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sábado, 26 de mayo de 2018

CARGO

La moda del cine de zombies (o infectados en este caso, para ser más precisos) parece no tener fin, y cada poco tiempo aparece una nueva película tratando de mostrar unas diferencias con el resto lo suficientemente interesantes para ser tenidas en cuenta.
Con casi todo ya inventado (a no ser que apostemos por la serie B más demencial), la apuesta de Ben Howling  y Yolanda Ramke, que en realidad no hacen más que adaptar su propio cortometraje, es buscar el realismo y la profundidad psicológica, apostando más por el ritmo lento pero imparable de la narración que no el terror puro y la acción desmedida, haciendo hincapié en los fabulosos escenarios naturales que aprovechan con magnífica eficacia y en la labor interpretativa, sobre todo la de un Martin Freeman soberbio.
Cargo podría verse como una variante zombie de The Road, hermanada por momentos en la época más inspirada de The Walking Dead y que recupera el concepto que ya probara, sin demasiada fortuna, Schwarzenegger en Maggie pero a la inversa. Es decir, un padre infectado que debe proteger a su hija del apocalipsis.
Australia es un lugar tan hermoso como árido, y los parajes desolados y desérticos que servían como telón de fondo a películas como Mad Max son nuevamente un elemento imprescindible para la obra. Howling y Ramke son conscientes de ello y consiguen una fotografía preciosa, con una gama de colores que, pese a la poca repercusión mediática que ha tenido este último estreno de Netflix, ha logrado aumentar considerablemente el interés turístico de la zona.
Quizá el mayor logro de Cargo es conseguir tener un ritmo muy lento y pausado, casi desesperante, que sin embargo no aburre en ningún momento. Además, ese desasosiego que tan bien contagia al espectador de la desesperación del padre protagonista, en una marcha contrarreloj por encontrar a alguien que cuide de su hija de un año tras su ausencia, enmascara una historia en la que, en realidad, pasan muchas cosas. Durante el visionado se puede tener la sensación de que todo se centra en Freeman caminando con su bebé a cuestas, mérito del gran trabajo que hace el actor, con una intensidad contenida muy pareja a la de Viggo Mortensen en la mencionada The Road, pero analizada con posterioridad es todo un carrusel de acciones que cierta serie de televisión precisaría de más de una temporada para saber desarrollar.
Hay, por último, otro elemento a destacar, y es la presencia de los aborígenes que, si bien no tienen el tiempo que merecerían para ser mejor desarrollados, sí demuestran el esfuerzo por parte de los directores de mostrar la manera en que culturas diferentes a la del hombre blanco occidental que siempre lo domina todo pueden enfrentarse a este particular fin del mundo.
Película, en fin, de corte lento y calado profundo, con mucho menos gore de lo que uno podría esperar del género zombie y que no es apta para los amantes de las carnicerías, pero que ofrece una visión más humana del conflicto y que, con Freeman y el paisaje como principales valedores, supone una interesante aportación al género.

Valoración: siete sobre diez.

