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miércoles, 16 de enero de 2019

EL VICIO DEL PODER

Después de dejar atrás un currículo plagado de comedias tontas, con La gran apuesta Adam Mckay se ganó el derecho de ser considerado un autor serio y políticamente comprometido. Esa podría ser una buena definición de su siguiente película, El vicio del poder, una sátira sobre los tejemanejes de Dick Cheney desde que es un simple becario en la era Nixon hasta llegar a ser el amo del cotarro como vicepresidente de George Bush Jr. 
Para ello, McKay juega a mezclar el batiburrillo de estilos narrativos que hicieran grande a El lobo de Wall Street de Scorsese (hay mucho de Scorsese en la película) con la crítica política antirrepublicana de Michael Moore. Incluso repite trucos que él mismo había inventado para tratar de hacer comprensible la reciente crisis económica en La gran apuesta, con personajes hablando directamente a cámara y metáforas visuales acompañando a la historia (en esta ocasión, una pila formada por tazas de café en precario equilibrio). Sin embargo, la principal diferencia entre ambas películas es su sentido del humor. Pese a tratar temas tan dramáticos como el 11S o la Guerra de Irak, McKay se las apaña para construir unos personajes que rozan la caricatura sin llegar nunca a traspasar la línea de la verosimilitud y compone, a base de resaltar la parte más terriblemente surrealista de la propia realidad, una comedia que, sin ser tan disparatada como ojos ejemplos de historias reales como la que se narraba en Dolor y dinero, de Michael Bay, o la ya mencionada El lobo de Wall Street, suponen un alivio muy refrescante anta la gran cantidad de datos y referentes políticos que ofrece, que pueden llegar a agotar (e incluso despistar) al espectador no estadounidense.
Con una caracterización impresionante y una gran labor actoral, los cuatro principales cómplices de Mckay (Christian Bale, Amy Adams, Steve Carrell y Sam Rockwell), junto a Brad Pitt como productor, ayudan al director (que también firma en solitario el guion) a narrar la descabellada ascensión al poder de Cheney, logrando incluso que empaticemos con personajes totalmente negativos sobre el papel y que lleguemos a sentir incluso cierta admiración. No es descabellado, de hecho, considerar que sus metas, por detestables que puedan llegar a ser, son a la vez muy meritorias.
El tono de la película viene marcado desde el primer momento, tanto con el propio título del film (un chista, el doble juego con la palabra Vice que se pierde en su traducción al español) como con el rótulo inicial advirtiendo que esto es una aproximación a la realidad, pese a lo hermético que ha sido siempre Cheney, por lo cual han tenido que “currárselo como cabrones”.
Más allá de la supuesta fidelidad ante los hechos reales descritos, no hay duda de que la película no puede considerarse imparcial, aprovechando la ocasión para dar un rapapolvo a la américa más republicana, ridiculizando a Bush hijo y convirtiendo a Cheney en un genio de la manipulación y un conspirador en las sombras. Pero esa imparcialidad la aborda McKay con un ejercicio de sinceridad tan brutal que no se puede más que perdonarlo por ello. Incluso cede al protagonista, en una entrevista final que recuerda ligeramente a la que cierra el film El reino, de Rodrigo Sorogoyen, la oportunidad de justificar sus actos mirando directamente a la cámara y dirigiéndose al propio espectador, al cual convierte en juez y parte de la historia.
Es, quizá, ese toque de árbitro moral, que se permite incluso burlarse del propio público al acusarlo de ponerse una venda en los ojos y mirar hacia otro lado más trivial en lugar de preocuparse por las cosas verdaderamente importantes, lo que más me chirría de la película, en un ejercicio de ligera soberbia por parte de McKay, creedor de tener en su poder la verdad absoluta.
Esta es, en definitiva, la primera gran película del año y una firme candidata a los Oscar del mes que viene, un ejercicio imprescindible para comprender el porqué de algunos acontecimientos de la historia más reciente, mínimamente manipuladora, que resulta tan educativa como divertida.
Es una gran película, señor McKay, desde luego. Pero decir esto no me impide decir también que espero con muchas ganas la nueva de Fast&Furious. Y quien se quede hasta la brillante escena postcréditos entenderá mis palabras.

Valoración: Ocho sobre diez.

