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domingo, 17 de abril de 2016

EL HÉROE DE BERLÍN: El poder del espíritu olímpico.

Aunque pueda ser de sobras conocida la historia de Jesse Owens, el atleta de color que batió varios record (robando, de paso, la gloria aria) en las Olimpiadas de Berlín de 1936 delante del mismísimo Hitler, su relato es tan cinematográfico que merecía sin duda una nueva versión fílmica.
Además, El héroe de Berlín (y vale que todos sepamos cómo va a terminar la cosa, pero tampoco hacía falta que nos lo contaran ya en el título en español, ¿no?) no va, en realidad, sobre un atleta que consigue triunfar, como tantas otras películas deportivas, sino que se hace eco de todo el ruido racial que había a su alrededor en una época que pudo estar marcada por el odio racial nazi hacia los negros y los judíos pero cuya discriminación podía sentir Owens en su propia casa.
Efectivamente, dejando en entredicho si es cierto o no que Hitler le negara el saludo después de conseguir los respectivos Oros olímpicos, lo que de verdad dolió a Owens fue que fuese su propio Presidente quien no lo invitara nunca a la Casa Blanca ni le mandara un simple telegrama de felicitación.
Estamos, pues, ante una película que describe el inicio de la carrera deportiva (relativamente fugaz, por otro lado) de este campeón olímpico pero recogiendo muy bien la sociedad que lo rodeaba, donde el aparente progresismo de los americanos no conseguían ocultar sus mentalidades discriminatorias según las cuales considerar a un negro como alguien inferior era terriblemente cotidiano.
El héroe de Berlín, protagonizada por el joven Stephan James, se centra bastante en la relación del deportista con su entrenador, un correcto Jason Sudeikis que si bien mantiene algunos de sus tics como comediante logra componer con suficiente eficacia un papel poco propicio, a priori, para sus cualidades interpretativas.
Es complicado asegurar hasta qué punto todo lo narrado en la película (dirigida por Stephen Hopkins, otro que parece fuera de su terreno habitual) es totalmente acorde con la realidad o ha sido edulcorado en pos de la historia. Si están confirmadas algunas anécdotas como la amistad de Owens con el alemán Carl 'Luz' Long, la obligación de entrar por la puerta de servicio al hotel Waldorf a una cena que se hacía en su honor o  la incertidumbre de si Estados Unidos participaría en los llamados “Juegos de Hitler” o si los boicotearía (subtrama protagonizada por William Hurt y un acartonado Jeremy Irons). Lo que sí se intuye es que algunos personajes han quedado bastante edulcorados, como el propio Avery Brundage al que pone rostro Irons, (más criticado por su dudosa moralidad de lo que refleja el film) o la directora de cine Leni Riefenstahl (Carice van Houten, Melisandre en Juego de Tronos), realizadora de la película propagandística Olympia, bastante más fiel al régimen de lo que se da a entender aquí (tampoco se insinúa, más allá de un leve episodio de infidelidad, los posibles defectos del propio Owens, demasiado idealizado).
Concesiones, no obstante, que se pueden aceptar sin que perjudiquen al mensaje final de la película, que aúna el espíritu de superación con la igualdad racial y que se atreve, por lo menos, a prolongar el racismo previo a la Segunda Guerra Mundial hasta los propios Estados Unidos.

Valoración: Siete sobre diez.

viernes, 1 de noviembre de 2013

EL QUINTO PODER (7d10)