domingo, 18 de febrero de 2018

BLACK PANTHER

Ya he hablado muchas veces del miedo que me provoca el exceso de hype antes de ver una película, y las excelsas críticas positivas referidas a Black Panther tras sus pases previos me hacían presagiar una merecida decepción. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, y una vez disfrutada puedo confirmar que la última producción Marvel es todo lo que se ha dicho de ella y más, demostrando que en Disney saben las teclas que deben tocar para unir a crítica y público y que el fracaso de Liga de la Justicia no es más que una excepción que confirma que no hay ninguna amenaza que suponga el fin de la burbuja del cine de superhéroes.
Daba la sensación de que por mucho que se acusara a Marvel/Disney de hacer películas fotocopiadas, últimamente se estaba dando más libertad de lo habitual a sus directores para que diesen forma e identidad a sus películas. No hay duda que los hermanos Russo han demostrado un estilo particular con sus dos aproximaciones al Capi: Soldado de Invierno y Civil War, y lo mismo, aunque multiplicado por cien, se podría decir de Taika Waititi y su peculiar Thor: Ragnarok. Eso mismo parece haber sucedido con Ryan Coogler, que con la interesante Creed como único precedente en su currículo, ha podido plasmar sus ideas con total libertad, consiguiendo dotar al film de una capa de alegato político y racial que la beneficia en gran medida.
No sé si cabría definir Black Panther como un film arriesgado, aunque sabe evitar los convencionalismos del género con soltura. Si bien su trama general no sea nada del otro mundo y el espectador habitual pueda intuir en todo momento por donde van a ir los giros argumentales, lo cierto es que está todo tan bien hecho y con las ideas tan claras que resulta fresco y novedoso. Black Panther es como una de esas ensaladas con mil ingredientes que, por separado, resultan hasta anodinos, pero que jamás podíamos imaginar que juntos iban a combinar tan bien. Con dos partes bien diferenciadas, la trama de Busan y la de Wakanda, cada una centrada en un villano en concreto, la película reúne elementos propios de James Bond (aunque con gadgets aún más alucinantes que en las pelis del agente 007 pero evitando siempre caer en el ridículo), de los dramas familiares más shakesperianos, batallas aéreas dignas de Star Wars, intrigas palaciegas a lo Juego de Tronos y espectaculares combates al nivel del suelo que desprenden un aroma a El Señor de los Anillos. Todo ello sin olvidar que estamos en una peli de tipos disfrazados y efectos especiales y con la África más tribal, con sus colores y costumbres (que en alguna escena rememora incluso a El Rey León), como escenario principal.
Un amalgama de géneros que podrían haber convertido la película en un pastiche espantoso pero que terminan combinando asombrosamente bien, logrando ser emocionante, dramática y divertida, con unos toques de humor muy ajustados y sin que en ningún momento se olvide que hay un trasfondo político muy definido.
Coogler es el máximo responsable de lograr que este complicado crucigrama tenga final feliz, gracias en gran medida a tomarse la molestia de definir bien a unos personajes que van a encandilar al público de raza negra en particular y a cualquier buen aficionado al cine en general, denunciando sin llegar a posicionarse, con un villano con buenas motivaciones (algunos incluso podrían llegar a dudar sobre su condición de villano) y un excelente aprovechamiento de su elenco femenino, con tres personajes muy diferentes entre sí pero con mucho que aportar al buen funcionamiento de la historia.
Vinculada solo lo justo al resto del MCU (solo parece algo atada a Civil War, algo lógico teniendo en cuenta que fue ahí donde se presentó el personaje), Black Panther ha demostrado ser mucho más de lo que muchos se temían, una simple peli de aventuras en la selva, alzándose entre las mejores propuestas del cien de superhéroes y logrando un nuevo éxito para la saga.
Y a quien no le haya quedado claro de que va la cosa, que esté atento a las palabras del protagonista en la primera de las dos escenas postcréditos que cierran el film: una sola frase sentencia y define a una sociedad de forma implacable.
Mucho me temo (aunque ojalá me equivoque) que Black Panther, aunque será un pelotazo, no va a superar los números en taquilla de Los últimos Jedi, pero creo que sería muy interesante que Rian Johnson le pegara un vistazo a esta película. Podría tener mucho que aprender. Y es que, aunque no lo parezca, hay muchas similitudes entre Black Panther y Los últimos Jedi, con la diferencia de que en Black Panther lo resuelven todo bien, y en Los últimos Jedi

Valoración: Ocho sobre diez.

