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lunes, 25 de febrero de 2019

UNA CUESTIÓN DE GÉNERO

El la era del #meetoo, una película como Una cuestión de género parecía inevitable. Dirigida por Mimi Leder, que destacó a finales de los noventa con títulos como Deep Impact o El Pacificador y que lleva años recluida (salvo efímeras excepciones) en la televisión, es casi un vehículo de lucimiento para Felicity jones, dando vida a la abogada Ruth Bader Ginsburg, bien secundada (aunque sin que se atrevan a hacerle sombra, por nombres como Armie Hammer (de quien se rumorea será el nuevo Batman), Justin Theroux, Sam Waterston. Kathy Bates, Cailee Spaeny y una buena colección de caras reconocibles aunque no necesariamente famosas.
Una cuestión de género se engloba en el prototipo de biopic de manual, en el que se detalla cierta parte de la vida y milagros de un personaje real con una puesta en escena poco arriesgada y de corte casi telefilmesco. Esto es, posiblemente, lo peor de la película que, como sucediera en títulos como La buena esposa (esta sin un fondo real detrás), se presenta demasiado plana y falta de riesgo como para ser juzgada con la grandeza que, posiblemente, mereciera la protagonista real.
Más allá de la fidelidad con respecto a la autentica Kiki (como la llamaba su marido y amigos), lo importante de la película (tal y como sucede en muchos alegatos en contra de la discriminación acial) es recordar como hace apenas cuatro días (o en la actualidad, incluso), la mujer era tratada como inferior al hombre, y así lo recogía la propia constitución de los Estados Unidos. Ella misma, una mujer en un mundo de hombres, pese a sus evidentes méritos, no pudo ejercer como abogada hasta muchos años después de sacarse la carrera con honores, teniendo que conformarse con un puesto de profesora hasta que su propio marido, también abogado, le propone un caso de discriminación por sexo que ella decide llevar como bandera en su lucha por la igualdad (curiosamente, representando a un hombre). Esa es la historia que centra la trama de la película y lo que la hace tan importante en este periodo concreto de la historia en la que parece (falsamente) que las diferencias de género sean algo de una era muy lejana y que conviene recordar.
Es por eso que esta película, incluso con los esfuerzos de una muy correcta Jones, tiene más valores sociales que cinematográficos, aunque nada de lo que aparece en pantalla llegue nunca a molestar (si acaso a resultar demasiado conocido ya), funcionando bastante bien como drama judicial y sirviendo para dar a conocer una figura cuyo nombre posiblemente no sea muy identificable fuera de los Estados Unidos pero que ha sido fundamental para cambiar las leyes de su país.

Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 4 de junio de 2018

CALL ME BY YOUR NAME

Call me by your name es como una pieza de relojería. Pese a hablar sobre algo tan aleatorio e impredecible con el amor, nada en la película está dejado al azar. Tanto el trabajo del director, Luca Guadagnino, como del guionista, James Ivory, cuidan hasta el más mínimo detalle para componer un retrato preciosista y de calado alrededor de la relación entre un adolescente italiano y el apuesto americano que pasa un verano hospedado con su familia en una casa de campo al norte del país.
La relación entre ambos, obviamente, será el punto central de la trama, pero más allá del aspecto sentimental de la misma, hay un sinfín de elementos secundarios como la introspección en el componente alumno-profesor, el desarrollo de las relaciones paralelas (ese grupo de amigas que constantemente orbitan alrededor de ambos), el descubrimiento de sentimientos desconocidos... Todo ello sazonado con unos paisajes rurales tan encantadores como reconocibles, que forman parte de una estampa italiana pero bien podrían hermanarse con un ambiente rural patrio como el que se veía, por ejemplo, en Estiu 1993, con el calor del verano, el enrarecido ambiente político y el aroma a cultura que la familia del protagonista desprende como imprescindibles elementos decorativos.
Mucho se ha hablado del elemento homosexual de la película, tanto a favor como en contra, pero ello no es más que una excusa, un vehículo con el que Ivory se siente más cómodo para hablar sobre el despertar sexual, la edad del descubrimiento y el deseo, el desconcierto y la pasión, la diferencia de edad entre los dos personajes y, sí, definitivamente, el amor de verano, ese amor que por definición tiene fecha de caducidad pero que, de alguna manera, queda gravado en nuestros corazones para toda la vida.
Con todos estos elementos Guadagnino compone una película intensa, de las que se cocinan a fuego lento y permiten encariñarse de los protagonistas (excelente Timothée Chalamet, muy correcto Armie Hammer) casi sin que uno se dé cuenta, donde no molesta demasiado el exceso de metraje y que, pese a que en apariencia pudiera parecer que no está pasando nada importante en pantalla, uno no se cansa de ver las historias de los personajes, casi como si el propio espectador fuese partícipe de ellas, algo que ya sucedía con uno de sus anteriores trabajos, la también estimulante (aunque menos laureada) Cegados por el sol (a mi entender más redonda que esta).
Algo chirría, sin embargo, en Call me by your name (título original que ridículamente no ha sido traducido en España pese a que la frase “llámame por mi nombre” aparece en uno de los diálogos y es, además, crucial para el devenir de la historia), quizá por ese empeño en que todo sea tan milimétricamente calculado, sin dejar nada a la improvisación, que a la postre dotan a la película de un cierto aroma a artificial, casi rozando la pedantearía. Secuencias tan hermosas como la de los protagonistas hablando alrededor de una fuente en el pueblo se alternan con otras que parecen puro postureo que pueden provocar la desconexión parcial, mientras que el exceso de atención que ambos reciben deja un poco en tinieblas al resto de personajes. Cierto es que la película no va más que sobre ellos dos, pero los elementos que se ofrecen de los padres del chico, por ejemplo, son suficientemente reveladores como para que uno quiera conocer un poco más sobre el trabajo al que se dedica, mera excusa para incorporar al film un elemento de tintes cultural que funciona también como contraste entre la evidente clase social más bien alta de la familia y las ideas progresistas y culturales. Y es que ese es otro de los detalles definitorios del film, la gran cantidad de contrastes que se ocultan en su interior, sirva como ejemplo el gusto musical del protagonista, capaz de vestir camisetas de Talking Heads y a la vez aspirar a componer música clásica.
En fin, una interesante película, recuperada en cines mucho tiempo después de su estreno original, a la que quizá le pese el hype producido por las nominaciones que tuvo a los Oscar, pero que me alegro de haber podido ver al fin y que, sin ser todo lo redonda que uno podría esperar, es una interesante y sensible reflexión sobre el primer amor, el descubrimiento de la propia sexualidad y, en resumen, la dificultad de llegar a conocerse a uno mismo.

Valoración: Siete sobre diez.

martes, 21 de febrero de 2017

EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN: alegato contra la supremacía blanca

