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sábado, 14 de diciembre de 2019

MIDWAY

Aunque vivimos unos tiempos en que la acción y la violencia están a la orden del día en el mundo del cine, lo cierto es que el cine bélico no es el género más frecuentado, al menos no en su estado puro. Por eso, viendo Midway se respira un aroma a cine clásico, tanto en su estructura como en sus formas.
Bien es cierto que el bueno de Roland Emmerich usa (e incluso abusa) mucho el CGI, pero lo hace a merced de una historia impecablemente filmada y que, como dicta la tradición, se nutre de un elenco de actores bastante impresionante, aunque hay que decir que no todos están a su mejor nivel.
Sin embargo, quizá por el aspecto visual de sus espectaculares batallas aéreas, no es La batalla de Midway, de 1976, sino el Pearl Harbor de Michael Bay, con la que guarda ciertas similitudes. No en vano ambos directores son los grandes especialistas en la destrucción a mansalva y el tufillo patriotero de sus films (pocos han filmado la bandera americana ondeando al viento tan bien como ellos). Sin embargo, la gran ventaja de Midway sobre Pearl Harbor es que mientras Bay inventa una historia romántica que no funciona demasiado alrededor del contexto histórico (no totalmente fiel, por cierto), Emmerich pretende apostar por la realidad histórica y prescindir de florituras, lo cual hace la película más eficaz pero quizá algo repetitiva por sus muchos combates aéreos.
Sea como sea, Midway es una buena reconstrucción de la incursión de los americanos en la II Guerra Mundial y sus enfrentamientos contra los japoneses, los cuales tienen también una buena dosis de protagonismo en el metraje. Eso permite ampliar el punto de mira alrededor del conflicto, aunque, no os equivoquemos, en esta historia solo hay un bando de “buenos” y todo funciona como tributo a los héroes reales que participaron en esa mítica batalla.
Algo lastrada por esa obsesión de ser fiel a la realidad (los héroes no siempre tienen historias suficientemente interesantes detrás como para rellenar una película entera), el film está muy bien planificado y filmado, situándose entre lo mejor del cine de Emmerich, un espectáculo de piruetas y explosiones con un espíritu clásico muy agradable y que, en el fondo, da para una emocionante sesión doble para ver a continuación de la peli de Affleck y Dammon, pues las historias casi se continúan, apenas solapándose en el tramo inicial de una y final de la otra.


Valoración: Siete sobre diez.

martes, 3 de septiembre de 2019

ANNA

Se podría decir que Luc Besson está en horas bajas, muy bajas. Con la excepción de Lucy, lleva tiempo sin lograr un buen éxito de taquilla y su película anterior, Valerian y la ciudad de los mil planetas, acarreó unas pérdidas que estuvieron a punto de hundir a su productora. Y no parece que con Annalas cosas le vayan a ir mejor, en vista de la escasa repercusión que está teniendo (ni siquiera ha tenido una campaña publicitaria decente).
Quizá el quid de la cuestión se deba a que el director francés es uno de los muchos que en Hollywood miran con lupa por las supuestas demandas por acoso sexual, que ya se sabe que es muy difícil saber diferenciar entre el autor y su obra y más si encima es un extranjero en tierra de dioses. Sin embargo, este declive en taquilla no está en armonía con sus resultados a nivel de calidad, ya que Valerian era un entretenimiento más que digno merecedora de ser el inicio de una saga que nunca veremos y esta Anna no se le queda atrás, resultando ser un espectáculo emocionante y muy divertido que, a nivel de puro entretenimiento, podría estar entre lo mejorcito del verano.
Besson sabe como tratar a las mujeres (al menos en pantalla) y con Anna se cierra una especie de trilogía sobre mujeres duras que comenzó con Nikita, dura de matar y continuó con Lucy, aunque como representante del empoderamiento femenino n(mucho antes de que el empoderamiento femenino estuviese de moda) hay que recordar que fue el descubridor de Natalie Portman en Leon, el profesional y de Milla Jovovich en El quinto elemento, proponiendo después a su propio Indiana Jones femenino en Adele y el misterio de la momia y otorgando a Clara Delevigne un rol tan destacado como al propio protagonista en la mencionada Valerian.
Puede que el problema de Anna sea que parte de un argumento demasiado trillado últimamente. Una espía femenina que enfrenta a soviéticos y americanos jugando a un doble juego recuerda demasiado a la excelente Atómica o a la más flojita Gorrión Rojo, ambas del año pasado, sirviendo demás como aperitivo de la inminente Viuda Negra. Por eso, el mayor acierto de Besson en Anna es la forma de jugar con los tiempos, jugando además con el espectador, saltado adelante y atrás en la cronología de la historia para componer un puzle muy divertido que, en lugar de confundir al espectador como en las mayoría de películas de espías dobles, que suelen abusar de ser demasiado complicadas, convirtiendo así la película en un pasatiempo disfrutable alrededor de la figura de una modelo rusa (fantástica la debutante como protagonista Sasha Luss, que ya tuvo un papelito irreconocible bajo el CGI en Valerian), a ratos manipulada por todos, en otros momentos manipuladora ella. Víctima, ejecutora, amante, asesina… Un juego de roles y lealtades alternadas para un film de pleno lucimiento de la muchacha, ya sea por su belleza como por sus cualidades físicas, con espectaculares coreografías de peleas que rememoran a la propia John Wick y donde las figuras florero son, por una vez, hombres, con los rostros de Cillian Murphy y Luke Evans, todos ellos marionetas bajo la pérfida vigilancia de la todopoderosa Helen Mirren.
A resumidas cuentas, una película muy divertida, totalmente autoconsciente de lo que es (cruel burla del mundo de la moda, más cuando la propia Luss proviene precisamente de allí) y a lo que aspira, con buenas dosis de acción y la siempre eficiente mano de Besson dirigiendo y con una protagonista que, ya sea por un motivo u otro, te termina por enamorar.


Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 23 de junio de 2019

CRIMINALES EN EL MAR

Parece ser que el binomio formado por Adam Sandler y Netflix va para largo, y en vista de los buenos resultados cosechados no es de extrañar. Su última película juntos, Criminales en el mar, ha batido récords de descargas en su primer fin de semana y es ya un título referente entro de la plataforma de streaming.
Ya sabéis que no soy especialmente defensor del humor de Sandler, habitualmente zafio y chabacano, pero debo reconocer que en esta película está mucho más comedido que de costumbre, adoptando un tono blanco y sutil que sin duda decepcionara a los fans de su faceta más gamberra pero que permite conectar con un público mucho más amplio (polémicas nacionalistas aparte que no voy a tratar aquí por lo ridículas que me parecen).
Como evidente homenaje a las historias detectivescas de Agatha Christie, Criminales en el mar sitúa a un matrimonio americano de clase media y plena crisis existencial (que ni ellos mismos han sabido identificar) en medio de un yate de lujo paseando por el Mediterráneo donde se está orquestando una gran tragedia familiar entre un millonario y sus ricos herederos. Como ya sabe bien el aficionado a este tipo de historias, untar a gente adinerada alrededor de un testamento no suele ser buena idea y alguien va a morir, dejando al resto como firmes sospechosos, incluyendo a ese matrimonio tan fuera de lugar que harán las veces de investigadores (versión torpe de Poirot o Marple) como de principales sospechosos.
Al final todo deriva en un batiburrillo de situaciones bastante bien llevadas, un juego del Cluedo que rememora el Asesinato en el Orient Express (homenaje final incluido) y donde no pueden faltar un montón de figuras de renombre apoyando a Sandler, que aquí no es tanto el centro de atención como en otras ocasiones y reparte contino los focos, en especial quien ya fuera su pareja ficticia en Sígueme el rollo, una Jennifer Aniston que estaba perdiendo ya parte de su magia como reina de la comedia americana. Junto a ellos, grandes actores que parecen pasárselo aquí realmente bien, como Luke Evans, Gemma Arterton, Dany Boon o Terence Stamp, demostrando que, pese a hablar de una comedieta de Netflix, estamos ante un producto bien trabajado. Ya su director, Kyle Newacheck, había destacado en ¡Game over, tío!, la música es de Rupert Gregson-Williams, habitual del cine de Sandler, pero también autor de las composiciones de Aquaman, Wonder Woman o Hasta el último hombre, y el guionista es nada más ni nada menos que James Vanderbilt, autor del libreto de Zodiac, The amazing Spiderman o La Verdad, su interesante debut como director.
En fin, que estamos ante una comedia de situación con muchos enredos, paisajes de postal, lujos envidiables y tontadas varias que se entremezclan con diálogos inteligentes y logra que la mezcla entre el absurdo y la efectividad brille, permitiendo que el invento funcione y se consiga un estimable entretenimiento al que tampoco hay que pedirle demasiado.
Cine de evasión cumplidor y ameno y apto para ver en familia. ¿Para qué pedir más?


Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 8 de junio de 2019

EL SÓTANO DE MA

Dentro del maltratado género de terror actual, caracterizado por producciones de bajísimos presupuestos con el propósito de recuperar fácilmente las in versiones, se puede diferenciar entre el cine más independiente o el amparado por grandes productoras (pura contradicción), siendo este último subgrupo el encabezado por las películas amparadas por James Wan o las producidas por Jason Blum (y en algún caso, como es la saga Insidius, ambos productores se entremezclas). En el caso de Wan, salvo las ocasiones en las que él mismo se ha puesto tras las cámaras, sus películas suelen ser una sucesión de tópicos y sustos tontos dentro del denominado Warrenverso, cansino hasta la muerte (viva el humor negro), mientras que en el caso de la Blumhouse sus películas se suelen caracterizar por dar mayor libertad creativa a sus autores, consiguiendo unos productos más frescos y originales, como los casos de Déjame salir, Feliz día de tu muerte o incluso el Múltiple de Shyamalan.
Esta teoría, sin embargo, se rompe con El sótano de ma, un espanto de película se mire por donde se mire, con un guion ridículo hasta decir basta y donde solo sobresale una Octavia Spencer que no se sabe qué habrá podido encontrar de interesante en esta historia (también consta como productora) que para nada está a la altura de la protagonista de Figuras ocultas.
Hace un par de días, aprovechando la Fiesta del Cine, tuve oportunidad de ver una película mucho más minoritaria como La Viuda, que sin duda pasará desapercibida por la cartelera. Ya en mi opinión de la misma dije lo plana y tópica que me parecía, pero viendo ahora El sótano de ma, que hasta el (previsible) primer giro parte de la misma base: la relación nada saludable entre una mujer solitaria y unos jóvenes, la propuesta de Neil Jordan se me antoja casi una obra maestra.
No es solo ya que la intriga de El sótano de ma sea casi inexistente (una cosa es que el tráiler te revele todo el argumento, pero aquí es que el propio póster descubre la supuesta sorpresa final), sino que la película está mal contada, con un montaje aparatoso y un montón de detalles que quedan en el aire sin resolver. Y es que esta película no es, en realidad, una historia, sino más bien un concepto (bastante burdo, por cierto), que parece haber sido desarrollado de manera improvisada.
Suelo ser muy crítico con las películas del amigo Wan, como La monja o La llorona, porque me aburren soberanamente, aunque reconozco que vana un público objetivo que puede llegar a disfrutarlas con un nivel de conformismo bajo, pero en el caso de El sótano de ma el resultado me parece casi un insulto a la inteligencia del espectador.
Lo que me parece más in creíble es que detrás de todo esto esté Tate Taylor, que, aunque su último trabajo, La chica del tren, no fuese nada del oro mundo, si tiene un gran título en su haber: Criadas y señoras. Claro que, con aquel reparto, la película casi se podía hacer sola.

Valoración: Tres sobre diez.

domingo, 30 de octubre de 2016

LA CHICA DEL TREN: insustancial enigma voyeur

Reconozco no haber leído la obra literaria de Paula Hawkins en la que se basa la película, aunque las referencias que me han llegado no son demasiado buenas, aunque acostumbro a desconfiar de esos éxitos literarios que se convierten en grandes éxitos de la noche a la mañana y que la gente que en su vida había leído un libro compra aunque solo sea para quedar bien en el andén del metro camino al trabajo.
Apenas un año después de arrasar en las librerías se estrena La chica del tren, la adaptación que dirige Tate Taylor, quien se hiciera conocido por su labro tras Criadas y señoras.
La chica del tren es un thriller sobre la desaparición de una mujer que no tarda en poner sus cartas sobre la mesa y presentarnos a los seis sospechosos para que el espectador empiece a hacer sus cábalas y tratar de averiguar quién es el malo de la función. En realidad, todo gira alrededor de Rachel, un deshecho de mujer, alcohólica y obsesiva, que cada día observa con envidia la aparentemente feliz vida de Megan (que casualmente es vecina de su exmarido y canguro de la hija de este con su actual esposa) desde la ventanilla de su tren hasta que descubre que esta tiene una aventura y decide ir en su busca para expresar su indignación. Precisamente la noche en la que la muchacha desaparece sin dejar rastro. En ese momento se pone en marcha un supuestamente retorcido puzle donde se pretende jugar con el espectador y desviar su atención de un lado hacia otro para complicar un poco el juego. Estamos, de hecho, ante una versión de La ventana indiscreta donde el voyeurismo se torna obsesión. Lo malo es que para ello Taylor hace demasiadas trampas, como los saltos en el tiempo que impiden conocer todos los datos hasta que el guionista lo considera oportuno (y rompiendo contantemente el ritmo de la historia, de paso), aunque al menos hay que reconocer que algo de sorpresa sí consigue que haya.
El problema con la película es que todos los personajes son tan condenadamente desagradables que casi da lo mismo quien sea el culpable de lo que ha sucedido. Los tres personajes femeninos de la película parecen tener más de un problema psicológico, y ninguno de los masculinos es precisamente un santo. En ocasiones, como en la magnífica Elle, tener personajes oscuros ayuda a intensificar el drama, pero ni Taylor es Verhoeven ni la historia va en ese camino.
Pese a los esfuerzos de Emily Blunt por dar empaque a un personaje vacío (todo su relleno es artificial e impostado), la sonrisa angelical de Haley Bennet (no hay que fiarse de esta chica, recuerden Hardcore Henry) o los cameos (uno de ellos fugaz) de dos estrellas televisivas del pasado, lo cierto es que la película resulta ligeramente anodina. Todos los giros de guion, todas las subtramas, por ingeniosas que sean, están tan forzadas que pierden la naturalidad, resultando poco sorprendentes o incluso inverosímiles alguna, mientras que el intento de repartir el protagonismo entre las tres mujeres (incluso con el uso de sus nombres a modo de capítulos dentro de la película, algo que se olvida de repente) dificulta aún más la empatía con la atormentada Rachel, que se supone es el objetivo final para lograr la comunión entere público y película. Quizá la guionista Erin Cressida Wilson haya olvidado que una de las dificultades de adaptar una novela sea la de saber transcribir el lenguaje literario al cinematográfico, y que cosas que funcionan en un medio no valen para el otro.
Con todo, la intriga está bien conseguida y todos aquellos que desconozcan la novela podrán jugar a adivinar el resultado final del puzle que, al menos, no se ve venir tan de lejos como en otras intrigas similares. Si es que aceptamos creernos las cosas tal cual nos las cuentan, claro está.

Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 28 de diciembre de 2014

EL HOBBIT: LA BATALLA DE LOS CINCO EJÉRCITOS (6d10)

Lo mejor que puede decirse de El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos es que es la última película de la saga. Por fin ha terminado este chicle estirado que supone el segundo paseo de Peter Jackson por la Tierra Media y, esperemos (aunque no confiemos), que el último.
El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos no es exactamente una película mala, sus 144 minutos pasan como un suspiro y su realización técnica es bastante impecable (y digo lo de bastante porque pese al altísimo nivel que muestra en casi todo momento alguna escenita de ridículo ajeno también se cuela por ahí). Sin embargo, contiene demasiados errores conceptuales como para poderla considerar buena y su argumento impide disfrutarla de manera aislada a sus dos entregas anteriores, mientras que vistas las tres en su conjunto el resultado es cansino y alargado.
Resulta curioso que el señor Jackson, que es un buen conocedor de los esquemas básicos del cine, tal y como demostró en su excesiva pero entretenidísima King Kong, ignora todas las fórmulas conocidas, no para reinventar conceptos (esto es un blockbuster en toda regla, que nadie piense en cine de autor, por favor), sino como contagiándose de la desidia que está provocando entre sus fans (cada nuevo episodio de El Hobbit ha recaudado menos que el anterior). Y es que, ciertamente, hay momentos del film que parecen realizados de mala gana, tanto por parte del director neozelandés como por alguno de sus actores.
No voy a entrar a valorar si tres películas es un exceso para adaptar un cuento de apenas trescientas páginas (que también es cierto que carece de las interminables descripciones y desvaríos de El Señor de los Anillos, por lo que en proporción contiene más acción que la legendaria trilogía de Tolkien), pues este es simplemente un punto de partida, y como tal me vienen a la mente excelentes películas basadas en una simple colección de cromos (Mars Attack), en un discurso (In&Out) o incluso otra saga (también alarmantemente en decadencia) proveniente de un parque de atracciones. Así, es legítimo que Jackson logre hacer tres películas de El Hobbit, inventando a su antojo para dar más coherencia con respecto a El Señor de los Anillos, y rescatando datos y recursos de los Apéndices o de otras obras ambientadas en la Tierra Media. Así que el problema para mí no está en el qué, sino en el cómo.
Y estos son los principales errores de Peter Jackson, el señor de la Tierra Media pero al que yo sigo prefiriendo por sus gamberradas tipo Tu madre se ha comido a mi perro o Agárrame esos fantasmas:
Para empezar, el propio Jackson no parece creer en su propuesta. Esto se ve en la fragmentación que hace de la historia. Los tres bloques deberían estar bien claros, y los subtítulos de los films así parecen indicarlo: Un viaje inesperado, La desolación de Smaug y La Batalla de los Cinco Ejércitos (inicialmente llamada con el subtítulo mucho menos espectacular de Partida y regreso). Es decir, una parte para la presentación y viaje de los aventureros hasta las cercanías del Bosque Negro, una segunda para sus aventuras en Esgaroth, la entrada en Erebor y el enfrentamiento con el dragón Smaug y una tercera para describir el vacío de poder en Erebor y la consiguiente batalla por el tesoro de los enanos. Esto, que sobre el papel parece muy razonable, se lo salta Jackson al final de El Hobbit: La desolación de Smaug para dejar la historia en suspenso y con un gran cliffhanger que enganche al espectador de cara a este capítulo final, como temiendo que si cierra su historia nadie se interesará por la conclusión. Ello plantea que El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos arranque con mucha fuerza, con el ataque de Smaug a Esgarothpero se ventile el tema en apenas un cuarto de hora. La muerte del dragón (que tampoco es todo lo épica e impactante que debería ser) es lo mejor de la película, pero no debería pertenecer a ella. Es apenas un prólogo que debería haber formado parte del episodio anterior, propiciando que a partir de ahora todo sea cuesta abajo.
