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jueves, 28 de diciembre de 2017

LA CENA: la moralidad a debate

Se me hace complicado analizar de forma objetiva esta película ya que más allá de sus cualidades cinematográficas hay una decisión por parte de su realizador que me llegó a molestar hasta el punto de influir en mi valoración. Y es que agradezco como el que más el que una película no trate como idiota al espectador y tras su visionado le invite a reflexionar sobre la misma, generando debate y dejando espacios en blanco para que cada espectador los rellene en su mente, pero una cosa es eso y otra los finales abruptos que parecen ponerse de moda últimamente. Me vienen a la mente casos recientes como en La Cordillera, que más que un recurso narrativo más (como podría ser el caso de El amante doble) da la sensación de que el director no ha sabido culminar su historia, preocupado solo por el conflicto planteado. Aun sin ser siempre necesaria la resolución, un final tan abrupto invita a pensar en la desidia o incompetencia de un realizador que consigue así agriar una buena historia.
Y eso que hasta el momento el visionado de La cena era sumamente interesante, aun con su cocinado a fuego lento. Es de esas películas que tardan en arrancar, de esas que no se pueden recomendar a la ligera (en mi sala, no demasiado llena, algunos abandonaron la proyección a medias), pero que si uno consigue engancharse a la trama y al gran trabajo actoral se sigue con interés y desconcierto.
Dos matrimonios se reúnen en un restaurante de lujo para solventar un conflicto. Esa es la base del argumento, que podría recordar a Un Dios salvaje, de Polanski, aunque el dilema moral que plantea sea muy diferente. Además, el director Oren Moverman abandona la estancia en forma de flashbacks que no solo nos revelan el origen del conflicto sino que sirven para profundizar en los personajes. Un truco efectivo pero que le resta méritos que sí merecía Polanski en su obra y que ni con esas evita una cierta teatralidad en la puesta en escena.
Dejando de lado mis quejas sobre el final, La cena tampoco sería una película redonda, ya que ese conflicto moral que plantea parece a priori una simple excusa para hablar sobre los conflictos familiares, aunque tocando también otros temas, como las enfermedades mentales o la difícil educación de los adolescentes de clases adineradas. Hay, incluso, un trasfondo político, con cierta sorna al ser en cierto momento el personaje vinculado con esa clase política el que parece tener un código moral más férreo.
Al final, como no podría ser de otra manera en una película de estas características, todo queda supeditado al trabajo de los protagonistas, para los que Moverman ha conseguido reunir un cuarteto de primer nivel, con Richard Gere, Steve Coogan, Laura Linney y Rebecca Hall a la altura de las circunstancias, salvando por momentos la papeleta a un director que en ocasiones pierde el pulso narrativo y alarga en exceso alguna escena.
Interesante propuesta, pues, con muchos flecos que analizar y un puntito de humor ácido en la figura de los representantes hosteleros, pero a la que debo restar puntos por ese brusco cierre.

Valoración: cinco sobre diez.

viernes, 23 de diciembre de 2016

PATERSON + EL EDITOR DE LIBROS: Pasión por escribir por partida doble.

