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domingo, 15 de abril de 2018

INMERSIÓN


Decir que el cine de Win Wenders hace años que ha perdido su fuelle no es ninguna novedad. Lejos quedan ya París, Texas, La noche sobre Berlín o Hasta el fin del mundo, y parecía condenado a limitarse a documentales interesantes pero que desperdiciaban su talento de antaño.
Inmersión no va a ser la película que lo devuelva a primera plana, pero tampoco me parece el descalabro que algunos han querido ver en ella. No es una mala película y tienen momentos visuales muy hermosos, amén de una gran química entre sus dos protagonistas, unos buenos Alicia Vikander y James McAvoy. El problema está en que Wenders no parece saber exactamente lo que quiere contar. O, al menos, no cómo.
La película es un drama romántico en el que dos personas aparentemente opuestas se conocen y enamoran para ver como sus caminos los separa den breve. Irónicamente, lo mismo que los une, es lo que los distancia: el agua. Ella es una biomatemátia (sea eso lo que sea) que debe hacer una peligrosa inmersión en un submarino mientras él es un espía que se infiltra en Somalia haciéndose pasar por ingeniero hidráulico. Ce hecho, la película comienza con ellos separados y es mediante flashbacks que conoceremos como nació el amor entre ellos con una hermosa villa en Normandía como idílico escenario.
La prueba de que algo falla en la película está en que a cualquiera que se le explique que por un lado tenemos las complicadas conversaciones técnicas entre arrumacos y carantoñas de la pareja, y por otro a un espía del MI5 luchando por su vida y a una investigadora en un submarino que puede suponerle una aventura mortal, lo normal sería que sintiera cierta pereza hacia la primera de las tramas. Sin embargo, el resultado final es todo lo contrario. La película solo funciona cuando están los dos juntos y el diálogo verbaliza en lugar de ser todo una metáfora con el agua como elemento de vida y muerte.
Así que no, no es un completo desastre, pero quizá los que abuchearon la película en el pasado festival de San Sebastián no anden errados del todo. Porque Wenders logra juntar las piezas para un drama interesante, pero no sabe armar luego el puzle de forma correcta. Y termina siendo todo muy pedante y aburrido.

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 25 de marzo de 2018

TOMB RAIDER

Aunque ciertamente no exista una formula matemática para realizar una película de éxito (y de existir, parece como si Marvel la tuviese en secreto, como si de la fórmula de la Coca-Cola se tratase), sí hay una serie de reglas que fuerzan a que una película comercial funcione correctamente.
De esa manera, films como Tomb Raider con casi productos de laboratorio, conteniendo todo aquello necesario para hacer un producto correcto al que se le puedan poner pocas pegas, como si de un Frankenstein se tratase, pero al que,al igual que a la criatura de Mary Shelley, le falta un alma capaz de dotarla de auténtica vida.
No es esta Tomb Raider secuela directa de las dos películas anteriores sobre el personaje de Lara Croft ni tiene Angelina Jolie participación alguna en el film. Es más, la obra no bebe de los videojuegos clásicos (ni de su posterior adaptación al cómic), sino que adapta directamente el propio reboot que el juego hizo en 2013, presentando a una Lara Croft menos voluptuosa, apostando por una aventura más física y con tintes del feminismo tan presente en el cine de hoy en día.
Tomb Raider contiene todo aquello necesario para triunfar: una historia correcta, espectaculares escenas de acción, una heroína carismática y a la vez creíble, buenos efectos especiales, buenos y comprometidos actores y el toque justo de humor. Sin embargo, la suma de todos estos elementos se realiza de una forma demasiado plana, tan fríamente calculada que el guion bien podría haber sido escrito siguiendo las pautas de un manual sin poner pasión alguna en su conjunto. Como adaptación de videojuego es impecable, pudiendo reconocer el seguidor habitual los diversos momentos de plataformas, los puzles y las estrategias, y Lara luce su camiseta habitual de tirantes y utiliza las herramientas impuestas por el canon, ya sea un arco, un piolet o ese guiño final a sus dos icónicas pistolas. Y también el argumento es un reflejo del mencionado juego del 2013, por más que las diferencias con el mismo puedan haber molestado a más de un fan.
Sin embargo, pese a toda esta corrección, el gran debe de Tomb Raider es que todo parece muy visto ya, como si las influencias de las que bebe (homenajes, dirían algunos), fuesen tan fieles que terminan por parecer copias. Así, si la Lara Croft de la Jolie tenía cierto aire Jamesbondiano, la encarnación de Alicia Vikander es puro Indiana Jones. Cosa que de por sí no me parece nada si no hubiese momentos tan exageradamente literales. La inspiración de En busca del Arca Perdida y La última cruzada, en concreto, son claras, pero también hay ahí reflejos evidentes de otras películas aventureras de resolución de enigmas como La búsqueda, hay alguna escena deudora de otra película de videojuegos con fémina al poder como es Resident Evil e incluso se adivina la influencia de un título tan injustamente denostado como es la reciente La Momia, con el flamante ganador del razzie al peor actor, Tom Cruise (sic). Y, paradójicamente, en lo que sí se distancia de esos títulos, el aspecto más fantasioso del film, es donde más falla, ya que las pretensiones de dar un tono realista supone una ligera decepción de cara al acto final, donde las expectativas eran mucho más altas con respecto a los resultados obtenidos.
Eso sí, Vikander es una Lara Croft perfecta, suficientemente guapa y atlética para dar la talla pero sin parecer una caricatura voluptuosa y machistamente artificial (aunque cabe resaltar que el origen de las curvas de la Croft no tiene un componente machista, sino un error informático que a la postre se convirtió en una involuntaria seña de identidad) y el director Roar Uthaug filma con eficacia y buen ritmo, lo que hace que estemos ante una buena propuesta como puro entretenimiento de fácil olvido que supera las versiones anteriores pero no pasará a la historia del cine, ni siquiera a la del cine de aventuras.
Una interesante película, sí, pero que sabe a poco por esa carencia de alma y originalidad. La fórmula funciona, pero no emociona.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 4 de febrero de 2017

