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lunes, 30 de diciembre de 2019

CATS

Mi pregunta es sencilla: ¿cómo narices se enfrenta uno a una película como esta?
La carrera del director Tom Hooper es tan extraña como desigual. Tras deslumbrar con la excesivamente formal El discurso del rey bajo algunos enteros con La chica danesa (mi problema con esa película es su protagonista, lo confieso). Por medio dio el salto al musical y se puso muy teatral al adaptar Los miserables, algo que gustó bastante (excepto a mí, pero bueno). Y, quizá cómodo dentro del género, ahora no se le ocurre otra cosa que adaptar el eterno éxito de Broadway Cats.
Para quien no lo sepa: Cats es la historia de unos gatos callejeros que una vez al año compiten para elegir a aquel que entre ellos renacerá en una especie de reencarnación. Algo que ya de por sí suena extraño y confuso a lo que hay que sumar que se trata de gatos antropomorfos. Es decir, actores disfrazados o, en este caso, retocados por ordenador.
Una idea loca que puede funcionar muy bien en los escenarios y que en cine podrían haber dado para una producción en animación o una locura visual propia del Tim Burton de su mejor época, pero que en manos de Hooper resulta una cosa extraña, entre ridícula e insultante, donde las canciones de Andrew Lloyd Webber no lucen como deben excepto en su tramo final y que resulta bochornosa y anticuada a la vez.
Resulta incómodo ver a los actores así caracterizados (más en el caso de actores famosos y reconocibles), con la leve excepción de la protagonista, que es la única que merecería salvarse de la quema (quizá la redondez de su rostro ayuda a aceptar la broma de mal gusto que es esta conversión felina), provocando cierta desazón en el espectador similar al efecto valle inquietante de los personajes creados (mal creados, mejor dicho) por CGI. Lo peor es que uno nunca puede llegar a saber si los autores de este despropósito se lo pretenden tomar en serio o no. Sin una historia coherente como tal (se trata más bien de episodios enlazados), cosas como la amenaza del personaje de Idris Elba (y pensábamos que tras La Torre Oscura no podía caer más bajo…) o la ascensión espiritual del final se enfrentan directamente a la parodia casi obscena de Rebel Wilson bailando con ratones con rostros humanos o comiendo cucarachas que desfilan ante ella.
Sin embargo, si uno resiste la tentación de abandonar en estampida la sala del cine, algo empieza a cambiar, supongo que simplemente es el cerebro acostumbrándose al horror, y el final de la película, donde se encuentran las mejores canciones, amenaza con remontar ligeramente el vuelo, dejando un extraño regusto a frikería de serie B que tiene más en común con obras de John Waters que de Tom Hooper.
En fin, que quizá haya defensores para esto, pero a mi que no me miren. Ver actores a los que admiro hacer ciertas cosas me dan ganas de llorar. O de reír. O de yo qué sé…


Valoración: Tres sobre diez.

sábado, 7 de diciembre de 2019

LA GRAN MENTIRA

Bill Condon es un realizador interesante, pero de carrera desigual. Capaz de lidiar con grandes producciones de calidad más o menos dudosa pero indudable tirón, como fue la saga Crepúsculo (se hizo cargo de Amanecer, partes uno y dos) o su versión de La Bella y la Bestia, películas de cierto renombre, como Dreamgirls o El quinto poder o producciones más pequeñas e intimistas como Mr. Holmes.
Probablemente La gran mentira se acerque bastante al último caso, con la que comparte, además, actor protagonista. Tener a Ian McKellen y a Helen Mirren, junto al nombre del propio Condon, ya es una garantía de que estamos ante una película interesante y de gran valor artístico, pero, como sucede con demasiada frecuencia, es el guion lo que más descuidado está.
El título no engaña a nadie, y La gran mentira es una película tramposa que manipula al espectador para llevarlo por el camino que más le interesa. Todo empieza en un tono muy afable, con una encantadora pareja de ancianos conociéndose a través de una web de citas por Internet, pero la sorpresa no va a esperar demasiado y a los diez minutos se ponen las cartas sobre la mesa alrededor de las verdaderas intenciones del personaje de McKeller.
A partir de ahí, nos encontramos ante una película de engaños y falsas verdades bastante interesante, por más que se le vea el truco un poco antes de lo necesario, pero es en el giro final cuando la cosa decae un poco, cuando se revela la gran mentira a la que alude el título y el ejercicio de suspensión de la credulidad se hace imperiosamente necesario.
Ahí, el tono dramático se impone al jocoso que privaba en su primera mitad y se toma un rumbo demasiado forzado y que cae en los tópicos habituales en este tipo e films, volviéndose algo plana y demasiado poco creíble.
Con todo, el nivel del trío implicado es tan notable que la película se puede disfrutar con agrado, por más que al finalizar deje un cierto poso de decepción. Aunque es aplaudible el cine con profundidad y carga dramática, creo que en este caso la historia se hubiese beneficiado de un poco más de diversión y algo menos de trascendencia.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 20 de marzo de 2017

