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sábado, 9 de marzo de 2019

CAPITANA MARVEL

Capitana Marvel es una buena película. Todo funciona a la perfección, pero…
Esta podría ser, en pocas palabras, la definición de la nueva película Marvel, la número veintiuno, y que, en realidad, es vista por todo el mundo (incluso por la propia Marvel), como el prólogo a la esperadísima Vengadores: End Game. Incluso se podría afirmar que sus escenas postcréditos (a la larga irrelevantes, aunque no por ello menos aplaudidas) creaban más expectativa que la propia película.
Y es que, en realidad, todo lo malo del film dirigido por Anna Boden y Ryan Fleck se puede sintetizar en un enorme PERO, así con mayúsculas.
Vayamos por partes: A nivel argumental, sin ser nada del otro mundo, se podría decir que la película funciona bastante bien. Se presenta a Carol Danvers, que es de lo que se trata y, rompiendo ligeramente los esquemas de la clásica película de origen, se juega al despiste con el espectador disfrazando la película (aparentemente galáctica) en una intriga de espías de doble juego donde cuesta saber quien miente y quien dice la verdad. No es una historia para echar cohetes (casi toda la película es una mera excusa para que al ver End Game se sepa de donde narices ha salido la rubia superpoderosa esta), pero tampoco es como para ponerle muchas pegas, gracias en parte a la consabida fórmula Marvel que acierta de lleno en sus toques de humor (quizá me canse un poco el tema del gato, pero bueno) y que roza incluso el drama en su parte más intimista.
Los actores, por otra parte, están estupendos, en especial una Brie Larson que desde el primer minuto demuestra haber nacido para el personaje, logrando un nivel de empatía casi a la altura del de Robert Downey Jr. y su Iron Man. Su trabajo es excepcional y consigue alternar estados de ánimo con eficacia, transmitiéndonos (gracias a su mirada dulce y su media sonrisa) su vulnerabilidad para convencernos, apenas un segundo después, de que es el ser más poderoso de la Tierra. Además, su química con Samuel L. Jackson (también genial como un Nick Furia menos castigado que el que conocíamos hasta ahora) es total, consiguiendo por momentos dotar de un tono de buddy-movie a la película que agiliza mucho el ritmo, pese a la irregularidad que sus directores le otorgan.
Precisamente ese es uno de sus puntos débiles: una realización algo floja, en la que los momentos de conversaciones no están suficientemente bien medidos y donde las secuencias de acción resultan algo confusas, muy inferiores, al menos, a lo que nos tenían acostumbrados los hermanos Ruso o Josh Whedon, por nombrar a dos apellidos claves del Universo Marvel.
También se le podía achacar el desaprovechameineto de ciertos actores (Annette Bening me sabe a poco, y de Ben Mendelsohn mejor ni hablamos) o personajes (como todo el equipo que rodea a Yon-Rogg o la escasa presencia de Ronan el Acusador, aunque esto último se puede justificar debido al carácter de precuela de la película con respecto, por ejemplo, a Guardianes de la Galaxia), aunque a cambio el juego ofrecido entre los mencionados Danvers/Larson y Furia/Jackson, junto al Yon-Rogg al que da vida Jude Law o al Talos que lidera a los Skrulls es muy eficaz, más aún gracias a un prodigioso trabajo de caracterización que, si bien hace un buen trabajo con el diseño de los Skrulls, es un ejemplo de perfección en el rejuvenecimiento de Samuel L. Jackson.
Como he dicho, toda la película se justifica por la necesidad de presentar a la Capitana y situarla en un contexto idóneo de cara a lo que está por llegar en End Game, y ahí la película cumple. La explicación de lo sucedido es coherente, jugando además con el espectador más fan al ofrecer pequeñas pildoritas en forma de detalles que enlacen con lo que está por venir (visto ya en otras películas de la franquicia) o incluso insinuando cosas (que se puedan hacer realidad o no) de cara al futuro de este universo cinematográfico (una pista: tomen nota del nombre de la hija del personaje de Lashana Lynch, que interpreta a la mejor amiga de la Capitana).