LA LUZ ENTRE LOS OCÉANOS, aceptable melodrama algo postizo

Derek Cianfrance es un director estadounidense especializado en melodramas en los que profundiza en la carga emocional de sus personajes, como demostrara en Blue Valentine o en Cruce de caminos. En La luz entre los océanos se encarga él mismo de adaptar para la pantalla la novela de M.L. Stedman buscando esos mismos patrones.
Tom Sherbourne es un excombatiente de la Primera Guerra Mundial que, cansado del sufrimiento y la muerte que ha podido contemplar acepta un trabajo temporal como vigilante de un faro en una pequeña isla australiana, un lugar aislado del mundo donde espera conseguir la soledad necesaria para poner en paz su propia alma. Sin embargo, no podrá evitar enamorarse de una joven del pueblo más cercano y ambos deciden casarse e iniciar una vida en conjunto en esa isla tan solitaria como aterradoramente hermosa, lugar propicio para formar una familia. Pero las cosas no suceden siempre como uno espera.
Cianfrance abusa en ciertos momentos de trucos efectistas (como los primeros planos de los personajes lagrimeando o la música de Desplat subrayando cada escena emocional) para recargar las tintas del drama y tratar de buscar el desconsuelo del espectador, y es quizá este el punto más débil de una obra que por otro lado resulta potente e hipnótica y que tiene sus mejores bazas, junto a las panorámicas espectaculares de la isla, en su trio protagonista.
No es este momento de destacar las cualidades interpretativas de ninguno de los tres actores que componen este triángulo emocional, Michael Fassbender, Alicia Vikander y Rachel Weisz, pero es de agradecer que los tres se tomen muy en serio sus personajes, logrando evitar que, con la sobresaturación dramática que busca insistentemente Cienfrance, caigan en el ridículo.
La película arranca con muy buen pie, con una historia de amor algo impostada por su rápida consumación pero que, si se analiza bien, no tiene nada que desmerecer a los flechazos instantáneos de Romeo y Julieta o Jack y Rose en Titanic, pero a medida que la trama se complica con la llegada de un bebé (no quiero entrar en detalles, aunque muchos tráilers ya se encargan de destripar los giros) el melodrama empieza a sonar un poco forzado, casi simplón, recordando por momentos a las historias empalagosas de Nicholas Sparks, aunque con un tono más maduro.
Le oído verdaderas pestes sobre el film, cosa que no comprendo. Cierto que Cianfrance busca de forma insistente y hasta exagerada la magnificencia, como si estuviese contando la historia de amor y dolor definitiva, y desde luego no es para tanto, y aunque no consiguiese sacar una sola lágrima del que suscribe (últimamente me emociono más con las historias optimistas como la de Figuras Ocultas que con el regocijo en el dolor ajeno), tiene momentos de verdadera emoción y, cuando menos, mantiene la intriga sobre su desconcertante desenlace hasta el final.
Cienfrance va un poco se sobrado, vale, y eso afecta a la película con un tono de presuntuosidad que, sin embargo, no termina por empañarla tanto como le sucede a Sean Penn en Diré tu nombre. Además, el uso del paisaje, por más intencionadamente manipulador que pretenda ser, es efectivo y tras un momento intermedio en que la historia amenaza con deambular por la simpleza sentimental al final se impone un aroma de intriga que, si bien no alcanza al arranque emocional, sin hace reflotar el film y dejar al espectador con la sensación de haber disfrutado de una historia emocionante y descorazonadora.