jueves, 24 de diciembre de 2015

La sugerencia del mes: LOVE ACTUALLY

Aunque tenía pensado terminar el año de comentarios con Fahrenheit 451, por aquello de cerrar el círculo y acabar con el mismo director con el que empezamos, preferí adelantarla al mes pasado para dar un toque navideño a la sección.
Esta no es exactamente una recomendación para el blog como tal, sino una insistencia constante por parte de mi amigo Sergio que no podía creer que no hubiese visto nunca esta comedia romántica de Richard Curtis que él mismo definía como el “Qué bello es vivir” de nuestra generación.
No creo que las comparativas con el clásico de Frank Capra sea válido ya que aquella era una película de claro espíritu navideño y revisionado obligatorio en estas fechas, mientras que, aunque la acción de Love Actually sea también en la previa de la Navidad, su mensaje está más centrado en el amor que en el sentimiento navideño y que, canciones aparte, podría haber funcionado igual de bien de haberse ambientado en cualquier otra época del año.
Escrita por el propio Curtis, Love Actually es una colección de historias, alguna más interesante que otra, que se entrecruzarán en ocasiones para ofrecernos diversas historias románticas con un toque humorístico muy británico. Curtis, que debutaba como director con esta película, tenía un amplio bagaje como guionista, principalmente en el terreno televisivo y para mayor gracia de Rowan Atkinson, habiendo elaborado también el libreto de Nothing Hill o El diario de Bridget Jones, lo cual hacía casi obligatorio que en su debut tras las cámaras contara con la presencia de Atkinson y de Hugh Grant, principales baluartes del humor absurdo y de la comedia romántica de Gran Bretaña, respectivamente.
Sin duda, lo que más destaca de Love Actually es su reparto, una colección de estrellas casi irrepetible que, además, ha ganado glamour con el paso de los años. Aparte de los ya mencionados el cartel destacaba la presencia de algunos clásicos del género como Alan Rickman, Colin Firth o Emma Thompson, además de a un Liam Neeson que todavía no era considerado un héroe de acción, Keira Knightley recién salida de Piratas del Caribe, Laura Linney o la menos conocida Martine McCutcheon. Hasta aquí los nombres que aparecían en el poster, pero mucha atención a los que nos podemos encontrar en papeles igual de destacados o más: Martin Freeman (uno de los actores de moda gracias a las series Sherlock y Fargo y a la trilogía de El Hobbit), Chiwetel Ejiofor (nominado al Oscar por 12 años de esclavitud y una de las nuevas caras para la Fase Tres de Marvel), Andrew Lincoln (protagonista principal de la exitosa The Walking Dead), Thomas Brodie-Sangster (uno de los protagonistas de la saga El corredor del laberinto aparte de haberse colado modo cameo en Star Wars: El despertar de la Fuerza), Rodrigo Santoro (mucho antes de convertirse en el Xerxes de 300 o de pasearse por Perdidos)… y eso centrándonos en personajes principales, que también están los simples cameos de gente como Billy Bob Thornton, January Jones o Elisha Cuthbert.
Estrellas aparte, la conjunción de historias funciona a la perfección, consiguiendo enternecer y emocionar sin abandonar nunca el toque cómico que impida que decaiga en la ñoñería. Cuenta con el típico inconveniente de que no todas las historias que se presentan funcionan igual de bien, pero al menos están suficientemente diversificadas para que ninguna llegue a desmerecer la obra.
Como comentario aparte, habría que destacar que esta película es, sin duda, la referencia más evidente para la reciente Barcelona, nit d´hivern, donde Dani de la Orden copia sin complejos el esquema y el espíritu (escena final en el aeropuerto incluida) aunque consiguiendo una obra final más divertida aún.
Con momentos impagables como los que protagoniza el rockero pasado de vueltas o el enfrentamiento entre los presidentes americano y británico hacen de esta película una joyita muy disfrutable que, aunque como ya he dicho, no sea obligatoria ver en navidad sí es muy recomendable revisionar en estas fechas.
Es una buena aportación a iluminar unos días donde apetece disfrutar de buenos sentimientos y finales felices, aunque algunos abusen del almíbar.


domingo, 28 de diciembre de 2014

EL HOBBIT: LA BATALLA DE LOS CINCO EJÉRCITOS (6d10)