Así que la historia funciona, la complicidad con el espectador es total (cuenten las lagrimitas que empaparon los ojos de los espectadores durante la aparición del logo de Marvel), la acción está bien conseguida, el humor funciona y la protagonista es perfecta. ¿Qué problema hay entonces?
La respuesta a esa pregunta se encuentra en el PERO con mayúsculas con el que comencé este comentario.
Una vez vista la película y disfrutada a tope, me queda una ligera sensación de vacío. Como si, tras conocer la historia de Carol, el resto pudiese ser ya olvidado. Black Panther, por ejemplo, que también ejercía como prólogo a Infinity War, ampliaba el Universo del MCU con la presentación de Wakanda, y Ant Man y la Avispa, esa comedieta tras el trágico desenlace de la última epopeya de Los Vengadores, ayudaba a digerir mejor el mal trago que supuso ver a Thanos victorioso.
Sine embargo, nada de esto sucede con Capitana Marvel. Parece más bien una película de transición, algo que en el mundo del comic se denomina un tie-in, y eso es lo que provoca ese PERO tan difícil de definir.
¿Me ha gustado Capitana Marvel? Sí, pero… ¿Es una buena película? Sí, pero…  ¿Consigue aumentar mi hype de cara a Vengadores: End Game? Sí, pero…
Muchos peros para lo que se esperaba de esta película, la primera del MCU protagonizada por una mujer, y que, al menos, logra superar una traba con nota: la del supuesto tono feminista que muchos haters cortos de miras le achacaban antes incluso de su estreno. Y es que en esto sí han sido sus realizadores muy inteligentes: Carol Danvers representa a la perfección el espíritu de la mujer luchadora, independiente y capaz, sin necesitar para ello componer un panfleto propagandístico como el que pretendía ser, imposible no comparar, Wonder Woman, esa película de empoderamiento femenino en la que yo siempre insistiré que el verdadero héroe (el que hace el sacrificio definitivo para salvar vidas) era un hombre: Steve Trevor.

Valoración: Siete sobre diez.

domingo, 28 de diciembre de 2014

EL HOBBIT: LA BATALLA DE LOS CINCO EJÉRCITOS (6d10)

Lo mejor que puede decirse de El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos es que es la última película de la saga. Por fin ha terminado este chicle estirado que supone el segundo paseo de Peter Jackson por la Tierra Media y, esperemos (aunque no confiemos), que el último.
El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos no es exactamente una película mala, sus 144 minutos pasan como un suspiro y su realización técnica es bastante impecable (y digo lo de bastante porque pese al altísimo nivel que muestra en casi todo momento alguna escenita de ridículo ajeno también se cuela por ahí). Sin embargo, contiene demasiados errores conceptuales como para poderla considerar buena y su argumento impide disfrutarla de manera aislada a sus dos entregas anteriores, mientras que vistas las tres en su conjunto el resultado es cansino y alargado.
Resulta curioso que el señor Jackson, que es un buen conocedor de los esquemas básicos del cine, tal y como demostró en su excesiva pero entretenidísima King Kong, ignora todas las fórmulas conocidas, no para reinventar conceptos (esto es un blockbuster en toda regla, que nadie piense en cine de autor, por favor), sino como contagiándose de la desidia que está provocando entre sus fans (cada nuevo episodio de El Hobbit ha recaudado menos que el anterior). Y es que, ciertamente, hay momentos del film que parecen realizados de mala gana, tanto por parte del director neozelandés como por alguno de sus actores.
