerse al frente del mismo, quien debe decidir si seguir con las revelaciones o agachar la cabeza ante el gabinete de Nixon.
Poco importa lo que suceda con la noticia. No solo por ser un caso real de sobras conocido, aunque el desarrollo de la trama tampoco deja mucho hueco para las sorpresas. Hay alguna subtrama, como la del futuro en bolsa del diario de la capital, que tampoco termina por resultar demasiado relevante. Lo que en el fondo pretende Spielberg es ofrecer un tributo al ejercicio periodístico, una profesión demasiado en tela de juicio últimamente, y aprovecha la coyuntura actual del gobierno de Trump para realizar una interesante metáfora entre el pasado y el presente que demuestra lo poco que cambian las cosas. Incluso el mensaje feminista que oculta tras el personaje al que da vida Meryl Streep podría pertenecer a un contexto actual, más con el movimiento contra los abusos sexuales y de poder que se están propagando por todo Hollywood.
En ese sentido, Spielberg apuesta sobre seguro y confía en actores del talento de la Streep y Tom Hanks para dar vida a los protagonistas, aunque el listado de secundarios no es nada baladí, con gente como Bradley Whitford, Bob Odenkirk, Bruce Greenwood, Michael Stuhlbarg o la cada vez más destacable Allison Brie. Sin embargo, esa apuesta segura en el reparto, junto a la visión tan clasisista de su realización, restan sensación de riesgo a una película que, aún siendo muy buena no alcanza la categoría de brillante. Es, posiblemente, la película donde se ve menos la mano del director, mientas que el noble tributo que se ofrece a la profesión de prensa se ve empañado por la sencillez de la historia. Hay muchas referencias (y la escena final así lo demuestra) a Todos los hombres del presidente, aunque no hay aquí la intriga de aquel estimulante thriller político, mientras que pierde también en la comparativa de otra película de similares intenciones como fue la reciente Spotlight, la cual no solo recordaba como era la época en la que el periodismo luchaba por defender la verdad por encima de todo sino que invitaba, además,al debate con respecto al tema a tratar, debate que no llega a existir en ningún momento de Los archivos del Pentágono.
Es por ello que esta última película de Spielberg es una gran obra, emotiva y muy intensa, pero que no llega a aportar nada suficientemente destacable como para mantenerla en la memoria tras su visionado. Sí, refleja una época y acusa a aquel que abusa de su poder, pero todo suena a ya visto y sabido y más allá de la corrección visual y narrativa se diría que uno espera mucho más de Spielberg, al que el instinto parece haberle caducado (¿o quizá sea simple acomodamiento?).
En un par de meses llega el Spielberg fantástico con Ready Player One. Será la prueba definitiva de si este otrora gran director sigue en la cresta de la ola o debemos aceptarlo como un correcto artesano, pero poco más.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 30 de octubre de 2016

DOCTOR STRANGE: Magia en estado puro.

