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sábado, 8 de junio de 2019

EL SÓTANO DE MA

Dentro del maltratado género de terror actual, caracterizado por producciones de bajísimos presupuestos con el propósito de recuperar fácilmente las in versiones, se puede diferenciar entre el cine más independiente o el amparado por grandes productoras (pura contradicción), siendo este último subgrupo el encabezado por las películas amparadas por James Wan o las producidas por Jason Blum (y en algún caso, como es la saga Insidius, ambos productores se entremezclas). En el caso de Wan, salvo las ocasiones en las que él mismo se ha puesto tras las cámaras, sus películas suelen ser una sucesión de tópicos y sustos tontos dentro del denominado Warrenverso, cansino hasta la muerte (viva el humor negro), mientras que en el caso de la Blumhouse sus películas se suelen caracterizar por dar mayor libertad creativa a sus autores, consiguiendo unos productos más frescos y originales, como los casos de Déjame salirFeliz día de tu muerte o incluso el Múltiple de Shyamalan.
Esta teoría, sin embargo, se rompe con El sótano de ma, un espanto de película se mire por donde se mire, con un guion ridículo hasta decir basta y donde solo sobresale una Octavia Spencer que no se sabe qué habrá podido encontrar de interesante en esta historia (también consta como productora) que para nada está a la altura de la protagonista de Figuras ocultas.
Hace un par de días, aprovechando la Fiesta del Cine, tuve oportunidad de ver una película mucho más minoritaria como La Viuda, que sin duda pasará desapercibida por la cartelera. Ya en mi opinión de la misma dije lo plana y tópica que me parecía, pero viendo ahora El sótano de ma, que hasta el (previsible) primer giro parte de la misma base: la relación nada saludable entre una mujer solitaria y unos jóvenes, la propuesta de Neil Jordan se me antoja casi una obra maestra.
No es solo ya que la intriga de El sótano de ma sea casi inexistente (una cosa es que el tráiler te revele todo el argumento, pero aquí es que el propio póster descubre la supuesta sorpresa final), sino que la película está mal contada, con un montaje aparatoso y un montón de detalles que quedan en el aire sin resolver. Y es que esta película no es, en realidad, una historia, sino más bien un concepto (bastante burdo, por cierto), que parece haber sido desarrollado de manera improvisada.
Suelo ser muy crítico con las películas del amigo Wan, como La monja o La llorona, porque me aburren soberanamente, aunque reconozco que vana un público objetivo que puede llegar a disfrutarlas con un nivel de conformismo bajo, pero en el caso de El sótano de ma el resultado me parece casi un insulto a la inteligencia del espectador.
Lo que me parece más in creíble es que detrás de todo esto esté Tate Taylor, que, aunque su último trabajo, La chica del tren, no fuese nada del oro mundo, si tiene un gran título en su haber: Criadas y señoras. Claro que, con aquel reparto, la película casi se podía hacer sola.

Valoración: Tres sobre diez.

domingo, 27 de enero de 2019

FAMILIA AL INSTANTE

Dentro del género de la comedia existe una ramificación que a mi me gusta llamar “comedia de llorar”, es decir, esas historias cargadas de chistes y gracietas pero que al final rocían al espectador con una empalagosa dosis de sentimentalidad que buscan conmover más que divertir abusando, generalmente, de un buenrollismo disfrazado de falsa realidad.
Familia al instante se inspira en historias reales para adentrarse en el mundo de las familias de acogida siguiendo las peripecias de un matrimonio que, dudosos sobre si deberían tener hijos propios debido a su edad, deciden acoger a un niño, terminando con un lote conformado por tres hermanos, para descubrir que el mundo de la paternidad no es el camino de rosas que ellos imaginaban.
Más allá de ser esta una comedia sobre la paternidad, hay un momento en que deriva hacia el debate entre el conflicto entre padres (solamente madre en este caso) biológicos y padres “postizos”, algo que podría recordar, por ejemplo, a la película española Marsella, aunque mientras aquella era un drama centrado en los diferentes puntos de vista entre las dos madres, invitando a la reflexión y el debate sobre quien debe tener la custodia de un hijo, aquí el tema es una simple excusa para apretar un poco el corazoncito de los espectadores y desembocar en un final que se adivina desde el primer minuto y que redunda en la condición de comedia ligera y muy blanca que es de lo que en realidad se trata.
Teniendo claro, pues, que no estamos ante una película de gran profundidad (a habidas cuentas el director es Sean Anders, responsable de títulos como Como acabar sin tu jefe 2 y Padres por desigual y su secuela), podemos conformarnos con una comedia simpática, bienintencionada y que funciona gracias a la potenciación de la vis cómica de Mark Wahlberg (la aportación del personaje de Rose Byrne me parece lo más flojo del film) y la simpatía que puedan llegar a despertar en el espectador los tres hermanos acogidos.
Es previsible, irreal y empalagosa, pero efectiva y cumplidora con sus aspiraciones, fiel a una fórmula casi matemática de hacer cine y que con ver el tráiler ya casi es suficiente para desgranar todo lo que hay en su fondo.


Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 19 de febrero de 2018

LA FORMA DEL AGUA

Nadie puede poner en duda que Guillermo del Toro es un genio. Un genio incomprendido, algunas veces, y un genio incomprensible otras. De su mente ha salido todo un imaginario espectral que por sí solo valdría ya para una saga de películas de terror dignas de los cásicos de la universal (a los que tanto venera) y era, hasta la fecha, más aplaudido en Europa que en los Estados Unidos. No en vano sus dos mejores trabajos hasta la fecha eran españoles: El espinazo del Diablo y El laberinto del Fauno.
Puede que la culpa de ello se deba a una cierta tendencia a los convencionalismos que el realizador mejicano sufría al trabajar en el mercado yanqui. Así ni Blade II llegaba a reflejar sus señas de identidad ni Hellboy huía lo suficiente de los tópicos del cine de superhéroes, siendo ya demasiado tarde cuando quiso desbordar toda su locura visual en su secuela. Y de Pacific Rim, para mi su peor película, mejor ni hablar.
Quizá lo más cerca a los cuentos de terror góticos que tanto le gustas fuese La cumbre escarlata, pese a que no legó a triunfar en taquilla como se merecía, por lo que me sorprende (y alegra a la vez) que La forma del agua, su siguiente trabajo, en lugar de suponer un regreso con el rabo entre las piernas a los gustos del Hollywood medio, haya sido una de sus películas más arriesgadas y extrañas.
Sobre el papel, estamos ante una nueva versión del clásico de La Bella y la Bestia, convertida la bestia de turno en un primo cercano de la criatura de la laguna negra (La mujer y el monstruo) y la Bella en una mujer algo entrada en años, solitaria y muda.
Con estos dos elementos, decorados por una época (la Guerra Fría) que confiere a la historia de amor con tintes de terror un cierto aire de thriller, Del Toro se las apaña para componer una película deliciosa, una historia arrebatadora cargada de pasión y de la que se pueden sacar múltiples lecturas.
Es una historia de amor, eso está claro. Pero al amor sin límites, al amor a lo diferente, ya sea esa diferencia una mujer con una deficiencia, un homosexual o un monstruo marino. Es, por descontado, una oda a la igualdad (algún apunte racial hay de regalo), a lo absurdo de la discriminación y del abuso del poder y a la soledad que puede provocar la dificultad para comunicarse. Y es, sobre todo, una lección de cine que, en el fondo, se rinde pleitesía a sí mismo, con esos bailes sentados en el sofá de Sally Hawkins y Richard Jenkins o el momento de ensoñación musical.
Otro de los grandes méritos de Del Toro es que, a diferencia de esa aura de magia romántica que tenía la historia de amor fantasmal de La cumbre escarlata, en La forma del agua impere un tono de realismo que hace que se evite el ridículo al que se podría condenar este improbable romance. 
Tanto la forma en la que se nos explica el personaje de Sally Hawkins y su progresiva fascinación hacia la criatura como la magistral interpretación de la actriz permiten que nos creamos a pies juntillas esta historia tan excesiva y grotesca en manos de cualquier otro realizador. Para ello, además, Del Toro ha contado con una libertad total, dejándose de concesiones absurdas, que le han permitido hacer una pieza extremadamente sangrienta y cruel y con momentos de explícita sexualidad que resultan poco recomendables para la mojigatería americana de cara al público infantil pero absolutamente imprescindibles para profundizar en la personalidad de ciertos personajes.
Del Toro ha sabido rodearse, además, de un excelente plantel de actores. Michael Shannon (que los que me seguís desde hace tiempo sabréis que no es precisamente santo de mi devoción) está sensacional, lo mismo que Richard Jenkins, Y sobre Michael Stuhlbarg baste indicar que está presente, aunque sea como secundario, en tres de los films nominados este año como Mejor Película (aparece también en Los archivos del Pentágono y Call Me by Your Name). Como curiosidad, Doug Jones, el actor que interpreta al ser marino, es un viejo conocido de Del Toro (ha sido Abe Sapien en Hellboy y su secuela, el Fauno de El laberinto del Fauno y aparecía también en La Cumbre Escarlata y la serie The Strain).
Sin embargo, es Shally Hawkins quien se come completamente la pantalla en cada plano que aparece y solo ella, la magnífica dirección de Del Toro (este año conseguirá al fin el merecido reconocimiento en Hollywood) y la brillante banda sonora de Alexandre Desplat (tres elementos claves que, estoy convencido, serán tres Oscars fijos, aunque a ella Frances McDormand y sus Tres anuncios en las afueras no se lo van a poner nada fácil) son ya motivo suficiente para disfrutar una y otra vez de un film en el que “el gordo” (como le llaman sus amigos) se ha dejado el alma y ha vaciado el tintero con todo su amor por el cine y el terror.

Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 3 de julio de 2017

UN DON EXCEPCIONAL, sensibilidad sin cursilería

Se me antojaba peligroso aproximarme a una película como Un don excepcional
Pese a las curiosas coincidencias que pueda tener con el cine de superhéroes (no en vano se junta el director de Amazing Spiderman y su secuela y al protagonista de El Capitán América), lo cierto es que esta película tenía todos los componentes para mimetizarse en el clásico telefilm lacrimógeno de sobremesa.
Sin embargo, Marc Webb ha recuperado el estilo intimista y personal que lo llevó a triunfar con (500) días juntos y ha conseguido hacer un film que, pese a sus momentos de sensibilidad, esquiva con acierto el melodrama simplón para construir una interesante y conmovedora historia.
Chris Evans interpreta a Frank Adler, quien tras el suicidio de su hermana debe hacerse cargo de la hija pequeña de esta, Mary, toda una niña prodigio para las matemáticas. Sin embargo, cuando se empeña en que la niña disfrute de una vida normal en un colegio de pueblo en lugar de en academias especiales se encontrará con la oposición de su propia madre, que no dudará en recurrir a los tribunales para garantizar lo que, según su propio criterio, es mejor para su nieta.
Un don excepcional consigue reunir tres historias en una. Por un lado, es un drama sobre las relaciones familiares de tres personajes perseguidos por las decisiones del pasado y el miedo a enfrentarse a sus propias responsabilidades, con el riesgo a equivocarse que ello conlleva. Por otro, hay una interesante trama judicial por la custodia y tutelaje de la pequeña. Y finalmente, más allá de la personificación en los personajes ficticios de esta historia, nos encontramos también con un retrato de lo duro y problemático que puede suponer (tanto para el niño como para sus progenitores, normalmente superados por la situación) el tener una mente privilegiada.
Con un Evans muy convincente en su faceta más intimista (aunque es muy relevante la participación en un rol secundario de Octavia Spencer), la película funciona perfectamente a todos los niveles, alternando sin problemas momentos de ternura, humor y dolor y midiendo perfectamente a sus protagonistas, una familia que, por mucho que se esté agrietando por culpa de los diferentes puntos de vista en torno a la educación de la niña, nunca pierden de vista lo que realmente son, sin alcanzar, por tanto, niveles de odio y enfrentamientos más esperpénticos que realistas. Al final, todos son de la misma sangre, y eso nunca se olvida.
Es por ello que pueda resultar lógico que sea Webb, tras su periplo superheróico, quien se haga cargo de esta película. Al fin y al cabo, la incomparable inteligencia de Mary es similar a tener un gran poder, y el film trata, en el fondo, de la responsabilidad que ello conlleva.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 22 de enero de 2017

FIGURAS OCULTAS: como ser mujer, negra e inteligente en la América de los 60'