Valoración: Seis sobre diez.

martes, 2 de agosto de 2016

JASON BOURNE: Previsiblemente decepcionante.

Cuando se tiene en tus manos a la gallina de los huevos de oro hay que seguir exprimiéndola hasta acabar con ella. Esa es una máxima que en Hollywood se sigue al pie de la letra y el caso del espía más desmemoriado de la historia no iba a ser una excepción.
Tras una trilogía que rallaba a gran nivel casi se cargan a la susodicha gallina cuando, para mantener el tirón, hicieron un cambio de cromos en el papel protagonista y Jeremy Renner interpretó a una versión paralela de Bourne en El legado de Bourne que no pareció convencer a nadie y que, vista en la distancia, no estaba mal del todo.
Pero la gallina seguía viva. Agonizante, pero viva. Y se ha decidido traer de vuelta al Bourne original, ese Matt Dammon metido en labores de productor e imponiendo directores, en una cuarta (o quinta, ya no lo tengo muy claro) entrega que, siguiendo la estela de Rocky Balboa o John Rambo, demuestra su falta de ideas desde su mismo título, simplemente el nombre del protagonista: Jason Bourne.
Tras crear un laberinto con sus recuerdos en la trilogía original, basada por cierto en las novelas de Robert Ludlum, esta vez ya no parecía quedar secretos sobre el pasado del personaje, por lo que la historia debía ir por otros derroteros. Pero Paul Greengrass (que además de director se ha enchufado también en tareas de guion) y Christopher Rouse no se han molestado en arriesgar lo más mínimo y, ya sin la obra de Ludlum como referencia, han tirado por el mismo camino, desluciendo el final de El ultimátum de Bourne, y rebuscando más secretos en el pasado del pobre agente secreto.
La saga Bourne, aun con sus dosis de intriga y acción, siempre se ha caracterizado por mostrar la cara más seria y torturada del agente secreto, dotando a sus films de una verosimilitud que ni tenía ni buscaba la saga Bond, por poner un ejemplo similar. Sin embargo, en esta ocasión, pese a la cámara nerviosa y el abuso de los primeros planos tan característicos de Greengrass, nada es creíble en este sinfín de piruetas de destrucción, tiroteos y persecuciones que transforman a Bourne, aún con su alma taciturna, en un superhéroe del montón.
Jason Bourne no es divertida porque la saga nunca ha pretendido serlo, pero lo necesita para poder aceptar la transformación a la que ha sido sometida, un lavado de cara fallido y que solo se sustenta porque, aun con lo alargadas que son la mayoría de sus secuencias, no llega a aburrir, y porque el lujo de contar con Tommy Lee Jones, Alicia Vikander o Vicent Cassel acompañando a Matt Dammon en sus peripecias compensan incluso la espantosa dirección de Greengrass, que no estaría en esta silla si no fuese por su amistad con la estrella o la fama de documentalista (¿acaso había algo más que eso en la soporífera Capitán Philips?) y que encima amenaza con insistir (¿no le ofrecen más trabajos?) en una nueva entrega.
Torpe y excesiva, Jason Bourne no pasa de entretenimiento veraniego, trascendental y olvidable, que empaña el recuerdo de las películas anteriores y hace buena a El legado de Bourne. Ya puestos a retorcer a la gallina, al menos se podría reactivar aquel proyecto de juntar a los personajes de Dammon con el de Renner. Al menos tendría su chicha…

Valoración: Cinco sobre diez.

domingo, 17 de enero de 2016

LA CHICA DANESA: en busca de identidad.