Lo mejor que puede decirse de El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos es que es la última película de la saga. Por fin ha terminado este chicle estirado que supone el segundo paseo de Peter Jackson por la Tierra Media y, esperemos (aunque no confiemos), que el último.
El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos no es exactamente una película mala, sus 144 minutos pasan como un suspiro y su realización técnica es bastante impecable (y digo lo de bastante porque pese al altísimo nivel que muestra en casi todo momento alguna escenita de ridículo ajeno también se cuela por ahí). Sin embargo, contiene demasiados errores conceptuales como para poderla considerar buena y su argumento impide disfrutarla de manera aislada a sus dos entregas anteriores, mientras que vistas las tres en su conjunto el resultado es cansino y alargado.
Resulta curioso que el señor Jackson, que es un buen conocedor de los esquemas básicos del cine, tal y como demostró en su excesiva pero entretenidísima King Kong, ignora todas las fórmulas conocidas, no para reinventar conceptos (esto es un blockbuster en toda regla, que nadie piense en cine de autor, por favor), sino como contagiándose de la desidia que está provocando entre sus fans (cada nuevo episodio de El Hobbit ha recaudado menos que el anterior). Y es que, ciertamente, hay momentos del film que parecen realizados de mala gana, tanto por parte del director neozelandés como por alguno de sus actores.
No voy a entrar a valorar si tres películas es un exceso para adaptar un cuento de apenas trescientas páginas (que también es cierto que carece de las interminables descripciones y desvaríos de El Señor de los Anillos, por lo que en proporción contiene más acción que la legendaria trilogía de Tolkien), pues este es simplemente un punto de partida, y como tal me vienen a la mente excelentes películas basadas en una simple colección de cromos (Mars Attack), en un discurso (In&Out) o incluso otra saga (también alarmantemente en decadencia) proveniente de un parque de atracciones. Así, es legítimo que Jackson logre hacer tres películas de El Hobbit, inventando a su antojo para dar más coherencia con respecto a El Señor de los Anillos, y rescatando datos y recursos de los Apéndices o de otras obras ambientadas en la Tierra Media. Así que el problema para mí no está en el qué, sino en el cómo.
Y estos son los principales errores de Peter Jackson, el señor de la Tierra Media pero al que yo sigo prefiriendo por sus gamberradas tipo Tu madre se ha comido a mi perro o Agárrame esos fantasmas:
Para empezar, el propio Jackson no parece creer en su propuesta. Esto se ve en la fragmentación que hace de la historia. Los tres bloques deberían estar bien claros, y los subtítulos de los films así parecen indicarlo: Un viaje inesperado, La desolación de Smaug y La Batalla de los Cinco Ejércitos (inicialmente llamada con el subtítulo mucho menos espectacular de Partida y regreso). Es decir, una parte para la presentación y viaje de los aventureros hasta las cercanías del Bosque Negro, una segunda para sus aventuras en Esgaroth, la entrada en Erebor y el enfrentamiento con el dragón Smaug y una tercera para describir el vacío de poder en Erebor y la consiguiente batalla por el tesoro de los enanos. Esto, que sobre el papel parece muy razonable, se lo salta Jackson al final de El Hobbit: La desolación de Smaug para dejar la historia en suspenso y con un gran cliffhanger que enganche al espectador de cara a este capítulo final, como temiendo que si cierra su historia nadie se interesará por la conclusión. Ello plantea que El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos arranque con mucha fuerza, con el ataque de Smaug a Esgarothpero se ventile el tema en apenas un cuarto de hora. La muerte del dragón (que tampoco es todo lo épica e impactante que debería ser) es lo mejor de la película, pero no debería pertenecer a ella. Es apenas un prólogo que debería haber formado parte del episodio anterior, propiciando que a partir de ahora todo sea cuesta abajo.
El segundo gran error de Jackson, visto en toda la saga pero remarcado en este capítulo final, está en su indefinición sobre el público al que destina la obra. ¿Son películas infantiles? ¿Dramáticas? ¿Bélicas? El Señor de los Anillos, sin ser excesivamente sangrienta, estaba claramente destinada a un público adulto, pero Jackson, quizá pretendiendo ser más fiel a la referencia literaria, inició su andadura por El Hobbit con un marcado espíritu infantil, tal y como lo era el cuento de Tolkien. Debió olvidar Jackson que cuando Tolkien compuso El Hobbit no había pensado todavía en El Señor de los Anillos, y eso provocó que su cambio de estilo en la trilogía posterior esté justificada. Jackson, sin embargo, insiste en todo momento en demostrar la conexión entre ambas sagas, haciendo que el