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jueves, 30 de enero de 2020

1917

Sam Mendes siempre será recordado por dramas intensos y cargados de buenas interpretaciones como American Beauty o Revolucionary road (aunque mi película preferida de esa época sigue siendo Camino a la perdición). Por eso a muchos extrañó que fuese elegido para dirigir a James Bond, en concreto a la exitosa Skyfall y a la aparente (pero falsa) despedida de Daniel Craig del personaje en la inferior Spectre.
Parece ser que algo sacó de positivo el director de semejante experiencia, y en 1917 consigue aunar con efectividad el drama personal y la espectacularidad heroica al narrar la historia de dos jóvenes soldados que, durante la Gran Guerra, deben atravesar un amplio terreno enemigo para alertar a las tropas, preparadas para un ataque con tintes suicidas, de que la reciente retirada de los alemanes no es sino una trampa mortal.
Protagonizada por George MacKay (El secreto de Marrowbone) y con una serie de apariciones/cameos de lo más estimulantes (Colin Firth, Benedict Cumberbatch, Mark Strong…), la película arranca en una especie de “trinchera infinita” nada que ver con la claustrofóbica película española, con cierto aroma argumental a Salvar al soldado Ryan.
En su fondo, 1917 es una gran película bélica, pero es en sus formas donde mejor luce, estando compuesta por un eterno plano secuencia que, más allá de la pericia técnica que pueda suponer, consigue transmitir al espectador la angustia y el desasosiego del protagonista, convirtiendo la experiencia de ver la película en algo tan incómodo y aterrador como si fuésemos nosotros mismos quienes tuviéramos que esquivar las balas enemigas.
No se si estamos ante la mejor película del año (aunque el Oscar parece tenerlo casi garantizado), pero es sin duda una obra muy destacada y quizá el retorno de Mendes a los altares.

Valoración: Ocho sobre diez.

lunes, 24 de diciembre de 2018

EL REGRESO DE MARY POPPINS

Aunque nunca he sido un gran fan de la película original de Robert Stevenson, debo reconocer que esa especie de cuento de hadas liderado por Julie Andrews tenía una magia especial y que sus canciones iban a quedar grabadas a fuego en la memoria de toda una generación (o dos, o tres…).
Este es el primer pero que me encuentro en El regreso de Mary Poppins, que sus temas musicales, por bonitos que resulten durante la proyección, no son capaces de traspasar la frontera del cine, y ninguno se me antoja tan pegadizo ni memorable como los estribillos de Supercalifragilísticoespialidoso (¿soy el único que se pasó toda la película esperando a oír el famoso palabro?), Con un poco de azúcar o Chim Chim Cher-ee.
Rob Marshall, por su parte, ya ha demostrado sobradamente sus dotes para el musical, siendo Chicago su mejor obra hasta la fecha (Into the Woods tenía una estructura teatral que no le hacía ningún bien a la película), por lo que consigue que el empaque visual y el ritmo de las coreografías estén a la altura, sino por encima de la película original. Esto, junto al trabajo de Emily Blunt, es lo mejor de un film que abusa demasiado del recuerdo y que, más que una secuela, aspira a ser un remake encubierto de la película de 1964. Al final, todo se basa en lo mismo: una niñera mágica en ayuda de unos niños que desconocen la fuerza de la imaginación, un padre banquero que no aprecia su trabajo, un amigo fiel (aquí farolero en lugar de deshollinador) compañero de aventuras y la correspondiente ración de dibujos animados para ilustrar una de las aventuras más imaginativas de Mary Poppins. No es que me estuviese esperando algo demasiado diferente a lo visto anteriormente, pero una imaginación tan limitada empieza a resultar muy preocupante en una productora, la Disney, que se había caracterizado por hacer los sueños realidad y que ahora tan solo se mantiene en lo alto gracias a sus dos subcontratas estrellas: Star Wars y Marvel, y a la fuerza de los dibujos animados (ya sean propios o de Pixar). Por lo que corresponde a sus producciones propias, solo la fórmula de repetir el éxito del pasado le está dando resultado, y no creo que ese truco les vaya a durar mucho tiempo más.

Posiblemente lo más difícil podría pensarse que era suplir a Julie Andrews en el papel de Mary Poppins, y debo confesar que cuando supe que Emily Blunt iba a ser la elegida para el proyecto no me podía parecer más descabellado. Sin embargo, una vez visto su trabajo, solo cabe quitarse el sombrero ante su actuación, logrando una Mary Poppins memorable que no tiene necesidad de mirarse en el espejo de nadie y que me convence para subir un punto la nota de la película a la que inicialmente había pensado.
En fin, que El regreso de Mary Poppins es una buena continuación/reboot de la primera película, algo simple en su mensaje (el olvido de lo que significa ser un niño en manos de un adulto, algo de lo que ya hablaba, por ejemplo, Christopher Robin, este mismo año) y reiterativa en su punto de partida (¡qué maná tiene Disney con eso de matar madres para arrancar una historia!), con un aire muy clásico y una inocencia e ingenuidad adorable, que resulta muy agradable de ver pero que no alcanza el nivel de maestría que estoy leyendo en algunas críticas que la califican como lo mejor del año.
Además, con el handycap de que en este país se siguen sin mantener las canciones en su idioma original, la cosa pierde encanto y, si me lo preguntan, seguiré insistiendo que el gran musical de estas navidades ha sido Ana y el Apocalipsis.