domingo, 19 de noviembre de 2017

LIGA DE LA JUSTICIA: DC otra vez a paso cambiado

Antes de acudir a ver Liga de la Justicia tenía miedo de que al enfrentarme a su valoración cayese en el error de sufrir de cierto ventajismo al tratar de comparar (de manera inconsciente) el trabajo de Zack Snyder y el de Joss Whedon (que no aparece acreditado como director). Ciertamente, sus tics a la hora de dirigir son casi opuestos, evidenciado el primer gran error de Warner al optar por la solución de emergencia de Whedon para suplir la ausencia forzada de Snyder con la película casi terminada, pero esto no llega a repercutir en el resultado final del film, ni en un aspecto positivo ni negativo, ya que la irregularidad del mismo conviene atribuírsela a ambos por igual.
No quiero parecer un hater y empezar a dar palos desde el primer párrafo a una película que, como espectáculo de entretenimiento, funciona correctamente, pero si de lo que se trataba era de culminar el paso en la buena dirección que se suponía había dado el DCEU con Wonder Woman habría que considerarla un completo fracaso.
El gran pecado de Liga de la Justicia es que demuestra desde el arranque de su producción que está concebida sobre una capa de miedo ante los discretos resultados de sus dos primeras películas y los varapalos críticos recibidos. No es que la taquilla fuese desastrosa, ni mucho menos, pero ochocientos millones en una película que juntaba a los dos buques insignias de la compañía me resulta del todo insuficiente. Y ya veremos que pasa con esta Liga de la Justicia que, según estimaciones, necesita rozar los mil millones para no ser un fracaso comercial y cuyo arranque en Estados Unidos ha estado por debajo de, por ejemplo, Thor Ragnarok.
Decía que el gran problema de Liga de la Justicia es el miedo. Miedo a volver a patinar, a que Marvel vuelva a pasarle la mano por la cara (Wonder Woman parecía la panacea del éxito, pero a nivel mundial ha terminado siendo superada por Spiderman Homecoming y Guardianes de la Galaxia Vol. 2 y aún está por ver si Thor Ragnarok se la terminará por merendar también) y a decepcionar una vez más a muchos fans. Y para tratar de evitarlo, en Warner han hecho lo peor que podían hacer: traicionarse a sí mismos y tratar de copiar, demasiado a la desesperada, a las producciones Marvel que antes tanto criticaban, escena postcréditos de chiste incluida. Cierto es que soy el primero que ha criticado en múltiples ocasiones el exceso de transcendentalismo y amargura de personajes como Superman, pero transformarlo de golpe y renunciar a su pasado cinematográfico es tan doloroso como ver a Batman (este sí es un ser oscuro y amargado) soltando gracietas. Me irrita por momentos el descontrol bufonesco de Flash o la apariencia de chuloplaya de Aquaman, pero al menos estos eran lienzos en blanco a los que dibujarlos como les diese la gana.
Lo que más define a Liga de la Justicia es su simpleza. Es una película de acción de manual, que funciona porque hay gente con talento a los mandos, pero que no consigue emocionar en ningún momento. Nadie (excepto esos fans radicales a los que les cuesta tanto ser objetivos) puede decir que sea una mala película, pero tampoco nadie (excepto esos fans radicales del extremo opuesto) puede decir tampoco que sea una gran película. El hombre de Acero y Batman V. Superman: el amanecer de la Justicia tenía una gran colección de errores casi imperdonables, pero también momentos de absoluta maestría. Lo que más decepcionaba de ellas era que fracasaban a la vez que dejaban entrever lo maravillosas que hubieran podido llegar a ser solo con haber cuidado bastante más el apartado de guion, aunque dejan momentos realmente memorables, como el rescate de marta Kent por parte de Batman, pero esto no es algo que se repita en Liga de la Justicia. Quitando un prólogo musical que pretende demostrarnos que Superman era algo (un símbolo de luz y esperanza) que no se percibía en esas películas, nada más en las dos horas de metraje demuestran nada de personalidad. Liga de la Justicia es una película sin identidad, una colección de escenas de acción (solo algún momento con las Amazonas tiene algo de auténtica espectacularidad) empapada de chistes sin demasiada gracia y con unos retoques digitales (los famosos reshoots) verdaderamente horribles. Una vez más, los numerosos problemas de producciçon quedan relejados en pantalla, y los (de nuevo) rumores de que Ben Affleck no va a seguir ligado a la franquicia tampoco van a ayudar a la campaña de promoción.
Como siempre, es injusto comparar dos películas para valorar mejor o peor una, pero nadie duda que Liga de la Justicia supone la equivalencia de DC a Los Vengadores de Marvel, y en Warner han sido los primeros que han querido compararlas con ese cambio de rumbo hacia el humor que le habría ido muy bien a Escuadrón Suicida (que oportunidad perdida de hacer una gamberrada a la altura de Deadpool) y que ya era una verdadera declaración de intenciones en Wonder Woman.
La historia es lo de menos: un villano superpoderoso que pretende destruir el mundo porque él lo vale y el grupito que se debe unir para hacer frente a la amenaza. Podría parecer que cada uno tiene su momento de gloria, su minutito de protagonismo que tan bien logro medir Whedon en Los Vengadores (solo Ojo de Halcón quedaba algo desdibujado, cosa que trató de compensar en La era de Ultron), pero si nos atenemos a su condición de superhéroes, la cosa se queda demasiado coja. Porque al final, de la Liga de la Justicia que nos presentaban en los trailers, solo Wonder Woman está a la altura, aunque abusa demasiado de repetir posturitas y mostrar esa mirada y esa medio sonrisa que tan bien luce Gal Gadot (comentario aparte merecería la manera de encuadrarla de Snyder en comparación a la de Jenkins, mucho más generoso en carnes en esta ocasión). Como sucediera en el enfrentamiento climático contra Doomsday en Batman V Superman, el murciélago, verdadero motor de la historia, se ve en toda la película claramente superado, limitándose a pegar saltitos y hacer poses chulas. Parece un Batman borracho, dicen por ahí. Casi los recién llegados, de los que esperaba poco o nada, son los que más destacan, aunque tampoco mucho. La acción está siempre alejada del mar, con lo que la presencia de Aquaman es algo ridícula y nadie parece tener todavía muy claro de que van los poderes de Cyborg, aunque al menos tiene su papel importante en determinado momento. Flash, como ya he comentado, es el recurso cómico, y él mismo se define señalando que “lo único que hace es correr mucho y empujar a la gente”. Además, es ya el tercer velocista que vemos en el cine de superhéroes y no solo no está ni de lejos a la altura de las dos espectaculares escenas de Mercurio ideadas por Bryan Singer en X-Men: Días del Futuro Pasado y X-Men: Apocalipsis, sino que también se queda corto al lado del Pietro de Los Vengadores: La era de Ultron. Su principal handycap es que para lucir su gran velocidad es necesario que todo lo demás se ralentice, y con el abuso de la cámara lenta que tanto le gusta a Snyder en sus escenas de acción eso ya no queda para nada espectacular.
Y de nuevo, la gran lacra de las películas de superhéroes (y de acción en general) contemporáneas: el villano. Este Steppenwolf es un villano al uso, un superser rodeado de masillas que bien podría haber escapado de Asgard y que no aporta nada que no mostrara ya el propio Ares de Wonder Woman o el tal Incubus de Escuadrón Suicida. Un villano sin carisma que parece muy poderoso en unas ocasiones y termina siendo vencido con relativa facilidad. Además, para completar la cuadratura del círculo, su gran arma se basa en un cubo de poder que, si bien es cierto que en los cómics está presente desde los años setenta, en cine recuerda demasiado al Teseractor marvelita.
¿Donde está lo mejor de la película? Pues sin duda en el regreso de un personaje que nunca debió irse (tampoco es que estuviera mucho fuera) pero, por más que todo el mundo sepa de quién hablo y de por hecho su participación nen esta película, el momento de dicho retorno ha sido objeto de apuestas entre los aficionados, por lo que dejaré de lado comentar su participación en el film por aquello de evitar spoilers.
En el apartado musical, Danny Elfman está correcto, pero muy alejado de sus mejores tiempos. De hecho, la inclusión del tema que él mismo creara para el Batman de Tim Burton así como cierta conversación entre Alfred y Wayne sobre pingüinos explosivos hacen que nos preguntemos si, descartado el Batman interpretado por Christian Bale, el de Michael Keaton podría estar en continuidad con el actual. Lo más probable, conociendo la planificación de Warner, es que no, que ni siquiera podamos estar seguros de que la cercana película de The Batman de Matt Reeves esté en continuidad. A estas alturas, ni ellos mismos lo deben saber.
En fin, que para avanzar en su Universo propio, en DC reniegan de buena parte del trabajo hecho hasta la fecha y tratan de imitar a Marvel con la esperanza de aunar críticas y taquilla, pero aun consiguiendo una de las películas más divertidas de su franquicia, lo hace copiando más defectos que aciertos de la Casa de las Ideas. Como sucediese con Batman V. Superman, la que debería ser (por importancia de personajes) el gran evento de DC termina muy deslucido, siendo incluso inferior a esa Wonder Woman que, sin ser tan brillante como se podría suponer, al menos tenía algunas ideas frescas que daban pie a la esperanza.
Lo peor, me temo, es que viendo esta película no me ha entrado ninguna gana de ver las aventuras en solitario de Aquaman ni Flash, me deja muchas dudas sobre ese The Batman y quien sale más reforzado (Wonder Woman aparte) es ese Superman cuya secuela de El hombre de acero sigue sin estar en las agendas.
Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 3 de diciembre de 2016

