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lunes, 20 de marzo de 2017

EL FUNDADOR, la creación de un imperio

Hace apenas unos días os hablaba sobre Gold, una película que, inspirándose en una historia real, hablaba sobre cómo conseguir el sueño americano y lograr llegar hasta lo más alto partiendo casi de la nada. Quizá lo más interesante de la película sea su moraleja, que es imposible lograrlo sin retorcerse entre la basura y estar dispuesto a cometer prácticas… digamos desleales como poco.

El mismo día de su estreno llegó también a las carteleras El fundador, que casi podría parecer una versión hermanada sobre el mismo tema y con las mismas reflexiones. Solo que en el caso de El fundador su director, John Lee Hancock, sabe dotar a la película de un humor ácido (para ello también ayuda, y mucho, el magnífico trabajo de Michael Keaton) que se echaba en falta en Gold.
El fundador cuenta la historia de la creación de la cadena de franquicias McDonald’s, y como tal podría casi identificarse como un spot publicitario de dos horas. Algo de ello hay, desde luego, y ya se encargan sus autores de que la firma no quede demasiado mal parada de la adaptación de la historia, aunque no se pueda decir lo mismo de su personaje protagonista, Ray Kroc. Kroc era, a mediados de la década de los cincuenta, lo que hoy en día se conoce como un emprendedor. Un emprendedor de escaso éxito, habría que añadir. Siempre estaba apostando por nuevos proyectos, dedicando todos sus esfuerzos en ellos, como el negocio de los vasos de papel o los multimixer para hacer varios batidos a la vez. Pero fue cuando conoció a los hermanos Dick y Mac McDonald y el novedoso restaurante que regentaban cuando su vida cambió definitivamente. 
Kroc no es, como pudiera parecer por el título de la película, el fundador de McDonald’s, pero sí quien supo reconocer el enorme potencial de ese tipo de restaurante diferente a todo lo que se conocía hasta entonces, con comida preparada en cadena, sin camareros y minimizando los tiempos de espera. Sí fue él el responsable de convertir la idea en una cadena de franquicias, de expandirse por toda la zona de Chicago y de crear una marca que se convertiría en todo un símbolo americano. El resto, como suele decirse, es historia…
El fundador es una película sobre cómo los sueños pueden hacerse realidad, sobre el triunfo del espíritu humano sobre las adversidades y sobre cómo nadie puede creer en uno más que uno mismo. Pero a la vez, es un fiel reflejo de cómo el dinero puede llegar a corromper, del descenso a los infiernos de alguien completamente obsesionado por triunfar y de cómo todo vale por conseguir los objetivos.

El Ray Kroc de Michael Keaton es un tipo agradable al principio de la película, buen marido y fiel amigo, pero a medida que su triunfo se va convirtiendo en realidad su espíritu se va corrompiendo hasta convertirse en un despiadado y cruel hombre de negocios, rastrero y despreciable. Sin embargo, Keaton ha logrado darle una humanidad tal que consigue que ese proceso de degradación no enturbie lo suficiente su imagen como para llegar a odiarlo, y por más que podamos sentir lástima por los “cadáveres “que va dejando en su camino al éxito, el humor cínico y (a su manera) honesto hacen de él un personaje hasta entrañable y fácil de perdonar.
El fundador no aspira a ser una revisión de El lobo de Wall Street, como pasaba con Gold, sino que es una historia mucho más humana y terrenal, y John Lee Hancock tiene la habilidad de centrarse principalmente en la ascensión de Kroc y McDonald’s sin perder demasiado tiempo en profundizar en la vida personal del protagonista, la cual con apenas cuatro pinceladas queda suficientemente definida para conocer y comprender al personaje. Por ello, la escasa aunque esencial aportación de Laura Dern interpretando a la esposa de Kroc, es fundamental para aportar el punto de vista arbitrario del propio espectador, siendo ella quien mejor puede comprender (y sufrir) el significado del ascenso de su marido.
El fundador, aparte del interés de descubrir cómo un pequeño negocio local llegó a convertirse en el monstruo empresarial que es hoy McDonald’s, es una interesante fábula sobre la lealtad, el deseo y la ambición.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 3 de febrero de 2014

AL ENCUENTRO DE MR. BANKS (7d10)