El segundo gran error de Jackson, visto en toda la saga pero remarcado en este capítulo final, está en su indefinición sobre el público al que destina la obra. ¿Son películas infantiles? ¿Dramáticas? ¿Bélicas? El Señor de los Anillos, sin ser excesivamente sangrienta, estaba claramente destinada a un público adulto, pero Jackson, quizá pretendiendo ser más fiel a la referencia literaria, inició su andadura por El Hobbit con un marcado espíritu infantil, tal y como lo era el cuento de Tolkien. Debió olvidar Jackson que cuando Tolkien compuso El Hobbit no había pensado todavía en El Señor de los Anillos, y eso provocó que su cambio de estilo en la trilogía posterior esté justificada. Jackson, sin embargo, insiste en todo momento en demostrar la conexión entre ambas sagas, haciendo que el cambio de registro chirríe soberanamente. Su El Hobbit: Un viaje inesperado contenía Trolls bobalicones y parlanchines que no cuadraban demasiado con los vistos en El Señor de los Anillos y los excesos de detalles “simpáticos” (todavía se me revuelve el estómago cada vez que veo el trineo tirado por conejos) indicaba claramente un cambio de orientación (pese a los goteos de oscuridad con el argumento secundario del Nigromante). Pero las críticas no demasiado positivas le invitaron a declinar esa apuesta y acercarse cada vez más a sus éxitos pasados, llegando a renunciar en esta tercera película al espíritu original de su saga (nadie se imaginaría ahora a los enanos cantando) para convertirse –ahora sí- en una precuela clara de El Señor de los Anillos. Esto provoca que muchos niños se incomoden ante las escenas de guerra y las muertes de algunos personajes, pero tampoco sean del agrado de los adultos por ocurrir casi fuera de plano y sin la necesaria sangre que refuerce el drama (para no entrar en spoilers me remitiré a la inminente muerte de Smaug, del que ni siquiera se nos muestra el cadáver caído).
Esta indecisión genérica nos lleva al tercer gran problema: el guion. O mejor dicho, la falta del mismo. Suceden muchas cosas en El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos, sí, pero desordenadas y carentes de estructura. Todo es muy precipitado, como planos filmados de manera aislada uno del otro, sin un recorrido coherente. Tras desaparecer Smaug de la ecuación se podría decir que toda la película es una simple batalla, sin más giros argumentales que la aparición de nuevos bandos o los esperados cambios de parecer de algún miembro del equipo. Si se pudiese evitar el efecto niños, esta debería ser una obra cargada de política, una lucha por el poder al más puro estilo Juego de Tronos con una épica batalla final, pero por miedo a aburrir con traiciones y giros inesperados Jackson se limita a ofrecer un espectáculo de fuegos artificiales de dos horas de duración, desordenados pero muy luminosos, sin esforzarse demasiado en las tramas secundarias abiertas por el camino, como la anticlimática resolución del tema Nigromante, apenas una excusa para que viejos colegas de rodaje se paseen por el plató, y sin un final bien explicado y una serie de alianzas que sólo podemos suponer. ¡Si hasta la batalla definitiva (la que engloba por fin a los cinco ejércitos del título) sucede fuera de plano! Y eso sin mencionar momentos de gran ridículo como la aparición del último de los ejércitos, la salida de los trece enanos de su fortaleza o la forzada conversación entre Thranduil y su hijo refiriéndose de manera enigmática a un tal montaraz cuyo verdadero nombre deberá descubrir el propio Legolas (¿quién será?¿quién será?).
Finalmente, temo que Peter Jackson se haya dejado arrastrar por el efecto Star Wars, algo temido por muchos y que el orondo director no supo ver. Al igual que la trilogía-precuela de la saga galáctica decepcionó, estando muy por debajo de la original, vista la colección completa de El Hobbit la sensación es la misma, copiando casi textualmente los errores de George Lucas, con personajes cómicos molestos y casi hasta ofensivos (ese Alfrid insoportable podría bien ser la contrapartida de Jar Jar), guiños y conexiones en ocasiones demasiado forzadas para no perder nunca de vista la saga inicial (ese Nigromante que termina por convertirse en el “ojo” de Sauron o el a veces injustificable cameo de personajes de la anterior saga, mientrasque la Tauriel de Evangeline Lilly cada vez se parece más físicamente a Arwen) y, sobre todo, en vistas a una mayor comercialidad, la utilización de recursos visualmente más llamativos y alucinantes que empequeñecen a los de la “saga madre” pese a que estas ocurran con anterioridad cronológica. Igual que las naves y los robots de los episodios I, II y III de Star Wars parecían mucho más modernos que los de los IV, V y VI, los seres y ejércitos que aparecen por aquí son en ocasiones más amenazadores que los de El Señor de los Anillos, donde la amenaza se supone mayor, mientras que por otro lado se abusa de ciertas muertes muy “sencillas”, se derrota con relativa facilidad a trolls y orcos desvirtuando lo que sucederá (sucedió) en la saga madre.
Para concluir, El Hobbit: La batalla de los Cinco Ejércitos es un simple entretenimiento palomitero, una obra que se puede disfrutar en pantalla grande, que abusa del efecto nostalgia y que emociona a pequeñas dosis, pero que debes ser olvidada apenas salir de la sala, que no aconseja segundas revisiones y que, si se juzga como un final a una historia de siete u ocho horas resulta insuficiente y exasperante.
Peter Jackson ha perdido parte del crédito que se ganó con los once Oscars de El Retorno del Rey. Veremos si logra recuperarlo o queda por siempre atrapado en las entrañas de la Tierra Media.