Tengo por costumbre dedicar una entrada a cada estreno que quiero comentar, pero en enero de este año rompí la norma haciendo una sesión doble (así fue también como las disfruté en el cine, una detrás de otra) de dos películas que tenían mucho en común: Macbeth y La Novia.
Y como para cerrar el círculo, voy a repetir la jugada en una de las últimas entradas del año, ya que tanto Paterson como El editor de libros, aun siendo completamente diferentes entre sí (no hay aquí esas similitudes artísticas de las anteriores mencionadas) sí comparten una cosa en común, el amor por la literatura y el reflejo de ese arte a través de su autor. Y también, como en los films de Justin Kurzelm y Paula Ortíz, las he visto seguidas en el cine.
Paterson es la última película del peculiar Jim Jarmusch, un autor tan indefinible como poco prolífico cuya película más reciente era esa extraña historia de amor vampírico Sólo los amantes sobreviven. Protagonizada por Adam Driver, el Kylo Ren de El despertar de la Fuerza, cuenta la historia de un conductor de autobuses llamado Paterson que reside, precisamente, en el barrio de New Jersey con quien comparte nombre, y de donde también es, entre otros, el poeta William Carlos Williams, referente principal del protagonista. Enamorado de la hermosa Laura (Golshifteh Farahani), con quien comparte casa junto al perro Marvin, la vida de Paterson representa una anodina pero reconfortante rutina (desayuno-trayecto en bus-cena-paseo de Marvin-cerveza en el bar) interrumpida tan solo por sus inspiraciones poéticas a las que da vida en la libreta que lleva siempre consigo. Su vida, sencilla y armónica, se contrapone con los impulsos casi irracionales de Laura que lo mismo aspira a enriquecerse haciendo cupcakes como quiere aprender a tocar una guitarra para ser una estrella country, todo ello mientras redecora constantemente su casa a base de un minimalista blanco y negro. Es esa dualidad lo que permite que la pareja funcione, sirviendo uno como contrapunto del otro y teniendo la poesía como el fruto perfecto de su relación. Así, Paterson es una declaración de amor al día a día, una demostración de la pureza del arte y de la simpleza de la inspiración. Driver consigue con su temple sosegado y apacible condensar toda su fuerza interior, toda su pasión, en esos poemas absurdamente cotidianos, inspiradores y hermosos, que rompen con la monotonía precisamente desde la propia rutina.
Se podría decir que Paterson es también la antítesis del malogrado escritor Thomas Wolfe, un artista histriónico, excéntrico y excesivo en todos los sentidos. Wolfe, que escribía novelas de cinco mil páginas y se desgarraba por dentro cada vez que tenía que recortar un solo párrafo para alcanzar una cantidad mínima publicable, fue contemporáneo de Hemingway y Scott Fitzgerard, y posiblemente habría sido mucho más grande que ellos si no fuese por su prematura desaparición. El editor de libros no va exactamente sobre Wolfe, sino que se centra más bien en Max Parkins, el descubridor de esos tres genios de la literatura norteamericana, pero es sin duda su relación con Wolfe lo que lo definió como persona y como editor.
El actor Michael Grandage debuta como director con una película que detalla la historia real entre estos dos hombres, dos amigos enfrentados por sus caracteres dispares, aprovechando para analizar, de paso, la pasión por las letras, la fuerza arrolladora de las palabras que Wolfe exterioriza golpeando a los que los rodean con ella sin importarle las consecuencias. Ambos, Perkins y Wolfe, están interpretados magníficamente por Colin Firth y Jude Law, aunque es Nicole Kidman la que sobresale por encime de todo el reparto dando vida a Aline Bernstein, amante de Wolfe y fuente de inspiración (también andan por ahí Laura Linney, Guy Pearce y Dominic West).
Thomas Wolfe es un personaje real, mientras que Paterson es ficticio, pero ambos sirven para reflejar dos formas de entender un arte, de conmover mediante sus escritos, sirviendo de verdadera fuente de inspiración a todos aquellos que alguna vez han soñado, aunque sea brevemente, en llegar a escribir. Jarmusch dibuja una historia sosegada con un estilo brutalmente personal, convirtiendo las propias imágenes en poesía; Grandage, por el contrario, retrata la pasión desde el convencionalismo con una historia fílmicamente muy clásica. Ambos, a su manera, reflejan lo que es el proceso de creación, y ambos, curiosamente, utilizan una metáfora similar: Paterson se relaja contemplando una cascada en las afueras de New Jersey mientras Wolfe describe la vida como un rio que se aleja y acerca constantemente.
Y en ambas películas, cada una a su manera y a su modo, se refleja el arte en estado puro: una con poemas visuales, la otra con diálogos arrebatadores. Al final, el arte es sentimiento. Y tanto Paterson como El editor de libros describen a la perfección el sentimiento de sus autores. Como dos caras de un mismo espejo. O, quizá, dos versos de un mismo poema.

Valoración: Ocho sobre diez (ambas) 

sábado, 5 de noviembre de 2016

SULLY, desmontando al héroe americano.