Existen dos formas diferentes de analizar esta película.
La primera, y más importante, es analizándola como lo que es, un producto Disney, una historia entrañable, tierna y simpática basada en los esfuerzos de Walt Disney para conseguir que la escritora Pamela Travers le ceda los derechos de su obra más personal: Mary Poppins, de la que el mandatario de la multinacional de las orejas lleva veinte años enamorado. Así, la película discurre por un lado entre las negociaciones con la autora, la confección del guion a ocho manos (la propia Travers interviene de forma determinante en la escritura del mismo junto al guionista Don DaGradi y los autores musicales Robert y Richard Sherman) y el esperado estreno, mientras que por otro lado conoceremos los orígenes de la popular niñera mediante un recorrido por la infancia de Travers y su relación con su admirado padre, un hombre fantasioso y soñador pero con preocupantes problemas que arrastrarán a toda su familia).
Así, podríamos pensar que es una película en la línea de Mi semana con Marilyn o Hitchcock, que no eran realmente biopics de los dos artistas, sino crónicas del rodaje de El Príncipe y la Corista y Psicosis respectivamente, pero yo la acercaría más bien a la deliciosa (y finalmente trágica) Descubriendo nunca jamás, la historia de como James Barrie consigue estrenar la obra teatral basada en su célebre Peter Pan (otro personaje que, curiosamente, ha logrado pasar parte del imaginario infantil gracias a Disney). Como aquella, Al encuentro de Mr. Banks no es tanto un estudio del mundo de Hollywood (el célebre concepto de cine dentro de cine) como un análisis de lo que pasa por la cabeza de la excéntrica y gruñona escritora, por lo que aquí importa es más la parte literaria de Mary Poppins que no la parte cinematográfica.
Con esta base, la historia está repleta de toques de humor, sensibilidad y algo de dramatismo (este es el mundo real, aquí no hay magia que valga), que funciona perfectamente gracias a una brillante dirección a manos de John Lee Hancock, que filma de manera muy clásica y tradicional, y consiguiendo equilibrar a la perfección las dos historias paralelas. Pero de nada nos valdría todo esto si no fuese por el gran nivel de sus intérpretes, con un Tom Hanks muy convincentemente transformado en Walt Disney, con Colin Farrell demostrando una vez más que brilla mejor como secundario que cuando debe llevar el peso de la película (por cierto, un inciso: ¿por qué es tan ninguneado tanto en los títulos de crédito como en algunos de los carteles del film cuando su presencia en pantalla es tan grande –si no más- que la del propio Hanks y quizá más relevante), y secundarios brillantes como Bradley Whitford, Jason Schwartzman, B.J. Novak o Paul Giamatti.
Mención especial merece Emma Thompson, posiblemente la opción más lógica para interpretar este personaje si tenemos en cuenta sus dos recientes experiencias como guionista con La niñera mágica y La niñera mágica y el Big Bang, en las que interpreta a una niñera claramente inspirada en Mary Poppins. Thompson está brutalmente genial, recreando en las poco más de dos horas de metraje todos los registros posibles en un actor, mimetizándose perfectamente en la estirada escritora de portes británicos, consiguiendo traspasar su antipatía cuando es preciso pero provocando también nuestra simpatía a su antojo. Es incomprensible como puede haber quedado fuera de la terma de los Oscars, pues pocas interpretaciones pueden tener la fuerza de la Thompson a excepción, probablemente, de Cate Blanchett, cuyos respectivos personajes (recuerden la desequilibrada Blue Jasmine) guardan ciertas similitudes.
La segunda forma de analizar la película es confrontándola a la realidad que pretende trasladarnos. Y ahí es donde falla la cosa. Como es natural, no vamos a exigir una fidelidad fiel a un retrato de Walt Disney producido por los estudios Walt Disney Productions, ya que se prefiere apostar por las tiranteces entre Disney y Travers apostando por la comicidad que produce la diferencia de caracteres y el choque cultural entre la flema británica y el Hollywood más artificial, pero nada se dice del carácter tiránico del creador de Mickey Mouse ni de lo mucho que finalmente llegó a odiar Travers la película, cuya excesiva caracterización como mujer amargada y antipática (por momentos parece la mala de la peli, en contraposición con el amable y generoso Walt) y el desprecio que siente ante la pérdida de los valores y la venta de su propia integridad en favor del dinero americano se debe simplemente a un trauma infantil.

Si se tratase de una película de corte histórico o de la biografía de una personalidad clave sin duda me sentiría decepcionado, pero la fidelidad alcanzada en una historia casi anecdótica que sirve de paso para mostrarnos una vez más el Hollywood dorado y sus entresijos no me resulta fundamental a la hora de decantarme por disfrutar de una película entrañable y muy bien hecha que incita irremediablemente a revisar la Mary Poppins original apenas llegar a casa.