La nueva película de Tom Hooper, ese realizador que destacara con The dammned united y que desde entonces cada película suya ha sido más floja que la anterior, aunque ha conseguido seducir a la crítica especializada de Hollywood que parecen fijarse siempre en sus trabajos a la hora de realizar las candidaturas para los Oscars, podría haber sido muchas cosas: un drama de época, una película reivindicativa y revolucionaria sobre el derecho a decidir, un ensayo sobre arte… Hooper parece querer tocar todos los palos a la vez y eso hace que su proyecto cojee por todas partes. Dijo en la presentación el artista que las tres primeras veces que leyó el guion no pudo evitar ponerse a llorar, pero no parece haber sido capaz de plasmar ese sentimiento en pantalla.
La chica danesa cuenta (aparentemente) la historia de Lili Elber, personaje histórico real considerado como el primer transexual reconocido. Lili, que en el film tiene el rostro y las muecas de Eddie Redmayne, nació como Einar Wegener, un aclamado pintor danés casado con la también artista Gerda Wegener. Lo que parece comenzar como un juego, un simple disfraz femenino para acudir a una fiesta sin ser reconocido, despierta deseos reprimidos en el interior de Einar que derivan en el convencimiento de que, pese a haber nacido con atributos masculinos, era en realidad una mujer. Sobre su transformación física y emocional en Lili se supone que versa esta película.
Y digo se supone porque, con evidentes similitudes con La teoría del todo, aquella edulcorada semibiografía de Stephen Hawking que también interpretó Redmayne, es también aquí el personaje de la mujer quien consigue dar el tono de la película. Alicia Wikander, actriz casi desconocida hace apenas un año y que en 2015 nos ha seducido con Ex machina, Operación U.N.C.L.E. y La chica danesa, es quien lleva en realidad el peso de la narración, por más que Hooper se empeñe en recrearse con escenas que muestran los cambios en la personalidad de Einar/Lili, algunas desgarradoramente hermosas y descriptivas, pero otras reiterativas y colmadas de una expresión demasiado exagerada por parte de Redmayne.
Un claro problema de la película es que es tanto la sutileza con la que está realizada, está tan edulcorada, que está más cerca de la comedia que del drama (esto no es sólo cosa mía; el público de la sala donde yo la vi reía en diversas escenas), tal y como sucedía en La teoría del todo, un humor y “buenrollismo” que va desinflándose hacia el final para devenir en un melodrama simple y previsible que carece de la fuerza necesario para emocionar. Así, La chica danesa fracasa en su intento de transmitir el sufrimiento de Lili por su dualidad con un Redmayne que roza la parodia (¿o será sólo que yo no trago al actor, nominado al Oscar como mejor actor y al Razzie como peor en el mismo año?).
¿Qué es lo que salva a La chica danesa y que justifica su visionado? La verdadera historia que oculta, desgarradora y cautivadora. Una historia no sobre la libertad y la tolerancia, como pretende Hooper, sino sobre el amor verdadero, incondicional y sacrificado, que una mujer puede llegar a sentir por su marido, aceptando con dignidad y sufrimiento el cambio y apoyándolo aun cuando ello conlleva su propio perjuicio. Un amor, dicho sea de paso, mucho más épico y férreo que el de la historia auténtica. Pero bueno, así es el cine.
Quizá porque Gerda es mucho más interesante y generosa que Einar/Lili, quizá porque Vikander tiene más talento que Redmayne o quizá porque la historia real no sea suficiente sustento para una película (siendo perfecta como carne de documental), La chica danesa no funciona en lo que tiene que funcionar, aunque consigue sostenerse con dignidad sin llegar a aburrir, aunque amenaza con hacerlo en un par de segmentos. Es como si, tal y como la protagonista, la misma película andase en busca de su propia identidad.