cambio de registro chirríe soberanamente. Su El Hobbit: Un viaje inesperado contenía Trolls bobalicones y parlanchines que no cuadraban demasiado con los vistos en El Señor de los Anillos y los excesos de detalles “simpáticos” (todavía se me revuelve el estómago cada vez que veo el trineo tirado por conejos) indicaba claramente un cambio de orientación (pese a los goteos de oscuridad con el argumento secundario del Nigromante). Pero las críticas no demasiado positivas le invitaron a declinar esa apuesta y acercarse cada vez más a sus éxitos pasados, llegando a renunciar en esta tercera película al espíritu original de su saga (nadie se imaginaría ahora a los enanos cantando) para convertirse –ahora sí- en una precuela clara de El Señor de los Anillos. Esto provoca que muchos niños se incomoden ante las escenas de guerra y las muertes de algunos personajes, pero tampoco sean del agrado de los adultos por ocurrir casi fuera de plano y sin la necesaria sangre que refuerce el drama (para no entrar en spoilers me remitiré a la inminente muerte de Smaug, del que ni siquiera se nos muestra el cadáver caído).
Esta indecisión genérica nos lleva al tercer gran problema: el guion. O mejor dicho, la falta del mismo. Suceden muchas cosas en El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos, sí, pero desordenadas y carentes de estructura. Todo es muy precipitado, como planos filmados de manera aislada uno del otro, sin un recorrido coherente. Tras desaparecer Smaug de la ecuación se podría decir que toda la película es una simple batalla, sin más giros argumentales que la aparición de nuevos bandos o los esperados cambios de parecer de algún miembro del equipo. Si se pudiese evitar el efecto niños, esta debería ser una obra cargada de política, una lucha por el poder al más puro estilo Juego de Tronos con una épica batalla final, pero por miedo a aburrir con traiciones y giros inesperados Jackson se limita a ofrecer un espectáculo de fuegos artificiales de dos horas de duración, desordenados pero muy luminosos, sin esforzarse demasiado en las tramas secundarias abiertas por el camino, como la anticlimática resolución del tema Nigromante, apenas una excusa para que viejos colegas de rodaje se paseen por el plató, y sin un final bien explicado y una serie de alianzas que sólo podemos suponer. ¡Si hasta la batalla definitiva (la que engloba por fin a los cinco ejércitos del título) sucede fuera de plano! Y eso sin mencionar momentos de gran ridículo como la aparición del último de los ejércitos, la salida de los trece enanos de su fortaleza o la forzada conversación entre Thranduil y su hijo refiriéndose de manera enigmática a un tal montaraz cuyo verdadero nombre deberá descubrir el propio Legolas (¿quién será?¿quién será?).
Finalmente, temo que Peter Jackson se haya dejado arrastrar por el efecto Star Wars, algo temido por muchos y que el orondo director no supo ver. Al igual que la trilogía-precuela de la saga galáctica decepcionó, estando muy por debajo de la original, vista la colección completa de El Hobbit la sensación es la misma, copiando casi textualmente los errores de George Lucas, con personajes cómicos molestos y casi hasta ofensivos (ese Alfrid insoportable podría bien ser la contrapartida de Jar Jar), guiños y conexiones en ocasiones demasiado forzadas para no perder nunca de vista la saga inicial (ese Nigromante que termina por convertirse en el “ojo” de Sauron o el a veces injustificable cameo de personajes de la anterior saga, mientrasque la Tauriel de Evangeline Lilly cada vez se parece más físicamente a Arwen) y, sobre todo, en vistas a una mayor comercialidad, la utilización de recursos visualmente más llamativos y alucinantes que empequeñecen a los de la “saga madre” pese a que estas ocurran con anterioridad cronológica. Igual que las naves y los robots de los episodios I, II y III de Star Wars parecían mucho más modernos que los de los IV, V y VI, los seres y ejércitos que aparecen por aquí son en ocasiones más amenazadores que los de El Señor de los Anillos, donde la amenaza se supone mayor, mientras que por otro lado se abusa de ciertas muertes muy “sencillas”, se derrota con relativa facilidad a trolls y orcos desvirtuando lo que sucederá (sucedió) en la saga madre.
Para concluir, El Hobbit: La batalla de los Cinco Ejércitos es un simple entretenimiento palomitero, una obra que se puede disfrutar en pantalla grande, que abusa del efecto nostalgia y que emociona a pequeñas dosis, pero que debes ser olvidada apenas salir de la sala, que no aconseja segundas revisiones y que, si se juzga como un final a una historia de siete u ocho horas resulta insuficiente y exasperante.
Peter Jackson ha perdido parte del crédito que se ganó con los once Oscars de El Retorno del Rey. Veremos si logra recuperarlo o queda por siempre atrapado en las entrañas de la Tierra Media.