Muchas eran las ganas que tenía de ver esta película basada en el fundador de WikiLeaks, sobre todo después de la tremenda decepción que supuso Jobs.
Dirigida por Bill Condon (realizador de películas tan interesantes como Dioses y Monstruos, Kinsey y Dreamgirls, el capítulo piloto de Con C Mayúscula y –ejem, ejem-, Dios sabrá por qué extraño motivo, las dos últimas partes de la saga Crepúsculo) y con guion de Josh Singer a partir de la novela “Inside WikiLeaks: my times with Julian Assange at the world’s most dangerous webside” de Daniel Domscheit-Berg, David Leigh y Luke Harding, la película hace un detallado recorrido por las vidas de Julian Assange (brillante Benedict Cumberbatch) y Daniel Berg (Daniel Brühl) desde que se conocen hasta prácticamente la actualidad.
Tras unos arrebatadores títulos de crédito (como se echan de menos en la mayoría de películas de hoy en día) que sirven como metáfora del paso del tiempo en relación a los medios de comunicación, los protagonistas nos son presentados como una especie de frikis de la informática (se conocen en una feria del sector). Assange y Berg conectan casi de inmediato, siendo el segundo completamente seducido por la labia del primero y arrastrado a un mundo donde el dicho de “la información es poder” es terroríficamente real. Assange, un tipo tan carismático como misterioso, es el creador de un portal de internet donde, gracias a colaboraciones anónimas, documentos privados son revelados con la sana, aunque ingenua, intención de conseguir hacer de este mundo un lugar mejor. Con la ayuda de Berg pronto se convierten en una amenaza para bancos y gobiernos, siendo tildados tanto de héroes como de villanos, siempre dependiendo del cristal con que sean mirados.
¿Y Condon? ¿Qué opina él?
Aun siendo conscientes de que el retrato parte de un libro escrito en parte por el propio Berg, la película trata de mostrarse lo más imparcial posible, incluso cuando las diferencias entre ambos amigos comienzan a surgir y sus posturas respecto al bien que WikiLeaks hace a la sociedad se distancian hasta llegar a un punto de no retorno.
¿Cuáles son los límites de la libertad de prensa? ¿Hasta qué punto tienen derecho a revelar secretos que pueden afectar gravemente a terceras personas? Estas son las preguntas que marcan la existencia de WikiLeaks y a las que debe enfrentarse por sí mismo el espectador. ¿Es Assange un visionario o un lunático ególatra? No será Condon quien nos de las respuestas, simplemente dejará las cartas sobre las mesas y que cada cual se quede con la que más le guste, ya que no es pretensión del director sermonear sino informar (que de eso va todo el asunto). Y esto, que ha sido de lo más criticado respecto al film, es a mi entender su mejor virtud. La relación entre libertad e información es tal que trasciende la misma pantalla e invita al público a quedarse con la postura más acertada, unas posturas defendidas por sus protagonistas en un punto final sarcástico en el que Berg escribe el libro en que se basa el guion y Assange habla directamente a cámara para defenderse de las acusaciones contra él burlándose, incluso, de la propia película.
Con unos movimientos de cámara frenéticos, como corresponde la movimiento de la información en la red, el punto álgido del film se encuentra –como no podía ser de otra manera- en la interpretación de Benedict Cumberbatch, uno de los mejores actores contemporáneos que lejos de encasillarse en su magistral representación del famoso detective Sherlock Holmes continua escalando peldaños en la dura escalinata de Hollywood con personajes fascinantes y complicados (aún resuena en mi memoria su Khan de Star Trek: En la oscuridad), estando brillantemente secundado por un Brühl en estado de gracia tras su intensa visión del piloto Niki Lauda en Rush y David Thewlis (el popular Lupin de Harry Potter es solo la muestra más conocida de su extensa filmografía) como el periodista Nick Davies, aunque también destacan Anthony Mackie (muy activo últimamente), Laura Linney y Stanley Tucci en pequeños pero importantes papeles. Y es que si la historia de WikiLeaks parece el plato fuerte de la película no menos importante es la relación (casi podríamos definirla como de amor-odio) entre Assange y Berg y sus diferentes puntos de vista sobre el compromiso y la responsabilidad de saberse poseedores de un poder capaz de hacer temblar el mundo, aunque ello no les baste, en ocasiones, para conseguir mantener la estabilidad de sus propias vidas privadas.
La sana intención de explicar una historia que pese a lo compleja que pueda parecer es fácil de comprender para el profano en la materia es su principal diferencia con Jobs, otro personaje de relativas similitudes con Assange que no lograba seducir ni por su historia ni por su intérprete.
El quinto poder no es una película redonda, y quizá se acerque por momentos con cierto peligro hacia el formato telefilmico, pero cumple con creces el objetivo de descubrir al espectador una polémica que para muchos no era más que un concepto vago que durante unos meses repitieron constantemente en los telediarios.
Sin dejar de entretener en ningún momento, el trío Condom-Cumberbatch-Brühl me han convencido por completo, sin tratar de imponerme sus ideas ni decirme cómo debo pensar.

De eso ya me encargaré yo, gracias.