Puntuación: 6 sobre 10.

miércoles, 26 de agosto de 2015

OPERACIÓN U.N.C.L.E. (8d10)

En la década de los sesenta la NBC emitió una serie de televisión llamada The man from U.N.C.L.E. que en España llegó bajo el título de El agente de C.I.P.O.L.
Cincuenta años después, Guy Richie antaño enfant terrible del cine de bajos fondos y en la actualidad realizador consagrado gracias, sobre todo, a su saga de Sherlock Holmes, ha sido el encargado de dar el salto a la pantalla en una película con claras pretensiones de ser el inicio de una saga.
Habría que preguntarse quién había sido el lumbreras que había decidido juntar en la película a dos actores tan “potencialmente peligrosos” como son el protagonista del último Superman (exitosa en recaudación pero bastante vapuleada por buena parte de la crítica) con el infame Llanero Solitario (esta sí que fue vapuleada por todo quisqui, merecidamente, debo añadir). Podía ser una apuesta arriesgada, más si tenemos en cuenta que tenemos a un californiano representando el papel de un ruso (algo que ya sucedía en la serie original pero que en estos tiempos se ve algo forzado). No será culpa de ellos (por más que Armie Hammer abusa de rigidez, como si su modelo de ruso a imitar fuese el Danko de Schwarzenegger) ni de su director la fría acogida que parece que está recibiendo en taquilla el film, culpa posiblemente a la baja afluencia de público en los cines durante el mes de agosto o por coincidir en cartel con otra película de espías como Misión Imposible: nación secreta.
Sea como sea, el caso es que la película es magnífica. Richie, sin abusar de las cámaras lentas que tanto le gustan aunque manteniendo sus señas de identidad en un montaje atropellado pero efectivo, consigue una brillante película de intriga ambientada durante la Guerra Fría sin renunciar a un sentido del humor fresco  e inteligente.
No nos dejemos engañar, la película es una versión ligera de James Bond ambientada en los años 70 combinada con el género de policías colegas (ya he nombrado a Danko, calor rojo, cuya sombra sobrevuela el film constantemente). En este sentido, Henry Cavill  (Napoleón Solo) se muestra como un agente secreto perfecto, impoluto, seductor y con carisma, con el sentido del humor del que carece el Bond de Daniel Craig o su propio Hombre de acero. Él es el verdadero protagonista del film, pese a que comparta cartel con Hammer, mientras que Alicia Vikander, la bella androide de Ex machina, es una Chica Bond Solo perfecta.
No le falta de nada a esta película repleta de acción, persecuciones espectaculares, tiroteos, sensualidad, explosiones e intriga. E, insisto, mucho humor.
Completada en el reparto por Jared Harris, Hugh Grant y Elizabeth Debicki, la película teinvita a disfrutar de principio a fin, haciendo que –independientemente de su duración- no desees nunca que llegue su final y tras el mismo, deseando que remonte en taquilla (Richie ha olvidado “colar” a típico actor asiático que sirva de reclamo en el mercado nipón) para que se produzca la secuela que a buen seguro sus productores tienen ya en mente.
Si acaso, se echa en falta algún cameo de Robert Vaughn o David McCallum, los Napoleon Solo e Illya Kuryakin originales.
Sin duda junto a Misión Imposible: Nación Secreta, lo mejor del verano.

martes, 3 de marzo de 2015

EX_MACHINA (8d10)