ANIMALES NOCTURNOS, desesperadamente aburrida

Tom Ford, o bien es un tipo muy simpático, de esos que caen bien a todo el mundo, o tiene mucha suerte. O quizá un poco de ambas. Ya en su primera película como director y guionista, Un hombre soltero, logró unificar un interesante cuarteto protagonista (lo que le ayudó a triunfar entre la crítica y acumular un buen puñado de premios), pero en su segunda película ha conseguido superarse logrando un casting verdaderamente impresionante, por más que en la mayoría de los casos sean apariciones tan fugaces que al menor descuido uno se las podría perder.
Animales nocturnos es esta segunda película en la que la crítica parece haberse vuelto a volcar y que ya empieza a acumular también algún que otro reconocimiento. Es, además, una película que ha llegado casi por sorpresa, de la que no se ha hecho apenas publicidad ni se ha machacado con trailers previos, con lo que es fácil entregarse a ella sin tener ni idea de lo que uno se puede esperar. Este ha sido, al menos, mi caso.
Y la película, inspirada en una novela de Austin Wright, arranca, hay que reconocerlo, con imágenes impactantes, una de las escenas de desnudez femenina más desagradables que puedo recordar y que, como poco, logra atrapar al espectador como si del propio Nicolas Winding Refn se tratase. De hecho, en varios momentos parece Ford querer parecerse a Winding Refn, igual que su aparente sátira al mundo ecléctico y superficial del arte quiere parecerse al de la moda que se muestra en The Neon Demon. Pero esas intenciones se desvanecen bien pronto cuando Ford apunta a otra dirección, al thriller más convencional (y la arquetípica banda sonora así nos lo quiere demostrar), planteando el típico juego de los espejos donde dos historias se muestran en paralelo, una real y una ficticia, que se retroalimentan la una de la otra.
Susan Morrow es una influyente galerista de arte atrapada en una vida que no le satisface con un marido casi siempre ausente que recibe, por sorpresa, el manuscrito de su primer marido, un joven aspirante a escritor que por fin parece haber cumplido su sueño. Susan se sumerge en la novela, una historia rural y violenta sobre una familia que es atacada en una carretera solitaria de Texas, reconociendo en ella los vacíos de su propia existencia.
El lujo acomodado de Susan se opone a los paisajes áridos y abruptos de Texas en un paralelismo que invita a pensar que estamos ante una obra reflexiva, una metáfora sobre la pérdida y el deseo bienintencionada y de momentos visualmente interesantes pero que fracasa en su premisa más básica: es insoportablemente aburrida.
Desconozco el material original de la novela en la que se basa, pero la adaptación es aterradoramente fallida. La historia “ficticia” está plagada de tópicos y diálogos bochornosos y no funcionaría ni como telefilm de domingo por la tarde (que, por cierto, es a lo que recuerda), aparte de que no tiene ninguna credibilidad como supuesta obra literaria. La historia “real” comienza a deslucirse en favor a la novelada entorpeciendo aún más el ritmo con flashbacks que nos muestran una tercera historia, la del momento en que Susan y Tony, ese primer marido abandonado y futuro escritor, se conocieron, enamoraron y separaron.
Para dar lustre a estas dos insufribles horas de anodinas secuencias presuntuosas pero vacuas Ford ha conseguido reunir a Amy Adams (en cartel con la también reflexiva, pero en este caso inteligente y brillante La llegada) y Jake Gyllenhaal (acostumbrado a personajes incómodos en películas difíciles como sus dos colaboraciones con Villeneuve, Enemy y Prisioneros o la brillante Nightcrawler) como la pareja protagonista, aunque destaca también la presencia de Michael Shannon, Aaron Taylor-Johnson y Armie Hammer. Otros nombres destacados, aunque con una presencia efímera como comentaba al principio, son Isla Fisher, Laura Linney, Jena Malone y Michael Sheen. Imagino que sobre el papel el proyecto resultaba realmente estimulante. En la práctica, ni siquiera las interpretaciones logran salvar la película, antojándoseme de las peores de los respectivos protagonistas, alguno de los cuales roza el ridículo.
Cierto, he escrito más arriba que la crítica la está aplaudiendo y premiando. ¿Se trata, quizá, de que tenía un mal día o simplemente que la estoy tratando con demasiada dureza? Bueno, en mi defensa debo señalar que, a tenor de los bostezos y comentarios finales del resto de la sala, no. Nadie parecía más contento que yo con esta patraña que no conduce a nada, no me invita a reflexionar como entiendo que pretende y no me produce ningún sentimiento más que el tedio total. Ni siquiera el ecléctico final me invitó a congraciarme con Ford ni por un momento, por más que pretenda ser líricamente emotivo y cerrar el círculo de heridas abiertas.

Valoración: Tres sobre diez.

