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domingo, 3 de enero de 2016

DESPIDIENDO LA NAVIDAD CON LAS NOVEDADES DEL BLOG

Pese que aquí en España (y en bastantes países latinoamericanos) las fiestas de Navidad no finalizan hasta que pasa el día de Reyes, lo cierto es que con el cambio de año parece que el ambiente festivo comienza a disiparse y la normalidad regresa a los hogares y trabajos de todos nosotros.
El blog no es una excepción y es hora ya de centrarse en las opiniones de las películas que se van estrenando en nuestras carteleras, que de esto va la cosa.
Sin embargo, permitidme un último alto en el camino para comentar brevemente los pequeños cambios que sufrirá el blog de cara al ejercicio que estamos a punto de comenzar.
En primer lugar, desaparece una sección fija del 2015: la sugerencia del mes. El motivo principal es que en los últimos meses la lista de sugerencias propuestas por los lectores estaba menguando notablemente, así que he pensado que lo mejor es hacer un alto en el camino y a otra cosa, mariposa. Eso no significa, por supuesto, que no podáis seguir proponiendo películas. Conservaré vuestras sugerencias y quizá, en un futuro, retome la sección.
La otra sección habitual del blog también variará un poco. Debido a la falta de tiempo que provocaba que en ocasiones las opiniones de estrenos se retrasaran terriblemente, he decidido eliminar la periodicidad del comentario del mes. Si en algún momento lo considero oportuno, volveré a publicar comentarios de opinión, tal y como ya venía sucediendo habitualmente con las entregas de premios o festivales, pero sin el compromiso de la obligatoriedad mensual.
¿Y qué novedades habrá este año? Pues alguna hay, desde luego. Y es que aunque siempre he querido enfocar esto al mundo del cine en exclusiva, evitando la tentación de comentar películas antiguas (quitando el caso de las sugerencias) que haya recuperado en DVD, los tiempos cambian, y eso implica que algunos títulos interesantes no lleguen siquiera a las salas de cine. Esto puede suceder por capricho de las distribuidoras, que consideran que no tiene el tirón suficiente para estrenarlas a lo grande o porque retrasan tanto la fecha de estreno que cuando llega el momento ya las ha visto todo el mundo de manera poco convencional, o porque su producción ha sido destinada directamente a otros formatos, como el Video bajo demanda (VOD). Por ello, cuando me encuentre con alguna película que no haya pasado por salas de cine pero considere que merece (para bien o para mal) un comentario, aquí la tendréis, en una sección que titularé: Cine de salón (CDS).
Y sin dedicarle un comentario exclusivo, mi primera opinión (cerrando así el círculo navideño) será para A very Murray Christmas, uno de esos especiales televisivos que por estos lares suele monopolizar Raphael protagonizado por Bill Murray y dirigido por Sofia Coppola y que nos ha llegado a España de la mano de Netflix.
A very Murray Christmas cuenta, a ritmo de musical, como una terrible tormenta de nieve que azota Nueva York impide a los invitados a acompañar a Bill Murray en un especial televisivo en directo puedan llegar al hotel. Deprimido por su soledad, el cómico languidecerá en el bar del hotel a ritmo de baladas navideñas lacónicas y rodeado de personajes igual de solitarios y desamparados hasta que una ensoñación le permita disfrutar del festival que su figura merece.
Una historia sencilla con maravillosas actuaciones musicales y un tono demasiado melancólico en algunos momentos (quizá Coppola no era la idónea para un musical navideño) que permite hacernos reír y disfrutar de la voz de Murray acompañado de un puñado de amigos, entre los que destacan George Clooney, Miley Cyrus, Michael Cera, Chris Rock, Jason Schwartzman, Amy Poehler, Rashida Jones, etc.
Una simpática opción, algo más glamurosa que la de Raphael, para finiquitar estas fiestas.
Por cierto, otra novedad que voy a incorporar es la de acompañar el título de la película con una frase breve que la defina, dejando la puntuación para el final del comentario. Un comentario que, excepto en circunstancias excepcionales, trataré de que sea más breve y contenido que hasta ahora.
Y a partir de ahora, ya por fin, estrenos…

lunes, 29 de diciembre de 2014

BIG EYES (7d10)