Acostumbro a desconfiar bastante del trabajo de Clint Eastwood como director, posiblemente uno de los más apreciados por la crítica pero que a mi particularmente nunca me ha terminado de convencer. Demasiado dado al melodrama para mi gusto e ideológicamente manipulador (véase su último trabajo, El francotirador, como ejemplo claro). Claro que también es cierto que a excepción de ese título concreto sus obras más recientes tampoco es que hayan seducido demasiado al público, aunque eso parece haber dado un vuelco con este Sully, un verdadero pelotazo en taquilla.
Y es que ciertamente, Sully es una de las mejores películas de Eastwood, la mejor sin duda de la última década. Puede que esto se deba, sobretodo, a que en lugar de retratar a los perdedores de siempre, personajes oscuros en busca de redención, Eastwood presenta esta vez a un verdadero héroe, un hombre merecedor de convertirse en leyenda que no sólo logra hacer un milagro a los mandos de un Airbus 320 sino también luchar contra el sistema y los intereses creados.
Sully es una película muy heredera de los atroces acontecimientos del 11S, el cual, pese a no nombrarse más que en un efímero momento en la película, está muy presente en todo el metraje, sobre todo en la intencionalidad de expandir el heroísmo de Sully a toda la ciudadanía de Nueva York, ya sean tripulantes del avión, pasajeros, policías, médicos de urgencias, etc.
Estamos ante la historia de Chesley 'Sully' Sullenberger, un experimentado piloto de avión que en pleno vuelo pierde los dos motores de su nave y decide, como medida desesperada, amerizar en medio del río Hudson, logrado la proeza sin ninguna víctima mortal. El problema viene cuando, tras ser designado como un héroe por los medios, la compañía aseguradora y la Administración Federal de Aviación siembran la sombra de la duda al asegurar que Sully podía haber llegado hasta una lista de aterrizaje sin necesidad de poner en peligro la vida de todo el pasaje.
Hay una película de referencia muy cercana en el tiempo, El vuelo, de Robert Zemeckis, cuyo punto de partida era muy similar aunque la integridad moral del piloto que en esa ocasión interpretaba Denzel Washington era la que se ponía en duda (por sus coqueteos con el alcohol). Quizá con esa película en mente (o puede que también con Viven, de Frank Marshall), Eastwood se ha asegurado de no cometer el error de sus colegas de mostrar la escena más espectacular al inicio del film (el accidente del avión en sus respectivas variantes), por más que la película, en realidad trata más sobre la investigación (por no decir juicio) al que someten a Sully en la intimidad que de su heroica gesta. Es por ello que el director californiano recurre a contar la historia en dos líneas temporales, recurriendo con efectividad a los flashbacks que nos permiten ver hasta en tres ocasiones el complicado acuatizaje, no siendo hasta el momento final de la película en que lo apreciamos en todo su esplendor, rescate posterior de pasajeros incluido. Solo un par de flashbaks sobre la infancia de Sully desentonan, no aportando nada verdaderamente importante a la trama, ya que en el fondo el detalle más íntimo del comandante no queda nunca bien definido.
El problema de la decisión de Eastwood radica en que se ponen todas las cartas sobre la mesa desde el primer momento, imagino que dando por hecho que todo el mundo conoce de sobras la historia real y no dejando nada de intriga para su desarrollo. Quizá si hubiesen pensado que fuera de los Estados unidos nadie iba a recordar con detalle la aventura del A-320 y se hubiesen guardado algún dato para el final habría resultado más emocionante, como por ejemplo desconocer el destino de todos los pasajeros. Aun así, parece claro que por una vez no se busca la emotividad a través del drama, sino de la alegría, y Eastwood es capaz de provocar lágrimas viendo las manifestaciones de los supervivientes y su reacción ante la presencia de Sully (de nuevo el recuerdo del 11S sobrevuela la película), y ese es posiblemente su mayor acierto.