lunes, 23 de diciembre de 2013

EL HOBBIT: LA DESOLACIÓN DE SMAUG (7d10)

De nuevo nos encontramos de viaje por la Tierra Media, ese lugar parido en la imaginación de J.R.R.Tolkien pero que los aficionados al fantástico (tanto literatura como cine –o, incluso, juegos de video o rol-) conocemos casi mejor que a nuestro propio barrio.
Inicialmente, se pensó dividir la novelita de El Hobbit (prácticamente un cuento al lado de su hermana mayor: el Señor de los Anillos) en dos películas, planeando una tercera que sirviese de puente entre el final de la aventura de Bilbo Bolsón y el comienzo de la saga de El Señor de los Anillos, pero finalmente se decidió que la novela sería dividida en tres partes, añadiéndoles pasajes que pertenecen en realidad a El Señor de los Anillos (adelantando así ese supuesto argumento puente entre ambas obras) y con otras historias y personajes de nueva cosecha. Así, la primera consideración hacia esta película es que contiene alguno de los defectos y virtudes que ya viésemos en El Señor de los Anillos: Las dos Torres. Por un lado, ya entrados en faena, es mucho más divertida y emocionante que El Hobbit: Un viaje inesperado, ya que no debe perder el tiempo en presentación de personajes (recuerden la tediosa e interminable secuencia de la cena en la Comarca) ni hay infinitas escenas de los enanos caminando, cabalgando o corriendo (sí, los planos panorámicos son excelentes, pero también excesivos), aunque por otro lado el coitus interruptus que supone la escena final (mucho más abierta que su predecesora, hace que el año de espera hasta llegar a la resolución final se vaya a hacer muy largo, y quien sabe cuántos abandonarán el viaje antes de tiempo (pese a ser muy superior a El Hobbit: Un viaje inesperado, la taquilla de El Hobbit: La desolación de Smaug está siendo notablemente inferior).
Quiero aclarar lo primero que la película me ha gustado. Y mucho. No debería dejar de comentar los alardes técnicos, la maestría de Peter Jackson a la hora de filmar o lo apasionante de la historia, con la simpatía que nos produce encontrarnos con viejos amigos como Legolas o una desconocida Tauriel que recuerda (y mucho) a Arwen de Rivendel, por no hablar ya de la omnipresencia de Gandalf el gris o el primer vistazo a la característica imagen de… (bueno, dejemos los spoilers para otro día). Sin embargo, teniendo tan reciente la magnífica saga de El Señor de los Anillos, con esos once Oscars recaudados por su última entrega pero que pueden considerarse como si la academia hubiese tratado la trilogía como una sola película de nueve horas (y es que de eso se trata en realidad), las expectativas eran altas, y tener a Peter Jackson a los mandos obligaba a exigirle lo mejor de lo mejor. Por eso puede que, al terminar de leer esta crítica, se quedan con más cosas negativas que positivas. Pero, seamos realistas, lo positivo ya se lo pueden imaginar antes de entrar en la sala de cine, ¿no?
El primer error grave es la duración del metraje. En la ya nombrada trilogía era algo casi obligado debido a la densidad del libro (aún hay quien se queja de las cosas que se quedaron fuera), pero en este caso, con tantas historias de relleno, se podría haber reducido bastante. De hecho, dos películas de duración estándar serían suficientes para contar lo que Jackson (y Guillermo Del toro, que recuerden que era el primer director elegido y cuya mano está en el guion) quería, y si nos olvidamos del dichoso puente entre ambas sagas, una sola película habría resultado excelente.