Valoración: Seis sobre diez.

martes, 11 de diciembre de 2018

KURSK

La nueva película del danés Thomas Vinterberg parece alejarse de su temática habitual, dramas intimistas que reflejan las miserias de la sociedad (sirva la excelente La caza como ejemplo) al realizar una película de catástrofes submarinas como es Kursk, pero analizada en profundidad, esta no deja de ser otra historia humana más, un relato de las últimas horas de un puñado de hombres encerrados en el interior de un submarino hundido cuya esperanza de sobrevivir es mínima.
Kursk, el relato del hundimiento del uno de los mejores submarinos nucleares de la armada rusa, poco después de la desaparición de la Unión Soviética y con Putin recién llegado al poder, tiene mucho de reimaginación. No solo se han alterado los nombres de los protagonistas sino que algunas situaciones difieren ligeramente de la realidad, por cuestiones de conseguir una mejor dramatización, pero aunque esto no aspire a ser un documental fiel a la historia, sí mantiene los tres pilares fundamentales que dan cuenta de lo que sucedió en ese difícil momento de la historia rusa. Por un lado, estamos ante un relato de supervivencia, con la desesperación de esos marineros y amigos en una cuenta atrás fatídica y angustiante. Por otro, estamos ante la continuación de las malas costumbres soviéticas de mantener un secretismo que no hace más que agravar los temores de las familias que aguardan en tierra noticias esperanzadores y se encuentran con la falta de apoyo y comprensión por parte de sus dirigentes. Y también está, por último, la negativa del gobierno por aceptar una ayuda internacional que, si bien en la realidad podría haber sido igualmente tardía, habría supuesto un paso agigantado por dejar definitivamente atrás la Guerra Fría, mientras que por el contrario solo consiguió oscurecer un poco más la historia del país comunista.
Tres actores representan a la perfección estos tres pilares de la película: Matthias Schoenaerts (visto recientemente en Gorrión Rojo) como cabecilla de los supervivientes, Léa Seydoux (chica bond en Spectre y chica Hunt en Misión imposible: Protocolo fantasma), es su sufrida esposa y Colin Firth (recuperando un rol dramático después de descubrirse como inesperado héroe de acción en la saga Kingsman) en el papel de oficial británico, completando el casting un aterrador Max von Sydow que representa lo peor del gobierno ruso.
Filmada sin grandes alardes (esto es una producción europea de la mano de Luc Besson, no hay que esperar aquí al espectacularidad vacua de films como Hunter Killer, una historia relativamente semejante pero en las antípodas de esta en cuanto a su lectura político-social), y aunque es cierto que la ausencia de actores rusos e el reparto y el detalle de que esté toda hablada en inglés neutro puede provocar un cierto distanciamiento, pero la fuerza de la historia y la planificación de Vinterberg son suficientes para captar el interés del espectador en la historia, por más que se sepa de antemano el fatídico desenlace.

Valoración: Siete sobre diez.

sábado, 21 de julio de 2018

MAMMA MIA! UNA Y OTRA VEZ

Secuela (aunque a la vez precuela) de la exitosa Mamma mia! de 2008, poco podría decirse sobre Mamma mia! Una y otra vez que pudiera sorprender. Calificativos como: “más de lo mismo”, “solo para fans de la primera película” o “secuela innecesaria” son los que más se van a repetir en las críticas que podáis leer sobre este film de Ol Parker y con las que no puedo estar más en desacuerdo.
Sí, efectivamente, Mamma mia! Una y otra vez es un film continuísta, que apuesta por repetir los esquemas de su predecesora y que no arriesga en absoluto. Incluso muchas de las canciones de Abba que suenan aquí estaban ya presentes en la anterior película. De manera que quien amase (y me consta que hay gente que lo hizo) al título que Meryl Streep protagonizó hace diez años disfrutará mucho al recuperar a esos personajes reunidos en una preciosa isla griega y conocer su pasado. Mientras que aquellos que odien los musicales per se también odiarán esta propuesta.
Sin embargo, yo me encuentro en un extremo que no se corresponde con ninguno de los dos mencionados. Me gustan los musicales. Los buenos musicales, debería añadir. Y Mamma mia!, bajo mi punto de vista, no lo era. Sí, es cierto que las canciones de Abba contagian alegría y que el colorido y los excesos visuales que decoraban la isla de Kalokairi convertían la experiencia en un viaje a un mundo de positividad y buen rollo. Sin embargo, no es menos cierto que el trabajo tras las cámaras de Phyllidia Lloyd era un verdadero despropósito. En sus manos, una de las mejores actrices que ha habido jamás como es Meryl Streep estaba horrorosa, pasándose la película haciendo muecas y reflejando su desconcierto ante la total ausencia de una dirección de actores como debería ser. Y algo parecido sucedía con los tres galanes del film, unos Pierce Brosnan, Colin Firth y Stellan Skarsgård que no parecen creerse nunca a sus personajes y que desde luego no se los llegan a tomar en serio. Solo la esforzada Amanda Seyfried parecía jugarse algo con la película, no en vano fue su primer gran trabajo en Hollywood. Y eso por no hablar de las coreografías, los momentos de humor absurdo y el tono caricaturesco de todo el film.
En la secuela, el cambio en la silla de director ha sido muy positivo y Ol Parker consigue darle el tono adecuado, sabiendo navegar con eficacia (y eso no siempre es fácil) entre las dos líneas temporales y consiguiendo que la historia, dentro de su sencillez, tenga más enjundia que en la primera película. Aquella fue escrita por Catherine Johnson, ahora el propio Parker (autor de los libretos, entre otros, de El exótico hotel Marigold y su secuela) se encarga de firmar el guion, ayudado en el argumento por Richard Curtis, cuya mano se aprecia claramente (pocos hay que sepan dominar el arte de las comedias románticas mejor que él).
En sus manos, los actores demuestran que se lo pasaron muy bien en el rodaje (que no es lo mismo que no tomárselo en serio) y logran contagiar esa sensación de gran fiesta que en realidad es la película, con esa aparición/cameo de Cher como la gran diva y esa mezcla generacional de los títulos de crédito que obligan, sí o sí, a salir de la sala con una sonrisa en los labios.
Se le pueden poner pegas, por supuesto, como su falta de ambición, las limitaciones de algunos de los actores que representan las versiones jóvenes de los tres presuntos padres o la simpleza el guion, pero todo queda compensado por el gran trabajo de Lily James (¿de verdad alguien se puede creer que Meryl Streep de joven se pareciese a ella?), una estrella en ciernes que se entrega a la causa derrochando simpatía y talento y consiguiendo (como casi todo el reparto juvenil) mimetizar los tics y gestos de sus contrapartidas adultas.
En resumen, esta película me parece todo lo que Mamma mia! prometía ser y no conseguía. Es una apuesta sencilla y sin más pretensiones que la de contagiar buen rollo y alegría, con coreografías bien diseñadas y la absurda locura que emana de las propias canciones de Abba.
Porque a mi sí me gustan los musicales. Estos musicales.