No voy a entrar a valorar si tres películas es un exceso para adaptar un cuento de apenas trescientas páginas (que también es cierto que carece de las interminables descripciones y desvaríos de El Señor de los Anillos, por lo que en proporción contiene más acción que la legendaria trilogía de Tolkien), pues este es simplemente un punto de partida, y como tal me vienen a la mente excelentes películas basadas en una simple colección de cromos (Mars Attack), en un discurso (In&Out) o incluso otra saga (también alarmantemente en decadencia) proveniente de un parque de atracciones. Así, es legítimo que Jackson logre hacer tres películas de El Hobbit, inventando a su antojo para dar más coherencia con respecto a El Señor de los Anillos, y rescatando datos y recursos de los Apéndices o de otras obras ambientadas en la Tierra Media. Así que el problema para mí no está en el qué, sino en el cómo.
Y estos son los principales errores de Peter Jackson, el señor de la Tierra Media pero al que yo sigo prefiriendo por sus gamberradas tipo Tu madre se ha comido a mi perro o Agárrame esos fantasmas:
Para empezar, el propio Jackson no parece creer en su propuesta. Esto se ve en la fragmentación que hace de la historia. Los tres bloques deberían estar bien claros, y los subtítulos de los films así parecen indicarlo: Un viaje inesperado, La desolación de Smaug y La Batalla de los Cinco Ejércitos (inicialmente llamada con el subtítulo mucho menos espectacular de Partida y regreso). Es decir, una parte para la presentación y viaje de los aventureros hasta las cercanías del Bosque Negro, una segunda para sus aventuras en Esgaroth, la entrada en Erebor y el enfrentamiento con el dragón Smaug y una tercera para describir el vacío de poder en Erebor y la consiguiente batalla por el tesoro de los enanos. Esto, que sobre el papel parece muy razonable, se lo salta Jackson al final de El Hobbit: La desolación de Smaug para dejar la historia en suspenso y con un gran cliffhanger que enganche al espectador de cara a este capítulo final, como temiendo que si cierra su historia nadie se interesará por la conclusión. Ello plantea que El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos arranque con mucha fuerza, con el ataque de Smaug a Esgarothpero se ventile el tema en apenas un cuarto de hora. La muerte del dragón (que tampoco es todo lo épica e impactante que debería ser) es lo mejor de la película, pero no debería pertenecer a ella. Es apenas un prólogo que debería haber formado parte del episodio anterior, propiciando que a partir de ahora todo sea cuesta abajo.
El segundo gran error de Jackson, visto en toda la saga pero remarcado en este capítulo final, está en su indefinición sobre el público al que destina la obra. ¿Son películas infantiles? ¿Dramáticas? ¿Bélicas? El Señor de los Anillos, sin ser excesivamente sangrienta, estaba claramente destinada a un público adulto, pero Jackson, quizá pretendiendo ser más fiel a la referencia literaria, inició su andadura por El Hobbit con un marcado espíritu infantil, tal y como lo era el cuento de Tolkien. Debió olvidar Jackson que cuando Tolkien compuso El Hobbit no había pensado todavía en El Señor de los Anillos, y eso provocó que su cambio de estilo en la trilogía posterior esté justificada. Jackson, sin embargo, insiste en todo momento en demostrar la conexión entre ambas sagas, haciendo que el cambio de registro chirríe soberanamente. Su El Hobbit: Un viaje inesperado contenía Trolls bobalicones y parlanchines que no cuadraban demasiado con los vistos en El Señor de los Anillos y los excesos de detalles “simpáticos” (todavía se me revuelve el estómago cada vez que veo el trineo tirado por conejos) indicaba claramente un cambio de orientación (pese a los goteos de oscuridad con el argumento secundario del Nigromante). Pero las críticas no demasiado positivas le invitaron a declinar esa apuesta y acercarse cada vez más a sus éxitos pasados, llegando a renunciar en esta tercera película al espíritu original de su saga (nadie se imaginaría ahora a los enanos cantando) para convertirse –ahora sí- en una precuela clara de El Señor de los Anillos. Esto provoca que muchos niños se incomoden ante las escenas de guerra y las muertes de algunos personajes, pero tampoco sean del agrado de los adultos por ocurrir casi fuera de plano y sin la necesaria sangre que refuerce el drama (para no entrar en spoilers me remitiré a la inminente muerte de Smaug, del que ni siquiera se nos muestra el cadáver caído).