lunes, 17 de octubre de 2016

Sitges 2016: LA LLEGADA

Teniendo en cuenta que en  2013 Denis Villeneuve estrenó dos películas muy diferentes en un periodo de tiempo relativamente corto, una que me entusiasmó (Prisioneros) y otra que odio profundamente (Enemy), cada vez que me enfrento a un estreno de este director me pregunto cuál de sus dos versiones nos ofrecerá.
La llegada aúna un poco de ambas. Por un lado es una historia intensa y emocionante, con la descripción en un tono bastante realista de la llegada de unas naves extraterrestres a la Tierra, pero sin dejar de lado la carga más íntima y emotiva, centrándose en la figura de una experta en lengua que debe tratar de hacer de intérprete con los alienígenas. Pero por otro lado también tenemos esa atmósfera desconcertante que es capaz de hipnotizarnos con sus imágenes a la vez que amenaza con no hacernos entender nada de lo que está pasando en pantalla. Afortunadamente, y sin hacer ningún tipo de spoiler, esta vez sí hay un final cerrado que si bien invita a la reflexión y al debate no deja al espectador con la cara de tonto que uno se quedaba al final de Enemy.
Pese a la presencia de Forest Whitaker y Jeremy Renner, todo el peso interpretativo recae en Amy Adams, que recupera aquí sus buenas sensaciones tras del despropósito que era su personaje en Batman v. Superman. Ella soporta toda la carga emocional dela historia y cumple a la perfección con el desafío de provocar, pero al mismo tiempo sufrir, el propio desconcierto que debe sentir el espectador conforme va avanzando la historia.
Aún siendo una película de extraterrestres con clara carga fantástica y de ciencia ficción, La llegada es ante todo un drama que empieza con dureza y juega al despiste constantemente sin dejarnos entrever el sufrimiento interno de los protagonistas para permitir que el espectador saque sus propias conclusiones. Sin embargo, para no ser tildado de tramposo, Villeneuve va plantando a partir del ecuador del film pequeñas semillitas sobre lo que está sucediendo, lo cual puede adelantar demasiado lo que va a suceder al cinéfilo más avispado.
No sé si esta será la mejor película de Villeneuve, pero sí está claro que él pretende que lo sea. Su estilo fílmico, la lentitud de la narración, las escenas intimistas de los flashbacks… Todo está planificado con una cuidada delicadeza que invitan a pensar que estamos ante la cinta más personal de un director ya de por sí con bastante identidad propia, demostrando también que la productora ha confiado en él lo suficiente como para no obligarle a transformar su historia de extraterrestres (de efectos especiales sencillos pero cumplidores, por cierto) en un enorme blockbuster palomitero.
Y tras la historia personal del personaje de Amy Adams, además, Villeneuve plantea una denuncia social usando los trucos del lenguaje para reflejar los problemas de comunicación entre los dirigentes de los grandes países, demostrando que a veces es más complicado entenderse con el vecino de al lado que con un ser del otro lado del universo.
Puede que uno encuentre muchas cosas conocidas en La llegada, desde el estilo intimista de Monsters o Distrito 9 hasta la profundidad reflexiva que buscaba Nolan en Interstellar (incluso alguna influencia de Malick se puede adivinar por aquí), pero Villeneuve se las apaña para reunir todas las referencias y darles una entidad propia, haciendo que esos recuerdos se acepten sin molestar demasiado.
La llegada es, en fin, un muy interesante film que invita al debate posterior y que gustará más tras un tiempo de reflexión que tras su inminente visionado, aunque hay que reconocerle también que utiliza muchas trampas para llevar la historia por donde lo requiere el guion, no siguiendo siempre las leyes de la lógica.
Todo un lujo que no llegará a nuestros cines hasta dentro de un mes largo pero que se ha podido disfrutar como colofón final en la sesión sorpresa del festival de Sitges 2016.

Valoración: Ocho sobre diez.

jueves, 24 de marzo de 2016

BATMAN V. SUPERMAN: justicia excesiva.

Aunque soy un reconocido Marvel Zombie y no voy a renegar ahora de ello, siempre trato de enfrentarme a una película con la mente lo más abierta posible y dejando en casa cualquier atisbo de prejuicio que pueda tener. 
Y aunque bien es cierto que he dicho muchas veces lo poco que me apetecía este Batman v. Superman: el amanecer de la Justicia (para compensar, confesaré que la de Suicide Squad, también de DC, me apetece mucho) no es menos cierto que a medida que se iba acercando el día del estreno me empezaba a emocionar con el mismo. Al fin y al cabo, es una peli más de superhéroes, Y me encantan los superhéroes.
Así pues, animado ante lo que prometía ser un buen espectáculo, me he entregado a la sinfonía de Zimmer (nada que ver con la gloriosa fanfarria de Williams) esperanzado con superar el nivel de El hombre de Acero.
Dentro de esta guerra entre Marvel y DC en el que unos (y los seguidores de unos) parecen denostar todo lo que hace el otro, resulta curioso cómo, tras las críticas sufridas por “la distinguida competencia” por el abuso destructivo del final de El hombre de acero, donde parecía que no moría nadie ni se preocupaban siquiera por los habitantes de la ciudad, Batman v. Superman comienza precisamente corrigiendo ese error, arrancando precisamente con la batalla final de El hombre de acero y dándonos el punto de vita del conflicto “a pie de calle”, consiguiendo las mejores escenas del film, donde el dolor y el miedo casi se puede oler personalizado, sobre todo, en la figura de Bruce Wayne, un Bruce Wayne –por cierto- del que vamos a volver a ver por enésima vez la muerte de sus padres y que andaba por ahí no está muy claro por qué.
Esa experiencia en primera persona de la destrucción de Metropolis es la que motiva su temor/odio hacia Superman, una sensación que parece extenderse entre la clase política que pone en tela de juicio la conveniencia o peligrosidad de tener a un alienígena del poder destructivo de Superman paseando por ahí. Y con este arranque (y tranquilos, que no voy a revelar más del argumento, aunque quien conozca los dos comics principales en los que se han basado para esta película no debe preocuparse mucho por los spoilers, sucede todo lo que se sabe que va a suceder) uno ya puede hacerse una idea de por dónde van a ir los tiros: acción muy espectacular y un guion muy confuso.
Y efectivamente, la mejor baza de este Batman v. Superman son sus escenas de lucha, por más que Zack Snyder no esté especialmente brillante en algunos momentos y abuse de un montaje precipitado con demasiados primeros planos que tiende a la confusión (con lo bien que lo hacía en 300 y Watchmen…). Sin embargo, toda la carga emocional que se le pretende dar con el conflicto de intereses entre los dos héroes se pierde en la nula profundidad de unos personajes de los que sabemos más por lo que se les supone (y es que al fin y al cabo los conocemos por otras películas y comics) que por lo que nos cuentan. Y eso teniendo en cuenta que este Batman (que a la postre es el que lleva el peso del film) no es el mismo de Nolan, aunque bien podría serlo (y esa decisión es algo que nunca entenderé).
El nivel interpretativo es bueno, sobre todo por la parte del murciélago, con un Ben Affleck convincente y un Jeremy Irons que, si bien no supera al Alfred de Michael Caine, sí es de lo mejor de la película. En el lado del kriptoniano, Henry Cavill cumple con su rol, pero sigue demasiado encorsetado con un guion empeñado en oscurecer a Superman y volverlo un amargado (eso funciona bien con el taciturno Batman, como bien sabe Nolan, pero no con él), pareciendo peor actor de lo que es (ya comenté en su momento que en Operación U.N.C.L.E. demuestra un gran carisma y magnetismo del que carece su Superman), mientras que Jesse Eisenberg hace lo que le pide su director con brillantez, pero componiendo un Lex Luthor que nada tiene de Lex Luthor, siendo más bien una copia barata del Jocker y su locura.
Eso sí, cuando entra en escena Gal Gadot la película nota un toque de aire fresco, hasta el punto que las escenas que mejor funcionan son las que carecen de tipos disfrazados.
Sin llegar a merecer la calificación R que han prometido para la edición en DVD, Batman v. Superman es violenta y, de nuevo, destructiva, con los dos héroes dándose de tortas a lo bestia en cada encuentro hasta llegar al último giro de guion, donde la aparición de un nuevo villano estropea totalmente la película. De nuevo se cae en los errores de El hombre de acero, demostrando que el prólogo no es una muestra de que han aprendido la lección, y la destrucción sin sentido coge protagonismo, con un derroche de CGI en ocasiones no demasiado convincente y un exceso de explosiones y llamaradas que ya hace rato que han dejado de sorprender.
Recuerdo la sensación con la que salí de ver El hombre de acero y algo similar me sucede con esta. Es muy disfrutable durante su visionado, aceptando todas las paranoias (esos sueños evocadores, esas apariciones fantasmales…) que nos han querido hacer tragar, pero apenas salir de la sala del cine y dejarla enfriar un poco en la memoria la decepción vuelve a florecer y las irregularidades de la historia y debilidad de sus personajes toman importancia sobre la acción y el espectáculo, que desde luego va de más a menos. Hay momentos, incluso, que hasta parece que el propio Snyder pierde el interés por lo que está contando y prefiere tomarse esto como una simple carta de presentación de La Liga de la Justicia (por cierto, para los que no hemos leído los comics… ¿de verdad piensan que pueden poner a Wonder Woman a entrechocar brazaletes y lanzar su lazo sin una mínima explicación de quién es o qué poderes tiene?).
En fin, una película de esas que apenas verla habría puntuado con un siete. Al terminar mi comentario decidí quedarme con el seis y, tras verla por segunda vez, la he bajado al cinco raspado. De nuevo Snyder demuestra que a la que debe versionar un comic en lugar de poderlo adaptar casi textualmente la cosa se le va de las manos y quizá en Warner deberían plantearse si él sigue siendo el director más adecuado para las dos partes que nos esperan de La Liga de la Justicia. Y si Nolan y Goyer siguen por medio, ya para qué hablar…