Valoración: siete sobre diez.

lunes, 25 de septiembre de 2017

KINGSMAN: EL CÍRCULO DORADO, divertida pero desinflada.

Después de que en 2014 Kingsman: Servicio Secreto se alzara por sorpresa como una de las películas más exitosas del año, era indudable que su continuación no tardaría en llegar. 
A diferencia de lo que sucediera con los otros grandes éxitos de Matthew Vaughn, como X-men: Primera generación o Kick-Ass, esta vez el realizador británico sí ha continuado al frente de la secuela y, si todo va según lo previsto, aquí seguirá para la tercera parte. Eso permite que Kingsman: El Círculo Dorado tenga una línea continuista y de coherencia que se agradece, aunque también se siente algo anquilosado por su incapacidad de sorprender como lo hiciera hace tres años.
De hecho, es tal la ausencia de sorpresa en este nuevo episodio de los agentes Kingsman que ni siquiera el regreso de Harry, fallecido en el anterior film, se puede considerar como tal, puesto que lo anunciaban en los propios posters promocionales.
Las cosas han cambiado, y el choque cultural entre la flema británica y el descaro marginal cockney es sustituido ahora por las diferencias de tópicos entre los británicos y los americanos, representados por la agencia Statesman, alcanzando cotas que rozan el absurdo. Este permite a Vaughn añadir un buen surtido de personajes nuevos que, con apellidos de renombre por detrás, aumenten el imaginario alrededor de Kingsman, aunque demasiado personaje puede terminar por abrumar, haciendo que la presencia de Halle Berry o la propia Julianne Moore sepan a poco.
Si se permite, por otro lado, hacer evolucionar a los protagonistas de verdad, aunque no siempre con éxito. Más allá de lo forzada de la resurrección de Harry, al menos Vaughn sabe darle un toque diferente al personaje, y lo mismo ocurre con Merlín, mucho más interesante en esta secuela. Sim embargo, el camino elegido con Eggsy no me parece acertado. Ahora sí que, más que una parodia, se ha convertido en una copia versión calzonazos de James Bond, y su relación con la princesa Tilde no hace sino estropear el chiste más macarra de la primera película.
No os confundáis. No quiero que parezca que la nueva entrega de Kingsman es una mala película. En realidad, ofrece todo lo que promete. Es divertida, loca y con mucha acción, más o menos lo que uno le debe pedir a una secuela como esta. Quizá el problema es que el listón estaba muy alto, y el propio Vaughn se ha visto tan forzado a superarse que se ha visto superado por la presión. 
Hay muchas peleas espectaculares, por ejemplo, pero todas parecen querer buscar la grandiosidad que en Kingsman: Servicio Secreto tuviese la escena de la iglesia, sin conseguirlo. Tampoco ayuda que el CGI cante en algunos momentos, como si el guion buscase siempre una grandiosidad que no es equitativa con su presupuesto y, como villano (o como secuaz, más bien), el Charlie de brazo mecánico superviviente de la primera película tampoco está a la altura de la implacable Gazelle que encarnara Sofia Boutella.
Sí mejora la cosa con la presencia de Juliane Moore, que encarna a una villana tan ida de la olla como el Valentine de Samuel L. Jackson pero mucho más divertida y psicótica, aunque, como me sucediera con Sigmouney Weaver en The Defenders, su final me pareció precipitado e insatisfactorio.
Kingsman: Servicio Secreto era una pieza de relojería donde todo encajaba a la perfección, y aunque Kingsman: El Círculo Dorado lo tiene todo para ser un reloj más caro y más grande, algo hay que chirría en la maquinaria, algo que no consigue convencer y llega, incluso, tras varias peleas, a cansar. Quizá no tener una obra como la de Mark Millar debajo haya sido suficiente para lastrar un guion simplemente complaciente y nada arriesgado. Incluso la burla a Donald Trump me pareció poca cosa.
Kingsman: Servicio Secreto fue una grata sorpresa, una película que me divirtió mucho y que he revisionado en varias ocasiones. En el caso de El Círculo Dorado, la diversión ha sido casi la misma, pero las ganas de volver a sumergirme en ella han desaparecido. Este sí es, simplemente, un producto de consumir y olvidar.

Valoración: Seis sobre diez.

viernes, 23 de diciembre de 2016

PATERSON + EL EDITOR DE LIBROS: Pasión por escribir por partida doble.