Ya desde la primera visualización del tráiler asalta una duda al espectador: si es verdad que las tres películas se han rodado al unísono o si tras la fría acogida de la primera se hicieron cambios en el guion. Y es que ese ya mencionado tráiler parecía evitar los principales defectos de El Hobbit: Un viaje inesperado y que a la postre defectos repetidos en esta primera secuela. Y se trata, resumiendo, de la total falta de carisma de los protagonistas, los enanos, personificados principalmente en la figura de su líder, un Thorin Escudo de Roble, una suerte de Aragorn venido a menos que ni de lejos ejerce el papel de estrella de la función como hacía el personaje de Viggo Mortensen en la trilogía original, tanto por culpa del personaje, repelente y carente de empatía, como todo el elenco de enanos, como del intérprete, un Richard Armitage demasiado lastrado por el maquillaje y los efectos digitales que limitan sus dotes interpretativas prácticamente a la mirada.
Martin Freeman cumple como Bilbo Bolson, mucho más suelto que en la película anterior, aunque da la sensación de que Peter Jackson no ha confiado demasiado en su atractivo para con la taquilla y ha puesto toda la carne en el asador en forma de dos personajes inventados para la ocasión, Legolas (provocando el propio Jackson que insistamos comparando este Hobbit con aquel Señor de los Anillos) y Tauriel, elfos que no aparecían en el cuento de Tolkien. Ellos son lo mejor de la película, principalmente una Evangeline Lilly que se erige como la gran guerrera de este capítulo de la saga.
Por otro lado, la espectacularidad y belleza de algunas escenas (¡qué bien hecha está Ciudad del lago!) se contrapone a cierto abuso de los efectos digitales, haciendo que escenas tan bien resueltas desde el punto de vista cinematográfico –como la de los toneles en el río- acabe convertida en un videojuego, mientras que los Orcos carecen del encanto que el maquillaje les proporcionaba en El Señor de los Anillos.
Por último, cabe resaltar el gran defecto que Jackson ha demostrado en casi todas sus películas –sin contar ese experimento fallido que fue The lovely bones- es su tendencia al exceso, que ya perjudicó la (para mi) magnífica King Kong y que recuerda un poco a los errores de su colega Stephen Sommers en esa otra película injustamente despellejada que es Van Helsing. El Hobbit: la desolación de Smaug es un no parar, una carrera adrenalítica sin tiempo para el respiro que, por ser pieza intermedia de una trilogía, carece de los necesarios planteamientos, nudo y desenlace. Si bien por un lado es imposible aburrirse con este film también es necesaria una mínima pausa para poder respirar, haciendo que la acumulación de momentos climáticos agoten y den la sensación de que el film es más largo aún de lo que en realidad es, pareciendo  interminable, más si todo el mundo está esperando (ese es el reclamo de la película, no nos engañemos) la aparición de Smaug y este no solo se produce en la última media hora sino que compone las escenas más flojas (algunas casi ridículas) de la película.
Con muchas tramas abiertas a la vez (cuando en realidad deberían ser sólo dos: Bilbo y los enanos por un lado, Gandalf por otro) y un corte demasiado abrupto (incluso las dos primeras entregas de El Señor de los Anillos tenían una especie de conclusión), todo queda pendiente de cómo el señor Jackson sea capaz de cerrar la epopeya, cosa que será interesante de ver, ya que el equilibrio narrativo de aquella (y los conocedores de la obra ya sabréis a que me refiero) se me antojan complicados.