Valoración: cinco sobre diez.  

lunes, 29 de diciembre de 2014

BIG EYES (7d10)

Para un gran defensor del cine de Tim Burton como yo, resulta preocupante reconocer que su mejor película en los últimos años sea la más opuesta al estilo visual que tanto le caracteriza. 
Más de actualidad últimamente por su vida sentimental que por sus trabajos cinematográficos, el otrora genial realizador ha tenido que alejarse de sus dos iconos eternos: Johnny Deep y Helena Bomhan Carter (sólo Danny Elfman sigue al pie del cañón) para poder centrarse más en la historia que en la estética de la misma, algo que últimamente flaqueaba en sus películas. No habiéndome desagradado Sombras Tenebrosas –porque hay que reconocer que su versión de Alicia en el País de las Maravillas era sumamente indigesta (una explosión de color tan solo comparable a su Charlie y la fábrica de chocolate)-, siempre he apreciado la destreza gótica del cineasta en títulos como Eduardo Manostijeras, Batman o Bitelchús (confirmada ya su secuela, por cierto), pero donde de verdad me ha cautivado es en títulos como Ed Wood o Big Fish. En ese estilo más intimista y pegado a la realidad se encuentra esta Big Eyes, aunque incluso carece de los toques de locura de aquellas, por más que los guionistas sean los mismos que dieron forma a la estrambótica historia del director de Plan nueve del espacio exterior. Aquí, el único elemento reconocible de la personalidad burtoniana son los cuadros pintados por Margaret Kenae y alrededor de los cuales gira toda la película, que bien podrían haber inspirado al propio Burton en el pasado cuando creó sus más afamados dibujos, como los que protagonizaron la película Pesadilla antes de Navidad o su libro de cuentos alrededor del Niño Ostra y su pandilla. No obstante, no encuentro nada de malo en que un director se aleje momentáneamente de un estilo visual rígidamente autoimpuesto si ello le permite crear una buena película. Sin duda, Big Eyes corre el peligro de no ser recordada bajo el estigma de ser “una película de Tim Burton”, pero a lo mejor tampoco es lo que se pretende. A lo mejor lo que de verdad interesa es que sea recordada como “una película de los niños de Keane”.
Margaret es una pintora aficionada que emprende una nueva vida junto a su hija adolescente (y musa de su obra) tras su divorcio. Es entonces cuando conoce a Walter Keane, también pintor aficionado, comercial inmobiliario de éxito y, sobre todo, un encantador embaucador. Es Walter quien empieza a promocionar la obra de su ahora esposa junto a la suya propia, pero cuando aquella empieza a triunfar decide apropiarse de los méritos de la misma, logrando fama mundial (pese a la oposición de algún crítico especializado) y gran riqueza y marginando cada vez más a la verdadera artista, obligada a trabajar casi encerrada para él y guardar para siempre su secreto.
Aunque con alguna comprensible licencia literaria, el guion es prácticamente un calco de la historia real de Margaret, a la que da vida con su sobriedad habitual Amy Adams, una artista de estilo hipnótico que quizá no era del agrado de todos pero logró abrir el debate, como su coetáneo Andy Warhol, entre calidad y comercialidad. Es su por entonces esposo, Walter, quien sale peor parado de la historia, con algún rasgo exagerado para conseguir mejor el rol de villano de la historia, apoyado por una interpretación quizá algo histriónica de Christoph Waltz.
Burton no inventa, se dedica simplemente a narrar una historia real que agradece los sutiles toques de humor por encima del drama y que permiten disfrutar de la obra con simpatía, asistiendo como telón de fondo a una guerra de sexos en una época donde la mujer todavía era poco más que un florero y con una sociedad donde las apariencias importan más que el contenido.
No será una obra redonda, pero en mi opinión, Burton ha vuelto al camino correcto, aunque para ello haya tenido que renunciar a su propia personalidad.
Y, afortunadamente, a la de Johnny Deep. Empieza una nueva era…

lunes, 24 de febrero de 2014

HER (8d10)