Tengo por costumbre dedicar una entrada a cada estreno que quiero comentar, pero en enero de este año rompí la norma haciendo una sesión doble (así fue también como las disfruté en el cine, una detrás de otra) de dos películas que tenían mucho en común: Macbeth y La Novia.
Y como para cerrar el círculo, voy a repetir la jugada en una de las últimas entradas del año, ya que tanto Paterson como El editor de libros, aun siendo completamente diferentes entre sí (no hay aquí esas similitudes artísticas de las anteriores mencionadas) sí comparten una cosa en común, el amor por la literatura y el reflejo de ese arte a través de su autor. Y también, como en los films de Justin Kurzelm y Paula Ortíz, las he visto seguidas en el cine.
Paterson es la última película del peculiar Jim Jarmusch, un autor tan indefinible como poco prolífico cuya película más reciente era esa extraña historia de amor vampírico Sólo los amantes sobreviven. Protagonizada por Adam Driver, el Kylo Ren de El despertar de la Fuerza, cuenta la historia de un conductor de autobuses llamado Paterson que reside, precisamente, en el barrio de New Jersey con quien comparte nombre, y de donde también es, entre otros, el poeta William Carlos Williams, referente principal del protagonista. Enamorado de la hermosa Laura (Golshifteh Farahani), con quien comparte casa junto al perro Marvin, la vida de Paterson representa una anodina pero reconfortante rutina (desayuno-trayecto en bus-cena-paseo de Marvin-cerveza en el bar) interrumpida tan solo por sus inspiraciones poéticas a las que da vida en la libreta que lleva siempre consigo. Su vida, sencilla y armónica, se contrapone con los impulsos casi irracionales de Laura que lo mismo aspira a enriquecerse haciendo cupcakes como quiere aprender a tocar una guitarra para ser una estrella country, todo ello mientras redecora constantemente su casa a base de un minimalista blanco y negro. Es esa dualidad lo que permite que la pareja funcione, sirviendo uno como contrapunto del otro y teniendo la poesía como el fruto perfecto de su relación. Así, Paterson es una declaración de amor al día a día, una demostración de la pureza del arte y de la simpleza de la inspiración. Driver consigue con su temple sosegado y apacible condensar toda su fuerza interior, toda su pasión, en esos poemas absurdamente cotidianos, inspiradores y hermosos, que rompen con la monotonía precisamente desde la propia rutina.
Se podría decir que Paterson es también la antítesis del malogrado escritor Thomas Wolfe, un artista histriónico, excéntrico y excesivo en todos los sentidos. Wolfe, que escribía novelas de cinco mil páginas y se desgarraba por dentro cada vez que tenía que recortar un solo párrafo para alcanzar una cantidad mínima publicable, fue contemporáneo de Hemingway y Scott Fitzgerard, y posiblemente habría sido mucho más grande que ellos si no fuese por su prematura desaparición. El editor de libros no va exactamente sobre Wolfe, sino que se centra más bien en Max Parkins, el descubridor de esos tres genios de la literatura norteamericana, pero es sin duda su relación con Wolfe lo que lo definió como persona y como editor.
El actor Michael Grandage debuta como director con una película que detalla la historia real entre estos dos hombres, dos amigos enfrentados por sus caracteres dispares, aprovechando para analizar, de paso, la pasión por las letras, la fuerza arrolladora de las palabras que Wolfe exterioriza golpeando a los que los rodean con ella sin importarle las consecuencias. Ambos, Perkins y Wolfe, están interpretados magníficamente por Colin Firth y Jude Law, aunque es Nicole Kidman la que sobresale por encime de todo el reparto dando vida a Aline Bernstein, amante de Wolfe y fuente de inspiración (también andan por ahí Laura Linney, Guy Pearce y Dominic West).
Thomas Wolfe es un personaje real, mientras que Paterson es ficticio, pero ambos sirven para reflejar dos formas de entender un arte, de conmover mediante sus escritos, sirviendo de verdadera fuente de inspiración a todos aquellos que alguna vez han soñado, aunque sea brevemente, en llegar a escribir. Jarmusch dibuja una historia sosegada con un estilo brutalmente personal, convirtiendo las propias imágenes en poesía; Grandage, por el contrario, retrata la pasión desde el convencionalismo con una historia fílmicamente muy clásica. Ambos, a su manera, reflejan lo que es el proceso de creación, y ambos, curiosamente, utilizan una metáfora similar: Paterson se relaja contemplando una cascada en las afueras de New Jersey mientras Wolfe describe la vida como un rio que se aleja y acerca constantemente.
Y en ambas películas, cada una a su manera y a su modo, se refleja el arte en estado puro: una con poemas visuales, la otra con diálogos arrebatadores. Al final, el arte es sentimiento. Y tanto Paterson como El editor de libros describen a la perfección el sentimiento de sus autores. Como dos caras de un mismo espejo. O, quizá, dos versos de un mismo poema.

Valoración: Ocho sobre diez (ambas) 