domingo, 26 de octubre de 2014

DRÁCULA, LA LEYENDA JAMÁS CONTADA (5d10)

Desde hace algún tiempo los grandes estudios de Hollywood parecen empeñados a tomar grandes personajes literarios (y si son malvados, mejor) y convertirlos en una especia de superhéroes trágicos, supongo que acongojados por los grandes éxitos de películas basadas en personajes Marvel y DC y de los que la mayoría no tienen los derechos. Me vienen a la mente, por lo pronto, Yo, Frankenstein o Maléfica, que, aun tratándose de personajes de ficción, poseen un origen que merecería ser respetado.
No quiero ponerme en plan gafapastas (eso le pega más a los señores del CSI a los que llevaba tiempo sin nombrar por aquí) y exigir que se respeten textualmente los relatos originales o los hechos históricos, pues el cine debe ser por encima de todo un divertimento y todo vale con tal de hacer un buen entretenimiento, pero debería exigirse al menos un poco de criterio a la hora de versionar y retorcer algunos mitos, hacerlo con algún aporte, no solo como parte de una futura franquicia sin cuidar lo más mínimo los detalles. Y para que conste que no me obceco con el tema quiero recordaros que soy un gran defensor de títulos como Abraham Lincoln, cazador de vampiros, Hansel & Gretel, cazadores de brujas o el Van Helsing de Sommers. Al menos aquellas tenían ideas frescas en sus guiones y directores que sabían lo que pretendían ofrecer.
En esta ocasión, con la excusa de resucitar y homenajear a sus grandes clásicos de antaño, la Universal ha concebido el inicio de una franquicia monstruosa que, tras el estreno de obras basadas en Frankenstein, El Hombre Lobo, la Criatura de la Laguna Negra, la Momia o el Hombre Invisible, terminarán entremezclándose todos en un único film al más puro estilo Los Vengadores.
¿Y qué nos encontramos en la primera piedra de un mega proyecto que sólo las taquillas decidirán si llega a cuajar? Pues lo esperado, una versión nada fiel a la narrada por Stoker del señor de los vampiros, mucho CGI, no demasiada sangre (para no asustar al público más tierno) y algunas actuaciones lamentables.
No voy a negar que Drácula, la leyenda jamás contada (el título es bueno, nunca se ha contado esta versión de la leyenda, entre otras cosas porque no existía hasta ahora esta versión de la leyenda) sea bastante entretenida y no se haga para nada pesada, aun cuando carezca de la capacidad de sorprender y sólo la escena final (donde vemos al gran Charles Dance en todo su inquietante esplendor) nos deja con ganas de más.
Vlad (Drácula) es un príncipe (por decir algo, pues da la sensación de que sólo gobierna sobre su propio castillo amurallado) que ve como su pueblo va a ser subyugado por los turcos y hace un pacto con ente maléfico para convertirse en una criatura de la noche y así poder enfrentarse al malvado Mehmed (un ridículo y esperpéntico Dominic Cooper). 
Lo peor del invento, que tampoco aspira a nada más que a mostrar cuatro escenas de batallas demasiado digitales y a edulcorar la trama con la presencia algo cansina de Milena (Sarah Gordon), la esposa del príncipe, es la mala definición de sus personajes, a los que tampoco ayuda unas interpretaciones algo limitadas, empezando por el propio protagonista, Luke Evans, que se limita a repetir dos expresiones (tipo guapo e interesante y tipo enfadado) todo el rato.
Drácula no da miedo. Y no lo digo yo, se refleja en el film. A la postre, no es respetado ni por su pueblo ni por sus enemigos turcos. Y ni siquiera al final, desatado ya todo su poder, consigue ser respetado por otros vampiros. Esto quizá sea una buena treta para no atarlo a nadie y convertir su figura en la de un héroe caído, atormentado, que pueda dar mucho juego en futuras películas (ya el cartel es una especie de homenaje/copia al Batman de Nolan), pero que hace que realmente nos importe poco que logre o no su objetivo en la película. Eso y el nulo respeto histórico (hemos de recordar que Vlad fue un personaje real, no así Drácula) hace que el film flojee demasiado. Casi al comienzo de la acción, cuando Vlad va a ser transformado, su “mentor” le dice: “que empiece el juego”, y no podría estar más acertado.
Drácula, la leyenda jamás contada no es más que un juego. Un divertimento. Hay buenas historias inspiradas en la leyenda de Drácula creada por Brad Stoker. Hay también interesantes obras que recrean la realidad del príncipe Vlad, el Empalador. Y luego está esto…
No voy a cargarme del todo la película, ni siquiera la voy a suspender, pero es innegable que, bajo los ojos de un amante del género vampírico como me considero este amalgama de superhéroe y vampiro resulta, cuanto menos, decepcionante.
Y eso que tampoco es que esperara mucho.

lunes, 23 de diciembre de 2013

EL HOBBIT: LA DESOLACIÓN DE SMAUG (7d10)

