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domingo, 28 de diciembre de 2014

EL HOBBIT: LA BATALLA DE LOS CINCO EJÉRCITOS (6d10)

Lo mejor que puede decirse de El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos es que es la última película de la saga. Por fin ha terminado este chicle estirado que supone el segundo paseo de Peter Jackson por la Tierra Media y, esperemos (aunque no confiemos), que el último.
El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos no es exactamente una película mala, sus 144 minutos pasan como un suspiro y su realización técnica es bastante impecable (y digo lo de bastante porque pese al altísimo nivel que muestra en casi todo momento alguna escenita de ridículo ajeno también se cuela por ahí). Sin embargo, contiene demasiados errores conceptuales como para poderla considerar buena y su argumento impide disfrutarla de manera aislada a sus dos entregas anteriores, mientras que vistas las tres en su conjunto el resultado es cansino y alargado.
Resulta curioso que el señor Jackson, que es un buen conocedor de los esquemas básicos del cine, tal y como demostró en su excesiva pero entretenidísima King Kong, ignora todas las fórmulas conocidas, no para reinventar conceptos (esto es un blockbuster en toda regla, que nadie piense en cine de autor, por favor), sino como contagiándose de la desidia que está provocando entre sus fans (cada nuevo episodio de El Hobbit ha recaudado menos que el anterior). Y es que, ciertamente, hay momentos del film que parecen realizados de mala gana, tanto por parte del director neozelandés como por alguno de sus actores.
No voy a entrar a valorar si tres películas es un exceso para adaptar un cuento de apenas trescientas páginas (que también es cierto que carece de las interminables descripciones y desvaríos de El Señor de los Anillos, por lo que en proporción contiene más acción que la legendaria trilogía de Tolkien), pues este es simplemente un punto de partida, y como tal me vienen a la mente excelentes películas basadas en una simple colección de cromos (Mars Attack), en un discurso (In&Out) o incluso otra saga (también alarmantemente en decadencia) proveniente de un parque de atracciones. Así, es legítimo que Jackson logre hacer tres películas de El Hobbit, inventando a su antojo para dar más coherencia con respecto a El Señor de los Anillos, y rescatando datos y recursos de los Apéndices o de otras obras ambientadas en la Tierra Media. Así que el problema para mí no está en el qué, sino en el cómo.
Y estos son los principales errores de Peter Jackson, el señor de la Tierra Media pero al que yo sigo prefiriendo por sus gamberradas tipo Tu madre se ha comido a mi perro o Agárrame esos fantasmas:
Para empezar, el propio Jackson no parece creer en su propuesta. Esto se ve en la fragmentación que hace de la historia. Los tres bloques deberían estar bien claros, y los subtítulos de los films así parecen indicarlo: Un viaje inesperado, La desolación de Smaug y La Batalla de los Cinco Ejércitos (inicialmente llamada con el subtítulo mucho menos espectacular de Partida y regreso). Es decir, una parte para la presentación y viaje de los aventureros hasta las cercanías del Bosque Negro, una segunda para sus aventuras en Esgaroth, la entrada en Erebor y el enfrentamiento con el dragón Smaug y una tercera para describir el vacío de poder en Erebor y la consiguiente batalla por el tesoro de los enanos. Esto, que sobre el papel parece muy razonable, se lo salta Jackson al final de El Hobbit: La desolación de Smaug para dejar la historia en suspenso y con un gran cliffhanger que enganche al espectador de cara a este capítulo final, como temiendo que si cierra su historia nadie se interesará por la conclusión. Ello plantea que El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos arranque con mucha fuerza, con el ataque de Smaug a Esgarothpero se ventile el tema en apenas un cuarto de hora. La muerte del dragón (que tampoco es todo lo épica e impactante que debería ser) es lo mejor de la película, pero no debería pertenecer a ella. Es apenas un prólogo que debería haber formado parte del episodio anterior, propiciando que a partir de ahora todo sea cuesta abajo.