Puede que Sully sea, a su manera, igual de manipuladora que 100 metros, ya que eso de convertir a personajes anónimos en héroes es algo que a los americanos se les da muy bien, pero como sea hay que reconocerle a Eastwood que hace un trabajo impecable tanto en los momentos más intimistas como en las escenas del avión y que sabe sacar todo el jugo de la pareja protagonista, un Tom Hanks sensacional y un Aaron Eckhart muy notable. La única pega, como digo, dejar de lado la vida personal de ambos, a los que apenas llegamos a conocer, más cuando de Sully sí nos muestran retazos que, a la postre, resultan incompletos.
Magnífico, esta vez sí, Eastwood en una película emocionante y muy disfrutable, que oculta una feroz crítica a los intereses creados y a la manipulación de la realidad en pos de los beneficios económicos.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 19 de junio de 2016

NINJA TURTLES: FUERA DE LAS SOMBRAS: Diversión sin pretensiones.

Apenas dos años después de que Jonathan Liebesman dirigiera, de la mano del productor Michael Bay, Ninja Turtles, la nueva adaptación al cine de los populares personajes reinventados por Nickelodeon, cosechando (como viene siendo habitual en este tipo de superproducciones; véase este mismo año Batman v. Superman o Warcraft) un gran éxito de taquilla pero unas críticas atroces, llega la lógica secuela con cambio de cromos en la silla de director. En este caso es el desconocido Dave Green quien toma las riendas de la producción y, aunque no consigue despojarse de la alargada mano de papá Bay, la cosa logra mejorar un poquito.
El problema principal de la película, y así lo está evidenciando las primeras cifras de recaudación, es que el film de Liebesman no te dejaba con ganas de ver más aventuras de los mutantes ninjas, de manera que (como se ha visto en la saga de otros mutantes, los X-men) la decepción que provocó en el público se ha visto reflejado en la secuela.
No es Ninja Turtles: Fuera de las sombras una buena película, pero al menos sí parece no ser tan pretensiosa como su antecesora y, consciente de que no puede aspirar a más que a entretenimiento pasajero, se limita a divertir con unos personajes más trabajados y cuyas personalidades tienen algo más de empaque que en la primera peli de la saga. Esto permite que, al menos, la película resulte distraída y que las imposibles escenas de acción funcionen algo mejor. Y lo mismo sucede con los secundarios humanos, donde la presencia de Stephen Amell, mucho menos acartonado que en su rancio papel de Oliver Queen de Arrow, ayuda a ampliar el universo de ficción con un personaje que se insinúa potente para futuras entregas. Incluso la prácticamente desaparecida Megan Fox (una muchacha que nunca me aportó nada desde que se hiciera más o menos popular en la inefable Transformers) parece mejorar levemente sus registros. Sigue siendo una actriz mediocre, pero al menos parece intuírsele algo más de carisma que en cualquier otro ejemplo de su marchita filmografía.
Dos son los principales puntos negativos de Ninja Turtles: Fuera de las sombras, y ambos me atrevería a achacárselos a su productor Michael Bay (uno de los tipos, junto a Christopher Nolan, que más negativamente ha influido en el cine de acción actual): por un lado sus enfarragosas escenas de acción, de nuevo precipitadas, confusas y mareantes, principalmente en esa escena inicial que casi invita a salir huyendo del cine a los cinco minutos de metraje. Por otro su descompensado clímax, aspirante a un derroche de espectacularidad que al final queda en nada, con una amenaza sorprendentemente fácil de derrotar y una total ausencia de emoción y frenesí. No es algo nuevo hoy en día, donde muchas películas siguen pretendiendo alcanzar la gloria de la magnífica epopeya de Los Vengadores de Joss Whedon sin conseguirlo. Hay aquí incluso referencias más o menos evidentes como las discusiones internas del equipo o la pretendida invasión extraterrestre a partir de un portal que se abre sobre Nueva York que invitan a la comparación.
El secreto consiste en olvidarse de que estamos ante una película de acción y aceptarla como lo que realmente es, una comedia. Así, las interacciones entre las tortugas nos funcionarán perfectamente y la película se podrá disfrutar como una propuesta palomitera de verano, deleitándonos con algunos hallazgos visuales como la presencia de Bebop y Rocksteady y, sobretodo, ese impresionante y grotesco Krang, que seguro hará las delicias de los fans del comic. También la mayor interacción con los humanos (dejando muy de lado a la rata Splinter) ayuda a implicarse en la historia, por más que lo de Tyler Perry sea de vergüenza ajena y Laura Linney solo preste su nombre y poco más. Es así como podremos disfrutar de una película pretendidamente absurda, con un amenazante villano rodeado de los secuaces más ridículos y estúpidos vistos en años y un cuarteto protagonista que funciona de maravilla como equipo de superhéroes a la par que como familia, con las dificultades que ello conlleva.
La película no ofrece mucho más, pero es que tampoco aspira a ello. Por eso es de agradecerle, al menos, su sinceridad en la propuesta.