Es evidente que en los últimos años el cine de superhéroes ha cogido una importancia vital en el cine. Tanto, que los más agoreros llevan años hablando de una gran burbuja que tarde o temprano va a estallar. Pues bien, no será Doctor Strange quien la haga estallar.
En Marvel han encontrado la clave del éxito y no piensan abandonar el sendero. Por ello, Doctor Strange sigue a pies juntillas la marca de la casa: héroe con pies de barro, acción espectacular y chascarrillos varios. Sin embargo, también han conseguido desde La Casa de las Ideas que cada personaje tenga una identidad propia y sea único en su especie, y en ese sentido Doctor Stranger tampoco decepciona.
TrasGuardianes de la Galaxia y Ant-Man, Doctor Strange es el nuevo icono que va a arrasar en taquilla pese a ser un personaje de los menos conocidos de Marvel, por más que haya pasado más de treinta años desde su creación y que en la última década haya pertenecido (en el comic) a Los Vengadores y a un grupo que ha revolucionado el mundo Marvel: los Illuminati.
Como en las películas anteriormente nombradas, Doctor Strange supone un paso más hacia el intento de agrandar el universo (los Universos) Marvel. Si en Guardianes de la Galaxia se expandía hacia el cosmos y en Ant-man se descubría el micro-verso, en Doctor Strange se habla por primera vez del multiverso y de las dimensiones paralelas, abriendo un enorme abanico de posibilidades a las futuras adaptaciones Marvel.
Ya de lleno en la fase tres, Doctor Strange supone, en cierta manera, un retorno a la Marvel más primigenia con una película origen de un personaje, Stephen Strange, que bien podría recordar al Tony Stark del primer Iron Man: egocéntrico, triunfador y egoísta que no cree en nada ni nadie más que en sí mismo hasta que el destino le da una mala mano y debe aprender a jugar con las cartas recibidas. Es entonces cuando deberá abrir su mente para poder conocerse a sí mismo y, de paso, conocer muchos secretos que desconocía y para los que no estaba siquiera preparado.
Doctor Strange es una película de superhéroes, desde luego, y por ello contiene peleas a cascoporro y espectacularidad sin límites, pero el trabajo de Scott Derrickson, director de películas oscuras como El exorcismo de Emily Rose, Sinister o Líbranos del mal, da una nueva orientación al personaje, enfrascándolo en mundos imposibles de imaginar que, aun recordando en parte a lo visto en Origen de Christopher Nolan sabe ir mucho más allá y no repetir el truco más de lo necesario, confeccionando una galería de colores y psicodelia deslumbrante.
Benedict Cumberbatch, al igual que lo hiciera en su momento Robert Downey Jr., sabe hacerse suyo el personaje, tomando algunos matices de la chulería de su Sherlock (o incluso de Khan) pero llevándolo al terreno Marvel, en una película divertida sin llegar a ser cómica que logra ser diferente a todo lo visto hasta ahora.
Curiosamente, la construcción del personaje se hace a ritmo lento y funciona de maravilla (imagino que algo así es lo que pretendían hacer en la horrible Cuatro Fantásticos), con un guion inteligente y unos personajes muy bien definidos y brillantemente interpretados (no creo que nadie se vaya a quejar, después del trabajo de Tilda Swinton, de que el Anciano sea ahora mujer). Es solo hacia el tramo final en el que se desborda la acción y el enfrentamiento entre los buenos y los malos debe producirse de manera inevitable, pero incluso entonces Doctor Strange consigue salir airosa de esa evolución del género para ofrecer un giro inesperado diferente a la destrucción gratuita y caótica que tanto se ha repetido desde el irrepetible (perdonen la redundancia) clímax final de Los Vengadores (a ver si aprendes, Zack Snyder) y ofrecer una alternativa final sorprendente e incluso rompedora.
Doctor Strange es una nueva visión del universo Marvel, apenas conectado a él en una frase aislada aunque de vital importancia, pero que formará indudablemente parte de un gran futuro tal y como se anuncia ya en una de las escenas postcréditos.
Marvel sigue creciendo y lo sigue haciendo maravillosamente bien. De momento, la fórmula no se agota. Y el mérito de hacer triunfar a los personajes “menores” (¿quién no está deseando la llegada de Black Panther?) no tiene precio.
Que siga la fiesta…

Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 2 de mayo de 2016

TRUMBO, la etapa más oscura de Hollywood.

Trumbo es, más allá de un fragmento en la vida del gran guionista  Dalton Trumbo, una crónica sobre la etapa más oscura del Hollywood dorado, ese en el que la Guerra Fría provocó una paranoia generalizada a todo lo que sonara mínimamente comunista y que produjo una feroz caza de brujas encabezada por el senador Joseph McCarthy.
Aparte de resaltar el increíble hecho de que en España hayamos tenido que esperar hasta finales de abril para ver una de las películas con nominaciones importantes al Oscar (enorme Bryan Cranston), Trumbo es una brillante recreación de cómo los denominados “los diez de Hollywood” quedaban señalados en una lista negra que les impedía trabajar o, en el peor de los casos, terminar encerrados en prisión. Fue una época de confusión y miedo, de amigos delatándose entre ellos y de desconfianza en el propio vecino, y la película sabe sacar buen partido de ello.
Podría decirse que la dirección de Jay Roach es muy plana y totalmente falta de personalidad, sin atreverse a arriesgar lo más mínimo en ningún momento, pero ello da pie, a cambio, a que el peso de la película caiga en su guion, del que hay que destacar algunos diálogos realmente brillantes, y, sobre todo, en su reparto. La nominación para Cranston es totalmente justificada, pero no se queda atrás la gloriosa (y aquí, además, odiosa) Hellen Mirren, obsesiva y pérfida o el siempre cumplidor John Goodman, que hace suya una de las escenas más divertidas del film.
Sobre la historia real se encuentra un relato sobre la amistad y la intolerancia, sobre la defensa de los derechos y del propio honor e incluso sobre la familia y el hogar. Un poquito de todo cabe alrededor del que escribiese (por más que tardaran años en reconocérselo) Vacaciones en Roma y que será eternamente recordado por el libreto, entre otras, de Espartaco.
Debo reconocer que soy público fácil para este tipo de films, ya que me encanta todo lo que rodea al Hollywood clásico (hasta soy de los que aplaudió ¡Ave, César!), y tener la oportunidad de ver aquí representados a personajes como Edward G. Robinson, John Wayne, Otto Preminger o Kirk Douglas (involuntario héroe de la película) es toda una gozada.
Ha tardado en llegar, pero pese a sus carencias y defectos Trumbo es una delicia para los amantes del cine y un interesante documento para los amantes de la historia, aparte de un brillante entretenimiento.