lunes, 19 de septiembre de 2016

BRIDGET JONES' BABY, reconstruyendo el mito británico

Han pasado ya doce años desde que se estrenara Bridget Jones: Sobreviviré y quince desde que El diario de Bridget Jones diese inicio a la saga, y que se estrene ahora Bridget Jones´baby, coincidiendo con el regreso de su protagonista, Renée Zellweger, de su retiro temporal del mundo de la interpretación apesta a oportunismo barato y a intentar exprimir más la teta de una vaca que parecía ya fallecida. O quizá se deba solo a la falta de imaginación de los productores de Hollywood (y no de los guionistas, a los que siempre se acusa tan alegremente) que nos han obsequiado recientemente con secuelas como Independence day o remakes como Cazafantasmas.
Ya de entrada debo decir que El diario de Bridget Jones no me pareció una gran película, pese a ser muy heredera de su tiempo y sucesora de otras comedias románticas británicas como Cuatro bodas y un funeral, Notting Hill y similares (ahí está el guionista Richard Curtis como denominador común). Nunca encajé bien la dualidad entre la historia del patito feo (y mi problema con la Jones no era lo pasadita de kilos que pudiera estar, sino lo exageradamente torpe y zoqueta que podía llegar a ser) y la de los dos galanes que se peleaban por ella. Y tampoco soy fan de la Zellweger, que incomprensiblemente fue nominada al Oscar por las muecas sobreactuadas de esta película. Pero al menos debo reconocer que la manipulación sensorial que una efectiva banda sonora y un par de chistes graciosos, y el contrapunto entre Hugh Grant y Colin Firth, hacían del film una propuesta algo simpática que en su secuela cayó en picado con una repetición de esquemas descarada y anodina.
Con semejantes antecedentes iba algo predispuesto a que esto fuese más de lo mismo, estirar el chicle con un vehículo que permitiese a la protagonista de Cold Mountain y Chicago pagarse más operaciones de cirugía y otros caprichos varios, pero debo reconocer que salí gratamente sorprendido de ver la película y supe apreciar un esfuerzo por hacer las cosas mejor, no ya que en la secuela (lo cual era terriblemente fácil), sino que la original.
De entrada, Bridget Jones´baby (¿alguien me puede explicar por qué le ha parecido a la distribuidora española tan complicado de traducir el título?) no adapta ninguna novela de Helen Fielding, y aunque la escritora británica figura en los créditos como guionista, ahí debe sumarse a Dan Mazer (que procede de la escuela de Sacha Baron Cohen y, sobre todo, a Emma Thompson, que no solo aporta su toque de elegancia (recuerden que ganó el Oscar por la estupenda Sentido y sensibilidad) sino que se reserva un papel en el reparto tan secundario como brillante.
Aunque repita la directora de la película original, Sharon Maguire (que no ha dirigido más que una película en estos quince años), se nota un intento de modernizar la puesta en escena, rompiendo con la imagen desangelada de Bridget y buscando un enfoque musical alejado durante gran parte del metraje de las canciones edulcoradas propias de este tipo de películas. Esto tiene en su contra que puede llegar a confundir al espectador, con una extraña mezcla entre ejercicio de nostalgia y narrativa juvenil que impide saber a ciencia cierta a quién va enfocada la película, si a un público joven o más bien veterano (femenino siempre, en todo caso), pues por más que se esfuercen en incluir temas musicales como el famoso (y ya bastante caduco) Gangnam style, al final la cosa no deja de ir de una historia de amor entre cuarentones (aunque Zellweger tiene ya cuarenta y siete y Firth cincuenta y seis, y vaya si se les nota).
Sobre la trama, poco que decir. Se repite el esquema de dos hombres peleando por Bridget esta vez con un embarazo de por medio, aunque al menos han sabido darle la vuelta al conflicto y conseguir que el guaperas Patrick Dempsey se distancie lo suficiente del Hugh Grant como para que no suene a más de lo mismo. El humor está mejor conseguido que en las anteriores películas y el motor de la historia está en la confrontación de sentimientos más que en la penosidad que desprendía Bridget anteriormente. Por supuesto, continúa siendo igual de metepatas, pero con más gracia. Y el final contiene, esta vez sí, el broche de oro definitivo para cerrar la trama principal de la saga.
Bridget Jones´baby no es una gran película, pero sí lo suficientemente entretenida y simpática como para conseguir ser, posiblemente, la mejor de la trilogía (aunque me queda la duda de si la última escena es solo un chiste final o una invitación para una nueva secuela). Pese al acartonamiento de la Zellweger que limita mucho su trabajo interpretativo, el film tiene todos los ingredientes como para hacer pasar un buen rato, aunque también tiene todo lo necesario para asustar a una parte de los espectadores potenciales demasiado distanciados en el tiempo con la (¿heroína?) británica y en una época donde el público femenino parece más interesado otros temas más banales (el tráiler de la secuela de Cincuenta sombras de Grey ha batido records de visionado) que la maternidad (aunque no nos engañemos, el trasfondo moral y las apariencias de crónica social no son más que meras excusas de relleno).

Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 24 de diciembre de 2015

La sugerencia del mes: LOVE ACTUALLY

Aunque tenía pensado terminar el año de comentarios con Fahrenheit 451, por aquello de cerrar el círculo y acabar con el mismo director con el que empezamos, preferí adelantarla al mes pasado para dar un toque navideño a la sección.
Esta no es exactamente una recomendación para el blog como tal, sino una insistencia constante por parte de mi amigo Sergio que no podía creer que no hubiese visto nunca esta comedia romántica de Richard Curtis que él mismo definía como el “Qué bello es vivir” de nuestra generación.
No creo que las comparativas con el clásico de Frank Capra sea válido ya que aquella era una película de claro espíritu navideño y revisionado obligatorio en estas fechas, mientras que, aunque la acción de Love Actually sea también en la previa de la Navidad, su mensaje está más centrado en el amor que en el sentimiento navideño y que, canciones aparte, podría haber funcionado igual de bien de haberse ambientado en cualquier otra época del año.
Escrita por el propio Curtis, Love Actually es una colección de historias, alguna más interesante que otra, que se entrecruzarán en ocasiones para ofrecernos diversas historias románticas con un toque humorístico muy británico. Curtis, que debutaba como director con esta película, tenía un amplio bagaje como guionista, principalmente en el terreno televisivo y para mayor gracia de Rowan Atkinson, habiendo elaborado también el libreto de Nothing Hill o El diario de Bridget Jones, lo cual hacía casi obligatorio que en su debut tras las cámaras contara con la presencia de Atkinson y de Hugh Grant, principales baluartes del humor absurdo y de la comedia romántica de Gran Bretaña, respectivamente.
Sin duda, lo que más destaca de Love Actually es su reparto, una colección de estrellas casi irrepetible que, además, ha ganado glamour con el paso de los años. Aparte de los ya mencionados el cartel destacaba la presencia de algunos clásicos del género como Alan Rickman, Colin Firth o Emma Thompson, además de a un Liam Neeson que todavía no era considerado un héroe de acción, Keira Knightley recién salida de Piratas del Caribe, Laura Linney o la menos conocida Martine McCutcheon. Hasta aquí los nombres que aparecían en el poster, pero mucha atención a los que nos podemos encontrar en papeles igual de destacados o más: Martin Freeman (uno de los actores de moda gracias a las series Sherlock y Fargo y a la trilogía de El Hobbit), Chiwetel Ejiofor (nominado al Oscar por 12 años de esclavitud y una de las nuevas caras para la Fase Tres de Marvel), Andrew Lincoln (protagonista principal de la exitosa The Walking Dead), Thomas Brodie-Sangster (uno de los protagonistas de la saga El corredor del laberinto aparte de haberse colado modo cameo en Star Wars: El despertar de la Fuerza), Rodrigo Santoro (mucho antes de convertirse en el Xerxes de 300 o de pasearse por Perdidos)… y eso centrándonos en personajes principales, que también están los simples cameos de gente como Billy Bob Thornton, January Jones o Elisha Cuthbert.
Estrellas aparte, la conjunción de historias funciona a la perfección, consiguiendo enternecer y emocionar sin abandonar nunca el toque cómico que impida que decaiga en la ñoñería. Cuenta con el típico inconveniente de que no todas las historias que se presentan funcionan igual de bien, pero al menos están suficientemente diversificadas para que ninguna llegue a desmerecer la obra.
Como comentario aparte, habría que destacar que esta película es, sin duda, la referencia más evidente para la reciente Barcelona, nit d´hivern, donde Dani de la Orden copia sin complejos el esquema y el espíritu (escena final en el aeropuerto incluida) aunque consiguiendo una obra final más divertida aún.
Con momentos impagables como los que protagoniza el rockero pasado de vueltas o el enfrentamiento entre los presidentes americano y británico hacen de esta película una joyita muy disfrutable que, aunque como ya he dicho, no sea obligatoria ver en navidad sí es muy recomendable revisionar en estas fechas.
Es una buena aportación a iluminar unos días donde apetece disfrutar de buenos sentimientos y finales felices, aunque algunos abusen del almíbar.