El segundo gran error de Jackson, visto en toda la saga pero remarcado en este capítulo final, está en su indefinición sobre el público al que destina la obra. ¿Son películas infantiles? ¿Dramáticas? ¿Bélicas? El Señor de los Anillos, sin ser excesivamente sangrienta, estaba claramente destinada a un público adulto, pero Jackson, quizá pretendiendo ser más fiel a la referencia literaria, inició su andadura por El Hobbit con un marcado espíritu infantil, tal y como lo era el cuento de Tolkien. Debió olvidar Jackson que cuando Tolkien compuso El Hobbit no había pensado todavía en El Señor de los Anillos, y eso provocó que su cambio de estilo en la trilogía posterior esté justificada. Jackson, sin embargo, insiste en todo momento en demostrar la conexión entre ambas sagas, haciendo que el cambio de registro chirríe soberanamente. Su El Hobbit: Un viaje inesperado contenía Trolls bobalicones y parlanchines que no cuadraban demasiado con los vistos en El Señor de los Anillos y los excesos de detalles “simpáticos” (todavía se me revuelve el estómago cada vez que veo el trineo tirado por conejos) indicaba claramente un cambio de orientación (pese a los goteos de oscuridad con el argumento secundario del Nigromante). Pero las críticas no demasiado positivas le invitaron a declinar esa apuesta y acercarse cada vez más a sus éxitos pasados, llegando a renunciar en esta tercera película al espíritu original de su saga (nadie se imaginaría ahora a los enanos cantando) para convertirse –ahora sí- en una precuela clara de El Señor de los Anillos. Esto provoca que muchos niños se incomoden ante las escenas de guerra y las muertes de algunos personajes, pero tampoco sean del agrado de los adultos por ocurrir casi fuera de plano y sin la necesaria sangre que refuerce el drama (para no entrar en spoilers me remitiré a la inminente muerte de Smaug, del que ni siquiera se nos muestra el cadáver caído).
Esta indecisión genérica nos lleva al tercer gran problema: el guion. O mejor dicho, la falta del mismo. Suceden muchas cosas en El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos, sí, pero desordenadas y carentes de estructura. Todo es muy precipitado, como planos filmados de manera aislada uno del otro, sin un recorrido coherente. Tras desaparecer Smaug de la ecuación se podría decir que toda la película es una simple batalla, sin más giros argumentales que la aparición de nuevos bandos o los esperados cambios de parecer de algún miembro del equipo. Si se pudiese evitar el efecto niños, esta debería ser una obra cargada de política, una lucha por el poder al más puro estilo Juego de Tronos con una épica batalla final, pero por miedo a aburrir con traiciones y giros inesperados Jackson se limita a ofrecer un espectáculo de fuegos artificiales de dos horas de duración, desordenados pero muy luminosos, sin esforzarse demasiado en las tramas secundarias abiertas por el camino, como la anticlimática resolución del tema Nigromante, apenas una excusa para que viejos colegas de rodaje se paseen por el plató, y sin un final bien explicado y una serie de alianzas que sólo podemos suponer. ¡Si hasta la batalla definitiva (la que engloba por fin a los cinco ejércitos del título) sucede fuera de plano! Y eso sin mencionar momentos de gran ridículo como la aparición del último de los ejércitos, la salida de los trece enanos de su fortaleza o la forzada conversación entre Thranduil y su hijo refiriéndose de manera enigmática a un tal montaraz cuyo verdadero nombre deberá descubrir el propio Legolas (¿quién será?¿quién será?).
Finalmente, temo que Peter Jackson se haya dejado arrastrar por el efecto Star Wars, algo temido por muchos y que el orondo director no supo ver. Al igual que la trilogía-precuela de la saga galáctica decepcionó, estando muy por debajo de la original, vista la colección completa de El Hobbit la sensación es la misma, copiando casi textualmente los errores de George Lucas, con personajes cómicos molestos y casi hasta ofensivos (ese Alfrid insoportable podría bien ser la contrapartida de Jar Jar), guiños y conexiones en ocasiones demasiado forzadas para no perder nunca de vista la saga inicial (ese Nigromante que termina por convertirse en el “ojo” de Sauron o el a veces injustificable cameo de personajes de la anterior saga, mientrasque la Tauriel de Evangeline Lilly cada vez se parece más físicamente a Arwen) y, sobre todo, en vistas a una mayor comercialidad, la utilización de recursos visualmente más llamativos y alucinantes que empequeñecen a los de la “saga madre” pese a que estas ocurran con anterioridad cronológica. Igual que las naves y los robots de los episodios I, II y III de Star Wars parecían mucho más modernos que los de los IV, V y VI, los seres y ejércitos que aparecen por aquí son en ocasiones más amenazadores que los de El Señor de los Anillos, donde la amenaza se supone mayor, mientras que por otro lado se abusa de ciertas muertes muy “sencillas”, se derrota con relativa facilidad a trolls y orcos desvirtuando lo que sucederá (sucedió) en la saga madre.