No es nada novedoso que en Hollywood se fijen en el tema de la segregación y el racismo para abordar una película en pro de los derechos del colectivo afroamericano, y tras la polémica de los pasados Oscars son varias las películas del llamado “black power” que pueden tener acto de presencia en la ceremonia de este año.
Sin embargo, lo fácil es hablar siempre desde la tragedia y el dolor, como en las interesantes 12 años de esclavitud o Los hombres libres de Jones, pero en ocasiones es posible realizar esta denuncia desde la grandeza, destacando no solo la injusticia sino los logros conseguidos.
En esta línea se encuentra Figuras Ocultas, que inspirada en la historia real de Katherine Johnson, Dorothy Vaughn y Mary Jackson (y basándose, a su vez, en el libro de Margot Lee Shetterly), cuenta como un grupo de mujeres negras de gran inteligencia trabajaban como “calculadoras humanas” en un ala apartado de la NASA hasta que lograron hacer valer sus méritos y consiguieron el reconocimiento merecido.
No es cuestión de entrar en spoilers, pero es cuestión de historia mencionar que el propio John Glenn exigió que Katherine Johnson revisara personalmente los cálculos de las coordenadas para su viaje espacial poco antes del despegue e incluso fue acreedora de la Medalla Presidencial de la Libertad y unas instalaciones de investigación de la NASA llevan su nombre. No importa, por eso, saber cómo va a acabar la historia (los americanos logran viajar al espacio, siento chafaros el final) sino cómo se producen los acontecimientos.
Dirigida por Theodore Melfi con bastante sencillez, sin querer en ningún momento robar protagonismo a la propia historia, Figuras ocultas tiene una efectiva puesta en escena que recrea, con apenas cuatro pinceladas, la sociedad americana de los años sesenta y las evidentes discriminaciones que habían todavía en algunos estados del sur dependiendo del color de la piel. Melfi no hace verdadera sangre en el asunto, y lo plantea casi en todo simpático (las peripecias para ir al baño, por ejemplo), pero los detalles están ahí, para quien los quiera coger.
Al final, tenemos por un lado una historia con aroma patriótico (hay que recordad en qué época estamos) sobre la pugna entre Estados Unidos y la Unión Soviética por ganar la carrera espacial y lo vital que ello parecía para la sociedad, y por otro nos encontramos con la historia de tres amigas, tres brillantes matemáticas, destinadas a brillar en un mundo que las desprecia. Puede acusarse a la película de no incidir demasiado en la personalidad de las tres amigas, de ser demasiado superficial y edulcorarlo todo con ligereza, pero por el contrario este puede ser uno de los grandes méritos del film, que sin demasiado esfuerzo logra provocar una empatía tan brutal con las protagonistas que cada pequeño triunfo personal logra emocionar y apretar un poquito el corazón del espectador. Sin querer entrar demasiado en comparaciones, logró Figuras Ocultas enamorarme más de sus personajes y sus vidas que, por ejemplo, Lion, siendo esta última mucho más intensa e introspectiva.
Sinceramente, poco esperaba de este film en el momento de su estreno, temiéndome que me encontraría ante una película académica bien elaborada pero poco empática, pero ya sea por el buen trabajo de Melfi o por las potentes interpretaciones de sus tres heroínas, Taraji P. Henson, Octavia Spencer y la cantante Janelle Monáe, que lo cierto es que ha terminado por cautivarme y hacerme disfrutar (en un sentido totalmente opuesto) a como lo hiciera, por ejemplo, con La la land. No está, soy consciente, a la altura de aquella, sobretodo en cuanto a su puesta en escena, pero no anda demasiado lejos. Y de nuevo tenemos la confirmación de que Kevin Costner está mucho mejor en un rol secundario que cargando el peso de la película, siendo aquí un impecable director de la agencia.
Completan el reparto Kristen Dunst, en un personaje que no puede decir más con tan poco espacio, Mahershala Ali y un Jim Parsons que quizá sea lo que más chirríe del film, no porque el chaval lo haga mal, que para nada, sino porque siendo su personaje tan similar al Sheldon Cooper de The big bang theory, cuesta un poco separar a ambos.
En resumen, apasionante relato sobre la conquista espacial mucho más cercano que las odiseas galácticas tan de moda los últimos años (Interstellar, Gravity, Marte…) que aúna el heroísmo de los astronautas con el de las mujeres de color que hicieron posible su viaje, siendo una proclama contra la discriminación racial y, de paso, contra la sexual también.

Valoración: Ocho sobre diez.