LA BELLA Y LA BESTIA, cumplidora fotocopia del clásico

Me resulta especialmente complicado valorar objetivamente esta película, así que voy a tratar de hacer un esfuerzo por ser lo más objetivo y justo con la última producción de Disney que sigue empeñada en versionar sus grandes clásicos animados en acción real.
La bella y la bestia es posiblemente, de todas las revisiones hechas hasta la fecha, la más fiel al material original, resultando prácticamente un calco argumental de la versión de Gary Trousdale y Kirk Wise, recuperando incluso las canciones originales de Alan Menkel. Apenas unos detalles sobre la madre de Bella sirven como mínima diferencia entre ambas películas.
El principal problema de La bella y la bestia cabe encontrarlo en la falta de magia que desprende. Siéndole imposible sorprender en su argumento, es en la aportación de los actores donde debían poner toda la carne en el asador. Es por ello que se reúne un brillante reparto, mucho de ellos simples cameos en su versión doblada, resultando estimulante ver de nuevo a Kevin Kline en un papel tan relevante y con un Luke Evans bastante solvente. 
En el apartado protagonista, sin embargo, Dan Stevens se encuentra demasiado oculto bajo la algo artificial digitalización de la bestia como para desplegar todo el carisma del que es capaz (recuerden su trabajo en The guest), aunque algo de brillo tiene, mientras que su partenaire Emma Watson cumple lo justo, no por falta de belleza ni talento sino porque no consigue superar la comparativa con la Bella original, resultando algo menos maravillosa que su contrapartida animada.
Sin embargo, a quien más se puede responsabilizar de esa falta de magia que embarga al film es a su director, un Bill Condon solvente en historias intimistas, pero a la que el blockbuster todavía le viene algo grande (Dreamgirls no era realmente una superproducción y de sus dos contribuciones a la saga Crepúsculo mejor ni hablar). Sé que no es cuestión de comparar con alguien ajeno al proyecto, pero con la maravillosa versión de La Cenicienta de Keneth Branagh uno no puede evitar imaginar al director de Mucho ruido y pocas nueces con semejante libreto.
No me malinterpreten, que la película no tenga la magia suficiente para enamorar no significa que sea una mala película, Simplemente que desperdicia muchas de sus posibilidades. Con todo, esta nueva versión del cuento clásico es una delicia musical con suficiente lujo y emociones como para resultar sumamente entretenida y en ningún momento aburrida y con unos efectos especiales que cojean un poco en la caracterización de la bestia pero que son magníficos en el resto de secundarios sobradamente conocidos (el candelabro Lumiere, la tetera Sra. Potts, el reloj Din Don...).
No puedo, sin embargo, dejar de comentar la gran lacra de esta película: su versión en español. Los que me conocen saben que soy un gran defensor del cine doblado, pero (llámenlo bipolaridad si quieren), con los musicales ya es otra cosa. Vale que esto sea una película infantil, pero no estamos ya ante un producto de animación, sino uno de imagen real donde vemos a actores reales cantando y bailando, pero sin llegar a oírlos nunca. 
¿Se imaginan a La la land sin la voz rota de la oscarizada Emma Stone? Pues van a quedarse con las ganas de escuchar a otras Emmas como la Watson o la Thompson. Y si el doblaje en España es de muy buena calidad no puedo decir lo mismo de la mayoría de cantantes de por aquí. Siendo La bella y la bestia un musical puro con gran cantidad de canciones casi me sangran los oídos con los gorgojos insoportables de la versión española. Y eso me hace odiar un poquito a la película. 
Vayan a verla. Está realmente bien pese a las limitaciones comentadas. Y lleven a sus niños para que las disfruten. Pero, por favor, que sea en versión original. Sus oídos lo agradecerán. Y, al fin y al cabo, en la mayoría de las canciones dobladas tampoco se entiende lo que dicen…

Valoración: Seis sobre diez. 

jueves, 19 de noviembre de 2015

MR. HOLMES (6d10)