De nuevo nos encontramos de viaje por la Tierra Media, ese lugar parido en la imaginación de J.R.R.Tolkien pero que los aficionados al fantástico (tanto literatura como cine –o, incluso, juegos de video o rol-) conocemos casi mejor que a nuestro propio barrio.
Inicialmente, se pensó dividir la novelita de El Hobbit (prácticamente un cuento al lado de su hermana mayor: el Señor de los Anillos) en dos películas, planeando una tercera que sirviese de puente entre el final de la aventura de Bilbo Bolsón y el comienzo de la saga de El Señor de los Anillos, pero finalmente se decidió que la novela sería dividida en tres partes, añadiéndoles pasajes que pertenecen en realidad a El Señor de los Anillos (adelantando así ese supuesto argumento puente entre ambas obras) y con otras historias y personajes de nueva cosecha. Así, la primera consideración hacia esta película es que contiene alguno de los defectos y virtudes que ya viésemos en El Señor de los Anillos: Las dos Torres. Por un lado, ya entrados en faena, es mucho más divertida y emocionante que El Hobbit: Un viaje inesperado, ya que no debe perder el tiempo en presentación de personajes (recuerden la tediosa e interminable secuencia de la cena en la Comarca) ni hay infinitas escenas de los enanos caminando, cabalgando o corriendo (sí, los planos panorámicos son excelentes, pero también excesivos), aunque por otro lado el coitus interruptus que supone la escena final (mucho más abierta que su predecesora, hace que el año de espera hasta llegar a la resolución final se vaya a hacer muy largo, y quien sabe cuántos abandonarán el viaje antes de tiempo (pese a ser muy superior a El Hobbit: Un viaje inesperado, la taquilla de El Hobbit: La desolación de Smaug está siendo notablemente inferior).
Quiero aclarar lo primero que la película me ha gustado. Y mucho. No debería dejar de comentar los alardes técnicos, la maestría de Peter Jackson a la hora de filmar o lo apasionante de la historia, con la simpatía que nos produce encontrarnos con viejos amigos como Legolas o una desconocida Tauriel que recuerda (y mucho) a Arwen de Rivendel, por no hablar ya de la omnipresencia de Gandalf el gris o el primer vistazo a la característica imagen de… (bueno, dejemos los spoilers para otro día). Sin embargo, teniendo tan reciente la magnífica saga de El Señor de los Anillos, con esos once Oscars recaudados por su última entrega pero que pueden considerarse como si la academia hubiese tratado la trilogía como una sola película de nueve horas (y es que de eso se trata en realidad), las expectativas eran altas, y tener a Peter Jackson a los mandos obligaba a exigirle lo mejor de lo mejor. Por eso puede que, al terminar de leer esta crítica, se quedan con más cosas negativas que positivas. Pero, seamos realistas, lo positivo ya se lo pueden imaginar antes de entrar en la sala de cine, ¿no?
El primer error grave es la duración del metraje. En la ya nombrada trilogía era algo casi obligado debido a la densidad del libro (aún hay quien se queja de las cosas que se quedaron fuera), pero en este caso, con tantas historias de relleno, se podría haber reducido bastante. De hecho, dos películas de duración estándar serían suficientes para contar lo que Jackson (y Guillermo Del toro, que recuerden que era el primer director elegido y cuya mano está en el guion) quería, y si nos olvidamos del dichoso puente entre ambas sagas, una sola película habría resultado excelente.
Ya desde la primera visualización del tráiler asalta una duda al espectador: si es verdad que las tres películas se han rodado al unísono o si tras la fría acogida de la primera se hicieron cambios en el guion. Y es que ese ya mencionado tráiler parecía evitar los principales defectos de El Hobbit: Un viaje inesperado y que a la postre defectos repetidos en esta primera secuela. Y se trata, resumiendo, de la total falta de carisma de los protagonistas, los enanos, personificados principalmente en la figura de su líder, un Thorin Escudo de Roble, una suerte de Aragorn venido a menos que ni de lejos ejerce el papel de estrella de la función como hacía el personaje de Viggo Mortensen en la trilogía original, tanto por culpa del personaje, repelente y carente de empatía, como todo el elenco de enanos, como del intérprete, un Richard Armitage demasiado lastrado por el maquillaje y los efectos digitales que limitan sus dotes interpretativas prácticamente a la mirada.
Martin Freeman cumple como Bilbo Bolson, mucho más suelto que en la película anterior, aunque da la sensación de que Peter Jackson no ha confiado demasiado en su atractivo para con la taquilla y ha puesto toda la carne en el asador en forma de dos personajes inventados para la ocasión, Legolas (provocando el propio Jackson que insistamos comparando este Hobbit con aquel Señor de los Anillos) y Tauriel, elfos que no aparecían en el cuento de Tolkien. Ellos son lo mejor de la película, principalmente una Evangeline Lilly que se erige como la gran guerrera de este capítulo de la saga.
Por otro lado, la espectacularidad y belleza de algunas escenas (¡qué bien hecha está Ciudad del lago!) se contrapone a cierto abuso de los efectos digitales, haciendo que escenas tan bien resueltas desde el punto de vista cinematográfico –como la de los toneles en el río- acabe convertida en un videojuego, mientras que los Orcos carecen del encanto que el maquillaje les proporcionaba en El Señor de los Anillos.
Por último, cabe resaltar el gran defecto que Jackson ha demostrado en casi todas sus películas –sin contar ese experimento fallido que fue The lovely bones- es su tendencia al exceso, que ya perjudicó la (para mi) magnífica King Kong y que recuerda un poco a los errores de su colega Stephen Sommers en esa otra película injustamente despellejada que es Van Helsing. El Hobbit: la desolación de Smaug es un no parar, una carrera adrenalítica sin tiempo para el respiro que, por ser pieza intermedia de una trilogía, carece de los necesarios planteamientos, nudo y desenlace. Si bien por un lado es imposible aburrirse con este film también es necesaria una mínima pausa para poder respirar, haciendo que la acumulación de momentos climáticos agoten y den la sensación de que el film es más largo aún de lo que en realidad es, pareciendo  interminable, más si todo el mundo está esperando (ese es el reclamo de la película, no nos engañemos) la aparición de Smaug y este no solo se produce en la última media hora sino que compone las escenas más flojas (algunas casi ridículas) de la película.
Con muchas tramas abiertas a la vez (cuando en realidad deberían ser sólo dos: Bilbo y los enanos por un lado, Gandalf por otro) y un corte demasiado abrupto (incluso las dos primeras entregas de El Señor de los Anillos tenían una especie de conclusión), todo queda pendiente de cómo el señor Jackson sea capaz de cerrar la epopeya, cosa que será interesante de ver, ya que el equilibrio narrativo de aquella (y los conocedores de la obra ya sabréis a que me refiero) se me antojan complicados.