Valoración: Cinco sobre diez.

jueves, 24 de diciembre de 2015

La sugerencia del mes: LOVE ACTUALLY

Aunque tenía pensado terminar el año de comentarios con Fahrenheit 451, por aquello de cerrar el círculo y acabar con el mismo director con el que empezamos, preferí adelantarla al mes pasado para dar un toque navideño a la sección.
Esta no es exactamente una recomendación para el blog como tal, sino una insistencia constante por parte de mi amigo Sergio que no podía creer que no hubiese visto nunca esta comedia romántica de Richard Curtis que él mismo definía como el “Qué bello es vivir” de nuestra generación.
No creo que las comparativas con el clásico de Frank Capra sea válido ya que aquella era una película de claro espíritu navideño y revisionado obligatorio en estas fechas, mientras que, aunque la acción de Love Actually sea también en la previa de la Navidad, su mensaje está más centrado en el amor que en el sentimiento navideño y que, canciones aparte, podría haber funcionado igual de bien de haberse ambientado en cualquier otra época del año.
Escrita por el propio Curtis, Love Actually es una colección de historias, alguna más interesante que otra, que se entrecruzarán en ocasiones para ofrecernos diversas historias románticas con un toque humorístico muy británico. Curtis, que debutaba como director con esta película, tenía un amplio bagaje como guionista, principalmente en el terreno televisivo y para mayor gracia de Rowan Atkinson, habiendo elaborado también el libreto de Nothing Hill o El diario de Bridget Jones, lo cual hacía casi obligatorio que en su debut tras las cámaras contara con la presencia de Atkinson y de Hugh Grant, principales baluartes del humor absurdo y de la comedia romántica de Gran Bretaña, respectivamente.
Sin duda, lo que más destaca de Love Actually es su reparto, una colección de estrellas casi irrepetible que, además, ha ganado glamour con el paso de los años. Aparte de los ya mencionados el cartel destacaba la presencia de algunos clásicos del género como Alan Rickman, Colin Firth o Emma Thompson, además de a un Liam Neeson que todavía no era considerado un héroe de acción, Keira Knightley recién salida de Piratas del Caribe, Laura Linney o la menos conocida Martine McCutcheon. Hasta aquí los nombres que aparecían en el poster, pero mucha atención a los que nos podemos encontrar en papeles igual de destacados o más: Martin Freeman (uno de los actores de moda gracias a las series Sherlock y Fargo y a la trilogía de El Hobbit), Chiwetel Ejiofor (nominado al Oscar por 12 años de esclavitud y una de las nuevas caras para la Fase Tres de Marvel), Andrew Lincoln (protagonista principal de la exitosa The Walking Dead), Thomas Brodie-Sangster (uno de los protagonistas de la saga El corredor del laberinto aparte de haberse colado modo cameo en Star Wars: El despertar de la Fuerza), Rodrigo Santoro (mucho antes de convertirse en el Xerxes de 300 o de pasearse por Perdidos)… y eso centrándonos en personajes principales, que también están los simples cameos de gente como Billy Bob Thornton, January Jones o Elisha Cuthbert.
Estrellas aparte, la conjunción de historias funciona a la perfección, consiguiendo enternecer y emocionar sin abandonar nunca el toque cómico que impida que decaiga en la ñoñería. Cuenta con el típico inconveniente de que no todas las historias que se presentan funcionan igual de bien, pero al menos están suficientemente diversificadas para que ninguna llegue a desmerecer la obra.
Como comentario aparte, habría que destacar que esta película es, sin duda, la referencia más evidente para la reciente Barcelona, nit d´hivern, donde Dani de la Orden copia sin complejos el esquema y el espíritu (escena final en el aeropuerto incluida) aunque consiguiendo una obra final más divertida aún.
Con momentos impagables como los que protagoniza el rockero pasado de vueltas o el enfrentamiento entre los presidentes americano y británico hacen de esta película una joyita muy disfrutable que, aunque como ya he dicho, no sea obligatoria ver en navidad sí es muy recomendable revisionar en estas fechas.
Es una buena aportación a iluminar unos días donde apetece disfrutar de buenos sentimientos y finales felices, aunque algunos abusen del almíbar.