Mr. Holmes es la última película de Bill Condon, ese director que empezó su prometedora carrera con títulos como Dioses y Monstruos, Kinsey o Dreamgirls y que aún está cumpliendo pena en el purgatorio por haber perpetrado en dos partes el definitivo final a la insulsa saga de Crepúsculo.
Basada en una obra de Mitch Cullin, la película nos presenta a un decrépito Sherlock Holmes, refugiado en una aislada casa en la campiña inglesa sin más compañía que su cuidadora, la señora Munro, y su hijo Roger. Ya retirado desde hace años de sus aventuras detectivescas, Holmes trata de recomponer en su cabeza su último caso, aquel que le invitó a abandonar de vida y cuya versión novelada, obra de su fiel Watson, podría tener más datos de ficción de los deseados. Así, con el pequeño Roger como ayudante y escudero, Holmes se enfrentará a los tortuosos recuerdos de su pasado mientras la senilidad y la pérdida de memoria amenazan con embarrarlo en un mundo de sombras y misterios.
Mr. Holmes, lejos de la leyenda icónica que supuso la creación de Conan Doyle y sus muchas y variadas representaciones cinematográficas, nos muestra a un héroe con pies de barro, huraño, decrépito y egoísta, una sombra de lo que fue incapaz de sentir nada por nadie más que por él mismo o por su también desahuciada colmena de abejas.
Sin embargo, las ansias de conocimiento del pequeño Roger y la incapacidad de Holmes para recordar todos los detalles del caso que Watson bautizó como “Sherlock Holmes y la dama de gris”, un misterio trágico que finalizará con la visita de Holmes al mismísimo Japón.
Nostálgica, intimista y crepuscular, Mr. Holmes es un canto a la amistad y a las oportunidades perdidas, a los remordimientos y a la vejez. Una hermosa historia que, sin embargo, difícilmente hubiese funcionado igual de bien de no ser por la imponente y magistral presencia de Ian McKeller, bastante más demacrado que la última vez que lo vimos ejercer de Magneto, que se mimetiza a la perfección en la piel del caballero británico hasta el punto que cuesta creer que nunca antes hubiese tenido la oportunidad de encarnar al detective de Baker Street.
Mucha más relajada y reflexiva que las versiones recientes de Guy Ritchie o la frescura de la soberbia serie de Steven Moffat , es una buena oportunidad para ver otra cara del popular personaje, una vuelta de tuerca al mito tal y como hicieran, en otro contexto, Barry Levinson en El secreto de la Pirámide o Billy Wilder en La vida privada de Sherlock Holmes, por citar dos ejemplos más.

domingo, 28 de diciembre de 2014

EL HOBBIT: LA BATALLA DE LOS CINCO EJÉRCITOS (6d10)