Para concluir, El Hobbit: La batalla de los Cinco Ejércitos es un simple entretenimiento palomitero, una obra que se puede disfrutar en pantalla grande, que abusa del efecto nostalgia y que emociona a pequeñas dosis, pero que debes ser olvidada apenas salir de la sala, que no aconseja segundas revisiones y que, si se juzga como un final a una historia de siete u ocho horas resulta insuficiente y exasperante.
Peter Jackson ha perdido parte del crédito que se ganó con los once Oscars de El Retorno del Rey. Veremos si logra recuperarlo o queda por siempre atrapado en las entrañas de la Tierra Media.

lunes, 23 de diciembre de 2013

EL HOBBIT: LA DESOLACIÓN DE SMAUG (7d10)

De nuevo nos encontramos de viaje por la Tierra Media, ese lugar parido en la imaginación de J.R.R.Tolkien pero que los aficionados al fantástico (tanto literatura como cine –o, incluso, juegos de video o rol-) conocemos casi mejor que a nuestro propio barrio.
Inicialmente, se pensó dividir la novelita de El Hobbit (prácticamente un cuento al lado de su hermana mayor: el Señor de los Anillos) en dos películas, planeando una tercera que sirviese de puente entre el final de la aventura de Bilbo Bolsón y el comienzo de la saga de El Señor de los Anillos, pero finalmente se decidió que la novela sería dividida en tres partes, añadiéndoles pasajes que pertenecen en realidad a El Señor de los Anillos (adelantando así ese supuesto argumento puente entre ambas obras) y con otras historias y personajes de nueva cosecha. Así, la primera consideración hacia esta película es que contiene alguno de los defectos y virtudes que ya viésemos en El Señor de los Anillos: Las dos Torres. Por un lado, ya entrados en faena, es mucho más divertida y emocionante que El Hobbit: Un viaje inesperado, ya que no debe perder el tiempo en presentación de personajes (recuerden la tediosa e interminable secuencia de la cena en la Comarca) ni hay infinitas escenas de los enanos caminando, cabalgando o corriendo (sí, los planos panorámicos son excelentes, pero también excesivos), aunque por otro lado el coitus interruptus que supone la escena final (mucho más abierta que su predecesora, hace que el año de espera hasta llegar a la resolución final se vaya a hacer muy largo, y quien sabe cuántos abandonarán el viaje antes de tiempo (pese a ser muy superior a El Hobbit: Un viaje inesperado, la taquilla de El Hobbit: La desolación de Smaug está siendo notablemente inferior).
Quiero aclarar lo primero que la película me ha gustado. Y mucho. No debería dejar de comentar los alardes técnicos, la maestría de Peter Jackson a la hora de filmar o lo apasionante de la historia, con la simpatía que nos produce encontrarnos con viejos amigos como Legolas o una desconocida Tauriel que recuerda (y mucho) a Arwen de Rivendel, por no hablar ya de la omnipresencia de Gandalf el gris o el primer vistazo a la característica imagen de… (bueno, dejemos los spoilers para otro día). Sin embargo, teniendo tan reciente la magnífica saga de El Señor de los Anillos, con esos once Oscars recaudados por su última entrega pero que pueden considerarse como si la academia hubiese tratado la trilogía como una sola película de nueve horas (y es que de eso se trata en realidad), las expectativas eran altas, y tener a Peter Jackson a los mandos obligaba a exigirle lo mejor de lo mejor. Por eso puede que, al terminar de leer esta crítica, se quedan con más cosas negativas que positivas. Pero, seamos realistas, lo positivo ya se lo pueden imaginar antes de entrar en la sala de cine, ¿no?