jueves, 19 de noviembre de 2015

MR. HOLMES (6d10)

Mr. Holmes es la última película de Bill Condon, ese director que empezó su prometedora carrera con títulos como Dioses y Monstruos, Kinsey o Dreamgirls y que aún está cumpliendo pena en el purgatorio por haber perpetrado en dos partes el definitivo final a la insulsa saga de Crepúsculo.
Basada en una obra de Mitch Cullin, la película nos presenta a un decrépito Sherlock Holmes, refugiado en una aislada casa en la campiña inglesa sin más compañía que su cuidadora, la señora Munro, y su hijo Roger. Ya retirado desde hace años de sus aventuras detectivescas, Holmes trata de recomponer en su cabeza su último caso, aquel que le invitó a abandonar de vida y cuya versión novelada, obra de su fiel Watson, podría tener más datos de ficción de los deseados. Así, con el pequeño Roger como ayudante y escudero, Holmes se enfrentará a los tortuosos recuerdos de su pasado mientras la senilidad y la pérdida de memoria amenazan con embarrarlo en un mundo de sombras y misterios.
Mr. Holmes, lejos de la leyenda icónica que supuso la creación de Conan Doyle y sus muchas y variadas representaciones cinematográficas, nos muestra a un héroe con pies de barro, huraño, decrépito y egoísta, una sombra de lo que fue incapaz de sentir nada por nadie más que por él mismo o por su también desahuciada colmena de abejas.
Sin embargo, las ansias de conocimiento del pequeño Roger y la incapacidad de Holmes para recordar todos los detalles del caso que Watson bautizó como “Sherlock Holmes y la dama de gris”, un misterio trágico que finalizará con la visita de Holmes al mismísimo Japón.
Nostálgica, intimista y crepuscular, Mr. Holmes es un canto a la amistad y a las oportunidades perdidas, a los remordimientos y a la vejez. Una hermosa historia que, sin embargo, difícilmente hubiese funcionado igual de bien de no ser por la imponente y magistral presencia de Ian McKeller, bastante más demacrado que la última vez que lo vimos ejercer de Magneto, que se mimetiza a la perfección en la piel del caballero británico hasta el punto que cuesta creer que nunca antes hubiese tenido la oportunidad de encarnar al detective de Baker Street.
Mucha más relajada y reflexiva que las versiones recientes de Guy Ritchie o la frescura de la soberbia serie de Steven Moffat , es una buena oportunidad para ver otra cara del popular personaje, una vuelta de tuerca al mito tal y como hicieran, en otro contexto, Barry Levinson en El secreto de la Pirámide o Billy Wilder en La vida privada de Sherlock Holmes, por citar dos ejemplos más.

viernes, 1 de noviembre de 2013

EL QUINTO PODER (7d10)