Lo mejor que puede decirse de El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos es que es la última película de la saga. Por fin ha terminado este chicle estirado que supone el segundo paseo de Peter Jackson por la Tierra Media y, esperemos (aunque no confiemos), que el último.
El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos no es exactamente una película mala, sus 144 minutos pasan como un suspiro y su realización técnica es bastante impecable (y digo lo de bastante porque pese al altísimo nivel que muestra en casi todo momento alguna escenita de ridículo ajeno también se cuela por ahí). Sin embargo, contiene demasiados errores conceptuales como para poderla considerar buena y su argumento impide disfrutarla de manera aislada a sus dos entregas anteriores, mientras que vistas las tres en su conjunto el resultado es cansino y alargado.
Resulta curioso que el señor Jackson, que es un buen conocedor de los esquemas básicos del cine, tal y como demostró en su excesiva pero entretenidísima King Kong, ignora todas las fórmulas conocidas, no para reinventar conceptos (esto es un blockbuster en toda regla, que nadie piense en cine de autor, por favor), sino como contagiándose de la desidia que está provocando entre sus fans (cada nuevo episodio de El Hobbit ha recaudado menos que el anterior). Y es que, ciertamente, hay momentos del film que parecen realizados de mala gana, tanto por parte del director neozelandés como por alguno de sus actores.
No voy a entrar a valorar si tres películas es un exceso para adaptar un cuento de apenas trescientas páginas (que también es cierto que carece de las interminables descripciones y desvaríos de El Señor de los Anillos, por lo que en proporción contiene más acción que la legendaria trilogía de Tolkien), pues este es simplemente un punto de partida, y como tal me vienen a la mente excelentes películas basadas en una simple colección de cromos (Mars Attack), en un discurso (In&Out) o incluso otra saga (también alarmantemente en decadencia) proveniente de un parque de atracciones. Así, es legítimo que Jackson logre hacer tres películas de El Hobbit, inventando a su antojo para dar más coherencia con respecto a El Señor de los Anillos, y rescatando datos y recursos de los Apéndices o de otras obras ambientadas en la Tierra Media. Así que el problema para mí no está en el qué, sino en el cómo.
Y estos son los principales errores de Peter Jackson, el señor de la Tierra Media pero al que yo sigo prefiriendo por sus gamberradas tipo Tu madre se ha comido a mi perro o Agárrame esos fantasmas:
Para empezar, el propio Jackson no parece creer en su propuesta. Esto se ve en la fragmentación que hace de la historia. Los tres bloques deberían estar bien claros, y los subtítulos de los films así parecen indicarlo: Un viaje inesperado, La desolación de Smaug y La Batalla de los Cinco Ejércitos (inicialmente llamada con el subtítulo mucho menos espectacular de Partida y regreso). Es decir, una parte para la presentación y viaje de los aventureros hasta las cercanías del Bosque Negro, una segunda para sus aventuras en Esgaroth, la entrada en Erebor y el enfrentamiento con el dragón Smaug y una tercera para describir el vacío de poder en Erebor y la consiguiente batalla por el tesoro de los enanos. Esto, que sobre el papel parece muy razonable, se lo salta Jackson al final de El Hobbit: La desolación de Smaug para dejar la historia en suspenso y con un gran cliffhanger que enganche al espectador de cara a este capítulo final, como temiendo que si cierra su historia nadie se interesará por la conclusión. Ello plantea que El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos arranque con mucha fuerza, con el ataque de Smaug a Esgarothpero se ventile el tema en apenas un cuarto de hora. La muerte del dragón (que tampoco es todo lo épica e impactante que debería ser) es lo mejor de la película, pero no debería pertenecer a ella. Es apenas un prólogo que debería haber formado parte del episodio anterior, propiciando que a partir de ahora todo sea cuesta abajo.
El segundo gran error de Jackson, visto en toda la saga pero remarcado en este capítulo final, está en su indefinición sobre el público al que destina la obra. ¿Son películas infantiles? ¿Dramáticas? ¿Bélicas? El Señor de los Anillos, sin ser excesivamente sangrienta, estaba claramente destinada a un público adulto, pero Jackson, quizá pretendiendo ser más fiel a la referencia literaria, inició su andadura por El Hobbit con un marcado espíritu infantil, tal y como lo era el cuento de Tolkien. Debió olvidar Jackson que cuando Tolkien compuso El Hobbit no había pensado todavía en El Señor de los Anillos, y eso provocó que su cambio de estilo en la trilogía posterior esté justificada. Jackson, sin embargo, insiste en todo momento en demostrar la conexión entre ambas sagas, haciendo que el