Resulta interesante adentrarse en esta película sin saber nada de ella, ya que el visionado anterior de su tráiler podría no solo revelar demasiado (cosa inevitable en la mayoría de avances de ahora) sino hacernos creer que la película va por otros derroteros más fantasiosos o trepidantes.
Pese a su buen (aunque mínimo) reparto y su lujosa ambientación, Ex_machina es en realidad una película pequeñita, de esas en las que la originalidad de la idea y los recovecos de su guion debe primar ante la calidad de sus efectos visuales y que, por ello, me remiten a títulos recientes como The Signal o Orígenes, por más que argumentalmente no tenga nada en común con ellas.
De hecho, ha sido definida como la EVA americana (curioso que por una vez sean las cosas al revés de lo acostumbrado), y algo de cierto puede haber, aunque la historia que nos ocupa ahora es mucho más absorbente y compleja y no se pierde en derroteros melodramáticos como le sucedía al título de Quique Maíllo.
Ex_Machina cuenta la historia de Caleb, un programador informático anónimo y anodino (convincentemente interpretado por Domhnall Gleeson) que gana un concurso organizado en su empresa cuyo premio consiste en una semana de vacaciones en la lujosa casa que Nathan (el cada vez más de moda Oscar Isaac), el dueño de la empresa y uno de los más importantes magnates informáticos del mundo, tiene en un entorno espectacular, en el corazón de una zona montañosa rodeada por frondosa vegetación y cascadas interminables. Todo este paraíso verde contrasta con la fría sofisticación del interior (la gran parte de la edificación se encuentra bajo tierra) donde Caleb descubre que el verdadero objeto de su estancia allí consiste en descubrir los grandes avances que Nathan ha logrado en el terreno de la inteligencia artificial y, mediante una serie de entrevistas con el ser artificial de rasgos femeninos denominado Ava (la sueca Alicia Vikander, a la que se vio recientemente en El séptimo hijo) , llegar a concluir si el ingenio es capaz de pensar por sí mismo en una versión algo tramposa del test de Turing.
Con un arranque algo lento e incluso desconcertante, el espectador se ve atrapado, como el propio Caleb, en un universo claustrofóbico y desconcertante, con más preguntas que respuestas, y ante el desafío de enfrentarse a un ordenador en un confuso juego de seducción donde realidad y ficción se pueden confundir con facilidad y nada puede llegar a ser lo que parece a simple vista.
Es en su segunda mitad cuando las piezas van tomando sentido y la película termina de atraparnos por completo, resultando perturbadoramente cautivadora y ofreciendo un nuevo punto de vista al, por otra parte, manido tema de la inteligencia artificial.
Con rasgos casi teatrales (solo hay cuatro personajes principales, los tres mencionados y una sirvienta oriental que ni siquiera comparte el idioma de los demás), Ex_machina plantea los límites de la tecnología, imaginando el momento en que la inteligencia artificial sea también sinónimo de los sentimientos artificiales  preguntándose si, una vez aceptados esa inteligencia y esos sentimientos, si deben seguir siendo considerados artificiales o si tiene derecho la máquina a considerarlos como suyos propios.
Reflexiva e inteligente, no creo tampoco que Alex Garland, el inventor de todo esto, pretenda crear un profundo debate sobre los peligros de los avances informáticos, sino más bien basarse en ellos para crear un divertimento muy entretenido y sencillo, un puzle sobre personas solitarias en busca de un reconocimiento personal y sentimental del que siempre han carecido. Garland debuta aquí como director después de haber escrito la novela La playa y los guiones de, entre otras, 28 días después, Sunshine y Dreed) y lo hace francamente bien, invitando a que lo tengamos muy en cuenta de cara al futuro.
Alejándose conscientemente de las obligadas leyes de la robótica de Asimov, Ex_Machina se labra su propio camino consiguiendo una película casi redonda con una puesta en escena tan sencilla que sorprende que llegue abarcar tanto.


lunes, 5 de enero de 2015

EL SÉPTIMO HIJO (5d10)