En resumen, cerca de tres horas de acción, diversión y mucha digitalización que si bien entretiene y emociona no alcanza la maestría que se le debe exigir a Jackson, el verdadero señor de la Tierra Media.

lunes, 27 de mayo de 2013

FAST & FURIOUS 6 (7d10)

Resulta curioso comentar esta película poco después de mi crítica a Scary Movie 5, ya que a priori guarda ciertas similitudes. Ambas corresponden a un número relativamente elevado dentro de una saga, cuenta con realizados últimamente dedicados casi en exclusividad a dichas sagas (Justin Lin lo único destacable fuera de Fast & Furius son un par de episodios de Community), sus guiones carecen de sentido y sus intérpretes son entre medianos y malos, y eso siendo generosos. Así pues, ¿cuál es la diferencia entre ambas obras? El despiporre. Furious 6 (este es el título que aparece en Pantalla; a estas alturas ya no estoy muy seguro de su título en España) es una montaña rusa constante, un espectáculo de acción y adrenalina que no deja en ningún momento espacio para el aburrimiento y ofrece precisamente lo que promete: acción,  persecuciones espectaculares, tiroteos, peleas y toques de humor. Perdónenme ustedes por ser tan poco académico,  pero por más vueltas que le he dado no encuentro una definición mejor que la del despiporre, desde la primera  la última escena e incluyendo la hoy en día inevitable escena postcréditos.
Si el otro día decía que me habría conformado con que los de Scary me hubiesen hecho reír alguna vez, en el caso que hoy nos ocupa la diversión es total. Se me ocurre ahora pensar en otra saga a la que también podíamos comparar: Jungla de Cristal, esa obra maestra del cine de acción mas ochentero que mantuvo el ritmo con dignidad hasta su tercera entrega y evolucionaba hasta el despiporre más delirante en La Jungla 4.0 hasta ofrecer un final triste y bochornoso (al menos por ahora) con la quinta entrega,  cuya critica tenéis por aquí. Pues bien, esta F&F6 recuerda en espíritu a esa Jungla 4.0, donde no importaba que John McCaine persiguiera un camión desde un Harrier mientras lo hiciera con estilo. Igualmente la alegre pandilla de Toretto se enfrenta a desafíos imposibles tanto de ver como de creer, como impedir que un avión militar de carga pueda despegar por el peso de unos simples coches en una pista aparentemente infinita, ser perseguidos a gran velocidad por una autopista por un tanque (con el Teide de fondo, por cierto), organizar carreras ilegales en medio de Londres (la ciudad con más cámaras de video según dicen en un momento de la película) con podiums para gogos, DJ's y coches estruendosos sin que nadie se entere, y eso por no mencionar la excesiva comprensión ante determinadas situaciones por las féminas de la película. Situaciones inverosímiles ante las que solo nos queda exclamar: ¿y qué más da? Y es que mientras disfrutamos de las más de dos horas de película lo único que podemos pensar es: quiero más. Y tened por seguro que nos lo dan.

Confieso que me acerqué a este film con cierto temor y sin haber visto las anteriores películas, por lo que no sabía si iba a poder identificarme con los personajes. Con reconocida simpleza pensaba que la cosa iba simplemente de carreras de coches y tópicos machistas, pero ya los títulos de crédito, con escenas de toda la saga, me advirtieron de que me había perdido cosas importantes,  aunque ello no era impedimento para disfrutar esta sexta entrega sin dificultad.
La excusa argumental es simple: unos terroristas están robando armas nucleares utilizando coches de gran cilindrada y el agente Hobbs pide ayuda al fugitivo Toretto con la excusa de que una ex del piloto, Letty, a la que daban por muerta, está metida en el ajo. Toretto junta a toda la panda y el espectador ya sabe que... ¡se va a liar parda!.
Una posible pega podría ser la calidad de sus actores, con un Vin Diesel inquietantemente hinchado que roza el ridículo en los momentos más dramáticos,  Wayne "the Rock" Johnson y Michelle Rodríguez haciendo de sí mismos, copiando gestos y tics que podrían pertenecer a cualquiera de sus papeles anteriores, Gina Carano que, como ya demostró en Indomable, es mejor que no pare nunca de dar leches, que es lo suyo, y unos cuantos actores de reparto que simplemente cumplen y no molestan. Y, junto a ellos, Paul Walker y Luke Evans que demuestran que son los únicos actores de verdad en la función. Y como maestro de ceremonias Justin Lin que si bien no emociona tanto  como pretende si consigue imponer un buen ritmo y dotar de gran espectacularidad a las escenas de persecuciones, precisamente lo que le echaba en falta a La Jungla: un buen día para morir.

En resumen,  acción, diversión y toques de tragedia que culminan en una escena final que avanza lo que veremos en la séptima entrega y quién se va a sumar a la fiesta. Y, creedme, volverá a ser un despiporre.