cambio de registro chirríe soberanamente. Su El Hobbit: Un viaje inesperado contenía Trolls bobalicones y parlanchines que no cuadraban demasiado con los vistos en El Señor de los Anillos y los excesos de detalles “simpáticos” (todavía se me revuelve el estómago cada vez que veo el trineo tirado por conejos) indicaba claramente un cambio de orientación (pese a los goteos de oscuridad con el argumento secundario del Nigromante). Pero las críticas no demasiado positivas le invitaron a declinar esa apuesta y acercarse cada vez más a sus éxitos pasados, llegando a renunciar en esta tercera película al espíritu original de su saga (nadie se imaginaría ahora a los enanos cantando) para convertirse –ahora sí- en una precuela clara de El Señor de los Anillos. Esto provoca que muchos niños se incomoden ante las escenas de guerra y las muertes de algunos personajes, pero tampoco sean del agrado de los adultos por ocurrir casi fuera de plano y sin la necesaria sangre que refuerce el drama (para no entrar en spoilers me remitiré a la inminente muerte de Smaug, del que ni siquiera se nos muestra el cadáver caído).
Esta indecisión genérica nos lleva al tercer gran problema: el guion. O mejor dicho, la falta del mismo. Suceden muchas cosas en El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos, sí, pero desordenadas y carentes de estructura. Todo es muy precipitado, como planos filmados de manera aislada uno del otro, sin un recorrido coherente. Tras desaparecer Smaug de la ecuación se podría decir que toda la película es una simple batalla, sin más giros argumentales que la aparición de nuevos bandos o los esperados cambios de parecer de algún miembro del equipo. Si se pudiese evitar el efecto niños, esta debería ser una obra cargada de política, una lucha por el poder al más puro estilo Juego de Tronos con una épica batalla final, pero por miedo a aburrir con traiciones y giros inesperados Jackson se limita a ofrecer un espectáculo de fuegos artificiales de dos horas de duración, desordenados pero muy luminosos, sin esforzarse demasiado en las tramas secundarias abiertas por el camino, como la anticlimática resolución del tema Nigromante, apenas una excusa para que viejos colegas de rodaje se paseen por el plató, y sin un final bien explicado y una serie de alianzas que sólo podemos suponer. ¡Si hasta la batalla definitiva (la que engloba por fin a los cinco ejércitos del título) sucede fuera de plano! Y eso sin mencionar momentos de gran ridículo como la aparición del último de los ejércitos, la salida de los trece enanos de su fortaleza o la forzada conversación entre Thranduil y su hijo refiriéndose de manera enigmática a un tal montaraz cuyo verdadero nombre deberá descubrir el propio Legolas (¿quién será?¿quién será?).
Finalmente, temo que Peter Jackson se haya dejado arrastrar por el efecto Star Wars, algo temido por muchos y que el orondo director no supo ver. Al igual que la trilogía-precuela de la saga galáctica decepcionó, estando muy por debajo de la original, vista la colección completa de El Hobbit la sensación es la misma, copiando casi textualmente los errores de George Lucas, con personajes cómicos molestos y casi hasta ofensivos (ese Alfrid insoportable podría bien ser la contrapartida de Jar Jar), guiños y conexiones en ocasiones demasiado forzadas para no perder nunca de vista la saga inicial (ese Nigromante que termina por convertirse en el “ojo” de Sauron o el a veces injustificable cameo de personajes de la anterior saga, mientrasque la Tauriel de Evangeline Lilly cada vez se parece más físicamente a Arwen) y, sobre todo, en vistas a una mayor comercialidad, la utilización de recursos visualmente más llamativos y alucinantes que empequeñecen a los de la “saga madre” pese a que estas ocurran con anterioridad cronológica. Igual que las naves y los robots de los episodios I, II y III de Star Wars parecían mucho más modernos que los de los IV, V y VI, los seres y ejércitos que aparecen por aquí son en ocasiones más amenazadores que los de El Señor de los Anillos, donde la amenaza se supone mayor, mientras que por otro lado se abusa de ciertas muertes muy “sencillas”, se derrota con relativa facilidad a trolls y orcos desvirtuando lo que sucederá (sucedió) en la saga madre.
Para concluir, El Hobbit: La batalla de los Cinco Ejércitos es un simple entretenimiento palomitero, una obra que se puede disfrutar en pantalla grande, que abusa del efecto nostalgia y que emociona a pequeñas dosis, pero que debes ser olvidada apenas salir de la sala, que no aconseja segundas revisiones y que, si se juzga como un final a una historia de siete u ocho horas resulta insuficiente y exasperante.
Peter Jackson ha perdido parte del crédito que se ganó con los once Oscars de El Retorno del Rey. Veremos si logra recuperarlo o queda por siempre atrapado en las entrañas de la Tierra Media.