Valoración: Siete de diez.

domingo, 3 de enero de 2016

STEVE JOBS: Entre la ambición y la obsesión.

Resulta difícil entrar a valorar una película basada en la historia de un personaje real cuando el personaje le importa a uno más bien poco. Y más si tenemos en cuenta que hace apenas un par de años ya se estrenó una película basada en el mismo personaje y con un estilo relativamente similar (al menos en cuanto a lo de incluir datos de ficción para adornar la película y usar el truco de arrancar en la presentación de un producto de la compañía).
Es Steve Jobs una película, en apariencia, mucho más lujosa que aquella Jobspor la que el protagonista Ashton Kutcher ganó el Razzie como peor actor del año. No en vano tiene en sus filas a un director oscarizado como Danny Boyle, a dos protagonistas acostumbrados también a recibir premios y criticas elogiosas como son Michael Fassbender y Kate Winslet y a un guionista, Aaron Sorkin, considerado el número uno en su campo. Sin embargo, siendo Steve Jobs muy superior a  Jobs termina cayendo en el mismo error: la austeridad narrativa.
Encuentro muy loable huir del clásico biopic que detalla paso a paso las andanzas de un personaje y limitar los escenarios de la película a tres presentaciones en tres momentos muy diferentes de la vida del empresario, pero sin con Steve Jobs uno no terminaba de entender qué era lo que había hecho grande a este hombre, en Jobs se entiende aún menos. Casi parece como si en lugar de ser un distanciamiento al biopic que dirigió Joshua Michael Stern fuese una secuela, siendo necesario haber visto la primera película para saber un poco de que va el trabajo de Steve Jobs en esta segunda.
O puede que el problema radique en que pese a coincidir ambas en el difícil (casi despreciable) carácter del gran ideólogo de Apple, se quieran acercar a su figura con una sumisión que hace que la película solo sea disfrutable para aquellos seguidores acérrimos de la empresa de la manzanita, como si se diese por hecho que todo el mundo conoce ya al Steve Jobs empresario y solo se quisiera ahondar en el Steve Jobs persona.
Aceptando ese trago (y yo soy el primero que me importa un pimiento los logros de Apple, la calidad del Mac o todo lo que los fanáticos de la marca quieran alabar), lo cierto es que Steve Jobs permite al menos disfrutar de unas interpretaciones intensas, con un gran Fassbender dotado (como no podía ser menos con Sorkin por ahí) de brillantes diálogos, al que se termina humanizando en el último tercio de película y por el que (sin que dejen de presentarlo como un déspota engreído) podamos llegar a sentir cierta simpatía.
Sin tener ni idea de lo cerca que esta película esté o no de la realidad de Jobs, y no pretendiendo en ningún momento elaborar una tesis sobre Apple, la película de Boyle consigue mantener el interés del público durante todo el metraje, terminando por convertirse sobre todo en un estudio sobre las relaciones personales. Al final, lo que importa aquí no son los avances informáticos ni los éxitos empresariales, sino ver como se resuelven (o no) los conflictos entre Jobs y sus antiguos colaboradores, entre Jobs y su mano derecha y, sobre todo, entre Jobs y su hija.
La austeridad mencionada al principio, que obliga a que la gran mayoría de la película transcurra en interiores (dotándola de un sentimiento de claustrofobia hasta llegar a la escena final, lo cual me hizo pensar también en el Birdman de González Iñárritu) no es excusa, sin embargo, para una cierta apatía que he notado en el trabajo del director, que no logra imprimir en ningún momento ninguna impronta personal, como si se tratase más de un trabajo de encargo.
Con todo, si alguien tan alejado de las virtudes de Apple ha sentido interés por la historia humana que esconde la película, algo han debido de hacer bien. O eso creo.