Mientras se produce la cuenta final para la ceremonia de los Oscars de Hollywood, siguen llegando con cuentagotas aquellas películas que se esperaba iban a ser importantes en esa noche mágica. El nacimiento de una nación era, a priori, una de ellas, pero ha quedado finalmente fuera de la terma y muy probablemente de manera injusta.
Nate Parker escribe, dirige y protagoniza una película inspirada en la historia real de Nat Turner, un esclavo negro que sabía leer y escribir y que, viendo sus dotes como predicador, su dueño decide cobrar por recorrer granjas de la zona para que predique (y de paso adoctrine) a otros esclavos. Pero ya se sabe lo que se dice: tanto va el cántaro a la fuente… Nat, que dentro de lo malo no tenía un amo especialmente cruel (de hecho, jugaban juntos siendo niños) descubre la realidad que asola a su raza cuando sale al mundo exterior y decide provocar una revuelta inédita hasta entonces para su gente.
No creo que sea casual el título elegido por Parker para su película. El nacimiento de una nación es un título de culto del cine mudo donde D. W. Griffith proponía que la consistencia de los Estados Unidos se forjó tras la Guerra Civil, empleando para ello unas técnicas cinematográficas ejemplares y revolucionarias y que sentaría las bases del cine moderno. 
Sin embargo, su película era un claro ejemplo del racismo más descarnado, alabando la supremacía blanca y convirtiendo en héroes a los miembros del Ku Klux Klan, que según él se limitaban a impartir justicia. Por eso, Parker parece querer dar la vuelta a la tortilla y aprovecharse de ese mismo título con ironía para reivindicar el extremo opuesto (el lógico y natural), donde los negros eran las víctimas y los blancos los malvados. Al hacerlo, sin embargo, se deja llevar demasiado por su propósito, errando al volcar demasiado la balanza. Aquí no hay espacio para los claroscuros ni piedad para los blancos. Salvo, quizá, el personaje interpretado por Penelope Ann Miller, todos los blancos son espantosamente malos, incluso aquellos que parecen destinados a no serlo, y eso desvirtúa un poco la narración. No es que sea defendible un esclavista como un ser positivo, desde luego, pero trasladándonos a la época y a la manera de pensar de la sociedad aquella, sería conveniente establecer con más determinación niveles de maldad, algo que sí sabe mostrar Steve McQueen en 12 años de esclavitud. No obstante, si hay alguna zona turbia entre los propios esclavos, llegando su venganza a confundirse entre la justicia y el fanatismo (por eso de usar el nombre de Dios en su misión), lo que creo se debe más a los excesos apasionados del propio Parker que a una intención crítica hacia su héroe.
Esta iba a ser una película pequeñita, una de esas producciones independientes que terminan por volverse obra de culto con el paso de los años, pero tras su arrollador éxito en Sundance, Fox Searchlight Pictures compró sus derechos de distribución con el precio más alto pagado hasta la fecha y convirtió la película en una superproducción destinada a tener una fuerte presencia en unos Oscars que, en contrapunto a los del año anterior, van a tener mucha presencia afroamericana. 
Es por eso que la película gana muchos enteros si se la valora como lo que debería haber sido, un film modesto, más ambicioso en su mensaje que en su producción, que cuenta una historia dura y desgarradora con un magnífico trabajo de Parker como director, pero quizá algo más justo en su faceta de intérprete.
El problema más grave de la película es que al final no cuenta nada que no conozcamos ya. Más interesado en poner el acento en la época que en el personaje, resulta inevitable ver en El nacimiento de una nación reflejos que recuerdan demasiado a la ya mencionada 12 años de esclavitud o incluso a otros títulos recientes como Los hombres libres de Jones. No es que la injusticia histórica contra la raza negra en la época de la Secesión (y heredada hasta la actualidad) no merezca ser contada una y mil veces, pero a veces el mensaje puede ser más potente si se buscan alternativas más originales. Como ejemplo de dos títulos más útiles para la causa se me ocurre el humor negro de Django desencadenado o, puestos a recordar que la discriminación ha perdurado en el tiempo, el optimismo de Figuras ocultas.
Con todo, El nacimiento de una nación es una gran película. Una película que, en buena lógica, habría presentado batalla contra La la land en la pugna por los grandes premios de la temporada y que ha quedado fuera de todo (incluso de hacer una taquilla respetable) por el turbio pasado de su director, acusado de violación durante su etapa universitaria. Esto invita al siguiente debate: ¿Debe juzgarse una obra por las acciones de su director? Nos encontramos, una vez más, ante un ejemplo sobre lo difícil que es dedicarse solo a valorar lo que hay que valorar, dejando de lado el ruido de fondo. Que se lo digan a Trueba…
Valoración: Siete sobre diez.  

sábado, 31 de diciembre de 2016

MINE: dos horas tiradas a la basura.

Me gustaría haber podido terminar este 2016 por todo lo alto, pero la primera de las películas vistas este viernes (os recuerdo que la magnífica Comanchería la tenéis comentada en los especiales que realicé durante el pasado festival de Sitges) es un bufo de tomo y lomo.
Firmada por dos directores que ni siquiera se atreven a dar sus apellidos (Fabio & Fabio) e interpretada (es un decir) y producida (eso explica muchas cosas) por Armie Hammer, Mine pretende ser una historia minimalista, de pocos personajes (aunque sobran más de la mitad) que utiliza la excusa de un hombre enfrentado a su casi segura muerte para realizar un viaje interior, existencial y fantasmal, capaz de aburrir al más pintado.
Ya su punto de partida no sonaba muy interesante (un soldado pisa una mina en pleno desierto y debe permanecer más de sesenta horas sin poder moverse esperando a que llegue la ayuda), pero con apuestas semejantes o más arriesgadas si cabe Rodrigo Cortés nos brindó la excelente Buried y Danny Boyle la angustiante 127 horas, así que la cosa no era tampoco un imposible.
Sin embargo, apoyada en unas interpretaciones pobres y unos diálogos de vergüenza ajena, la película no logra tensionar, emocionar ni entretener en ningún momento, no provocando más que el sopor más espantoso y con un desenlace que se ve venir de lejos. No hay nada estimulante en la película que invite a darle una oportunidad, siendo lamentable como en algunas salas la están proyectando aun a costa de haber descartado proyectar Comanchería.
No me extiendo más en mi opinión porque afortunadamente estoy borrando rápidamente la película de mi memoria (aunque las casi dos horas perdidas nadie me las va a devolver), aunque desde aquí le digo al bueno de Hammer que si de verdad pretende ser una estrella de Hollywood debería hacérselo mirar un poco. Era lo peor de Operación U.N.C.L.E. y de El llanero Solitario mejor ni hablar.
No es tampoco que sea espantosamente mala. Simplemente es la nada más absoluta e irrelevante, aunque pretenda contener una mística muy espiritual y pedantemente intencionada.