Como si de una excusa de su argumento se tratase, El Séptimo Hijo es una película maldita. 
Basada en la novela de Joseph Delaney: El aprendiz de Espectro, se rodó con la intención de convertirse en el comienzo de una nueva franquicia del no siempre fructífero género de la fantasía juvenil. 
Y parecía una buena apuesta, pues pretendía ocupar el hueco dejado por Harry Potter, tenía suficiente material detrás (dieciséis novelas por ahora) para exprimir la burra muchos años y reunía nombres interesantes en el proyecto, empezando por un director dos veces nominado al Oscar y dos actores de relumbrón como son Jeff Bridges y Julianne Moore.  El problema vino cuando se rodó la película, se anunció la fecha de estreno como el 18 de octubre de 2013 y todo se estancó.
No debían creer demasiado en ella cuando el estreno fue saltando de una fecha a otra, llegando a ser descartada definitivamente por sus productoras iniciales (Warner y Legendary) y siendo después recuperada por Universal que, ya que la tenía, la ha hecho llegar a los cines sin demasiado rebomborio.
En ese año y medio de retraso algunas cosas han cambiado: Jeff Bridges ha perdido parte de su crédito aceptando participar en patochadas como R.I.P.D., Sergey Bodrov no ha vuelto a dirigir nada en Hollywood y los protagonistas más jovenzuelos continúan sin despuntar (aunque 2015 podría ser el año de Alicia Vikander, pues participa en dos títulos a priori interesantes como Ex Machina y The Man from U.N.C.L.E.). Prueba del paso del tiempo se puede encontrar en el brevísimo papel de Kit Harington, por aquel entonces sólo una cara conocidilla y ahora estrella más o menos consagrada por su papel de John Nieve en Juego de Tronos y su paso (más o menos acertado) como protagonista por Pompeya.
El séptimo hijo cuenta la historia de un Espectro (último de una especie de “cazafantasmas” medieval, con un pasado romántico-trágico con la más peligrosa y malvada de las brujas). Cuando su último aprendiz muere debe buscar uno nuevo para enfrentarse al retorno del ser más malvado del lugar, y el elegido es Tom Bard, el séptimo hijo de otro séptimo hijo y con su propio pasado secreto.
La película en sí no ofrece nada fuera de lo esperado, una aventurilla de esas de espada y brujería con algún que otro bichejo de por medio que muestra las carencias de un director poco habituado al cine de acción (la mayoría de los enfrentamientos son mediante secuencias precipitadas y confusas) y una producción limitada que hace que algunos de los efectos visuales sean demasiado básicos para las aspiraciones iniciales del film.
Cierto es que el tema de la brujería nunca ha funcionado demasiado bien en cine (dejando de lado las brujas de cuentos infantiles, eso es otra cosa) y títulos como El aprendiz de brujo, En tiempo de brujas, Hansel y Gretel, cazadores de brujas (esta última al menos era una gamberrada muy divertida) o Sombras tenebrosas han pasado por los cines sin pena ni gloria (y me estoy refiriendo a la versión más clásica y medieval de las brujas, no a sus aportaciones en otras historias como relleno), siendo Stardust o Las brujas de Eastwick alguno de los pocos títulos destacables que me vienen a la memoria. 
Y El séptimo hijo no parece una excepción, haciéndome pensar que el intento de franquicia quedará en un vasto propósito y que el final de la película, invitando descaradamente a una secuela, se quedará en nada.
De lo poco destacable que hay en el film es su reparto, protagonizado por un Ben Barnes que parecía ir para estrella después de ser el Príncipe Caspian de Las Crónicas de Narnia y parece que se ha quedado estancado, habiendo recaído últimamente en el recurso de la televisión (su caso me recuerda un poco al Taylor Kitsch de John Carter), mientras que se dejan ver también por ahí Antje Traue (Faora-Ul en El hombre de acero), Olivia Williams (vista recientemente en Sabotage) y Djimon Hounsou, al que por lo visto le va eso de disfrazarse con pintas raras como ya demostró en Los Guardianes de la Galaxia. Nombres que unidos a los mencionados Bridges y Moore dan algo de lustro a una historia bastante sosa y demasiado previsible, que, como casi toda la fantasía de este siglo, pretende beber demasiado de El señor de los Anillosaunque con toques de humor algo torpes y muy ochenteros (el personaje de Colmillo, sin ir más lejos) con situaciones muy tópicas que, aunque no aburre, tampoco descubre nada novedoso.
Se deja ver, entreteniendo sin demasiadas exigencias, pero demasiado floja y descafeinada para resaltar nada especialmente positivo. 

viernes, 1 de noviembre de 2013

EL QUINTO PODER (7d10)