sábado, 28 de febrero de 2015

KINGSMAN: SERVICIO SECRETO (8d10)

Ya desde que se diese a conocer en el 2007 con su segunda película, Stardust, Matthew Vaughn demostró su afición al mundillo del comic y su buen hacer adaptando obras ajenas.
Tres años después convenció a propios y extraños con Kick-Ass, película en la que colaboró por primera vez con el enfant terrible del comic Mark Millar, y un año después logró el gran mérito de resucitar una saga agónica como los X-Men que heredó de Bryan Singer. Ya en aquella X-Men: primera generación se intuía además un gusto estético que recordaba al espíritu más clásico de los films del agente 007, hasta el punto de que su versión de Emma Frost parecía más una chica Bond que una supervillana de comic.
De esta manera, juntando todos estos elementos, parecía el director más lógico para un film de estas características, la adaptación de un comic del amigo Millar que es a su vez una especie de homenaje a los míticos films de Bond, James Bond.
Aunque el guion que el propio Vaughn ha escrito a cuatro manos con su colaboradora habitual, Jane Goldman, se distancia en ciertos momentos de la obra original de Millar y el dibujante Dave Gibbons, no cabe duda que sabe ser perfectamente fiel a la saga de seis números publicada por Icon Comics (un sello dependiente de Marvel), consiguiendo que hasta los cambios más radicales se conviertan en celebrados guiños (un simple ejemplo: en el comic la acción arranca con el secuestro del actor Mark Hammil; en la película el secuestrado es un profesor universitario que, obviamente, está interpretado por el propio Hammil). También es cierto que el propio Millar es uno de los productores del film, y que la relación Millar-Vaughn es tan buena que ya está en marcha su próximo proyecto conjunto: Superior.
Kingsman: Servicio Secreto cuenta, por un lado, la historia de un grupo de agentes secretos de financiación privada que tratan de averiguar que siniestro plan se oculta tras la desaparición, a nivel mundial, de diversas personalidades sin que haya ninguna petición de rescate por ellos. Por otro lado, el reciente fallecimiento de uno de sus agentes propicia que la organización busque un sustituto mediante un duro proceso de selección entre las propuestas de los respectivos miembros. Harry Hart propone a un chaval de los bajos barrios, hijo de un aspirante a agente fallecido diecisiete años atrás, en el que deposita una total confianza.
Lejos de caer en la burda parodia, Kingsman: Servicio Secreto es una película de acción con todos los ingredientes propios del género, reuniendo las mejores virtudes pero acompañándolas con un sentido del humor inteligente y, por momentos, muy negro en una combinación arriesgada pero que, en las hábiles manos de Vaughn, es totalmente acertada.
Aun habiendo sido muy tentador caer en la rutina de haber seguido de forma textual el comic (lo que nos habría permitido escenas tan delirantes como una masacre entre parejas de novios participantes en una boda múltiple a pie de playa), el guion se constituye con vida propia, resultando muy meritorio que el homenaje a algo tan trillado como las películas de espionaje pueda resultar fresco, divertido y original (y quizá me estoy dejando llevar por la emoción, pero adivino incluso algún guiño a, por ejemplo, el Superman fílmico).
Sin renunciar al drama cuando es necesario (y con momentos de gran dureza visual), Kingsman: Servicio Secreto es, ante todo, una gran diversión, emocionante y muy gamberra, con momentos de puro delirio (esa escena en la iglesia) y recursos visuales impagables (las prótesis en las piernas de la chica del malo son una delicia).
Pero no todas las virtudes de la película deben recaer en sus creadores, pues Vaughn ha sabido rodearse de un gran elenco interpretativo que están superlativos, encabezado por un Colin Firth impecable en ese porte extremando al máximo su flema británica (y que nada tiene que ver con su apática interpretación en la reciente No confíes en nadie) y siguiendo por la demencial aportación de Samuel L. Jackson (ese megalómano villano de libro), un inevitable Michael Caine (no hay caballero británico más icónico que él) o un Mark Strong en su salsa como operativo en las sombras de la asociación, aparte del descubrimiento que suponen la argelina Sofia Bouella y el galés Taron Egerton, un desconocido que se ha tenido que enfrentar al desafío de protagonizar un film con semejantes estrellas y que sale totalmente airoso del trance.
Filmada con impecable elegancia, con un ritmo endemoniado que ni siquiera durante los momentos más relajados decae, irreverente y sorpresiva, Kinsman: Servicio Secreto reúne algunas de las mejores secuencias de acción de los últimos años (imposible esa persecución automovilística en marcha atrás del comienzo) con momentos de delirio puro que lamento no poder mencionar aquí por no revelar nada pero que resumiré, para quien ya la haya visto, con el desquiciante y demencial momento “fuegos artificiales”, para culminar, en la escena final, en el guiño definitivo al Bond más canalla y seductor, tal y como se podía intuir en uno de los carteles, homenaje directo a Sólo para sus ojos.
Brillante y muy recomendable, Kingsman: Servicio Secreto es la demostración perfecta de como una obra puede ser adaptada sin impedirle tener personalidad propia y ensalza a Vaughn como uno de los mejores directores de su generación, aunque nunca se le reconocerá por no hacer un cine tan oscuro y sesudo como los aclamados Nolan o Fincher.