Valoración: tres sobre diez.

sábado, 3 de diciembre de 2016

ANIMALES NOCTURNOS, desesperadamente aburrida

Tom Ford, o bien es un tipo muy simpático, de esos que caen bien a todo el mundo, o tiene mucha suerte. O quizá un poco de ambas. Ya en su primera película como director y guionista, Un hombre soltero, logró unificar un interesante cuarteto protagonista (lo que le ayudó a triunfar entre la crítica y acumular un buen puñado de premios), pero en su segunda película ha conseguido superarse logrando un casting verdaderamente impresionante, por más que en la mayoría de los casos sean apariciones tan fugaces que al menor descuido uno se las podría perder.
Animales nocturnos es esta segunda película en la que la crítica parece haberse vuelto a volcar y que ya empieza a acumular también algún que otro reconocimiento. Es, además, una película que ha llegado casi por sorpresa, de la que no se ha hecho apenas publicidad ni se ha machacado con trailers previos, con lo que es fácil entregarse a ella sin tener ni idea de lo que uno se puede esperar. Este ha sido, al menos, mi caso.
Y la película, inspirada en una novela de Austin Wright, arranca, hay que reconocerlo, con imágenes impactantes, una de las escenas de desnudez femenina más desagradables que puedo recordar y que, como poco, logra atrapar al espectador como si del propio Nicolas Winding Refn se tratase. De hecho, en varios momentos parece Ford querer parecerse a Winding Refn, igual que su aparente sátira al mundo ecléctico y superficial del arte quiere parecerse al de la moda que se muestra en The Neon Demon. Pero esas intenciones se desvanecen bien pronto cuando Ford apunta a otra dirección, al thriller más convencional (y la arquetípica banda sonora así nos lo quiere demostrar), planteando el típico juego de los espejos donde dos historias se muestran en paralelo, una real y una ficticia, que se retroalimentan la una de la otra.
Susan Morrow es una influyente galerista de arte atrapada en una vida que no le satisface con un marido casi siempre ausente que recibe, por sorpresa, el manuscrito de su primer marido, un joven aspirante a escritor que por fin parece haber cumplido su sueño. Susan se sumerge en la novela, una historia rural y violenta sobre una familia que es atacada en una carretera solitaria de Texas, reconociendo en ella los vacíos de su propia existencia.
El lujo acomodado de Susan se opone a los paisajes áridos y abruptos de Texas en un paralelismo que invita a pensar que estamos ante una obra reflexiva, una metáfora sobre la pérdida y el deseo bienintencionada y de momentos visualmente interesantes pero que fracasa en su premisa más básica: es insoportablemente aburrida.
Desconozco el material original de la novela en la que se basa, pero la adaptación es aterradoramente fallida. La historia “ficticia” está plagada de tópicos y diálogos bochornosos y no funcionaría ni como telefilm de domingo por la tarde (que, por cierto, es a lo que recuerda), aparte de que no tiene ninguna credibilidad como supuesta obra literaria. La historia “real” comienza a deslucirse en favor a la novelada entorpeciendo aún más el ritmo con flashbacks que nos muestran una tercera historia, la del momento en que Susan y Tony, ese primer marido abandonado y futuro escritor, se conocieron, enamoraron y separaron.
Para dar lustre a estas dos insufribles horas de anodinas secuencias presuntuosas pero vacuas Ford ha conseguido reunir a Amy Adams (en cartel con la también reflexiva, pero en este caso inteligente y brillante La llegada) y Jake Gyllenhaal (acostumbrado a personajes incómodos en películas difíciles como sus dos colaboraciones con Villeneuve, Enemy y Prisioneros o la brillante Nightcrawler) como la pareja protagonista, aunque destaca también la presencia de Michael Shannon, Aaron Taylor-Johnson y Armie Hammer. Otros nombres destacados, aunque con una presencia efímera como comentaba al principio, son Isla Fisher, Laura Linney, Jena Malone y Michael Sheen. Imagino que sobre el papel el proyecto resultaba realmente estimulante. En la práctica, ni siquiera las interpretaciones logran salvar la película, antojándoseme de las peores de los respectivos protagonistas, alguno de los cuales roza el ridículo.
Cierto, he escrito más arriba que la crítica la está aplaudiendo y premiando. ¿Se trata, quizá, de que tenía un mal día o simplemente que la estoy tratando con demasiada dureza? Bueno, en mi defensa debo señalar que, a tenor de los bostezos y comentarios finales del resto de la sala, no. Nadie parecía más contento que yo con esta patraña que no conduce a nada, no me invita a reflexionar como entiendo que pretende y no me produce ningún sentimiento más que el tedio total. Ni siquiera el ecléctico final me invitó a congraciarme con Ford ni por un momento, por más que pretenda ser líricamente emotivo y cerrar el círculo de heridas abiertas.