Muchas eran las ganas que tenía de ver esta película basada en el fundador de WikiLeaks, sobre todo después de la tremenda decepción que supuso Jobs.
Dirigida por Bill Condon (realizador de películas tan interesantes como Dioses y Monstruos, Kinsey y Dreamgirls, el capítulo piloto de Con C Mayúscula y –ejem, ejem-, Dios sabrá por qué extraño motivo, las dos últimas partes de la saga Crepúsculo) y con guion de Josh Singer a partir de la novela “Inside WikiLeaks: my times with Julian Assange at the world’s most dangerous webside” de Daniel Domscheit-Berg, David Leigh y Luke Harding, la película hace un detallado recorrido por las vidas de Julian Assange (brillante Benedict Cumberbatch) y Daniel Berg (Daniel Brühl) desde que se conocen hasta prácticamente la actualidad.
Tras unos arrebatadores títulos de crédito (como se echan de menos en la mayoría de películas de hoy en día) que sirven como metáfora del paso del tiempo en relación a los medios de comunicación, los protagonistas nos son presentados como una especie de frikis de la informática (se conocen en una feria del sector). Assange y Berg conectan casi de inmediato, siendo el segundo completamente seducido por la labia del primero y arrastrado a un mundo donde el dicho de “la información es poder” es terroríficamente real. Assange, un tipo tan carismático como misterioso, es el creador de un portal de internet donde, gracias a colaboraciones anónimas, documentos privados son revelados con la sana, aunque ingenua, intención de conseguir hacer de este mundo un lugar mejor. Con la ayuda de Berg pronto se convierten en una amenaza para bancos y gobiernos, siendo tildados tanto de héroes como de villanos, siempre dependiendo del cristal con que sean mirados.
¿Y Condon? ¿Qué opina él?
Aun siendo conscientes de que el retrato parte de un libro escrito en parte por el propio Berg, la película trata de mostrarse lo más imparcial posible, incluso cuando las diferencias entre ambos amigos comienzan a surgir y sus posturas respecto al bien que WikiLeaks hace a la sociedad se distancian hasta llegar a un punto de no retorno.
¿Cuáles son los límites de la libertad de prensa? ¿Hasta qué punto tienen derecho a revelar secretos que pueden afectar gravemente a terceras personas? Estas son las preguntas que marcan la existencia de WikiLeaks y a las que debe enfrentarse por sí mismo el espectador. ¿Es Assange un visionario o un lunático ególatra? No será Condon quien nos de las respuestas, simplemente dejará las cartas sobre las mesas y que cada cual se quede con la que más le guste, ya que no es pretensión del director sermonear sino informar (que de eso va todo el asunto). Y esto, que ha sido de lo más criticado respecto al film, es a mi entender su mejor virtud. La relación entre libertad e información es tal que trasciende la misma pantalla e invita al público a quedarse con la postura más acertada, unas posturas defendidas por sus protagonistas en un punto final sarcástico en el que Berg escribe el libro en que se basa el guion y Assange habla directamente a cámara para defenderse de las acusaciones contra él burlándose, incluso, de la propia película.
Con unos movimientos de cámara frenéticos, como corresponde la movimiento de la información en la red, el punto álgido del film se encuentra –como no podía ser de otra manera- en la interpretación de Benedict Cumberbatch, uno de los mejores actores contemporáneos que lejos de encasillarse en su magistral representación del famoso detective Sherlock Holmes continua escalando peldaños en la dura escalinata de Hollywood con personajes fascinantes y complicados (aún resuena en mi memoria su Khan de Star Trek: En la oscuridad), estando brillantemente secundado por un Brühl en estado de gracia tras su intensa visión del piloto Niki Lauda en Rush y David Thewlis (el popular Lupin de Harry Potter es solo la muestra más conocida de su extensa filmografía) como el periodista Nick Davies, aunque también destacan Anthony Mackie (muy activo últimamente), Laura Linney y Stanley Tucci en pequeños pero importantes papeles. Y es que si la historia de WikiLeaks parece el plato fuerte de la película no menos importante es la relación (casi podríamos definirla como de amor-odio) entre Assange y Berg y sus diferentes puntos de vista sobre el compromiso y la responsabilidad de saberse poseedores de un poder capaz de hacer temblar el mundo, aunque ello no les baste, en ocasiones, para conseguir mantener la estabilidad de sus propias vidas privadas.
La sana intención de explicar una historia que pese a lo compleja que pueda parecer es fácil de comprender para el profano en la materia es su principal diferencia con Jobs, otro personaje de relativas similitudes con Assange que no lograba seducir ni por su historia ni por su intérprete.
El quinto poder no es una película redonda, y quizá se acerque por momentos con cierto peligro hacia el formato telefilmico, pero cumple con creces el objetivo de descubrir al espectador una polémica que para muchos no era más que un concepto vago que durante unos meses repitieron constantemente en los telediarios.
Sin dejar de entretener en ningún momento, el trío Condom-Cumberbatch-Brühl me han convencido por completo, sin tratar de imponerme sus ideas ni decirme cómo debo pensar.

De eso ya me encargaré yo, gracias.