En resumen, cerca de tres horas de acción, diversión y mucha digitalización que si bien entretiene y emociona no alcanza la maestría que se le debe exigir a Jackson, el verdadero señor de la Tierra Media.

lunes, 2 de diciembre de 2013

BIENVENIDOS AL FIN DEL MUNDO * (7d10)

Lo han vuelto a hacer. No contentos con la experiencia de La Cabaña en el Bosque, las distribuidoras españolas han vuelto a maltratar una película que fue de lo mejorcito del reciente festival de Sitges y que, si bien la calamidad no es tan notable con respecto a la obra de Drew Goddard, hay que remarcar que se ha estrenado en tan solo 22 salas en toda España, sin campaña publicitaria alguna y tan solo cuatro meses y medio más tarde que en los Estados Unidos y dos meses después que en la mayoría de Europa. Sumémosle a esto que desde hace un tiempo circula por la red una copia en alta definición en español y que el público al que va destinado estas producciones es joven y relativamente friki y… voila! Pasa totalmente desapercibida por taquilla y la culpa, como siempre, de la piratería.
El caso, por seguir con la comparativa con la creación de Josh Weddon, es aún peor si consideramos que se trata del cierre de una trilogía estrenada toda ella en cines y que en ella hay nombres importantes de la industria de Hollywood. No hablamos de un  producto pequeñito, casi de corte independiente, sin ningún atractivo cara al público.
Repasemos: a los mandos del barco está Edgar Wright, una de las cabezas pensantes (junto a Spielberg, Jackson y Moffat) del taquillazo que supuso Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio y futuro director de Ant-man, el punto de partida de la fase tres de la todopoderosa Marvel mientras que el reparto está encabezado por el genial Simon Pegg (que no solo es ya una cara conocida como protagonista de comedias sino que ha entrado en el mundo de los blockbusters con Misión imposible: Protocolo fantasma y las dos maravillas de Star Trek de Abrams), el inefable Nick Frost (que aparte de ser la otra mitad de Pegg se ha aventurado en solitario en títulos como Radio Encubierta, Attack the block o Blancanieves y la leyenda del Cazador), el omnipresente Martin Freeman (el Watson televisivo y estrella mundial gracias a El Hobbit) y las presencias menos estelares de Eddie Marsan (el Lestrade de Sherlock  Holmes, esta vez el cinematográfico), Rosamund Pike (fue chica Bond en Muere otro día, chica English en Johnny English Returns y chica Reacher en Jack Reacher) y el colofón final de la aparición breve pero celebrada de Pierce Brosnan. Argumentos, creo yo, para considerar esta película como algo más que carne de videoclub (o como quiera que se llame hoy en día a las películas despreciadas para la gran pantalla).
Pero dejemos de hacer mala sangre y centrémonos en la película.
Como ya he adelantado, se trata del cierre de la llamada trilogía del Cornetto (the three flavours cornetto trilogy o the blood and ice cream trilogy) –con gag alusivo incluido en la propia peli- que el trío formado por Wright, Pegg y Frost iniciaron en el  2004 con Zombies Party (aquella magistral parodia del cine de zombies que enamoró al propio Romero), continuaron en el 2007 con Arma Fatal (revisión sarcástica de las películas policiacas) y que concluye ahora con una vuelta de tuerca al tema de las invasiones extraterrestres, con un recuerdo especial para La Invasión de los ladrones de cuerpos.
Si hace unos meses comentaba que esperaba esta película con impaciencia tras la tontería que fue Juerga hasta el fin (curiosamente aquella si fue estrenada por todo lo alto), debo aseguraros que no tiene nada que ver con ese bodrio sin gracia más que en la base argumental, unos amigos a los que el apocalipsis (aquí no en un sentido tan literal) pilla en medio de una noche de juerga. Puestos a buscar similitudes sería más fácil encontrarlas con Plan en las Vegas, pues de nuevo tenemos a unos amigos de la infancia (en esta ocasión son cinco en lugar de cuatro) que se reencuentran después de muchos años, con una chica como punto de cordura del grupo y un punto oscuro en el pasado que produjo una herida –aparentemente insalvable- entre dos de ellos. La excusa, en esta ocasión, es realizar una proeza que no lograron cuando eran chavales: finalizar la milla de oro, un recorrido por doce pubs de su pueblo natal (pinta obligada en cada uno, por supuesto) cuyo recorrido finaliza en el llamado El fin del mundo.
Pero con lo que no contaban era con que el pueblo estaba dominado por unos seres extraterrestres que han suplantado a los humanos sin que nadie se diera cuenta.
Tan absurda premisa es la base para una sucesión de gags desternillantes, diálogos brillantes y situaciones totalmente descontroladas que, definitivamente, pone un broche de oro a la trilogía. Quizá siendo exigentes no es tan redonda como Zombies Party (aunque guarda muchos parecidos –y guiños- con aquella), pues Wright y Pegg han madurado y quieren detenerse brevemente a reflexionar sobre la vida y la amistad entre pinta y pinta, otorgándola de algunos breves momentos amargos que no hacen sino resaltar más aún las situaciones cómicas. Si en algunas comedias recientes comentaba que te mantenían con la sonrisa en la boca durante toda la proyección en esta ocasión hay momentos de verdaderas carcajadas.
El único pero que encuentro a Bienvenidos al Fin del Mundo es que, tras tanto hablar del fin de  una trilogía, me niego a pensar que Wright, Pegg y Frost no vayan a volver a trabajar juntos.
Sinceramente, los necesitamos.

Aunque las distribuidoras no quieran darse cuenta.