NO CONFÍES EN NADIE * (4d10)

Dirigida (es un decir) por Rowan Joffre , que también se ocupa del guion (faceta que se le da algo mejor, a tenor de sus libretos en El Americano y 28 semanas después), No confíes en nadie recuerda a aquellos thrillers desconcertantes y rocambolescos que tan de  molda se pusieron en los noventa a raíz de títulos como Instinto Básico, Análisis Final o incluso El sexto sentido donde engañar al espectador y llevarlo por caminos equivocados hasta la inesperada y sorprendente revelación final que tras pasar la moda quedaron relegados a simples telefilmes de sobremesa.
Poco merecedora de reclamar nuestra atención por su escasa calidad es su interesante reparto lo que invita a acercarse a la adaptación de la novela de S.J.Watson, un reparto que solo puede comprenderse por un tema de amiguismo entre ellos. En resumidas cuentas, el matrimonio sobre el que gira la ficción tiene los rostros de Nicole Kidman y Colin Firth, que acababan de coincidir en la también prescindible Un largo viaje, mientras que Firth y Mark Strong (el tercero en discordia) ya debían estar enfrascados en el rodaje de Kingsman, servicio secreto.
La premisa puede parecer interesante, lo cual no es sinónimo de original. Una mujer, debido a un accidente, tiene graves lesiones cerebrales que le reducen su campo de memoria a un solo día. Así, cada vez que se va a dormir se despierta al día siguiente sin recordar absolutamente nada sobre sí misma y su paciente marido tiene que repetirle una agotadora rutina para permitirle acercarse a algo ligeramente parecido a la normalidad. Ya ven, algo así como el tipo de Memento o, ya cayendo por lo bajo, la Drew Barrymore de 50 primeras citas. Además, la repetición de la escena de Kidman despertándose amnésica cada mañana recuerda los momentos repetitivos de Atrapado en el tiempo o Al filo del mañana, pero sin su gracia, eso sí.
Todo cambia cuando entra en juego el doctor que interpreta Strong, que tras aconsejar a la mujer que grabe sus vivencias diarias en una cámara de vídeo a escondidas del marido consigue que empiece a recordar cosas.
Como digo, un planteamiento interesante que podría dar algo de juego (o haberlo dado, al menos, hace un par de décadas) si no fuese por la total incompetencia de su realizador, que bien poco ha debido aprender de su padre Roland Joffre, artífice de grandes títulos como La misión, La ciudad de la alegría o La letra escarlata. La realización no solo es plana, sino que la insistencia en saltar contantemente en el tiempo del Joffre hijo, como queriendo ser más descarado todavía en su imitación a Nolan, aburre soberanamente, haciendo que veamos una y otra vez escenas idénticas que no aportan nada y que solo consiguen entorpecer el ritmo de la narración. Hay un momento en que nada nos importa ya, y perder el interés por sus protagonistas es lo peor que puede pasarle a una película de intriga, que apunta a remontar cuando se alcanza el tercer acto y se descubren las trampas ocultas, pero que ya es demasiado tarde como para salvar la situación.
Parece como si, en un ataque de pedantería, Joffre considerase indigno el género del thriller y quisiera disfrazar su historia de drama intimista con lo que naufraga sin remisión, ayudado, en parte, por la total falta de química existente entre la Kidman y Filth.
Al final, se trata se una simple pérdida de tiempo que podría haber dado el pego como episodio aislado en una de aquellas series al estilo Alfred Hitchcock presenta pero nunca como un largometraje digno de ser estrenado en cine. Se puede soportar por el siempre solvente Strong (que también está lejos de sus mejores interpretaciones) y poco más.

lunes, 8 de diciembre de 2014

MAGIA A LA LUZ DE LA LUNA (6d10)