Cuando falta cada vez menos para la entrega de los premios Oscar (apenas una semana justa), y siendo evidente que como siempre nos quedaremos sin poder ver alguna de las películas importantes de la noche, se estrena este fin de semana la última obra de Spike Jonze, Her, otra que compite como mejor película y guion, aunque extrañamente su director y protagonista (casi omnipresente) han sido obviados (¿será que la película se ha hecho sola?).
Aunque no suele ser lo habitual en mí, en ocasiones me enfrento a una pantalla de cine sin tener ni idea de lo que voy a ver, sin una base argumental a la que agarrarme. Algunas veces (y The Master, con el mismo protagonista, es un buen ejemplo) ese es un error atroz, pero esta vez me ha resultado toda una sorpresa, sintiéndome desconcertado y sorprendido hasta casi el ecuador del film.
No obstante, si ustedes no son gente intrépida y prefieren saber de qué va el último invento de un director tan personal como Spike Jonze, que llamó mi atención con Cómo ser John Malkovich, no estuvo mal en Adaptation (el ladrón de orquídeas) y me aburrió en la visualmente interesante pero poco más Donde viven los monstruos, aquí les dejo cuatro pinceladas.
Joaquin Phoenix (uno de esos actores que normalmente no trago por mucho que suela alabarlo la prensa del CSI) es Theodore, un hombre solitario y amargado por el fracaso de su matrimonio pero con alma de poeta (se dedica a escribir cartas personales para otros –sí, ese es su oficio, en serio-) hasta que se hace con un nuevo sistema operativo con inteligencia artificial con quien entablara una peculiar relación. Hay que advertir, si no lo han notado ya, que estamos ante una película futurista, pero a apenas unos pocos años de nuestro presente. Nada de coches voladores ni pistolas de rayos, solo ligeros avances tecnológicos, un poco al estilo de Un amigo para Frank, o la patria Eva).
Con esta premisa, Jonze nos invita a conocer un mundo obsesionado por la tecnología donde un ordenador o un videojuego puede llegar a ser suficiente para satisfacer las necesidades sociales del individuo, más cuando ese ordenador tiene la capacidad de aprender y evolucionar, llegando a tener sentimientos más intensos incluso que una persona de carne y hueso (y alma).
Pero no es esta una fábula sobre los peligros dela tecnología, pues en todo momento (independientemente de hacia dónde termine dirigiéndose el film) esos avances se ven más como una bendición que como un problema y no es ese el objetivo real de Jonze, firmante también del guion. Una vez más, como ya sucediera en Nebraska, la última película de la que hablé, se trata de hablar sobre sentimientos. Sobre la soledad, el amor (y la perdida de este) y los problemas de comunicación.
Phoenix está extrañamente brillante, y pese a lucir su habitual cara de circunstancias en algunos momentos, en otros muestra una variedad de registros como no le conocía al hermano del malogrado River Phoenix, siendo capaz de aguantar la presión de la cámara en los muchos momentos de conversaciones virtuales en la que su rostro ocupa un permanente primer plano.
Está muy presente el tema del matrimonio y del fin del amor en una pareja, por lo que me deja la duda sobre si la empatía que siento hacia Theodore es sólo por su calidad interpretativa o hay un punto de implicación personal por mi parte, pero lo que no deja margen de duda es que tanto él como los pocos (y conocidos) actores que lo rodean desprenden una naturalidad sorprendente en curioso contraste con la temática tecnológica del asunto. Por aquí andan la nueva novia de América Amy Adams, una fugaz Olivia Wilde, Rooney Mara –la Lisbeth Salander yanqui- y Chris Pratt, el nuevo héroe Marvel.
Y sin dejar el apartado interpretativo quiero hacer hincapié de nuevo en el terreno del desconocimiento del que les hablaba al principio de mi comentario. Una parte esencial de la historia la compone  ese personaje virtual al que oímos contantemente la voz pero solo nuestra imaginación es capaz de poner rostro. Y eso me lleva a una reflexión: ¿es intención del director influir en nuestra imaginación con respecto al físico tras la voz o debería ser ese un elemento más con el que jugar? Los espectadores que acudan a verla en versión original quizá lo tengan claro, pero en la versión doblada yo acudí de nuevo con la ignorancia de quienes eran los intérpretes aparte del protagonista de la carátula. Y al escuchar la voz sin rostro me recordó a Ellen Page no podía evitar pensar en la protagonista de Juno a ver a Theodore hablar son su Sistema Operativo (SO). ¿Habría cambiado algo si desde el primer momento hubiese sabido que la voz original correspondía a Scarlett Johansson? Ahí les dejo la pregunta.

En resumen, una interesante propuesta sobre las parejas, el amor, la amistad y la artificialidad bien aderezada con planos reflexivos e interesantes y bellos paisajes.

lunes, 3 de febrero de 2014

LA GRAN ESTAFA AMERICANA (6d10)

Hace apenas unos años el director David O. Russell era persona non grata en el mundillo de Hollywood. Acabó a puñetazos con George Clooney en el rodaje de Tres Reyes, fracasó con su película Extrañas coincidencias pese a su interesante reparto y dejó una película inacabada por sus desvaríos con el presupuesto, estando a punto de llevar a la quiebra a una de las productoras que participaban en ella.
Fue entonces cuando su actor fetiche Mark Wahlberg le convenció para hacer The Fighter, una de esas películas que nacen ya con los Oscars como punto de mira. Finalmente Mark se quedó con un palmo de narices, pero los otros dos protagonistas de la historia, Christian Bale y Amy Adams si se llevaron una estatuilla a casa y Russell aprendió el arte de hacer amigos.
Su siguiente película, El lado bueno de las cosas,  era interesante dentro del género de las comedias románticas, pero ninguna obra maestra, pese a lo cual tuvo un montón de nominaciones incluida la que ganó Jennifer Lawrence y algo parecido puede pasarle con el estreno que nos ocupa.
Está claro que en Hollywood es fundamental caer bien. Y por algún extraño motivo las tornas se han girado y ahora David O. Russell cae bien. La gran estafa americana es la máxima favorita para llevarse un montón de premios este año y su reparto está presente en las cuatro categorías interpretativas de los Oscars. ¿Es para tanto la cosa? Desde luego que no.
Partiendo de una temática real (unos estafadores que son obligados por el FBI a colaborar para detener políticos corruptos), podríamos encontrar similitudes en cuanto a los personajes con las recientes El lobo de Wall Street o Sudor y dinero; de nuevo un puñado de personajes actuando de forma bastante absurda, unos perdedores que en pos de la justicia no merecerían dar un palo al agua (vale, los tipos de la peli de Scorsese están forrados, pero quitando a Belfort el resto no deja de ser un grupito de matados a los que la suerte les lleva a ganar una millonada). Otro referente que nos puede venir a la mente son los Ocean’s de Sodelberg, con la que comparte la espectacularidad del casting y la base de ladrones robando a ladrones (o timadores timando a timadores para ser más exactos), pero ni Russell tiene el nivel narrativo como cineasta de sus colegas Bay, Scorsese o Sodelberg ni el guion está a la altura de las circunstancias.
El reparto es interesante, sí, y todos lo hacen muy bien, desde Bradley Cooper tratando de desencasillarse de sus Resacones hasta un irreconocible Christian Bale, barrigudo y medio calvo, pasando por las divas Amy Adams y Jennifer Lawrence y un episódico Jeremy Renner (el único que se ha quedado sin nominación), pero tampoco creo que podamos hablar de interpretaciones antológicas que queden gravadas en nuestras retinas para el resto de nuestras vidas.
Además, 140 minutos para contar esta historia es algo excesiva, llegando a aburrir en muchos momentos (el mismo arranque es tedioso) y resultando más interesante las maquinaciones y traiciones entre ellos que la trama general de la estafa (que sí, es americana, pero no tiene nada de grande), mientras que lo mejor son los puntos más absurdos y surrealistas como la participación de Michael Peña haciéndose pasar por jeque árabe o el cameo de Robert De Niro interpretando, cómo no, a un mafioso.
Al final, da la sensación de que Russell se ha obsesionado queriendo rendir homenaje a la década de los setenta de tal manera que parece más centrado en los adornos que en la historia en sí, cuidando más los detalles de maquillaje y vestuario (los verdaderos protagonistas del film son los peinados de ellos y los escotes infinitos de la Adams) y en la estupenda banda sonora repleta de hits de la época que en hacer creíbles algunas situaciones y diálogos.