domingo, 15 de junio de 2014

X-MEN: DÍAS DEL FUTURO PASADO (7d10)


Resulta complicado tratar de valorar con imparcialidad una película como esta, ya que hay tres elementos fundamentales en ella que según la influencia que le reconozcamos hará que aumente o disminuya su percepción. 

Por un lado (y esto debería ser lo más lógico y fundamental) podemos tratarla simplemente como lo que es: una peli de acción y entretenimiento de las que se podría considerar como simplemente palomitera. Por otro lado se puede tener en cuenta que es una adaptación de un comic y como tal puntuar la fidelidad que tiene con el mismo y con su espíritu (y en ello no me entretendré demasiado, pues personalmente nunca he sido un gran seguidor de los mutantes). Y finalmente se le puede considerar como el cierre de una saga en la que su director, Bryan Singer, se ha empeñado en tapar grietas y agujeros con más o menos fortuna.
Se mire como se mire, X-men: Días del futuro pasado es una entretenidísima película con momentos impactantes y suficiente carga emocional para contentar a los más exigentes, aunque se le echa en falta un poco de chispa, un punto de pasión que termine por emocionar a todos aquellos que no vamos a jadear cada vez que hay un guiño o referencia que no va dirigido a nosotros, los “no muties”. Así, aunque no sea amigo de las comparaciones, teniendo en cuenta las grandes apuestas de género super heroico en lo que va de año, podríamos decir que está por encima de The Amazing Spider-man 2: el poder de Electro pero  que no alcanza a El Capitán América: El Soldado de Invierno.
Pero hagamos un poco de historia: Bryan Singer fue el artífice, allá por los lejanos 2000 y 2003, de resucitar las pelis de superhéroes con X-men y X-men 2, poniendo de moda el mundo de los comics tras los últimos fiascos en adaptaciones que hacían pensar que el Superman de Donner y el Batman de Burton eran excepciones que confirmaban que cine y comics no casaban bien (luego ya vendrían los pelotazos del Spiderman de Raimi, El Caballero Oscuro de Nolan y el exitoso experimento de Universo Cinemático de Marvel) aunque tras producir X-men Origenes: Lobezno tuvo que abandonar el barco mutante cuando la Fox no quiso esperar a que terminara Superman Returns para realizar la tercera parte de la saga, siendo sustituido por Brett Ratner . Viendo que la acogida de estas dos películas no fue especialmente buena (y lo mismo se podría decir de la carrera de Singer por su cuenta), la Fox y el director parecían condenados a reencontrarse. 
A punto estuvieron con X-men: Primera generación, que de nuevo los problemas de agenda (esta vez por culpa de Jack Cazagigantes) dejaron fuera del barco al director neoyorquino en favor de  Matthew Vaughn, y que supuso un soplo de aire fresco a la saga que en taquilla, sin embargo, no terminaba de remontar el vuelo, como terminó de confirmar la secuela de X-men orígenes: Lobezno (Lobezno Inmortal). Así, parecía el momento propicio para que Singer y Fox volviesen a unir fuerzas en busca de la película definitiva o el fracaso más absoluto. Hacía ya catorce años de aquel primer equipo de superhéroes mutantes que asombró al mundo y quedaba por en medio todo un camino de decisiones precipitadas, guiones irregulares y muertos mal enterrados.
Por eso, con Singer de nuevo a los mandos de los mutantes de Marvel, lo primero que se hizo es construir un gigantesco puzle donde no sólo se reuniese a lo mejor de los dos films de Singer con lo del de Vaughn sino que en lugar de correr un tupido velo sobre las decepciones que supusieron X-men: La decisión final y los dos Lobeznos (tal y como el propio director había hecho con su también fallido Superman returns, para la que había ignorado totalmente la existencia de Superman 3 y 4) se tratara de explicar y/o arreglar todos los desaguisados de tales films.
Un poco siguiendo la estela del Star Trek de Abrams, Singer logra reinventar la saga con una película que es a la vez reboot, secuela y precuela, usando el truco de los viajes en el tiempo y con la historia creada por Chris Claremont como base principal (curiosamente una historia en la que el propio Cameron confesó haberse inspirado para su Terminator, película a la que hay un guiño en la propia X-men: Dias del futuro pasado).