Ya tenemos aquí nuestra ración de Woody Allen, y este año se ha hecho esperar, con más de dos meses respecto a su estreno americano.
Continúa el autor de Manhattan aprovechando sus películas para recorrer mundo y esta vez toca visitar La Provenza, donde se aleja de sus acostumbrados círculos urbanitas pero sin dejar de lado el ambiente adinerado y de clase alta que parecen tener sus últimas producciones.
Ambientada a finales de la década de los locos años veinte tiene esta Magia a la luz de la luna algún eco a su magnífica Midnight in Paris y no sólo por su ambientación francesa y su diversidad de personajes (la introspección entre cuatro paredes y alrededor de una mesa se la reserva para su amado Manhattan), sino por ese trasfondo mágico y sobrenatural que ya retrataba con mucho más humor en Scoop.
Un afamado mago (un gentleman londinense que actúa bajo el disfraz de un oriental) es persuadido por su mejor amigo (en un personaje que sin duda hace unos años Allen se habría reservado para si) para alojarse en una preciosa villa de la Provenza con el fin de desacreditar a una atractiva médium que al parecer pretende embaucar a una acaudalada familia.
Colin Firth cumple con creces como el estirado e incrédulo británico en un papel que le viene como anillo al dedo y que podría interpretar con el piloto automático puesto, siendo una mezcla entre la sobriedad de sus papeles más serios (como en El discurso del Rey o El topo) con su bis más cómica, el punto de locura surrealista de la que hiciera gala en Un plan perfecto.
Junto a él, Emma Stone se estrena como nueva chica Allen, logrando hacer suya la película y demostrando que, por encima de la genialidad (o no) del autor es ella (como Cate Blanchett lo era en Blue Jasmine) el verdadero motor del film. Tanto es así que se podría decir que si ella falla, la película falla, y por eso Allen ha tenido el acierto de contar con una de las mejores actrices jóvenes del momento (dudo que la Johannson hubiese resistido el peso de la narración tan bien), que siempre luce mejor con un ligero aire clásico (recuerden lo bien que le quedaba el papel de femme fatale en Gangsters Squad e incluso su Gwen Stacy tenía un puntito clasicista muy acertado).
Store brilla con luz propia, eclipsado todo lo demás, incluso los errores de guion que podrían ser pasable en cualquier otro director pero imperdonables en Allen, que si por algo ha destacado siempre es por sus libretos.
Y es que casi parece como si Woody Allen hubiese escrito esto con algo de desgana, forzando situaciones absurdas (un observatorio abandonado en mitad del bosque con la puerta abierta y en perfecto estado de utilización es sólo un ejemplo de ello) sólo por favorecer una situación, como si su ingenio fuese incapaz de buscar caminos más coherentes (para estas situaciones impostadas ya tenemos a Nolan), y con unos diálogos que, aun conservando la agudeza habitual y el cinismo propio de Allen, se tornan en ocasiones reiterativos y pesados, dando constantes vueltas sobre el mismo tema sin permitir avanzar demasiado la trama. Casi se diría que a Allen le sobra media hora de metraje (y eso que hablamos de una peli de hora y media justa) y no sabe cómo rellenarla.
Quizá si sea el momento de echar el freno y dejar de auto imponerse la realización de una película por año, más cuando en esta ocasión ha tenido el añadido de implicarse en otro rodaje por en medio, la flojita Aprendiz de Gigoló de su amigo Turturro.
Y no es que Magia a la luz de la luna llena sea mala, como lo era Desde Roma con amor, pero si flojea demasiado para un autor al que se le exige la excelencia, aunque todos (él inclusive) seamos conscientes de que las obras que bordó hace ya dos décadas no se repetirán. Pero aun así debemos pedir a Woody Allen mantener un nivel de brillantez que aquí sólo alcanza en momentos muy contados.
Claro que igual todo se resume a un "el fin justifica los medios" y todo valga para alcanzar un desenlace que, como los trucos de magia más manidos, no engaña a nadie y se deja ver desde el primer minuto.

domingo, 17 de febrero de 2013

UN PLAN PERFECTO (7d10)

Permitidme ir al grano: Un plan perfecto es una divertida (por momentos tronchantes) comedia brillantes e inteligente dirigida por un realizados sin demasiado renombre (Michael Hoffman) pero con dos genios monstruosos tras el guion, los hermanos Coen, que sabe sacar muy buen partido de sus actores, exprimiéndolos y aprovechando las principales cualidades de cada uno. Empiezo así de directo porque estoy un poco cansado de escuchar y leer tantas críticas despedazando a esta película (los señores del CSI son cada vez más cansinos) y poniendo el grito en el cielo por el hecho de que se resalte tanto en el cartel el nombre de los hermanos Coen, cuando ellos no han hecho más que escribir el libreto a cuatro manos. Pues sí, señores, los Coen no son más que guionistas, pero da igual. No se nota. Esta es, lo quieran o no, una película de los Coen, y eso se aprecia en cada segundo de metraje. No tiene la brillantez de Valor de Ley o No es país para viejos, por supuesto, pero si la comparásemos con sus comedias más blancas, como Quemar después de leer, Ladykillers o Crueldad intolerable sabríamos reconocer aquí muchos de sus tics y señas de identidad. Lo que sucede es que hay quien reniega de estas películas y solo quiere reconocer a los Coen más catedráticos y serios, pero ese, señores, es un problema de ellos, no de Un plan perfecto, que aunque no sea digna de acercarse siquiera a ninguna quiniela de los Oscars –como tampoco las otras tres obras mencionadas- consigue exactamente lo que pretende, hacernos pasar hora y media muy entretenida y con la constante sonrisa reflejada en el rostro.
Un plan perfecto narra cómo Harry Dean, más por venganza que por codicia (que también), pretende estafar a su despótico jefe, Lionel Shahbandar, vendiéndole una falsificación de Van Gogh, siendo fundamental en su retorcido plan una sencilla y campechana tejana llamada PJ Puznowski a la que deberá convencer para que colabore. Con el sencillo esquema de una película de estafas y enredos, el mayor acierto del film es su casting, a priori disparatado. Colin Firth (Dean) representa la seriedad y la flema británica, y parece casi imposible imaginarlo como un tipo desquiciado y a menudo ridículo como es su personaje en este título. Y ese es su mayor acierto. No es lo mismo verlo pasear por el hall de un elegante hotel sin pantalones pero manteniendo su porte elegante que si lo hiciese un cómico habitual al estilo Sander o Carrey, mientras que con Cameron Díaz sucede justo lo contrario. La rubia actriz de limitados registros  y carrera en caída libre, está aquí aprovechada al máximo, dando rienda suelta a su vis cómica y consiguiendo ser todo lo encantadora y adorable que su papel requiere, consiguiendo enamorar como no lo hacía desde los tiempos de La Máscara. Por no mencionar ya a los siempre excelentes (y aquí especialmente autoparódicos) Alan Rickman y Stanley Tucci, que ponen el punto necesario de locura para que todo encaje a la perfección, no para ofrecernos una pieza reflexiva y profunda pero sí para hacernos reír sin parar, que de eso se trata esta vez.
Los Coen saben perfectamente crear humor sin necesidad de recurrir a lo escatológico del cacapedoculopis (nadie es capaz como ellos de mostrar una bicicleta-vibrador como la de Quemar antes de leer o mostrarnos a Rickman desnudo en su despacho y que en ningún momento sintamos incomodidad), independientemente de que, en esta ocasión, no sean ellos los que estén tras las cámaras.

Riámonos sin prejuicios que, total, son cuatro días…