Esta indecisión genérica nos lleva al tercer gran problema: el guion. O mejor dicho, la falta del mismo. Suceden muchas cosas en El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos, sí, pero desordenadas y carentes de estructura. Todo es muy precipitado, como planos filmados de manera aislada uno del otro, sin un recorrido coherente. Tras desaparecer Smaug de la ecuación se podría decir que toda la película es una simple batalla, sin más giros argumentales que la aparición de nuevos bandos o los esperados cambios de parecer de algún miembro del equipo. Si se pudiese evitar el efecto niños, esta debería ser una obra cargada de política, una lucha por el poder al más puro estilo Juego de Tronos con una épica batalla final, pero por miedo a aburrir con traiciones y giros inesperados Jackson se limita a ofrecer un espectáculo de fuegos artificiales de dos horas de duración, desordenados pero muy luminosos, sin esforzarse demasiado en las tramas secundarias abiertas por el camino, como la anticlimática resolución del tema Nigromante, apenas una excusa para que viejos colegas de rodaje se paseen por el plató, y sin un final bien explicado y una serie de alianzas que sólo podemos suponer. ¡Si hasta la batalla definitiva (la que engloba por fin a los cinco ejércitos del título) sucede fuera de plano! Y eso sin mencionar momentos de gran ridículo como la aparición del último de los ejércitos, la salida de los trece enanos de su fortaleza o la forzada conversación entre Thranduil y su hijo refiriéndose de manera enigmática a un tal montaraz cuyo verdadero nombre deberá descubrir el propio Legolas (¿quién será?¿quién será?).
Finalmente, temo que Peter Jackson se haya dejado arrastrar por el efecto Star Wars, algo temido por muchos y que el orondo director no supo ver. Al igual que la trilogía-precuela de la saga galáctica decepcionó, estando muy por debajo de la original, vista la colección completa de El Hobbit la sensación es la misma, copiando casi textualmente los errores de George Lucas, con personajes cómicos molestos y casi hasta ofensivos (ese Alfrid insoportable podría bien ser la contrapartida de Jar Jar), guiños y conexiones en ocasiones demasiado forzadas para no perder nunca de vista la saga inicial (ese Nigromante que termina por convertirse en el “ojo” de Sauron o el a veces injustificable cameo de personajes de la anterior saga, mientrasque la Tauriel de Evangeline Lilly cada vez se parece más físicamente a Arwen) y, sobre todo, en vistas a una mayor comercialidad, la utilización de recursos visualmente más llamativos y alucinantes que empequeñecen a los de la “saga madre” pese a que estas ocurran con anterioridad cronológica. Igual que las naves y los robots de los episodios I, II y III de Star Wars parecían mucho más modernos que los de los IV, V y VI, los seres y ejércitos que aparecen por aquí son en ocasiones más amenazadores que los de El Señor de los Anillos, donde la amenaza se supone mayor, mientras que por otro lado se abusa de ciertas muertes muy “sencillas”, se derrota con relativa facilidad a trolls y orcos desvirtuando lo que sucederá (sucedió) en la saga madre.
Para concluir, El Hobbit: La batalla de los Cinco Ejércitos es un simple entretenimiento palomitero, una obra que se puede disfrutar en pantalla grande, que abusa del efecto nostalgia y que emociona a pequeñas dosis, pero que debes ser olvidada apenas salir de la sala, que no aconseja segundas revisiones y que, si se juzga como un final a una historia de siete u ocho horas resulta insuficiente y exasperante.
Peter Jackson ha perdido parte del crédito que se ganó con los once Oscars de El Retorno del Rey. Veremos si logra recuperarlo o queda por siempre atrapado en las entrañas de la Tierra Media.