Estamos en el futuro, un futuro oscuro ya anunciado por el profesor Xavier y Magneto en el prólogo final de Lobezno Inmortal. Tras una cruel guerra que ha diezmado a la raza mutante la humanidad entera está en peligro y la única esperanza es que los X-men supervivientes (los que quedan de la trilogía original más alguna nueva incorporación) envíen la conciencia de Lobezno al Lobezno de hace cincuenta años para, con la ayuda de la versión joven de los mutantes vistos en X-men: Primera generación tratar de cambiar los acontecimientos que terminarán desembocando en la guerra contra los mutantes.
Con un planteamiento que de entrada puede resultar confuso, la película transita entre pasado y futuro con dos generaciones de X-men luchando por su propia supervivencia pero entre los que sobresale el trío protagonista que ya brillara en la versión de Vaughn, es decir, los personajes interpretados por Michael Fassbender, James McAvoy y Jennifer Lawrence, con un Hugh Jackman que termina siendo menos omnipresente de lo que inicialmente nos pudiésemos temer (lo cual es de agradecer, Fox tiene que convencerse de que hay vida más allá de Lobezno) y una absolutamente genial presentación de Mercurio (mutante al que también veremos, aunque interpretado por otro actor, en Los Vengadores: La era de Ultrón), que roba protagonismo a todos los que le rodean durante unos minutos brillantes pero que después desaparece para que el peso de la acción y el drama recupere a sus protagonistas.
Uno de los grandes méritos de esta nueva incursión de los X-men en el cine es el conseguir mantener a todos los actores del elenco principal cuyos rostros estarán por siempre ligados a los personajes y aumentar aún más el nivel interpretativo con la apuesta de Peter Dinklage (el maquiavélico Tyrion Lannister de Juego de Tronos) como el villano de la función, que junto a Evan Peters como el mencionado Mercurio y Omar Sy (quizá uno de los actores más desaprovechados del gran reparto coral) como Bishop es una de las nuevas caras de la saga.
Supongo que hay que concederle un punto de fortuna a una franquicia que en su momento apostó por rostros bastante desconocidos como fueron Hugh Jackman o Halle Berry que luego se convirtieron en grandes estrellas y volvieron a acertar en el reboot con Fassbender, McCavoy y Lawrence, consiguiendo así que al juntarlos todos y sumar a los veteranos Patrick Stewart y Ian McKellen a la ecuación nos encontremos con uno de los repartos más impresionantes de todos los tiempos (sumemos las apariciones más o menos relevantes de Nicholas Hoult, Anna Paquin o Ellen Page más alguna sorpresita que no voy a revelar).
Con todos estos componentes resultaba casi imposible que Singer hiciera una película mala, en la que solo debe preocuparse por acertar en el ritmo narrativo y establecer con claridad las preferencias entre las dos líneas temporales, consiguiendo acertar en ello y poner el broche de oro a una franquicia que le pertenece por méritos propios (aunque no hay que restarle méritos ni obviar la influencia que ha ejercido Vaughn en la misma).
X-men: Días del futuro pasado es, en resumen, un gran fin de fiesta, una película donde confluyen todos los afluentes que parecían perderse a lo largo de las seis películas anteriores y que establece un punto y aparte en el mundo mutante marvelita. No es la última película que veremos del grupo (ya están anunciadas una tercera de Lobezno y X-men: Apocalipsis), pero la creación de diferentes líneas temporales que se producen a lo largo del film (los que en su día no se aclararon con la trilogía de Regreso al futuro aquí lo van a flipar) permite que los fans más acérrimos disfruten de una despedida/homenaje de toda una generación a la par que deja claro quién dirigirá el cotarro a partir de ahora, con Jennifer Lawrence como gran estrella, James McCavoy con un papel que le permite lucirse y un Fassbender que quizá sea de lo más flojito del film, como si no terminara de estar demasiado interesado en la historia.
Centinelas, una buena recreación de los 70’ y muchos mutantes para una peripecia narrativa a la que tuvieron que eliminar una subtrama entera para no liar más la cosa y que hará que su aparición en DVD en una hipotética versión extendida sea muy apetecible.
Los mutantes han vuelto. Y es para quedarse.