Para un gran defensor del cine de Tim Burton como yo, resulta preocupante reconocer que su mejor película en los últimos años sea la más opuesta al estilo visual que tanto le caracteriza. 
Más de actualidad últimamente por su vida sentimental que por sus trabajos cinematográficos, el otrora genial realizador ha tenido que alejarse de sus dos iconos eternos: Johnny Deep y Helena Bomhan Carter (sólo Danny Elfman sigue al pie del cañón) para poder centrarse más en la historia que en la estética de la misma, algo que últimamente flaqueaba en sus películas. No habiéndome desagradado Sombras Tenebrosas –porque hay que reconocer que su versión de Alicia en el País de las Maravillas era sumamente indigesta (una explosión de color tan solo comparable a su Charlie y la fábrica de chocolate)-, siempre he apreciado la destreza gótica del cineasta en títulos como Eduardo Manostijeras, Batman o Bitelchús (confirmada ya su secuela, por cierto), pero donde de verdad me ha cautivado es en títulos como Ed Wood o Big Fish. En ese estilo más intimista y pegado a la realidad se encuentra esta Big Eyes, aunque incluso carece de los toques de locura de aquellas, por más que los guionistas sean los mismos que dieron forma a la estrambótica historia del director de Plan nueve del espacio exterior. Aquí, el único elemento reconocible de la personalidad burtoniana son los cuadros pintados por Margaret Kenae y alrededor de los cuales gira toda la película, que bien podrían haber inspirado al propio Burton en el pasado cuando creó sus más afamados dibujos, como los que protagonizaron la película Pesadilla antes de Navidad o su libro de cuentos alrededor del Niño Ostra y su pandilla. No obstante, no encuentro nada de malo en que un director se aleje momentáneamente de un estilo visual rígidamente autoimpuesto si ello le permite crear una buena película. Sin duda, Big Eyes corre el peligro de no ser recordada bajo el estigma de ser “una película de Tim Burton”, pero a lo mejor tampoco es lo que se pretende. A lo mejor lo que de verdad interesa es que sea recordada como “una película de los niños de Keane”.
Margaret es una pintora aficionada que emprende una nueva vida junto a su hija adolescente (y musa de su obra) tras su divorcio. Es entonces cuando conoce a Walter Keane, también pintor aficionado, comercial inmobiliario de éxito y, sobre todo, un encantador embaucador. Es Walter quien empieza a promocionar la obra de su ahora esposa junto a la suya propia, pero cuando aquella empieza a triunfar decide apropiarse de los méritos de la misma, logrando fama mundial (pese a la oposición de algún crítico especializado) y gran riqueza y marginando cada vez más a la verdadera artista, obligada a trabajar casi encerrada para él y guardar para siempre su secreto.
Aunque con alguna comprensible licencia literaria, el guion es prácticamente un calco de la historia real de Margaret, a la que da vida con su sobriedad habitual Amy Adams, una artista de estilo hipnótico que quizá no era del agrado de todos pero logró abrir el debate, como su coetáneo Andy Warhol, entre calidad y comercialidad. Es su por entonces esposo, Walter, quien sale peor parado de la historia, con algún rasgo exagerado para conseguir mejor el rol de villano de la historia, apoyado por una interpretación quizá algo histriónica de Christoph Waltz.
Burton no inventa, se dedica simplemente a narrar una historia real que agradece los sutiles toques de humor por encima del drama y que permiten disfrutar de la obra con simpatía, asistiendo como telón de fondo a una guerra de sexos en una época donde la mujer todavía era poco más que un florero y con una sociedad donde las apariencias importan más que el contenido.
No será una obra redonda, pero en mi opinión, Burton ha vuelto al camino correcto, aunque para ello haya tenido que renunciar a su propia personalidad.
Y, afortunadamente, a la de Johnny Deep. Empieza una nueva era…

lunes, 3 de febrero de 2014

AL ENCUENTRO DE MR. BANKS (7d10)