Valoración: Tres sobre diez.

miércoles, 26 de agosto de 2015

OPERACIÓN U.N.C.L.E. (8d10)

En la década de los sesenta la NBC emitió una serie de televisión llamada The man from U.N.C.L.E. que en España llegó bajo el título de El agente de C.I.P.O.L.
Cincuenta años después, Guy Richie antaño enfant terrible del cine de bajos fondos y en la actualidad realizador consagrado gracias, sobre todo, a su saga de Sherlock Holmes, ha sido el encargado de dar el salto a la pantalla en una película con claras pretensiones de ser el inicio de una saga.
Habría que preguntarse quién había sido el lumbreras que había decidido juntar en la película a dos actores tan “potencialmente peligrosos” como son el protagonista del último Superman (exitosa en recaudación pero bastante vapuleada por buena parte de la crítica) con el infame Llanero Solitario (esta sí que fue vapuleada por todo quisqui, merecidamente, debo añadir). Podía ser una apuesta arriesgada, más si tenemos en cuenta que tenemos a un californiano representando el papel de un ruso (algo que ya sucedía en la serie original pero que en estos tiempos se ve algo forzado). No será culpa de ellos (por más que Armie Hammer abusa de rigidez, como si su modelo de ruso a imitar fuese el Danko de Schwarzenegger) ni de su director la fría acogida que parece que está recibiendo en taquilla el film, culpa posiblemente a la baja afluencia de público en los cines durante el mes de agosto o por coincidir en cartel con otra película de espías como Misión Imposible: nación secreta.
Sea como sea, el caso es que la película es magnífica. Richie, sin abusar de las cámaras lentas que tanto le gustan aunque manteniendo sus señas de identidad en un montaje atropellado pero efectivo, consigue una brillante película de intriga ambientada durante la Guerra Fría sin renunciar a un sentido del humor fresco  e inteligente.
No nos dejemos engañar, la película es una versión ligera de James Bond ambientada en los años 70 combinada con el género de policías colegas (ya he nombrado a Danko, calor rojo, cuya sombra sobrevuela el film constantemente). En este sentido, Henry Cavill  (Napoleón Solo) se muestra como un agente secreto perfecto, impoluto, seductor y con carisma, con el sentido del humor del que carece el Bond de Daniel Craig o su propio Hombre de acero. Él es el verdadero protagonista del film, pese a que comparta cartel con Hammer, mientras que Alicia Vikander, la bella androide de Ex machina, es una Chica Bond Solo perfecta.
No le falta de nada a esta película repleta de acción, persecuciones espectaculares, tiroteos, sensualidad, explosiones e intriga. E, insisto, mucho humor.
Completada en el reparto por Jared Harris, Hugh Grant y Elizabeth Debicki, la película teinvita a disfrutar de principio a fin, haciendo que –independientemente de su duración- no desees nunca que llegue su final y tras el mismo, deseando que remonte en taquilla (Richie ha olvidado “colar” a típico actor asiático que sirva de reclamo en el mercado nipón) para que se produzca la secuela que a buen seguro sus productores tienen ya en mente.
Si acaso, se echa en falta algún cameo de Robert Vaughn o David McCallum, los Napoleon Solo e Illya Kuryakin originales.
Sin duda junto a Misión Imposible: Nación Secreta, lo mejor del verano.

viernes, 30 de agosto de 2013

EL LLANERO SOLITARIO (5d10)