Puntuación: 7 sobre 10.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

BLUE JASMINE (8d10)

Aunque uno suele relacionar la palabra blue con el color azul, Blue Jasmine puede traducirse como Triste Jasmine. Y así es la nueva película de Woody Allen, triste.
Existe el debate sobre si Woody Allen ha vuelto o si nunca se había ido, pero lo cierto es que la ración anual del director neoyorquino recuerda mucho a sus piezas más clásicas, presentando una notable mejoría con respecto a sus trabajos de los últimos años, tales como Si la cosa funciona, Vicky Cristina Barcelona, Todo lo demás, Conocerás al hombre de tus sueños o A Roma con amor, todas ellas decepcionantes si tenemos en cuenta el historial de Allen. No es cuestión de resucitar a nadie ni devolverlo a los altares, pues es evidente que no estamos ante una película a la altura de Manhattan, Annie Hall o Maridos y mujeres, pero no nos engañemos, ese Allen nunca volverá lo mismo que nunca volverá el Coppola de El Padrino o el Spielberg de La lista de Schindler o los primeros Indiana Jones, y es que cuando un artista llega a lo más alto deja de competir contra otros directores, sino contra su propia y alargada sombra. Y esa lucha suele ser cruel.
Como cruel es esta película que si bien provoca en no pocas ocasiones la sonrisa lo cierto es que oculta un mensaje amargo, con uno de los personajes más maltratados por Allen en toda su filmografía, al que no concede un ápice de compasión.
Alternando presente y pasado con constantes flashbacks, Blue Jasmine explica por un lado como Jasmine viaja a San Francisco para rehacer su vida junto a su hermana adoptiva mientras por otro lado descubriremos cómo ha pasado de ser una dama de la alta sociedad neoyorquina a estar completamente arruinada por culpa de los negocios sucios de su marido.
Siempre se ha acusado a Allen de que a medida que su prestigio (y cuenta corriente) crecía lo hacía también la condición social de sus protagonistas, estando cómodo hablando de personajes con alma de bohemios pero residentes en lujosos lofts, habituales de galerías de arte y expertos en vinos y restaurantes caros. Ahora, sin embargo, afronta el descenso a los infiernos de Jasmine con un eficiente retrato de la clase obrera, mucho más terrenal que el ambiente donde se mueve el personaje de Alec Baldwin. Jasmine hace méritos para ser despreciada por todos los que la rodean, pero como un cachorro herido termina provocando compasión mientras la vida la obsequia constantemente de segundas oportunidades que ella sóla se encarga de dilapidar.
Allen no pretende hablar de la crisis económica actual (aunque cualquier español que se acerque a la película tendrá en mente en varios momentos a la infanta Cristina), sino de la crisis emocional de alguien que lo ha tenido todo sin esfuerzo alguno y no es capaz de aceptar la perdida y evolucionar. Y no es sólo dinero lo que Jasmine pierde...
No es una película redonda, pero sí muy correcta, aunque Allen parezca desde hace un tiempo demasiado cansado para arriesgar con la cámara.
Y luego está Cate Blanchett.
Enorme, inconmensurable, esta actriz de origen australiano es sin duda la gran dama del cine actual, hipnótica ya sea interpretando a una elfa, a una reina o a la mismísima Kathetine Hepburn y que aquí está sencillamente magistral, con una de las mejores interpretaciones que recuerdo en mucho tiempo y que responde con generosidad al regalo envenenado que le entrega Allen haciéndola dueña y señora de la película.
Blue Jasmine es una película de Woody Allen, pero merece ser recordada como una película de Cate Blanchett. Ella pone el alma en su interpretación. Y Hollywood se lo recompensará en los próximos Oscars.

La nominación, como mínimo, es obligada.