En resumidas cuentas, mucho ruido y pocas nueces para una película correctita pero que no va a ser, ni de lejos, de lo más destacado del año. Yo, probablemente, el mes que viene me haya olvidado ya de ella.

martes, 25 de junio de 2013

EL HOMBRE DE ACERO (5d10)

Extraña la nueva versión del héroe de DC así como extraña ha sido mi percepción de la misma. Mientras veía la película estaba disfrutando, considerando puntuarla con un mínimo de 8. Superado el ecuador de la obra la cosa decae sobremanera, de manera que he salido de la sala del cine con un 6 en la cabeza, y en el tiempo que he tardado en empezar a escribir estas líneas (apenas un par de horas) la he dejado reposar lo suficiente para quedarme con un aprobado rascado. Y gracias.
Ante sentimientos tan encontrados he decidido escribir una crítica un poco diferente a lo habitual, enumerando al principio lo que me ha gustado y a continuación lo que no, de manera que cada uno de vosotros valoréis lo que consideréis que tenga más peso.
La historia, por más que nos la sepamos de memoria, está narrada de forma bastante interesante, fusionando el argumento de las dos primeras películas clásicas (¡que larga es la sombra de Richard Donner!). Había cierta duda sobre si iba a pesar más la dirección de Zack Snyder o la producción de Christopher Nolan (ese tipo que debe odiar tanto a los superhéroes que le alimentan que se empeña en que sus nombres no aparezcan ni en el tíitulo), y por fortuna ha sido el director quien se ha llevado el gato al agua, con una dirección sobria y elegante (me sobra el uso de algún zoom), no tan excesiva como nos podíamos temer y con algunas secuencias realmente impactantes (esas peleas en vuelo, casi en primera persona). También encuentro interesante la manera de alternar dos líneas temporales, tal y como ya hiciera en la brillante Watchmen, y la recreación de Kripton es muy buena, desmarcándose de lo que habíamos visto hasta ahora e insinuando una mitología propia que sabe a poco. Otro aspecto destacado es el interpretativo. Henry Cavill (conocido por su participación en Los Tudor y por ser el hijo de Bruce Willis en esa flojita peli de intriga rodada en España llamada  En la fría luz del día) está a la altura de Christopher Reeve y a años luz del soso de Brandon Routh, haciendo un Superman creíble, con toques de humanidad y gran poder de seducción, mientras que Amy Adams consigue con esa mezcla de determinación y ternura confeccionar a la mejor Lois Lane posible (por encima de la histriónica Margot Kidder y... ¿alguien se acuerda quien hacía el papel en Superman returns?). Parecía imposible evitar comparaciones odiosas con Marlon Brandon y Glenn Ford, pero Russell Crowe y Kevin Coster aprueban con nota, mientras que Michael Shannon (al que hemos visto en Broadward Empire y poco más) cumple como villano, pese al horrible doblaje español. Así que: perfecto, el personaje se presenta con buen ritmo (el uso de los flashback nos permiten ver al héroe vestido con su característico traje apenas a la media hora de película) y la parte dedicada a su juventud es emotiva sin empalagar, así como interesante la manera de darse a conocer al mundo (me gusta especialmente que Lois descubra enseguida su identidad, nunca entendí que la ganadora de un Pulizzer pudiera ser tan torpe como periodista).
Si hasta ahora me gustaba todo... ¿Qué pasa para que me venga abajo? Para empezar, el villano. Por más que se esfuerce el actor y por mucho que a priori aplaudiésemos la ausencia de Lex Luthor en esta primera película,  lo cierto es que la amenaza que supone el general Zod es terriblemente plana. Una vez enfrentado a Superman desaparecen las subtramas y todo se reduce a más de una hora de una batalla interminable, explosiones a tutiplén y edificios derrumbándose. No creo que exagere nada si afirmo que a partir del ecuador de la película el guion brilla por su ausencia,  ignorando esa máxima del cine de calidad que afirma que, en ocasiones, más es menos. Todo ahora se reduce a un exceso de violencia y destrucción que termina por aburrir soberanamente, haciéndose eterno y recodando poderosamente además (aunque en malo) a la batalla final de Los Vengadores. Además,  tiene el film un tufillo a trascendencia épica (aquí si que se adivina la mano de Nolan) que lastra al personaje, que por momentos parece contagiarse del aurea de divinidad que ya insinuó Bryan Singer en la fallida Superman Returns, y desechando totalmente el sentido del humor que Josh Wedon tan sabiamente usó para aderezar a Los Vengadores. Sí,  este es un mundo más real, parecen decir Nolan y Snyder, pero la conclusión se me antoja muy Happy End cuando media ciudad es destruida y ni por asomo se ve o menciona a una sola víctima civil. En serio, quée terriblemente decepcionante y soporífera segunda hora de película (y dicen que el montaje inicial superaba las tres horas).
Quiero concluir esta crítica analizando dos escenas concretas que me parecen determinantes en la definición del personaje, pero que podrían tratarse de SPOILERS (bueno, una seguro que lo es) así que estáis avisados por si no queréis continuar leyendo.
No soy un especialista en la mitología de Superman, he leído mucho más Marvel (especialmente Spiderman, como veréis a continuación), pero me consta que Johnatan Kent muere por un infarto, y aunque siempre se esforzó por dar una buena educación a su hijo no lo recuerdo en el comic original como una guía espiritual tan marcada en la vida de Clark Kent como en esta película (algo así sucedía también en Smallville), donde aquí además el personaje interpretado por Kevin Costner muere a consecuencia de la no intervención de Clark en un momento dado.¿ Es cosa mía o sobrevuela por ahí el recuerdo del tío Ben? Solo falta que en algún momento el bueno de Johnatan le suelte a su hijo adoptivo eso de que "todo gran poder..." ¿Ya sabéis cómo sigue, no?
Lo segundo que quería comentar, e insisto con lo del spoiler, concierne a la escena final, al momento culminante en que Superman, para salvar la vida de tres civiles mata al general Zod. Vamos a ver, quizá esto os parezca de alguien muy cuadriculado, pero esto es así: Superman no mata. Punto. Es casi una definición del personaje. Batman es el oscuro y violento. Superman, no. Y verse en esa tesitura en la que se supone es su primera película y su primera acción como superhéroe debería marcarlo de por vida. Algo parecido pasa en Marvel. Lobezno no tiene reparos a la hora de desgarrar a alguien, pero en sus más de cincuenta años de historia Spiderman nunca ha provocado voluntariamente ninguna muerte, conocedor de que una vez que se cruce la línea ya no habrá marcha atrás. Superman la ha cruzado (da igual que hubiesen inocentes en peligro, Spiderman habría encontrado otra manera de solucionarlo o habría muerto en intento; y el verdadero Superman, tanto el del comic o como el de Donner, también), y eso hace que deje de ser nuestro héroe tal y como lo conocemos.
Otro héroe deformado, oscuro y amargado. Sigue así,  Nolan. En  Marvel te lo agradecerán.