A priori, juntar en una misma película a un productor como Jerry Bruckheimer, un director como Gore Verbinski, un actor como Johnny Deep y un compositor como Hans Zimmer debería ser toda una garantía de éxito. El problema es que los cuatro se encuentran en el momento más bajo de sus carreras, lo que se traduce en que una película que no aspira a nada más que ser un blockbuster veraniego y un gran éxito de taquilla tiene demasiadas carencias y defectos como para merecer una buena nota.
El primer defecto radica en la obsesión del Hollywood actual de hacer sagas en lugar de películas. Ello significa que El Llanero Solitario ha sido concebida como la primera de muchas, por lo que se pierde mucho tiempo en explicar los personajes y sus motivaciones en lugar de pasar directamente al espectáculo. Si estuviésemos ante una película de hora y media seguramente sería bastante correcta y entretenida, pero las dos horas y media de duración se traducen en una multitud de paja y escenas innecesarias que, en lugar de aportar, ralentizan y entorpecen a la historia.
El Llanero Solitario nace como una versión en el Oeste de Piratas del Caribe, y nadie se esfuerza por disimularlo, siendo la primera y más evidente muestra el detalle de que el protagonismo recaiga en el indio Toro (una extraña traducción del nombre original: Tonto), haciendo que nos preguntemos de donde viene lo de Solitario del título. La historia se mantiene fiel a la clásica, con el ranger John Reid sobreviviendo a una emboscada del malvado Butch Cavendish en la que fallece su hermano Dan. Con la ayuda del indio, John se oculta tras la máscara del Llanero Solitario para vengar a su hermano y luchar por la justicia. Esta es la historia que conocíamos del personaje y así nos la empiezan a contar, pero en lugar de contentarse con una película de aventuras con toques de humor, como era Piratas del Caribe, el trío calavera (Jerry, Gore, Johnny) apuestan por dar un toque místico a la historia acentuando el humor de una manera que no logro comprender demasiado. Escenas como la del caballo subido a la rama de un árbol, los conejos caníbales o el bandido travestido me resultan ridículas y ensucian lo que podría haber sido una buena película. Y es que realmente hay momentos en los que el espíritu de Piratas está ahí, la química entre los protagonistas funciona (aunque el protagonista Armie Hammer sea más soso que un nabo hervido) y las escenas de acción son trepidantes y están bien filmadas, por más que el final recuerde demasiado al Spielberg de su mejor época (las referencias a Indiana Jones y el Templo Maldito son evidentes) y, por más que sea una película fantástica, se permiten algunas licencias demasiado escandalosas, como la escena final que aunque no pienso spoilear sí diré que se pasa de construir las vías del ferrocarril a que de repente hayan diversas vías paralelas que corren una al lado de la otra, entrecruzándose como si de railes de una montaña rusa se tratase.
Sobre el tema actoral ya he comentado la total falta de carisma del protagonista, estando el valor de la película en sus villanos, el siempre efectivo Tom Wilkinson y el notable William Fichtner, al que ya pudimos odiar en Prison Break y al que tenemos también en cartel en Elysium (no menciono a Helena Bonham Carter porque simplemente pulula por ahí sin aportar demasiado ni que se expliquen las motivaciones de su personaje). Sobre Johnny Deep solo me queda comentar que debería volver a leer los guiones antes de aceptar protagonizarlos y decidirse por proyectos interesantes en lugar de primar solo la cantidad de maquillaje que requiera su personaje, a riesgo de convertirse en una simple caricatura al servicio de Tim Burton o el propio Verbinski.  ¿Dónde queda el excelente actor de Ed Wood, Dead Man, Miedo y asco en Las Vegas o Descubriendo Nunca Jamás? No vemos aquí ni siquiera sus muecas más características, ni es Tonto (perdón, Toro), un personaje a su medida como Jack Sparrow, pues no hay demasiados esfuerzos interpretativos por parte del otrora genial Eduardo Manostijeras.
No le vendrían mal a la película unos cuantos tijeretazos que elimine una hora de bostezos y convierta la película en una aceptable comedia de acción que, visto lo visto, no tengo muy claro que tenga continuidad.
Y, puestos a pedir, que eliminen también ese prólogo y epílogo tan absurdo como innecesario con el niño enmascarado y Tonto (digo, Toro) viejo.

Por cierto, la gota que colma el vaso de la desesperación es el afamado Hans Zimmer, otro grande caído en desgracia que solo sabe poner la mano para cobrar su cheque y que sean sus negros quienes le compongan la música, una música que como ya se demostró en El hombre de Acero no tiene ni la garra ni la pomposidad que cabe esperar en una película de estas características y que ayuda a aumentar la sensación anodina del film.