Existen dos formas diferentes de analizar esta película.
La primera, y más importante, es analizándola como lo que es, un producto Disney, una historia entrañable, tierna y simpática basada en los esfuerzos de Walt Disney para conseguir que la escritora Pamela Travers le ceda los derechos de su obra más personal: Mary Poppins, de la que el mandatario de la multinacional de las orejas lleva veinte años enamorado. Así, la película discurre por un lado entre las negociaciones con la autora, la confección del guion a ocho manos (la propia Travers interviene de forma determinante en la escritura del mismo junto al guionista Don DaGradi y los autores musicales Robert y Richard Sherman) y el esperado estreno, mientras que por otro lado conoceremos los orígenes de la popular niñera mediante un recorrido por la infancia de Travers y su relación con su admirado padre, un hombre fantasioso y soñador pero con preocupantes problemas que arrastrarán a toda su familia).
Así, podríamos pensar que es una película en la línea de Mi semana con Marilyn o Hitchcock, que no eran realmente biopics de los dos artistas, sino crónicas del rodaje de El Príncipe y la Corista y Psicosis respectivamente, pero yo la acercaría más bien a la deliciosa (y finalmente trágica) Descubriendo nunca jamás, la historia de como James Barrie consigue estrenar la obra teatral basada en su célebre Peter Pan (otro personaje que, curiosamente, ha logrado pasar parte del imaginario infantil gracias a Disney). Como aquella, Al encuentro de Mr. Banks no es tanto un estudio del mundo de Hollywood (el célebre concepto de cine dentro de cine) como un análisis de lo que pasa por la cabeza de la excéntrica y gruñona escritora, por lo que aquí importa es más la parte literaria de Mary Poppins que no la parte cinematográfica.
Con esta base, la historia está repleta de toques de humor, sensibilidad y algo de dramatismo (este es el mundo real, aquí no hay magia que valga), que funciona perfectamente gracias a una brillante dirección a manos de John Lee Hancock, que filma de manera muy clásica y tradicional, y consiguiendo equilibrar a la perfección las dos historias paralelas. Pero de nada nos valdría todo esto si no fuese por el gran nivel de sus intérpretes, con un Tom Hanks muy convincentemente transformado en Walt Disney, con Colin Farrell demostrando una vez más que brilla mejor como secundario que cuando debe llevar el peso de la película (por cierto, un inciso: ¿por qué es tan ninguneado tanto en los títulos de crédito como en algunos de los carteles del film cuando su presencia en pantalla es tan grande –si no más- que la del propio Hanks y quizá más relevante), y secundarios brillantes como Bradley Whitford, Jason Schwartzman, B.J. Novak o Paul Giamatti.
Mención especial merece Emma Thompson, posiblemente la opción más lógica para interpretar este personaje si tenemos en cuenta sus dos recientes experiencias como guionista con La niñera mágica y La niñera mágica y el Big Bang, en las que interpreta a una niñera claramente inspirada en Mary Poppins. Thompson está brutalmente genial, recreando en las poco más de dos horas de metraje todos los registros posibles en un actor, mimetizándose perfectamente en la estirada escritora de portes británicos, consiguiendo traspasar su antipatía cuando es preciso pero provocando también nuestra simpatía a su antojo. Es incomprensible como puede haber quedado fuera de la terma de los Oscars, pues pocas interpretaciones pueden tener la fuerza de la Thompson a excepción, probablemente, de Cate Blanchett, cuyos respectivos personajes (recuerden la desequilibrada Blue Jasmine) guardan ciertas similitudes.
La segunda forma de analizar la película es confrontándola a la realidad que pretende trasladarnos. Y ahí es donde falla la cosa. Como es natural, no vamos a exigir una fidelidad fiel a un retrato de Walt Disney producido por los estudios Walt Disney Productions, ya que se prefiere apostar por las tiranteces entre Disney y Travers apostando por la comicidad que produce la diferencia de caracteres y el choque cultural entre la flema británica y el Hollywood más artificial, pero nada se dice del carácter tiránico del creador de Mickey Mouse ni de lo mucho que finalmente llegó a odiar Travers la película, cuya excesiva caracterización como mujer amargada y antipática (por momentos parece la mala de la peli, en contraposición con el amable y generoso Walt) y el desprecio que siente ante la pérdida de los valores y la venta de su propia integridad en favor del dinero americano se debe simplemente a un trauma infantil.

Si se tratase de una película de corte histórico o de la biografía de una personalidad clave sin duda me sentiría decepcionado, pero la fidelidad alcanzada en una historia casi anecdótica que sirve de paso para mostrarnos una vez más el Hollywood dorado y sus entresijos no me resulta fundamental a la hora de decantarme por disfrutar de una película entrañable y muy bien hecha que incita irremediablemente a revisar la Mary Poppins original apenas llegar a casa.