El primer error grave es la duración del metraje. En la ya nombrada trilogía era algo casi obligado debido a la densidad del libro (aún hay quien se queja de las cosas que se quedaron fuera), pero en este caso, con tantas historias de relleno, se podría haber reducido bastante. De hecho, dos películas de duración estándar serían suficientes para contar lo que Jackson (y Guillermo Del toro, que recuerden que era el primer director elegido y cuya mano está en el guion) quería, y si nos olvidamos del dichoso puente entre ambas sagas, una sola película habría resultado excelente.
Ya desde la primera visualización del tráiler asalta una duda al espectador: si es verdad que las tres películas se han rodado al unísono o si tras la fría acogida de la primera se hicieron cambios en el guion. Y es que ese ya mencionado tráiler parecía evitar los principales defectos de El Hobbit: Un viaje inesperado y que a la postre defectos repetidos en esta primera secuela. Y se trata, resumiendo, de la total falta de carisma de los protagonistas, los enanos, personificados principalmente en la figura de su líder, un Thorin Escudo de Roble, una suerte de Aragorn venido a menos que ni de lejos ejerce el papel de estrella de la función como hacía el personaje de Viggo Mortensen en la trilogía original, tanto por culpa del personaje, repelente y carente de empatía, como todo el elenco de enanos, como del intérprete, un Richard Armitage demasiado lastrado por el maquillaje y los efectos digitales que limitan sus dotes interpretativas prácticamente a la mirada.
Martin Freeman cumple como Bilbo Bolson, mucho más suelto que en la película anterior, aunque da la sensación de que Peter Jackson no ha confiado demasiado en su atractivo para con la taquilla y ha puesto toda la carne en el asador en forma de dos personajes inventados para la ocasión, Legolas (provocando el propio Jackson que insistamos comparando este Hobbit con aquel Señor de los Anillos) y Tauriel, elfos que no aparecían en el cuento de Tolkien. Ellos son lo mejor de la película, principalmente una Evangeline Lilly que se erige como la gran guerrera de este capítulo de la saga.
Por otro lado, la espectacularidad y belleza de algunas escenas (¡qué bien hecha está Ciudad del lago!) se contrapone a cierto abuso de los efectos digitales, haciendo que escenas tan bien resueltas desde el punto de vista cinematográfico –como la de los toneles en el río- acabe convertida en un videojuego, mientras que los Orcos carecen del encanto que el maquillaje les proporcionaba en El Señor de los Anillos.
Por último, cabe resaltar el gran defecto que Jackson ha demostrado en casi todas sus películas –sin contar ese experimento fallido que fue The lovely bones- es su tendencia al exceso, que ya perjudicó la (para mi) magnífica King Kong y que recuerda un poco a los errores de su colega Stephen Sommers en esa otra película injustamente despellejada que es Van Helsing. El Hobbit: la desolación de Smaug es un no parar, una carrera adrenalítica sin tiempo para el respiro que, por ser pieza intermedia de una trilogía, carece de los necesarios planteamientos, nudo y desenlace. Si bien por un lado es imposible aburrirse con este film también es necesaria una mínima pausa para poder respirar, haciendo que la acumulación de momentos climáticos agoten y den la sensación de que el film es más largo aún de lo que en realidad es, pareciendo  interminable, más si todo el mundo está esperando (ese es el reclamo de la película, no nos engañemos) la aparición de Smaug y este no solo se produce en la última media hora sino que compone las escenas más flojas (algunas casi ridículas) de la película.
Con muchas tramas abiertas a la vez (cuando en realidad deberían ser sólo dos: Bilbo y los enanos por un lado, Gandalf por otro) y un corte demasiado abrupto (incluso las dos primeras entregas de El Señor de los Anillos tenían una especie de conclusión), todo queda pendiente de cómo el señor Jackson sea capaz de cerrar la epopeya, cosa que será interesante de ver, ya que el equilibrio narrativo de aquella (y los conocedores de la obra ya sabréis a que me refiero) se me antojan complicados.

En resumen, cerca de tres horas de acción, diversión y mucha digitalización que si bien entretiene y emociona no alcanza la maestría que se le debe exigir a Jackson, el verdadero señor de la Tierra Media.