Resumiendo, brillante arranque con una buena historia y unas grandes interpretaciones que deriva en una copia mala, burda y aburrida de la épica batalla de Nueva York de Los Vengadores. No es tan mala como el final de la estúpida y sobrevalorada trilogía del murciélago llorica,  pero sí muy decepcionante. 

martes, 8 de enero de 2013

THE MASTER (2d10)

The Master es, sin duda, la película del año. Los críticos sesudos intelectuales y demás gafapastas la han encumbrado hasta lo más alto. Ha arrasado por los festivales por los que ha pasado, va a triunfar en los próximos Globos de Oro y sus competidoras ya están planteándose retirarse de la pugna por los Oscars por no hacer el ridículo. La dirección es maestra y Joaquín Phoenix y compañía nos regalan una interpretación simplemente maravillosa.
¿O no?
Pues va a ser que no. Lo siento por mis queridos amigos los críticos sesudos intelectuales pero The Master se me antoja como una de las peores películas que he visto jamás. ¿Exagero? No, para nada.
Paul Thomas Anderson, su director, es uno de esos tipos que ha conseguido el nombramiento de genio sin haber dirigido nada digno de atención, y en esta película se le nota que la divinidad se le ha subido a la cabeza. Las buenas películas no se crean, surgen de manera espontánea, pero Anderson sin duda tenía la conciencia durante todo el rodaje de que él lo estaba haciendo, pues el film es de esos que parecen más dedicados a arrasar en los Oscars que en contar una historia. Y eso que la historia, de entrada, tiene su cosa: un veterano de guerra que no encuentra su lugar en el mundo, hundido por el alcohol y el sexo, encuentra una salida en su amistad con el líder de una secta que trata de ayudarlo. A partir de aquí Anderson podría haberse decantado por un drama sobrThe Master termina siendo una caricatura de un hombre despreciable al que Phoenix le pone tics y rostros en una de las interpretaciones más patéticas y sobreactuadas que puedo recordar.
e la inadaptación, una historia de amistad y esperanza o un alegato contra las sectas (con la sombra de la Cienciología aflorando tras cada esquina), pero incapaz de decidir intenta un batiburrillo de las tres cosas sin acertar en ninguna de ellas. No por apretar muchas teclas se aprende a tocar el piano y
Si la historia tiene su interés, el guion propiamente dicho es horrendo. En su incapacidad para hacernos entender el drama de Freddie Quell (Phoenix) tras su regreso de la guerra (que tan bien se muestran en El Cazador o Nacido el cuatro de julio, por poner solo dos ejemplos), Anderson necesita escarbar tanto en la basura y lanzar tanta mierda alrededor del personaje (y perdonen por tan desagradable metáfora) que al final acaba salpicando al espectador. Quell es una persona odiosa, mezquina y despreciable, y toda la película está repleta de situaciones desagradables que incomodan al espectador. Cierto es que eso es lo que busca Anderson, pero llega a tales extremos que no consigue ningún tipo de empatía hacia el desgraciado que interpreta Phoenix. Volviendo a uno de los ejemplos antes expuestos, el veterano que interpretaba Tom Cruise en la película de Oliver Stone también podía incomodarnos por sus actos y su carácter, pero siempre se tenía la sensación de que el malo de la historia era e conflicto bélico. Aquí, por más que el tema sea el mismo, Quell regresa y tiene un buen trabajo, una chica y unos amigos, así que no se puede excusar en la inadaptación. Él es el problema, y resulta por ello imposible mostrar la más mínima simpatía hacia él, por lo que todo lo que no sea terminar la película con Quell brutalmente descuartizado de la manera más cruel posible supone una decepción enorme.
Phoenix, como ya he dicho, está totalmente fuera de control, recordando a las interpretaciones más histriónicas de Nicholson o Penn. Estar tan pasado de vueltas aleja aún más al espectador, ya que en ningún momento provoca la más mínima compasión. A su lado, sin embargo, Philip Seymour Hoffman raya a muy buen nivel, tal y como nos tiene acostumbrados, haciendo creíble su papel y consiguiendo, esta vez sí, que simpaticemos con él pese a saber que todo lo que mueve a su alrededor es un completo fraude.
Cierra el círculo una de las actrices de moda, Amy Adams, que me da la sensación de que simplemente pasaba por ahí. No es que trabaje mal, pero trata de buscar un contrapunto tan fuerte a Quell, logrando una interpretación tan contenida, que da la sensación de que cualquier actriz desconocida sin su caché podría haber logrado lo mismo.

Una película, en fin, de esas en las que hay que entrar. Yo, desde luego, no lo hice. Y me aburrí soberanamente. Pretenciosa  como su director, The Master será de esas películas que, pese a las flores que la crítica le lance, será olvidada en breve. Y si no, al tiempo.