Muchas eran las ganas que tenía de ver esta película basada en el fundador de WikiLeaks, sobre todo después de la tremenda decepción que supuso Jobs.
Dirigida por Bill Condon (realizador de películas tan interesantes como Dioses y Monstruos, Kinsey y Dreamgirls, el capítulo piloto de Con C Mayúscula y –ejem, ejem-, Dios sabrá por qué extraño motivo, las dos últimas partes de la saga Crepúsculo) y con guion de Josh Singer a partir de la novela “Inside WikiLeaks: my times with Julian Assange at the world’s most dangerous webside” de Daniel Domscheit-Berg, David Leigh y Luke Harding, la película hace un detallado recorrido por las vidas de Julian Assange (brillante Benedict Cumberbatch) y Daniel Berg (Daniel Brühl) desde que se conocen hasta prácticamente la actualidad.
Tras unos arrebatadores títulos de crédito (como se echan de menos en la mayoría de películas de hoy en día) que sirven como metáfora del paso del tiempo en relación a los medios de comunicación, los protagonistas nos son presentados como una especie de frikis de la informática (se conocen en una feria del sector). Assange y Berg conectan casi de inmediato, siendo el segundo completamente seducido por la labia del primero y arrastrado a un mundo donde el dicho de “la información es poder” es terroríficamente real. Assange, un tipo tan carismático como misterioso, es el creador de un portal de internet donde, gracias a colaboraciones anónimas, documentos privados son revelados con la sana, aunque ingenua, intención de conseguir hacer de este mundo un lugar mejor. Con la ayuda de Berg pronto se convierten en una amenaza para bancos y gobiernos, siendo tildados tanto de héroes como de villanos, siempre dependiendo del cristal con que sean mirados.
¿Y Condon? ¿Qué opina él?
Aun siendo conscientes de que el retrato parte de un libro escrito en parte por el propio Berg, la película trata de mostrarse lo más imparcial posible, incluso cuando las diferencias entre ambos amigos comienzan a surgir y sus posturas respecto al bien que WikiLeaks hace a la sociedad se distancian hasta llegar a un punto de no retorno.
¿Cuáles son los límites de la libertad de prensa? ¿Hasta qué punto tienen derecho a revelar secretos que pueden afectar gravemente a terceras personas? Estas son las preguntas que marcan la existencia de WikiLeaks y a las que debe enfrentarse por sí mismo el espectador. ¿Es Assange un visionario o un lunático ególatra? No será Condon quien nos de las respuestas, simplemente dejará las cartas sobre las mesas y que cada cual se quede con la que más le guste, ya que no es pretensión del director sermonear sino informar (que de eso va todo el asunto). Y esto, que ha sido de lo más criticado respecto al film, es a mi entender su mejor virtud. La relación entre libertad e información es tal que trasciende la misma pantalla e invita al público a quedarse con la postura más acertada, unas posturas defendidas por sus protagonistas en un punto final sarcástico en el que Berg escribe el libro en que se basa el guion y Assange habla directamente a cámara para defenderse de las acusaciones contra él burlándose, incluso, de la propia película.
Con unos movimientos de cámara frenéticos, como corresponde la movimiento de la información en la red, el punto álgido del film se encuentra –como no podía ser de otra manera- en la interpretación de Benedict Cumberbatch, uno de los mejores actores contemporáneos que lejos de encasillarse en su magistral representación del famoso detective Sherlock Holmes continua escalando peldaños en la dura escalinata de Hollywood con personajes fascinantes y complicados (aún resuena en mi memoria su Khan de Star Trek: En la oscuridad), estando brillantemente secundado por un Brühl en estado de gracia tras su intensa visión del piloto Niki Lauda en Rush y David Thewlis (el popular Lupin de Harry Potter es solo la muestra más conocida de su extensa filmografía) como el periodista Nick Davies, aunque también destacan Anthony Mackie (muy activo últimamente), Laura Linney y Stanley Tucci en pequeños pero importantes papeles. Y es que si la historia de WikiLeaks parece el plato fuerte de la película no menos importante es la relación (casi podríamos definirla como de amor-odio) entre Assange y Berg y sus diferentes puntos de vista sobre el compromiso y la responsabilidad de saberse poseedores de un poder capaz de hacer temblar el mundo, aunque ello no les baste, en ocasiones, para conseguir mantener la estabilidad de sus propias vidas privadas.
La sana intención de explicar una historia que pese a lo compleja que pueda parecer es fácil de comprender para el profano en la materia es su principal diferencia con Jobs, otro personaje de relativas similitudes con Assange que no lograba seducir ni por su historia ni por su intérprete.
El quinto poder no es una película redonda, y quizá se acerque por momentos con cierto peligro hacia el formato telefilmico, pero cumple con creces el objetivo de descubrir al espectador una polémica que para muchos no era más que un concepto vago que durante unos meses repitieron constantemente en los telediarios.
Sin dejar de entretener en ningún momento, el trío Condom-Cumberbatch-Brühl me han convencido por completo, sin tratar de imponerme sus ideas ni decirme cómo debo pensar.

De eso ya me encargaré yo, gracias.