lunes, 23 de diciembre de 2013

EL HOBBIT: LA DESOLACIÓN DE SMAUG (7d10)

De nuevo nos encontramos de viaje por la Tierra Media, ese lugar parido en la imaginación de J.R.R.Tolkien pero que los aficionados al fantástico (tanto literatura como cine –o, incluso, juegos de video o rol-) conocemos casi mejor que a nuestro propio barrio.
Inicialmente, se pensó dividir la novelita de El Hobbit (prácticamente un cuento al lado de su hermana mayor: el Señor de los Anillos) en dos películas, planeando una tercera que sirviese de puente entre el final de la aventura de Bilbo Bolsón y el comienzo de la saga de El Señor de los Anillos, pero finalmente se decidió que la novela sería dividida en tres partes, añadiéndoles pasajes que pertenecen en realidad a El Señor de los Anillos (adelantando así ese supuesto argumento puente entre ambas obras) y con otras historias y personajes de nueva cosecha. Así, la primera consideración hacia esta película es que contiene alguno de los defectos y virtudes que ya viésemos en El Señor de los Anillos: Las dos Torres. Por un lado, ya entrados en faena, es mucho más divertida y emocionante que El Hobbit: Un viaje inesperado, ya que no debe perder el tiempo en presentación de personajes (recuerden la tediosa e interminable secuencia de la cena en la Comarca) ni hay infinitas escenas de los enanos caminando, cabalgando o corriendo (sí, los planos panorámicos son excelentes, pero también excesivos), aunque por otro lado el coitus interruptus que supone la escena final (mucho más abierta que su predecesora, hace que el año de espera hasta llegar a la resolución final se vaya a hacer muy largo, y quien sabe cuántos abandonarán el viaje antes de tiempo (pese a ser muy superior a El Hobbit: Un viaje inesperado, la taquilla de El Hobbit: La desolación de Smaug está siendo notablemente inferior).
Quiero aclarar lo primero que la película me ha gustado. Y mucho. No debería dejar de comentar los alardes técnicos, la maestría de Peter Jackson a la hora de filmar o lo apasionante de la historia, con la simpatía que nos produce encontrarnos con viejos amigos como Legolas o una desconocida Tauriel que recuerda (y mucho) a Arwen de Rivendel, por no hablar ya de la omnipresencia de Gandalf el gris o el primer vistazo a la característica imagen de… (bueno, dejemos los spoilers para otro día). Sin embargo, teniendo tan reciente la magnífica saga de El Señor de los Anillos, con esos once Oscars recaudados por su última entrega pero que pueden considerarse como si la academia hubiese tratado la trilogía como una sola película de nueve horas (y es que de eso se trata en realidad), las expectativas eran altas, y tener a Peter Jackson a los mandos obligaba a exigirle lo mejor de lo mejor. Por eso puede que, al terminar de leer esta crítica, se quedan con más cosas negativas que positivas. Pero, seamos realistas, lo positivo ya se lo pueden imaginar antes de entrar en la sala de cine, ¿no?
El primer error grave es la duración del metraje. En la ya nombrada trilogía era algo casi obligado debido a la densidad del libro (aún hay quien se queja de las cosas que se quedaron fuera), pero en este caso, con tantas historias de relleno, se podría haber reducido bastante. De hecho, dos películas de duración estándar serían suficientes para contar lo que Jackson (y Guillermo Del toro, que recuerden que era el primer director elegido y cuya mano está en el guion) quería, y si nos olvidamos del dichoso puente entre ambas sagas, una sola película habría resultado excelente.
Ya desde la primera visualización del tráiler asalta una duda al espectador: si es verdad que las tres películas se han rodado al unísono o si tras la fría acogida de la primera se hicieron cambios en el guion. Y es que ese ya mencionado tráiler parecía evitar los principales defectos de El Hobbit: Un viaje inesperado y que a la postre defectos repetidos en esta primera secuela. Y se trata, resumiendo, de la total falta de carisma de los protagonistas, los enanos, personificados principalmente en la figura de su líder, un Thorin Escudo de Roble, una suerte de Aragorn venido a menos que ni de lejos ejerce el papel de estrella de la función como hacía el personaje de Viggo Mortensen en la trilogía original, tanto por culpa del personaje, repelente y carente de empatía, como todo el elenco de enanos, como del intérprete, un Richard Armitage demasiado lastrado por el maquillaje y los efectos digitales que limitan sus dotes interpretativas prácticamente a la mirada.
Martin Freeman cumple como Bilbo Bolson, mucho más suelto que en la película anterior, aunque da la sensación de que Peter Jackson no ha confiado demasiado en su atractivo para con la taquilla y ha puesto toda la carne en el asador en forma de dos personajes inventados para la ocasión, Legolas (provocando el propio Jackson que insistamos comparando este Hobbit con aquel Señor de los Anillos) y Tauriel, elfos que no aparecían en el cuento de Tolkien. Ellos son lo mejor de la película, principalmente una Evangeline Lilly que se erige como la gran guerrera de este capítulo de la saga.
Por otro lado, la espectacularidad y belleza de algunas escenas (¡qué bien hecha está Ciudad del lago!) se contrapone a cierto abuso de los efectos digitales, haciendo que escenas tan bien resueltas desde el punto de vista cinematográfico –como la de los toneles en el río- acabe convertida en un videojuego, mientras que los Orcos carecen del encanto que el maquillaje les proporcionaba en El Señor de los Anillos.
Por último, cabe resaltar el gran defecto que Jackson ha demostrado en casi todas sus películas –sin contar ese experimento fallido que fue The lovely bones- es su tendencia al exceso, que ya perjudicó la (para mi) magnífica King Kong y que recuerda un poco a los errores de su colega Stephen Sommers en esa otra película injustamente despellejada que es Van Helsing. El Hobbit: la desolación de Smaug es un no parar, una carrera adrenalítica sin tiempo para el respiro que, por ser pieza intermedia de una trilogía, carece de los necesarios planteamientos, nudo y desenlace. Si bien por un lado es imposible aburrirse con este film también es necesaria una mínima pausa para poder respirar, haciendo que la acumulación de momentos climáticos agoten y den la sensación de que el film es más largo aún de lo que en realidad es, pareciendo  interminable, más si todo el mundo está esperando (ese es el reclamo de la película, no nos engañemos) la aparición de Smaug y este no solo se produce en la última media hora sino que compone las escenas más flojas (algunas casi ridículas) de la película.
Con muchas tramas abiertas a la vez (cuando en realidad deberían ser sólo dos: Bilbo y los enanos por un lado, Gandalf por otro) y un corte demasiado abrupto (incluso las dos primeras entregas de El Señor de los Anillos tenían una especie de conclusión), todo queda pendiente de cómo el señor Jackson sea capaz de cerrar la epopeya, cosa que será interesante de ver, ya que el equilibrio narrativo de aquella (y los conocedores de la obra ya sabréis a que me refiero) se me antojan complicados.

En resumen, cerca de tres horas de acción, diversión y mucha digitalización que si bien entretiene y emociona no alcanza la maestría que se le debe exigir a Jackson, el verdadero señor de la Tierra Media.